*~~~~* CAPÍTULO 4: UNA OSCURA AMENAZA *~~~~*

Pasaron la primera hora en silencio. Iriel miraba a su compañero de reojo, que no mostraba señal alguna de cansancio. No se atrevía a decirle nada, el enano era muy perspicaz y la mente de la joven se encontraba en baja forma a causa del viaje. Estaba segura de que hiciera lo que hiciera sólo conseguiría empeorar su escasa relación. Intentó concentrarse en la vigilancia. Parecía una noche tranquila, no se oía nada a su alrededor, sólo el viento esquivando las rocas. Pero tanto silencio no podía augurar nada bueno, era como si el mundo estuviera conteniendo el aliento, expectante ante lo que iba a suceder. Así se sentía Thorin, como si miles de ojos evaluaran sus acciones en la oscuridad, esperando a que cometiera un error. Iriel luchaba por mantenerse despierta, tarea nada sencilla al hallarse envuelta en tanta calma. Si al menos su compañero le ofreciera algo de conversación…

Empezó a juguetear con una pequeña piedra que encontró al lado de donde estaba sentada, lanzándola al aire una y otra vez mientras la recogía con la palma de la mano. En uno de los intentos la piedra se le resbaló y cayó chocando varias veces contra las paredes de las rocas que encontró en su camino hasta llegar al suelo. El ruido que provocó al caer resonó enérgicamente a causa del silencio que reinaba a su alrededor. Thorin la fulminó con la mirada.

—Lo siento… —balbuceó ante aquellos ojos que la acusaban sin piedad. Se sintió increíblemente estúpida en aquel momento.

—No estamos aquí para jugar —dijo Thorin con desprecio y le dio la espalda para seguir observando lo que la luna y las estrellas le permitían.

Iriel le imitó dirigiendo su mirada hacia el otro lado, avergonzada. Ahora sí que se había ganado el enojo del enano. Ya podía ocurrírsele algo bueno para arreglarlo. Ese obstinado individuo la ponía nerviosa sólo con su presencia y todavía no entendía por qué. Intentó olvidar lo que acababa de suceder para concentrarse en su tarea.

Un escalofrío la atravesó en ese momento. Entonces comprendió lo que inquietaba tanto al enano. Había algo en el ambiente, pero ella tampoco sabía lo que era. Sentía una presencia oscura acercándose, pero sus ojos no le mostraban más que rocas y tierra. Se puso de pie para intentar ver mejor. Fue entonces cuando sintió su aliento en la espalda. Se giró bruscamente para encontrarse cara a cara con su enemigo. Un enorme animal, negro como el carbón, la miraba con unos enfurecidos ojos inyectados en sangre mientras mostraba unos fieros y desgarradores colmillos. El animal se apoyó sobre sus patas traseras para saltar hacia ellos, pero Iriel fue más rápida. En tan sólo una fracción de segundo, la muchacha se abalanzó sobre el cuerpo de Thorin y ambos cayeron por uno de los laterales del risco, rodando un buen trecho por el suelo. El enano se levantó rápidamente y desenvainó su espada. El animal, tras haber sido recibido sólo por rocas en su salto anterior, se impulsó con mayor furia hacia ellos, soltando un aullido que partió la noche en dos. Thorin se agachó para esquivar sus garras y hundió el filo de su espada en la garganta de su enemigo. Un chorro de sangre oscura salió disparada a través de la herida. El animal se desangró a los pies del enano con un aullido de agonía.

Este último sonido pareció alertar a los de su especie, pues un segundo animal emergió en lo alto de la roca donde habían estado vigilando, tan sigilosamente como lo había hecho su compañero. Esta vez estaban preparados. Iriel sacó una de las dagas de su cinturón y la lanzó hacia él sin darle tiempo a reaccionar. La hoja se le clavó entre los ojos. El animal chilló de dolor y se tambaleó cayendo de la roca. Thorin corrió hacia él para darle el golpe de gracia cortándole la cabeza. Ambos se colocaron en posición de defensa mirando en todas las direcciones para no recibir un ataque por la espalda. El silencio reinaba a su alrededor. La inquietante sensación también había desaparecido. No parecía haber ningún otro.

