Capítulo 6: El Gran día

Y por fin llegó el día de la boda.

La capital polaca lucía distinta aquel día, tenía más vida que nunca, brillaba con fuerza, tanta que parecía haber sido bendecida por el mismísimo dios Helios. El Sol tocaba cada catedral, cada casa, cada piedra en el camino, ni una sola nube en el cielo se atrevía a enturbiar aquel glorioso día... El día en el que, por fin, las cuatro naciones se unirían formalmente.

Las calles de Polonia eran un auténtico maremagnum de colores, de repiqueteos de zapatos presurosos en el suelo, de gritos exclamativos y emocionados, de risas, de divertidas y amenas melodías tocadas por juglares saltarines...

Las calles eran un incesante transitar de gentes vestidas con sus mejores galas, incluso los campesinos, el sector más empobrecido del reino, se había puesto sus mejores ropajes, y es que la ocasión lo merecía, sin duda alguna. Los habitantes de toda la Mancomunidad sentían que gracias a esta unión sus vidas mejorarían, la economía, así como la cultura, se verían ricamente reforzadas, en definitiva, el unirse significaba para ellos el ser un poco más felices. Era ese el por qué de su emoción, de su excitación y de la presencia de sonrisas sobre sus rostros.

Algunos de los ciudadanos corrieron deprisa hasta el Castillo, pues allí era donde se celebraba la boda, y se agolparon frente a la puerta del gran patio delantero intentando colarse, intentando presenciar de cerca a sus nuevos gobernantes. A fin de cuentas no todo el mundo había sido invitado a la ceremonia, así que no era de extrañar que quisieran entrar sin permiso y así admirar el lujo desde cerca. Desafortunadamente para ellos el castillo estaba muy bien protegido ese día, filas y filas de guerreros guardaban todas y cada una de las vías de entrada al castillo. Era su deber, debían asegurar la seguridad de sus gobernantes y hacer que su boda fuera tranquila, sin invitados ni sorpresas inesperadas. Así pues los campesinos eran retenidos sin piedad alguna a la puerta, algunos con cierta brusquedad había que decir.

Frente al numerosísimo agolpamiento de gentes que había a las puertas del castillo, frente a todo el griterío y el movimiento precipitado, el interior del mismo era una cosa bien distinta. Predominaban en el patio delantero el lujo, la ostentosidad, la pompa... Grandiosas carrozas tiradas por magníficos caballos de raza descansaban a la entrada de la edificación, todas ellas con acabados en oro o plata y algunas ornamentados ricamente con pequeñas piedras preciosas. Los nobles y las damas que se apeaban de estos transportes iban tan o incluso más engalanados que las propias carrozas. Riquísimos vestidos de brillantes colores y peinados complejos en las señoras, bellas capas cortas y armaduras relucientes en los señores... Sea como fuere todos iban espectaculares para la ocasión. No era de extrañar que algunos de los campesinos exclamaran de admiración al ver la belleza de los ropajes de algunos de estos nobles.

Mas no solo los nobles vestían bien en el Castillo aquel día, no, la servidumbre también había estrenado nuevos y limpísimos uniformes, de un blanco impoluto, tan puro que haría avergonzarse a la propia nieve de la más alta de las montañas. Además de sus prendas, sus caras habían sido lavadas concienzudamente y ya no presentaban esas pequeñas y comunes manchas de suciedad, usualmente causadas debido a la limpieza del polvo o a la preparación de las comidas en la cocina.

Y esto solo era el exterior del castillo. Su interior era mucho más espectacular, mucho más llamativo, sin duda. En primer plano se hallaba la impresionante "Sala del Trono", compuesta esta vez por cuatro tronos. Los dos del centro eran ligeramente más grandes que los de los extremos, pues estos pertenecían a las dos naciones líderes, por llamarlas de alguna manera: Polonia y Lituania.

Los tronos eran completamente de oro y habían sido mandados abrillantar a primera hora de la mañana, habían quedado tan resplandecientes que podrían opacar al Sol sin mayor problema. Los tronos no se hallaban desnudos, sino que presentaban sobre los mismos mantos aterciopelados coloreados con los colores de la bandera de la República de las dos Naciones: Rojo, blanco y azul.

Bajo los asientos reales, una gran alfombra burdeos se extendía hasta la entrada del castillo. En pocos minutos caminarían sobre ella los futuros gobernantes. Y, a su lado, formando un pequeño conjunto, se encontraban dispuestos varios instrumentos de cuerda y de viento ahora sin dueño. Más tarde serían tocados para dar vivacidad a la ceremonia de casamiento.

