Capítulo 9: Despedida
El Sol moría silenciosamente aquella aciaga tarde, entre oscuras y espesas nubes que amenazaban con descargar todo su odio, toda su rabia y toda su tristeza en forma de lágrimas dulces. Justo al igual que lo había estado haciendo la pequeña lituana momentos anteriores, justo antes de que Ona la dejara sola en aquella enorme sala, alejándola así de Nikolai.
La buena mujer había estado maldiciendo de forma muy fuerte contra el bielorruso mientras arrastraba a una llorosa Helena hasta el Salón Norte de Palacio. Para ella el acto que había estado a punto de cometer el niño era imperdonable. Golpear a su señora era una afrenta muy grave que, en otras circunstancias, seguramente hubiera sido saldada con la muerte. En otras circunstancias, claro.
La muchacha en verdad ya no sabía por qué lloraba en realidad, si porque Ona la estaba haciendo daño al tirar de su brazo con esa fuerza que tenía, si por el hecho de que Nikolai casi la golpeaba o si porque se había dado cuenta por completo de que su matrimonio era una farsa... Estaba confusa, demasiado, y el ambiente que la rodeaba no es que le ayudara mucho a calmar este estado mental: Los gritos de su dama de compañía, la rapidez de sus pasos para llegar a la sala, los truenos sonando en el cielo, el sonido de los latidos de su corazón vibrando en su pecho de puro miedo, de impotencia, de tristeza. Se retorcía justo al igual que lo haría una mariposa a la cual un niño acababa de coger de forma descuidada de sus alas...
Todo eran factores que hacían que la mente de Helena se rompiera más y más.
Cuando estaba a punto de agrietarse de nuevo debido a estos malos pensamientos que no hacían más que brotar como flores ponzoñosas en su mente, sintió una húmeda caricia en su mano derecha.
Se trataba de šešėlis, su querido lobo. El animal había llegado a conectar muy bien con su dueña, tanto era así que detectaba con facilidad sus estados de ánimo (sobre todo los que tenían que ver con la depresión o el enfado), así que, cuando notaba que la chica estaba triste, frotaba su cabeza contra sus piernas, aullaba repetidas veces reclamando su atención para distraerla, correteaba a su alrededor pidiendo jugar, lamía sus manos en señal de afecto... Era una criatura muy lista, y no por nada en Lituania se apreciaba muchísimo a esta clase de animales.
Helena estaba al tanto de las intenciones de su peludo amigo, así que le sonrió un poco y le comenzó a acariciar el pelo con suavidad.
_ Lo siento, šešėlis. No volveré a llorar hoy, ¿vale?
El lobo no respondió, como era natural, pero pareció que se relajaba. Apoyó su cabeza sobre los muslos de Helena, la cual estaba sentada sobre una gran alfombra roja de terciopelo muy suave y frente a una cálida chimenea, y se dejó acariciar gustosamente por la muchacha.
Helena dirigió su mirada hacia uno de los ventanales de la sala y suspiró levemente. El cielo estaba triste aquella tarde, curiosamente acompañaba a su corazón.
Sí, había dicho que no lloraría más aquel día, ya había gastado sus lágrimas por Nikolai lo suficiente, mas su corazón no era tan fácil de arreglar. No podía decidir cuándo detener su llanto ni su dolor. Lo único que podía hacer era esperar a que se le pasara aquella pesadumbrosa sensación...
Mientras tanto, justo al otro lado la puerta, el bielorruso se debatía sobre si entrar o no.
Hacía ya un buen rato que buscaba a Helena por todo el castillo, incluso salió a los establos a comprobar si se encontraba allí, mas no la halló. De este modo, tuvo que recurrir a la persona que más detestaba en ese castillo: Ona, la dama de compañía de Helena.
Aquella mujer siempre le estaba mirando muy mal, le reñía sin cesar y alguna que otra vez le había dado una colleja. A veces sentía la imperiosa necesidad de clavarla un cuchillo en el corazón, pero estas no eran más que fantasías, nunca se había propuesto en serio llevarlas a cabo.
Así, se dirigió a las cocinas y allí encontró a la vieja, estaba pelando algunas patatas, supuso que para la cena de esa noche.
_ Tú, dime dónde está mi esposa. _Demandó Nikolai con un tono de voz muy autoritario mientras la señalaba con el dedo.
_ ¿Pero a quién tenemos aquí? Pequeño señor, las cocinas no son el lugar apropiado para un noble, volved a vuestros aposentos o donde sea que halláis estado. _Le contestó Ona con cierto tono de desagrado en su voz.
