Capítulo 8: La fragilidad del alma

El cielo, hasta ese momento despejado, de pronto se cubrió de nubes. La Luna, la única que vislumbraba aquel pecado, ni si quiera se atrevió a mirar y dejó que las oscuras nubes se posaran sobre sus ojos como vendas de terciopelo negro...

En aquella solitaria noche, en la que los cuervos guardaban silencio y solo se escuchaba el viento chocar contra las paredes del palacio, dos jóvenes unían sus labios en un tierno y delicado beso.
Porque así era como Darius besaba, de una manera lenta, muy suave y placentera, se notaba que eran labios expertos. Al menos a Helena le pareció así, no creía que sus labios fueran a encajar tan bien con los suyos, con tanta armonía, casi, pensó, casi encajaban mejor que los de... NIkolai.

¡Nikolai!

Un segundo, solo tuvo que pasar un segundo por la mente de la lituana el nombre de su esposo para que todo aquel dulce beso se le hiciera más venenoso que la picadura de una víbora.

Rápidamente la chica se separó y miró al suelo. No se atrevía a mirar a Darius a los ojos, sentía la más absoluta de las vergüenzas creciendo en su corazón, al igual que una mala hierba.

_ ¿Qué ocurre? _Preguntó el joven caballero al ver el cambio de actitud de Helena.
_ Y-yo... Lo siento, esto no está bien. _Murmuró la muchacha aún sin apartar la mirada del suelo.
_ Pero... mi dama... Conmigo seréis feliz, ambos lo seremos. Yo os apreciaré como merecéis y...
_ Lo siento, lo siento, lo siento.

Repitió la chica cada vez más alto, su murmullo desapareció y se convirtió en un cántico desesperado. Un "leitmotiv" que no podía abandonar sus labios. El joven caballero no pudo decir nada más, pensaba que aquellas palabras eran para él, que la chica se disculpaba con él por no poder continuar con su pequeño amor creciente, mas estaba muy equivocado, pues estas palabras estaban dirigidas a Nikolai. Helena sintió la necesidad de pedirle perdón de inmediato, aunque él no pudiera oírla...

En esto, la lituana se puso en pie, se alejó de Darius y caminó deprisa en dirección a los pasillos del palacio aún repitiéndose estas palabras. Así lo hizo hasta abandonar la torre y bajar por los innumerables escalones de caracol. Su corazón latía en el pecho con fuerza, con dolor, parecía que su sangre era un líquido ponzoñoso que no hacía más que dañar su corazón con cada latido que éste daba. Mientras tanto, en su cabeza se agolpaban imágenes de Nikolai, de su esposo, mientras la miraba con desprecio y decía sin miramiento alguno: "Traidora"

¿Traidora? ¡Pues claro que era una traidora! Había besado a un hombre que no era Nikolai, había mancillado sus votos matrimoniales, había pecado y no podría remediarlo jamás. La mancha de la culpa permanecería en su corazón eternamente... A no ser...
A no ser que se lo contara a Nikolai. Que se sincerara ante el pequeño bielorruso y esperara a que la perdonara.

Sí, eso debía hacer, contarle lo ocurrido a Nikolai. De este modo, al menos, su corazón se calmaría y aquellas horribles imágenes desaparecerían de su mente. La culpa, si bien no desaparecía del todo, al menos sería menor y poco a poco, aquella venenosa sensación se diluiría en su alma hasta hacerla desvanecerse casi por completo.

No lo pensó más, aceleró sus pasos y continuó bajando por aquellas escaleras que ya se le empezaban a hacer interminables. Parecía que estaba descendiendo al infierno, pues el lugar era angosto y se hallaba en plena oscuridad. Sin embargo, al final de las escaleras se tendría que enfrentar a algo más horripilante que un demonio, se tendría que enfrentar a ella misma, a sus propios pecados, a Nikolai. Rogaría a los cielos por su perdón, pero no estaba segura de que fuera a ser escuchada, no después de lo que había hecho...

Un escalón más y todo habría acabado, abrazaría su destino, fuera cual fuera... o eso era lo que pensaba que se encontraría la chica al terminar de bajar la escalera.

_ ¡Helena!

Dos fuertes manos la sujetaron por los hombros de pronto y exclamaron su nombre. Ante esta aparición inesperada, la lituana no pudo evitar dar un pequeño grito debido al susto. Se revolvió bajo el agarre de quien la sujetaba, pero su captor se negaba a dejarla ir.

_ ¡Helena, para, soy yo! ¡Tranquilízate, por favor!

La joven, al escuchar estas palabras, detuvo su forcejeo y observó ahora con más cuidado a aquel que le había retenido.

_ D-Dmitri... _Susurró la joven al darse cuenta de que quien la impedía huír se trataba del ucraniano. De pronto, la desesperación en la que se hallaba sumida, pareció desvanecerse por momentos. No estaba sola, Dmitri estaba con ella, mirándola con preocupación y cierta angustia.
_ Sí, soy yo. _Repitió el ucraniano aflojando su agarre un poco, pero sin llegar a soltarla del todo, pues notaba el cuerpo de la chica temblar bajo sus manos y creía que se sentiría más segura si notaba algo de contacto humano.
_ Y-yo... Yo...
_ Helena, ¿qué has hecho?

Ante esta pregunta, la joven no lo soportó más, se abrazó al rubio con fuerza y rompió a llorar. Las lágrimas fueron liberadas y corrieron como ríos caudalosos que fluían bajo las colinas que eran sus pómulos. Dmitri, por otro lado, correspondió su abrazo y la acarició la espalda intentando calmarla de este modo.

Suspiró con tristeza mientras realizaba estos actos de consuelo pues, aunque él había sido testigo de todo lo sucedido, no podía evitar que su "instinto paternal" aflorara y tranquilizar a Helena. Había traicionado a su hermano, sí, pero se la notaba totalmente arrepentida, así que no tuvo reparo alguno en abrazarla ni en dedicarla suaves caricias de calma.

