Capítulo 11: Moras rojas

El sonido del metal chocando nunca había sido una señal de mal augurio en el Castillo Real de Varsovia, siempre era un signo de vitalidad, de energía. Los tenedores, cuchillos, cucharas y cacerolas colisionando entre sí en las cocinas daban a entender que lo más preocupante en el castillo en ese momento era la decisión sobre qué prepararían los cocineros para desayunar y si les daría tiempo a guisarlo todo antes de que las pequeñas naciones despertaran de sus dulces y apacibles sueños... Mas no esa mañana.

Esa mañana el sonido del metal golpeando se escuchaba de la misma manera, sí, pero en esta ocasión no se trataba del metal de la cubertería, sino del metal de las espadas de los soldados y guerreros del castillo.

Desde hacía varias horas, casi desde antes del amanecer, se hallaban practicando y luchando entre sí bajo las estrictas órdenes de Jánica.

Habían pasado cuatro semanas desde la desaparición de Dmitri, o más bien desde el rapto de Dmitri, a manos del Imperio Otomano y Jánica ya se preparaba para comenzar otra guerra más contra la turca. ¿Cuántas veces habían luchado ya? ¿Cuántas veces por los territorios de Ucrania? ¿Cuántas veces por el afecto de ese hombre? Habían sido tantas, tantas veces que la polaca ya había perdido la cuenta. Pero esta vez estaba decidida a acabar con todo. Ya no tendría que contar más, esta sería la lucha definitiva: Acabaría al fin con el Imperio Otomano. Destruiría a Dilara por completo.

Jánica estaba totalmente decidida a ello. Nada más le importaba, esa idea ocupaba enteramente su mente. Ya no había tiempo para pensar en qué vestidos le sentarían mejor, si su pelo aquella mañana se veía en su sitio, si su piel se encontraba lo suficientemente hidratada... Esas cosas habían pasado a un segundo plano. Ahora la chica se conformaba con usar un austero y viejo vestido de colores apagados, su pelo recogido con una tiara de cuero, bien sujeto, y en su mano... Había sustituido los costosos y delicados guantes de encaje por una espada bien afilada.

Sus ojos brillaban como el mismísimo fuego del infierno. Siempre preparada para luchar. Siempre preparada para matar. Y es que, ya se sabe, el corazón de una mujer despechada es oscuro y cruel como una rosa negra con espinas.

Sin embargo, en medio de todo este estado de cólera, nerviosismo y exacerbación, dos personas vivían en un mundo completamente diferente, se podría decir que opuesto, una situación de felicidad casi absoluta: Nikolai y Helena.

Los corazones de ambos jóvenes no eran negros como el de Jánica, no presentaban esa oscuridad propia de las noches sin Luna que a veces se alzaban sobre los cielos, no, su corazón era puro, blanco y brillaba como el Sol. Estaban llenos de vida.

Y sus razones tenían, claro, y Nikolai tenía mucho que ver con ellas.

El joven bielorruso estaba muy tranquilo, quizás demasiado, pero es que había estado recibiendo varias cartas de parte de Dmitri en las cuales el rubio afirmaba que se encontraba bien, que estaba intentando escapar por todos los medios posibles del lado de Dilara, pero que aún no había tenido la ocasión. Que esperaran y rezaran por él.

A pesar de las afirmaciones de Dmitri, Nikolai sabía que nada de lo que decía era cierto. ¿Escapar del lado de una mujer tan bella y con un cuerpo tan sensual como el de la turca? ¿Y además amándola como él la amaba? ¡Habría que estar loco para intentar escapar! Bien sabía el pequeño bielorruso que su querido hermano mayor estaba gozando de su cautiverio.

Y él estaba dispuesto a gozar del cautiverio de éste de igual modo cómodamente desde el castillo.

Con Dmitri fuera, Jánica se había confinado en sus aposentos a idear mil y una tramas y estrategias para recuperar a su esposo. El resultado de esta reclusión era un precioso tiempo libre que él aprovechaba muy bien junto a Helena.

La pareja tenía el castillo para ellos solos. Para él y para Helena únicamente.

La verdad es que últimamente el chico estaba muy a gusto con la lituana. Se había acostumbrado ya a sus innumerables gestos de cariño, sus tiernas miradas, sus dulces palabras... Y eso, ciertamente le gustaba. No lo admitía abiertamente, mucho menos delante de la joven, pero le gustaba. No se sentía rechazado, no se sentía a la sombra de su hermano mayor... Se sentía parte de algo, parte de alguien. Lo que sentía su corazón era... felicidad. Por primera vez en mucho tiempo sentía felicidad.

Todo esto hizo mella en Helena también, la cual estaba más que contenta con el cambio de actitud de su esposo. Su talante melancólico de siempre había cambiado a uno optimista, ¿y cómo no hacerlo? Por fin Nikolai la quería, o al menos empezaba a hacerlo.

Así que, ¿para qué iba Nikolai a decirle nada a Jánica sobre las cartas que le enviaba Dmitri? Dejaría que sufriera un poco, solo un poco más.

Aquella mañana, en la que el Sol se asomaba tímidamente entre las nubes y donde una suave y fría brisa se colaba entre las hojas de los árboles, Helena caminaba dando saltitos por los pasillos del castillo. El vestido azul cielo que llevaba se movía con viveza con cada pequeño salto o vuelta sobre sí misma que daba. Iba un tanto distraída tarareando una canción que recientemente le había enseñado Ona, tanto era así que sin querer chocó con Jánica.

