*~~~~* CAPÍTULO 6: UNA MORADA AMIGA *~~~~*
Los siguientes días transcurrieron sin sobresaltos. El grupo se levantaba temprano y caminaba hasta que el sol desaparecía en el horizonte, pues creían peligroso continuar la marcha en la oscuridad. Avanzaban rápido, aunque no tanto como su líder hubiera deseado, sabía que no debían cansar demasiado a los ponis, tenían muchas jornadas por delante hasta alcanzar aquella olvidada montaña.
El paisaje que se extendía a su alrededor era árido. La tierra por la que caminaban era seca y no dejaba brotar más que descoloridos matorrales llenos de ramas secas que crujían a su paso. Grises y afiladas rocas aparecían de vez en cuando salpicando aquel terreno, dispersas, como si hubieran caído del cielo en alguna caprichosa tormenta de piedras. Algunas de ellas habían servido como refugio para los enanos, pues no había mucho más donde para ocultarse en aquellas tierras desiertas.
Tras el incidente con los olifantes el grupo sólo contaba con doce ponis y el caballo de Iriel, por lo que siempre había dos personas que debían compartir su montura. A pesar de que habían decidido turnarse, Bilbo era uno de los que solía ofrecerse voluntario para cabalgar sobre el caballo de Iriel. Su amistad había ido creciendo día a día, el resto de los enanos la atribuían a la peligrosa experiencia que habían compartido y al hecho de que ambos pertenecieran a la misma raza, pero la verdadera razón de esta sincera amistad era el secreto que ambos protegían.
La marcha era más agradable cuando era amenizada por las historias de los enanos. Kíli y Fíli acostumbraban a narrar sus delictivas aventuras, siempre asegurándose de que su tío no les escuchara. Bofur también aprovechaba cualquier ocasión para adornar historias cotidianas con divertidas anécdotas. Iriel cada vez se sentía más a gusto entre aquellos enanos, les escuchaba siempre que tenía ocasión, aunque rara vez participaba en las conversaciones. Le resultaba difícil mantener una voz falsa durante mucho rato. Con el único con el que se permitía conversar era con el hobbit, además como casi siempre caminaban en la retaguardia, si la joven cometía algún error no era descubierto por el resto del grupo.
Aquel día había oscurecido antes que los demás a causa de las nubes que cubrían el cielo. Sólo hacía un par de horas que habían dejado atrás el mediodía, pero bajo aquel cielo gris parecía que se encontraran en las últimas horas de la tarde. Una fina y molesta lluvia empezó a caer sobre ellos. La temperatura no había cambiado, pero la lluvia continua estaba empezando a enfriar sus cuerpos. Poco a poco su intensidad fue creciendo. Todos intentaron refugiarse bajo sus capas, sin mucho éxito. Bombur y Dori comenzaron a estornudar y el viejo cuerpo de Balin temblaba a pesar de que compartía montura con Thorin. El rey enano miró a Dwalin, quien cabalgaba a su lado. También se había percatado de los esfuerzos de su hermano por protegerse del frío y la lluvia.
—Nos detendremos hasta que la lluvia cese —anunció Thorin girándose hacia el resto del grupo.
—A juzgar por la posición de las nubes, no creo que tarde mucho —pronosticó Balin.
—En ese caso nuestro descanso será breve. Pararemos igualmente.
Balin asintió con agradecimiento hacia Thorin. La edad estaba pasando factura a sus huesos.
Intentaron resguardarse entre las rocas. Las cornisas que sobresalían no eran demasiado amplias, así que todos tuvieron que apretujarse para que la lluvia no les alcanzara. No había refugio para los animales, así que los pobres quedaron amarrados a cierta distancia del grupo, a merced del llanto de las nubes. Lejos de aminorar, unos intensos truenos se apoderaron ahora del cielo, haciendo que la lluvia arreciara todavía más. El cielo cada vez se mostraba más oscuro, sólo algún relámpago lejano conseguía iluminarlo un instante. Si hubieran tenido más espacio, de buena gana habrían encendido un fuego para calentarse. Ahora sólo les quedaba esperar a que pasara.
Fue Bofur, sentado al lado de Bilbo e Iriel, quien empezó la conversación.
—Rhein, ¿te ha contado ya el mediano cómo se las ingenió para evitar que nos convirtiéramos en comida de trolls?
Iriel negó con la cabeza y miró hacia el hobbit. Bilbo sonrió con una mezcla de modestia y satisfacción.