_ ¿Mejor? _Preguntó el ucraniano tras unos minutos, cuando notó que la chica había dejado de temblar y que sus lágrimas se habían detenido casi por completo. La única respuesta que recibió fue un pequeño asentimiento por parte de la muchacha. _De acuerdo. Ahora escúchame bien, Helena... Debes mantener esto en secreto.
_ ¿C-cómo dices?
_ No debes decirle a mi hermano que has besado a ese chico. _Ante la mirada de sorpresa de la lituana, Dmitri continuó explicándose. _Te vi desde la torre de mensajería.
_ L-Lo lamento tanto, Dmitri... No sé qué me pasó, simplemente... me perdí un momento. N-no volverá a ocurrir, lo prometo. Pero, ¿por qué no se lo debo decir a Nikolai?
_ Porque se volverá loco. Tú sabes lo posesivo que es, aunque no te ame, el solo saber que otro hombre ha tocado algo que es suyo, encenderá en él una llama oscura y llena de maldad que será difícil de apagar. _Dijo muy seriamente el rubio.
_ N-Nikolai no se volverá loco. Seguro que no. Cuando se lo cuente me gritará y quizás rompa un par de cosas de la habitación, pero luego se calmará, siempre hace eso cuando hago algo que...
_ ¡Helena! ¡Nikolai casi apuñala a un niño solo porque regaló una flor a Anya cuando éramos pequeños! Imagina lo que hará ahora al saber que otro que no es él te ha besado, a ti, que eres su esposa. _Exclamó Dmitri haciendo énfasis en el determinante "su"_ Le degollará sin pensárselo dos veces y no puedo permitirlo. No puedo permitir que mi hermano haga algo de lo que luego se arrepienta o que tenga consecuencias nefastas para él. ¡Tengo que protegerle!

La chica bajó la mirada de nuevo sin saber qué decir. Tampoco es que pudiera decir nada, había sido su culpa. Llevó sus manos hacia el pecho, de nuevo empezaba a doler, de nuevo miles de afiladas agujas se comenzaban a clavar en su interior. Quería volver a llorar.

_ M-me duele el corazón. _Admitió finalmente la chica, no sabía muy bien porqué le había confesado esto a Dmitri, simplemente sintió que debía decirlo, soltar aquella pesada carga.
_ Lo sé... _Dijo el ucraniano tras un pequeño suspiro y ya calmándose. La acaricio el pelo y la miró con cierta tristeza. _ A veces debemos llevar cargas que son más pesadas que nuestro corazón. Sé por qué has hecho lo que has hecho, pero ahora debes llevarlo contigo. Hazlo por Nikolai, no sufrirá de este modo. Bueno, ni él ni nadie... Ahora ve a dormir, mañana será otro día.

"Nadie sufrirá... salvo yo", pensó la lituana mientras asentía débilmente. Dmitri tenía razón, no podía exponer a Nikolai de ese modo, no podía dejar que un estado de "locura" le consumiera y le hiciera cometer algo que no debía. No, ella debía aguantar. Lo aguantaría. Viviría con su error, era el precio por sus acciones y estaba dispuesta a pagarlo.

Estas palabras de aliento era las que repetía en su mente una y otra vez mientras se alejaba del ucraniano. Mas su corazón no podía ser engañado por estas bobas frases. Su corazón padecía todos los males, temblaba a cada paso que daba Helena hacia el dormitorio que compartía con Nikolai. Dolía, dolía mucho. La culpa volvía a aparecer con fuerza.

Un par de minutos después llegó a su dormitorio. Lentamente, intentando no hacer ruido, abrió la puerta y entró en el cuarto. De puntillas caminó hasta la gran cama matrimonial y se sentó sobre esta. Admiró el bello rostro de Nikolai. Era como un precioso ángel, su expresión reflejaba paz absoluta, pureza, ni un ápice de maldad se veía en el niño mientras dormía... Y mientras tanto, ella... Ella estaba manchada. Llevaba a su espalda el pesado demonio que era la culpa, siempre tendría que llevarlo, siempre...

El amanecer no tardó en llegar, el Sol salió aquella mañana tan resplandeciente como siempre, todas las nubes que cubrían el cielo la noche anterior habían desaparecido por completo y mostraban al Astro Rey en toda su gloria. Mas no todos sabían apreciar esta gloria. Una de estas personas era Nikolai, el cual siempre que salía en Sol se quejaba, pues eso significaba que era la hora de levantarse y no había cosa que más odiara que el momento de levantarse, sin embargo debía hacerlo.

Así pues, cuando notó cómo el calor de los rayos del Sol acariciaban su piel abrió los ojos, se sentó sobre el colchón de la cama y se frotó los ojos perezosamente. El hecho de haberse despertado por sus propios medios le pareció extraño, a fin de cuentas era Helena quien le solía levantar o bien dándole besos en la mejilla o acariciándole el pelo con delicadeza, pero esta vez nada de eso pasó. No es que echara de menos todas aquellas cursilerías, pero sí le pareció extraño.

Una vez acabó de desperezarse miró a su lado. Allí se encontraba Helena, tumbada sobre la cama pero con los ojos abiertos, tenía unas tremendas ojeras bajo éstos, parecía no haber dormido en toda la noche.

