Capítulo 4: De amores y odios
Una cálida mañana primaveral se cernía sobre Polonia aquel día. El Sol brillaba en lo alto del cielo y la brisa corría fresca. Era una mañana ideal para dar un paseo, al menos así lo pensó Jánica. Bueno, más que un paseo, lo que pretendía hacer aquel día era un recado y uno muy importante además.
Así pues, mirándose en el espejo de su dormitorio una vez más aquel día y cerciorándose de que su pelo estuviera perfecto, salió de su cuarto y se dirigió hacia el Gran Comedor, donde supuso que estaría su futuro esposo. Le había permitido desayunar sin ella ya que no tenía hambre, los nervios de la boda que se celebraría en apenas unos días le cerraban el estómago.
_ ¡Dmitri! _ Llamó la chica entrando en el comedor y viendo al ucraniano desayunar tranquilamente. _ ¿Todavía no has acabado? Ay, dios, ¿a qué esperas? Venga, date prisa, quiero salir ya. Y cuando digo ya, es como que ¡YA!
Dmitri había contemplado aquella escena con una expresión malhumorada en el rostro, ¿ya desde tan temprano le estaba dando órdenes? Estaba claro que ese día iba a ser muy largo, sin embargo, esta vez no le hizo caso y siguió desayunando tranquilamente. A su lado, estaba Nikolai, al cual se le había quitado el apetito al ver la expresión enfurecida de la polaca. Parecía una leona a punto de atacar, le había asustado, sin duda.
_ … Te vas a casar, con esa "cosa". _Dijo Nikolai rompiendo el silencio de repente.
_ Ya… Jánica es una mandona y su voz aguda me rechina en los oídos cada maldita mañana… _Dijo Dmitri tras soltar un largo suspiro. _ Nikolai, no sabes la suerte que tienes de tener una esposa tranquila y sumisa, lo que daría yo por tener una así.
_ Yo te la regalo. _Ante estas palabras el ucraniano le dio una pequeña colleja a su hermano menor reprendiéndole por despreciar de ese modo a su esposa. _¡Eh!
_ Ni "eh" ni nada. Trata bien a Helena.
_ La trataré como me dé la gana, déjame en paz.
Hablando como se dice "del rey de roma", apareció de repente la lituana, la cual se detuvo unos instantes al ver que en el comedor se hallaban Dmitri y Nikolai. El bielorruso la saludó vagamente con la mano para que así su hermano viera que se portaba bien con ella, sin embargo, para su sorpresa, Helena no correspondió su saludo como usualmente hacía, sino que simplemente siguió su camino, ignorándole completamente. La muchacha seguía enfadada con el niño por haberla dejado sola el día anterior así que, aunque le costara, decidió ignorarle.
_ Esto es nuevo. _Sentenció Nikolai extrañándose por completo debido a la actitud de su mujer.
_ ¿Qué le has hecho?
_ Nada.
_ ¿Nada? _Preguntó riendo el ucraniano ante la ingenuidad del muchacho. _Espero que esas palabras no salgan nunca de la boca de Helena, porque cuando una mujer dice que no pasa "nada", significa que todo está mal.
_ Qué raras son las mujeres.
_ ¡Dmitri! ¡Te digo que vengas ya! _Se oyó chillar a la polaca desde lejos interrumpiendo la conversación de las dos naciones masculinas.
_ ¡Que ya voy! _ Dicho esto el rubio se levantó de la mesa y caminó hacia la salida dejando al pequeño bielorruso desayunar solo. _ Dios, dame fuerzas…
De este modo, Dmitri, siguiendo las órdenes de Jánica, se encaminó hacia el centro de la ciudad con ella. Cabalgaron en un precioso caballo blanco perfectamente ataviado con exquisitos mantos hechos con hilos de oro y telas de terciopelo hasta que llegaron al mercado. Aquel lugar estaba lleno de vida. Los niños corrían y jugaban a perseguir gatos, las voces de las mujeres que vendían telas y perfumes corrían veloces en el aire, pequeñas multitudes se agolpaban en los puestos de fruta esperando conseguir las mejores piezas… Movimiento por doquier.
_ No sé por qué hemos tenido que venir aquí… otra vez. _Dijo Dmitri de repente. Llevaban ya tres días desperdiciando la mañana en aquel lugar atestado de gente.
_ Pues es obvio, querido. Para comprar las últimas cosas para la boda.
_ ¿Y no se pueden encargar las sirvientas de ello? Para eso las pagas, ¿no?
_ ¡Por favor! ¡Esas no tienen un mínimo de gusto! Seguro que cogen una tela horrible para mi vestido. Eso sería, como que, una total y absoluta calamidad. ¡Yo, vestida mal el mismísimo día de mi boda! Antes muerta.