En el interior de la sala no solo se hallaban los tronos, sino también los asientos para los invitados a la ceremonia. Estas banquetas eran de madera de ébano y estaban ornamentadas con pequeñas y gráciles flores de colores blancas y rojas. Sobre ellos, colgaban en el techo a modo de guirnaldas más banderas, más cintas con los colores anteriormente mencionados. Era maravilloso, la decoración era exquisita y se podía notar el esmero que había puesto todo el mundo para hacer de ese día una fecha memorable.

Los minutos pasaban tan rápidos como los segundos, el nerviosismo se empezaba a palpar en la gran sala, los nobles y damiselas, además de los representantes de algunas naciones amigas, comenzaban a entrar en el castillo siendo previamente anunciados por un pregonero de la corte. Los músicos ya habían tomado sus posiciones y preparaban sus instrumentos con dedicación, afinándolos como nunca antes habían hecho, procurando no fallar en ninguna nota, procurando que sus melodías fueran tan bellas como los cánticos de las sirenas de Odiseo.

Movimiento, ruido, risas, nerviosismo sin igual hasta que todo, de repente, calló.

El movimiento del gran portón de madera anunciaba la entrada de las naciones casamenteras.

Los invitados se sentaron y se giraron expectantes por ver a los pequeños representantes.

Las naciones entraron.

En primer lugar caminaba Jánica, ataviada con un vestido largo de color rojo y con acabados de pequeños fénix bordados en hilos de oro en los laterales de su vestido. Llevaba un pequeño escote cuadrado que exponía ligeramente su cuello, lo suficiente para mostrar sobre éste una ostentosa joya hecha con rubíes. Su pelo, al contrario que el de las otras damas, estaba suelto pero perfectamente dominado y se movía libremente a cada paso que daba. Era elegante, justo como ella. Su porte era digno de admirar.

A su lado iba Dmitri, vestido en tonos rojizos también, pero en una tonalidad ligeramente más oscura a la de su compañera. En su espalda adornaba una espléndida capa en negro y con pequeñísimos acabados en color azul, que combinaban perfectamente con sus ojos. Destacaba en su cinturón una hermosa espada sobre la cual se distinguían varios zafiros dispuestos perfectamente y en armonía. Dmitri, al contrario que la polaca, caminaba nervioso. Se notaba por mucho que estaba poco o nada acostumbrado a este tipo de eventos, a ser juzgado por las miradas de otros, a ser el nombre que descansaba sobre los labios de los invitados... Mas no le quedaba más opción, debía aguantar y mantener el tipo.

Un par de pasos detrás de Jánica, caminaba Helena, ésta engalanada con un elegante vestido de color verde oscuro y de mangas larguísimas, las cuales casi arrastraban en el suelo, acabadas en pelo de zorro rojo. El vestido era más bien entallado a la cintura, lo cual la favorecía mucho y, al contrario que su amiga, no mostraba un prominente escote ni su cuerpo portaba joyas demasiado lujosas. Ella era discreta y tan solo había optado por lucir en su cintura una fina cadena de oro de la que colgaban algunas esmeraldas. Sin embargo, en lo que no era discreta la muchacha, era en su peinado. Éste estaba trenzado, cómo no, pero esta vez la larga trenza que caía por su espalda, había sido ornamentada con otras pequeñas trenzas que caían a modo de guirnaldas. Sujetando aquella extravagante trenza, se hallaban varias cintas de colores y alguna que otra florecilla. Era un peinado muy bello que no pasó desapercibido.

Por último, al lado de la lituana, se hallaba Nikolai. El joven bielorruso vestía totalmente de azul. Una camisa de mangas anchas, para así disimular los vendajes que aún ostentaba en su brazo, cubría la parte superior de su cuerpo. Por otro lado, unos pantalones oscuros se encargaban de cubrir sus piernas. Al igual que su hermano, adornaba una espada en su cinturón, mas la suya no se parecía en nada a la de Dmitri. Frente al aspecto poderoso, magnificente y peligroso de la espada del rubio, la del bielorruso era fina, de plata enteramente y muy elegante. A su espalda llevaba con orgullo la capa que le había regalado su esposa, muy en contra a la opinión de Jánica, que se había opuesto a que llevara semejante capa pues, los "colores no pegaban" y desentonaría por completo. Pero Nikolai no aceptó sus exigencias y siguió adelante con su decisión. Lo cual hizo muy feliz a Helena, pues aquello quería decir que había acertado plenamente con su regalo y que al muchacho le había gustado en demasía.

Tras las cuatro naciones, caminaba con paso solemne y mirada de humildad un anciano oficiador que portaba con orgullo un gran crucifijo al cuello y la Sagrada Biblia cerca de su corazón.

Tras unos segundos, el oficiador se colocó dando la espalda a los maravillosos tronos y, por otro lado, las naciones se colocaron frente al siervo de Dios. Jánica y Helena en el centro, mostrando de este modo su supremacía sobre sus territorios, a su lado Dmitri y Nikolai, uno a cada lado de la chica.

