Rirhi: Fuiste mi primer review ^^ muchas gracias por todos tus comentarios! Jajaja siento hacerte sufrir con la historia, he intentado darme bastante prisa en actualizar
Ady prime: Bueno no me he hecho mucho de esperar! En nombre de Durin, espero que sea de tu agrado ;)
HainesHouse: Muchas gracias por tu comentario! Pues si, Thorin sospecha que pasa algo raro con Rhein, pero su mente teme que su identidad oculta se deba a que quiere traicionarles y de este modo nadie pueda culparle. Ay... este desconfiado Thorin... no sabe lo que le espera...
Kora: No desesperes más, aquí esta la continuación ^^
Parece que muchos estáis esperando con ansias este capítulo, espero no defraudar a nadie y que cumpla con vuestras expectativas. ¡Aquí os dejo con la historia! Espero vuestras opiniones.
*~~~~* CAPÍTULO 7: UNA NOCHE BAJO LA LUNA *~~~~*
El sonido del agua al caer fue lo que guio los pasos de Iriel. Delante de ella se precipitaba una impresionante cascada. Sus aguas puras caían con suavidad, casi como si aquel elemento flotara en el aire. El agua contactaba con el suelo dando forma a un pequeño estanque rodeado de piedras blancas. Habían sido labradas por elfos convirtiéndolas en piezas redondeadas con hojas silvestres talladas sobre su superficie. Juntas delimitaban un estanque con forma de lágrima. El estanque no era profundo, Iriel tanteó que el agua le llegaría aproximadamente hasta las rodillas. En la superficie del agua flotaban nenúfares de todos los colores. Blancos, rosados, amarillos, ocres…, aunque el verdadero esplendor de sus colores no podía apreciarse bajo la pálida luz de la luna y las estrellas. Una suave brisa ondeaba la superficie del estanque dibujando delicadas ondas que se desplazaban hacia la montaña.
Iriel cerró los ojos y respiró profundamente, queriendo absorber en su interior todas las maravillas que le ofrecía aquel paraíso terrenal. Un aroma fresco y puro parecía limpiar sus pulmones mientras permanecía sentada sobre el borde del estanque. El incesante y suave sonido del agua mecía sus oídos, como una suave melodía bailando en su corazón. Jamás había sentido tanta paz a su alrededor. Volvió a abrir los ojos para mirar al cielo. La luna llena la miraba orgullosa, mostrando su lado más bello. En ese momento el rostro de la mujer humana que la había traído al mundo apareció en su mente, sonriéndole. No pudo evitar sonreír ella también al recordar las agradables noches de su infancia que había vivido junto a ella. Una sinuosa nube cubrió entonces la luna, como un tupido manto que oscureció la noche.
Thorin caminaba entre aquellos puentes curvados. Quería alejarse todo lo que pudiera de aquel lugar, pero cuanto más caminaba, más parecía entrar en el corazón de aquella esencia élfica que tanto odiaba. El afrutado licor de los elfos que había degustado en la cena le estaba provocando dolor de cabeza. Tal vez no había sido buena idea repetir una segunda y tercera copa. Su malhumor entre aquellas paredes había hecho que bebiera más de la cuenta y ahora empezaba a encontrarse un poco inestable y con el cuerpo aletargado. Era extraño que el efecto de la bebida se estuviera manifestando tanto rato después, justo al caminar bajo esas curvadas estructuras. Sintió un pequeño mareo al observar cómo se retorcían. Quizás la falta de descanso y, a veces de alimento, durante las últimas semanas eran las causantes de este embriagador estado de su cuerpo. Cuando estaba a punto de dar media vuelta por aquel puente, divisó una cascada a lo lejos. Creyó que podría ser un buen lugar para despejarse, le apetecía mojarse la frente y el cuello con un poco de agua fresca.
Al acercarse le pareció ver una silueta al borde de aquel cristalino estanque. Se ocultó tras una estatua de mármol para evitar el encuentro, lo que menos le apetecía era conversar con un elfo. Agudizó su vista hacia aquella sombra, intentando escudriñarla en la oscuridad. El velo que cubría la luna se deshizo empujado por el viento. Aquella desconocida sombra se transformó en una hermosa mujer.