_ ¿Qué piensas hacer otro vestido estando a un par de días de la boda? ¡Pero si el que tenías te gustaba! No sé por qué has de llevar tanto lujo para un solo día.
_ ¡Vaya, al parecer tú tampoco tienes gusto! Eres un noble, deberías comportarte como tal, preocuparte por esta clase de cosas. Pero no, al parecer más que un noble eres un mísero campesino.
_ ¡Pues no sé qué tiene de malo ser un campesino! _Dijo ya Dmitri comenzando a enfadarse, no soportaba esos aires de superioridad que tenía la polaca.
_ Tú solo hazme caso a mí y estate calladito, ¿sí? _ Sentenció Jánica echándose el pelo hacia atrás con elegancia en un gesto aburrido.
Cuando ambas naciones encontraron los productos que estaban buscando bajaron del caballo. La polaca primero se dirigió hacia un pequeño puesto que exhibía preciosas telas. Eran de un tacto suavísimo y los acabados de las mismas eran simplemente espectaculares. La muchacha se entretuvo mirando algunas telas en tonalidades rojizas. Bien era cierto que su color favorito era el rosa, pero pensó que el rojo impondría más. El rojo era símbolo de poder, de autoridad, de liderazgo. Y eso era justamente lo que quería representar ella. Así pues vestir esa clase de color el día de su boda sería lo ideal.
Dmitri por otra parte estaba aburrido a más no poder. En un par de ocasiones sintió el impulso de coger el caballo y huir de allí, pero rápidamente estas dulces fantasías se disipaban de su mente. Eran sueños imposibles.
_ Dmitri, esta tela me quedaría bien, ¿verdad? _Preguntó la rubia sujetando entre sus manos una tela de terciopelo rojo con pequeñas figuras doradas en forma de fénix. Sin embargo Dmitri parecía no escucharla, estaba demasiado ocupado con sus fantasías irrealizables. _ ¡Dmitri! ¡Atiéndeme!
_ ¿Qué?
_ ¡Qué me escuches cuando te hablo, hombre! ¿Qué pasa? ¿Qué no quieres que la boda sea perfecta en todo? ¿Qué hablen mal de nosotros en la corte por dar una mala imagen?
_ No… Ya te atiendo, ya te atiendo. _Se resignó el chico mientras suspiraba aburridamente.
_ Pues eso, que si esta tela está bien o no.
_ Mmm… A mí me gusta más la azul.
_ Agh, pero qué poco sentido de la moda. Me llevaré la roja.
_ ¿Si vas a hacer lo que quieras para qué me preguntas?
_ ¡Para que me apoyaras en la decisión! Si es que, de verdad…
Aquello ya era el colmo. El ucraniano no podía aguantarlo más. Deseaba con todas sus fuerzas que aquella horrible pesadilla acabara de una vez, porque el ir de compras con la rubia era una auténtica pesadilla, sí. Contó hasta diez mentalmente para así calmarse un poco, afortunadamente lo consiguió.
Entonces, y para dicha del ucraniano, se empezó a oír música. Ésta venía desde el centro del mercado, en una pequeña plaza. La gente, emocionada, comenzó a dirigirse hacia el dicho lugar, al parecer ocurriría algo. A Jánica también le llamó la atención, así que agarrando el brazo de Dmitri, se dirigió hacia la plaza. El chico no puso resistencia alguna pues también sentía curiosidad por la música que se empezaba a oír.
Cuando llegaron, pudieron observar cómo un juglar ataviado con las más extravagantes ropas y portando una balalaika. Mientras tocaba algo de música, cantaba las más increíbles historias sobre guerreros valerosos que rescataban princesas, reyes nobles que ayudaban a su pueblo y terribles magos que lanzaban maldiciones.
Ciertamente era muy entretenido y Jánica y Dmitri se lo estaban pasando muy bien al oírle cantar y toca. Incluso a Dmitri casi se le había el enfado que tenía. Tras unos minutos el juglar detuvo su actuación y, tras recibir algunas monedas por parte de los ciudadanos se marchó por donde había venido.
Por su parte, la pareja también decidió marcharse ya. Después de todo Jánica ya se había quedado contenta al comprar la tela que quería y para mayor felicidad había disfrutado de un grato concierto. Así pues subieron de nuevo al caballo y cabalgaron hacia casa tranquilamente.
En esto, el ucraniano comenzó a cantar casi para sí mismo una bella canción de su tierra, la verdad es que le gustaba mucho la música y el haber oído al juglar le había recordado a ciertas canciones que se cantaban en su tierra natal.
_ Dmitri. _Dijo Jánica demandando la atención del chico.
_ ¿Sí? _ Preguntó el ucraniano deteniendo su ligero canto.
_ No cantes esas cosas.
_ ¿Qué? ¿Por qué no?
_ Porque no quiero que cantes cosas de tu tierra y menos en ucraniano.