Sin más dilación, la ceremonia, por fin, comenzó.

_ Hoy, aquí y ahora, ante los ojos de Dios, nos disponemos a unirnos. En comunidad, y ya no solo política o religiosamente, sino de una manera más profunda, más humana... Pues estas cuatro personas que tengo ante mis ojos, nos representan, son nuestros hombres, nuestras mujeres, nuestros hijos. Son todos nosotros...

Comenzó a decir el cura de turno en tono claro y alto mientras abría la Biblia ante la atenta mirada de todos los presentes. La mirada de Jánica y de Helena tenía un brillo especial, el brillo de cualquier novia a punto de casarse. Por otro lado Nikolai parecía totalmente aburrido y Dmitri un poco molesto ya que aquella iba a ser una ceremonia católica. Entonces, el cura dirigió su mirada hacia Nikolai y Helena.

_ Que como este hombre y esta mujer sea nuestra unión. Poderosa, radiante, feliz y armoniosa. Que estas dos personas que tengo ante mis ojos sigan así, que la luz de Dios les siga bendiciendo como ha hecho hasta ahora, que les siga trayendo dicha y gracia...

Y así acabó de hablar el cura, paró de decir estas palabras un poco "de mentira", pues la joven lituana estaba completamente segura de que Nikolai con ella no obtenía la felicidad, sino más bien lo contrario. Mas olvidó estos malos pensamientos al ver al oficiador realizar los actos para la renovación de sus votos.

El cura cogió primero una corona con varias flores blancas y azules y la dispuso sobre la cabeza de la nación lituana durante un par de segundos. Más tarde realizó el mismo acto con el joven bielorruso. Tras esto, dejó la corona a un lado y cogió una cinta de seda, pidió a los niños que extendieran sus manos de modo que la mano de Helena quedara sobre la de Nikolai y, finalmente, ató las muñecas de los jóvenes con la susodicha cinta. Tras murmurar unas palabras les desató.

Helena intentaba disimular una gran sonrisa, pero le era casi imposible. Cualquier hecho que le recordara que estaba unida a Nikolai la hacía sonreír. En cambio al chico, parecía no importarle en absoluto esta clase de cosas. A decir verdad lo único que quería era que acabara todo.

Finalmente pidió que sellaran nuevamente su unión con un beso, el cual no demoró demasiado, a fin de cuentas las dos naciones estaban acostumbradas a darse pequeños besos en los labios.

Tras acabar con la "renovación de votos" de Nikolai y Helena, se dirigió hacia Dmitri y Jánica. Esta vez alzó los brazos hacia el cielo y comenzó a recitar un pequeño discurso.

_ El Reino de Polonia, nación bella donde las haya. Su maravillosa cultura, tanto en arte, como en música y literatura, es digna de admirar. Ella, nacida bajo la atenta mirada de Nuestro Señor, siendo cuidada por él, ahora está a punto de unirse a otro reino, igual de bello, poderoso y extenso... De su unión se esperan grandes cosas, de su unión se obtendrán grandes cosas. Extenderán su manto glorioso allí donde vayan. Las otras naciones las envidiarán, intentarán combatirlas, mas su esfuerzo será inútil y finalmente acabarán por doblegarse. Que la unión de Polonia con Ucrania sea duradera, esté llena de gracia y jamás decaiga... Que allá donde pisen las piedras se conviertan en oro.

Dicho esto, bajo la emocionada mirada de los invitados a la ceremonia, repitió los mismos actos que había realizado con Helena y Nikolai anteriormente y, finalmente, les pidió que se dieran un beso.

Jánica, aunque no lo aparentaba, estaba muerta de nervios. Sería la primera vez que besara y no estaba segura de hacerlo bien. Mas su orgullo se comió todas sus inseguridades cuando notó que Dmitri, su ahora esposo, se inclinaba ligeramente hacia ella. Cerró los ojos por un segundo y ambas naciones se fundieron en un tierno beso.

Para sorpresa de Jánica era una sensación agradable, extraña, pero agradable, parecía mentira que sus labios hubieran encajado tan bien si se pasaban el día discutiendo...

Todos los invitados aplaudieron al ver por fin la unión formalizada, al ver que su reino se expandía y con él, sus riquezas. Era sin duda un momento de júbilo, llego a ser tal que algunas de las damas más sensibles soltaron alguna que otra lagrimilla.

Tras unos segundos, rompieron el beso y ambos se sonrieron. Luego, la joven polaca, avanzó unos pasos hacia las banquetas donde estaban sentados los amigos, nobles y representantes de otras naciones.

_ ¡Ahora, prometo que esta unión nos hará poderosos! ¡Todos nuestros enemigos se hincarán de rodillas al vernos, se esconderán en sus casas al escuchar el trotar de nuestros caballos! ¡Seremos el mayor imperio que la historia jamás haya conocido! ¡Por nosotros, pero también por todos vosotros!