_ A ti no te tiene que importar dónde estoy o no. Dime dónde está Helena. Te lo exijo.
_ ¿Para qué queréis ver a mi señora? ¿Para rematar el golpe que ibais a propiciarla esta mañana?
En ese momento Ona dejó de un lado las patatas y miró al bielorruso con el ceño fruncido. Para ella Helena era como su propia hija, la tenía mucho afecto y no creía que se mereciera el trato que le estaba dando el chico.
_ No tengo por qué contestar ninguna de tus preguntas, sirvienta. _Dijo con desprecio el bielorruso. _ Acata mis órdenes y habla.
_ No las acataré. Ninguna orden que provenga de vos.
_ Pues entonces morirás por desacato.
_ Ya os lo he dicho. No le temo a la muerte.
_ ¡Ya basta! ¡Dime dónde está Helena ahora mismo! _Gritó Nikolai ya harto de Ona y toda su palabrería. Fue tal el grito que dio que las otras criadas que se hallaban en las cocinas dieron un pequeño respingo y dejaron sus tareas de lado para observar cómo acababa aquella pelea. _ ¡Soy su esposo y tengo derecho a saber dónde está!
_ ¡No tenéis derecho a nada! ¡Dejad a mi señora en paz! ¡Si no la queréis, si ni siquiera la respetáis, romped esta dichosa unión o al menos dejadla tranquila!
El bielorruso no lo soportó más. Aquella mujer no era nadie para decirle a él lo que tenía o no tenía que hacer. Era una mera sirvienta y él era un gobernante. No podía hablarle así, no, claro que no.
Con rápidos pasos, se acercó a la mujer y, desenfundado la daga que siempre llevaba en su cinturón, la acercó a su cuello, apretándola contra su piel un poco y creado una pequeña herida de la cual había empezado a brotar un pequeño hilillo de sangre.
_ Dime... dónde... está... Helena. _Dijo entre dientes Nikolai.
_ No os lo diré._ Esa fue la respuesta que recibió por parte de Ona. Nikolai la aceptó, relajó su rostro y su mirada se volvió fría como el hielo. Miró de reojo a una de las criadas que más asustada parecía y luego volvió a mirar a Ona.
_ Está bien. Morirás.
Y entonces, retiró su daga del cuello de la mujer, mas no demasiado, pues solo había hecho este gesto para tomar impulso y así realizar un mejor corte sobre la garganta. Un segundo y todo habría acabado, Nikolai alzó el brazo y...
_ ¡Está en el Salón Norte!
Un grito casi desesperado salió de la garganta de una de las criadas, justamente de aquella a la que Nikolai había mirado, la que parecía estar a punto de morir de miedo.
En cuanto escuchó aquello, el bielorruso sonrió de lado y retiró la daga, guardándola en su cinturón. Miró burlonamente a Ona haciéndola saber así que su "pequeño teatrillo" había funcionado. Que se saldría con la suya siempre.
Porque, sí, pudiera ser que Nikolai deseara la muerte de la dama, pero no era capaz de matarla él mismo, y menos aún con tanta gente mirando. Se aprovechó de la inocencia de las otras sirveintas. Pudiera ser que Ona no cayera en los juegos del niño, pero sí las otras sirvientas, aquellas que tenían poca experiencia aún, se asustaban en demasía. "A saber de lo que puede ser capaz de hacer este pequeño demonio con cara de ángel" Eso era lo que les había escuchado decir Nikolai en alguna ocasión.
De este modo, el muchacho salió de las cocinas con aire triunfante. A sus espaldas, Ona le dirigió una mirada molesta a la criada que había "salvado su vida". Ahora no podía hacer nada, estaba en manos de su señora el aceptar ver al niño o no.
...
Sí, después de haber pasado por toda aquella discusión, allí estaba él, frente a la gran puerta de mármol del Salón Norte, con el brazo en alto y su mano cerrada en un puño, a punto de llamar. Pero había algo que lo detenía. ¿Qué podía ser? ¿Por qué de repente se amedrentaba? ¿A caso sentía miedo? Miedo... ¿pero a qué? Quizás a la reacción de Helena, quizás a su mirada, a no ser perdonado jamás, a no poder ser feliz ahora que había decidido olvidar a Anya...
Dudas y dudas que le comían por dentro.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que le tembló el puño.
No.
Suficiente.