Los enanos aparecieron corriendo con sus armas en la mano. Los aullidos les habían despertado. Gandalf se acercó con una suave luz que surgía de su bastón. Bilbo se encontraba detrás de él, agarrándose a su capa. Gandalf se acercó a los cadáveres de las bestias.

—¿Qué son? ¿Huargos? —preguntó el asustado hobbit.

—No, los huargos son diferentes —contestó Thorin limpiando la sangre negra de su espada en el pelaje del animal.

El mago se estremeció al examinar a las bestias. Tragó saliva y cerró los ojos como si el peso del mundo hubiera caído en ese momento sobre él.

Gaurhoth —pronunció el mago en sindarin, la lengua de los elfos. Thorin frunció el ceño al escucharle hablar en ese idioma—. En la lengua común se conocen como "hombres-lobo".

—¿Cómo dices? ¿Hombres-lobo? ¿Aquí? —exclamó Iriel sorprendida, tanto que se le olvidó cambiar el tono de su voz. Carraspeó al darse cuenta—. ¿No habitaban en Tol-in-Gaurhoth? —preguntó intentando emitir una voz varonil. No podía creer lo que estaba escuchando.

Los enanos se miraron sin entender nada. Inmersos en las preocupaciones de su sobresaltado despertar, ninguno se percató de los cambios de voz de Rhein. Su error pasó desapercibido esta vez.

—Nunca había oído hablar de la existencia de hombres-lobo —exclamó Bilbo.

—No muchos la conocen. —Gandalf suspiró, un escalofrío helado recorría su alma al hablar de estas criaturas—. El Señor Oscuro creó a estos seres encerrando las almas de espantosos indeseables en cuerpos de lobos, corrompiendo así su organismo. Fueron servidores del Oscuro durante mucho tiempo. Tras su caída, los pocos que sobrevivieron se trasladaron a Tol Sirion y así pasó a ser conocida como Tol-in-Gaurhoth, que significa "la isla de los hombres-lobo". Nadie les había visto fuera de su tierra. Me pregunto qué oscuras fuerzas les habrán obligado a salir… —deliberó consigo mismo.

Tras escuchar las explicaciones del mago, el resto de los enanos seguían intranquilos mirando a su alrededor. Podían aparecer más criaturas peligrosas.

—No podemos quedarnos aquí. Recoged todo inmediatamente —ordenó Thorin.

Apenas habían dormido una hora, pero la tensión del peligro les hizo moverse a toda velocidad. Incluso los caballos relinchaban inquietos. Guardaron los sacos en sus mochilas y los recipientes que habían empleado para cenar y los volvieron a cargar en los ponis.

Iriel todavía no había recuperado el aliento, un sudor frío le recorría la espalda. Sólo había encontrado espeluznantes relatos de estas criaturas en los viejos libros que había leído hacía años. Ni siquiera creía que realmente hubieran existido. Ahora los cuerpos inertes de dos de ellos se encontraban delante de ella, convenciéndola de que la pesadilla era real. Se acercó a uno de los cadáveres para recuperar su daga, la cual seguía clavado en su cabeza. No era la única que se había quedado junto a las bestias.

Thorin continuaba a su lado, sin moverse, como debatiéndose consigo mismo. Finalmente apretó uno de sus puños y se giró hacia ella. Al principio creyó que iba a regañarla por haber atraído a las bestias con aquella inoportuna piedra, por no haber advertido su presencia hasta que se encontraron literalmente encima de ellos, por haberse abalanzado bruscamente sobre él haciéndole rodar por el suelo sin previo aviso. Pero Iriel se equivocaba. Sin mirarla a los ojos, él pronunció una palabra inesperada:

—Gracias.