_ Tienes muy mala cara. ¿Qué te pasa? _Preguntó Nikolai levantando una ceja mientras golpeaba suavemente el estómago de la chica con su dedo índice, instándola a levantarse.
_ Nada.
_ ¿Tienes un resfriado? ¡Si tienes un resfriado vete, no quiero que me lo pegues! ¡Fuera enfermedad! _Exclamó Nikolai mientras cogía una de las almohadas de la cama y la colocaba sobre el rostro de la chica suavemente, dejándola respirar, como era obvio. Esto solo era un mero juego para molestarla, pero no salió como él esperaba, pues la chica no se revolvió ni intentó retirar la almohada de su cara. Él mismo tuvo que realizar esta acción. _ ¿Helena?
_ N-no estoy resfriada. Es solo que... esta noche no he podido dormir muy bien, nada más. He tenido pesadillas_Se excusó la lituana mientras sonreía de una manera muy falsa y ya por fin se sentaba sobre la cama.
_ Culpa tuya. Si te hubieras ido a dormir cuando me fui yo y me hubieras dado un beso de buenas noches no habrías tenido ninguna pesadilla. Así que no te quejes.
_ No me quejo, no me quejo...
_ Bien. Ahora levanta. Vamos a desayunar. _Dijo el joven mientras se levantaba de la cama de un salto y comenzaba a vestirse con rapidez. Su compañera le imitó, pero sin ponerle tanto entusiasmo como lo hacía él.

Una vez que la pareja se preparó bajaron a desayunar al Gran Comedor. Ya en la mesa se encontraban Dmitri y Jánica, esperándoles para poder empezar a comer. La mañana parecía transcurrir con normalidad, como otra cualquiera, con la típica pelea matutina entre Dmitri y Jánica debido al tema de bendecir la mesa, con las broncas que se llevaba Nikolai por la falta de modales en la mesa... Sin embargo, toda esta rutina cambió cuando Jánica habló.

_ ¡Agh! ¡Otra carta de esa sucia cortesana! _Exclamó la rubia sumamente enfadada mientras tiraba de mala manera una carta ya abierta que le había enviado el Imperio Otomano. _ ¡Esa está, como que, totalmente loca si piensa que voy a venderle a Dmitri por un poco de oro y un par de camellos! ¡Ni que fuéramos pastores!

Dmitri no pudo evitar sonrojarse un poco. Últimamente Dilara estaba enviando muchas cartas a Jánica negociando por su territorio. Al parecer tenía mucho interés en él y quería hacerle suyo. Sospechaba que en más de un sentido...

_ ¡Pues se va a enterar! Como siga así le declararé la guerra, ¡otra más! Haré que mi ejército decapite a sus soldados hasta que no quede ni uno, ¡hasta que rueguen por su perdón a nuestro dios incluso! _Exclamó la chica con determinación, mas toda esta rabia y esta fuerza se desvanecieron de pronto al darse cuenta de que meterse en otra guerra no la beneficiaría para nada. _ ¡Encima tenemos a los Teutones por el otro lado molestando! ¡O sea, es que no se cansan! ¡Helena, de ellos te tienes que encargar tú, que siempre entran por territorio lituano! De verdad, como que, nuestro territorio se debería de llamar Reino de Polonia solamente, porque me tengo que encargar de todo yo sola. Helena, ¿me estás escuchando? Qué esto va por ti.

Pero Helena poco o nada estaba atenta al sermón que le estaba echando su amiga aquella mañana. Seguía metida en su mundo por completo. Parecía que toda su fuerza vital se había apagado de repente, su mirada estaba vacía y ni siquiera había tocado su desayuno. Lo único que hacía era jugar con la comida que había en su plato.

_ ¿Helenita, qué te pasa? _Preguntó esta vez Jánica con más preocupación que enfado.
_ N-nada, no me pasa nada.
_ Bueno, vale, pues no me lo cuentes. _Dijo la polaca haciendo un mohín, no tenía tiempo de lidiar con chiquilladas, porque pensaba que la preocupación de Helena sería alguna chiquillada romanticona de las que tanto gustaba de sufrir. Ciertamente no iba muy mal encaminada. _ Me encargaré de Dilara más tarde, aunque debería revisar si ha llegado otra carta suya, a ver qué dice ahora...
_ ¡Yo voy a buscarla! _Dijo Nikolai rápidamente. Quería ir a la torre de mensajería a comprobar si su amada Anya le había contestado su carta anterior y esta era una gran oportunidad de ir sin presentar sospechas a sus compañeros. Así, raudo y veloz se levantó de la mesa y salió corriendo dirección a la torre._ ¡Ahora vuelvo!
_ Lo que faltaba, que ahora Nikolai se levante de la mesa sin pedir permiso. ¡Qué maleducado es! ¡Dmitri, controla a tu hermano menor!
_ Y-yo lo intento, pero es muy revoltoso, nunca me hace caso... Soy un mal hermano mayor, no lo he educado bien. _Dijo el ucraniano con lagrimillas en los ojos, el tema de ser una mala figura a seguir lo llevaba muy mal.
_ ¿Qué? ¿Tú también vas a empezar a estar depresivo? Bah, sois todos incorregibles. Me voy a preparar tácticas ofensivas contra el Imperio Otomano.

Y dicho esto Jánica se levantó de la mesa y se marchó hacia una sala que usaba a modo de despacho, olvidándose completamente de Nikolai y de que había ido a ver si Dilara había enviado otra carta. La cual, por cierto, no había enviado ninguna, o al menos Nikolai no vio ningún ave de los que solía usar la turca para mensajería, aunque debía admitir que tampoco es que hubiera mirado con mucho esmero, pues se había dedicado a buscar al halcón de la Horda Dorada.

Este sí que le halló con facilidad. Con gran emoción y sintiendo cómo su corazón latía con rapidez en su pecho, recogió la carta que portaba el animal y la leyó con cuidado. En efecto era de Anya. Su hermana le dedicaba palabras dulces y le contaba cómo estaban las cosas por allí, nada muy importante a decir verdad, pero a Nikolai le hizo ilusión de cualquier manera.
Rápidamente cogió pluma y tinta y escribió la respuesta, terminando su carta con un "Te quiero mucho, con todo mi corazón." Siempre lo ponía.

Tras acabar esta tarea, mandó el halcón de vuelta a su hogar y bajó las escaleras de la torre muy contento.