Lo que tuviera que pasar pasaría. No podía tener miedo ahora. Helena solo era una chica, no era para tanto, solo era una niña y de las niñas lo que menos se tiene es miedo.
Estas fueron las palabras que se dijo Nikolai.
De este modo, sacudió su cabeza un par de veces despejando cualquier duda que pudiera poblar en su mente, llamó y entró en el Salón sin esperar respuesta alguna. Cerró tras de sí dando un pequeño portazo.
Fue este sonido el que sacó a Helena de su ensoñación. Miró a sus espaldas y, cuando vio que el que había llegado se trataba de Nikolai, sus rostro adquirió una expresión de sorpresa absoluta. En seguida redirigió su mirada, no atreviéndose a cruzar sus ojos con los del chico. Bajó la cabeza un poco cayendo nuevamente bajo el pesado velo de la melancolía.
Nikolai se dio cuenta de esto, vio aquel destello de tristeza en su mirada que, a la luz del fuego de la chimenea, se reforzaba con mayor intensidad. Respiró profundamente un par de veces y se fue acercando a ella poco a poco, con cautela y en absoluto mutismo.
El silencio de la estancia era increíble, solo fue roto por el sonido del fuego quemando la madera, por el suave sonido del roce de la capa de Nikolai sobre el suelo, por los pasos que daba el muchacho con sus ágiles botas de cuero, por el tintineo que realizaba su hebilla del cinturón al chocar con su querida daga y por el sonido de las nerviosas respiraciones de ambos...
Nada más. Pequeños y efímeros sonidos que en otro instante de su vida hubieran pasado totalmente inadvertidos.
Finalmente el muchacho llegó a su lado y se sentó junto a ella, manteniendo cierta distancia, sin invadirla.
Se mantuvieron un par de minutos en silencio y sin moverse, notando cómo sus cuerpos se tensaban ante la incomodidad de aquel momento.
"¿Por qué las mujeres tienen que ser tan complicadas?" Pensó Nikolai mirando de reojo a su esposa. Luego, redirigió sus ojos hacia šešėlis, pues el animal había bostezado y había hecho un sonido algo cómico.
_ Está muy grande. _Dijo de pronto Nikolai.
_ Es porque come mucha carne. _Respondió algo insegura la lituana, mientras giraba su rostro para observar al lobo y, de paso, mirar de reojo a Nikolai.
_ ¿Se la dan los cocineros?
_ No. _Contestó Helena mientras negaba con su cabeza. _ La caza él solo. Conejos, perdices... Pequeños animales que se encuentra en el bosque.
_ Ah... ¿Y cómo ha aprendido a cazar? Su madre no le ha podido enseñar ni nada de eso.
_ L-le he enseñado yo. Desde hace un tiempo juego con él atando perdices a una cuerda, luego corro por el bosque arrastrando la cuerda y él me sigue. Al principio solo jugaba con la presa, pero después de un tiempo comenzó a morderla y finalmente a comérsela.
_ Qué listo es. _Dijo Nikolai mientras comenzaba a acariciar al lobo. _Le has... enseñado bien, supongo.
_ Supongo...
Acariciando el suave pelaje del lobo, las manos de Nikolai y de Helena se encontraron fugazmente. La muchacha, hizo el ademán de retirar su mano con presteza, no fuera a ser que la reprendiera, como tantas otras veces había hecho el niño cuando ella le intentaba coger de la mano. Pero esta vez fue distinta, esta vez el pequeño bielorruso se lo impidió cogiéndola delicadamente de la mano, reteniéndola sobre el pelaje del lobo.
La lituana, finalmente y con algo de timidez, se atrevió a alzar su rostro y mirarle. Se le hacía extraño que Nikolai actuara de esa manera y aún temía por los momentos de tensión anteriores que había vivido junto a él. Momentos en los que casi la dañó...
El chico, por el contrario, no la miró, se quedó embelesado admirando cómo las llamas del fuego danzaban sobre la madera.
Segundos más tarde alzó sus ojos y descubrió que, sobre la chimenea, colgaba un gran cuadro que contenía la imagen de una bella mujer hablando con un apuesto caballero. La mujer parecía sorprendida en el cuadro y el hombre, sujetaba una de sus manos.
_ Mi señora, os encuentro al fin. Y lo hago nada más y nada menos que sola y a merced de los osos. _Comenzó a decir el bielorruso poniendo una voz grave.