Iba vestida como una elfa, pero no parecía ser una de ellas. Al menos no desprendía esa incómoda esencia que tanto perturbaba al rey enano. La joven permanecía con los ojos cerrados, y sonreía. De repente aquella sonrisa alejó todos sus miedos y preocupaciones, como un inocente hechizo, haciendo incluso que desapareciera el molesto mareo que le envolvía. Cuando la muchacha abrió los ojos, el corazón de aquel enano se detuvo durante unos instantes. Aquellos ojos reflejaban la frescura del agua de la montaña. Parecían haberse bebido el brillo de las estrellas. A pesar de encontrarse a bastante distancia, podía distinguirlos con total claridad. En ese momento, la muchacha se levantó decidida, apoyó sus pies descalzos en aquellas rocas y mirando a la luna comenzó a cantar con una dulce voz. Los ojos azules del rey se convirtieron en los únicos testigos de la escena.
Mientras Iriel recorría fugazmente los recuerdos de su infancia le vino a la cabeza una canción que su madre solía cantarle de pequeña. Era una melodía con un triste mensaje, pero que siempre le había fascinado. En ese momento sintió deseos de cantarla. Se puso de pie, y mirando de reojo la cascada, elevó su voz con el viento y el agua como acompañamiento.
Siempre que puedas, debes creer en los sueños,
disfrutándolos cada momento
hasta que al final se desvanezcan.
Marchita, sin saber por qué
protegeré esta promesa,
buscando su origen en recuerdos rotos
envuelta en la soledad que me han dejado.
El enano quedó hipnotizado tanto por sus palabras como por el sonido de su voz. El viento soplaba ahora con más fuerza, como animado por la melodía de esta misteriosa mujer. Una repentina tristeza se apoderó de los ojos de la chica. Sus labios pronunciaron la estrofa que más la conmovía.
Sólo fuimos tú y yo
una coincidencia que el tiempo juntó.
Entre nosotros dos
no había destino de ninguna forma.
La única verdad
es que no te he olvidado
aún puedo escuchar tu voz.
La dulzura es una ilusión,
el mundo tiene un amargo sabor.
Sin saber por qué, Thorin sintió un pinchazo en el pecho. Sintió como si aquel triste mensaje le perteneciera, como si formara parte de un destino que le había dado la espalda. De repente, regresó a aquel lugar que recordaba a menudo en sus pesadillas. Enormes fragmentos de piedra derrumbándose por todas partes, centenares de monedas de oro despedidas por el aire, estandartes abrasados por las llamas, niños gritando a su alrededor, cadáveres de fieles guerreros aplastados entre los escombros y finalmente, aquellos serpenteantes ojos proclamando lo que era suyo. Los recuerdos de aquel fatídico día en el que perdió Erebor y el dragón Smaug se adueñó de todo cuanto él y su pueblo poseían no dejarían de atormentarlo nunca. La rabia comenzó a invadirlo, este oscuro sentimiento emergía de lo más profundo de sus entrañas quemándole el pecho. Su cuerpo comenzó a temblar.
Siempre que me envolvía el miedo
tu simple voz me protegía,
mirarte me hacía feliz,
pero ya nada de eso importa.
Tantos sentimientos dentro de mí,
¿alguna vez entendiste uno sólo?,
¿mis palabras significaron algo para ti?
Mi corazón herido te quiere preguntar
si al menos comprendiste mi dolor.
Cuando creía que iba a perder el juicio, la melodía de aquella mujer le devolvió de nuevo al mundo, y poco a poco las tinieblas que envolvían su corazón se fueron disipando. Todavía estaba intentando recuperar el aliento cuando su tembloroso cuerpo se tambaleó chocando contra la estatua, revelando su posición.