_ ¡Ten más cuidado! _ Exclamó la polaca mientras se recolaba la tiara que sujetaba su pelo sin tan siquiera mirar contra quién había tropezado. _ Oh, como que, eres tú, Helena.

_ ¡L-lo siento, Jánica! No iba mirando por donde iba. _Dijo Helena mientras soltaba una pequeña risita nerviosa. _¿Estás bien?

_ Hmp, sí, pero no mejor que tú, según veo.

_ ¿A qué te refieres?

Las palabras de Jánica eran sibilinas como las de una cobra venenosa. Pero Helena era demasiado ingenua y estaba demasiado feliz en esos momentos como para notarlo.

_ A que estás muy relajadita últimamente, ¿no crees? Con todo lo que estamos pasando en el castillo y tú...

_ ¿Y yo qué? _Preguntó Helena mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, mostrando así cierta distancia entre ella y su amiga. Ahora empezaba a sospechar por dónde iría esa conversación y no tenía ganas de discutir.

_ Y tú haciendo el... ¡el bobo! Con Nikolai.

_ ¿¡El bobo!?

_ ¡Sí, el bobo!

_ ¿¡Acaso han vuelto a dar problemas los Teutones!? ¿Te han llegado noticias de ellos estos días?

_ Pues no, pero ¿eso como qué tiene que ver?

_ ¡P-pues que de ellos me estoy encargando yo! _Exclamó ahora Helena. Ya estaba harta de que Jánica la despreciara, la infravaloraba. Por una vez le diría todo lo que pensaba. _ N-nunca te das cuenta de que yo también hago mi parte. Yo también tengo mi lucha, ¿sabes? ¡Y l-lo hago muy bien! ¡Yo también trabajo, defiendo mis territorios aunque tú no lo quieras ver!

_ Oh, vaya, ¿ahora vas a ir de víctima, Helenita? Bueno, la verdad es que te pega, siempre eres así. La culpa siempre es de los demás. Tú eres como que una "pobre princesita" que nunca ha roto un plato, ¿verdad?

_ ¿¡P-pero qué estás diciendo Jánica!?

_ ¡La verdad! Siempre te estabas quejando: Que si Nikolai no me quiere, que si Nikolai me odia, que si Nikolai, Nikolai, ¡Nikolai! Ya basta de tanto Nikolai, estoy súper harta.

_ ¡Pero si ya no he vuelto a decir nada de Nikolai!

Ambas representantes estaban gritando en medio del pasillo. Sus chillidos habían llegado a tal punto que solo se las oía a ellas en todo el castillo. Las criadas habían dejado de murmurar, los caballeros habían detenido sus espadas... Todo por el temor que infundaban ellas dos. Sus voces habían paralizado por completo a cada uno de los habitantes de aquel castillo.

_ Escúchame, Jánica... S-siento lo que le ha pasado a Dmitri, de verdad pero... ahora solo podemos esperar. No podemos ir a los territorios de Dilara, masacrar a cada persona que veamos y exigir que nos devuelvan a Dmitri. Las cosas no se hacen así y lo sabes... H-hay que firmar actas y... y m-mucho más. _Dijo Helena intentando calmarse. _ Mientras tanto...

_ Mientras tanto vas a dedicarte a lo tuyo y seguir haciendo arrumacos con Nikolai, ¿verdad?

Espetó Jánica mientras notaba cómo las lágrimas intentaban escapar de sus ojos. En el fondo sabía que lo más sensato era esperar, que no podía iniciar una guerra así por las buenas. Debía saber más sobre el rapto de Dmitri. Pero no podía evitar querer acabar con todo rápidamente. No podía evitar sentir celos de Helena, ver que a ella todo le iba bien ahora... Eso podía con su corazón.

La lituana iba a replicar pero Jánica fue más rápida y se giró sobre sí misma quedando de este modo de espaldas a Helena. Sin más dilación echó a andar a paso presuroso a pesar de las demandas de Helena, la cual le decía que esperara, que se detuviera. Pero la polaca no le hizo caso alguno. Caminó hasta sus aposentos y allí se abandonó al más terrible de los llantos...

La lituana por otro lado suspiró con cierta tristeza y caminó hacia el patio para reunirse con su esposo. Odiaba pelearse con Jánica, a fin de cuentas era su mejor amiga, pero no le quedaba de otra, la polaca podía ponerse muy irascible cuando se encontraba bajo estrés.

Decidió no darle más vueltas, esta pequeña pelea no iba a dejar que su buen humor se viniera abajo, así pues puso la mejor de sus sonrisas y fue al patio principal.

Buscó durante un par de minutos a Nikolai, pero no le encontró por ningún lado: No estaba bajo el gran roble, tampoco en el campo de los rosales, ni en el laberinto que adornaba el jardín. De este modo decidió sentarse en una de las fuentes más cercanas y jugar con el agua hasta que llegara el bielorruso.

Por otro lado Nikolai se había entretenido jugando con Šešėlis, el cual había comenzado a ladrar demandando sus caricias y su atención en cuanto salió por la puerta. Al principio el bielorruso se mostró reacio a darle tales afectos, pero el lobo no paraba de seguirle allí donde fuera y, con tal de que le dejara tranquilo, le acarició durante unos minutos.

Consciente de que llegaba tarde a su encuentro con Helena corrió tan rápido como pudo tras jugar un rato con el lobo. Un tiempo después llegó al jardín principal y se dirigió a la fuente, sabía que ese era uno de los lugares favoritos de la lituana, así que fue hacia allá sin dudarlo.

