Las pisadas de los zapatos de cuero de las damas de compañía resonaban por los pasillos presurosamente, las telas de los largos y elegantes vestidos de las nobles arrastraban por el suelo dejando a su paso un suave destello de colores: Azul, verde, rojo...
Las risas de las mujeres hacían eco por todo el castillo como pequeñas campanillas que tintineban con la primera brisa de la mañana. Se podía notar un aura de alegría, un aura de travesura en cada uno de los gestos de las damas...
No era para menos este estado de ánimo, pues se dirigían a realizar un cometido que llevaban esperando con ansia desde la noche anterior: La verificación de la virtud de sus señoras.
Esta tarea siempre era emocionante. El que una niña se convirtiera en mujer era algo sensacional, un tema del que se estaría hablando durante las próximas semanas con alegría, con dicha...
De este modo, rápidamente, llegaron en primer lugar a la habitación de Jánica y de Dmitri, en la cual entraron de improvisto y armando mucho alboroto. Éste fue tal que las dos naciones se despertaron sobresaltadas. La primera reacción que tuvieron fue de absoluta perplejidad, mas no les dio tiempo a pronunciar palabra alguna pues una de las damas de compañía les sacó de la cama rápidamente. Cogió una de las sábanas y tiró de ella haciendo que los dos jóvenes cayeran de la cama al suelo.
_ ¡Pero se puede saber, como que, qué estáis haciendo! _Exclamó ya Jánica mientras se levantaba del suelo a gran velocidad y cogía una de las sábanas para enrollársela en el cuerpo y así cubrir sus vergüenzas.
_ ¡Mi señora! ¡Hoy es un gran día! No hay que desperdiciarlo en la cama.
_ ¿Un gran día? ¿P-Por qué? _Preguntó esta vez Dmitri tapándose sus vergüenzas con sus manos, o al menos intentando hacerlo.
_ Porque hoy celebraremos que nuestra señora se ha convertido en una mujer.
Explicó una de las nobles damas mientras seguían retirando todas las sábanas de la cama y examinándolas con cautela. La verdad es que esta acción solo la realizaban algunas de las damas, pues otras estaban más entretenidas admirando el escultural cuerpo del ucraniano. La joven polaca, que se dio cuenta de esto rápidamente, dedicó una mirada asesina a las mujeres y le cedió un poco de la sábana que llevaba enrollada al cuerpo a su ahora esposo.
Jánica iba a echarles un sermón inclusive, mas una de las damas de compañía la interrumpió emitiendo de su garganta un pequeño gritito de alegría.
_ ¡Aquí está! ¡La prueba de la virtud de nuestra gobernante! _Exclamó la joven mientras alzaba una sábana blanca que estaba impregnada con unas gotas de sangre. Esta era la prueba de que Jánica había perdido su virtud aquella noche, la noche de bodas, y no otra cualquiera y con cualquiera. _ ¡Qué orgullosa estoy de vos, mi señora! Debemos guardar esta prueba como si de un tesoro se tratara, pero antes hay que mostrárselo a las nobles de más alta cuna de la corte, por supuesto.
_ ¡E-eh, eh! ¡Espera, como que, un momentito! _Dijo Jánica deteniendo a la dama, la cual ya se dirigía hacia la salida con la sábana en las manos. _ ¿Me estás diciendo en serio que vas a airear eso por todo el reino? ¿¡Crees que somos salvajes!? Me niego en rotundo. ¡No se hará!
_ Mi señora, no debéis preocuparos, no lo vamos a airear por todo el reino, solo lo vamos a mostrar a personalidades femeninas más importantes. E-es lo que siempre se ha hecho. _Explicó con cautela la muchacha. Aquella negación por parte de su señora le había pillado por sorpresa, nunca ninguna reina se había negado a mostrar la prueba de su virtud. No es que Jánica deshonrara las costumbres de su tierra, ni mucho menos, la verdad era que le daba mucha vergüenza el mostrar a todos la sábana. Después de todo era como gritar: "¡Ya no soy virgen!" a todo el mundo.
_¡J-Jánica, déjales que se lo enseñen a quienes quieran, pero diles que se vayan ya! _Susurró Dmitri ruborizado al extremo pues sentía aún las lascivas miradas de las nobles atravesando la fina sábana que cubría su cuerpo.