_ ¿¡Cómo que no puedo cantar cosas de mi tierra!?
_ Pues, como que, lo que oyes, querido. ¿Qué idioma te he dicho que podías hablar? Polaco o en su defecto Lituano, ¿verdad? Pues eso.
_ ¡Pero solo es una maldita canción, Jánica!
_ Hay muchas canciones bonitas en polaco que puedes cantar.
_ ¡En serio, eres insoportable! _Exclamó el chico sin poder creer las palabras de la chica.
_ ¿¡Yo insoportable!? ¡Eres tú el que no acata ni una maldita norma!
Dmitri, apretó los dientes, detuvo el caballo y miró a la polaca con absoluta rabia.
_ ¡Primero mis costumbres, mi idioma, mi religión, y ahora quieres también mis canciones! ¡No lo soporto más, Jánica! ¡No entiendo por qué me lo quieres quitar todo! ¡No tengo ni una pizca de libertad!
_ ¡Desagradecido! ¡Encima de que te trato como a un rey me lo pagas gritándome de esta manera! Agradece que al anexionarte no te traté como un sirviente, como han hecho otras naciones con sus territorios conquistados.
_ Preferiría ser un sirviente pues este puede cantar y bailar lo que le dé la gana. ¿Sabes? ¡Prefiero ser un sirviente antes que ser como tú!
_ ¡O sea, lo que me faltaba por oír! _Exclamó la polaca ya totalmente harta de la rebeldía de su prometido. _ ¡Te tenía que haber dejado en el campo. Apuesto a que serías más feliz allí, rodeado de barro, de suciedad y de la vulgaridad más absoluta. Sí, está claro que eso te pega más que el ser un noble.
_ ¡Me tienes harto! ¡Tú y tu estúpido narcisismo!
Y dichas estas últimas palabras, Dmitri se marchó de allí estando extremadamente enfadado con Jánica.
Por otro lado, Jánica comenzó a maldecir en su idioma natal mientras cogía las riendas del caballo y comenzaba a galopar hasta casa. Para ella sus demandas no eran tan graves. ¡Debería de agradecerla que le tratara como si fuera un miembro de alta cuna! Podía haber acabado muy mal de no ser por ella. ¡Podía haber acabado siendo el esclavo de la Horda Dorada! Y no había cosa más horrible que esa. Pero no, no podía simplemente acatar un par de simples normas. Siempre se tenía que rebelar. Era incontrolable y Jánica ya se estaba hartando de su actitud.
Al cabo de un rato Dmitri se dio cuenta de que se había alejado bastante del camino de regreso a casa, pero no le importó demasiado. En aquel momento lo que menos quería era ir a caballo con la chica, necesitaba estar alejado de ella y de sus constantes demandas por un tiempo. ¿Por qué se comportaba así con él? Era mero capricho sin duda, pues Helena a Nikolai no le había impedido que dejara de hablar su idioma o que desatendiera sus costumbres. Bueno, puede que sí le estuviera instando a adquirir la cultura lituana, pero eso no era del todo malo. Al menos así lo pensaba él.
Iba tan concentrado en sus pensamientos que no se dio cuenta de que una figura le estaba observando desde la distancia. Dicha figura se acercó a él por la espalda y cuando estuvo lo suficientemente cerca de él le dio un par de golpes en el hombro para llamar su atención.
_ ¡Merhaba(*), mi Príncipe de cabellos de oro!
_ ¡D-dilara!
El ucraniano se quedó de piedra al ver ante sus ojos a la representante del Imperio Otomano, Dilara. Hacía un tiempo que no la veía, pero seguía exactamente igual que siempre: Su pelo corto y castaño adornado con una tiara con pequeñas joyas de oro y un pañuelo casi transparente que lo cubría. Vestía su bronceada piel con ligeros y exuberantes ropajes, propios de las bailarinas de su tierra, al menos eso decía ella, para él aquellas prendas eran propias de las cortesanas. Y sus preciosos ojos verdes, que él había tenido la fortuna de ver, cubiertos por una máscara blanca.
_ Vaya, pero si me has llamado por mi nombre humano y no por el nombre de mi nación. Veo que por fin ya me has cogido confianza. Me alegro, me alegro. _Dijo alegremente la chica mientras reía al ver la expresión de sorpresa del chico.
_ Q-quise decir Imperio Otomano, sí eso. _Intentó remediar el ucraniano.
_ Ah no, ya no lo intentes arreglar, cielo. _Volvió a reír la muchacha.
_ Te he dicho mil veces que no me llames así. _Dijo Dimitri portando un ligero rubor en sus mejillas al ser llamado "cielo" por la turca. Ella siempre le dedicaba esa clase de palabras.
_ ¿Y cómo quieres que te llame? ¿Cariño? ¿Amor? ¿Mi vida… ?