Para fortuna suya acertó, allí estaba Helena, de espaldas a él y con una mano metida en la fuente, acariciando con suavidad el agua. Nikolai detuvo su paso en cuanto la vió. Verla en aquella pose, en aquel lugar tan idílico, le paralizó el corazón durante unos segundos. La chica se asemejaba a una de las musas que salían en los cuadros que adornaban las salas del castillo, estaba simplemente preciosa, o al menos así él lo creía.

Tras darse cuenta de los gratos pensamientos que estaba teniendo para con la lituana, agitó su cabeza de lado a lado un par de veces y luego se acercó a ella con sigilo, pues pretendía darle una sorpresa (o más bien un susto).

_ ¡Booh! _Exclamó Nikolai mientras le cogía de los hombros a Helena.

La reacción de la lituana no se hizo de esperar: Su cuerpo dio un fuerte respingo y soltó un pequeño chillido. Fue tal el sobresalto que sufrió la muchacha que por poco casi cae a la fuente. Por suerte el bielorruso llegó a agarrarla y la acercó a su pecho, previniendo su caída.

_ Joder, Helena, qué asustadiza eres. _Dijo Nikolai mientras intentaba ocultar una pequeña sonrisa en sus labios, la reacción de la chica le había hecho gracia.

_ No digas palabrotas, Nikolai... Ya sabes que Ona no nos deja hablar de ese modo. _Dijo la lituana escondiendo su rostro en el torso del chico mientras se aferraba a él, en parte por la vergüenza que había sentido al casi caer al agua y en parte porque el tener al bielorruso así de cerca, hacía que un ligero rubor se apoderara de sus mejillas.

_ Ya, ya. Hablando de palabrotas, la tonta de tu amiga iba diciendo unas cuantas.

_ ¿Quién? ¿Jánica? _Preguntó la chica ya separándose de su esposo.

_ Me la he encontrado cuando venía hacia aquí y no hacía más que soltar blasfemias por la boca mientras lloraba. _Explicó Nikolai tras asentir a la pregunta de Helena. _¿Tú sabes qué la pasa? No es que me importe, pero temo que su mal humor haga mella en nosotr-... digo en mí.

_ Hemos tenido una pequeña discusión antes, p-pero no ha sido nada serio. Está preocupada por Dmitri...

_ Bah, mi hermano está bien. Mejor que nunca me atrevería a decir. _Dijo el chico susurrando casi para sí mismo esta última parte.

_ ¿Cómo puedes saber eso?

_ Porque lo sé y punto. No le des más vueltas. _Espetó Nikolai mientras miraba con cierta frialdad y determinación a la lituana. Ante esta mirada la muchacha bajó los ojos hasta su regazo. _Hoy hace buen día. Salgamos por ahí.

_ ¡Vale! _Exclamó más animada la chica. El hecho de que el bielorruso quisiera pasar el rato con ella era motivo de tal alegría, por supuesto. _ ¿Dónde quieres ir?

_ No sé, al mercado, por ejemplo. Puede que allí halla trovadores o acróbatas o simplemente alguna vieja haciendo un escándalo porque el pescadero tiene los precios muy altos. ¿Así que, qué dices?

_ Vayamos, vayamos _Dijo la joven mientras reía ante el último comentario de Nikolai.

Hechos ya los planes, los dos representantes se cogieron de la mano, salieron del castillo a pie e iniciaron su caminata hasta la plaza principal de Varsovia, lugar donde se encontraba el mercado en cuestión.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, en un lugar del mundo bien distinto a Polonia, un joven de cabellos dorados como la más brillante de las madejas de oro, reposaba su cabeza sobre las piernas de una muchacha de piel ligeramente bronceada y ojos tan preciosos como dos esmeraldas.

Se trataban de Dmitri y Dilara.

El ucraniano y la turca estaban descansando en la habitación de la última, la cual estaba exquisitamente decorada con tapices de vivos colores, cojines de suavísimas telas y con bonitos estampados, varios grabados adornando sus paredes y el típico moviliario de dormitorio, pero hecho con la más exquisita de las maderas.

Al lado de los jóvenes reposaba una bandeja de plata rebosante de deliciosos dulces típicos de la gastronomía turca, tales como las delicias turcas, acompañados de un par de tazones con leche y miel.

Ambos se encontraban en una posición de lo más romántica, verdaderamente parecían marido y mujer. Acaramelados hasta más no poder, regalándose la más dulce de sus miradas, la más tierna de sus caricias, dedicándose palabras de afecto que no tenían nada que envidiar a las que aclamaban los poetas en las plazas de las ciudades... Todo era simplemente perfecto.

Al menos el ucraniano así lo creía. Habían pasado ya cuatro semanas desde que Dilara lo llevó con él y, aunque al principio intentó escapar como pudo, pues sabía que lo que se avecinaría si se quedaba allí sería una terrible y sangrienta guerra, finalmente escuchó a su corazón y decidió disfrutar de su estancia junto a la mujer que amaba el máximo tiempo que Dios le permitiera. Ya se encargaría después de las guerras, ya se encargaría después...

Dilara, por otro lado, se hallaba un poco inquieta. Si bien era cierto que ella había insistido para que Dmitri abandonara sus principios como nación y se entregara a su corazón, ahora era ella la que tenía sus dudas. Y cómo no tenerlas. Cada poco tiempo a sus oídos le llegaban informaciones de sus fieles soldados relatándola que algunos pueblos ucranianos habían comenzado a asaltar sus ciudades, que habían matado a cientos de personas, incluidos mujeres y niños, civiles que poco o nada tenían que ver en los asuntos de guerra...