La muchacha, en un primer momento, le miró un tanto desconcertada. No estaba segura de qué estaba haciendo Nikolai, ni de porqué ponía aquella ridícula voz. Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus ojos se dirigían hacia el cuadro. En ese momento su mente hizo "click" y volvió al pasado. Un pasado donde Nikolai y ella vivían solos y jugaban juntos muchas veces. Uno de los juegos que más les gustaba era el de hacerse pasar por los personajes que salían en los cuadros, imitar sus voces y crear historias fantásticas. Al pareces el bielorruso estaba jugando a eso y Helena le acompañó gustosa.
_ Oh, caballero de... de...
_ De Roca Alta _Le susurró Nikolai poniendo por un segundo su voz normal.
_ ¡E-eso, caballero de Roca Alta! Qué sorpresa encontraros aquí, en el bosque. ¿Me habéis seguido?
_ Sí. Me han ordenado que os siga.
_ ¿Ah sí? ¿Quién? ¿Y por qué?
_ El quién no lo diré, pero sí revelaré mi razón... Me han ordenado que os mate. _Ante esta respuesta Helena puso en su rosto una expresión de preocupación. Por el contrario Nikolai ni se había inmutado.
_ O-oh, ya veo.
_ Pero a este paso los osos lo harán por mí. Os comerán viva.
_ Si estáis tan seguro de que voy a morir, ¿por qué habéis venido? Los osos iban a hacer vuestro trabajo de todas formas...
_ He venido porque... no quiero que murais.
_ ¿Qué? _Dijo Helena saliéndose del papel por un momento. No se esperaba aquel giro en la historia.
_ Me han contratado para que os mate, pero no lo voy a hacer. _Afirmó Nikolai con convicción aún manteniendo su voz grave, pero esto no le duró mucho. _ Porque... porque...
_ Porque... ¿sentís pena por mí? ¿Porque mi vida no vale lo suficiente...? ¿Soy poco para vos, quizás...?
_ No, no es eso. Es porque... a ver qué dice aquí... ¡Ah, sí! Porque me he enamorado de vos. _Ante estas palabras de Nikolai, Helena no pudo hacer otra cosa más que sonrojarse un poco. Aquella era la primera vez que Nikolai contaba una historia de amor. _ Porque... vuestros ojos son como las preciosas villas de mi tierra tras una noche de lluvia, muy verdes. Y vuestros labios son... apetitosos como las bayas rojas y... y... No leo lo que dice aquí, pero ya sabes por donde voy.
El bielorruso ya puso su voz normal y le enseñó a Helena la palma de su mano derecha, sobre la cual había garabateado algunas frases. Las frases que acababa de decir, en realidad.
El muchacho había estado copiando de la biblioteca algunas frases románticas y cursis que había leído en un libro de caballería, pero se le habían borrado un poco.
Helena no pudo evitar reír un poco al ver que había llegado a utilizar estos métodos con tal de no memorizar un par de frases. Tras unos segundos detuvo su risa y acercó su vista a su mano para ver si ella era capaz de descifrar el resto del texto copiado.
_ Y porque vuestro pelo castaño es tan bonito como las hojas de los arboles que mueren en otoño...
Acabó de leer la chica. Sus mejillas adquirieron un tono rosado un poco más fuerte puesto que la descripción de la doncella a la que alababa el "personaje" de Nikolai se parecía mucho a ella. La verdad es que la mujer que salía en el cuadro era rubia y poseía los ojos marrones, por eso pensó que esas alabanzas estaban dirigidas hacia su persona, pero no quería hacerse muchas ilusiones, así que no dijo nada al respecto.
_ La otra vez que salimos... _Comenzó a relatar Nikolai mirando al suelo y en un tono de voz muy bajo, casi susurrante. _Cuando te bañaste en el lago, luego saliste del agua y el vestido se te pego al cuerpo. Y te vi. Y le pasó una cosa a mi cuerpo. Una cosa que... ¡pues que les pasa a los chicos cuando ven a una chica guapa! No quería que me volviera a pasar. Por eso no quise acompañarte ayer y me enfadé.
_ V-vaya... _Dijo Helena harto sorprendida, pues lo último que esperaba era que Nikolai le confesara de una vez por todas qué le había ocurrido. _ Y... ¿puedo saber qué le ocurrió a tu cuerpo?