Aquella simple palabra paralizó a la joven, que durante unos segundos se olvidó de que debía respirar. Sin saber por qué, un repentino calor empezó a apoderarse de sus mejillas. Esa misma sensación apareció también tímidamente en su pecho. La joven negó con la cabeza para deshacerse de estas incomprensibles emociones.

—No ha sido nada.

El enano se alejó con paso firme hacia lo que quedaba del campamento, mientras ella se quedaba clavada en el sitio. No pudo evitar sentir una sensación de alegría ante el reconocimiento de su líder. El gorgoteo de las últimas gotas de sangre de aquellas fieras le hizo salir de su aturdimiento. Una ingeniosa idea apareció en su cabeza. Se apresuró hacia su mochila y empezó a rebuscar en ella. Estaba segura de que había metido algunos viales vacíos cuando la preparó en su guarida. Tras revolver durante un rato por el fondo de la mochila palpó el recipiente que estaba buscando. Se acercó a los cadáveres con el vial en la mano. Había leído en algún lugar que se creía que algunos hombres-lobo poseían veneno en sus colmillos. Si era cierto podía serle útil guardar un poco. Arrancó uno de los colmillos del animal y lo partió contra una roca. Un líquido verdoso comenzó a brotar de él. Los rumores eran ciertos. Introdujo este singular fluido en el vial hasta que lo llenó hasta la mitad. Los enanos ya habían terminado de recoger todo y los ponis estaban listos. Le hubiera gustado conseguir un poco más de este potente veneno, pero no quería hacer esperar a sus compañeros, así que se apresuró a recoger sus cosas y a cargarlas en su caballo. El animal la miraba asustado con visibles estragos por la falta de sueño. Había estado inquieto y no había conseguido dormir como el resto de los ponis.

—Lo siento pequeño, tendrás que aguantar un poco más, te prometo que descansaremos en cuanto lleguemos a un lugar seguro —le susurró mientras le acariciaba el hocico. Aquel gesto siempre lo tranquilizaba.

Todos se encontraban ya sobre sus monturas. Thorin discutía con Balin acerca del camino a tomar. Decidieron seguir adelante hasta atravesar el páramo y refugiarse en las montañas. Todos comenzaron a caminar en esa dirección excepto Gandalf, que permanecía quieto examinando la dirección del viento. Bilbo fue quien se percató y se acercó hacia él.

—Gandalf, ¿qué estás buscando? Van a dejarnos atrás si no nos damos prisa —le instó el mediano.

—Tengo que dejaros por un tiempo. Otros asuntos requieren de mi presencia. Preguntas que necesitan respuesta.

Bilbo se dio cuenta de lo que eso significaba. Se quedarían sin la protección del mago en el momento que más la necesitaban, a merced de estas oscuras y misteriosas criaturas. El mago apretó las riendas de su caballo y cabalgó en dirección opuesta.

—No Gandalf, por favor, no vuelvas a irte. —Bilbo quería gritarle. Maldecirle en todos los idiomas de la Tierra Media. Era su culpa que él se encontrara en esa situación de peligro. Quería decirle que era un cobarde al arrastrarle a esta aventura y abandonarle cuando más le necesitaba. Pero en lugar de eso, su voz sólo fue capaz de pronunciar una súplica. Una que no fue concedida.

Thorin se percató de la huida del mago al oír las pisadas de su caballo. Alzó su voz autoritaria para que el mago le escuchara.

—¿Pretendes abandonarnos a nuestra suerte? ¿A dónde te diriges esta vez?

A pesar de la distancia, el mago le respondió. El viento arrastró el eco de sus palabras.

—Tengo que hablar con Radagast, el Pardo. Me reuniré con vosotros cuando haya encontrado las respuestas que necesito.