—En realidad fue Gandalf quien nos salvó de acabar de aquella forma.
Bilbo relató cómo se había encontrado con aquellos tres enormes y estúpidos trolls por culpa del descuido de Kíli y Fíli con los caballos. Al oírlo, Thorin fulminó con la mirada a sus sobrinos. Cuando Kíli y Fíli se acercaron al grupo a pedirles ayuda para rescatar a Bilbo, olvidaron mencionar que había sido su culpa que el saqueador se hubiera visto envuelto en aquel lío. Kíli y Fíli temblaron ante la mirada de su tío, que no tardó en propinarles un buen golpe en la cabeza a cada uno.
Todo el grupo comenzó a reír mientras Bilbo seguía contando la historia. En aquella ocasión, sin saber muy bien cómo, todo el grupo de enanos había acabado atado de pies y manos mientras los trolls debatían cómo cocinarlos. A Bilbo se le ocurrió ganar tiempo para que los rayos de sol convirtieran en piedra a esas repulsivas criaturas, que parecían haber olvidado que la peligrosa hora del amanecer se encontraba ya muy cerca. Bilbo discutió con los trolls sobre su mala elección para la cena, pues los enanos estaban infestados de parásitos. Con esta inocente mentira había ganado unos valiosos minutos para que Gandalf llegara justo a tiempo, partiendo una enorme roca con su bastón y dejando así que los rayos del sol alcanzaran a los trolls, que se convirtieron en estatuas de piedra instantáneamente. Los enanos rieron recordando esta vieja historia, Iriel comenzó a aplaudir a su compañero mientras los demás le vitoreaban.
—No fue para tanto —decía Bilbo intentando en vano que sus compañeros se callaran—. Lo mejor de aquella aventura fue las hermosas espadas que conseguimos.
Bilbo le mostró a Iriel la pequeña espada élfica que había conseguido en la cueva donde los trolls guardaban su botín. Nadie podía negar que el acero de su espada reflejaba un impresionante trabajo que sólo los elfos eran capaces de conseguir. Thorin también desenvainó su espada para mostrársela al grupo. A pesar de que había tenido la tentación de rechazar el arma al conocer su procedencia, el mago le había asegurado que no encontraría un acero mejor. Necesitaría toda la ayuda de la que dispusiera para tener éxito en la misión que pretendía llevar a cabo, si una espada élfica iba a ayudarle a ello, no le quedaba más remedio que aceptarla.
A pesar de la tenue luz que la tormenta dejaba escapar, se apreciaban los cuidadosos grabados élficos sobre las espadas. Esas hojas metálicas reflejaban las grisáceas nubes que les cubrían. Fue en ese preciso instante, bajo la atenta mirada de admiración de todos, cuando la hoja comenzó a brillar con una penetrante luz azul.
Iriel había leído acerca de las mágicas propiedades de las espadas élficas, pero nunca había tenido una a su alcance. Ese brillo sólo podía significar una cosa: no estaban solos.
Thorin fue el primero en ponerse en pie al observar su brillo. Su cuerpo se puso tenso en ese momento. Sabía lo que su espada le estaba diciendo. Había enemigos cerca.
Kíli y Fíli se levantaron para mirar entre las rocas, ellos tenían la vista más aguda del grupo. Vieron varios grupos de huargos corriendo desde diferentes direcciones. Llevaban orcos armados sobre sus espaldas. Todavía se encontraban a bastante distancia, pero no tardarían en dar con ellos. Les superaban en número. Los enanos se miraron preocupados. Si salían de su escondite revelarían sus posiciones, pero si se quedaban allí serían rodeados sin escapatoria.
No podían quedarse allí esperando. Thorin iba a dar instrucciones cuando un potente rayo cayó del cielo en dirección a las monturas. El rayo impactó en la roca y prendió fuego a las cuerdas con las que estaban amarradas. Los animales entraron en pánico y salieron corriendo en todas las direcciones. Se chocaron entre ellas, galoparon hacia donde se encontraban los enanos y estuvieron a punto de embestirlos. En tan sólo unos segundos de caos, cada una se alejó en una dirección, desapareciendo entre la tormenta. Se habían quedado sin medio de transporte.
Los perturbados relinchos habían alertado a los orcos, que se agarraron fieramente al cuello de los huargos y les obligaron a cambiar de dirección. Los enanos debían huir de allí inmediatamente con toda la velocidad que les permitieran sus cortas piernas.