_ ¡Está bien, está bien! ¡Tipo, que podéis enseñárselo a las nobles! Pero marcháos ya de mis aposentos. Es una orden, nos incomodáis a mí y a mi esposo. _Demandó Jánica poniendo mucho énfasis en aquel "mi esposo".
_ ¡Sí, mi señora!
Y así, las mujeres desaparecieron del dormitorio en un abrir y cerrar de ojos, dejando a su paso la misma estela de risitas con la que habían llegado. Estaba claro que todo aquello las emocionaba.
Una vez que abandonaron el cuarto, las dos jóvenes naciones suspiraron aliviadas y pudieron descubrirse nuevamente. Tras esto comenzaron a buscar algo de ropa para ponerse aquel día. Jánica, que usualmente revoloteaba de armario en armario y de vestido en vestido, ese día no lo hizo. Algo más llamó su atención, y esto era Dmitri, más en concreto cierta parte de su cuerpo...
_ Dmitri...
_ ¿Qué?
_ Anoche era más grande, ¿no? _Preguntó la chica señalando tímidamente las "zonas nobles" del chico.
_ P-pues claro que era más grande. _Respondió harto sonrojado el ucraniano. _Eso... crece cuando... bueno, cuando yacemos juntos.
_ Oh, ya veo. _Dijo Jánica también sintiendo sus mejillas ruborizarse, ahora se arrepentía de haber preguntado aquello. Seguro que era una osadía, mas ardía en deseos de conocer todo acerca de ese campo. _ No lo sabía.
_ Tienes que aprender mucho. _Dijo el chico vistiéndose rápidamente.
_ Sí, es cierto... Pero tú me vas a enseñar, ¿verdad? _Preguntó la chica mientras sonreía con falsa inocencia y se acercaba peligrosamente a Dmitri. Su sonrisa podía camuflar cualquier intención "lujuriosa", mas su mirada no.
_ S-supongo que sí.
Tras dar esta respuesta afirmativa, aunque dudosa, Jánica dio un pequeño salto de júbilo y escogió un vestido para ponerse. Dmitri suspiró casi para sí mismo y le preguntó al cielo por qué le enviaba mujeres así, tan atrevidas. Primero Dilara y ahora Jánica, que parería llevar el mismo camino... ¿Por qué no podía tener una mujer tranquila?
Mientras tanto, en el otro dormitorio principal del palacio, Nikolai y Helena descansaban apaciblemente, ignorantes de todo el revuelo que había ocurrido en la habitación de sus compañeros, claro que... este tranquilo sueño solo les duró un par de minutos más, hasta que algunas criadas abrieron de par en par la puerta de sus aposentos.
_ ¡Es hora de levantarse, hora de levantarse, mis pequeños señores! _Exclamó una de las damas de compañía de la lituana a viva voz mientras abría las cortinas del dormitorio para dejar entrar así la luz del Sol.
_ ¿Q-qué pasa? _Preguntó Helena algo asustada por aquella entrada.
_ ¿Ya es de día...? _Dijo esta vez Nikolai con pasimonia, él simplemente se sentó sobre la cama y se frotó los ojos perezosamente mientras bostezaba.
_ ¡Claro que es de día, y vaya día! Por favor, debéis levantaros de inmediato.
Helena tardó solo un par de segundos en darse cuenta de lo que estaba pasando allí: Iban a comprobar su virtud.
La pequeña lituana tensó su cuerpo y se levantó de la cama con cautela mientras hacía una señal a Nikolai para que la imitara. Increíblemente el chico la hizo caso. Ambas naciones se encontraban vestidas con sus ropas de cama, lo cual extrañó un poco a las mujeres, mas no le dieron mucha importancia a este hecho y comenzaron a rebuscar entre las sábanas de los jóvenes la prueba de la virtud de Helena, justo igual que habían hecho minutos anteriores con Jánica.
La lituana temblaba ligeramente y jugaba con sus dedos de manera nerviosa. Estaba claro que no iban a encontrar nada allí, no había perdido la virginidad aquella noche, como se esperaba de ella...
Al cabo de un par de minutos las mujeres dirigieron su mirada hacia la niña. La miraban extrañadas, con asombro y algunas con decepción. Ninguna de ellas dijo una palabra, todas guardaron silencio, pero no hacía falta que dijeran nada, sus miradas lo decían todo.