Iriel se quedó mirando al mago unos segundos más hasta que su silueta se perdió en la oscuridad. Había aprendido a cuidarse sola, no le asustaba el hecho de que Gandalf se hubiera marchado. Confiaba más en el acero de sus armas que en la magia. Se acercó al abatido mediano que continuaba mirando en la dirección del mago, deseando en su interior que todo fuera una horrible pesadilla, que se despertara sobre el adusto terreno con todos los enanos roncando a su alrededor. Pero no fue así.

—Vamos, ninguna otra criatura va a hacernos daño esta noche. No se lo permitiremos. —Iriel intentaba consolar al mediano, una parte de ella comprendía lo asustado que se sentía. Tal vez fuera porque le recordaba a su padre. Los hobbits no estaban acostumbrados a esta clase de situaciones, era por eso que su padre se angustiaba tanto por ella. Una amarga espina atravesó su pecho a causa de este recuerdo. Estaba desobedeciendo los deseos de sus padres, la promesa que les había hecho en la tumba. Intentó convencerse a sí misma de que lo hacía por última vez, que había una buena razón para lo que estaba haciendo, pero no era un motivo suficiente para perdonarse. El viento azotó su capa. No era el momento ni el lugar para estas reflexiones. Debía concentrarse en mantenerse alerta por si aparecía un segundo ataque.

Bilbo agradeció sus palabras y ambos se pusieron en marcha tras los enanos.

Fue una marcha lúgubre. Ninguno de los presentes pronunció palabra durante toda la noche. El cansancio y la presión estaban haciendo mella en sus cuerpos. Las monturas también caminaban con torpeza. En un par de ocasiones alguna se tambaleó haciendo que sus jinetes estuvieran a punto de caer al suelo.

Cuando llegaron a las montañas estaba empezando a amanecer.

Junto a las afiladas rocas, trepaban por la pendiente numerosas ramas retorcidas, vestidas con ásperas hojas verdes. La tierra seca y los matorrales del páramo habían dado paso a una vegetación más frondosa. Avanzaron un poco más entre aquellos árboles. Los primeros rayos de sol se filtraban entre las ramas y los alegres cantos de los pájaros anunciaban una nueva jornada. El lugar se mostraba tranquilo y acogedor. Más adelante se toparon con el grueso tronco de un árbol que se doblaba hacia la montaña. Probablemente el peso de sus ramas había deformado su estructura hasta que las rocas le cortaron el paso. Había crecido retorciéndose hacia donde había encontrado espacio. Era un buen lugar para descansar. Los enanos acordaron que descansarían allí al menos un par de horas, de otro modo no soportarían otra larga jornada de expedición.

Iriel agradeció al cielo que se detuvieran, no se veía capaz de continuar sin descansar la vista y el cuerpo unas horas.

Thorin insistía en encargarse de la guardia mientras ellos descansaban, pero su amigo Dwalin no se lo permitió.

—Tú también necesitas un descanso. Bifur y yo nos encargaremos de vigilar.

Finalmente se dejó convencer por las palabras de su viejo amigo, aquel con el que había compartido innumerables batallas. La sensación de angustia de la noche anterior le había consumido más fuerzas que las numerosas horas de marcha. Tenía razón. Necesitaba descansar.

Se acomodaron bajo la sombra de aquel tronco. Las espesas ramas atenuaban la luz del alba, aunque el desfallecimiento de todos era tal, que ni la más brillante luz les hubiera impedido lo más mínimo conciliar el sueño. Todos se quedaron dormidos enseguida. Bilbo se acomodó al lado de Iriel. En ausencia del mago, era con quien se encontraba más cómodo. Los enanos eran una compañía agradable y divertida, pero todavía no se había acostumbrado a sus rudos modales. No había tenido mucha ocasión de tratar con Rhein, pero al menos él tenía sangre hobbit.

