Capítulo 10: Huída
La Luna reinaba en el cielo aquella noche inundada de estrellas. La brisa corría suavemente y movía los alborotados cabellos del representante ucraniano, el cual permanecía impasible ante la belleza nocturna que se aparecía ante sus ojos. Tenía otras cosas en las que centrarse esa noche, cosas más importantes que hacer que admirar a la Luna. Debía tomar una decisión, quizás la más difícil de su vida...
_ Dmitri, no te tortures más, sabes que juntos podremos ser felices. Ya lo fuimos una vez... Por favor, ven conmigo.
Dijo Dilara con una voz tan dulce como la miel mientras le ofrecía una de sus manos. El chico, con la mirada clavada en la mano de la joven y la voz quebrada, no sabía qué hacer. ¿Debía ser feliz y egoísta o debía aceptar su condición como nación, resignarse y permanecer en la Mancomunidad de las dos Naciones?
Tras un par de segundos cerró los ojos, suspiró y finalmente... cogió de la mano a la turca.
Dilara, en el momento en el que sintió la cálida mano del chico envolviendo la suya, sintió morir de emoción y felicidad. No pudo reprimir una gran sonrisa. Iba a gritar de alegría cuando sucedió algo totalmente inesperado.
_ Lo siento... _Dijo de pronto Dmitri mientras cerraba la mano de Dilara, la soltaba y colocaba sus propias manos tras su espalda. _ No puedo ir, por mucho que quiera...
Entonces, toda la felicidad que había sentido la chica se desvaneció como la nieve en un día de primavera. Sus ojos, antes brillantes por la más absoluta alegría, ahora brillaban empañados de lágrimas de tristeza. Mas no lloró, ella no lloraba, simplemente frunció su ceño y miró fijamente al chico.
_ Está bien... Entonces será por las malas.
_ ¿Qu-?
Pero antes de que Dmitri pudiera procesar las palabras de la turca, dos hombres de cabellos negros y piel bronceada salieron de entre los arbustos y sujetaron al ucraniano por los hombros, forcejeando un poco con él.
_ ¡Dilara! ¿Q-qué estás haciendo? ¡Diles que paren! _Exclamó el chico intentando zafarse de las garras de los guerreros Otomanos.
_ Perdóname, mi príncipe.
Y dichas estas palabras Dilara le asestó un fuerte golpe a Dmitri justo bajo la nuca. Dio en el punto exacto consiguiendo de este modo que el rubio perdiera el conocimiento en menos de un segundo.
Así, con la ayuda de sus dos guerreros, subió a Dmitri a uno de los caballos que se encontraban en el establo, y cabalgó hacia su casa, hacia sus dominios.
Dilara había raptado a Dmitri.
El Imperio Otomano había tomado por la fuerza los territorios de Ucrania.
Mientras tanto, en el interior del castillo, Jánica se comenzaba a impacientar. Había pasado una tarde estupenda con su esposo y quería seguir estando con él, quería que Dmitri la abrazara aquella noche, quería que la besara, que la susurrara bonitas palabras al oído, incluso... incluso pensó que le gustaría que le dijera que la quería.
Ante este fugaz e impropio pensamiento, sintió sus mejillas ruborizarse ligeramente, más pronto este rubor desapareció y volvió a su emoción inicial: preocupación.
Hacía ya largo tiempo que Dmitri había ido a mimar a sus tan queridos caballos, a esas horas debería de haber vuelto ya, nunca antes se había demorado tanto. Quizás... quizás le hubiera pasado algo.
Y con esta idea Jánica se levantó de la cama de un salto y caminó por el castillo en busca de su esposo.
Primero se dirigió hacia las cocinas, pues quizás las sirvientas supieran donde se encontraba, pero se equivocó, ninguna de sus doncellas tenía la más mínima idea de dónde se podía hallar el chico. Más tarde se dirigió hacia la sala de armas, pero tampoco se hallaba allí, luego comprobó todos los salones del interior del castillo y por último miró en los establos...
Cuando llegó allí notó que los caballos estaban nerviosos y que las correas que los sujetaban estaban flojas. Dmitri jamás hubiera permitido esto, algo extraño había pasado allí, eso era seguro...