Al volver al Gran Comedor solo encontró a Helena en las mismas que antes. Al parecer Dmitri se había ido a saber por qué y Jánica a lidiar con las guerras del Imperio. De nuevo se acercó a su esposa y la movió un poco por el hombro. Estaba rara aquel día y eso no le gustaba.

_ Helena. Parece que estás muerta. ¡Eh! ¿Te imaginas si estuvieras muerta de verdad? Podría resucitarte con algún tipo de magia negra y causar terror en todo el Reino. ¡Eso sería genial! Podríamos hacer muchas maldades, como las que salen en los poemas de terror y mitología que a veces leemos.

A pesar de haber soltado todo este discurso Helena no respondió.

_ Podríamos probar a matar a alguien y a resucitarle. Le rajaré la garganta el primero que pase por delante del palacio y probamos.

Nada. Helena ni se inmutó ante esta idea tan descabellada y macabra.

_ Aunque sería más fácil si te matara a ti. No tendría que moverme de casa. ¿Te ofreces voluntaria y haces de sacrificio? Luego prometo resucitarte... A lo mejor.

Silencio. El mismo de siempre. Esto ya se pasaba de raro. Aquella había sido una provocación lo suficientemente fuerte como para que Helena al menos temblara un poquito de miedo, pero no había sido así. ¿Qué diablos le podía pasar a Helena para estar así aquella mañana? ¿Tan terrorífica había sido la pesadilla que había tenido aquella noche...?

Nikolai, harto de hacer conjeturas y de la pasividad de su esposa, la agarró del brazo y tiró de ella con algo de fuerza. La condujo hasta el jardín principal del palacio. Quizás un poco de aire fresco le sentara bien.

Allí, los dos se sentaron en la hierba durante un rato. Nikolai poco tardó en abandonar su lugar y lanzarse a luchar contra un árbol, o lo que era para él, un temible y fiero dragón que quería comérsele. El niño disfrutaba mucho con aquellas fantasías y se tomaba muy en serio sus juegos. ¡Hacía hasta diálogos incluso! Era algo digno de ver.

Helena, por otro lado, había optado por jugar con la hierba y las flores. Con un poco de fuerza arrancaba la hierba y hacía montoncitos con ella sobre su vestido. Luego, con los pétalos de las flores adornaba aquellos pequeños montones verdes intentando crear algunos dibujos. Era un juego sencillo y que no requería trabajo físico alguno, además, le permitía perderse en sus pensamientos, aunque esto no era lo más recomendable en su situación.

Cuando el pequeño bielorruso se cansó de correr y de luchar contra aquel "temible dragón" se fue a sentar junto a la lituana. Su expresión no había cambiado mucho desde la que tenía por la mañana, pero al menos estaba jugando a hacer dibujos. Al menos se había movido.

_ Estás rara. _Le dijo Nikolai mientras arrebata de sus manos unas flores de tonos rosados.
_ No es nada, es solo la pesadilla, ya te lo he dicho. _Contestó Helena intentando sonar más animada, no quería ni debía preocuparle. Nikolai decidió dejar el tema por el momento y, con las flores que le había quitado a Helena, empezó a hacerla un bonito peinado, entremezclando éstas con mechones de pelo de la chica, trenzándolo en algunas partes. _ ¿Q-qué haces?
_ Estoy cansado y quiero jugar con tu pelo. Es muy largo y es divertido ponerte cosas en él. _La verdad es que Nikolai lo que intentaba hacer con este dulce gesto era animar a la chica. Recordaba que cuando Anya estaba triste comenzaba a trenzarla el pelo y a llenárselo de flores y en poco tiempo se animaba de nuevo.

Así pues Nikolai deshizo la larga trenza que usualmente llevaba la chica y desenredó su pelo un poco con sus manos. Luego empezó a hacerla trenzas mucho más finas y a colocar flores en éstas. Era un trabajo que requería una gran paciencia y creatividad, afortunadamente Nikolai ese día estaba inspirado, inspirado y aburrido y consiguió crear un bonito peinado. El bielorruso estaba siendo muy amable con ella ese día, incluso en aquel momento tan trivial lo demostró pues cuando tiraba un poco más de la cuenta del pelo a Helena, rápidamente acariciaba la zona afectaba por si la había hecho daño. Y esto Helena lo valoraba mucho.

Cuando acabó Helena se tocó el pelo con mucha delicadeza para así hacerse una idea aproximada del aspecto que tenía ahora su cabello y la verdad es que no la disgustaba para nada cómo había quedado.

_ Muchas gracias, Nikolai, me gusta mucho. _Dijo Helena sonriendo sinceramente por primera vez aquel día.

Nikolai simplemente se encogió de hombros restándole importancia al asunto y se tumbó sobre la hierba.

_ Tengo sueño.

Anunció el joven de repente. En esto, se incorporó un poco y se acercó al rostro de la lituana pues pretendía besarla para así poder dormir tranquilo. Mas aquel beso no llegó, pues la chica se apartó. A la mente de Helena vino de pronto la imagen de ella y Darius besándose y no lo soportó, no podía besar a Nikolai y hacer como si no hubiera pasado nada. El demonio de la culpa volvía a arañar su corazón. En ese momento la lituana no se sentía digna merecedora de los besos del bielorruso y no se los daría hasta que ese demonio muriera. El hecho de que no quisiera besarle extrañó ya hasta límites insospechados a Nikolai y decidió pedir explicaciones sobre toda aquella actitud que estaba teniendo la chica.