Iriel escuchó un ruido detrás de ella y su canción se cortó entre sus labios. Se giró bruscamente justo a tiempo de ver cómo una sombra salía de detrás de la estatua. La impulsividad del giro hizo que la joven pisara la tela sobrante del vestido, resbalando con él y cayendo de espaldas al agua con un grito ahogado. Tan sólo un segundo más tarde se encontraba sentada en medio del estanque, con el agua cubriéndole hasta los codos, la cintura y las piernas a excepción de las rodillas. La caída también había salpicado de agua sus cabellos y parte de su pecho. Iriel se quedó paralizada en medio del estanque, no por el miedo, sino porque acababa de reconocer a la figura que la había sobresaltado. ¿Qué hacía él allí? Thorin se acercó con paso firme, intentando controlar un cuerpo que no le obedecía demasiado bien. Le tendió una mano con delicadeza.
—Lamento haberos causado este desafortunado accidente, nunca fue mi intención asustaros.
Iriel aceptó aquella cálida mano. Tan sólo el roce de su piel provocó en ambos un ligero hormigueo. El enano apretó su mano con ternura para ayudarla a levantarse y salir del agua. Ambos se quedaron observándose unos segundos más antes de soltarse. Parecía que los dos hubieran sido presas de un hechizo, un hechizo que se concentraba en sus miradas. Era la primera vez que Iriel no se sentía intimidada por aquellos profundos ojos mientras la miraban de frente. La razón le decía que cada segundo que le mantenía la mirada se exponía peligrosamente a ser reconocida, pero no le importaba. Thorin le soltó la mano y se acercó a una pequeña fuente que se llenaba con el agua del estanque. Tenía la garganta seca. Iriel aprovechó para intentar arreglarse un poco el pelo y el vestido, no quería mostrarse ante el enano con un aspecto tan desastroso.
El enano volvió junto a ella con intención de decirle algo. Justo en ese instante, cientos de diminutas esferas verdes comenzaron a brillar a su alrededor, suspendidas en el aire a diferentes alturas. Ambos esquivaron sus miradas para observar este extraño fenómeno. Iriel se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Eran luciérnagas. Decenas de luciérnagas habían encendido su mágico brillo volando a su alrededor para practicar su particular cortejo. Aquellos insectos contribuyeron a atraparlos aún más en el misterioso hechizo de la noche. El silencio reinaba a su alrededor, sólo podían percibir el sonido de la cascada a sus espaldas, como perpetuando un encantamiento que les atraía lentamente. El mundo también parecía haberse detenido a su alrededor, como si hubiera dejado de girar bajo sus pies. Ninguno se atrevía a pronunciar palabra para no romper el mágico momento. Ni siquiera se atrevían a moverse por miedo a que aquel agradable sentimiento se rompiera en pedazos. Iriel examinó de arriba a abajo el cuerpo del enano. Nunca antes le había visto sin el abrigo de pieles, aquella túnica azul que caía sobre su cuerpo le hacía todavía más atractivo, remarcando sutilmente sus músculos. Sus cabellos estaban mojados, al igual que los suyos. De pronto se percató de que ella también estaba siendo examinada. La mirada de Thorin apuntaba en ese momento hacia su rostro con un anhelante brillo. El enano no podía apartar la vista de… sus labios.
Súbitamente Iriel sintió cómo se encendían sus mejillas y su respiración comenzó a volverse torpe. Un nudo empezó a estrangularle la garganta. Quiso dar un paso atrás para darle la espalda, pero el enano fue más rápido. Antes de que se hubiera movido, el enano estaba acariciándole la mejilla con la mano con la que le había ayudado a salir del agua. Sus dedos eran mucho más suaves de lo que correspondían a un guerrero de su talla. Juguetearon por sus mejillas hasta que se acercaron a acariciar sus labios. Aquel simple gesto estremeció el cuerpo de la joven, que comenzó a respirar con más dificultad todavía. Su corazón comenzó a golpear con violencia su pecho. Sentía cómo el vestido se pegaba todavía más a su piel a causa del aumento de temperatura que estaba experimentando su cuerpo.
El viento se deslizó entre los cabellos del enano. Iriel sentía deseos de acariciarlos, pero su cuerpo era incapaz de obedecer una sola orden, se encontraba atrapada por la presencia de aquel solitario rey sin reino.