Jánica, ya con atisbos de desesperación, se dirigió con paso presuroso, casi llegando a correr, a la habitación de Nikolai y Helena, quizás ellos supieran dónde estaba.
Así pues, tras subir las escaleras, se plantó frente a la puerta de sus aposentos y la abrió sin tan siquiera llamar primero. Esto, en un principio, impresionó a las otras dos naciones, pero su expresión de sorpresa no se pudo comparar a la que puso Jánica al verlos a ellos dos, o más bien al ver la posición en la que se encontraban: La pareja estaba sentada sobre la cama. Nikolai abrazaba a Helena por la espalda y reposaba su barbilla sobre el hombro de la chica mientras ambos se hacían sendas carantoñas, se regalaban caricias en los brazos.
Aquella visión era totalmente inesperada, tanto que Jánica, por un segundo, se quedó sin palabras.
_ ¿Qué quieres? _ Preguntó Nikolai con frialdad mientras se separaba de la lituana y se levantaba de la cama para encararse con la polaca.
_ Dmitri no está. _Dijo por fin la rubia tras salir de su pequeño estado de shock. _No le encuentro por ningún lado en el castillo. Ha desaparecido.
_ ¿Cómo que ha desaparecido? Estará por ahí, no seas boba. _Respondió Nikolai mientras empujaba ligeramente a la chica fuera de su dormitorio. _Ya sabes que a veces pasa la noche fuera.
_ ¡No soy idiota, Nikolai, eso ya lo sé!_ Exclamó la muchacha mientras se zafaba bruscamente del agarre del bielorruso y le miraba con fiereza. _ ¡Pero nunca dejaría a los caballos en el establo sin atar!
Ante esta afirmación Nikolai se detuvo a pensar unos momentos. Jánica llevaba razón, no era propio de su hermano el dejar desatedidos a sus caballos, quizás sí le hubiera pasado algo.
_ Vamos a los establos. Quiero ver con mis propios ojos si de verdad los caballos no están bien atados.
_ O sea, ya verás como tengo razón.
Por otro lado, la lituana había permanecido en silencio mientras escuchaba atentamente, no podía creerse que Dmitri hubiera desaparecido así de repente. Ciertamente era algo preocupante, de modo que ella hizo ademán de levantarse de la cama y ayudarles a buscar también. Mas sus intentos fueron detenidos por su esposo, el cual, dándose cuenta de sus intenciones, se acercó a ella, la sujetó por los hombros suavemente y la tumbó en la cama.
_ Tú quédate aquí.
_ P-pero debo ir, quiero ayudaros a buscar a Dmitri. S-si de verdad le ha pasado algo...
_ No. Tú te quedas por si vuelve y punto. No hay más que hablar, ¿de acuerdo?
La lituana, al escuchar estas palabras, abrió la boca para replicarle, pero Nikolai, sin previo aviso, colocó una mano sobre su mejilla y la acarició con suavidad mientras la miraba a los ojos con dulzura. Luego, la besó en los labios brevemente, dejando a la joven sin palabras y con un pequeño rubor sobre sus mejillas.
_ Te quedas.
Y así, sin más, Nikolai abandonó la habitación junto a Jánica dejando a Helena sola en sus aposentos, aún con las mejillas sonrosadas y sintiendo en su estómago miles de mariposas volando felizmente.
_ ¿Qué ha sido eso? _Preguntó de pronto Jánica a Nikolai mientras caminaba hacia los establos.
_ ¿El qué?
_ Como que, lo del abrazo, las caricias y el beso. _Dijo Jánica de nuevo sintiéndose harto perpleja.
_ Es mi esposa, es normal.
_ ¿¡Qué!? ¿Pero qué dices? ¡Claro que no es normal! ¡Eso está totalmente fuera de lugar!_ Exclamó Jánica deteniéndose e impidiendo el paso a Nikolai. _ Hace dos días como que, casi la golpeas, y ahora la quieres. ¡Eres bipolar!
_ ¡Cállate! _Respondió Nikolai con fiereza y frunciendo el ceño _ ¡A ver si os aclaráis! Si la trato mal me regañáis, pero si la trato bien también lo hacéis. ¡Estoy harto! ¡Dejad ya de meteros todos en mi vida!