Con estas palabras de ánimo, la gente comenzó a aplaudir a la rubia con fuerza, con convicción, pues realmente creían todo lo que decía la muchacha. ¿Cómo no hacerlo? Ahora ya no solo eran un solo país, eran cuatro, nada más y nada menos que cuatro países unidos y aliados. Nada podía salir mal...

En ese momento, los músicos comenzaron a entonar con sus instrumentos una melodía alegre que invitaba a los asistentes de la ceremonia a abandonar la Sala del Trono y a dirigirse al patio trasero, donde celebrarían el banquete real.

El patio trasero estaba perfectamente cuidado: El césped estaba más verde que nunca y brillaba con fuerza bajo los rayos del Sol. Los setos, usualmente descuidados, este día formaban bellas composiciones y estaban ornamentados con flores de distintos colores. Las fuentes del patio, así como todo lo demás, habían sido limpiadas esa misma mañana y, para deleite de los invitados, habían soltado en ellas pequeños peces. Era todo muy colorido y muy alegre.

Dejando a un lado la decoración, las mesas estaban perfectamente dispuestas con la mejor cubertería que había en el castillo, los mejores manteles, los mejores vasos de cristal... Y, cómo no, la mejor comida. Había de todo, carnes de todo tipo, pescados cocinados en diferentes formas, frutas y verduras en cremas o simplemente como acompañamiento y muchos postres, cada cual más delicioso que el anterior.

Los invitados poco tardaron en llegar al lugar y comenzar a disfrutar de la comida, de la música y del baile. Sin embargo, las naciones recientemente unidas, no podían disfrutar de esto tan relajadamente, pues su deber era atender a todo aquel que quisiera felicitarles por su reciente casamiento y, la verdad, es que eran muchas personas las que querían hacer esto.

Helena pronto acabó con los nobles y las damas de la corte ya que, debido a su carácter tímido en esta clase de situaciones, no sabía llevar o seguir una conversión duradera, mas esto no la importó, pues se pudo centrar en atender a quien verdaderamente quería atender. A sus dos "hermanas", como ella las llamaba: Mirjam, representante de la nación de Estonia, y Sonja, representante de la nación de Letonia.

_ ¡Helena, por aquí! _Exclamó Mirjam intentando llamar así la atención de la lituana, la cual poco tardó en verla, pues la muchacha era fácilmente reconocible: Llevaba un exquisito vestido de color azul oscuro con miles de bordados de flores en oro y plata. Un escote prominente que dejaba ver cuán femenina era la muchacha y un bonito peinado, un recogido bajo al cual cubría un velo blanco, casi transparente.

_ ¡Mirjam, hola! _Respondió la lituana mientras se fundía en un fuerte abrazo con la estonia. Tras unos segundos se separaron. _ ¡Qué guapa estás!

_ Podría decir lo mismo, Helena. Mírate, vaya diferencia de esta "boda" a la que tuviste con Nikolai, ¿no crees?

_ S-sí, la verdad es que esto es demasiado para mí. Con lo sencilla que fue la otra... ¡P-pero no me quejo! Jánica ha puesto mucho esfuerzo en que todo quedara así de... de... espectacular y vaya si lo ha conseguido. Así que todo está bien. _Tras acabar de explicarse, la lituana vio asomarse tras el vestido de la estonia a la pequeña Sonja. La letona iba engalanada con un vestido perlado y un peinado de lo más sencillo. Solo un par de lazos a juego con el vestido a cada lado de su cabeza. _ ¡Sonja, no te había visto, pequeña! ¿Cómo estás?

_ Bien, aunque no me gusta este vestido, pica. _Declaró la pequeña niña con toda la sinceridad del mundo, un rasgo muy típico en ella. Sus dos "hermanas" solo pudieron reír ligeramente ante su respuesta.

_ Por cierto, hablando de tu boda, de Nikolai y demás... ¿dónde está? No le he visto por aquí... ¿No debería estar contigo? _Preguntó Mirjam entrecerrando los ojos intentando ver mejor, era corta de vista, la verdad.

_ Tú lo has dicho... debería. _Dijo la lituana mientras señalaba la gran fuente que adornaba el patio. El bielorruso estaba sentado jugando con los pececillos de la misma e ignorando a todo aquel que quisiera hablar con él.

_ Ya veo que sigue igual, no ha madurado ni un poquito. _Comentó la estonia riendo un poco.

_ B-bueno, supongo que... posee un espíritu muy MUY joven. _Dijo Helena intentando defender así a su esposo. _ P-pero a mí me gusta así, no cambiaría nada en él.