Todos empezaron a correr sin saber muy bien a dónde, sorteando las rocas e intentando despistar a los orcos. Kíli se subió a una de ellas y empezó a disparar con su arco. A pesar de la lluvia y de la distancia, alcanzó a un par de orcos y a varios huargos, que tropezaron arrojando a sus jinetes. Thorin ordenó a su sobrino que los siguiera. En medio de aquellas sombras Iriel vio una blanquecina que se movía a gran velocidad. Su caballo estaba intentando despistar a los huargos. En ese momento también vio correr a algunos de los ponis que se habían escapado. Los huargos empezaron a dividirse para seguirlos, alcanzaron a uno de ellos profiriéndole una mordedura mortal. Pudieron escuchar la agonía del animal, pero no podían ayudarle. Los orcos les estaban acortando terreno, no tardarían mucho en alcanzarles.
Algunos tenían tentaciones de dar media vuelta y enfrentarse a ellos, pero Thorin les ordenó que siguieran corriendo, no quería perder a ninguno de sus hombres con acciones heroicas. Iriel corría lo más rápido que podía, sin perder de vista a su caballo y con el corazón a punto de salírsele del pecho. Quería gritarle al animal que huyera lejos, que la abandonara y se salvara, pero la carrera la estaba dejando sin aliento y no era capaz de gritar. Rezó para que el caballo lograra escapar de aquellas feroces criaturas.
Delante de ellos se extendía un grupo de rocas en forma de semicírculo. A Iriel le pareció ver un profundo agujero en el centro de ellas. La fuerza de los enanos se estaba agotando, sus pasos empezaban a ser más lentos y el sudor de sus rostros se mezclaba con la lluvia que caía sobre ellos. Bilbo también se estaba quedando atrás. Thorin observó a sus compañeros y desenvainó sus armas, todo apuntaba a que no tardaría en usarlas. Sostuvo el hacha con la mano izquierda y la espada élfica con la derecha y continuó corriendo. Iriel se echó mano al cinturón y rozó a Menfis con los dedos. Pronto la iba a necesitar.
Justo cuando los enanos iban a convertir aquel puñado de rocas en el escenario de su infausta batalla, un relámpago cayó sobre ella con más fuerza que ningún otro. Pero no se trataba de un relámpago cualquiera, entre las chispas y las sombras sobresalía un puntiagudo sombrero azul.
—¡Gandalf! —gritó Bilbo esperanzado.
El mago sostenía su espada élfica y su bastón.
—¡Rápido! ¡Entrad aquí! —El mago señalaba el agujero que las rocas ocultaban a sus pies.
Los enanos apretaron la marcha haciendo un último esfuerzo. Thorin se quedó junto a la entrada para ayudar a entrar a todos sus compañeros. Varios orcos les pisaban los talones y muchos otros les seguían con fiereza. Kíli disparó varias flechas a los que estaban más cerca, dándoles unos preciados segundos a sus retrasados compañeros. Thorin clavó su espada en un huargo que se abalanzó sobre él sin jinete y cayó al agujero con la espada clavada en su cuerpo. El resto de sus compañeros se apresuraron en rematar a aquella bestia. Tan pronto como todos estuvieron dentro de aquel agujero, una lluvia de flechas se abalanzó sobre sus enemigos provenientes de la dirección donde había aparecido Gandalf. Todos esperaron en silencio en aquel refugio, con sus armas en la mano, dispuestos a acabar con quien se les pusiera por delante. Afuera sólo se oía el sonido de la lluvia, el de cientos de flechas surcando el aire y los gritos y rugidos enfurecidos de los orcos y sus mascotas. El cadáver de un orco cayó rodando por aquel agujero. Llevaba una flecha clavada en la frente. Thorin se agachó para examinarla.
—Estas flechas son élficas —dijo tirándola al suelo con desprecio. Acto seguido miró a Gandalf inquisitivamente. El mago prefirió mirar hacia otro lado.
Los gritos de batalla parecieron apagarse en el exterior, los orcos que habían sobrevivido se estaban retirando a causa de este inesperado contraataque. Dwalin se giró para examinar la cueva subterránea en la que se habían ocultado. Parecía conducir a un lugar lejano. Gandalf echó una mirada firme a Thorin y empezó a caminar por aquel estrecho pasillo. El enano frunció el ceño, tenía la sospecha de a dónde dirigía aquel subterráneo, pero empezó a caminar al igual que el resto de sus compañeros. Bilbo se encontraba inmensamente feliz por el reencuentro con el viejo mago. Iriel seguía preocupada por su caballo, intentó agudizar el oído antes de penetrar en aquel pasadizo, pero no escuchó nada.