Helena solo bajó la mirada totalmente avergonzada. ¿Qué clase de gobernante sería si no había podido cumplir con la sencilla tradición de encamarse con su esposo en su "noche de bodas"? Quería haber podido aclararlas que ella aún era virtuosa, que no habían hecho nada aquella noche, pero las palabras se quedaron atoradas en su garganta y no pudo pronunciar nada. Estaba totalmente bloqueada. Se sentía diminuta, del tamaño de una pulga ante las miradas acusatorias de las damas... ¿Qué estarían pensando en ese momento sobre ella? Nada bueno, eso seguro.
Por otro lado, Nikolai contemplaba aquella escena tan tensa en mutismo absoluto. No sabía muy bien por qué la gente se tomaba aquello tan en serio, pero decidió quedarse en silencio, no fuera a ser que la fastidiara soltando algo que no debiera.
Entonces, en medio de aquel incómodo silencio, entró Ona en la habitación de su señora.
_ ¿Se puede saber qué pasa aquí? ¿A qué vienen esas caras?
Preguntó la vieja mujer algo extrañada. Normalmente las damas de compañía solían ser muy charlatanas. Rápidamente, una de las damas se acercó a ella y la susurró al oído lo que había sucedido. Todas las mujeres del cuarto esperaban la cara de sorpresa y enfado de Ona, pero todas y cada una de ellas estaban equivocas, pues la reacción de Ona fue una bien distinta.
_ ¡Zopencas! _Exclamó la mujer mientras daba una pequeña colleja a la dama que le había contado lo sucedido. Todas sus compañeras se la quedaron mirando anonadadas y sin entender nada. _ ¡Cómo va a ser virtuosa esta niña si lleva casada con el muchacho mucho tiempo! ¡Está claro que ya perdió su virtud hace mucho! ¡Ay que ver lo tontas que podéis llegar a ser! Marcháos de una vez y dejad de pensar cosas raras.
Las damas de compañía, tras unos segundos de asimilación, parecieron quedar convencidas con la pequeña aclaración que Ona les había dado. Incluso algunas de ellas se sintieron tremendamente tontas por no haber pensado que Helena y Nikolai hubieran yacido antes, total, ya estaban casados, no hubiera sido pecado ni nada por el estilo.
Así pues, con estos pensamientos, abandonaron la habitación tranquilamente.
Una vez que salieron, se quedaron en el cuarto Ona, Helena y Nikolai. La joven lituana miró a Ona con preocupación.
_ Y-yo... N-n-no he podido cumplir con...
_ Ya lo sé. _Cortó Ona a Helena a mitad de su frase. _No sufráis por ello, nadie rumoreará mal sobre vos.
Tras decir estas palabras la vieja Ona sonrió a la pequeña y salió del dormitorio. Ella sabía de sobra lo que había hecho su señora y lo que no, después de todo ella la había criado prácticamente, la consideraba como a una de sus propias hijas. ¿Y qué buena madre no se da cuenta de esta clase de cosas con solo mirar a los ojos a su retoño?
Nikolai, muy, muy en el fondo, se sentía un poco culpable por toda aquella situación. Él había sido el que se había negado a hacer nada con Helena la noche anterior, no había podido, no se sentía preparado y los nervios le habían jugado una mala pasada. Sin embargo, este sentimiento de culpa se disipó pronto y dejó paso a un estado de relajación absoluta. Se había librado. Sí, se había librado de yacer con Helena para siempre. Ahora que todo el mundo pensaba que lo habían hecho, ya no había necesidad de hacer nada. Aquello a Nikolai le pareció genial, no tendría que pasar aquel mal trago. Afortunadamente todo había salido bien, para él, claro.
_ ¿Por qué se toman tan a pecho el que seas virgen o no? _Preguntó Nikolai a Helena mientras levantaba una de sus cejas.
_ Pues... la verdad es que no lo sé. Es una tradición. Las tradiciones hay que cumplirlas, así que... s-supongo que por eso es tan importante.
_ Mmm... Pero ahora que creen lo que ha dicho Ona ya no tendremos que "fornicar" nunca jamás, ¿no? _Ante esta pregunta tan directa Helena solo pudo sonrojarse, sobre todo al oír aquella palabra tan malsonante: "fornicar"
_ S-si no quieres no, no tenemos por qué hacerlo...
_ Bien.