_ Helena, ¿se puede saber qué diablos te pasa?
_ Nad...
_ ¡No digas que nada porque es mentira! _Le cortó el chico alzando la voz, casi gritando. _ Estoy harto de tu actitud. Soy tu marido y debes contarme lo que te sucede si te pregunto. No me mientas. Así que, vamos, cuéntamelo. Ya.
_ Y-yo... Y-yo... _Helena no sabía ni por dónde empezar a contar. Su voz se quebraba y sus manos habían comenzado a temblar debido a los nervios, su corazón latía con fuerza dentro de su pecho, una fuerza horrible que la hacía sentir morir de dolor a cada segundo que pasaba. Pero debía decírselo, debía decirle la verdad. Él mismo se lo había pedido, le había dicho que no le mintiera y ella debía obedecer. Así pues se preparó para confesársele. _ A-ayer... cuando nos enfadamos, Sir Darius vino a consolarme y... m-me besó. Y yo le devolví el beso. P-por eso es que estoy así, me arrepiento Nikolai. ¡Lo siento mucho, por favor, te lo ruego, no te enfades conmigo!

En ese momento los ojos de Nikolai se abrieron como platos, se levantó del suelo con rabia y miró a Helena con una expresión de desprecio absoluta.

_ ¿¡Que has hecho qué!? ¿¡Has besado a otro hombre!? _Gritó Nikolai asustando a Helena _¡Eres una cualquiera, una fulana! ¿¡Tú te haces llamar buena esposa!? ¡A saber qué más cosas has hecho con él!
_ ¡No he hecho nada más con él, te lo juro! _Dijo la lituana arrodillándose en el suelo mientras comenzaba a llorar. _ ¡Perdóname, por favor, Nikolai!
_ ¡No! ¿¡Cómo quiere que te perdone!? ¡Eres una maldita traidora! ¡Tú eres una traidora y él un traidor! ¡Ha atentado contra su gobernante y lo va a pagar! ¡Ahora mismo le voy a clavar una espada en el corazón, le clavaré una espada a Darius, lentamente y disfrutaré con su dolor, veré como se desangra y cómo me implora perdón! Y luego... ¡Luego ya veré qué es lo que hago contigo!
_ ¡No, por favor, no! _Imploró Helena reteniendo a Nikolai, que ya pretendía marchar hacia el castillo en busca del joven caballero. _ ¡Haz lo que quieras conmigo, yo he tenido la culpa, yo he sido quien te ha traicionado! No le mates, no manches tus manos de sangre, Nikolai. No hagas algo de lo que luego puedas arrepentirte. ¡E-el pueblo te odiará si matas a un caballero, o peor aún! P-por eso... no le mates. ¡H-haré lo que sea!

Helena se arrastró. A pesar de que ella no había tenido toda la culpa exactamente, la asumió por completo. En parte para salvar la vida del joven caballero y por otra parte para salvar a Nikolai de la revolución de su pueblo, de los malos rumores hacia su persona, de las viles miradas, de las palabras de odio... Para salvarle de cualquier cosa que pudiera herirle.

Nikolai se calmó un poco al escuchar a la chica, tenía razón, aunque le fastidiara, tenía razón. En un pequeño momento de lucidez lo vio claro. Sin embargo no iba a olvidar aquello, no, claro que no. Quería su venganza y la tendría, humillaría a Helena hasta que pagara toda la humillación que le había causado a él. Como dice el refrán: "Ojo por ojo, diente por diente"

_ Lo que sea... ¿Harás lo que sea, traidora? _Preguntó Nikolai mirándola aún con desprecio.
_ ¡S-sí, lo que sea, te lo juro! _Exclamó la chica mientras optaba una mejor postura. Aún arrodillada le miró con ojos suplicantes. En esa posición él parecía su Rey y ella su subordinada. Él parecía ser el país que le había conquistado a ella.
_ Muy bien. Entonces vas a resarcir tu pecado de esta forma: Vas a ser mi esclava personal. No mi subordinada, ni mi sirvienta, sino mi esclava. Todo lo que diga, lo harás. Todo lo que te ordene, lo harás y sin rechistar. Cualquier cosa. ¿Me has oído?
_ Sí, te he oído... _Dijo Helena en un susurro. Aquella petición la había dejado muy desorientada, ¿su esclava? Era una humillación, estaba claro, pero... aunque lo fuera, estaba dispuesta a cumplir. Estaba dispuesta a satisfacer todos sus deseos, así pagaría por su osadía, por su pecado.
_ Bien, bien. Buena chica. Pues lo primero que harás va a será desterrar a ese malnacido de Darius. Le echarás de aquí.
_ ¡D-desterrarlo! ¡P-pero no puedo hacer eso!
_ ¡Dijiste que harías todo lo que yo te pidiera! ¡Así que hazlo! ¡Hazlo!
_ ¡No puedo! ¡No puedo desterrar a un caballero así porque sí, no hay ningún motivo justificable! N-no puedo hacer lo que me pides, pero... lo que sí puedo hacer es enviarle de vuelta a Lituania. Al sur de Lituania, lo más lejos posible de aquí. C-como vivimos en Polonia no habrá ningún problema, ¿verdad? No le veré más.
_ ... Supongo que eso podría funcionar. De momento. Hazlo. Desházte de él y luego vuelve a mi lado. Es una orden.
_ De acuerdo...

Y así, Helena obedeció a Nikolai. Cuando llegó la tarde la joven muchacha se dirigió hacia uno de los cuarteles generales que había cerca del palacio, allí encontró a Darius y le explicó toda la situación. El caballero se quedó a cuadros cuando oyó las palabras de Helena, no podía creer lo que estaba escuchando pero... así era. Le había destinado a Lituania, a un lugar apartado de todo aquel lujo, a un lugar apartado de todos los privilegios que allí ostentaba, a un lugar en el que tendría que empezar de cero y ganarse la confianza de todos nuevamente.

Helena, con mucho pesar, le entregó a Darius la carta oficial que dictaba su traslado. Le ofrecía un castillo sobre el cual ser caballero y un pequeño territorio que vigilar. Mas no sería como estar en la capital polaca, ella misma lo sabía. No había nada tan bueno como lo que tenía ahora pero... ¿Qué otra cosa podía hacer? La decisión no había sido suya, había sido de Nikolai.

