Disclaimer: The Hunger Games no me pertenece.


...

Corremos varios minutos, pero pasado un tiempo noto como el ritmo de Peeta decrece y como sus jadeos son más intensos. No aguantará corriendo mucho más por lo que decido pararme en seco. Aún estamos en peligro por lo que miro a mi alrededor, fijándome en los arboles que puedan aguantar el peso de los dos. Sin soltar su mano me coloco junto a uno de ellos.

—¿Podrás escalarlo?— Peeta niega con la cabeza, aún me mira como si fuera un animal salvaje— Es nuestra única oportunidad— espeto y le empujo contra el tronco— Te indicaré donde tienes que agarrarte. Confía en mí.

— No… no voy a poder— Susurra mirando hacia arriba.

—O subes o morimos, tú decides.

Como si me hubieran oído. a lo lejos escuchamos la voz chillona de la chica del distrito uno seguida por la de Cato. Peeta me mira, vuelve a mirar el árbol y luego de nuevo a mí, dudando. Le empujo de nuevo y coloco su mano en la rama más baja.

— Vamos, sube.

Mi voz suena firme, concisa. Pero en realidad estoy aterrada, como no se de prisa nos alcanzaran en unos minutos. Por suerte Peeta empieza a escalar. Tengo que indicarle en todo momento donde debe de colocar cada mano y cada pie. Y eso retrasa mucho la subida. Tengo que pensar en qué ramas puede pisar y en cuales no, ya que Peeta pesa más que yo, y no le sirven las mismas. Tardamos varios minutos en subir los metros que a mí me llevarían unos segundos. Pero tengo que pensar en que ya no importa eso, he tomado una decisión y tengo que seguirla.

Conseguimos sentarnos en una rama intentando que el follaje nos oculte. Colgamos de otra rama las armas y las mochilas y reparo en que Peeta vuelve a mirarme como a un animal salvaje. Eso me incomoda demasiado así que intento entretenerme con lo que sea. Abro mi mochila y después de coger la botella bebo un gran trago. Cuando le miro sigue con sus ojos puestos sobre mí.

— ¿qué?

— Estas viva…

—De momento—Murmuro apartando la mirada de nuevo, sus ojos azules tan abiertos siguen incomodándome.

—Pero Gale dijo que te habían cogido, que estabas muerta.

—¿Dijo que estaba muerta?—dentro de mi ser esas palabras duelen, no entiendo por qué. Es lo lógico, yo habría pensado lo mismo.

— Dijo que te había atrapado un aerodeslizador.

— Sí, pero me trajeron aquí…

—Me alegro de que estés viva, Katniss

Cuando me abraza no me lo espero y tardo en reaccionar unos segundos. Pero al poco le devuelvo el abrazo con fuerza. Un abrazo de casa. De alguien conocido, del Chico del pan. Tengo que contenerme para no llorar. Tengo que recordar que hay cámaras por todas partes y que seguro que este momento esté siendo retransmitido para todo Panem. No quiero parecer débil.

Al separarnos Peeta tiene los ojos enrojecidos y estoy segura de que yo los tengo prácticamente igual. Sonrío un poco y él me devuelve la sonrisa. Una sonrisa blanca y radiante. Sincera. Se me forma un nudo en la garganta y no puedo hablar. Su sonrisa me deslumbra y llena el vacío de esta última semana. Y aunque me odie por ello me alegro de que él esté aquí a mi lado. Aunque sea egoísta.

Sé que a Peeta le pasa algo parecido porque me mira con la boca entreabierta, con esa media sonrisa. Cuando va a hablar tengo que taparle la boca. Bajo nosotros están los cuatro profesionales que quedan. Si nos oyen estamos muertos. Les oigo gruñir como animales rabiosos, gritan llamando al tributo que mato a su aliada. No sé si creen que fue Peeta, si alguno nos vio.

Miro a los ojos a Peeta. Éstos han cambiado completamente. El brillo que tenían hace unos segundos ha desaparecido y ahora veo terror en ellos. Las ganas de decirle que cuidare de el se agolpan en mi garganta, pero ahora no puedo hablar, un mínimo ruido y todo puede acabar.

Cuando se han alejado lo suficiente rebusco en silencio dentro del saco de Peeta, en el que había metido todas sus cosas y le doy su ropa. Su torso desnudo por una extraña razón me desconcentra, hace que algo en mi bajo vientre cosquillee, y no quiero distraerme con esa sensación.

—Tienes que vestirte— Susurro y mis palabras vuelven a sonar como una orden. Quizás estoy siendo demasiado dura, pero es difícil de evitarlo en esta situación.