Nikolai parecía muy contento con toda aquella situación, sin embargo Helena no lo estaba tanto. Ya no solo por el hecho de que debía mantener una mentira ante toda su corte, sino porque Nikolai al parecer no quería cumplir sus obligaciones maritales con ella. Esto la decepcionaba un poco, ¿tan mal esposa era para que no quisiera cumplir con ella? ¿Era acaso porque no era lo suficientemente bonita para él? ¿La odiaba con tanta fuerza...? Preguntas sin respuesta que hacían que la seguridad de Helena disminuyera a pasos agigantados.
Y así, la mañana pasó rápidamente, entre felicitaciones a Jánica, adulaciones, lisonjas y halagos. Era su día, ya no la tratarían más como a una niña. Ahora era una mujer hecha y derecha y eso a la polaca le encantaba. ¿A quién no le gustaría ser el centro de atención? Este era el pensamiento que vagaba por la mente de la muchacha.
Sin embargo, a lo largo de la mañana las damas y nobles de la corte se fueron calmando y dejaron espacio a la polaca, la cual aprovechó estos momentos para dar un paseo junto a su amiga Helena. Las dos niñas no habían tenido la ocasión de compartir muchos momentos juntas debido a la preparación de la boda y todo lo que conllevaba, pero esto hoy se acabaría.
_ ¡Helenita, ya estoy aquí! _Exclamó Jánica moviendo su mano rápidamente en el aire y corriendo hacia su amiga, la cual estaba sentada en una de las bancas de uno de los jardines principales.
_ Jánica, al fin llegas. Pensaba que ya no ibas a venir.
_ ¡O sea, perdón, perdón! Es que las nobles me han tenido todo el día ocupadísima. Todas querían hablar conmigo por eso de que ya soy una mujer y demás. ¡Pero bueno, qué te voy a contar a ti, como que, seguro que te ha pasado lo mismito que a mí!
_ E-em... Y-yo...
_ Bueno, como sea. _Cortó Jánica al ver que Helena demoraba en responder. Era una mujer algo impaciente. _Hablemos de lo importante, ¿cómo fue la noche con Nikolai?
_ ¿La noche? Pues... la verdad es que fue... fue... _Helena no sabía qué responder exactamente, no quería responder a decir verdad. Así que simplemente se levantó de la banca y comenzó a caminar esperando a que Jánica la siguiera. _¿Por qué no me cuentas cómo fue la tuya primero?
_ ¿La mía? ¡Fue grata, como era de esperar en todo lo que sucede en mi vida!
_ ¿En serio?
_ Por supuesto, Helena. Dmitri fue, como que, súper bueno conmigo y me gustó mucho lo que hicimos. ¡Es más, quiero hacerlo todas las noches!
_ J-Jánica, qué directa. _Comentó la lituana sintiendo como sus mejillas se sonrojaban un poco.
_ ¿Qué pasa? ¿Que tú con Nikolai no lo pasate bien? _Preguntó la polaca con cierta picardía en su tono de voz. _Bueno, siendo Nikolai ya me imagino cómo fue. Seguro que fue tremendamente bruto. Es un insensible, qué insoportable.
_ ¡No es así! ¡No le conoces, no digas esas cosas tan feas sobre él! _Exclamó Helena ya un poco harta de que Jánica siempre se metiera con su amado bielorruso. _F-fue dulce conmigo, me trató bien. Y... me gustó, sí, eso mismo, me gustaron las... cosas que hicimos.
Nada más terminar de decir aquello Helena se mordió la lengua. Había mentido a las damas de compañía por necesidad, para conservar su honor, pero lo que no esperaba era mentir a su mejor amiga, aquella con la que compartía sus secretos más inconfesables. Sin embargo ya era demasiado tarde, ya no podía rectificar ni cambiar su versión o si no Jánica se molestaría, la conocía muy bien y sabía que se enfadaría con ella. Así pues decidió seguir con su pequeña historieta adelante, quizás así fuera mejor. Quizás era mejor que todo el mundo creyera que ella también era una mujer, aunque en su interior la mentira la carcomiera un poco...
_ Vaya, no lo hubiera esperado nunca.
_ Ya...
_ De todos modos seguro que Dmitri es mejor. ¿Qué hicísteis? A ver, comparemos.
_ ¡J-Jánica!