La lituana siempre recordaría la mirada del caballero, una mirada que oscilaba entre la tristeza, la rabia y la decepción, un sin fin de emociones juntas... no, no olvidaría su mirada, como tampoco olvidaría las últimas palabras que la dedicó: "Sois una tonta, mi señora... una tonta"

Tonta... Por ese insulto sí que le podía haber matado. Pero no lo hizo. Al contrario, le dio la razón. Cuando le llamó aquello Helena solo pudo sonreír ligeramente y con tristeza. Sí, era una tonta. Pero eso hacía el amor, ¿no? ¿El amor no vuelve a la gente tonta? ¿No hace cometer locuras? El amor... todo lo que ella hacía era por amor...

En cuanto le comunicó el traslado al joven caballero volvió al palacio, al lado de Nikolai, tal y como éste le había pedido. Las órdenes no tardaron en llegar y no pararían hasta pasado mucho tiempo...

Nikolai se aprovechó de Helena como nunca se había aprovechado de nadie antes. La ordenaba hacer todos los trabajos que hacían las criadas, incluso los que no sabía hacer, como era por ejemplo el de cocinar, hacer la colada o abrillantar la plata. A Helena le llevó varias semanas aprender a hacer todas estas arduas tareas bien, a gusto de Nikolai. Y, si alguna vez fallaba en su trabajo, recibía tremendos gritos por parte de su esposo, humillándola aún más y tratándola de inútil.

En un principio, el resto de criadas y damas de compañía se ofrecieron a realizar los trabajos de su señora, como era obvio, pero Helena se negaba para sorpresa de las otras. Helena lo único que les pedía a las sirvientas era que la enseñaran a realizar las tareas, pero que no las hicieran por ella, pues era deseo de Nikolai el que ella misma las realizara con eficacia. Así, poco a poco, Helena aprendió a hacer muchas cosas, muchísimas. Cosas que solo una madre en aquella época podría saber hacer. Ya no solo se trataba de limpiar o cocinar, también se trataba de saber realizar pequeños gestos, como el calentar a una temperatura perfecta el agua de la bañera, ambientar la habitación con hierbas suaves para que no oliera mal, acomodar la almohada de la cama de una forma determinada para un descanso ideal... Eran pequeños, pequeñísimos gestos que para cualquier persona normal pasarían desapercibidos, pero que eran muy necesarios.

Pasó el tiempo y la tesitura poco cambió. Llegó un momento en el que todo el mundo se acostumbró a que Helena, la representante de un país gobernante, corriera tras Nikolai como una sirvienta más. La servidumbre no entendía el porqué de la actitud de su señora, pero se acostumbró. ¿Es que quería intentar ser la esposa perfecta? ¿Pero para qué si tenía sirvientas? ¿Era simplemente que no le gustaba como trabajaba el servicio y quería hacerlo ella misma? ¿O era algo más...? Nadie lo sabía, pero tampoco se atrevieron a preguntar.

De este modo pasaron dos meses...

Dos meses en los que el ego de Nikolai crecía por momentos, era imparable, vivía como un príncipe, no, mejor que un príncipe, vivía como un rey. Se jactaba de que Lituania, el país que le había anexionado, seguía sus órdenes. Sus órdenes. Órdenes de un país subordinado. No conocía a nadie que hubiera llegado a hacer tal grandeza como la que había hecho él. Se aprovechaba de Helena, sí, pero no le daba mucha importancia. La verdad es que la humillación de Helena se había limitado a realizar tareas de sirvienta, no había rozado el término esclavitud ni mucho menos. Simplemente actuaba como... su sirvienta personal, así que, a su juicio, no había sido tan malo.

Todo iba como la seda, todo le iba perfectamente, hasta que llegó un día en el que todo cambió.

Era por la mañana y Dmitri volvía de su paseo matutino a caballo. Cabalgar a primera hora de la mañana le ponía de muy buen humor y sentía cómo sus energías se renovaban. Sin embargo aquel día su humor se vería truncado por una escena que pudo presenciar cuando se encontraba en uno de los pasillos del Palacio.

Mientras caminaba por los pasillos pudo distinguir las voces de Nikolai y de Helena. Se escuchaba mucho más a Nikolai que a la chica. Parecía estar enfadado, pues gritaba algo que no pudo entender.
Entonces, se acercó a ellos un poco más, quedando a un par de pasos de la espalda de Nikolai y pudo presenciar el horror.

Helena portaba en sus manos una de las navajas favoritas del pequeño bielorruso, pero ésta parecía estar ligeramente oxidada, quizás debido a un mal cuidado. Nikolai le recriminaba a Helena el no haber hecho bien su trabajo, el no haber hecho sus tareas bien mientras Helena se intentaba excusar por todos los medios posibles, llegando a alzar la voz tanto como él. Aquella discusión llegó a un punto que Dmitri jamás hubiera imaginado...

Llegó al punto en el que Nikolai, dedicándola una mirada llena de maldad a Helena, levantó su mano con intenciones de golpearla en la cara.

Por fortuna su golpe fue detenido por Dmitri, el cual agarró el brazo de su hermano menor con fuerza. Y también por Ona, que en cuanto vio el peligro que corrí su señora la agarró por la cintura y la hizo retroceder un par de pasos.

Helena miraba aquella escena con absoluto terror. ¿De verdad iba a pegarla? ¿De verdad su propio esposo la iba a golpear? La lituana no se lo podía creer. Sentía ganas de llorar. Sentía rabia, confusión y dolor en su corazón. Oh, sí, dolor, mucho dolor. Pues sus esfuerzos por pagar por su pecado parecían no servir para nada... Ella parecía no servir para nada.

El ucraniano hizo un gesto con la cabeza a Ona indicando que se llevara a Helena de allí, que la cuidara. La anciana obedeció y sin decir palabra alguna se retiró con su señora hasta una sala vacía.