_ Ya veo, ya. _Acabó por decir Mirjam mientras miraba a la lituana con cierta tristeza. Sabía de sobra cómo estaban las cosas entre ella y Nikolai y no podía evitar sentir cierta lástima. Que un amor tan grande como el que profesaba Helena no fuera correspondido... era simplemente una pena.

Por otro lado, Jánica se lo estaba pasando genial recibiendo adulaciones y halagos de las gentes de su reino. Pero no solo recibía buenas palabras de su corte y seguidores, sino también de naciones vecinas o amigas, como fue el caso de Daniel, representante de Hungría.

En cuanto la rubia vislumbró al muchacho de cabellos castaños, corrió hacia él y se lanzó a sus brazos. El húngaro no tardó ni medio segundo en cogerla y darla un par de vueltas en el aire de forma cariñosa.

_ ¡Daniel, al final has podido venir! _Exclamó claramente emocionada Jánica mientras ya notaba cómo sus pies tocaban el suelo.

_ ¡Claro que he venido! ¿Cómo iba a faltar? _Contestó el chico rompiendo el abrazo mas no separándose demasiado de la chica. _ ¡Muy buena fiesta, por cierto, estás muy guapa!

_ Muchas gracias, tú también estás muy apuesto hoy. Veo que tienes un gusto exquisito a la hora de combinar la ropa. Ojalá mi prometido, digo, esposo, tuviera tu misma habilidad. _Dijo con cierto enfado la muchacha.

_ Bueno, realmente a mí me dan muchos consejos sobre cómo vestir y demás, pero si gustas podría hablar con Dmitri al respecto.

_ No, dejemos a Dmitri en paz, está muy ocupado. _Dijo la polaca mientras hacía un gesto aburrido con la mano, la verdad era que Dmitri más que ocupado lo que estaba era agobiado debido a la atención exagerada que estaba recibiendo por parte de la corte. _ Mejor vamos tú y yo a pasear un rato. Alejémonos de la fiesta por unos minutos.

_ Como gustes.

Entonces Jánica se agarró al brazo del húngaro y caminaron hasta alejarse de todos los invitados, hasta que el sonido de la música se perdió entre los numerosos árboles que rodeaban el castillo.

Mientras tanto, el joven bielorruso seguía molestando a los pobres peces que nadaban en la fuente. Como los pequeños animales habían pasado de nadar tranquilamente a esconderse como podían o a huirle, Nikolai se cansó enseguida y buscó otra cosa que hacer. En ese momento se dio cuenta de algo: Nadie le estaba haciendo caso.

¡Era el momento perfecto para escribir la carta a Anya! Era cierto que podía haberla escrito y enviado el mismo día en el que la recibió, pero quería pensar bien las palabras que pondría, quería leer una y otra vez las palabras que le había enviado su tan amada Anya...

De este modo, con sigilo y procurando pasar desapercibido, se escapó de la fiesta y salió del patio trasero. Tras unos minutos andando, encontró un lugar tranquilo donde podría escribir sin preocuparse por si alguien le interrumpía. Sacó de su bolsillo la carta que le había enviado Anya y la leyó por enésima vez:

"Queridos Dmitri y Nikolai:

Os escribo desde la casa de La Horda Dorada, no tengo mucho tiempo así que perdón si mi caligrafía no es la mejor.

Estoy bien, poco a poco me voy haciendo más fuerte. Espero poder vencer a La Horda Dorada dentro de poco.

¿Vosotros estáis bien?

Por favor, respondedme lo antes posible.

Os quiere,

Anya"

Tras leerla, Nikolai sacó de su bolsillo un carboncillo y comenzó a escribir su contestación.

"Amada Anya:

Soy Nikolai, me alegra saber que estás bien. Nosotros también lo estamos, aunque Dmitri sigue siendo estando tan idiota como siempre.

Yo te echo mucho de menos... Quiero verte, quiero abrazarte otra vez... Esto es un infierno sin ti. Pero no te preocupes, dentro de poco me haré muy fuerte y te iré a salvar. Me separaré de Lituania y entonces te convertiré en mi esposa y seremos muy felices. ¡Ya lo verás!

Con mucho amor,

Nikolai"

Era bien cierto que la carta hubiera quedado mucho más bonita si hubiera sido escrita con pluma y tinta, pero era demasiado complicado entrar en el castillo sin ser visto y coger lo necesario, así que se tuvo que conformar con un trozo de carboncillo.

Enrolló la carta y dio un fuerte silbido. En esto, el halcón de La Horda Dorada apareció. La verdad es que el animal había sido entrenado para seguir a aquella persona que recibiera la carta y no despegarse de ella hasta no recibir respuesta. Pero esto lo hacía de una manera discretísima. Tanto era así que nadie se había percatado de la presencia del ave en ningún momento. El animal estaba muy bien adiestrado.