El cuerpo de Thorin comenzó a inclinarse lentamente hacia adelante. Fue entonces cuando Iriel consiguió tomar el control de uno de sus brazos y rozar su piel. Acarició su mejilla tan dulcemente como fue capaz, haciendo que el enano se detuviera unos instantes. Había heredado las manos de su madre, unas delicadas manos humanas que ahora se deslizaban por la sedosa barba del enano. Su contacto le resultó tan agradable como acariciar la hierba durante una mañana de primavera. Tras unos segundos de quietud, el enano volvió a inclinar su cuerpo, esta vez acercando su rostro a más velocidad. Sus labios estaban a punto a contactar con los suyos. Podía sentir su aliento sobre la piel. Notó una leve caricia sobre ellos. Los labios del rey estaban acariciando los suyos, tímidamente, como si un movimiento en falso pudiera acabar con todo. Las manos de ambos acariciaban la mejilla del otro, al compás de sus labios. Casi al mismo tiempo sintió como la otra mano del enano la sujetaba por la cintura, atrayéndola sensualmente hacia su cuerpo. Fue entonces cuando Thorin se permitió fundir completamente los labios de la muchacha con los suyos con un beso profundo. Fue ese intenso contacto lo que accionó algo en el interior de Iriel, haciendo que abriera los ojos de par en par.
El sabor de aquellos dulces labios fue lo que despertó su juicio y la sacó de aquella ilusión. ¿Qué era lo que estaba haciendo? ¿A qué se supone que estaba jugando? Si continuaba dejándose llevar, aquel juego la atraparía hasta un lugar del que sería difícil escapar. Se separó bruscamente de los labios del enano y se apartó de su cuerpo.
—Lo siento.
Fueron las débiles palabras que pronunció justo antes de echarse a correr y desaparecer de allí lo más rápido que pudo. El enano no tuvo tiempo de reaccionar, cuando quiso darse la vuelta no quedaba ni rastro de ella, tan sólo el aroma de sus cabellos permanecía en el ambiente.
Desaparecer.
Sí, eso era lo que ella quería en ese instante. Desvanecerse, alejarse de allí, cerrar los ojos y despertarse sobre aquellas esponjosas almohadas que les habían ofrecido los elfos. Pero no, ella había sido una estúpida al aventurarse a salir de aquella cómoda habitación con su secreto al descubierto. Una y otra vez su insaciable curiosidad se convertía en su perdición.
Thorin se quedó allí de pie, sin moverse, tratando de entender por qué su cuerpo había reaccionado así ante una desconocida. ¿Qué había sido aquel extraño sentimiento? Él no acostumbraba a tratar así a las mujeres. No es que no las deseara, es que tenía asuntos más importantes de los que ocuparse antes de entregarse al placer y al deseo. Tenía responsabilidades y la pesada carga que soportaba no le permitía tomarse ni un sólo momento para satisfacer los deseos carnales que poseía como cualquier otro hombre. No. Ya habría tiempo para preocuparse por esas trivialidades cuando se encontrara sobre su trono de Erebor, con la cabeza de Smaug colgando sobre sus paredes.
Lo que más le costaba comprender era la intensa y repentina atracción que se había apoderado de él, incapacitándole para controlar su cuerpo ante esos primitivos deseos. ¿Qué había provocado esta irresponsable emoción? ¿El alcohol? ¿El influjo de la luna? ¿Las luciérnagas? ¿El aura de aquella triste y solitaria melodía? ¿La pureza de aquellos ojos que le habían traspasado hasta el alma?
Continuó meditando consigo mismo, como si la respuesta se encontrara en algún escondido rincón de su interior. ¿Quién sería aquella misteriosa mujer? Los esfuerzos de su mente empezaron a fatigarle y aquella sensación de inestabilidad volvió a adueñarse de su cuerpo. Sus ojos comenzaban a nublarse. Se sentía confuso. Comenzó a caminar de vuelta a su habitación. Los recuerdos de aquella mujer comenzaron a difuminarse. El sonido de su voz, el tacto de su piel, el aroma de sus cabellos. Todo se entremezclaba. ¿Había ocurrido realmente? ¿O su imaginación y el alcohol le habían jugado una mala pasada en aquel condenado refugio de los elfos? Ahora el recuerdo parecía lejano y borroso. Maldijo a los elfos en khuzdûl y se arrastró hacia su habitación.