_ Como hieras su corazón más te juro que...
_ ¿Qué? ¿Qué harás? _Preguntó esta vez amenazante Nikolai mientras daba un par de pasos hacia Jánica, la cual, ante la mirada fría del chico, no pudo hacer otra cosa más que retroceder. _ Ya basta, me hartas, deja de entrometerte en mi matrimonio. ¡Ni que estuvieras enamorada de Helena!
Ante estas declaraciones Jánica frunció el ceño y apartó la mirada.
_ ¿... O sí lo estás?
_ ¡Claro que no! _Se apresuró a afirmar Jánica con convicción. _ Las dos somos mujeres, qué bobadas dices.
_ Pues entonces déjanos en paz. Y vayamos a buscar al idiota de mi hermano de una vez.
Y dichas estas palabras Nikolai hizo a un lado a Jánica y continuó su caminata hasta los establos. Jánica suspiró aliviada al ver marchar a Nikolai, el chico podía llegar a infundir verdadero terror con esos ojos tan fríos como el hielo. Segundos después recuperó la compostura y le siguió hasta que por fin llegaron a su lugar de destino.
Allí Nikolai inspeccionó el lugar cuidadosamente. Era cierto que los caballos estaban más nerviosos de lo normal, pero podía ser por cualquier razón, desde el aullido de un lobo en la distancia hasta la presencia de un desconocido.
El bielorruso entonces se fijó en que faltaba un caballo.
_ No ha desaparecido, se ha ido por ahí. Mira, ha cogido un caballo. _Dijo el niño señalando uno de los recintos vacíos.
_ Ese no es el caballo que usa normalmente.
_ ¡Dios, Jánica! ¡Ya volverá, no seas paranoica! _Dijo Nikolai ya un poco harto del asunto. No era extraño que Dmitri se largara en mitad de la noche, no entendía por qué la polaca había armado tanto revuelo por una simpleza como esa. Además, tenía sueño y quería dormir. _Me voy a la cama. Ya verás como mañana vuelve.
De este modo y sin decir nada más, Nikolai se marchó hacia el interior del castillo dejando a Jánica allí. Ella no lo tenía tan claro. Algo en su interior la estaba avisando de que Dmitri no se había marchado por su propio pie. Se podría decir que su instinto femenino era el que la estaba advirtiendo del peligro que se avecinaba...
El día siguiente no tardó en llegar y ya, desde bien temprano, el movimiento del castillo era constante. Criadas limpiando, cocineros preparando el desayuno, caballeros practicando su lucha con espadas en el jardín y... Šešėlis corriendo por todos y cada uno de los pasillos del castillo, llenando los mismos de barro y de babas.
El lobo cada día crecía más y más para disgusto de todos los sirvientes del hogar, pues también se iba haciendo más revoltoso y siempre andaba mordisqueando y destrozando varios objetos valiosos del castillo.
Helena se dio cuenta de los desastres que causaba su animal, así que, con gran pesar, decidió trasladarle al exterior del castillo, en una cabaña acomodada con comida y agua. Sin embargo, sin saber cómo, el lobo siempre lograba escapar de allí y colarse en el castillo. Al menos esto era lo que hacía todas las mañanas.
Šešėlis había adquirido la costumbre de ir a despertar a su dueña todos los días y para ello corría hacia sus aposentos, empujaba la puerta fuertemente abriéndola así y saltaba sobre la cama de Helena y Nikolai sin miramiento alguno mientras les llenaba de lametones toda la cara.
Ese día no fue distinto.
_ ¡Šešėlis! ¡Para de una vez! _Exclamó Nikolai al sentir la húmeda lengua del lobo sobre una de sus mejillas. _ ¡Helena, controla a tu perro!
_ No es un perro... Es un lobo, ¡y bien bonito además! _Respondió la chica mientras se sentaba sobre la cama y comenzaba a acariciar el oscuro pelaje del animal, la verdad es que la encantaba despertarse así todas las mañanas. _ Te lame porque te quiere. Piensa que es su forma de dar besos.
_ Ya, ya...