En cuanto hizo aquella pregunta Nikolai suspiró pesadamente y dejó que el flequillo le cayera sobre los ojos, ocultándolos pues le daba mucha vergüenza contar esto. Decidió que no diría nada, la voz no le salía, así que dejó que los gestos relataran su historia: Colocó su mano derecha entre sus piernas en forma de puño y luego extendió el dedo índice. Por último alzó el dedo índice hacia arriba. Pensaba que con este gesto todo quedaba dicho, y la verdad es que razón no le faltó, pues Helena entendió todo esto con total claridad.
La cara se le puso del color de los tomates maduros y su cuerpo se tensó ligeramente, nunca habría pensado que al pobre niño le hubiera sucedido algo tan vergonzoso. Ella sabía un poco sobre estos temas, sus damas de compañía la habían informado ligeramente sobre los cambios masculinos que sufre un hombre cuando está listo para encamarse con una mujer, pero no esperaba que le a Nikolai le llegara a pasar nunca.
Las dos naciones se quedaron en silencio durante un par de minutos, sin saber muy bien qué decir ni cómo actuar. Hasta que finalmente Helena decidió romper aquella situación.
_ Entonces... te parezco guapa. _Dijo sonriendo un poco mientras jugaba con su pelo.
_ No voy a repetir algo que ya he dicho. Ahora marchémonos de aquí, el fuego de la chimenea me está empezando a dar calor.
Dijo Nikolai aún intentando ocultar su rosto bajo su pelo. Tras esto se levantó del suelo y le ofreció la mano a la chica. Ésta dudó unos instantes si aceptarla o no, pero finalmente lo hizo. Muy tímidamente, pero lo hizo. Y Nikolai no le soltó la mano, salieron así, juntos, y seguidos por šešėlis, del Salón Norte.
Caminaron durante un par de minutos sin rumbo fijo hasta que finalmente se decantaron por ir hacia la Sala del Trono, quizás allí estuvieran Jánica y Dmitri y podrían pasar el rato los cuatro juntos.
Por el inmenso pasillo del castillo, casi se podía escuchar el corazón de Helena latiendo presurosamente. En parte por los nervios y en parte aún por el miedo. No se creía del todo que Nikolai estuviera comportándose así de bien con ella, no lo entendía.
Sumergida en sus pensamientos se hallaba la muchacha, cuando de pronto, escuchó varios gritos que procedían de la Sala del Trono. Eran gritos muy fuertes, femeninos, parecía ser que una terrible discusión se estaba gestando en la sala. Justo cuando iba a reaccionar, un par de caballeros de su corte la apartaron del camino mientras corrían en dirección al salón. Iban muy rápido y sus rostros reflejaban preocupación. Quizás aquella discusión que se oía a lo lejos era más seria de lo que parecía.
_ Nikolai, quédate aquí. Voy a ver lo que pasa. _Le dijo Helena con un tono de preocupación.
_ ¿Qué? ¡No! ¡Yo voy contigo!
_ ¡No! _Exclamó de pronto la chica de forma cortante. _ Tú tienes que quedarte aquí. Si por un casual resulta que nos están atacando deberás salir corriendo e informar de lo que pasa. ¿Me has entendido?
Nikolai, a duras penas asintió. Se escondió tras una de las esquinas que tenía los pasillos del castillo y esperó. Helena, al ver que la había hecho caso, corrió hacia la sala. Cuando entró, sus ojos no daban crédito a lo que estaban viendo: Jánica y Dilara, ambas de pie, mirándose tremendamente mal, y gritando.
_ ¿¡Como que, cuántas veces te he de repetir que no te voy a entregar a Ucrania!?
_ ¡Ya vale, niña! Ni si quiera sabes qué hacer con un territorio tan extenso. Lo desaprovechas totalmente, no te sirve para nada. ¡Yo le daré mejor uso! Ya te he dicho que te pagaré muy bien por él, con oro y con varios camellos.
_ ¿¡Camellos!? _Exclamó con desprecio Jánica. _ ¡O sea, ni que fuéramos unos salvajes, como vosotros!
_ ¡No debiste decir eso, mocosa!
Dilara avanzó rápidamente hacia Jánica y viceversa, pero, justo antes de que las dos chicas comenzaran a enzarzarse en una pelea, Helena ordenó a los caballeros que habían entrado en la sala anteriormente que la detenieran, a pesar de las réplicas que la polaca les dio desde el primer momento, a pesar de que les ordenó que se mantuvieran al margen.
Los caballeros, corrieron hacia la turca y la detuvieron colocando sus espadas cerca de su cuello, de modo que, si hacía algún momento brusco, su cabeza acabaría separada de su cuello.