Al final descansaron más de lo que pretendían, pues despertaron cuando el sol alcanzó el punto más alto del cielo, anunciando desde allí la llegada del mediodía. Hacia la mitad de la mañana Kíli y Fíli se habían levantado para que sus dos compañeros pudieran dormir un poco. Thorin vio a sus sobrinos intercambiar posiciones con Dwalin y Bifur. Quiso levantarse con ellos pero el sueño le venció de nuevo. Todo el grupo se despertó a la hora de comer con un renovado buen humor.

Iriel se despertó un poco aturdida. Dormir con el casco era más incómodo de lo que había imaginado. La posición en la que se encontró también la sorprendió. Cuando se acostó se encontraba boca arriba con los brazos apoyados en su regazo, pero al despertarse estaba de medio lado, con las piernas encogidas y los brazos apoyados en el dorso de su cara. Maldijo en voz baja, su cuerpo inconsciente se había movido adoptando una postura bastante infantil. La cosa se complicaba si también tenía que controlar su masculinidad cuando no estaba consciente. Miró a su alrededor y se encontró a Ori durmiendo también en posición fetal. Bilbo también seguía acurrucado a su lado. Tal vez los hombres no dormían tan virilmente como ella había imaginado. Dejó escapar una pequeña risotada que despertó al mediano. Se levantó con los ojos todavía medio cerrados.

—Buenos días, Bilbo.

—Bue… buenos días, Rhein —dijo desperezándose—. ¿Qué hora es? —preguntó mientras se frotaba los ojos con las mangas.

—Ya es mediodía, hemos dormido un buen rato.

Varios de sus compañeros ya se habían puesto en marcha. Balin consultaba con Thorin los planes de la jornada, Kíli y Fíli estaban alimentando a los ponis y el resto estiraba sus músculos esperando su merecido desayuno. Los animales también habían podido descansar lo suficiente.

Bombur y Dori encendieron un fuego al cobijo de aquel tronco. Prepararon un caldo y lo repartieron entre los demás. Bofur y Bifur se fueron a buscar agua por los alrededores para refrescarse y llenar las cantimploras.

Se respiraba un renovado ambiente de tranquilidad y ganas de proseguir la marcha. Ninguno volvió a mencionar a las criaturas con las que se habían cruzado unas horas antes. Tal vez fuera lo mejor.

Bilbo se percató de unas singulares setas que crecían un poco más allá. Se acercó hacia ellas para observarlas mejor.

—Conozco estas setas, mi familia las cultivaba en la Comarca. Son deliciosas. —Y sacó una navaja de sus bolsillos para cortar unas cuantas y mostrárselas a los enanos.

—Quédate con tus setas, mediano, yo prefiero un buen trozo de carne —le contestó Glóin mirando con desprecio lo que el hobbit le ofrecía. Aquellos alimentos eran más propios de los animales, o de aquellos endemoniados trepa-árboles. No. Los enanos no probarían tal comida si tenían elección.

El hobbit le devolvió una mirada enfadada. Él no quería pasarse meses con aquella insalubre dieta, necesitaba comer algo más variado. Y más sano para su cuerpo. Si aquellos enanos no sabían apreciar la variedad de manjares que la naturaleza podía ofrecerles, serían sólo para él. Con estos pensamientos se adentró un poco más entre los árboles, en busca de alguna otra conocida delicia.

El sol se ocultó tras las nubes. El viento había cambiado repentinamente de dirección. Aquel ambiente se sentía diferente.

—Vamos a proseguir nuestro camino —anunció su líder—. ¿Estamos todos listos?

—Las monturas ya están preparadas. Estamos listos para partir —contestaron sus sobrinos. Thorin echó una rápida ojeada hacia todos sus compañeros. Faltaba uno.

—¿Dónde está el mediano?

—Se ha marchado hace unos minutos. Creo que estaba buscando... setas... —Glóin casi escupió esta última palabra.