_ ¡N-No juegues así conmigo!
Dilara se había ido acercando cada vez más y más al chico, con cada pregunta que hacía, hasta quedar extremadamente cerca de él, rozando su cuerpo. Dmitri, ante tal "invasión de espacio", la apartó. La chica le ponía extremadamente nervioso.
_ En fin, mi Príncipe. _Comenzó a decir Dilara maliciosamente y haciendo caso omiso a la demanda del chico. _ ¿Qué haces aquí tan solito?
_ Podría preguntarte lo mismo.
_ Solo paseaba, nada más.
_ Y yo que me lo creo. Debería llamar ahora mismo a los guardias para así hacer que te aprisionaran. Si se enteran de que uno de nuestros mayores enemigos está aquí ten por seguro que no tardarán en venir.
_ Tranquilo, tranquilo, que hoy vengo en son de paz.
Dilara levantó sus manos dando a entender que estaba desarmada. Dmitri dudó un par de segundos, pero finalmente acabó por creerla.
_ Está bien… Supongo que te creeré. Pero no te perderé de vista.
_ Veo que sigues teniendo el mismo carácter guerrero de siempre. _Dijo soltando una pequeña risita. _Bueno, dime qué hacías tan lejos del castillo donde resides.
_ Yo… em… también paseaba.
_ Huías de la niña polaca esa de nuevo, ¿verdad? _Ante la pregunta Dmitri solo pudo apartar la mirada y avergonzarse, pues había dado justo en el clavo. _Si estuvieras en mi casa no tendrías que huir ni una sola vez. Sabes que yo te trataría como te mereces. Te daría dulces todos los días, masajearía tu espalda cada mañana, correríamos con los caballos salvajemente por las praderas de mi tierra y… por la noche… haríamos el amor hasta que me quedara afónica por gritar tu nombre… Como aquella última vez… ¿No te gustaría eso?
Dilara se había vuelto a acercar al ucraniano, solo que esta vez fue un poco más lejos y le rodeó el cuello con sus brazos, atrayendo al muchacho hacia ella. Su voz era extremadamente dulce y melosa. Estaba claro que estaba intentando engatusar a Dmitri para que así, gracias a sus juegos de seducción y de coquetería, finalmente se prendara de ella y decidiera anexionarse a su territorio. Ya no solo le quería porque tener el territorio de Ucrania bajo su poder sería algo grandioso, sino además, porque el ucraniano le parecía un joven interesante. Tan salvaje y rebelde en algunos momentos y tan dulce en otros… Al menos las veces que había estado con él así habían sido.
Dmitri no contestó. Simplemente enrojeció como un loco al escuchar las palabras de la chica. Era cierto que había compartido momentos muy íntimos con ella y que, a pesar de ser enemigos, la turca hacía que su cuerpo ardiera con fervor y que su corazón latiera un poco más deprisa incluso.
_ Sé que quieres. Tú mismo lo dijiste la primera vez que estuve contigo. Dijiste que me deseabas, ¿recuerdas? Aquella noche, entre las suaves sedas rojas de mi cama, los dos desnudos… Oh cielos, eras tan ingenuo e inexperto. Simplemente adorable. _Continuó la chica.
_ ¡Y-ya para! T-ten un poco de pudor al hablar de esas cosas. _Reaccionó por fin el ucraniano separándose de nuevo de ella.
_ Amor, el sexo es placer y no hay nada de malo en ello. Y sabes que tú lo sentías estando conmigo.
_ D-dé el placer que dé no voy a ir contigo. Eres una infiel y una pecadora. Mi gente ha cortado cabezas a muchos de los tuyos y viceversa. Has arrasado ciudades enteras… ¿Cómo quieres que me vaya contigo? Además, me voy a casar con Polonia en pocos días. Y mi gente está bien en la Mancomunidad. Así que… todo está bien. _Dijo con muy poca seguridad en esta última frase de su discurso.
_ Bueno… _Dijo la chica tras suspirar levemente y encogerse de hombros._ Cambiarás de parecer en cuanto te anexiones y… logre que te enamores de mí.
_ ¡Eso nunca pasará! M-me voy. _Dicho esto el joven la dio la espalda y comenzó a caminar de vuelta al castillo.
_ ¡Espera!
Dmitri se dio la vuelta de nuevo para ver qué quería ahora la turca y, justo en el momento en el que se giró, se encontró con los labios de la chica besando los suyos. Dilara le abrazó para así evitar que se separa de ella y le besó con amor. Sí, con amor, pues aunque sus palabras estuvieran cargadas de lujuria, su corazón tenía un interés romántico por el rubio, como ya se lo había demostrado antes.