Iriel corría por los caminos a gran velocidad, sujetándose el vestido para no tropezar con él, mientras luchaba por contener unas lágrimas que se empeñaban en aflorar. Había sido una estúpida. ¿Cómo había permitido que esa situación llegara tan lejos? Ahora sí que sería incapaz de alejar al enano de sus pensamientos. ¿Cómo se iba a atrever a mirarlo de ahora en adelante? ¿Cómo iba a conseguir ocultar su identidad? Ya tenía bastantes preocupaciones como para añadir un problema extra. Pero en su corazón Iriel sabía que ese no era el verdadero problema. El verdadero problema era uno que no quería admitir.
Ella lo sabía. Hacía tiempo que la curiosidad con la que observaba al enano se había convertido en otra cosa. Lo sabía pero no quería reconocerlo, era consciente de que en cuanto lo hiciera caería presa de una irresistible red que absorbería su mente y su corazón. No quería, no debía reconocer el sentimiento que despertaba en su pecho aquel orgulloso enano.
Consiguió alcanzar la escalera de caracol antes de que sus lágrimas se abrieran paso entre sus ojos. Subió por ellas deprisa por miedo a que aquel enano hubiera decidido seguirla, pero su cuerpo no había hecho ademán de moverse ante su huida. Estuvo a punto de tropezar con aquellos escalones y caer al suelo. En ese momento se agarró fuertemente a la barandilla y quedó tendida sobre ella durante unos segundos, intentando recuperar el aliento. Con un poco más de calma, subió los últimos escalones que la separaban del balcón. Su irregular respiración despertó al hobbit al entrar en la habitación. La observó despeinada, con el vestido empapado y sin aliento. Quiso preguntarle qué había ocurrido.
—¿Qué te ha…?
No pudo terminar la frase porque la muchacha se había dejado caer con fuerza sobre la cama, boca abajo, abrazando la almohada bajo su cuerpo y escondiendo su cabeza en ella. Sus lágrimas comenzaron a brotar en silencio. Una parte de ella se odiaba a sí misma por haber huido de allí, por haberla privado de aquellos momentos de felicidad bajo sus brazos. Otra parte, una que le susurraba con una voz más débil que la otra, le decía que había hecho bien al rechazarlo, de lo contrario habría sucumbido al deseo y su corazón habría sufrido las consecuencias. Con estos enfrentados pensamientos y un silencioso llanto acabó quedándose dormida.
A la mañana siguiente aquella escena parecía haberse convertido en un recuerdo lejano. Sin embargo Iriel no quería levantarse, no estaba preparada para enfrentarse al mundo. Bilbo la miró con tristeza, no sabía lo que le había sucedido a su compañera, pero no debía de haber sido nada bueno. No se atrevió a despertarla, así que salió al balcón en silencio para admirar el paisaje. Sacó su pipa para fumar bajo aquella alegre mañana. Acomodó sus labios para formar un círculo de humo que se alejó flotando por el aire. Otro círculo, aún más grande se elevó junto al suyo. Bilbo bajó la vista. Gandalf se encontraba al pie de la escalera, fumando con su larga pipa. Hizo ademán con el brazo para que el hobbit bajara. Bilbo entró de nuevo en la habitación. Había llegado el momento de despertar a la muchacha.
—Rhein… —dijo tocándole el hombro suavemente—. Gandalf ha venido a llamarnos. Nos están esperando.