Antes de que ninguno le respondiera, un violento temblor sacudió el suelo. Los enanos se miraron entre ellos sin entender lo que estaba sucediendo. De nuevo la tierra volvió a temblar a sus pies, esta vez con mayor fuerza. La sacudida afectó también a las paredes de la montaña, que empezaron a arrojar algunas rocas. Los ponis relincharon con furia. El sonido de otro animal contestó al otro lado de la montaña.

Kíli trepó a los árboles con una agilidad impresionante. Encontró un resquicio en la pared de la montaña por la que podía observar lo que ocurría al otro lado.

—¡Olifantes! ¡Hay al menos una manada entera!

—¿Olifantes? ¿Y sus jinetes? —le preguntó Balin desde el suelo.

—No llevan ninguno. Debe de ser una manada salvaje. Algo tiene que haberlos asustado, se desplazan sin control.

El temblor que sentían bajo sus pies se debía a la furia con la que estos pesados animales pisoteaban el terreno. Un temblor todavía más fuerte sacudió la montaña. Parte de ella comenzó a resquebrajarse. Kíli estuvo a punto de caer.

—¡Están embistiendo contra la montaña! ¡Están fuera de control!

—¡Baja de ahí antes de que te mates! —le ordenó su tío—. ¡Nos marchamos inmediatamente!

Kíli hizo lo que su tío le ordenó, aunque con cierta dificultad, pues el árbol se estaba tambaleando. Su hermano le gritó para que saltara de una de las ramas inferiores y así lo hizo justo antes de que el árbol se derrumbara. Su hermano atenuó su caída recibiendo al enano con sus fuertes brazos. Bofur se apresuró a soltar a los ponis para subirse a ellos. De nuevo uno de los olifantes embistió contra las rocas agrandando aún más la grieta, mientras emitía un doloroso rugido con su trompa. Fue tal la embestida que el golpe se trasmitió hacia los árboles. Los troncos no pudieron soportarlo y dos de ellos cayeron al suelo con todo su peso, mostrando sus raíces arrancadas. Los ponis relincharon presas del pánico. Dos de ellos se soltaron de sus ataduras y corrieron hacia la montaña. En ese momento la parte superior de la montaña se partió y una multitud de enormes rocas cayó hacia donde los animales huían. Los enanos vieron, sin poder hacer nada, cómo dos de sus monturas perecían aplastadas por aquellas rocas, quedando completamente sepultadas junto con las pertenencias que cargaban.

El miedo surgió ahora en el corazón de los enanos. Thorin corrió hacia su montura y se subió a ella con un enérgico salto.

—¡No os quedéis ahí pasmados si no queréis morir! ¡Cabalgad detrás de mí! ¡Si conseguimos dejas atrás estas rocas, escaparemos del peligro!

Los enanos obedecieron sus órdenes como si hubieran sido fulminados por un rayo. Unos segundos más tarde, todos se encontraban encima de los asustados animales, que no se atrevían a moverse tras haber visto el desafortunado final de sus compañeros. Apretaron fuertemente sus riendas para obligarles a cabalgar en la dirección que Thorin les indicaba y con toda la fuerza de sus patas empezaron a trotar hacia allí.

—¡Bilbo! —gritó de repente Balin mirando en dirección al bosque. El anciano iba montado en el caballo de Thorin, pues había perdido su montura.

Sin pensarlo dos veces, Iriel apretó las riendas de su caballo y se adentró hacia los árboles.

—¡Yo me ocupo del mediano! ¡Os alcanzaré más tarde!

Thorin estuvo a punto de detenerle, pero no podía seguirle hacia la maleza, la vida del resto de sus compañeros dependía de que los sacara de aquel laberinto de rocas. Rogó a Aulë para que Gandalf no estuviera equivocado cuando hablaba de la destreza de los medianos. Todos ellos se pusieron en marcha para alejarse de aquel infierno rocoso.