Dmitri no pudo evitar derretirse ante aquel beso y al cabo de unos segundos acabó por corresponderla. No aguantó, fue débil por un momento. Pero… ¿cómo no serlo? La chica era atractiva a más no poder y sus dominaba perfectamente sus "armas de mujer", además, no se podía quejar del todo de las veces que había estado en su casa. Lo había pasado bien y además le trataba mejor que Jánica. Eran enemigos sí, se deberían odiar, sí, pero… no acababa de conseguirlo, más bien el efecto era el contrario. Pero esto jamás lo admitiría.
Al cabo de unos minutos Dilara rompió el beso y miró al muchacho con ternura.
_ Ya sabes que las puertas de mi morada están abiertas para ti, siempre que no vengas con un sable, claro.
_ N-no iré.
_ Ya veremos, ya veremos, mi querido Príncipe.
Dichas estas últimas palabras Dilara se separó de él y caminó de vuelta a su hogar.
Dmitri hizo exactamente lo mismo. Ya se le había pasado el enfado del todo, después de todo, Dilara le había hecho acordarse de la bronca tan monumental que había tenido con su prometida y aquel beso… Simplemente había sido una delicia. Todo su estrés desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
No tardó mucho en llegar al castillo, sin embargo no se fue a encontrar con ninguna de las otras naciones, se dirigió a los establos directamente. En ese momento le apetecía estar solo, relajado, y mimando a sus queridos caballos. No quería que la tranquilidad que sentía en ese momento se disipara de nuevo al escuchar las voces de Jánica o las de su hermano menor.
De este modo, calló la noche sobre Varsovia. Una enorme Luna llena adornaba el cielo nocturno, ni una nube la cubría, ni a ella, ni a las miles de estrellas que relucían en aquel manto oscuro esa noche. Era un firmamento hermoso.
En una de las estancias del castillo, más en concreto en el dormitorio de Nikolai y Helena, las pequeñas naciones se preparaban para dormir.
Nikolai se encontraba sentado en la cama quitándose la venda con cuidado puesto que la lituana iba a aplicarle el ungüento cicatrizante que le había dado el médico días anteriores. Para desgracia de Nikolai la herida se estaba curando rápidamente, y es que para él era una desgracia pues quería portar en su brazo una enorme cicatriz para después presumir de ella, pero al parecer solo quedaría una pequeña marca que pasaría totalmente inadvertida.
Helena acabó de preparar el ungüento y subió a la cama con su esposo. Sin decir una palabra comenzó a aplicar la pomada sobre la herida del chico con mucha delicadeza, pues aunque estuviera enfadada con él por haberla dejado sola el día anterior en el lago, no quería ser brusca ni hacerle daño. Era demasiado buena con él.
Nikolai se había dado cuenta de algo. La lituana estaba muy silenciosa y seria, a decir verdad no le había intentado abrazar ni darle ninguna muestra de afecto, ni siquiera había hablado con él en todo el día. Era muy extraño ya que ella siempre amenizaba cada momento en el que estaban juntos con una ligera charla.
_ ¿Qué te pasa? _Preguntó el bielorruso mientras se dejaba curar.
_ Nada.
Nada. La palabra más temida que podía escuchar un hombre salir de los labios de una mujer, al menos así se lo había advertido su hermano mayor, y estaba algo más experimentado que él en el tema "mujeres", así que decidió hacerle caso.
_ ¿Estás enfadada?
La chica apretó los labios un momento al escuchar aquella pregunta. Intentaba contener un sonoro: "¡Sí, claro que estoy enfada!". Afortunadamente lo consiguió. Y así, simplemente le miró con determinación y acabó de vendarle.
_ Pues vale, no contestes, me da igual. _Sentenció el niño encogiéndose de hombros.
_ Sí, estoy enfadada. C-contigo.
_ ¿Conmigo? ¿Por qué?
_ Porque ayer me dejaste sola en el lago.
_ Ah, eso… _El bielorruso apartó la mirada y se rascó la nuca torpemente, esto denotaba nerviosismo total y absoluto. ¿Cómo podía explicarle a la chica lo que le había pasado? No, no podía explicárselo de ninguna manera. Tendría que inventarse una excusa o algo así. _Tenía una cosa urgente que hacer.
_ ¿Qué cosa?
_ ¡Pues una cosa, Helena! ¡No tienes por qué saber todo lo que hago!
_ ¡Sí que tengo que saberlo! S-soy tu esposa…
_ Lo que eres es una pesada. Déjalo ya.
La lituana se entristeció un poco por las palabras tan duras que le había dedicado Nikolai, bajó la mirada y se acostó en la cama, dándole la espalda al bielorruso. Jamás entendería por qué se comportaba así de mal con ella. ¿Tan malo había sido salvarle de La Horda Dorada? Podían haberle atrapado de no haber sido por ella. Vale que el precio de haberle salvado era apartarle de su hermana, pero… ¿Acaso con ella no vivía como un Rey? ¿Acaso con ella no se sentía querido? ¿No se sentía feliz?
