Tras varios capítulos introductorios de la historia, poco a poco comenzará a desarrollarse la parte del romance ❤ que la mayoría estaréis esperando ;)

¡Espero que os guste!


*~~~~* CAPÍTULO 5: UN SECRETO COMPARTIDO *~~~~*

Estaban llegando al punto crítico, sólo tendrían una oportunidad. La intensa respiración del caballo se mezclaba con el ruido de los cascos contra el terreno. Iriel y Bilbo contuvieron el aliento. Fue entonces cuando sintieron que sus cuerpos se elevaban del suelo. El caballo se había impulsado con toda la fuerza que le proporcionaron sus patas traseras, con este salto pretendía alcanzar los escasos metros que les separaban de la salida un segundo antes de que la roca les aplastara.

La roca cayó a escasos centímetros tras ellos, sólo unos pequeños fragmentos, que se habían desprendido por la ferocidad con la que se deslizaba por el terreno, impactaron contra el cuerpo del animal. Fue tal la impulsividad del salto que el caballo no fue capaz de controlar el aterrizaje, tropezando al contactar con el suelo y haciendo que sus dos jinetes salieran despedidos.

Nada más ser arrojados hacia adelante, Iriel abrazó a Bilbo con ambos brazos y se acurrucó para protegerle del impacto con su propio cuerpo, pues era más grande que el del mediano. Iriel consiguió girarse en el aire para caer al suelo de espaldas. Tras un fuerte impacto contra el terreno, ambos rodaron sin control, hasta que la fricción de la tierra con su cuerpo fue aminorando la velocidad. Cuando por fin se detuvieron en el suelo, Iriel se encontraba de medio lado, todavía protegiendo con fuerza el cuerpo del hobbit. Su cuerpo estaba cubierto de polvo y su ropa se había rasgado en las piernas y en los brazos a causa del roce con el áspero suelo que les había recibido.

Le dolía todo el cuerpo, pero eso era una buena señal, significaba que estaba viva. Se rio para sus adentros. Había burlado a la muerte una vez más.

—¿Ves? Te dije que lo conseguiríamos —le susurró al mediano que sostenía entre sus brazos y que a continuación apartó para liberarle. Bilbo intentó levantarse, se sentía mareado por los vertiginosos giros.

En ese momento Iriel oyó relinchar a su caballo en la lejanía. Un punzante dolor de cabeza le estremeció el cuerpo de arriba a abajo. Le pareció que una voz se acercaba a ella corriendo. Un eco lejano de una voz profunda y familiar. El dolor de cabeza iba en aumento. Quiso cerrar los ojos para librarse de él, pero no hizo falta, su vista se fue nublando poco a poco hasta que perdió el sentido.


Clonc clonc

El sonido de los cascos despertó a Iriel. Abrió los ojos lentamente. Lo primero que se encontró fue un suelo lleno de piedras blancas que se desplazaba lentamente. Le costó un poco entender dónde se encontraba. La visión de las plateadas patas de su caballo sobre las piedras le ayudó a comprender que ella se encontraba a lomos de su montura, no como un jinete, sino tumbada transversalmente sobre su cuerpo. Siguió observando el suelo mientras intentaba recordar cómo había acabado sobre su caballo como un vulgar fardo.

Ah sí, la caída. Se había desmayado poco después de sentir un fuerte dolor de cabeza. Mejor dicho, un insoportable dolor de cabeza. Ahora ya no lo sentía, pero a cambio le dolía todo el cuerpo. Debía de estar llena de moratones y magulladuras. En ese momento se percató de que junto a los cascos del caballo también escuchaba pisadas humanas. Ladeó un poco la cabeza para mirar hacia donde percibía el sonido. Un enano sujetaba las riendas de su caballo y caminaba a su lado dirigiéndolo. Eso explicaba la escasa velocidad a la que se desplazaban. La silueta todavía estaba un poco borrosa. Intentó concentrarse en sus ojos para descubrir de quién se trataba. No hizo falta porque justo en ese momento otro de los enanos lo llamó.

—Thorin, creo que deberíamos parar por aquí cerca. No avanzaremos mucho a pie en estas condiciones y si nos adentramos más, temo que no encontremos ningún lugar para refugiarnos.