La lituana se acercó a su amiga y la intentó calmar, pero esta no parecía querer entrar en razón.
_ Lituania, esto no te concierne. Son asuntos entre tu "amiga" y yo. _Le dijo Dilara a Helena mirándola con el ceño fruncido.
_ Claro que me concierne. Esto es la Mancomunidad Polaco-Lituana. Así que me concierne.
_ No lo diré otra vez. Solo quiero negociar con Polonia. Ahora déjanos solas.
Helena miró de reojo a su amiga y vio lo exaltada y furiosa que se encontraba. Estaba claro que en ese estado su raciocinio no funcionaría y de seguro acabaría entrando en un conflicto enorme con la representante del Imperio Otomano. De este modo no la dejó pronunciar ni media palabra.
_ No lo haré. Además, el procedimiento que estás usando no es el adecuado. Que yo sepa las negociaciones de los territorios se tramitan en actas y luego en reuniones. No a la inversa. Así que, dado que no has realizado correctamente el procedimiento, te ruego que te marches. _ Dijo la lituana intentando mantener la compostura y sonando lo más solemne que pudo.
_ ¡Actas, actas, actas! ¡Eso es lo único que sabéis hacer vosotros! Escribir ridículas palabras en hojas en blanco. ¡Pues que sepas que las guerras no se ganan derramando tinta, sino sangre!
Y justo en el momento en el que Dilara iba a proclamar otra frase de su discurso, la puerta principal se abrió dando paso a aquel que faltaba en toda esta historia... Dmitri.
Cuando el rubio observó el caos de la sala se detuvo en seco.
Dilara a punto de ser ensartada por espadas en manos de sus guardias, Jánica en un estado que rozaba la histeria silenciosa y Helena intentando poner orden, un orden que era casi imposible de conseguir. No le necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que todo aquello, toda aquella tensión, se debía a él.
Con paso lento pero firme se acercó hasta la pequeña tarima sobre la cual se alzaban los tronos, justo donde se hallaban Jánica y Helena.
_ ¡Dmitri, vete! ¡Esto son asuntos que debo resolver yo sola!
Exclamó Jánica al verle aparecer en la sala. Su labio inferior tembló por un momento al darse cuenta de que las miradas de Dmitri y de Dilara se habían encontrado, fugazmente, pero se habían encontrado, y no para dedicarse un sentimiento de desprecio, más bien para expresarse tristeza y cansancio.
Esto hizo que se pusiera más nerviosa. Temía las palabras que pronunciaría su esposo, sin embargo, este estado le duró poco y de los nervios, pasó a la sorpresa en cuestión de segundos. Justo en el momento en el que el ucraniano se posicionó a su lado, la dedicó una suave sonrisa y le colocó una mano en el hombro invitándola a que se calmase. Luego, dirigió su mirada hacia la turca, pero esta fue una mirada seria, nada tenía que ver con la primera mirada que le había regalado antes.
_ ¿Qué ocurre aquí? ¿A qué viene tanto alboroto? _Preguntó Dmitri, rompiendo así el silencio que había comenzado a reinar en la sala.
_ Como ya he dicho antes... _Comenzó a decir Dilara de nuevo. _Voy a comprar Ucrania. Y me da igual cual sea el precio. Puedo pagar con oro, con animales y... con vidas humanas. Pero esta opción no es la mejor, no quiero que mis soldados tengan que descabezar a tus queridos aldeanos.
_ ¡Otra vez! ¿O sea, quién te has creído que eres para hablar así? ¡Te atreves a declarar abiertamente que vas a asesinar a gente inocente! ¡Es inaceptable y tú eres una...!
_ Jánica. _Cortó de repente Dmitri a su esposa en mitad de su discurso, pues había sentido que se había vuelto a poner nerviosa. _ No te preocupes, ¿vale? Yo me encargo.
La polaca iba a responder, pero, al ver de nuevo la pequeña y dulce sonrisa que le regalaba el ucraniano, le dejó hacer. Aquella expresión le transmitía confianza.
_ No voy a ir contigo a ningún lado, Dilara. Pertenezco a Polonia y mi gente está muy a gusto en la Mancomunidad. Así que detén esto ya.
_ ¡Pero Dmitri! ¡Tú no quieres estar aquí, ambos lo sabemos! ¡Ven conmigo! _Dijo Dilara con cierto tono de desesperación en su voz.
_ No insistas más. Olvídalo... todo.