Dijo el bielorruso consiguiendo por fin apartar al animal de su cara y acariciándole de la misma manera que la lituana. En esto, el lobo, sin previo aviso, agarró con sus dientes un retal saliente de la venda que aún llevaba Nikolai en el brazo, y tiró fuertemente de ella, descubriendo así la piel del joven.
_ ¡Šešėlis, no...! _ Helena le iba a replicar al animal cuando se dio cuenta de que el brazo de Nikolai ya se había curado del todo. No había rastro de la herida. _ ¿Se... se te ha curado ya?
_ ... Sí. _Respondió Nikolai apartando la mirada tras unos segundos.
_ No lo sabía, ¿por qué no me lo dijiste?
_ Porque no quería que nadie se enterara. Así Jánica no me obliga a hacer cosas, con la excusa de que estoy inválido y eso. Pero ya da igual. _Tras decir esto Nikolai chasqueó la lengua en una señal de disgusto, había pasado una temporada muy buena y sin hacer nada debido a la "terrible herida" que sufría en su brazo, pero ahora que su farsa había sido descubierta tendría que retomar sus responsabilidades. O al menos eso era lo que él pensaba.
_ Si quieres te puedo guardar el secreto. Así Jánica no te molestará.
_ ¿Sí? ¿De verdad lo harías?
_ Claro, sé que Jánica puede llegar a ponerse muy pesada con Dmitri y contigo. Así que no le diremos nada a nadie y tú podrás fingir que sigues herido.
Dijo Helena tras guiñarle un ojo como símbolo de complicidad. La verdad era que le gustaba tener secretos que compartir con el chico, pensaba que era algo totalmente romántico e íntimo.
Por otro lado Nikolai, por primera vez en mucho tiempo, sonrió ampliamente moviendo incluso el mechón de pelo que sobresalía en su cabeza, signo de que estaba realmente contento.
_ ... Gracias. _Murmuró el chico. "Gracias" era la palabra que más le costaba decir en el mundo, pero esta vez le había salido de forma relativamente fácil, no sabía por qué.
_ D-de nada. _Susurró la chica un tanto ruborizada al ver que Nikolai estaba feliz. Ella le había hecho feliz por primera vez. _ Además, me gustaba echarte la crema sobre el brazo. Olía bien.
_ Puedes seguir echándola.
_ Es medicinal y los ingredientes para hacerla son difíciles de encontrar. N-no quisiera molestar al médico más.
_ Mmm... Puedes hacerlo con otra cosa. _Dijo pensativo Nikolai.
_ ¿Con qué?
_ Con los aceites que tienes en el tocador. Huelen bien.
_ Sí, podría hacerlo con eso. ¿N-no te molesta?
_ No. _Dijo Nikolai mientras negaba con la cabeza un par de veces. _ Vamos a hacerlo ahora.
_ V-vale. _Dijo Helena algo nerviosa y emocionada. Desde hacía unos días Nikolai estaba extremadamente amable con ella, cosa que la extrañaba en demasía pero no por ello la gustaba menos. A decir verdad la encantaba esa nueva actitud que estaba teniendo su esposo.
Tras escuchar la afirmación de la chica, Nikolai se levantó de la cama con intenciones de dirigirse hacia el tocador, sin embargo algo se lo impidió: Šešėlis.
El lobo saltó de la cama también y comenzó a ladrar mientras salía corriendo de la habitación. Si bien es cierto que los lobos no suelen ladrar muy a menudo, Šešėlis lo hacía con frecuencia cuando quería jugar, y no paraba hasta que le hacían caso. De modo que a Nikolai no le quedó más remedio que perseguir al lobo e intentar calmarle.
_ ¡Esta noche lo hacemos, Helena! ¡Ven aquí maldito bicho!
Y dichas estas palabras Nikolai salió corriendo tras el lobo.
Después de un par de minutos llenos de resbalones en las alfombras del castillo y de pequeños gritos por parte de las criadas que se los encontraban por el camino, Nikolai alcanzó al animal, y lo hizo nada más y nada menos que en la Torre de Mensajería.
Allí el lobo se escondió bajo la mesa en la que había estado durmiendo desde el primer día que llegó al castillo y se tumbó, moviendo el rabo en espera a que Nikolai le encontrara y pudiera seguir jugando con él.