Empezaba a tener sus dudas. Irónicamente ella, la que había iniciado todo aquello, comenzaba a tener sus dudas y, por más que intentara disiparlas de su cabeza e intentar centrarse en el chico por el que su corazón latía con fuerza y pasión, los gritos de horror de sus ciudadanos le asaltaban en sus más terribles pesadillas.

En esto, la chica sintió cómo una lágrima caía por una de sus mejillas. La presión había podido con ella por un segundo. Rápidamente se frotó los ojos para así hacer desaparecer aquel pequeño y triste riachuelo salado, pero éste fue más rápido, logró deslizarse por su rostro y cayó sobre la frente de Dmitri, el cual abrió los ojos con cierta perplejidad.

Al encontrarse con la triste expresión de la turca, rápidamente se incorporó y se sentó frente a ella mientras colocaba sus manos sobre los hombros de ésta en un gesto de cariño y de ánimo.

_ Dilara, ¿qué ocurre? _Preguntó con enorme preocupación el chico.

_ Nada, no me ocurre nada, mi príncipe de cabellos de oro. _Contestó la chica acabando de limpiarse los ojos e intentando ocultar su desazón como podía, aunque sus esfuerzos eran inútiles.

_ ¡Claro que te ocurre algo! E-estás llorando... Dime por qué. _Rogó el rubio mientras pasaba a acariciar una de las mejillas de la turca. _Por favor.

_ Dmitri... ¿alguna vez has tenido pesadillas tan terroríficas que te hayan despertado de golpe, con el rostro húmedo y los ojos rojos? ¿Pesadillas en las que prima el color rojo y en el que las risas de los niños se ven sustituídas por estridentes gritos de horror? Dime, Dmitri, ¿alguna vez has soñado con la muerte?

Dilara ya no pudo ocultar sus lágrimas por más tiempo y estas cayeron libremente de sus bonitos ojos verdes. Dmitri comprendió enseguida a qué se refería su amante, estaba claro que hablaba del sufrimiento que los ciudadanos padecían por las decisiones egoístas que a veces tomaban los representantes. Sabía que esto pasaría pronto, lo sabía, y solo era cuestión de tiempo que Dilara también se diera cuenta.

_ Dilara... no llores... _Dijo el joven mientras abrazaba a la chica con fuerza, como queriéndola proteger de todo mal que el mundo pudiera causarla.

_ ¡No quiero llorar, pero me sale solo! Yo nunca lloro, pero esto... ¡esto no lo aguanto! Siento una enorme presión en el pecho, no puedo dormir por las noches aunque esté a tu lado, no puedo disfrutar de tus apasionados besos, de tus placenteras caricias por la noche... No puedo, lo lamento, Dmitri, no puedo... _Confesó la chica sintiendo cómo su corazón se rompía dentro de su pecho.

_ Lo sé, es... normal. _Intentó consolarla Dmitri mientras acariciaba su pelo con delicadeza. _ No somos personas, somos naciones... No podemos ser egoístas, por mucho que queramos. Estamos atados, siempre lo estaremos, es el precio que debemos pagar por ser como somos. Siempre deberemos mirar por el bien de otros, por el bien de nuestro pueblo y... d-dejar nuestros deseos a un lado.

Al escuchar estas palabras Dilara abrazó con más fuerza a Dmitri y lloró con fuerza en su pecho. Dmitri hizo lo propio y, como era natural, a él también el llanto se le escapó.

_ Te quiero con todo mi corazón, Dmitri.

_ Y yo a ti también, Dilara.

Al otro lado del Mar Negro los representantes de Bielorrusia y Lituania caminaban ya por el mercado de la capital polaca. Como siempre aquel lugar rebosaba de vida y energía. Los gritos de las buenas señoras intentando vender sus productos era el cántico que más se repetía por allí, pero también las risas de los niños que jugaban y correteaban tras una tosca pelota de piel, el sonido de los instrumentos de cuerda animando el ambiente... "Silencio" era una palabra que en el mercado no existía, pero eso estaba bien, al menos así lo creían las jóvenes naciones.

Empaparse de aquel ambiente bullicioso por unas horas no les haría ningún mal, a fin de cuentas ellos también necesitaban divertirse.

_ ¡Nikolai, mira, mira! _Exclamó la lituana notablemente emocionada mientras señalaba uno de los puestos del mercado. En él se hallaba un artesano que vendía preciosas muñecas. _¡Qué bonitas!

_ Bah, son muñecas, a mí no me gustan.

_ ¿No? ¿Por qué no?

_ Porque son para niñas bobas. _Respondió el chico mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.

_ O-oh... pues a mí me gustan mucho...

_ Mmm... bueno, lo que quería decir es que son para niñas bobas... y para ti. _Dijo Nikolai intentando enmendar su error. Al parecer funcionó pues en el rostro de Helena apareció una pequeña sonrisa y un suave rubor cubrió sus mejillas. _ Quita esa cara de tonta y vamos a mirar más cosas.

Y así, dichas estas palabras, el bielorruso cogió de la mano a su joven esposa, la apartó del puesto y caminó un poco más, siguiendo el sonido de una música vivaz en la que primaban los sonidos de percusión graves.

Al cabo de un rato lograron descubrir el origen de esa embelesadora música que tanto les había llamado la atención.