Caminaron durante al menos media hora por aquel túnel subterráneo de tierra y rocas. Un poco de luz se filtraba por el techo y el agua goteaba salpicándoles. Se encontraban cansados por la carrera a pie y aquel estrecho pasillo que no parecía tener fin no ayudaba a levantarles el ánimo. Finalmente el camino se ensanchó y llegaron a la salida del túnel. Había dejado de llover y los tímidos rayos del sol que se extendían por el cielo despejado les mostraron un paisaje cuya belleza tardarían en olvidar. Se trataba de la última fortaleza amiga que encontrarían antes de entrar en las Montañas Nubladas.
—Imladris —dijo Gandalf saboreando la belleza de estas palabras.
—Rivendel —contestó Bilbo con ojos centelleantes. Había leído sobre la belleza de esta ciudad élfica, pero ninguna descripción hacía justicia al impresionante paisaje que tenía ante sus ojos. La ciudad nacía en un espléndido valle entre las rocas, la frondosa vegetación y las puras cascadas de agua que caían desde las montañas. El río Bruinen atravesaba el profundo valle nutriendo de vida la vegetación. La sofisticada arquitectura de los elfos había labrado las rocas y la madera dándole el característico aspecto curvado de su ornamentación. Todo parecía más ligero bajo el delicado labrado de los elfos.
Avanzaron por aquellos elegantes puentes que llevaban hacia la ciudad. Iriel y Bilbo admiraban cada detalle que tenían a su alcance, mientras los enanos caminaban con desdén y miraban con recelo todo lo que les rodeaba. El que sin duda se encontraba más incómodo en aquel lugar era el rey de los enanos, pero hizo grandes esfuerzos por disimularlo, pues el mago les había conducido hasta allí lejos del peligro. No podía negar que les había vuelto a salvar la vida.
Cuando los enanos llegaron a la ciudad se quedaron parados en una plaza circular. Varios elfos se acercaron a recibirles con paso seguro.
—Dejad que hable yo —susurró el mago al observar los rudos modales de sus compañeros.
Un elfo joven les dio la bienvenida y les preguntó cuál era el motivo de su visita. Iba acompañado de una elfa y otro elfo, ambos miraban con peculiaridad a los enanos, quienes parecían muy pequeños desde su perspectiva. Los enanos no se tomaron muy bien aquella mirada de superioridad, pero Thorin los contuvo.
—Hemos venido a hablar con vuestro señor Elrond —dijo Gandalf mostrando una pequeña reverencia.
—Me temo que no puedo complaceros. Nuestro señor no se encuentra aquí en estos momentos.
Gandalf dejó escapar una astuta sonrisa. Unos cascos se escucharon provenientes de otra de las entradas a la ciudad. Todos se giraron en esa dirección. Un grupo de elfos armados se aproximaban a caballo. Cabalgaban en perfecta armonía, con sus cuerpos erguidos y rectilíneos portando sus estandartes. Gandalf reconoció a su viejo amigo entre ellos.
Elrond bajó ágilmente del caballo para saludar a Gandalf y se puso a conversar con él en sindarin. Los enanos encontraron ofensivo que el señor elfo los excluyera de la conversación utilizando un idioma que no conocían y así lo demostraron aferrando sus armas. Los jinetes elfos que todavía se encontraban a caballo percibieron esta señal de enfrentamiento y empezaron a rodearlos. Gandalf y Elrond se giraron hacia todos ellos para detener la disputa. Entonces se percataron de que otro pequeño grupo de elfos se aproximaba también hacia allí. Entre los elegantes caballos de los elfos asomaban varios ponis asustados, ataviados con mochilas, y un caballo plateado entre ellos. Iriel no pudo contenerse al ver a su caballo y echó a correr hacia él. El caballo también hizo lo mismo y todos los presentes pudieron observar el emotivo encuentro entre el animal y el cazarrecompensas. Los enanos comprendieron que aquel grupo de elfos habían sido quienes les habían ayudado a luchar contra los orcos que los perseguían, por lo que relajaron su actitud desafiante y también se sintieron aliviados de recuperar algunas de sus monturas con sus pertenencias. En esta ocasión Elrond habló en la lengua común a sus invitados.