Mientras tanto, lejos del jardín, Nikolai correteaba por el castillo a toda velocidad, y no era para menos, pues se dirigía hacia la torre de mensajería para comprobar si su amada hermana Anya había respondido a su pequeña carta. Era un poco pronto para mirar, pero la impaciencia podía con él y le obligaba a ir hacia aquella torre cada poco tiempo por si acaso el halcón había llegado con el correo.
Una vez que subió hasta lo alto de la torre, se dirigió hacia la zona donde descansaban los pájaros, mas el halcón de la Orda Dorada no se encontraba allí. Esto llenó de desilusión al joven, el cual suspiró con tristeza.
En ese momento Nikolai decidió entretenerse un rato para ver si la tristeza se disipaba así de su corazón, de este modo decidió jugar con el pequeño lobo que le había regalado a su esposa días anteriores. El lobo tenía su cama en aquella torre bajo una de las mesas que había allí, de momento, claro, así que Nikolai se arrodilló en el suelo y miró bajo dicha mesa, pero para su sorpresa, el pequeño lobo negro no estaba allí.
Solo se le ocurrió una solución para encontrarlo: Preguntar a Helena.
Así que, sin demorar más, fue a buscar a la muchacha.
Helena aún se encontraba pasando el rato tranquilamente en el jardín del palacio, pero cuando vio a Nikolai corriendo como un loco hacia ella toda esa tranquilidad se disipó.
_ ¿Nikolai? ¿Qué haces aquí? _Preguntó la lituana extrañada de ver a su joven esposo.
_ ¿Dónde está el lobo? _Preguntó el muchacho intentando recuperar el aliento.
_ ¿šešėlis? Le he dejado correr por ahí un rato.
_ ¿šešėlis? ¿Le has llamado šešėlis? ¿Qué clase de nombre es ese?
_ Significa "sombra" en mi idioma natal. Si lo aprendieras...
_ Ya, ya. _Le cortó rápidamente Nikolai, odiaba que Helena le exigiera que aprendiera su idioma. _ Ayúdame a buscarlo, que quiero jugar con él.
Y sin esperar respuesta alguna, el pequeño bielorruso cogió de la mano a la lituana y la arrastró con él hasta la entrada del bosque que se encontraba cerca del palacio. Helena por su parte solo pudo despedirse de Jánica moviendo una de sus manos.
Al cabo de unos minutos la pareja llegó.
_ ¿Cómo diablos vamos a encontrarle si el bosque es enorme? Solo a ti se te ocurre dejarle por ahí, si es que pareces tont...
Las palabras de Nikolai fueron interrumpidas de pronto por el sonido de un aullido de lobo. Cuando el chico se quiso dar cuenta, no era un animal el que estaba realizando aquel sonido, era Helena.
La chica había colocado sus manos alrededor de su boca de una forma determinada y había imitado a la perfección el aullido de un lobo auténtico.
_ ... ¿Dónde has aprendido a hacer eso? _Preguntó Nikolai con asombro, incluso con cierta admiración.
_ Me enseñó mi madre Aesti antes de morir. En mi país hace muchos años existía una tribu que se llamaba "Neuri". Se decía que ellos tenían una conexión especial con los lobos y que, una vez al año, podían transformase en ellos. En Bielorrusia también había Neuris, solo que menos.
_ Vaya... No lo sabía. _Comentó Nikolai con gran interés, y se notaba que tenía este interés pues el mechón de pelo que sobresalía en su cabeza se movía de lado a lado.
_ Si quieres te puedo enseñar a aullar. _Ante esta propuesta Nikolai asintió varias veces, a lo que Helena solo pudo soltar una pequeña risita. _Pero primero vamos a llamar a šešėlis.
De este modo, tras un par de aullidos más, el pequeño lobo de pelaje negro y revuelto apareció corriendo entre los árboles hasta quedar a su lado. Con un pequeño impulso, saltó hasta los brazos de Helena y comenzó a lamerle la cara, parecía estar tremendamente contento.
_ ¿Y aullando así no podrían venir otros lobos... más grandes? _Preguntó Nikolai mirando hacia el bosque en busca de otros lobos que hubieran podido sentirse atraídos por la llamada de Helena.
_ No, este aullido es único para šešėlis. Es como... si fuera su madre. Él reconoce la voz de su madre y solo viene él. A los otros lobos les da igual.
_ Ya veo.
En ese momento el pequeño animalito saltó de los brazos de Helena y se dirigió hacia los de Nikolai. Al niño le pilló por sorpresa, de modo que calló al suelo sentado. Al lobo el hecho de caer no le importó demasiado y comenzó a lamerle toda la cara, llenándole de babas.