Se trataba de un pequeño grupo de músicos y comediantes liderados por lo que parecía ser un trovador que vestía mallas de colores estridentes y un sombrero con múltiples cascabeles. Al parecer su función debía de ser muy buena pues tenía una gran multitud a su alrededor aclamándole y aplaudiendo por cada truco que hacía o poema que recitaba.

Nikolay y Helena llegaron casi al final de su número, lo justo para ver algo que les dejó totalmente anonadados: Un escupefuegos.

Del pequeño grupo salió un hombre de aspecto imponente y descamisado que llevaba una rústica antorcha con una flameante llama bailando en uno de los extremos. Mientras la música de tambores sonaba solemnemente, el escupefuegos sopló de manera fortísima creando una gigantesca llamarada que ascendió hasta el cielo, dejando a todo la multitud sin palabras y con los ojos clavados en el espectacular truco...

Sin duda aquella increíble y ascendente llamarada se asemejaba a un dragón que se disolvía poco a poco mientras intentaba alcanzar el cielo, para no lograrlo y acabar convirtiéndose en humo, en una simple quimera, en un sueño...

Esta distracción hacía las veces de ocasión perfecta para que algunos pícaros y ladronzuelos alargaran sus felinas manos y las introdujeran en los bolsos de las buenas damiselas que se encontraban disfrutando del espectáculo... y cómo no, también llegaron al pequeño bolso de tela que portaba Helena aquel día.

_ ¡Eh! ¿¡Qué diablos estáis haciendo!? _Interrumpió Nikolai, raudo como un rayo, al darse cuenta de las intenciones de los rufianes.

Sin embargo éstos, teniendo los reflejos de un gato callejero, en cuanto escucharon la voz del bielorruso, cogieron el bolsito de Helena dando un fuerte tirón y huyeron de allí más rápidos que el viento, siendo seguidos inmediatamente por los representantes de las naciones lituana y bielorrusa.

Corrieron y corrieron por toda la ciudad, llegando incluso a los exteriores de la misma, donde las casas se dejaban de ver y los árboles y pequeñas pendientes terrosas dominaban el territorio...

Un poco más y alcanzarían a los malechores...

_ ¡Quieto, maldita escoria! _Espetó Nikolai mientras agarraba a uno de los ladrones.

_ ¡Suéltame maldito criajo, o te juro que te tiro por esa pendiente! _Amenazó el ladrón señalando una de las pequeñas y empinadas colinas terrosas que adornaban el camino.

Al escuchar este hostil aviso, la lituana hizo acopio de todo el valor que tenía en su corazón y fue a atacar al ladrón que había agarrado a su esposo. Dio un terrible salto acompañado de un grito y se le subió a la espalda.

_ ¡Suéltale tú, deja a mi esposo en paz! _Chilló la lituana.

_ ¿¡Tú también, mocosa!? ¡Maldita sea, ya me he cansado de esto! ¡Ahora veréis!

El ladrón en cuestión movió su cuerpo vigorosamente hasta que consiguió deshacerse de los dos jóvenes y tirarlos al suelo. Pero su rabia no se quedó ahí, no. Lo que hizo después fue mucho peor, incluso terrorífico. Asestándoles un fuerte empujón, los tiró por la pendiente sin miramiento alguno para luego salir corriendo junto al resto de sus camaradas.

Nikolai y Helena rodaron por la pendiente durante algunos segundos que se les hicieron eternos, pues pensaron que la muerte les aguardaría justo al final. Por fortuna para ellos la pendiente no era muy empinada y consiguieron llegar hasta el final de la misma sanos y salvos, tan solo con algunos pequeños rasguños adornando sus delicadas pieles debido al roce con ciertas zarzas que se interpusieron en su camino. Esta vez la Dama de negro y alas de cuervo tendría que perdonarles la vida.

_ Vaya golpe... _Se quejó Helena mientras frotaba con delicadeza su cabeza e intentaba retirar de su pelo ramitas y restos de hojas secas que se habían entrelazado en su pelo.

_ ¡Serán malnacidos! ¡Condenados bastardos! ¿¡Cómo se atreven a robarte!? ¡Debería haberlos atravesado con mi espada!_Gritó Nikolai con impotencia.

_ C-calma, Nikolai. Tampoco ha sido para tanto, solo llevaba un par de monedas. L-lo justo para comprar algo de merendar.

_ ¡Ah, que encima me quedo sin merienda por su culpa!

_ ¡No! Claro que no te vas a quedar si merienda. _Dijo rápidamente la chica intentando sofocar el mal humor de su esposo.

_ ¿Ah, no? ¿Y qué diablos voy a comer? ¡Aquí no hay nada!

_ Claro que hay, solo que no lo sabes encontrar. _Dijo la lituana mostrando en su rostro una mirada de autosuficiencia. Se levantó del suelo y se dirigió hacia las zarzas contra las que anteriormente habían chocado, tras esto cogió algunas moras rojas que crecían allí y se las ofreció al joven. _Ten, se pueden comer, están muy buenas.

_ Amm... pues cojo esta. _Pero justo antes de que el pequeño bielorruso pudiera coger una de las moras Helena le dio un pequeño golpecito en la mano. _¿¡Y eso a qué ha venido ahora!?

_ A que ibas a coger una mora amarga. Mira, coge esta, y esta... y esta también. _Contestó la lituana mientras le apartaba a Nikolai las moras más sabrosas.

Nikolai le hizo caso y cogió una de las que la chica le ofrecía. Cuando se la llevó a la boca sus ojos se abrieron de pura sorpresa ante el sabor tan exquisito que tenía aquella fruta.

