Virtudes en azul y bronce

Por Muinesva


III

Humildad

Ignatia Wildsmith

Transportarse de un lugar a otro es relativamente fácil para las brujas y los magos pues la mayoría lo hace montados en escobas. Otros prefieren la aparición. Pero hay aquellos que no aceptan ninguno de aquellos métodos de viaje, pues se escinden o temen a las alturas.

De modo que Ignatia se encuentra sentada junto al fuego en su pequeño hogar, pensando en la mejor manera de viajar. Ella misma es una bruja que detesta las escobas y la aparición simplemente le da náuseas. Ahora tiene que viajar a muchas millas, demasiadas. A Eire. Y no le apetece tomar el navío junto a varios muggles que tienen la intención de navegar. Y no es por los muggles, sino por el enorme kelpie que destrozó una embarcación en la que viajaba hacía unos años, ocasionándole un trauma que persiste aún hoy. Desde eso no es capaz de pisar ni siquiera las orillas del loch Ness. Y menos aún acercarse al mar.

Si tan solo hubiera otro método… Algo más seguro y rápido…

Ignatia observa la chimenea y se deleita con sus llamas danzantes y el crepitar de la madera, se acurruca más en la cobija que le cubre del frío y a su mente acude el recuerdo de una fría noche, hacía mucho tiempo, ella sentada en la orilla del mar junto a su familia, alrededor de una humeante hoguera, contando historias ancestrales. Recuerda una en especial que contó su madre. Decía que todos los elementos de la naturaleza, aparte de esconder a sus misteriosos habitantes, eran como una especie de portal hacia otro mundo. Y aún hoy le parece que una cascada o una hoguera crepitante son una puerta a otra dimensión. Un mundo lleno de seres inimaginables.

Como si fuese un túnel que acorta las distancias. Un túnel que lleva a un lugar recóndito al que no se puede acceder de otra manera. Un pasillo etéreo que lleva al lugar donde uno más desea estar.

Y por un momento se imagina la posibilidad de visitar a su hermana enferma cruzando un portal mágico, en el fuego o en el agua. Ignatia ladea la cabeza, sin dejar de observar la chimenea. Entonces su mente comienza a trabajar rápidamente.

Han pasado cinco años desde el día en que a Ignatia se le ocurrió la idea. Pero desde aquella vez tuvo que vencer sus miedos y viajó varias veces en barco y escoba, incluyendo la aparición, hasta que su invento estuvo en condiciones de ser utilizado. Su hermana se ha recuperado y ha venido a visitarle junto a su numerosa familia. Ahora se encuentra a su lado, sonriéndole. Están en un banquete que ella organizó en honor de Ignatia, donde reunió a la comunidad mágica del pequeño pueblo donde vive. Todos le miran llenos de admiración e Ignatia baja la mirada, avergonzada por la atención que le brindan. Observa a su hermana y le dedica una tímida sonrisa, esperando que la multitud desvíe su atención.

Pero eso no sucede. Su hermana comienza a hablar, elogiándola por su invento e invitando a todos a que comiencen a utilizarlo, a conectar sus chimeneas a una red mágica. Ignatia siente tanta vergüenza que se pierde grandes trozos del discurso, con la sangre palpitando violentamente en las orejas y las mejillas. Su hermana habla del trabajo que le llevó descubrir la aleación perfecta de elementos para crear los polvos flu. Cuando todos aplauden no puede evitar sonreír tímidamente. Y cuando su pequeña sobrina le dice que es impresionante lo que ha hecho, ella le responde con un "No fue nada", restándole importancia, como si lo que hubiese creado fuera algo simple.

Y es que a Ignatia jamás le ha gustado presumir de sus logros.


N/A: Ignatia Wildsmith (1227 – 1320) es la inventora de los polvos flu.