_ Agh, es tan pegajoso como tú. _Dijo Nikolai con cara de asco e intentando quitarse al animalito de encima.
_ Es solo que te quiere. _Comentó Helena haciendo un pequeño mohín. _Bueno, vamos a jugar con él, que hoy parece que está algo revoltoso.
Nikolai y Helena abandonaron la entrada del bosque junto con el pequeño lobo y se dirigieron de nuevo hacia el palacio. Sin embargo se detuvieron cuando pasaron por los establos, y no por decisión propia, sino porque šešėlis había olido a los caballos y no se le ocurrió nada mejor que hacer que correr hacia ellos mientras emitía pequeños y agudos ladridos.
Las dos jóvenes naciones no tuvieron otra opción más que seguirle.
Cuando llegaron a los establos, lo primero que sintieron los dos jóvenes fue un intenso cosquilleo en la nariz producido por el fuerte olor a pintura. Esparcidos en el suelo se encontraban varios cubos con pintura de color rojo y blanco, al parecer Jánica había querido remodelar aquel sitio, mejorarlo. Los caballos descansaban apaciblemente en sus habitáculos, algunos de pie, otros tumbados. La mayoría de estos últimos eran yeguas que acababan de dar a luz y necesitaban descansar más. Pero poco les duró este periodo de descanso, pues šešėlis, sin dudarlo un segundo, arremetió en los establos llevándose por delante todo lo que encontraba a su paso.
Entre las innumerables cosas que tiró, se encontraban los botes de pintura, que hicieron que su pelaje negro se tiñiera de blanco y rojo. Estaba haciendo que el establo quedara hecho un desastre y que los colores se mezclaran entre sí sin tener en cuenta armonía alguna. Mas no solo las instalaciones sufrieron aquel cambio de color, šešėlis consiguió entrar en uno de los habitáculos donde descansaba una de las yeguas y, sin miramiento alguno, saltó sobre ella manchándola de la misma manera.
_ ¡šešėlis, quieto! _Exclamó Helena al ver todo el revuelo que estaba creando. Que manchara el establo podía pasar, pero que molestara a los caballos no, eso ya era pasar la línea.
Afortunadamente Nikolai fue rápido y consiguió coger al pequeño lobo, el cual se revolvía entre los brazos del chico intentando seguir correteando, jugando y haciendo travesuras.
Helena por otro lado entró en el habitáculo de la yegua e intentó calmarla. Le costó un par de minutos, pero finalmente lo consiguió.
Cuando todo estuvo más o menos calmado, las dos naciones admiraron aquel caos...
_ Ay, madre... Se ha manchado uno de los caballos favoritos de Jánica. ¿Q-qué haremos ahora?
_ Arreglarlo. _Contestó escuetamente Nikolai mientras cedía al pequeño lobo a su compañera. Tras esto comenzó a frotar el pelaje del caballo, justo por las zonas en las que había caído la pintura, sin embargo el remedio fue peor que la enfermedad, pues los colores no se quitaban, se mezclaban aún más y se esparcían por todo el caballo. El caballo ya no era rojo y blanco, ahora se había vuelto de color rosa. _ ... Vale, salgamos de aquí. YA.
_ ¿P-pero qué pasa con los caballos?
_ Se llevarán la culpa otros.
_ Pero eso está mal, Nikolai...
_ He dicho que nos vamos ya. Deja de ser tan buenecita y hazme caso, que para algo soy tu marido.
Tras unos segundos de duda, Helena finalmente hizo caso al bielorruso, a fin de cuentas no le podía decir que no. Pero justo en el momento en el que iban a abandonar el establo...
_ ¡Ahhhh! ¿¡Pero...!? ¿¡Como que, se puede saber qué ha pasado aquí!? ¡Esto es un desastre! _Exclamó Jánica de repente. La muchacha iba a dar una vuelta a caballo cuando se encontró con aquello. Poco tardó en encontrar a los culpables. _ ¡Helena, Nikolai! ¡O sea, estáis locos!
Pero Helena y Nikolai no le hicieron caso alguno, como era de esperar y salieron corriendo mientras escuchaban a lo lejos el griterío de Jánica.