_ ¿Rica? _Preguntó la chica mientras le regalaba una bonita sonrisa. Sabía de sobra que su respuesta iba a ser un sí.

_ Mucho. _Contestó Nikolai mientras se llevaba otra mora a la boca y se relamía los labios. _¿Cómo sabías que se podían comer?

_ Ona me lo dijo hace un tiempo.

_ Hmp... algo útil que hace esa vieja.

_ ¡N-Nikolai!

_ Ya, ya... esa "señora mayor". _Rectificó el bielorruso para evitar así un sermón por parte de la lituana. _ ¿Y tú no comes ninguna?

_ O-oh, no, prefiero que te las comas tú. Yo comeré de las pequeñitas.

_ Bobadas. Toma.

_ N-no hace falta, en serio.

_ ¡Helena, te digo que comas de estas!

Y así, tras un pequeño forcejeo que acabó con Helena tumbada boca arriba sobre el pasto y con Nikolai sobre ella aprisionándola, consiguió introducir una pequeña mora en la boca de la lituana, manchando ligeramente los labios de ésta en el proceso.

La chica prontó sintió cómo una pequeña sonrisa se apoderaba de sus labios, era cierto que las moras rojas eran una de las frutas que más le gustaban, pero habiendo cogido tan pocas como las que había cogido, prefirió que las degustara Nikolai.

_ ¿Quieres otra? _Preguntó Nikolai mientras miraba con detenimiento los labios , ahora rojos, de la muchacha.

_ Sí, por favor.

Dicho y hecho. Nikolai cogió una de las moras más grandes y jugosas y la acercó a los labios de la lituana lentamente, mientras veía cómo su esposas cerraba los ojos y abría ligeramente la boca. Una a una el bielorruso fue entregando a su esposa todas y cada una de las deliciosas frutas. Era extraño, pensó él, cómo el simple hecho de darle de comer era entretenido y... estimulante en todos los sentidos de la palabra.

Nikolai se deleitaba al ver la cara de felicidad de la joven al palpar sobre su lengua el dulce manjar silvestre, al ver cómo Helena sacaba de forma tímida y solo de vez en cuando su pequeña, rosada y húmeda lengua para limpiar los restos de la fruta que quedaban impregnados en sus labios...

Aquellos gestos eran el culmen de la sensualidad, parecía que la lituana estaba haciendo esos gestos a posta para tentarle, para que cayera ante ella, ante sus encantos de mujer y se perdiera completamente. Aquellos gestos eran como los cánticos embrujados de una sirena para los marineros que acompaban a Ulises en sus viajes.

Y Nikolai, siendo igual de débil que los marineros ante estos "estímulos", sin más dilación, cogió la última mora que le quedaba y se la comió para sorpresa de Helena, mas en seguida acercó sus labios a los de la chica y la besó con pasión, empapando así en ella todo el sabor de la fruta roja nuevamente, solo que esta vez a Helena le supo más dulce que nunca...

Aquel beso duró un poco más que los besos a los que estaban acostumbrados, Nikolai lo sabía bien, sí, y sabía muy bien que aquellos besos eran los que más le gustaban, los que hacían a su cuerpo arder de una extraña manera, los que hacían que un delicioso hormigueo recorriera su estómago y su vientre hasta llegar mucho más allá.

Y al chico le gustaba mucho esta sensación, al menos le gustaba desde que había leído en el libro que Dilara le regalo a su hermana mayor que eso le aportaría un gran placer. La curiosidad había podido con él y quería experimentar ese placer. Fuera como fuese.

Así pues, con suma delicadeza y cierto nerviosismo, el chico trasladó una de sus manos hacia el rostro de la muchacha y le acarició una mejilla mientras la seguía besando apasionadamente. Poco a poco, la susodicha mano fue bajando pausadamente hasta que llegó a la zona del pecho de la muchacha. Allí la dejó reposando durante cierto tiempo, apretando las formas corporales de la chica un poco incluso y dejando como respuesta a estas peculiares caricias un fuerte sonrojo en las mejillas de Helena. Tras un par de minutos, Nikolai decidió llevar aquellas caricias a un nivel un poco más elevado, decidió que aquello no iba a ser más un juego de niños. Decidió que acabaría lo que había empezado unas semanas atrás.

El recuerdo del cuerpo semidesnudo de Helena, de su bonito rubor sobre sus mejillas, de los suaves gemidos que había soltado cerca de su oído la noche en la que el tonto de Šešėlis les interrumpió no abandonó su mente ni por un segundo. Su cuerpo ardía desde aquel día cada vez que veía a la lituana y ya estaba harto de ese ardor. Quería mitigarlo de alguna manera. Y, tras investigar un poco más en el libro de Dilara, descubrió que la única manera de mitigar aquel fuego que le recorría enteramente era siendo uno con Helena. Encamándose con ella.

Si bien era cierto que allí no había ninguna cama el chico no le dio mayor importancia y continuó con lo planeado allí mismo, sobre el verde pasto del campo.

Un tiempo después, Nikolai rompió el beso que había iniciado con Helena para recuperar el aire y, con cierta ansia y torpeza, se incorporó ligeramente y se quitó la capa y la camisa que llevaba puestas aquella mañana, dejando de esta manera su torso descubierto.

_ N-Nikolai, ¿q-qué estás haciendo? _Preguntó la joven sin poder apartar la mirada del cuerpo semi desnudo de su esposo. _Vas a coger un... un resfriado.

_ No lo voy a coger. Tengo calor. _Dijo Nikolai mientras se rascaba la nuca. _ ¿Tú no tienes calor?