Iriel se despertó al sentir la mano del hobbit sobre su piel. Le costaba salir de las atrayentes redes de sus sueños. Un repentino dolor en la garganta la ayudó a despertar completamente. Se había quedado dormida con la ropa mojada y las puertas del balcón abiertas. Estaba segura de que se había resfriado. También le dolía la cabeza. De pequeña le ocurría siempre que lloraba. Se restregó la cara intentando borrar las huellas de unas lágrimas que se habían secado hacía horas. Se levantó despacio, sabía que la estaban esperando, pero no tenía ninguna gana de encontrarse con nadie. Se llevó sus ropas al baño y comenzó a cubrirse pieza a pieza con aquel metálico disfraz. Tal vez aquellas gruesas capas resultaran bastante convenientes aquel día, no quería que nadie viera su rostro. Por primera vez, agradeció ponerse el casco y la malla, aunque se detuvo unos instantes para acariciarse los labios. Sacudió la cabeza ante su estupidez y se cubrió velozmente con aquella máscara.
Bilbo la esperaba desde hacía rato. Caminó detrás de él hasta encontrarse con el mago. Los tres pasearon bajo la atenta mirada de los elfos del lugar. Algunos permanecían inmersos en sus asuntos, pero otros ni siquiera se molestaban en disimular que los estaban observando. Llegaron hasta un porche apartado donde les esperaban sentados el resto de los enanos. Las hojas de los árboles caían sobre aquellos bancos de madera. Una mesa circular se erigía en el centro. Iriel no pudo evitar un gélido escalofrío cuando vio a Thorin allí sentado. El enano parecía ser el mismo que cualquier otro día, con su semblante serio. Su corazón empezó a acelerarse al recordar el roce de aquellos labios. Decidió sentarle lo más lejos que pudo de su presencia, junto a Bilbo y Óin. Tampoco quería estar cerca de sus sobrinos, eran demasiado perspicaces para no darse cuenta de lo incómodo que se sentía su querido cazarrecompensas.
La reunión comenzó con las palabras de Gandalf. Iriel le prestó toda su atención al mago. Quería saber qué nueva información había conseguido durante su ausencia. Era una buena manera de distraerse de sus sentimientos.
—Necesitamos la ayuda de Elrond para recuperar Erebor.
—No permitiré que los elfos se entrometan en los asuntos de mi pueblo —le respondió Thorin con rudos modales, casi escupiendo sobre la palabra "elfos".
—No dejes que tu cabezonería emborrone tu juicio, Thorin Escudo de Roble. Poseemos un mapa que no sabemos interpretar y la llave de una puerta cuyo paradero desconocemos. —Gandalf intentó suavizar un poco el tono de su voz para dialogar con el enano—. Necesitamos la sabiduría de otros para proseguir nuestro camino. Déjame hablar con él, no le revelaremos nuestras intenciones.
Thorin sopesó las palabras del mago. A pesar de su negativa a colaborar con los elfos, era cierto que se encontraban bastante perdidos. Cruzó los brazos sobre el pecho.
—Está bien, pero quiero estar presente en esa conversación. No revelaremos más que lo estrictamente necesario.
Gandalf se sorprendió un poco de lo rápido que había cedido aquel testarudo enano. Le encontraba algo diferente aquella mañana, como un poco distraído, con sus defensas más vulnerables.
—Elrond tiene asuntos que atender hoy, hablaremos con él al caer la noche. Deberíamos aprovechar unos días para descansar aquí. Lleváis mucho tiempo viajando y durmiendo entre rocas y tierra. Nos aguardan jornadas más largas y más duras todavía hasta que nuestra aventura llegue a su fin...
Thorin interrumpió el discurso del mago.
—Hoy descansaremos aquí, pero no demoraré más nuestra expedición. Saldremos al alba, con respuestas o sin ellas.
La reunión con los enanos dio por concluida tras las últimas palabras de su líder. Los enanos se levantaron y empezaron a conversar sobre qué hacer durante ese día de descanso.
Iriel se acercó a Gandalf, que se había apartado del resto del grupo.
—Gandalf, ¿qué has averiguado sobre los hombres-lobo?
El mago se llevó un dedo a la boca para hacerla callar y se acercó para susurrarle al oído.