Sin embargo Nikolai tenía otras cosas más importantes que hacer, como por ejemplo leer una carta que acababan de recibir. La traía un ave de color parduzco y de gran tamaño. Nunca antes había visto un ave como aquella llegar hasta sus dominios, de modo que con presteza fue a coger la carta y ver de quién era.
_ ... Mierda. _Dijo el chico al leer el contenido de la pequeña carta.
"A la Mancomunidad Polaco-Lituana,
Me complace informaros de que ahora Dmitri se encuentra justo en el lugar donde debe de estar, a mi lado, y que nada ni nadie podrá apartarlo de mí.
Estoy dispuesta a luchar si es preciso por conservarle conmigo, pero sería una pena derramar más sangre de la que ya hemos derramado.
La decisión es vuestra.
_ Dilara, Imperio Otomano"
Al acabar de leer la carta el bielorruso hizo rodar los ojos y guardó el trozo de papel. Esto traería problemas, graves problemas además.
El Imperio Otomano había raptado a su hermano mayor, en cuanto Jánica se enterara de esto se pondría histérica, no le apetecía nada decírselo pero... ya había perdido a Anya, no quería perder a Dmitri también, por muy tonto y pesado que le pareciera, así que fue a buscar a Jánica para contarle todo el asunto de la carta...
_ ¡Jánica! ¡Abre la puerta! _Gritó Nikolai desde el otro lado de los aposentos de la chica.
_ ¿Qué quieres? _Preguntó Jánica con un acento de voz algo extraño aún sin abrir la puerta.
_ ¡Abre la puerta de una vez! ¡Tengo algo importante que decirte!
_ No. No quiero ver a nadie ahora.
_ Es sobre Dmitri, estúpida.
Al decir esto, Jánica abrió la puerta rápidamente, revelando su figura, pero esta vez estaba muy distinta. Llevaba el pelo algo despeinado, uno de los vestidos más sobrios y sosos que tenía en su armario y sus bonitos ojos estaban tintados de rojo. Parecía haber estado llorando toda la noche.
_ Tienes un aspecto horrible.
_ Cállate y dime qué le pasa a Dmitri. ¿Le has encontrado?
_ No, pero ha llegado esta carta. Toma.
Dijo Nikolai mientras le tendía el sobre a la polaca. Cuando ésta la leyó su cara adquirió una expresión de sorpresa absoluta. Arrugó el papel en sus manos y cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo su corazón se envenenaba con rabia y tristeza.
_ ¡Maldita turca, sucia ramera! ¿¡Por qué hace estas cosas!? ¡La detesto, la detesto, la detesto! _Exclamó Jánica mientras derramaba casi sin quererlo lágrimas de pura rabia. Algo que sorprendió en demasía a Nikolai. _ ¿Dónde está Helena?
_ En la habitación.
_ Voy a buscarla ahora mismo. _Dijo la rubia limpiándose las lágrimas e intentado calmarse un poco._ Tenemos que preparar una guerra.
Y sin decir nada más Jánica salió de su dormitorio y caminó con paso decidido hasta los aposentos de su amiga y compañera de guerra. Prepararía algo grande, muy grande, que acabaría de una vez por todas con Dilara. De eso estaba segura...
Mientras tanto, casi en las fronteras de Ucrania, Dilara había asentado un campamento en el que descansar allí. El viaje hasta su casa era largo y no podía forzar a los caballos a correr sin descanso. Además, Dmitri aún no se había despertado y la chica pensó que lo mejor sería dejar su cuerpo descansar sobre algo que no fuera un caballo.
De modo que le acomodó en una de las tiendas, sobre algunos cojines y mantas y se quedó allí con él hasta que despertó. Lo cual no tardó mucho en sucederse.
_ ¿D-dónde estoy...? _Murmuró Dmitri mientras se sentaba sobre las mantas y se palpaba la cabeza. Aún le dolía un poco.
_ Merhaba(*), mi príncipe de cabellos de oro. _Saludó la turca acariciando una de las mejillas del ucraniano.