_ B-bueno, yo... _Helena apartó la mirada por unos segundos no muy segura de su respuesta. A decir verdad sí sabía con seguridad la respuesta, pero no sabía si una señorita debía responder.

_ Dímelo, vamos.

_ Sí, yo también tengo calor. _Se atrevió a decir finalmente la chica. _S-siempre que estoy contigo tengo calor, Nikolai. A-aunque no sé muy bien por qué.

_ Mmm... yo sí lo sé.

_ ¿Sí? ¿Y por qué es?

_ Porque quieres "fornicar" conmigo. _Afirmó el chico acordándose de las palabras que habían aparecido en el libro de Dilara y que los caballeros le habían enseñado un tiempo atrás.

_ ¿¡Q-q-q-qué!? ¡N-Nikolai, no digas esa palabra delante de una señorita! ¡O-ona te regañará!

_ Ona no está, así que puedo decir lo que quiera. _Dijo el chico mientras, con un rápido gesto, volvía a posicionarse sobre el cuerpo de la chica. _Además, lo que digo no es ninguna mentira.

_ ¡P-pero no lo llames así! Me da... vergüenza.

_ ¿Y cómo quieres que lo llame sino?

_ ... No lo sé, pero así no.

_ Como sea. El caso es que tú sientes calor porque... digamos que "quieres estar conmigo", y yo siento calor porque "quiero estar contigo". Lo leí en un libro.

_ Y-ya veo. _Dijo la muchacha con la voz temblando por los nervios. _ Antes no querías estar conmigo... el día que renovamos nuestros votos ¿p-por qué ahora sí?

_ No lo sé. _Contestó Nikolai en un susurro mientras encogía sus hombros. _Solo sé que ahora sí que quiero estar contigo, no seas pesada y lo pienses más... Así que... eso. ¿Quieres que lo hagamos o no?

Tras unos segundos en los que la cabeza de Helena parecía dar vueltas debido al giro que había dado la conversación, a todos los acontecimientos que se estaban sucediendo en ese mismo instante y a tener a Nikolai tan cerca de ella, finalmente asintió sin decir una palabra.

Nikolai, al verla asentir, tomó una respiración profunda que se le hizo entrecortada y comenzó a bajar sus manos hasta la cadera de la chica, acariciando ésta ligeramente hasta llegar a sus piernas. Seguidamente llevó sus manos hasta los muslos de la muchacha y los palpó sobre la molesta tela de su vestido. Acto seguido, levantó poco a poco la falda del vestido de la lituana dejando así bastante expuesta a la lituana. Ahora tan solo podía ocultar sus "vergüenzas" con la fina ropa interior que llevaba ese día.

Helena, por otro lado, había mantenido la mirada en el cielo, siendo incapaz de mirar en ningún momento a su esposo, pues creía que si le miraba se acabaría desmayando del nerviosismo y la excitación. Su ceño estaba fruncido en una expresión de ligera preocupación, se encontraba mordiendo el labio inferior de su boca y sus manos reposaban con cierta inquietud sobre su pecho mientras sus dedos se entrelazaban entre sí. No sabía muy bien qué hacer con ellas.

Todo eran gestos de intranquilidad e inseguridad, pero ahora no se iba a echar para atrás debido al miedo o a la vergüenza, claro que no. Desde el día en el que se casaron, Helena había querido ser la esposa perfecta y para ello debía entregarse a él completamente, tantó mental como carnalmente, y ese era el momento. No lo iba a desperdiciar.

Tras unos segundos en los que el bielorruso se dedicó a examinar las frágiles y delgadas piernas de la chica, procedió a retirar con sumo cuidado la ropa interior que la acababa de cubrir. Sus manos temblaban ligeramente y su respiración se había detenido casi por completo. La de ambos, a decir verdad. Ni un solo ruido eran capaces de producir, dejando que el sonido de la tela deslizándose por las piernas de la muchacha llenara el ambiente por completo.

Una vez que la tela estaba fuera, Helena, casi por inercia o instinto, intentó cerrar las piernas, mas Nikolai se lo impidió. Él, al contrario que ella, no había apartado la mirada ni por un solo instante. Aquello era tan distinto, tan nuevo, tan diferente... Era el cuerpo de una mujer en todo su explendor, algo que nunca antes había visto y que, sin duda, llamaba su atención de sobremanera.

Tras un corto periodo de tiempo en el que se dedicó a admirarla, dirigió sus manos hasta el cierre de su pantalón y lo desabrochó con presteza, liberándose así. Aquella era la primera vez que Nikolai no se avergonzaba de las reacciones biológicas de su cuerpo, de que su cuerpo creciera de aquella forma tan peculiar.

El chico se posicionó entre las piernas de la chica de modo que estuviera lo más cómodo posible y, tras acariciarla con su ser muy lentamente hasta hallar la puerta hacia su interior, se introdujo en ella sin pensarlo un segundo y con cierta dificultad dada la estrechez de la lituana.

Por fin eran uno.

Helena, por su parte, al sentirse por primera vez invadida de aquella forma, no pudo hacer otra cosa que abrir los ojos de par en par y dejar que su garganta soltara un pequeño grito debido a la impresión y ciertamente al dolor que estaba sintiendo.

Por el contrario, el chico no sintió dolor alguno, sino más bien todo lo contrario. Sobre su rostro se dibujó una sonrisa que intentó disimular como pudo, aunque no le era nada fácil. ¿Quién iba a pensar que ser uno con una mujer era algo tan... interesante? Muy placentero sin duda, sentir el calor que emana de la otra persona a pesar de que esté húmeda era algo casi paradójico e ilógico... Mágico.