Algunos de los enanos también habían sido golpeados por algunas rocas durante su huida, por fortuna sus lesiones no eran graves, nada que un buen ungüento de hierbas no pudiera arreglar, Aulë parecía estar de su lado aquel día. Ésa no había sido la causa del retraso del grupo, sino el cuerpo inconsciente de su nuevo compañero. Thorin permaneció pensativo unos segundos antes de contestar.

—De acuerdo, nos desviaremos unos metros hacia el oeste para acampar en un pequeño bosque que se encuentra cerca de aquí. Es el último refugio antes de entrar en las áridas estepas, donde por seguro no encontraremos ningún lugar que nos oculte durante la noche.

Iriel contuvo el aliento. Era el rey enano el que escoltaba a su caballo cuidando de ella. Un inesperado latido golpeó su pecho, tan fuerte que casi le dolió. Sus ojos parecieron haberse despertado gracias a este impulso, pues le mostraron al enano con total nitidez. Su rostro lucía sereno y su cuerpo se mantenía imperturbable, guiando al caballo con pasos firmes. Le pareció ver una pizca de preocupación en el fondo de aquellos ojos azules.

Recordó cómo se habían cruzado sus miradas justo antes de que aquella roca se interpusiera en su camino. No sabía por qué su corazón había reaccionado de esa manera ante aquellos ojos, ni tampoco comprendía por qué ahora latía tan fuerte. No quería que el enano descubriera que ya se había despertado, por lo que continuó observándolo con cautela, sin moverse. Su larga y ondulada melena de cabellos oscuros, ahora surcados por algunas hebras plateadas, se movía al compás del viento, mostrando un par de elegantes trenzas que caían junto a su rostro. Hasta entonces no se había percatado de lo atractivo que resultaba. No sabía cuál era el origen de estos repentinos pensamientos que surcaban su mente. Tal vez se debían al golpe en la cabeza, al pequeño mareo que sentía al encontrarse con la cabeza más baja que el resto del cuerpo o al hecho de que todavía se encontrara a medio camino entre la vigilia y el mundo de los sueños, quién sabe. La muchacha no era capaz de apartar sus ojos de aquel rostro, aquel que su mente le repetía que, sin lugar a dudas, se trataba del más perfecto que había visto en su vida. Era probable que ser la primera vez que lo observaba durante tanto rato sin que el enano le devolviera una mirada intimidadora, contribuía a verle de este modo.

Iriel era consciente de que no era la primera ocasión en la que se había sentido atraída por él, pero había sido a causa de la insaciable curiosidad que despertaba en ella este misterioso enano desterrado de su reino. Sin embargo, esta vez se trataba de un sentimiento completamente diferente. Uno que no conocía. A lomos de su caballo, dirigido por aquellas firmes manos, se sentía envuelta en un aura de protección y tranquilidad. Tan segura, tan protegida, tan hipnotizada por el color de esos ojos…

Decidió cerrar los suyos para concentrarse en esa sensación tan placentera y desconocida y con el suave trote de su caballo meciendo su cuerpo, volvió a caer en un profundo sueño.

Media hora más tarde, todo el grupo hizo que sus monturas se detuvieran. Habían llegado al pequeño bosque que les había indicado Thorin. Iriel notó cómo su caballo se detenía, por lo que creyó que ya era hora de despertar y mostrarle a sus compañeros que estaba sana y salva. Intentó incorporarse lentamente de la montura, pero en cuanto Thorin se dio cuenta de sus movimientos, la agarró para bajarla con suavidad. Iriel se tambaleó un poco al contacto con el suelo. Se sujetó la cabeza con la mano. El casco le escocía, estaba segura de que se había dado un buen golpe con él al caer, sólo esperaba no haberse hecho una herida demasiado profunda. Levantó la mirada y se encontró con aquellos ojos con los que había estado delirando un buen rato. El enano le mantuvo la mirada sin pronunciar palabra y ella la resistió con bastante esfuerzo. Ahora se sentía bastante avergonzada por sus anteriores pensamientos, pero no iba a dejar que sus ojos la delataran. Una voz agitada y preocupada rompió aquella batalla de miradas. Bilbo, algo magullado, corrió hacia ellos apartando a todos sus compañeros. Había cabalgado junto a Balin en el poni de Thorin, sin apartar la mirada de Rhein, preguntándose si se encontraría bien.