_ ¡Mi pobre caballito! _Lloriqueó la polaca. Mas el llanto le duró más bien poco, pues cuando miró a la yegua en cuestión sus ojos adquirieron un brillo distinto. _ Mmm... pues como que, el rosa no te queda tan mal, querida... ¡Es más, te queda súper bien! ¡Está decidido, a partir de hoy todos mis caballos serán de color rosa!
Y de este modo nació en amor de Jánica por el color rosa...
Ajenos a este nuevo descubrimiento y admiración, Nikolai y Helena seguían corriendo sin parar de nuevo en dirección hacia el bosque. Ambos niños estaban riendo divertidos, la verdad es que la cara que había puesto Jánica había sido muy graciosa. En general toda aquella situación había sido divertida.
Una vez que se alejaron lo suficiente los dos niños cayeron al suelo aún sin poder parar de reír. Helena, al darse cuenta de que Nikolai estaba riendo, detuvo su propia risa de inmmediato y se dedicó a escucharle. Pocas eran las veces que Nikolai reía de aquella manera. Helena no comprendía por qué, pues su risa era un sonido maravilloso, así que debía aprovechar estas ocasiones tan escasas.
El bielorruso, tras darse cuenta de que Helena había detenido su risa y le estaba mirando embobada, se detuvo también.
_ ¿Qué pasa?
_ N-nada _Respondió rápidamente la niña un poco avergonzada al ser descubierta y apartando la mirada mientras acariciaba a šešėlis.
_ Respóndeme. Ahora.
_ E-es solo que... me gusta tu risa. _Confesó finalmente la lituana. _Nunca te ríes y... quería aprovechar y escucharte.
_ ... Eres una cursi.
_ Qué le voy a hacer. _Respondió la niña encogiéndose de hombros y sonriendo ligeramente._ Por cierto, ¿quieres que vayamos al río a pescar? El otro día vi muchos peces y pensé que sería divertido si...
_ No. _Respondió con rotundidad el chico.
_ ¿P-por qué no?
_ Porque no quiero que me pase como la otra vez en el lago.
_ Es verdad, ¿qué te pasó? Al final no me lo contaste.
_ Ni te lo voy a contar.
_ P-pero Nikolai... soy tu esposa, no me voy a asustar, por muy malo que sea.
_ He dicho que no, Helena, ¿estás sorda o qué te pasa?
_ ¡Ya sabes que no lo estoy! Solo me preocupo por ti, quiero saber lo que piensas en todo momento.
_ ¡Eres una pesada! Siempre con lo mismo, que si "te quiero mucho", que si "quiero comprenderte bien", que si "qué estás pensando" ¡Me tienes harto! ¡Si no te lo quiero decir, no te lo digo y punto! _Exclamó Nikolai mirando a la lituana con enfado, con rabia en los ojos. _ ¡Eres odiosa, Helena!
Y dichas estas palabras Nikolai se levantó del suelo y caminó hacia el palacio, dejando a Helena con una expresión perpleja en el rostro, sin saber cómo las cosas habían podido acabar tan mal si hacía unos segundos estaban riendo. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas sin su consentimiento.
Lo peor de todo es que le había dicho que era odiosa. Eso quería decir que la odiaba. Nunca la querría, su corazón jamás latiría por ella, sus caricias y sus besos siempre serían una mentira. Todo su matrimonio era una gran farsa y ella no podía hacer nada para remediarlo...
Al cabo de unas horas, cuando la Luna comenzó a reinar en el cielo, cuando la joven lituana lloró hasta desahogarse, decidió volver al palacio. Tras dejar a šešėlis en uno de los salones, sobre un sofá y cerca de la chimenea, se dirigió hacia una de las torres más altas de todo el palacio: La Torre Este.
Ésta no era tan alta como la torre de mensajería, pero sí tenía una particularidad que las otras torres no tenían: Un precioso balcón.
El susodicho balcón estaba muy abandonado, pero no por esto dejaba de ser hermoso. Las enredaderas crecían con libertad por allí, la hiedra, ornamentada de pequeñas flores rojizas, le daban un aspecto de lo más romántico pero a la vez tenebroso. Y a la luz de la Luna este efecto se acentuaba mucho más. Era simplemente perfecto.
Helena se sentó sobre la ancha barandilla de piedra gastada y se quedó mirando el cielo con melancolía. Disfrutando de la soledad... O eso creía ella.