Nikolai suspiró pesadamente al ver la actitud que había adoptado la joven y la empezó a dar pequeños golpecitos en el hombro intentando llamar su atención.
_Helena… Helena…
Seguía golpeándole suavemente con su dedo índice, pero no conseguía respuesta alguna. Nikolai rodó los ojos y se detuvo. Era increíble que se hubiera enfadado por esa bobada, bueno, para él era una bobada. Pero ya se sabía, las niñas bobas se enfadaban por bobadas. Así pensaba el joven. A pesar de todo debía arreglar aquella situación, o si no su hermano se enfadaría con él al día siguiente por "no tratar a las mujeres como debían ser tratadas".
Siguió con los pequeños golpecitos, pero esta vez los trasladó desde su hombro hasta su cintura, haciéndola cosquillas. Helena no pudo evitar revolverse un poco en la cama y soltar alguna que otra pequeña risita. Era inevitable, las cosquillas podían con ella. Nikolai, al ver que su toque al menos estaba haciéndola reír continuó con su charla y su intento de convicción para que desfrunciera su ceño.
_ Helena… no te enfades. Algún día te diré por qué me fui.
La chica entonces, algo más calmada y contenta ya que las cosquillas le habían hecho reír, se sentó de nuevo sobre el colchón y le miró.
_ ¿Por qué no me lo puedes decir ahora?
_ Porque… no. _Dijo el niño algo avergonzado.
_ Vale… _ La lituana al final desistió y lo dejó pasar, no podía enfadarse con él, simplemente no podía. Le quería demasiado y… le había dicho que se lo contaría algún día, al menos eso era un consuelo.
_ Bien. _Sentenció el chico algo más contento por haber salido victorioso de aquella situación.
Pasaron un par de minutos en silencio. Sentado en la cama Nikolai jugaba con las sábanas de la cama hasta que al final se cansó y miró a su esposa.
_Ya tengo sueño. Dame un beso.
Demandó el niño con total seriedad. Helena se ruborizó un poco porque nunca antes se lo había pedido, normalmente simplemente se acercaba a ella y la besaba. Aquello sin duda la sorprendió, mas no demoró mucho y se acercó a él, dándole un dulce beso. Se iba a apartar cuando sintió la mano de Nikolai posándose suavemente sobre una de sus mejillas, evitando así que la muchacha se separara, queriendo alargar el beso un poco más. La verdad era que se sentía bien, era muy agradable, así que la joven se dejó gustosa.
Ese beso no fue como el que se daban otras noches, no. Fue extraño. El bielorruso se separó pasado un tiempo, pero no dejó de acariciar la mejilla de la chica y sus ojos seguían posados sobre sus labios, así pues se volvió a acercar a ella y depositó un segundo beso… y un tercero… y más. Pequeños y suaves besos que se regalaban las dos naciones aquella noche.
Nikolai entonces instó a la lituana a tumbarse sobre la cama y se posicionó sobre ella, aprisionándola bajo su cuerpo. Helena no se quejó, tampoco es que la molestara en lo más mínimo, más bien era al contrario. Era increíble cómo casi podía escuchar la rapidez de los latidos de Nikolai contra su propio pecho, donde su corazón aleteaba cual colibrí: A mucha velocidad e intensamente.
El chico no estaba seguro de lo que estaba haciendo en ese momento, ciertamente era quizás algo extraño, pero también era placentero de alguna forma. De nuevo empezó a notar un ligero cosquilleo en el estómago. No quería que esa sensación cesara, sin embargo, comenzó a sentirse justo igual que el anterior día, cuando vio a Helena en el lago.
Temiendo que le volviera a suceder lo mismo que le ocurrió en el lago, se separó súbitamente de la chica y se recostó de nuevo sobre la cama, dándola la espalda. Un sonrojo muy notorio se había formado sobre sus mejillas y en esta posición al menos lo podría ocultar.
_Em… Buenas noches.
Sentenció el bielorruso algo nervioso. Helena por otra parte hizo un pequeño mohín cuando observó que Nikolai se separaba. Si hubiera sido por ella, hubiera estado así por bastante más tiempo, ¡hasta quedarse sin aire incluso! La niña sonrió levemente ante sus propios pensamientos y miró a Nikolai, el cual seguía dándole la espalda.
_ N-Nikolai... ¿Me… me abrazas? _Preguntó la niña en un acto de valentía.
_ N-No. _Respondió el joven intentando reprimir sus "impulsos", temía que si la abrazaba se descontrolara.
_ Y… ¿Puedo abrazarte yo?
El bielorruso no respondió, lo que la lituana tomó como un "sí". Así pues, se acercó a él, y le abrazó delicadamente, sonriendo cual tonta enamorada. Descansando apaciblemente.