—¡Rhein! ¡Estás despierto! ¿Te encuentras bien? Estábamos muy preocupados.

Iriel se giró hacia el hobbit. Thorin aprovechó para alejarse hacia donde instalarían el campamento esa noche.

—Estoy bien, sólo un poco mareado.

Kíli y Fíli salieron detrás del hobbit. También parecían aliviados.

—¡Menuda carrera a lomos de ese caballo plateado! ¡No se ve a un jinete así todos los días!

—Nos asustamos mucho cuando caíste al suelo y dejaste de moverte. Tú te llevaste todo el golpe al tratar de protegerme. —El mediano se sentía culpable por lo ocurrido. No sabía cuántas horas habría pasado inconsciente, a juzgar por la posición del sol en el cielo no habrían sido más de tres o cuatro, pero a Bilbo se le habían hecho eternas preguntándose si su salvador se encontraba bien.

—Todos corrimos cuando os oímos caer, pero nuestro tío llegó antes. —Iriel se giró hacia Fíli, le interesaba mucho conocer esa parte del relato—. Comprobó que el pulso de tu cuello latía con normalidad y tu respiración, aunque débil, era constante.

—Nos ordenó continuar la marcha hasta haber dejado atrás todas aquellas rocas inestables y cargó tu cuerpo a lomos de tu caballo para salir de allí. Ha dirigido a tu caballo a pie durante horas para asegurarse de que estabas a salvo. —Kíli relataba los hechos visiblemente orgulloso de su tío.

—Yo también quería ayudarte, pero me hicieron montar en el poni junto a Balin y me obligaron a descansar —dijo Bilbo apesadumbrado. A pesar de haberse llevado la mejor parte de la caída, sus ropas también estaban manchadas de tierra y su pelo, desgreñado, todavía mostraba algunos guijarros enredados entre los rizos.

Iriel ignoró el comentario del hobbit y buscó con la mirada al que se había encargado de ella en las últimas horas. Lo encontró recostado sobre el tocón de un árbol, afilando el filo de su peculiar hacha.

‹‹¿Por qué lo habrá hecho?››, se preguntó en silencio. La joven se sentía confusa. Sabía que la única preocupación del rey enano era avanzar por aquellas tierras lo más rápido posible hasta alcanzar la Montaña Solitaria. ¿Por qué había permitido que un inconsciente y, prácticamente, desconocido compañero les hubiera retrasado? ¿Por qué había dirigido su caballo con tanto cuidado obligándose a sí mismo a caminar cuando todos sus compañeros se desplazaban en sus monturas? ¿Por qué tomarse tantas molestias por alguien a quien no aceptaba desde el principio?

Aunque concentrado en su hacha, su gesto se veía cansado. Iriel se sintió en la obligación de acercarse a decirle algo. Tragó saliva y se dirigió hacia él con pasos todavía inestables, dejando atrás a Bilbo y los jóvenes enanos.

—Lamento haber retrasado vuestra expedición.

Thorin le miró sorprendido.

—Podría haberle sucedido a cualquiera de nosotros —dijo restando importancia al asunto. Iriel comprendió en ese momento que su heroico gesto con Bilbo le había hecho ganarse un lugar en el grupo. Sin embargo el rey enano no brindaba su confianza tan rápidamente. Tenía intención de seguir poniéndole a prueba, vigilándole de cerca.

—Gracias.

—Estamos en paz. —Thorin no había olvidado el incidente con los lobos y no había nada que odiara más que deberle algo a un desconocido. Dejó escapar una ligera sonrisa de triunfo por haber saldado su deuda tan pronto. Sin embargo su sonrisa fue recibida con otro significado por la joven, que la encontró arrebatadoramente encantadora.

Esa sonrisa era algo más de lo que podía soportar en esos momentos en los que su juicio no estaba en sus mejores condiciones. Iriel necesitaba irse de allí a pesar de que le dolía cada centímetro de su cuerpo. Su corazón parecía querer traicionarla de nuevo y esta vez su respiración también había decidido unirse al juego. Dio media vuelta para dejar de observar el cuerpo de aquel enano que había vuelto a clavar su mirada en el hacha, prestándole toda su atención. Le dejó atrás con unos pasos que pretendían alejarse con firmeza, pero era difícil no cojear con las heridas que parecían haberse despertado repentinamente en sus piernas.