_ ¡Eh! ¿Qué diablos te pasa? _Preguntó Nikolai sintiéndose terriblemente molesto e intentando zafarse del agarre de su hermano. Pero sus intentos fueron en vano, pues Dmitri tenía mucha más fuerza que él y, sin decir nada, le arrastró hasta la sala de armas, donde nadie les molestaría. Cuando llegaron allí el rubio soltó a su hermano menor con desprecio y casi repulsión. Hizo tanta fuerza que casi le tiró al suelo._ ¿¡A qué ha venido eso!?
_ Eso mismo me pregunto yo, Nikolai. A qué ha venido eso. _Dijo Dmitri con extraña frialdad en su mirada. _ ¿Estabas a punto de golpear a Helena? ¿En serio?
_ Ella se lo ha buscado. _Dijo Nikolai sintiéndose un poco intimidado por su hermano, a fin de cuentas, era su hermano mayor.
_ ¿Que se lo ha buscado? ¿Por qué? ¿Por dejarse besar por un chico? ¿Por recibir un inocente beso ya se merece todo esto? _Preguntó Dmitri dejando a Nikolai sin palabras. El bielorruso no sabía que su hermano estuviera al corriente de todo el asunto. _ ¿Sabes qué, Nikolai? Si hubieras sido tú el que hubiese besado a Helena aquella noche nada de esto hubiera pasado. Si hubieras sido tú el que la consolara, en vez de aquel caballero. Si hubieras sido tú el que hubiera ejercido de buen esposo.
_ ¡Déjame en paz! ¡Tú no sabes nada! ¡Ella me traicionó!
_ ¿Y tú no la traicionas también? ¿Qué son todas esas cartas que envías a Anya? ¿Qué le escribes a nuestra hermana? ¿Acaso no la dices en ellas que la amas y que desearías estar con ella? ¿Que en cuanto puedas te casarás con ella?
_ ¿... Cómo sabes tú eso?
_ Nikolai, la torre de mensajería es un sitio accesible para todo el mundo. Muchas veces soy yo el que va a recoger el correo allí. ¿Creíste que no leería una carta enviada por nuestra hermana a pesar de ir dirigida a tu nombre? _De nuevo dejó al pequeño bielorruso sin palabras. Cuando Dmitri quería, se podía poner muy serio. _ Nikolai... ¿Por qué tratas a Helena así? Ella es dulce, es buena, es tranquila, es guapa... ¿Qué más quieres?
_ ¡No es Anya! _Gritó Nikolai a todo pulmón. _ ¡Y es su culpa el que Anya no esté aquí, con nosotros! ¡Si la hubiera salvado... si la hubiera salvado...! ¡Anya no sufriría y estaríamos todos juntos! ¡Pero nos separó y ahora mi hermana está sola a manos de la Horda Dorada que no para de hacerle cosas horribles! ¡ES TODO CULPA SUYA!
_ ¡NO ES CULPA DE NADIE, NIKOLAI! _Respondió gritando de la misma manera el ucraniano. _ ¡Ni Helena ni Jánica tienen la culpa del destino que está sufriendo Anya! ¡Deberías estar agradecido de haber salido tan bien parado! Tienes comida exquisita, ropas elegantes y una cama con un colchón mullido. Servidumbre, caballos de las mejores razas, ¡libertad!

Ante las palabras de su hermano Nikolai simplemente apartó la mirada y apretó los puños con fuerza.

_ Nikolai... Anya no va a volver por el momento. Y no sé durante cuántos años estaremos en la Mancomunidad, pero por tu bien, por el mío y por el de los habitantes a los que representas, te diré que cambies tu actitud. Te diré que... olvides tu amor por Anya y te centres en lo que tienes ahora.

Nikolai se quedó atónito ante las palabras de su hermano mayor. ¿Olvidar a Anya? ¿A su querida hermana? ¿Cómo podía decir aquella cosa tan horrible con esa tranquilidad? ¿Cómo se atrevía a pedirle que olvidara a su propia hermana?

_ ¡Maldita sea, Dmitri! ¿Cómo puedes pensar en que abandone a Anya? ¡Lo está pasando muy mal y pretendes que la deje sola!
_ No te estoy diciendo que te olvides de ella, te estoy diciendo que olvides tu amor por ella. Yo quiero a Anya tanto como tú, pero ahora mismo ninguno de los dos tenemos la suficiente fuerza como para ir a buscarla, así que lo mejor que puedes hacer es dejarlo estar. Esperar. Curar tu corazón y, por una vez, dejar de sufrir por ella.

Nikolai se mordió el labio inferior al escuchar la última frase que pronunció el rubio. Dejar de sufrir por ella. Qué razón tenía. Lo único que había hecho Nikolai era sufrir por su tan amada Anya. Por aquel amor no correspondido... ¿Podría dejar de sufrir de verdad? Lo dudaba.

_ ¿Y qué quieres que haga? ¡No puedo dejar de amarla! ¡No puedo!
_ Ese amor es imposible, Nikolai. Deberías saberlo ya... _Dijo esta vez Dmitri en un tono mucho más dulce que el de antes. Mucho más fraternal.

Pero Nikolai no atendió a razones, no quería escuchar más palabras por parte del ucraniano, pues todo lo que decía era verdad y la verdad dolía. De este modo, le miró con frialdad y se dispuso a salir de la sala de armas. Quería dejar esa conversación en aquel momento.