—Gracias…— Susurra, parece cohibido, pero no importa si es para salvarle la vida.

—Voy a subir un poco más alto para intentar ver hacia donde se dirigen— Intento suavizar mi voz— Bajaré enseguida Peeta— Sonrío intentando sonar amable y parece que funciona porque él me devuelve la sonrisa. De nuevo esa sonrisa cálida que me hace sonreír aún más como una tonta.

Dejo que empiece a vestirse y me encaramo a una rama que está por encima de nosotros. Empiezo a subir pero no veo a los profesionales, Quizás se haya dirigido en otra dirección. Intento rodear el árbol con cuidado, estoy en las ramas más altas y por lo tanto más finas cualquier paso en falso puede ser fatal.

Justo a la vez que pienso eso noto como mi pie derecho deja de sostenerme, no necesito oír el "crac" de la rama para saber que se ha partido. Intento agarrarme a las ramas pero no lo consigo. Caigo al vacío. Me golpeo de bruces contra una rama más gorda y aunque intento sujetarme no soy capaz, me resbalo y sigo atravesando las ramas, rompiéndolas a mi paso. Otra enorme rama me golpea en las piernas, luego noto el duro suelo contra mi espalda. Me roba el aire de los pulmones y me nubla la vista durante unos segundos.

Cuando consigo enfocar la mirada veo como Peeta intenta bajar, gritando mi nombre. Le maldigo internamente, los profesionales están demasiado cerca, de seguro le han oído.

—Peeta no…— Mi voz es apenas audible incluso para mí— no…no…¡NO!— por fin consigo gritar a la vez que cerca, muy cerca oigo la risita tonta de la chica de voz aguda—Quédate ahí, no seas estúpido.

Sé que mi mirada es dura ya que Peeta se detiene y me mira interrogante. Aparto la mirada y consigo levantarme a la vez que veo aparecer una cabellera rubia a veinte metros de mí. La portadora de semejante melena rubia se detiene sorprendida al verme allí parada. Veo su sonrisa maliciosa a tiempo de que sus tres compañeros dirigen su mirada hacia mí. Si no echo a correr ahora estoy perdida.

Pronuncio un "volveré" para que solo Peeta lo vea y echo a correr lo más rápido que puedo. La caída me ha dejado magullada, Apoyar la pierna izquierda es una tortura, y el costado del mismo lado me duele al respirar. Pronto estoy jadeando y sé que me están ganando terreno puesto que oigo sus voces más cerca. Quizás mi única vía de escape sea subir a un árbol. Uno que sea lo suficientemente endeble para soportar solo mi peso. Lo localizo a unos metros y sin mirar hacia atrás empiezo a subir. Creo que subido apenas unos cinco metros cuando las risas de los cuatro profesionales rodean el árbol.

—Niña tonta— Identifico la voz de Cato pero lejos de pararme por sus palabras continúo subiendo. El resto ríe— ¡Estas muerta imbécil!

—Esperaremos a que bajes y entonces ¡ZAS! Gritaras llamando a tu mamá— La voz chillona de la chica me crispa los nervios y dejo de subir.

Estoy a unos 10 metros por encima de ellos y puedo ver como empiezan a acomodarse contra los arboles mirándome con sus sádicas sonrisas. Tengo que respirar pausadamente para no entrar en pánico. No sé qué haré para bajar de aquí. Estoy desarmada, sin comida ni agua. Peeta está sobre un árbol lo bastante lejos para que no pueda verle a través del espeso bosque. Pienso en su torpeza y se me encoge el corazón. Podría caerse en cualquier momento y partirse la nuca.

Suspiro y me apoyo contra el tronco del árbol sentada en una de las ramas. La espalda y el costado me duelen, pero es la pierna la que se ha llevado peor parte. Tengo el pantalón rasgado y a través del agujero puedo ver un profundo arañazo que ya ha manchado de sangre parte de la pernera. Suspiro de nuevo y trato de aliviar el dolor de la herida soplando levemente, como hacia mi padre cuando era pequeña y me caía en el bosque. Lamentablemente no funciona, el corte duele, es profundo, si estuviera en casa necesitaría unos cuantos puntos. Apoyo con cuidado la cabeza en el árbol y solo espero que deje de sangran pronto, aunque la idea de que se infecte empieza a rondarme la cabeza.

La noche llega sin que los profesionales se hayan movido de su sitio. Mi estomago ruge mientras que me llega el olor a comida cocinándose en la fogata que han hecho. Ellos no le temen a nada, pueden encender un fuego o hacer todo el ruido que quieran. Nadie va a salir a cazarlos. Si alguno de ellos muere será por culpa de un tributo defendiéndose. Ríen y comen a grandes bocados, sin ningún tipo de modales. Como si alguna vez en su vida les hubiera faltado el alimento. De vez en cuando me llaman y me ofrecen comida riéndose. Esas risas y esos comentarios hacen que aun les odie más.