—Pequeña, no pronuncies esa oscura amenaza en un lugar como éste. Lo que he averiguado es asunto mío y del Concilio Blanco, con el que me reuniré mañana. —Y dándole una palmadita en la espalda, cambió de tema—. Y bien, ¿qué tal durante mi ausencia?, ¿te has acostumbrado ya a estos tercos enanos?
Iriel tragó saliva.
—No a todos. —Su respuesta era sincera, sabía que no podía engañar al mago. El mago echó a reír y la agarró por el hombro.
—Si te soy sincero, yo tampoco. Pero sus corazones son valientes y honestos y eso es lo que cuenta. Por lo que he hablado con Bilbo, parece que te han aceptado bien durante estos días. —Y mirando a su alrededor para asegurarse de que no había nadie que pudiera espiar la conversación, prosiguió—: Me alegro de que el hobbit te esté ayudando a guardar tu secreto.
Sí, ahora mismo incluso a ella le parecía bastante conveniente refugiarse en una identidad distinta a la suya. El mago se alejó a grandes zancadas apoyándose en su bastón. Iriel volvió a mirar hacia los enanos. Se habían dispersado en grupos, cada uno inmerso en una distracción. Vio a Thorin caminando junto a Dwalin. Sabía que el enano tatuado tenía mucha confianza con el rey, tal vez si se acercaba, podría escuchar lo que estaban diciendo.
Iriel se las ingenió para conseguir una posición cerca de donde se habían detenido a conversar sin que se percataran de su presencia. Escuchó la voz grave de Dwalin.
—Te noto distraído esta mañana, ¿qué te preocupa?
—Nada… Es… este lugar —dijo señalando a todo lo que le rodeaba—. Me siento muy incómodo cada vez que veo el rostro álgido de los elfos. Sus miradas de superioridad, sus rostros inexpresivos, sus remilgados modales bajo esa apariencia calmada y atávica. Impasibles ante lo que les es ajeno. No puedo evitar recordar cómo nos abandonaron en aquella sangrienta batalla contra las llamas.
—Yo tampoco me siento cómodo en su presencia, pero no era eso a lo que me refería.
Thorin no podía ocultarle nada a Dwalin, llevaban demasiado tiempo juntos.
—Anoche… yo… —Al enano le costaba elegir las palabras— Tuve un extraño sueño que no me puedo quitar de la cabeza.
—¿Un sueño?
—Sí, un sueño. El licor de la cena me revolvió el estómago y los pensamientos —dijo restregándose la frente malhumorado. Soltó un gruñido—. No recuerdo muy bien lo que sucedía, pero tengo una extraña sensación que no puedo quitarme de la cabeza.
Dwalin se echó a reír. Thorin le miró sorprendido.
—Nada como una buena jarra de cerveza enana para ahuyentar los problemas y mitigar los estragos de un exceso anterior. Estos relamidos elfos no tienen ni idea de lo que es bueno. Ven, guardaba algunas botellas por si se presentaba la ocasión. Vayamos a ver si la fortuna nos ha sonreído y todavía se encuentran entre los escasos fardos que se han salvado de nuestros ponis. —Agarró a Thorin por el hombro y se lo llevó de allí. Thorin agradeció el consuelo de su compañero.
‹‹Un sueño››.
Iriel repetía esas palabras en su mente una y otra vez. El enano creía que todo había sido una mera ilusión. Una pequeña llama en su corazón se apagó al enterarse de esta información, fruto de la pequeña decepción de saberse rápidamente olvidada, pero otra parte respiró aliviada. Tal vez fuera mejor así, olvidar que aquella noche había existido y seguir adelante con su misión, pues lo contrario de seguro complicaría las cosas.
Sólo quedaba una cosa por hacer: olvidar cuanto antes el deleitante sabor de aquellos arrogantes labios que durante unos segundos habían embriagado su razón.
N. de A: Por si alguien tiene curiosidad, esta es la canción que cantaba Iriel - youtube, watch?v=YwTV-pPwBRM
Se llama Truth, y es de Ga-in.
He adaptado un poco la letra, pero es bastante fiel a la letra original.