_ ¿Dilara? ¿P-pero qué...? ¿Me has raptado? _Ante su pregunta la chica apartó la mirada y sonrió con tristeza. _ No deberías haberlo hecho...
_ Lo siento, pero a veces hay que meter en la gente en pequeños problemas para que sigan sus sueños.
_ ¿Pequeños? ¡Querrás decir grandes problemas! ¡M-me has secuestrado!
_ ¿Y qué otra cosa iba a hacer? Esta es la única manera de que estés conmigo.
_ Pero es que yo no debo estar contigo.
_ ¡No debes, pero quieres! ¡Y tú lo sabes!
_ ¡Da igual lo que quiera, soy una nación, no puedo pensar en mí mismo! ¡N-ninguno podemos!
_ ¡Para mí no eres simplemente una nación Dmitri! _Exclamó la chica ya alzando la voz. _ ¡Yo te quiero de verdad! ¡Te amo!
Tras estas declaraciones ambas naciones se quedaron en silencio durante unos segundos.
Dmitri sentía en su garganta un nudo que quería liberar, pero su raciocinio le estaba pidiendo a gritos que no lo hiciera, que recapacitara, que volviera lo antes posible.
Sí, debía hacerlo, eso sería lo que haría... O lo hubiera hecho si no hubiera mirado a los ojos a Dilara. Si no hubiera clavado su mirada en los bonitos ojos de la chica...
Desprendían amor, un amor tan poderoso que había arriesgado a toda su nación solo por estar con él. Se había arriesgado a sufrir su total destrucción solo por estar con él. Nunca nadie había hecho algo así por él...
Dmitri acabó por suspirar levemente. Se acercó a la chica y la abrazó con fuerza.
_ Y yo a ti...
De este modo el día dejó paso a la noche y con ella llegó la calma.
El día en el Castillo Real de Varsovia había sido de lo más estresante. Casi más estresante que el día previo a la ceremonia de matrimonio, o al menos así lo fue para Jánica y Helena, quizás más para ésta última.
Jánica había estado muy nerviosa, llegando casi al histerismo, y se había dedicado a idear mil y una estrategias de combate para rescatar a Dmitri y para acabar con Dilara de una vez por todas.
Helena quería rescatar a Dmitri también, por supuesto, pero en esta ocasión ella fue más realista. Sabía que sería imposible trazar todo aquello que quería hacer Jánica en un solo día, ¡no lo conseguirían ni aunque estuvieran toda la noche despiertas!
Sin embargo se guardó sus opiniones pues, si hubieran raptado a Nikolai estaba segura de que ella habría caído en el mismo histerismo en el que había caído Jánica. Así que puso todo su empeño en ayudar a su amiga.
El resultado de tantas y tantas horas de trabajo continuado y sin descanso fue el agotamiento casi por completo de Helena.
Así que, cuando Jánica estuvo satisfecha con lo que habían hablado y pactado, se dirigió a su cuarto directamente. Ni siquiera pasó a darle las buenas noches a Ona, esta vez no. Lo único que quería era descansar en su dormitorio.
No tardó mucho en llegar a su alcoba a pesar de que sus piernas cansadas sufrían por cada escalón que subía, entró en ella y, tras cerrar la puerta tras de sí, suspiró aliviada.
_ Por fin...
_ Helena, a buenas horas vienes.
Helena se giró al escuchar la voz de Nikolai, iba a explicarle todo lo sucedido cuando se quedó sin palabras al ver lo que llevaba puesto el chico encima: Nikolai estaba ataviado con unos pantalones típicos para salir, como siempre, sin embargo, cubriendo su torso... no había nada. Tenía la parte superior de su cuerpo totalmente descubierta.
La lituana ya había visto al chico así en anteriores ocasiones, pero esta noche era distinta, o ella la sintió así, no sabía por qué. Quizás fuera por la tranquilidad que inspiraba el castillo aquella noche, o por lo grande y cerca que se veía la Luna a través de su ventana, o quizás por la iluminación de la habitación, compuesta tan solo por escasas velas.
Esto hizo que todo el cansancio de Helena se disipara y que sus mejillas adquirieran cierto calor.
_ ¿Qué haces ahí parada? Vamos, ven.