Les odio por lo que son, por cómo se ofrecen voluntarios para venir a matar a chiquillos inocentes. Chicos como ellos están al servicio del maldito Capitolio. Ya que por muy ricos que sean sus distritos, siguen siendo eso, solo un distrito más. Muchos de los ganadores de años anteriores han dicho que lo hacen para honrar a su distrito, por la gloria y los bienes que se lleva el vencedor, por ocupar una casa bien acomodada en la Aldea de los vencedores de cada distrito. Ellos esperan el día de la Cosecha con gusto, mientras que en el resto de distritos lo tememos. En mi distrito solo ha habido dos vencedores, de ellos solo uno sigue vivo, Haymitch Abernathy. Además es el mentor de los tributos que vienen cada año de los Juegos, ganar también te convierte en eso, en mentor. En su caso cada año trae a la muerte a un chico y a una chica. Quizás por eso sea el estúpido borracho que es. No debe de ser sencillo.

Pero este año Haymitch tiene ayuda. Si no muero a manos de los profesionales cuando baje de este maldito árbol.

El himno me saca de mis ensoñaciones. Miro hacia el cielo y después del sello del capitolio aparece la cara de la chica que maté esta misma mañana. Como supuse es, mejor dicho era, del distrito cuatro. En mi estomago vuelve a aparecer ese nudo potente que sentí al ver la cara de la otra chica. Aparto la mirada de su imagen intentando borrar esos pensamientos de mi cabeza. Ni siquiera quiero saber de qué distrito era la chica que mataron los profesionales de madrugada. Y entonces los veo. Dos enormes ojos me miran desde un árbol contiguo. Están más altos de lo que estoy yo, y por eso de primeras los confundo con un búho. Pero unos dientes blancos aparecen y no me dejan lugar a dudas. Ante mí está la niña que tanto me recuerda a Prim. No puedo evitar devolverle la sonrisa antes de que el cielo quede a oscuras de nuevo. Cuando eso ocurre tardo unos segundos en enfocarla gracias a la luz de la luna.

La niña deja de sonreír y señala un punto por encima de mí. Luego señala a los tributos y sin esperar más me lanza algo que tengo que atrapar con ambas manos para que no me dé en la cara. Es un paquetito hecho con las hojas del árbol. Eso me hace recordar los quesos de Prim envueltos en hojas de albahaca. Tengo demasiada hambre. Lo desenvuelvo y veo que dentro hay un cuchillo con borde serrado igual que el que guardaba en mi mochila. Mi vista entonces se dirige hacia donde señalaba y allí en la oscuridad puedo apreciar el avispero. Enseguida entiendo lo que pretende que haga, y comprendo que esa niña puede que me haya salvado la vida.

Algo dentro de mí se revuelve cuando pienso que le deberé la vida, pero aún es pronto para pensar en ello. La busco con la mirada para darle las gracias pero ya no la encuentro sobre las ramas.

...


No iba a ser todo tan fácil para estos chicos, muajajajaja!

Agradecimientos: Gracias por haber llegado hasta aquí. Gracias especialmente a Karrma. ConyFarias, Luzyla. Palermo, Luin-fanel, Cleoru Misumi,selene, PeetasAndHerondales, White10, catniphutcherson, jaz.

Avance:

Me entra el pánico y empiezo a correr, pero tropiezo y me caigo en un charco de sangre. Los arboles gotean sangre y pus verde que me empapa. No puedo contener el vómito y lo poco que tengo en el estomago sale de mi organismo, es de color dorado y brilla.

Me obligo a salir corriendo de nuevo. He empezado a oír pasos cerca de mí y sé que los profesionales regresan para matarme. No puedo dejarme vencer. Tengo que ayudar a Peeta, tiene que sobrevivir. "No, no, Katniss corre, corre" me digo a mi misma. Me caigo de nuevo al suelo y me arrastro todo lo rápido que puedo, ¿Dónde estará Peeta? Que no le encuentren, ahora tendrá que ganar sin mi ayuda. Sigo arrastrándome y llego hasta un hormiguero. Las hormigas no son normales, son una especie de rastrevispulas pero sin alas. Grito pero no sale nada de mi boca. Esas rastrevispulas sin alas empiezan a subir por mis manos y mis brazos, llegan a mi cuello y se enredan entre mi pelo.

Actualizo los Sábados.

Besos de fuego!