Pero no todo era tranquilidad aquella noche…
El castillo se sumía en una casi completa oscuridad, todas las habitaciones de la casa estaban a oscuras, ni una vela estaba encendida ya… Bueno, no todas las habitaciones. El baño principal del castillo estaba bastante iluminado aquella noche. ¿La razón? Dmitri, o más bien habría que decir Jánica.
Sí, pues Jánica había amenazado a Dmitri con hacerle dormir en el suelo aquella noche si no se daba un baño como Dios manda tras dejar los caballos en el establo. El chico estaba lleno de barro, tierra y pequeñas ramitas que se le habían quedado enredadas en el pelo debido a sus juegos con los caballos, pues aparte de acariciarlos en el establo, había sacado a los caballos más jóvenes a dar un paseo y había estado jugando con ellos. Así pues, caminó hacia el baño, mandó llenar la bañera con agua previamente calentada en ollas al fuego, y se metió muy, pero que muy a su pesar.
El chico cogió entonces una pastilla de jabón y comenzó a eliminar de su cuerpo cualquier resto de suciedad. Estaba ensimismado en sus pensamientos y disfrutando de la sensación que producía el agua caliente sobre su machacado cuerpo cuando entonces la puerta se abrió de repente.
_ … ¡Ahh!
_... ¡Ahh!
Un grito al unísono retumbó por toda la sala. Este grito fue dado por parte de Dmitri y de Jánica, la cual acababa de entrar en el baño y para su sorpresa se encontró con su prometido desnudo. Dmitri dio gracias de que en el agua se había formado suficiente espuma como para cubrir sus zonas más íntimas. Aun con todo su torso estaba al descubierto, y esto le hizo avergonzarse de sobremanera.
Jánica, poco o nada experimentada en estos temas, solo pudo quedarse con la boca abierta mientras miraba al ucraniano.
_ ¡J-J-Jánica, qué haces aquí!
_ ¿E-eh? ¡Nada, venía a por un peine que me olvidé! _Dijo la joven volviendo a la realidad, dándose la vuelta y cubriendo sus ojos para mayor seguridad. Su cara estaba casi tan roja como la de Dmitri.
_ Y-ya veo… ¡P-pero podías haber llamado a la puerta! _Exclamó el chico cubriéndose con la espuma todo lo que podía.
_ ¡Y yo qué sabía que ibas a estar aquí!
_ ¡Pero si tú fuiste la que me dijo que me diera un baño o si no no podría dormir contigo esta noche! _Dijo Dmitri al borde de las lágrimas. Estas situaciones le avergonzaban en demasía y le entraban ganas de llorar. La verdad era que resultaba cómico.
_ ¡Vale, vale! La próxima vez llamaré… ¡Bueno, qué diablos, es mi casa y puedo entrar sin llamar! _Dicho esto Jánica se giró y caminó hacia él intentando mostrar entereza, sin embargo sus sonrosadas mejillas la delataban. _ Dmitri, hablando de eso… ¿Crees que es raro que durmamos juntos aun sin estar casados?
_ Jánica…
_ ¿Qué?
_ ¿De verdad crees que este es el mejor momento para tener una conversación? _Preguntó el chico sonriendo nerviosamente ante la tranquilidad que de repente había adquirido la polaca.
_ ¡Pero es que me está matando saber eso! ¿Y si por dormir contigo, como que, estoy poniendo en peligro mi honor como dama? ¿Y si me quedo embarazada antes de casarnos? ¡Mi virtud está en juego, Dmitri! ¡O sea, entiende mi drama!
Ante la efusividad de las preguntas de la chica Dmitri no pudo hacer otra cosa más que soltar una pequeña risa. La verdad era que ambos ya estaban más calmados. Siempre era lo mismo, sus peleas eran horribles, podían decirse de todo y más en menos de dos minutos, pero pasadas unas horas volvían a estar bien. Era como si necesitaran esas peleas de vez en cuando. Descargar toda la adrenalina que llevaban dentro… Era como si se necesitaran el uno al otro.
_ ¡Encima no te rías!
_ P-perdón, perdón. Es solo que… no te vas a quedar embarazada por solo dormir conmigo.
_ ¿Ah no? _Preguntó con ingenuidad la rubia.
_ N-no. _Era extraño que él supiera más de estos temas que su propia prometida, que era la que tendría que sufrir el embarazo, si llegaba el caso, claro. _Mira, yo dormía con mi hermana muchas noches y no pasaba nada. Así que… no veo nada de malo.
Ante esta respuesta Jánica suspiró más aliviada. Sabía que Helena exageraba con eso de que dormir juntos antes del matrimonio era pecado mortal. Seguro que Dios lo entendía y la perdonaba. Entonces algo llamó su atención y la sacó de sus pensamientos: Una pequeña ramita sobresalía entre los rubios mechones de pelo de Dmitri. Así pues, posicionándose tras él, se la quitó con cuidado de no tirarle del pelo demasiado.