_ V-voy. _Dijo Helena saliendo de su pequeño estado de ensoñación mientras se sentaba en la cama al lado de su esposo.
_ Como eres una tardona he cogido yo un aceite. Vamos, échamelo. _Demandó el joven con cierta impaciencia.
Helena, sin esperar un segundo más, cogió el aceite y comenzó a esparcirlo por todo el brazo del chico llegando a su hombro esta vez. Nikolai, en cuanto notó las suaves y cálidas manos de la lituana acariciándole sintió todo su cuerpo relajarse. Cerró los ojos y disfrutó de su tacto.
_ E-espero que Dmitri esté bien. _Dijo de pronto Helena, aquel silencio, aunque le gustaba, le estaba poniendo un poco nerviosa, casi tan nerviosa como el día en el que se suponía que debía encamarse con Nikolai. Así que decidió comenzar una pequeña charla.
_ ¿Mh? ¿Dmitri? Bah, seguro que está bien. Tiene muy buena relación con la turca esa. Demasiada buena relación.
_ Es raro... Un día se quieren matan y al siguiente día... N-no sé. Es raro.
_ Ya. Pero a mí me da igual, y a ti también. Ahora calla y sigue.
Demandó el chico colocándose más cerca de la lituana para que ella pudiera continuar sus caricias por su espalda. Helena no pudo evitar soltar una pequeña risa ante los gestos de Nikolai y su caprichosa petición. Estaba claro que quería que toda la atención se pusiera en él en ese momento.
Sin embargo, Helena detuvo su risa y la sustituyó por un pequeño quejido de dolor al estirar su brazo para alcanzar la espalda del chico. Sintió cómo una punzada de dolor la recorría desde uno de los músculos de su hombro hasta su espalda.
Nikolai, que escuchó la pequeña queja, se giró para ver qué le sucedía a la chica.
_ ¿Qué te pasa?
_ N-nada, que me he hecho daño. Me duele la espalda, supongo que la tengo un poco cargada debido al estrés de hoy y demás. Se me pasará.
_ Mmm... A Dmitri eso también le pasa. Se cura dando un masaje en la espalda.
_ A-ah... Ya veo. _Tras decir esto la chica se quedó en silencio durante unos segundos, no sabiendo muy bien qué hacer.
_ No te quedes ahí parada, boba. Date la vuelta.
Helena, sin decir nada, sin oponer resistencia alguna le dio la espalda al bielorruso y retiró su pelo de la espalda para facilitarle su trabajo. No podía creerlo, Nikolai la iba a dar un masaje a ella. Eso era algo que nunca antes había pasado.
_ Será difícil con el vestido puesto... _Murmuró Nikolai para sí mismo mientras ideaba una forma para poder darle el masaje a la chica sin manchar su vestido con el aceite.
_ ¿Q-quieres que me lo quite? _Se aventuró a preguntar Helena, que había oído al chico.
_ E-em... Eso sería... sería bueno si lo hicieras. _Respondió Nikolai un poco nervioso ante la propuesta de la chica. Odiaba ponerse nervioso, pero el solo pensar que vería a Helena así... le inducía en este estado. Sin embargo intentó aparentar tranquilidad.
La chica asintió un par de veces y, con cuidado, desabrochó su vestido abriendo los botones que tenía en uno de los laterales del mismo, de modo que la prenda fue cayendo poco a poco desde sus hombros hasta su cintura, dejando su pálida espalda totalmente descubierta.
Nikolai, en un impulso que no pudo contener, dirigió sus manos directamente hacia las espalda desnuda de la muchacha. Helena, al sentir aquel frío tacto, pues Nikolai tenía las manos heladas, dio un pequeño respingo, pero esto duró poco tiempo, solo hasta que sintió cómo Nikolai comenzaba a acariciar con suma delicadeza su cuerpo, casi sin tocarla, apenas rozándola con las yemas de sus dedos...
_ N-Nikolai... no me haces daño, puedes presionar con más fuerza, s-si quieres. _Dijo la lituana en un susurró al notar las casi etéreas caricias sobre su espalda.