Dmitri pareció roto al decir aquella última frase, pero debía ser constante con su decisión. No iba a perder el buen nivel de vida que tenían sus habitantes solo por un capricho suyo, por un... sentimiento pasajero, un efímero deseo. No, debía mantener a raya lo que su corazón opinara, aunque le costase.
Dilara, no satisfecha con su respuesta, iba a reclamar, pero un gruñido a su espalda la detuvo.
_ Cállate ya, mujer. No digas ni una sola palabra más.
Se trataba de Nikolai quien, junto a šešėlis, habían hecho acto de presencia en la sala. El bielorruso se había aburrido de tanto esperar y había decidido entrar con el animal. El lobo, por su parte, gruñía y enseñaba sus afilados dientes sin miramiento alguno. Ante esta imagen tan aterradora, Dilara se dio por vencida... por esta vez. Levantó sus manos en son de paz y, apartando a los caballeros, se dirigió hacia la salida.
_ Esto no va a quedar así. _Sentenció justo antes de cerrar el portón tras de sí, coger sus caballos y volver a su hogar junto a la pequeña escolta que la acompañaba.
Cuando oyeron que la puerta se cerraba tras la turca, las cuatro naciones parecieron relajarse, aunque solo fuera un poco. Jánica, se desplomó sobre su trono y suspiró cansada mientras se frotaba el puente de la nariz. la pequeña lituana iba a ir a consolar a su amiga, mas Nikolai no la dejó ir. Le hizo un gesto con la cabeza y la instó a que abandonaran la sala para dejar a Dmitri y a Jánica solos. Ésta asintió y salió junto a su joven esposo.
En cuanto salieron, Dmitri caminó hasta quedar frente a la polaca y se arrodilló en el suelo para así quedar a su altura ya que ella se hallaba sentada.
_ Creías que me iba a ir con ella, ¿verdad?
Le preguntó el rubio mientras esbozaba una pequeña sonrisa en su rostro. Jánica, en respuesta a su pregunta, simplemente le apartó la mirada y tiñó de rojo sus mejillas, todo producto de la vergüenza. El ucraniano no pudo evitar soltar una pequeña risa al ver esta reacción en su esposa. Tras detener su risa, la cogió de las manos y las apretó suavemente.
_ Mi gente esta a gusto aquí por el momento. ¿Por qué me iba a dejar invadir por otro país que ni siquiera cree en el mismo dios que yo?
_ No lo sé. Porque ella te gusta.
_ N-no es cierto. Ella no me gusta. _Dijo Dmitri, nada seguro de sus palabras, pues su corazón había dado un potente latido en su pecho cuando Jánica había pronunciado estas palabras.
La polaca, por otro lado, no dijo nada más. Simplemente bajó la mirada al suelo. Ella sabía la verdad, sabía que Dmitri sentía algo muy fuerte por Dilara y que por esta razón, la iba a ver a "escondidas". Pero, si lo sabía... ¿Por qué la molestaba tanto? ¿Por qué sentía tanto enfado en su corazón, tanta rabia, tanto odio y, sobre todo... tanta decepción?
El chico, advirtiendo las expresiones de la polaca, intentó calmarla del todo de la mejor manera que supo. Así pues, levantó su barbilla haciendo que le mirara a los ojos. Tras esto, le apartó el pelo de la cara colocando varios mechones rebeldes tras una de sus orejas. Finalmente, se acercó a su rostro y... depositó un dulce beso sobre sus labios. Un beso que Jánica aceptó y devolvió gustosa. Los labios de Dmitri eran gentiles con ella y la inducían a un estado de calma absoluta. Cuando la besaba, sentía que toda preocupación desaparecía. Era algo maravilloso.
Unos minutos después la pareja se separó y se sonrieron ligeramente.
_ Olvidemos todo esto, ¿vale? Ve al dormitorio a descansar, creo que lo necesitas. Despeja tu mente.
_ Sí... es cierto que necesito descansar y despejarme un poco, pero de ninguna manera voy a ir a dormir. Eso es, como que, desperdiciar el tiempo. ¡Vamos al mercado a comprar algo! ¡Siempre que compro algo me animo! _Exclamó la rubia ciertamente con mejor humor.
Dmitri, no pudiendo negarse esta vez, simplemente asintió y le concedió su deseo.
De este modo, la tarde acabó por morir del todo y la Luna cubrió el cielo polaco con su manto de terciopelo negro. Las estrellas no brillaban aquella noche sin embargo, pues aún sobre el cielo, oscuras nubes cargadas de tormenta, amenazaban con soltar toda su rabia...