El resto de los enanos estaban preparando las cosas para pasar la noche a la intemperie. Unos estaban intentando aliviar los rasguños que las rocas les habían provocado aplicándose un ungüento de hierbas que Balin les había preparado.

Iriel pensó en hacer lo mismo. Se acercó a su caballo para coger una de las bolsas donde había guardado algunas vendas. Al acercarse, el animal la miró con dulzura. Ella sintió que se le empañaban los ojos, estaba viva gracias a él. Acarició el hocico del animal mientras le agradecía de corazón lo que había hecho horas atrás. El caballo le respondió lamiéndole la yema de los dedos. En ese momento le pareció percibir que varios de sus compañeros la observaban. Dio un par de palmaditas bruscas y varoniles en su hocico y se alejó de allí.

Volvió a sentir cómo le escocía la cabeza bajo el casco y sintió unos deseos irrefrenables de quitárselo. Necesitaba alejarse del grupo, quitarse aquel endemoniado casco que taladraba su piel y sentirse liberada durante un buen rato. Pero sobre todo necesitaba alejarse de aquel condenado enano que le estaba nublando el juicio y cuyo rostro no podía apartar de su mente.

Sus pasos no pasaron desapercibidos cuando intentó adentrarse en el bosque. Los enanos le preguntaron a dónde se dirigía, no estaban seguros de que su líder aprobaría su marcha solitaria cuando aún estaba convaleciente.

—Necesito despejarme un poco y tomar el aire. Volveré dentro de un rato. —Bilbo hizo ademán de acompañarle—. Prefiero ir solo. —El severo tono de su voz dejó muy claro que no quería compañía. Bilbo agachó la cabeza y se quedó sentado sobre una roca. Thorin no pareció molestarse por las intenciones del cazarrecompensas, así que ninguno de los enanos dijo nada más.

Iriel se alejó de allí adentrándose en la espesura. Caminó durante un rato entre los árboles hasta que sus pisadas se hicieron más seguras. El mareo que la envolvía estaba empezando a desaparecer. Más adelante divisó un pequeño claro en mitad del bosque. Había un pequeño lago en él. El sol ya casi se había ocultado en el horizonte, tiñendo de un rojo anaranjado todo a su alrededor. La superficie del agua ondeaba con el viento, invitándola a entrar. Iriel titubeó un poco. Nada le apetecía más que refrescarse en el lago, liberarse de su apretado disfraz y dejar que el agua limpiara sus heridas. Las interminables horas de caminata, la lucha con las bestias, la trepidante huida bajo las rocas y la dolorosa caída a elevada velocidad; todo ello había contribuido a sobrecargar unos músculos que llevaban tres años inactivos y también le habían provocado un sinfín de moratones y rasguños.

Sí, se había ganado aquel baño.

Se despojó poco a poco de todas sus prendas y las dejó en un pequeño montón entre los arbustos, junto a su mochila. Su larga melena cayó cubriendo su desnudez. Se quedó unos segundos allí de pie, examinando el estado de su cuerpo. Los salientes se habían llevado la peor parte: sus codos y sus rodillas tenían varios rasguños con sangre reseca. También encontró algunos moratones en sus espinillas y en su cintura. Los brazos estaban bien, habían sido protegidos por los brazales de metal. Se palpó la frente donde el casco le había estado escociendo tanto rato. Sintió que se había formado una costra en una de sus sienes, oculta por su pelo. Sólo era un rasguño superficial. Había tenido suerte, no parecía tener nada grave en ninguna parte de su cuerpo.