El chico simplemente asintió, aunque Helena no podía verle, e hizo un poco más de fuerza en sus roces. Acarició a la chica sobre los hombros y fue bajando, queriendo grabar en las palmas de sus manos cada centímetro de su espalda, cada curva que tuviera, cada recoveco... Cuando llegó a la cintura descansó allí las manos. Le parecía muy llamativo lo marcadas que tenían la cintura las mujeres, esa curva separaba las dos ramas de la vida: Las caderas, por donde daban a luz a sus descendientes, y los pechos, con los cuales los alimentarían.
Era increíble, tanto que Nikolai no pudo evitar acariciar la cintura de la chica durante largos segundos.
Helena, por otro lado, notaba cómo su respiración se hacía cada vez más entrecortada, ligeramente más rápida. Su piel se había tensado un poco y el pelo de su nunca se había erizado. Las mariposas que había sentido en el estómago aquella mañana ahora volaban más fuertes que nunca, era una sensación terriblemente agradable, un dulce veneno que le hacía querer más y más...
Y Nikolai no se sentía de manera diferente. Su cuerpo estaba comenzando a reaccionar de una manera un tanto peculiar, pero esta vez no le importó mucho, dejó que su cuerpo hiciera lo que quisiera.
Él continuó acariciando el cuerpo de la chica, subiendo y bajado por la curva de su cintura, hasta que... hasta que su roce fue un poco más allá: Nikolai, sin querer, tocó ligeramente, con la punta de uno de sus dedos, uno de los senos de Helena.
Fue un inocente roce, una caricia que no duró más de un segundo, pero que sin duda ambos sintieron...
Helena, en un momento de valor, se giró y miró a Nikolai a los ojos. El chico, totalmente perdido, la miró también, pero no mantuvo sus ojos en un solo punto como había hecho ella, no. Él la admiró por completo, se deleitó con su imagen, con la redondez de sus formas. Ella era tan distinta a él... Las mujeres eran un mundo a parte eran algo... deseable. Muy deseable.
El joven, dejando a su cuerpo hacer, tumbó a la chica sobre la cama y se posicionó sobre ella, reteniéndola, impidiendo que se moviera con su peso. Cubriendo su pecho con su torso...
Y se olvidó de todo. Se olvidó de que su hermano había sido capturado, se olvidó de los histerismos de Jánica, se olvidó... incluso de Anya. Se olvidó de Anya por un momento, sintió que estando con Helena estaba completo, que no necesitaba nada más...
Nikolai entonces, acarició la mejilla de la lituana y vio como ésta cerraba los ojos ante su tacto. Se acercó a ella poco a poco, a sus labios, a sus apetitosos labios. La devoraría aquella noche...
O eso creía él.
De pronto, la puerta del dormitorio se abrió dejando paso a una figura peluda y de color negra que, a gran velocidad, se abalanzó sobre la cama de los dos jóvenes.
Una palabra: Šešėlis.
El lobo se había tirado de lleno contra la cama haciendo que Nikolai cayera de la misma y rompiendo todo aquel aura romántico que se había creado en la habitación momentos anteriores.
_ ¡Š-Šešėlis! ¿Q-qué haces tú aquí? _Preguntó la lituana saliendo de su pequeña ensoñación y volviendo a ponerse el vestido rápidamente.
_ ¡Maldito bicho! ¿¡Cómo diablos puede abrir la puerta!? _Exclamó Nikolai bastante enfadado mientras señalaba acusatoriamente al lobo, el cual, respondió lloriqueando y moviendo la cola muy despacio.
_ No lo sé, q-quizás tiene más fuerza de la que pensamos...
_ ¡Voy a poner un candado!
_ Nikolai... No le grites, el pobre no sabe lo que ha hecho. S-solo quería estar con nosotros.
El bielorruso miró al lobo con enfado infinito, pero decidió dejar las cosas como estaban, no quería comenzar a discutir con Helena sobre si atar al lobo en el exterior o no, como otras veces se lo había propuesto. No, eso no entraba en sus planes, así que, por primera vez desde que tenía memoria, se tragó sus palabras, se metió en la cama de nuevo, se arropó y se dispuso a dormir.
_ Chucho...
Continuará...
Notas de la autora:
merhaba: Hola