—Os doy la bienvenida a mi Casa. Aquí se os ofrecerá toda la comida y descanso que necesitéis, mis queridos enanos. Es un honor para nosotros disfrutar de la compañía de los descendientes de la línea de Durin y de sus amigos.
Thorin quiso reprochar estas palabras de hospitalidad, pero al notar la mano de Balin sobre su hombro se contuvo, e hizo una reverencia formal con la cabeza. Mostraría sus buenos modales ante aquellos elfos, pero su desconfianza y resentimiento no iba a cambiar hicieran lo que hicieran.
Elrond apoyó una mano en la espalda del mago y volvió a dirigirse a él en la lengua de los elfos.
—Espero que luego puedas contarme qué asuntos te traen con este grupo de enanos y por qué has inmiscuido en esto a un mediano y disfrazado a una mujer como un guerrero.
Gandalf soltó una pequeña tosecilla de incomodidad. Nada se le escapaba a aquel sabio elfo.
Acompañaron a sus invitados hasta sus habitaciones y les tendieron ropa seca para que pudieran cambiarse, pero todos ellos la rechazaron. Preferían continuar con sus ropas mojadas que portar aquellas repelentes túnicas élficas. Lo que no rechazaron fue la suculenta comida que les ofrecieron. En cuestión de minutos los platos se vaciaron y los exquisitos manjares de la mesa fueron disminuyendo a una velocidad alarmante.
Bueno, todos no. Todo lo que parecía verde y saludable fue rechazado por los enanos, oportunidad que aprovecharon Bilbo e Iriel para degustar una dieta más variada que en las últimas semanas. La tarde cayó deprisa y los enanos se quedaron conversando y riendo en una de las amplias habitaciones que les habían ofrecido. Sin embargo Bilbo e Iriel se encontraban cansados y sabían que no tendrían muchas oportunidades de descansar en un lugar tan acogedor como éste. Una cama blanda y seca era un lujo que hacía tiempo que no disfrutaban. Una joven elfa de cabellos castaños les acompañó hasta la habitación que habían preparado para los medianos. Estaba algo más alejada que las habitaciones donde descansarían los enanos, así disfrutarían de una noche tranquila. La melodía de un arpa y una flauta llegó hasta sus oídos mientras caminaban por aquellos pórticos de madera ovalada. Finalmente llegaron a la estancia que les habían preparado.
Se trataba de una refinada habitación circular con un amplio balcón que daba hacia una de las cascadas de la montaña. Desde el balcón descendía una escalera de caracol de madera blanca que bajaba hasta un hermoso jardín. Iriel apenas podía contener la emoción de todas las maravillas que tenía frente a ella. La elfa les dejó solos para que se acomodaran. La habitación era sencilla. Tenía un par de camas al lado del balcón. Una delicada mesa de madera, tan blanca como el resto de las paredes, se apoyaba junto a dos sillas de las mismas características. A su lado había una puerta que daba a un pequeño cuarto de baño. La atención de Iriel se centró en un ostentoso armario que ocupaba una de las paredes de la sala. La joven se acercó para abrirlo y dejó escapar un suspiro de emoción. Dentro había varios vestidos élficos y una túnica azul turquesa para el hobbit.
—Creo que alguien más se ha percatado de tu secreto. Sospecho que por eso nos han dado una habitación tan alejada.
Iriel tendió la mano para acariciar aquella tela. Era tan suave...
Cogió un vestido de color lavanda y lo examinó más de cerca. Estaba bordado con hilos de plata.
—Vamos pruébatelo, estoy seguro de que te sentará bien.
Iriel le miró mordiéndose un labio de forma traviesa. Se moría de ganas por probárselo. Estaba cansada de aquel disfraz de metal y a menudo se imaginaba vistiendo alguna ropa más femenina, pero aquel vestido élfico era mucho más de lo que podía desear. Cogió el vestido y se apresuró a entrar al cuarto de baño con él. Primero aprovechó para ducharse, llevaba muchos días de viaje a sus espaldas y no quería ensuciarlo.