Nikolai ató la carta a la pata del halcón y esté emprendió el vuelo por fin de vuelta a su hogar. El bielorruso deseó con todas sus fuerzas que su hermana recibiera la carta, que no se perdiera en el camino o algo por el estilo...

Quería seguir perdido en estos pensamientos, pero algo, o mejor dicho, alguien se lo impidió. Un poco más allá del lugar donde se encontraba él, se podían escuchar risitas cómplices y algo coquetas, al menos él creía que eran así.

Movido por su curiosidad, se acercó con cuidado de no ser descubierto hasta el lugar del cual provenían aquellas pequeñas risitas.

Cuando llegó y descubrió de quienes se trataban, sus ojos se abrieron como platos e incluso su boca se abrió ligeramente debido a la sorpresa: Se trataban ni más ni menos que de Jánica y Daniel.

Ambas naciones se miraban con mucha complicidad, demasiada complicidad y, para colmo, se estaban cogiendo de la mano.

El bielorruso no sabía si reír ya que su hermano mayor era un "cornudo", o al menos estaba a punto de serlo, o ir y darle un buen bofetón a Jánica ya que, aunque Dmitri no era muy de su agrado, seguía siendo su hermano y debía mantener el honor de la familia.

Al final optó por una solución muy diferente, y esta fue ir a buscar a Dmitri. Dejar que lo viera él con sus propios ojos, dejar que él decidiera sobre lo que hacer o no.

Así pues, raudo y veloz, fue a buscar a su hermano mayor. Al principio el rubio rehusó a ir, a abandonar la fiesta, pero al ver la insistencia del menor, no le quedó más remedio que acceder y seguirle.

Cuando vio la traición ante sus ojos, enfureció. Toda la bondad que albergaba su alma se manchó con una oscuridad impropia de él y los celos le consumieron por completo. No tardó ni dos segundos en acercarse a su ahora esposa y al húngaro.

Sin pensárselo dos veces, agarró a Daniel por el cuello de la camisa para sorpresa de todos los presentes. Mas Jánica fue rápida y separó a los dos jóvenes rápidamente.

_ ¿¡Pero, se puede saber qué te pasa, Dmitri!? ¿¡Como que, qué diablos crees que haces!? _Exclamó Jánica bastante alterada aún interponiéndose entre él y su amigo Daniel.

_ ¡Eso te lo tendría que preguntar yo a ti! ¿Qué haces con este a solas?

_ Alianzas.

_ ¿¡Alianzas!? ¿Qué clase de alianzas se pueden hacer a solas mientras os cogíais de la mano? ¡Respóndeme, Jánica!

Jánica de pronto cambió su expresión de alteración total a una mucho más calmada, incluso fría. Cogió al ucraniano del brazo y se le llevó apartado unos metros. Tras esto le miró a los ojos con el ceño fruncido.

_ Las mismas alianzas que haces tú cuando vas a ver al Imperio Otomano. _Ante esta respuesta Dmitri empalideció y todo su cuerpo se tensó. _ Dmitri... Cada vez que sales, vayas a donde vayas, una pequeña corte te sigue y vigila por tu seguridad. Así que saben lo que haces en cada momento, por lo tanto también lo sé yo.

_ Y-yo...

_ Juega lo que quieras con el Imperio Otomano, mientras solo sea un juego me da igual, y si ayuda para mantener a esa ramera a raya y evitar que ataque algunas de nuestras ciudades está bien. _Le cortó Jánica de pronto. Ni ella misma estaba segura de sus palabras, pero sabía que poco o nada podía hacer para evitar la atracción que al parecer sentía el ucraniano por la turca. Mientras fueran tontos juegos, salidas cortas y el Imperio Otomano no intentara nada raro suponía que estaba bien. Suponía... No esperaba amor en ese matrimonio de todos modos. Aunque este pensamiento tan frío a veces hería su corazón y no estaba segura del por qué. _ Tú tienes tus métodos para hacer tus alianzas. Yo tengo los míos. Si te sirve de consuelo, no iba a hacer nada. Deseo preservar mi virtud.

Y dichas estas palabras Jánica le hizo una seña a Daniel y ambos se fueron de allí, dejando a Dmitri solo, bueno, respaldado por Nikolai, pero era como si estuviera solo, pues el bielorruso se había mantenido al margen de todo el asunto al ver la bravura y la fiereza de su hermano mayor.

De este modo, la tarde pasó.

La comida sobre las mesas ya casi se había agotado, algunos de los invitados se habían marchado y otros se hallaban tirados en el suelo debido a la masiva ingesta de alcohol. Los sirvientes habían vuelto a manchar sus uniformes, ahora se alejaban mucho del blanco impoluto que comenzaron llevando al principio de la ceremonia e incluso las cuatro naciones protagonistas se estaban empezando a cansar de todo aquello. Era tarde y lo único que querían era retirarse a sus respectivos dormitorios, más o menos...