Acarició la superficie del agua con sus pies. Tenía la temperatura perfecta. Caminó adentrándose poco a poco hasta que todo su cuerpo estuvo en contacto con el agua. Su frescor le ayudó a relajarse y a olvidar todas sus preocupaciones. Su cuerpo también se sentía menos dolorido allí dentro. Cuando parecía que la calma reinaba a su alrededor, las imágenes de aquel enano volvieron a irrumpir en su mente. Sentado sobre aquella roca a merced del ataque de los lobos, blandiendo su espada contra las bestias, mirándola desde su montura desde el otro lado del camino de rocas, gritándole que se diera prisa, sujetando las riendas de su caballo, sonriéndole con el hacha apoyada sobre sus rodillas. La desaparición del astro solar había oscurecido las aguas, que ahora se tornaban tan profundas como aquellos ojos que la perseguían. Iriel tuvo ganas de gritar para sacarse todos esos obsesivos pensamientos. En lugar de eso se sumergió en el agua y comenzó a nadar.


Había pasado media hora y los enanos ya habían organizado el campamento. Lo primero que hicieron fue preparar todo lo necesario para la cena. Tras encender el fuego empezaron a cocinar una buena ristra de salchichas y varios trozos de tocino. Los enanos, hambrientos, no le quitaban la vista de encima a la cena que estaban preparando.

—La cena ya está lista.

Bofur empezó a repartir la ración de cada uno. Sobraba un plato.

—¿Dónde está Rhein? —preguntó Bofur.

—Ha dicho que iba a dar una vuelta.

—Pues como no se dé prisa se quedará sin probar bocado. Aquí veo muchos ojos hambrientos mirando su plato.

—Iré a buscarle.

Bilbo se levantó decididamente. A pesar de la negativa de Rhein para acompañarle, Bilbo quería estar cerca él. Le había salvado la vida, nunca iba a olvidar esta deuda. Se sentía culpable por las heridas que había sufrido el cazarrecompensas en consecuencia. Si no se hubiera adentrado en el bosque a buscar aquellas dichosas setas, si se hubiera quedado todo el rato junto a los enanos, Rhein no habría tenido que separarse de ellos para buscarle. Por fortuna no había ocurrido ninguna tragedia, pero había estado cerca. Bilbo no iba a olvidar su imprudencia en bastante tiempo.

Bilbo caminó entre los árboles en busca de su compañero. Hacía bastante rato que se había marchado. ¿Y si había vuelto a desmayarse? ¿Y si se había encontrado con algún otro peligro sin que ellos se hubieran enterado? Su corazón comenzó a inquietarse y sus peludos pies aceleraron el paso. Tras atravesar aquel laberinto de troncos llegó a un pequeño claro donde se extendía un lago de aguas transparentes. En medio de aquellas aguas encontró una delgada silueta. Estaba de espaldas y el agua le cubría hasta la cintura. Sus oscuros cabellos caían cubriendo parte de su espalda, mostrando una delicada figura. Intentó acercarse un poco más para ver mejor y entonces una rama crujió bajo sus pies. La silueta se giró rápidamente hacia él. A pesar de que su pelo cubría completamente su pecho, la joven se cubrió rápidamente con sus brazos y soltando un grito se sumergió en el agua hasta la altura del cuello. El hobbit se giró avergonzado, no pretendía vulnerar la intimidad de la dama, no se habría acercado tanto de haber sabido que era una mujer la que se estaba bañando.

—Dís-disculpadme joven dama… Os juro que no era mi intención espiaros, no tenía ni idea de que hubiera una mujer por estos parajes. —El rostro de Bilbo enrojecía por momentos, notaba como la piel de su cara ardía bajo sus mejillas a pesar de que no había visto nada indecoroso. Al apartar la vista del lago, su mirada fue a parar a una pieza de metal que relucía entre los arbustos. Se acercó para apartar los hierbajos y observarlo mejor. Encontró un casco plateado y una malla.

—No puede ser…

Al lado se encontraban dobladas el resto de las prendas de Rhein. Su jubón, su camisa, sus botas… Ahora todo encajaba en la mente de Bilbo. Su desconcierto hizo que se volviera a mirarla de nuevo.

—¿Tú eres Rhein? ¿Eres… una mujer?

La muchacha asintió con la cabeza mientras la mayor parte de su cuerpo seguía todavía dentro del agua. Una sensación de angustia comenzó a invadirla. Había sido una estúpida al adentrarse en el lago tan despreocupadamente. Había dejado al descubierto su secreto.