No tardó en ponerse aquella maravilla sobre su piel. Salió para que el hobbit le diera su opinión. Bilbo enmudeció al verla aparecer. El vestido parecía haber sido hecho a su medida. El traje caía ajustándose a su silueta. Tenía una elegante abertura en el pecho adornada por pequeñas piedras amatistas, cuyo intenso color violeta sobresaltaba con el suave tono lavanda del resto de la tela. El vestido se abrochaba en el cuello, dejando al descubierto sus hombros, pero cubría sus brazos con una tela transparente bordada con hilos de plata. Las mangas acaban en forma triangular cubriendo las manos de la joven, hasta la altura de los dedos. Esta zona también estaba adornada por pequeñas gemas. El resto del vestido se ajustaba perfectamente a su cuerpo, resaltando su ajustada cintura, pues justo debajo de ella el vestido se ensanchaba cayendo en todas direcciones. Lo único que fallaba era la largura, pues al menos un palmo se arrastraba por el suelo. Iriel miró a Bilbo esperando su respuesta, pero el hobbit seguía boquiabierto. Había olvidado el hermoso rostro de la chica cuando la contempló con aquel camisón cubierta de heridas. Ahora con aquel vestido parecía una auténtica princesa. Era difícil imaginar que aquella chica llevara tantos días viajando con ellos bajo una máscara metálica.
—¿Qué pasa? ¿Tan mal me queda? —dijo la joven impaciente por el silencio de su amigo.
—No… ¡Qué va! Al contrario, pa-pareces una princesa elfa —le contestó tartamudeando. Iriel enrojeció por el comentario. Entonces el hobbit se levantó y empezó a rebuscar por los cajones de la habitación. Encontró una pequeña diadema plateada—. Con esto estarás mejor. —Y se la tendió sonriente.
Iriel tomó aquella delicada joya con ambas manos y se la colocó echando hacia atrás su flequillo. De esta forma, sus ojos claros resaltaban aún más en su rostro.
Iriel se asomó al balcón. La luna ya había aparecido en el cielo, su plateado brillo hacía todavía más hermosa, si es que eso era posible, la madera blanca que decoraba la barandilla. La escalera de caracol parecía estar llamándola. Se giró una vez más para mirar al hobbit, que adivinó las intenciones que suplicaban sus ojos.
—Si tanto lo estás deseando no veo por qué no deberías ir a dar una vuelta. Nadie te reconocerá con ese aspecto, además estoy seguro de que los enanos no se adentraran en las calles de esta espléndida ciudad. Sólo les divierte comer y armar escándalo.
Iriel sonrió a su compañero y se dispuso a hacer lo que su corazón le estaba pidiendo a gritos. Era la primera vez que se encontraba al cobijo de una ciudad élfica y quería explorar cada rincón. Se quitó las botas y empezó a caminar descalza. Agarró el vestido levantando la parte que sobraba y bajó las escaleras con cuidado. Descendió hasta el hermoso jardín que se extendía bajo su balcón. El manto verde estaba cubierto por cientos de flores blancas, que resplandecían aún más bajo la luna. Se agachó para coger una y colocársela en el pelo. Siguió caminando por aquel lugar, la hierba acariciaba sus pies, era agradable caminar así. Cuanto más se adentraba, más cautivada se sentía por aquel pacífico lugar. Era como si las preocupaciones no existieran bajo esos muros.
Le pareció escuchar el murmullo del agua cayendo. Una cálida sensación recorrió su pecho al recordar su adorada cascada, aquella que cubría la entrada a su hogar. Caminó en busca de este familiar sonido.
Por otro lado, los enanos continuaron con su jolgorio. Habían conseguido que los elfos les sirvieran un poco de alcohol. Bombur seguía comiendo todo lo que encontraba a su alcance, tanto que acabó rompiendo la silla donde se encontraba. Los muebles de los elfos no estaban acostumbrados a soportar tales cargas. Sólo un enano permanecía sentado con el ceño fruncido.
Sus compañeros habían conseguido abstraerse de lo que les rodeaba y disfrutar de un protegido descanso, pero él no era capaz de hacerlo. Todo cuanto le rodeaba le recordaba la traición que habían sufrido, por eso no podía relajarse. Se retiró a las dependencias que les habían ofrecido y decidió darse un baño. El contacto con el agua fresca sobre su piel le relajó un poco, pero todavía se sentía incómodo. Se vistió sólo con su túnica azul, su pantalón pardo, su cinturón y sus pesadas botas, y dejó sus armas y su abrigo de pieles sobre la cama. Todavía con los cabellos humedecidos, decidió salir a dar un paseo, tal vez el viento de la noche consiguiera apaciguar sus pensamientos.
El capricho del destino, o tal vez el antojo de la suerte, guiaron sus pasos hasta aquel recóndito estanque, donde no se encontraría solo.