Y era más o menos porque la idea de retirarse a sus dormitorios en parte les incomodaba e, incluso, aterrorizaba, por lo menos este era el caso de Jánica y Nikolai, solo que al segundo se le notaba mucho más que a la primera.

Una vez la fiesta acabara tocaría realizar lo que las damas de compañía hacían llamar "encamamiento", y eso les asustaba de sobremanera. Mas lo tendrían que soportar, no tenían opción. Era lo que se esperaba de ellos y así lo harían...

En cuanto a Dmitri y Helena poco había que decir. Dmitri ya era "todo un experto" en ese tema, así que nada temía, y la joven lituana más que temerosa, se hallaba ansiosa. Quería hacerlo bien, quería ser una buena esposa y demostrar a su tan querido Nikolai que soportaría cualquier cosa por él.

Pronto la Luna los arropó con su manto helado por completo y la ceremonia finalizó por fin.

Las cuatro naciones se despidieron cortésmente de los invitados que quedaban y se dirigieron a sus dormitorios bajo la discreta mirada de las damas de compañía. Ellas, a la mañana siguiente, se encargarían de comprobar si la virtud de sus señoras había permanecido intacta o habían mancillado el nombre de toda su nación. Era algo sumamente importante, sin duda.

Los primeros en llegar a la habitación fueron Dmitri y Jánica.

En cuanto cerraron la puerta, el primero suspiró pesadamente y se masajeó los hombros con desgana. Estaba totalmente cansado de todo aquello, de todas aquellas miradas, de todos aquellos juicios superficiales y sin sentido, de todos aquellos halagos vacíos...

_ Por fin acabó... Espero no volver tener que repetir todo est...

Dmitri cortó su frase al darse cuenta de que su esposa, se encontraba a medio vestir, con los brazos cruzados cubriéndose el pecho. Jánica no se había andado con entretenimientos y nada más entrar al dormitorio había dejado caer su vestido, quedándose simplemente con una simple falda larga y de color blanca, la típica prenda que se colocaba bajo el vestido. En cuanto a su pecho, lo tenía totalmente descubierto, o lo tendría de no ser porque se cubría con sus finos y esbeltos brazos.

_ ¡J-J-Jánica! ¿¡P-pero qué haces!? _Exclamó Dmitri con las mejillas sonrojadas a más no poder y tartamudeando más que un niño que acababa de aprender a hablar.

_ Lo que tengo que hacer. _Respondió intentando ocultar su vergüenza la polaca. Tras esto se tiró sobre la cama quedando boca arriba sobre ella y abrió las piernas, tal y como le había dicho Ona que hiciera. _ Haz lo que tengas que hacer.

_ ¡P-pero mujer! ¡Eso es muy frío, esto no se hace así!

_ ¿Ah no? ¿No me tengo que desnudar, abrirme de piernas y aguantar?

_ ¡Claro que no! También te tiene que gustar a ti...

_ ¿Qué? _ Preguntó Jánica totalmente extrañada mientras se volvía a sentar sobre la cama._ ¿Estás diciendo que, como que, me tiene que gustar a mí?

_ Sí, ¿si no, por qué crees que la gente lo hace tanto y tiene tantos hijos? _Respondió Dmitri sentándose junto a la chica sobre el colchón, intentando ser un caballero y no mirar sus "vergüenzas", aunque le era una tarea difícil y no pudo evitar mirar un par de veces el cuerpo de Jánica. Era muy distinto al de Dilara. Era menos voluptuoso, pero igualmente bello. Tenía un aspecto delicado, era frágil como una flor, y eso la hacía hermosa. _ Y-yo... yo te enseñaré cómo se hace. ¿De acuerdo?

La joven polaca solo asintió, ya sin poder contener el rubor de sus mejillas, y se dejó hacer totalmente por el ucraniano.

El rubio fue dulce con ella al principio, sabiendo de sobra lo inexperta que era ella en este campo. La besó tiernamente, con cuidado, besos cortos e inocentes. Mas estos besos poco a poco fueron acompañados por caricias. Primero caricias en los hombros, luego en la espalda, en la cintura, en el pecho, en el vientre y, finalmente, más allá.

Jánica se tumbó sobre el colchón dejando que Dmitri se posicionara sobre ella, dejando que la aprisionara, que la dominara por completo. Y, aunque no podía moverse, esto no se sentía nada incómodo, más bien fue al contrario. Era agradable sentir el calor que emanaba el cuerpo del ucraniano, el roce de sus pieles, el sonido de su respiración cerca de su oído cuando necesitaba recuperar el aire debido a los múltiples besos que iba esparciendo por cada rincón de su cuerpo...

