Virtudes en azul y bronce

Por Muinesva


II

Castidad

Helena Ravenclaw

Es la séptima vez que aquel joven se ofrece a acompañarle a sus clases y sigue sin captar las señales que ella le envía, ¿acaso tendrá que gritarle para que comprenda de una vez por todas que él no le interesa? No le interesan sus palabras gentiles ni el hecho de que la mire con adoración. Pero a él no parece importarle sus palabras frías y su nulo entusiasmo, al fin y al cabo, él tampoco es una persona que vaya gritando sus sentimientos a los cuatro vientos. En ciertos aspectos ambos son muy parecidos.

Él es un joven pupilo de Slytherin que acaba de heredar el título de su padre. Ahora es un Barón. Y es ella la primera persona a quien se lo cuenta. No alardea demasiado, solo se limita a decirle a la joven que lo hace porque ella es alguien muy importante para él.

El pasar de tiempo hace que su trato se suavice un poco, pero Helena sigue sin darle esperanzas. Y el Barón continúa tras ella, silencioso y fiel. No tiene ojos para nadie más. Y Helena le compadece por primera vez y por un corto segundo se pregunta si debería aceptar sus atenciones. Pero ese pensamiento solo dura un instante. Al minuto siguiente se encuentra pensando en sus compañeras que ya están comprometidas y a quienes la idea del matrimonio parece fascinar. Ella no quiere vivir bajo el yugo de un marido. No quiere casarse y mucho menos tener hijos. La sola mención hace que sienta un profundo rechazo hacia esa forma de vida. Ella ama su libertad. Ama el conocimiento. Ama su vida. Quiere vivir para ella. No va a depender de nadie. Tiene unas firmes convicciones y aunque los demás le dicen que está mal lo que ella piensa, a ella no le importa. Nada le hará cambiar de opinión. De modo que ¿para qué ceder ante el Barón si sabe que luego no será feliz?

Y aunque le digan que será muy feliz si comparte su vida con alguien, ella sabe que cada uno tiene una percepción muy distinta de lo que es la felicidad.

Algunas compañeras suyas incluso bromean al decirle que mejor debería recluirse en un monasterio muggle ya que jamás podrá escapar del amor. Y entonces Helena les responde preguntándoles cuántas de ellas se casarán por amor. Y sus compañeras se quedan calladas mientras la joven Ravenclaw se marcha satisfecha. En realidad, piensa ella, la idea del amor y el matrimonio le es totalmente indiferente y le parece una pérdida de tiempo. Puede ocuparse de cosas más productivas. Puede hacer con su vida algo mucho más interesante.

Mientras está en la torre más alta del castillo por la noche, observando el oscuro horizonte preguntándose lo que hay más allá de esas tierras, una idea le viene a la mente. ¿En verdad ella tampoco podría escapar del amor? ¿Y si se enamorara de alguien hasta el punto de perder la cabeza? No. Helena sacude la cabeza y siente deseos de darse una bofetada por creer que en algún momento ella podría perder la cabeza, ¿acaso no es inteligente? Lo es, y por eso, cuando piensa en un hombre imaginario del que podría enamorarse, automáticamente crea una lista en su mente con los requerimientos que éste debe tener.

Escucha que alguien sube las escaleras, se da la vuelta y ve que el Barón la mira con grata sorpresa, musitando que no esperaba encontrarla ahí. Helena permanece en silencio, observándolo. Sabe perfectamente que ni él ni nadie podrán tener todas las características que quisiera ver en un hombre. Sonríe de medio lado, altiva, y, después de darle las buenas noches al Barón, se marcha del lugar.