En ese momento oyeron unas pisadas que se aproximaban con velocidad. Iriel miró a ambos lados para ver dónde podía ocultarse, pero no encontró nada. Miró a Bilbo con ojos suplicantes.

—Por favor, no me delates.

Y tras estas palabras cogió todo el aire que le permitieron sus pulmones y se sumergió por completo en el lago.

Kíli y Fíli aparecieron corriendo entre los árboles y se toparon con Bilbo. El hobbit empujó disimuladamente con el pie las ropas de Rhein para ocultarlas entre los arbustos.

—¿Qué ha pasado? Hemos oído gritar a una mujer.

—¿Una mujer? —Se rió el hobbit nervioso—. Pues he debido ser yo.

Los dos enanos le miraron incrédulos.

—Había una serpiente… Bueno, en realidad se trataba de una rama, pero a mí me pareció que era una serpiente y… —Les miró avergonzado—. Siempre he tengo mucho miedo de esos bichos.

Kíli y Fíli se rieron burlonamente por la explicación del mediano, pero siguieron revisando los alrededores con la mirada.

—¿Y Rhein? —preguntó el rubio—. ¿No habías venido a buscarlo?

Bajo el agua Iriel no podía entender la conversación, pero sí podía escuchar el murmullo lejano de las tres voces. Le pareció que se trataba de los jóvenes sobrinos del rey, pero no estaba segura. El aire se le estaba terminando. Unas pequeñas burbujas ascendieron hasta la superficie. El hobbit se dio cuenta de ellas.

—No he conseguido encontrarle —contestó mientras avanzaba hacia los árboles esperando que los dos hermanos le siguieran—. Debe de haberse ido en otra dirección, ¿me ayudáis a buscarle?

Ambos asintieron y empezaron a seguirle entre la maleza. Segundos después de que se hubieran ido, Iriel irrumpió violentamente en la superficie en busca del anhelado oxígeno. Su impulso al salir salpicó agua en todas las direcciones. No podía aguantar más.

Respiró entrecortadamente para recuperar el aliento. Bilbo le había concedido su petición, allí no había nadie. Tardó unos segundos en recuperar la respiración y salir del agua. El límpido líquido recorría su piel hasta caer y fundirse con el suelo, dejando una suave caricia a su paso. Se acercó hasta los arbustos donde su ropa permanecía oculta. Rebuscó entre ella para colocarse la ropa interior. Después se vistió con una fina tela a la espera de que su piel se secara antes de ponerse el resto de la ropa. El jubón y la camisa estaban hechos de un material muy grueso que si se empapaba, tardaría horas en secarse de nuevo, lo que no la ayudaría a encontrarse muy cómoda, por ello era mejor esperar.

Así la encontró Bilbo minutos después, cubierta tan sólo por un camisón de tirantes que le cubría hasta la mitad de los muslos, mientras se vendaba las heridas de las rodillas. El mediano intentó cubrirse los ojos con los brazos pero Iriel le recibió con una sonrisa.

—Gracias por haberme ayudado.

—Te debía una. Bueno, te la sigo debiendo… —se corrigió rápidamente. Ocultar su secreto no era comparable a salvarle de morir aplastado entre gigantescas ramas y frías rocas.

—Fue todo idea de Gandalf.

—Por qué será que no me sorprende… —Bilbo conocía de sobra la astucia del mago, sus sagaces palabras eran las principales culpables de su situación actual.

Ambos se quedaron un rato más hablando en aquel lugar. Bilbo ayudó a Iriel con el vendaje de los brazos y también le echó una mano para ponerse de nuevo su disfraz. Ambos se sentían felices por aquel inesperado encuentro. Iriel se sentía un poco más libre al haber compartido su secreto con alguien más, tras la marcha del mago se había quedado sin su único cómplice, pero ahora las cosas habían cambiado. Se alegró de que de todo el grupo hubiera sido precisamente Bilbo el que la hubiera descubierto, era la persona que más podría comprender lo que era sentirse juzgado sólo por las apariencias, ser considerado inferior antes de demostrar su valía. Por su lado Bilbo también se sentía satisfecho. Ahora tenía la oportunidad de ayudar de alguna manera a la persona que le había salvado la vida. Además el hecho de que se tratara de una mujer aún había hecho crecer más la admiración que sentía. Y, aunque nunca lo reconocería delante de nadie, también se sintió aliviado al descubrir que aquellos cálidos brazos que le habían hecho sentirse tan sorprendentemente cómodo al abrazarle, no pertenecían a ningún hombre.