_ ¿Y Helena? _Preguntó de pronto Dmitri haciendo que Nikolai se detuviera.
_ ¿Qué pasa con ella?
_ Es tu esposa desde hace un tiempo ya y... no es difícil quererla, de eso estoy seguro. Posee belleza y vitalidad, es amable hasta puntos inimaginables y te trata como a un príncipe.
_ ¿A dónde quieres ir a parar con todas estas cursilerías?
_ Antes me has preguntado "¿qué quieres que haga? no puedo dejar de amarla". Pues aquí está mi solución. Enamórate de Helena. Aprende a quererla.
_ Tsk... Eso es una estupidez, déjame en paz.
_ Es lo mejor para ti, Nikolai. Es lo que te traerá la verdadera felicidad. Quizás no ahora, pero con el tiempo... sí. Si te atormentas del modo en el que lo estás haciendo ahora por culpa de Anya acabarás destruyéndote. Sufrirás. En cambio Helena... podría ser el bálsamo que curara tus heridas. Dala una oportunidad.
_ ¡Cállate de una maldita vez! ¡He dicho que me dejes en paz, Dmitri! ¡No vuelvas a sacar este tema, JAMÁS!

Nikolai no quería seguir escuchando ni una palabra más, así pues salió de la habitación dando un portazo que resonó en todo el castillo. Rápidamente se dirigió hacia uno de los patios traseros del palacio que ya nadie cuidaba debido al poco tránsito de gentes de por allí.

Aquel pequeño, remoto y sombrío lugar estaba totalmente descuidado. Las malas hierbas crecían sin cesar y las rosas se alzaban salvajes y espinosas. En medio de aquel maremágnum de flores se hallaba un enorme roble de grueso tronco y corteza gastada.

Nikolai gustaba de sentarse bajo las ramas de ese gran árbol y mirar hacia el cielo a través de las hojas.

Ese día hizo exactamente eso. Se sentó bajo el roble y se detuvo a pensar en todo aquello. Era un tema delicado y debía reflexionar largo y tendido sobre él

Olvidar a su hermana... ¿Cómo podía hacer eso? No, mejor dicho, ¿en serio estaba bien hacer eso? Su corazón sangraba con solo imaginarse a sí mismo dejando a un lado a Anya, abandonando sus sentimientos por ella, pero... por otro lado, el estar separado de su hermana, el sentir morir un poco cada día al saber que no podía amarla como él quería, al saber que no era completamente correspondido, le estaba destrozando completamente y ya empezaba a hacerse patente este destrozo en su cuerpo: Apenas comía, se sentía estresado esperando recibir las cartas de Anya y dormía muy pocas horas. Aquello no era sano, desde luego que no.

Pensó entonces en su hermano. Si bien era cierto que se había resistido ante la idea de ser anexionado, se había acabado acostumbrando muy pronto a todo aquello, o por lo menos lo había aceptado. Había acepado el matrimonio con Jánica e incluso había aceptado el yacer con ella. Y le había tocado la peor parte, pues Jánica le había hecho renunciar a su cultura, a sus costumbres, a su religión, a su propio idioma... Helena como mucho le instaba a que aprendiera lituano, aunque no se lo exigía en demasía. Además, la polaca tenía un humor malísimo, tanto que se enfadaba por cualquier tontería. Si las cosas no salían como ella quería y podían esperar todos los presentes en el palacio malas contestaciones y miradas por su parte.

Dmitri tenía paciencia con ella, aunque la paciencia tiene un límite y al final acababan discutiendo a voces, casi haciendo retumbar las paredes del palacio y... a pesar de todo... luego lograban llevarse bien, respetarse. Era incomprensible, pero a pesar de todas aquellas discusiones, unas horas después se podía ver a las naciones teniendo pequeños momentos de intimidad: Cabalgaban juntos, se sentaban cerca de la chimenea mientras se abrazaban para así darse más calor, reían juntos e incluso, les había descubierto en más de una ocasión dándose algún que otro beso en los labios.

Dmitri parecía feliz, y eso que le había tocado la peor parte...

¿Podría hacer él lo mismo con Helena? ¿Podría llegar si no a amarla, por lo menos a quererla? ¿A sentir cierto grado de cariño por ella?

Bueno, era cierto que ella era muy buena con él, en esos últimos meses se lo había demostrado sobretodo, y le había cuidado desde el primer día que lo encontró. Incluso ella, que había sido tratada como una princesa durante toda su existencia, se había arrodillado ante él y le había demostrado absoluta devoción. Como si el príncipe fuera él. Él, que no era más que un simple subordinado más en aquella casa, en la Mancomunidad.

Helena le consolaba cuando estaba triste y, no sabía por qué, pero solo ante ella podía derramar lágrimas sin sentir vergüenza. Y es que, cuando él lloraba, la lituana besaba sus lágrimas mojando sus labios con éstas y le susurraba con una voz muy dulce que ya no sufriría más, que ya no lloraría más porque ahora ella era dueña de sus penas, pues había bebido sus lágrimas. Ella sufriría por él.

A pesar de los insultos, de las miradas frías, de los gestos de indiferencia y de las humillaciones... Ella estaba ahí, siempre.

Quizás Dmitri tuviera razón. Quizás no fuera tan difícil quererla. Sin embargo... aquello sería como traicionar a su hermana, ¿o no? ¿Qué pensaría de él cuando lo volviera a ver? Si es que... Si es que la volvía a ver, claro.

Nikolai abrió los ojos y suspiró. Se frotó el puente de la nariz mientras mostraba en su rostro una expresión de confusión total, de indecisión, de duda. Quizás, y solo quizás, podría intentar querer a Helena. Sin olvidar del todo a Anya, como le había aconsejado Dmitri, pero sí, intentando dejar de amarla con ese fervor que le profesaba.

Quizás, y solo quizás, podría intentar ser feliz al lado de Helena.

Continuará...


Nota de la Autora:

Quería pedir disculpas por la lentitud al subir los capítulos de esta historia. Este es un fanfic que me lleva mucho tiempo trabajar. Pensar en cada una de las escenas, encajarlas, hacer que el capítulo sea fluido... Esta es una historia que valoro bastante y quiero hacerla lo más perfectamente posible, quiero hacer buenos y largos capítulos, es por eso que me demoro tanto en subirla. De modo que informo que esta historia se subirá con lentitud, pero se subirá.

¡Gracias por leerme! Las críticas son bien recibidas ^^