En otro lado del castillo, más en concreto en la torre de mensajería, se hallaba Dmitri. Uno de los guardias del palacio le había informado que ciertos nobles de su país que no habían podido asistir a su ceremonia de casamiento le habían envíado una felicitación por correo aéreo y que la carta, probablemente, ya habría llegado.
Como estos nobles eran de gran rango Dmitri quiso leer y contestar su carta lo más rápidamente posible, así que subió a la torre en cuanto pudo.
Allí vislumbró una preciosa paloma de color blanco, este era el animal que usualmente usaban los nobles de su país. En efecto el pequeño animal llevaba una carta enrollada en una de sus patas. Así pues, el ucraniano leyó la carta y luego la contestó.
Justo se iba a ir cuando se asomó por la ventana de la torre y vio a Helena. Desde la torre de mensajería se podía tener una buena vista del resto de las torres, así que no le costó demasiado notar su presencia. Mas la lituana pareció no verle a él.
Dmitri se preguntó para sí mismo qué haría Helena allí, a altas horas de la noche y sola. Un momento... ¿sola? No, sola no estaba, porque un apuesto joven se acercaba a ella con paso elegante y se sentaba a su lado...
En efecto, a Helena no le duró mucho su estancia solitaria, pues el joven Darius, el caballero que tantos halagos profesaba hacia ella, se había sentado a su lado en la barandilla de piedra y ambos habían comenzado a charlar ligeramente.
_ Mi dama, qué sorpresa encontraros. ¿Qué hacéis aquí? _Saludó Darius con una suave sonrisa en su rostro.
_ Sir Darius, podría preguntar lo mismo. _Dijo Helena con una triste sonrisa en el rostro y en un tono monótono.
_ Es un poco tarde, ¿no creéis?
_ B-bueno, quería pensar algunas cosas y este lugar de noche es bonito, así que... he venido. No sabía que fuera tan tarde...
_ ¿Os sucede algo? _Preguntó el joven caballero al notar el tono deprimido de la chica. Helena, en un primer momento no contestó, así que Darius siguió hablando. _ Podéis contarme lo que sea, prometo guardaros el secreto. No os juzgaré tampoco.
_ M-mmm... Se trata de mi esposo. _Dijo en un susurro la lituana y un poco dubitativa. _ C-creo que no me quiere.
_ ¿Que no os quiere? ¿Cómo no os va a querer? ¿Qué hombre no os querría? _Ante esta pregunta la lituana se sonrojó un poco y le miró un poco sorprendida.
_ Pues parece que Nikolai. S-supongo que no soy suficientemente bonita para él. Aunque creo que no es solo eso... E-en realidad creo que no le caigo bien.
_ Por favor, detened vuestras palabras, pues con ellas solo os herís vos y me herís a mí. No soporto el veros triste. _Comenzó a decir Darius mientras cogía de la mano a la chica.
_ ¿Qué quieres decir? _Preguntó Helena dejándose coger de la mano y aún conservando el pequeño rubor en sus mejillas.
_ Digo que vos sois hermosa. La más bella en todo el reino. Vuestros ojos me recuerdan a las verdes praderas primaverales, vuestro cabello a las preciosas hojas de los árboles de otoño, vuestros labios son como las jugosas cerezas que tanto me gusta degustar y vuestro cuerpo... es tán frágil como el de una ninfa. Tan puro, tan bello.
Helena se quedó anonadada ante estas palabras, su corazón pareció alegrarse un poco, ¿y cómo evitarlo? Cualquier mujer se sonrojaría ante tales palabras. Darius era tan amable con ella, tan atento, parecía un príncipe sacado de los cuentos que tanto gustaba de leer antes de irse a dormir. Pero si él era un príncipe, entonces ella... ¿sería la princesa encerrada en la más alta de las torres de un castillo?
_ Mas no solo vuestra belleza es destacable. Sois dulce, buena, bondadosa... ¿Qué más podría pedir vuestro esposo? _Continuó Darius mirando con determinación a la muchacha. _ Si vos fuérais mi esposa... no os querría. Os amaría con toda mi alma.
El joven caballero susurró estas palabras y, poco a poco, fue acercando su rostro al de la chica. Sus labios se encontraban a escasos centímetros. El corazón de ambos latía con fuerza en su interior, la noche les cubría, la Luna era la única que vería su pecado, o al menos así lo pensaban ellos.
Más cerca, más cerca, sus labios casi tocándose, hasta que...
Continuará...