_ Tu cabeza es, como que, un verdadero desastre. ¿No te la has lavado?
_ No, aún no.
_ Dios, qué desastre eres, querido. Deja, ya te la lavo yo.
Jánica entonces mojó ligeramente sus manos en el agua y las pasó por el pelo del ucraniano para así humedecerlo. Se extrañó un poco al comprobar que el pelo del chico era suave a pesar de lo enredado que estaba. Cogió la pastilla de jabón, la frotó en sus manos hasta hacer una cantidad de espuma considerable y finalmente comenzó a lavarle la cabeza, procurando ser delicada.
Dmitri en un principio se había sentido algo nervioso pues esa situación no es que fuera muy normal. Él desnudo y la polaca tranquilamente lavándole la cabeza. No, definitivamente normal no era, bueno, realmente ese día no es que hubiera sido muy normal para él. Pero todas sus preocupaciones se disiparon al sentir las suaves caricias de Jánica. Sus dedos enredándose sutilmente entre sus cabellos, el agua caliente acariciándole, el ambiente relajante de la estancia… Todo eran factores positivos que invitaban a la relajación más absoluta. Estaba tan a gusto que empezó a sentir cierto sueño incluso.
_ ¿Te llevas bien con tus hermanos? _Intentó iniciar de nuevo la conversación Jánica para así demostrarle que ya se le había pasado el enfado y demás. _Lo digo porque tratar con Nikolai tiene que ser, como que, un poco incordio. ¿No?
_ Bueno, Nikolai es un niño un poco difícil. Anya era más dulce, aunque tenía una maldad interna que a veces me sorprendía un poco. _Reconoció el chico recordando algunos momentos que pasó con sus hermanos menores. _ Intento ser un buen referente para ellos pero… c-creo que no acabo de conseguirlo. Si no fíjate, casi dejo morir a Nikolai…
_ No digas eso, fue un accidente, nadie tuvo la culpa. Bueno, él mismo tuvo la culpa, pero no viene al caso ahora. Tú estate tranquilito, ¿sí? Que ya todo pasó. _Intentó tranquilizarle la polaca.
_ Sí, es cierto. P-por cierto… Em… gracias por apoyarme y eso. Lo pasé realmente mal.
_ De nada, no fue para tanto. _Dijo sonriendo la chica mientras comenzaba a aclararle el pelo a Dmitri. _ Y dime, ¿estás emocionado por la boda? No te he visto muy predispuesto hoy, la vedad, era como que te daba igual todo. Y eso pues tipo que no es muy normal en alguien que se va a casar.
Dmitri dudó unos momentos sobre su respuesta. ¿Realmente estaba emocionado con la boda? Por una parte no podía negar que le emocionaba un poco la idea de celebrar una gran fiesta y demás, pero por otro lado… Casarse significaba perder la libertad del todo. Ya no sería un país, sería oficialmente parte de otro, y este hecho le entristecía de sobremanera. El único consuelo que hallaba era que al menos tenía a su hermano con él y que su gente estaba bien económicamente hablando. Así que finalmente asintió ligeramente.
_ No, no es eso, es solo que… no sé muy bien qué es lo que tengo que hacer para ser un buen anfitrión. _Mintió el muchacho, no quería volver a enojar a la rubia.
_ No sufras por eso, yo seré buena anfitriona por los dos, bueno, por los cuatro. Porque Helena es muy sosita y tu hermano tiene muy mala leche. _Dmitri no pudo evitar reír un poco ante las declaraciones de Jánica. Finalmente ésta acabó de lavarle del pelo. _Ya está. Bueno, yo ahora me voy, y ya te dejo tranquilito. Pero no tardes en venir a dormir, ¿vale?
_ Vale.
Jánica entonces revolvió el pelo de Dmitri con cierto cariño y sonrió un poco. Tras esto salió deprisa del baño, sin esperar respuesta alguna por el ucraniano, pues en realidad era muy tímida en lo que a muestras de cariño se trataba, solo que usualmente fingía no tener vergüenza.
Dmitri sonrió con cierta melancolía al ver marchar a la chica. Aquel día había sido agotador y le había dejado algo confuso y con ciertos remordimientos, pues había besado a una mujer que no era su prometida aquel día. Bueno, le habían besado a él, pensó para reconfortarse.
No diría nada de lo que hizo, claro, pero se esforzaría por tratar de mejorar su relación con Jánica pues no sabía cuántos años estaría con ella casados y era mejor que fueran amigos que no enemigos. Quizás algún día hasta la llegara a querer… Quizás algún día.
Notas de la autora
balalaika(*) Instrumento de cuerdas medieval de origen eslavo.