—Creo que ya va siendo hora de que regresemos, puede que estén preocupados.


En el campamento estaban empezando a inquietarse por la tardanza de los medianos. Fíli y Kíli tampoco había vuelto a aparecer.

Thorin conversaba con Dwalin junto al fuego.

—Todavía hay algo que me inquieta en ese cazarrecompensas. Sé que nos oculta algo importante.

—Sin embargo no podemos negar que ha arriesgado su vida por salvar la del mediano —le espetó Dwalin—. Ignoro si hay alguna razón oculta tras esa acción desinteresada, pero no podemos negarle el mérito.

—Le vigilaré de cerca mientras el mago no se encuentre entre nosotros —concluyó Thorin con una mirada severa.

—Si ése es tu deseo, yo tampoco le quitaré un ojo de encima.

Balin irrumpió en la conversación.

—Mi querido Thorin, creo que veis fantasmas donde no los hay. No creo que el muchacho vaya a hacernos ningún daño.

—No arriesgaré el destino de nuestro pueblo por las promesas de un mago sobre la fidelidad de los medianos. Antaño confiamos en los elfos, ¿y cómo nos lo pagaron esos traidores? Mirando hacia otro lado. —Thorin dio un puñetazo en la tierra. Los enanos que conversaban alrededor se giraron sorprendidos por el repentino enfado de su líder. Los medianos acababan de llegar justo a tiempo para ver la escena.

Balin se giró hacia ellos y bajando la voz contestó a su rey en un susurro.

—Estoy de acuerdo contigo, pero recuerda que ellos no son elfos.

El enfado de Thorin empezó a disminuir tras las sabias palabras de su compañero. Balin se acercó hacia Bilbo e Iriel.

—Habéis tardado tanto que vuestra cena se ha enfriado —dijo tendiéndoles el plato de salchichas con amabilidad—. Si queréis más podemos ofreceros unos pedazos de pan.

—No será necesario. Muchas gracias por vuestra gentileza. —Iriel hizo una pequeña reverencia al viejo enano, que volvió a sentarse junto al fuego, al lado de su hermano.

Tras acabar la cena, Kíli y Fíli irrumpieron en el campamento. Sus ropas estaban cubiertas de ramas y tierra.

—¿Dónde os habíais metido? Llevamos un buen rato buscándoos —dijeron al unísono mirando a los medianos.

Thorin les echó una mirada de reproche, pues la sospechosa sonrisa que inundaba el rostro de sus sobrinos indicaba que habían estado haciendo de las suyas. Bilbo también había aprendido a reconocer sus gestos, les llamó para que se sentaran junto a ellos y les preguntó en voz baja.

—Vuestras ropas tienen un aspecto horrible, ¿qué habéis estado haciendo realmente?

Kíli le sonrió con complicidad, pero Fíli le tapó la boca mientras se aseguraba de que su tío no les escuchaba. Thorin había vuelto a la conversación con Dwalin y Balin.

—Hemos estado cazando ardillas.

—Eran muy rápidas, pero nosotros lo somos todavía más.

—Aunque las ramas no aguantan nuestro peso tan bien como el de ellas. —Ambos hermanos comenzaron a reír. Iriel y Bilbo también se contagiaron de su risa. Aquella pareja de hermanos era un desastre, mucho más traviesos que los niños que Bilbo conocía en la Comarca. Sin embargo, era agradable contar con gente así en el grupo.

Aún no había llegado la medianoche, pero la mayoría de los enanos prepararon sus sacos para dormir. Habían parado a descansar mucho antes de lo previsto porque no había ningún otro refugio a la vista, pero estaban convencidos de que su líder les obligaría a levantarse muy temprano para recuperar el retraso que arrastraban.

Aquella noche transcurrió sin incidentes. Bofur y Nori se encargaron de la guardia. Iriel consiguió conciliar el sueño sin problemas, acostada junto a Bilbo, su nuevo cómplice, y los jóvenes enanos.

Aquella noche ningún rey invadió sus sueños.