Iriel cabalgaba entre los árboles con toda la velocidad que su caballo le permitía. En su camino encontró varios árboles arrancados. Su caballo tuvo que esquivar y saltar algunas ramas que caían a su paso. Encontró a Bilbo tumbado en el suelo. Había conseguido esquivar dos enormes ramas que habían caído a su alrededor. Iriel cabalgó hacia allí sin aminorar la velocidad y lo agarró por su chaqueta justo antes de que otra rama fuera a caer en ese lugar. Levantó al mediano del suelo con el impulso de la marcha y lo montó en el caballo justo delante de ella. Sujetó las riendas con su brazo derecho mientras que con el izquierdo sujetaba el cuerpo del hobbit, apretándolo contra el suyo para que el pequeño no cayera. La velocidad a la que cabalgaban hacía que miles de ramas se acercaran a ellos sin apenas segundos para esquivarlas. El caballo zigzagueaba en todas las direcciones, saltaba las ramas rotas que encontraba en su camino y ambos jinetes se agachaban para no ser derribados por las ramas más bajas. Iriel sujetaba tan fuerte al mediano contra sí que Bilbo fue capaz de sentir los latidos de su agitado corazón. Bilbo se sentía extrañamente cómodo bajo aquel brazo que lo protegía.

Por fin empezaron a divisar una apertura entre aquellos árboles que les mostraba de nuevo la montaña. Trotaron en esa dirección para tomar el mismo camino que habían seguido los enanos. Si atravesar el bosque había resultado peligroso, el pasillo de rocas que se extendía a su alrededor lo era aún más. Se trataba de un angosto paso con enormes paredes de piedra a ambos lados. A pesar de que los olifantes se oían más lejanos ahora, las montañas seguían estremeciéndose con sus golpes y las rocas resbalaban por su pendiente. Divisaron a los enanos a lo lejos, ya casi habían cruzado el estrecho pasillo. Iriel tragó saliva un segundo antes de adentrarse allí. Notó cómo Bilbo temblaba con todo su cuerpo.

—Vamos a conseguirlo —le prometió al mediano. Ella también necesitaba convencerse de sus propias palabras. El caballo adivinó los pensamientos de la joven y relinchó justo antes de tomar el camino con toda la velocidad que le permitían sus músculos sin que la muchacha se lo hubiera ordenado.

Atravesaron el paso a toda velocidad con las rocas pisándoles los talones. Los enanos se percataron de su presencia pero no podían aminorar la marcha. La salida estaba enfrente de ellos, a tan sólo unos metros. Thorin dejó que el resto de sus compañeros le adelantaran para quedarse en la retaguardia. Se giró para observar la distancia que lo separaba de los medianos. Fue entonces cuando vio el peligro que habían dejado atrás.

Una enorme roca se deslizaba fieramente por la pendiente de la izquierda. Si la roca llegaba al suelo antes que el caballo de Rhein, les cortaría el paso y ya no podrían escapar de allí, quedarían atrapados en ese lado condenados a una lluvia de rocas. Si intentaban acelerar el paso para adelantar a la roca, corrían el riesgo de alcanzar el punto crítico justo a la vez que ella, pereciendo aplastados bajo su peso.

Iriel también se dio cuenta del destino que les esperaba. Los músculos del animal se contraían todo lo que podían, el caballo estaba haciendo su máximo esfuerzo por sacarlos con vida de allí. Respiró profundamente y apretó más fuerte al mediano contra su pecho. Su corazón estaba aterrado. Miró al frente. Thorin cabalgaba a ciegas, pues su cabeza miraba hacia donde ellos se encontraban. Estaban a punto encontrarse con aquella despiadada roca. Iriel confió en el poderoso trote de su caballo.

Su vida estaba ahora a merced de la suerte. Con este pensamiento la muchacha cerró los ojos, sumergiéndose en la oscuridad de su destino.

Lo último que vio fue aquellos intensos ojos azules que la miraban con desesperación. En ese momento pensó que no le hubiera importado ahogarse en ellos.