Así pareció advertirlo al menos Dmitri. El chico se encontraba en los establos y pudo sentir la agitación y el nerviosismo de los animales. Siempre se ponían así cuando iba a haber una tormenta.
El rubio los acariciaba y les susurraba dulces palabras para intentar calmarles, pero ese día le estaba costando lograr su objetivo. Su mente estaba distraída debido a los acontecimientos que habían sucedido aquella tarde.
Aunque había aparentado felicidad y tranquilidad durante su salida al mercado con Jánica, ahora Dmitri sentía que el mundo se le venía encima. Ahora podía sentirse como él realmente quería: Totalmente confuso.
Era tal esta sensación de confusión, de impotencia, que sentía ganas de llorar, mas no lo hizo. Solo dejó escapar de sus bonitos ojos azules un par de lágrimas que desaparecieron con presteza bajo su mentón, corriendo por sus mejillas.
¿Por qué debía ser todo tan difícil? ¿Por qué?
No solo estaba el tema de Jánica y Dilara. También seguía preocupado por su hermano pequeño, y por Anya, cómo no. Cuando murió su madre, Rus de Kiev, él había asumido totalmente el rol como cuidador, casi como padre, de Nikolai y de Anya. Pero él era solo un chico que también necesitaba de alguien que cuidara de él. De alguien que de vez en cuando le diera un abrazo, le preguntara qué le pasaba y que le escuchara. En Dilara había encontrado de una manera u otra esto, por eso se sentía tan a gusto con ella, por eso compartía tantos ratos a su lado, aunque sabía que no debía hacerlo.
Como país, estaba destinado a combatir con ella, pero como persona... como persona era totalmente distinto.
Si hubiera sido tan solo un chico normal y corriente quizás no hubiera tenido que preocuparse tanto, quizás solo hubiera tenido que hacer lo que su corazón le dictase... Claro, si hubiera sido un chico normal.
Lamentablemente no lo era. Era una nación. La representación de todo un pueblo. Su deber era hacer lo que era mejor para este pueblo y este deber era el de permanecer en la Mancomunidad.
Dmitri suspiró con un dejo de tristeza y abrazó a su caballo favorito, cerrando los ojos con fuerza y deseando desaparecer solo por un momento.
_ Dmitri...
El muchacho, al escuchar que alguien le llamaba, se separó del animal y giró su rostro para atender a la llamada. Se llevó una gran sorpresa al ver quién le esperaba allí.
_ ¡D-Dilara! ¿Qué haces aquí? ¡Creía que te habías ido! ¡Márchate! _Dilara no hizo caso a las demandas del rubio y se acercó a él. Sabía de sobra que más que más que ordenanzas, le decía todo aquello porque se preocupaba por ella, porque si la encontraban allí la matarían sin miramiento alguno.
_ Mi Príncipe de cabellos de oro... detesto verte derramar lágrimas... _Susurró la chica mientras limpiaba las mejillas del ucraniano con sus manos.
_ Por favor, vete.
_ No quiero irme. No puedo. No hasta que te lleve conmigo. No hasta que te conviertas en mi Rey, ya no mi Príncipe, sino mi Rey.
_ Y-ya sabes que eso no va a pasar nunca. Somos países distintos, tenemos culturas que...
_ ¡Yo no hablo de eso! ¡Me da igual lo distintos que seamos! Yo te quiero como persona, no como nación. Yo. Dilara. No el Imperio Otomano. _Dijo la chica mientras colocaba una mano sobre su propio corazón señalando así que sus palabras eran verdaderas y que le salían del alma.
_ N-no puedes separar las cosas, Dilara... No puedes elegir dejar de ser un país así porque sí.
_ ¿Por qué no? ¿A caso no quieres estar conmigo? ¿No me quieres? _Ante estas preguntas Dmitri bajó su rostro y no pronunció palabra alguna. _ Ven conmigo, te lo suplico. Ven conmigo y sé feliz de una vez por todas.
Dilara le ofreció su mano al chico. Éste la miró y se mordió el labio. Las piernas le comenzaron a temblar, sentía su corazón latir a mil por hora, tanto era así que creía que se le iba a salir del pecho. Debía decidir en aquel momento. ¿Qué debía hacer? ¿Seguir su corazón o a su mente? Miró en los profundos y desesperados ojos de la turca y vio su propia alma reflejada en ellos.
Debía tomar en aquel instante una decisión...
Continuará...