Nikolai, no demoró más y, queriendo seguir experimentando aquella placentera y agradable sensación comenzó a moverse, primero lentamente, mas al poco tiempo cogiendo un ritmo abrumador. Un ritmo que su cuerpo asociaba instantáneamente con la dicha y el regocijo.

Su respiración se agitaba por momentos mientras sentía una fuerte presión sobre su vientre, más esta presión poco tiempo duró y al cabo de unos segundos se liberó completamente...

La respiración del bielorruso se tornaba normal poco a poco y parecía que sus cinco sentidos volvían a él, pues por un momento sintió perderse y se dejó llevar por aquellas ráfagas de placer indescriptibles. Tanto fue así que todo a su alrededor había quedado en nada, en niebla difusa y sin sentido... Incluso Helena.

Cuando por fin se recobró del todo, Nikolai apreció por fin la figura de su esposa bajo su cuerpo. Cuál fue su sorpresa al ver que no se parecía nada a la suya: El cuerpo de la chica estaba rígido, las manos de Helena se apretaban contra su pecho arrugando el bonito encaje que cubría parte de su escote y su rostro... su rostro parecía un mar. Profusas lágrimas emanaban de los preciosos ojos verdes de la chica.

_ H-Helena. _La llamó bastante confuso y algo asustado el chico. _ ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

_ P-por nada, por nada.

_ No se llora por nada. _Espetó el chico mientras se incorporaba ligeramente y limpiaba las lágrimas de la muchacha con uno de sus dedos.

_ Lloro por... la felicidad que siento.

_ ¿Por la felicidad que sientes?

_ S-sí, porque por fin he podido estar contigo y, ahora sé que soy una buena esposa y que... b-bueno, ya somos uno.

Mintió piadosamente la chica. Bien era cierto que se sentía muy feliz de poder haber consumado su matrimonio con Nikolai por fin, pero también era cierto que sus lágrimas más que de felicidad habían sido causadas por el dolor. Después de todo Nikolai no había sido muy considerado con ella debido a su inexperiencia y entusiasmo y había acabado haciéndola daño. No le culpaba ni se sentía enfadada con él, pero el dolor ahí prevalecía, era inevitable haber derramado unas cuantas lágrimas.

_ Mmm... está bien. _Dijo no muy convencido el joven. _Volvamos a casa, se nos hará de noche si no.

_ De acuerdo.

Los dos acabaron de vestirse y arreglarse la ropa con presteza y se levantaron del suelo. Helena con cierta dificultad y sintiendo un fuerte dolor bajo su vientre. Tanto fue así que sin querer se llevó las manos hasta su ser y las retuvo allí, sobre su vestido durante al menos un par de segundos, al menos hasta que Nikolai la llamó desde lejos y la instó a apresurar su paso.

Al cabo de una media hora la pareja llegó al castillo. El bielorruso, cansado como estaba, se despidió de su esposa con un pequeño beso en los labios y se dirigió a sus aposentos directamente para dormir.

La chica por otro lado sintió la necesidad de darse un baño, su pelo tenía varios restos de suciedad del suelo y creyó que lo más conveniente sería lavarlo. Así pues hizo llamar a Ona para que le llenara la bañera y la ayudara a desvestirse.

Tras hacer lo primero, Ona ayudó a su pequeña señora a retirar el vestido y su ropa interior, descubriendo para su sorpresa cómo en esta algunas gotas de color rojizas adornaban la blanca tela, como preciosos rubíes.

_ Mi señora... ¿dónde habéis estado hoy?

_ ¿Hoy? En la plaza de la ciudad. _Contestó Helena mientras se metía en la bañera.

_ ¿Y con quién? ¿Con el señorito Nikolai? _Helena, al escuchar las palabras de Ona, solo pudo sonrojarse a más no poder. _Ya veo, ya veo... no hace falta que respondáis, vuestro rostro me lo dice todo. ¿Y qué habéis estado haciendo? Vuestras prendas están manchadas de rojo, ¿lo sabíais?

_ ¿D-de rojo? _Preguntó Helena algo alarmada al saber de qué se trataban estas pequeñas manchas, no eran nada más y nada menos que las pruebas de su virginidad perdida. _ E-es que me he caído sobre un zarzal y he aplastado algunas moras rojas. S-será por eso.

_ Es extraño que habiendo aplastado las moras solo hayáis manchado vuestras prendas interiores y no el vestido. Muy curioso, muy curioso. _Dijo con una pícara sonrisa la vieja dama. De nuevo Helena volvió a sonrojarse y a guardar silencio ya no sabiendo qué excusa inventarse. _En fin, mi dulce señora, os dejaré asearos en paz. Si me necesitáis avisadme.

Dichas estas palabras Ona recogió la ropa sucia de la lituana y se la llevó.

Aquellas pequeñas manchas podían haber sido otra cosa. Podían haber sido su primer sangrado, su paso de niña a mujer. Sin embargo Ona descartó esta opción al comprobar que su señora caminaba con cierta incómoda al llegar al castillo, que su vestido se encontraba completamente arrugado y que su cuerpo estaba bañado ligeramente por sudor... No, aquel no había sido su primer sangrado. Había sido la pérdida de su inocencia...

Ona no pudo evitar reprimir una pequeña lágrima que se deslizó por su mejilla. Su pequeña señora, ya no era tan pequeña... Y eso estaba bien.

Continuará