Nunca antes había sentido un placer así, una sensación tan grata... No quería que parara. Sin embargo, de repente, entre esas deliciosas sensaciones, sintió algo molesto. Algo que la hizo abrir los ojos, algo que hizo que su respiración se detuviera por unos segundos, algo que la hizo dar un pequeño grito de dolor.

Dmitri y ella ya eran uno.

El ucraniano había procurado ser lo más cuidadoso posible con la chica, había estado preparándola para aquel momento, la verdad es que temía hacerla daño, no quería que la chica sintieran ningún tipo de malestar, aunque al parecer eso no iba a ser posible.

Al notar la expresión de dolor de la rubia. Dmitri se detuvo por unos segundos para que así Jánica se acostumbrara a él, se acostumbrara a la sensación de ser invadida, de pertenecer a alguien completamente. Luego, muy lentamente, la hizo suya. Sin cesar los románticos besos, las delicadas caricias, las dulces palabras de calma...

Poco a poco, hicieron la noche suya y se unieron de una manera especial. Crearon un vínculo entre ellos que, de una manera u otra, jamás se rompería.

Por otro lado, en la otra habitación principal. Nikolai y Helena se hallaban sentados en la cama, ambos en sendos "paños menores", es decir, Nikolai vestía apenas un pantalón corto en color blanco y Helena un camisón de corte simple y algo más corto de lo normal. También eran prendas que se colocaban bajo las vestimentas de calle.

El estar así no les suponía ningún problema a ninguno de los dos, pues ya se habían visto de ese modo en ocasiones anteriores. Mas aún con todo, la tensión se podía palpar en el ambiente. El silencio reinaba en todo el dormitorio, tanto era así que, si alguien hubiera tirado un alfiler al suelo, este hubiera resonado tanto como una gran piedra.

En el caso de Helena, no paraba de acariciar su pelo, previamente soltado y desecho el enmarañado peinado que llevaba aquel día. El que lo acariciara con tanto esmero era señal de que estaba un poco nerviosa, además de realizar este gesto, era capaz de aguantarle la mirada a Nikolai por más de dos segundos seguidos.

Nikolai, sentía su estómago arder, su cuerpo estaba totalmente contraído, los nervios podían con él y no podía hacer otra cosa más que agarrar las sábanas con fuerza. Se suponía que ya tenía que haber yacido con Helena mucho antes, pero, al haberse casado siendo tan jóvenes, sus damas de compañía habían decidido esperar a que crecieran un poco. Ya habían crecido lo suficiente, pero Nikolai no lo sentía así. No quería hacerlo. No se sentía psicológicamente preparado y, aunque su cuerpo pudiera reaccionar bien a los "estímulos", su mente, su raciocinio, le decían que no, que no estaba preparado para nada de eso. Mas allí estaba, a punto de hacerlo...

La lituana se estaba empezando a preocupar un poco por la actitud del chico. No había movido ni un solo músculo desde que ambos se sentaron sobre la cama. Así que decidió ser ella quien realizara el primer movimiento.

Lentamente, le cogió de la mano y, para su sorpresa, recibió una respuesta de Nikolai, mas no era lo que ella esperaba. El joven cerró los ojos con fuerza y dio un pequeño respingo. Aquello no iba bien, nada bien.

_ Nikolai... ¿Te encuentras bien? _Preguntó la chica siendo capaz de mirarle ya.

_ Sí. _Respondió rápidamente el bielorruso intentando que la voz no se le quebrase.

En ese momento Helena lo entendió todo. Aquelló no era para nada un encamamiento, no se parecía en absoluto a lo que le habían contado sus damas de compañía y, según iban las cosas, tenía toda la pinta de que la tan ansiada "noche de bodas", no se celebraría aquel día. Así que, simplemente, Helena decidió dejarlo pasar.

Se acercó más al bielorruso y tiró un poco de él, de modo que la cabeza del niño quedó apoyada sobre el pecho de la chica. Al principio Nikolai se intentó resistir y protestó en silencio, a través de sus torpes movimientos, pero se detuvo al ver que lo único que estaba haciendo Helena era acariciarle el pelo suavemente.

_ ¿Qué haces? _Preguntó algo extrañado Nikolai.

_ Nada.

_ Sabes que esto no es lo que deberíamos estar haciendo, ¿verdad?

_ Shhh...

Y así, con este simple siseo, la muchacha calló a Nikolai y continuó con sus dulces caricias. Añadió a sus gestos el tarareo de una nana lituana que conocía desde que era niña intentando así calmar del todo a su joven esposo. Afortunadamente parece que lo consiguió, pues Nikolai se quedó dormido rápidamente.

Finalmente, Helena cerró los ojos e intentó dormir también.

Su virtud no había sido probada esa noche. A la mañana siguiente la esperarían los rumores de las damas de la corte polaca y no serían nada agradables...

Pero eso sería mañana.