Ya que la trama del capítulo anterior no aporta excesiva información para la gente que conoce la historia (pero tenía que contarla para seguir el hilo del relato ^^U) he decidido hacer una doble actualización. Al final creo que me he emocionado tanto que me he excedido un poco con la largura de este capítulo ^^U

HainesHouse: Sí, por eso he decidido hacer doble actualización, porque el capítulo anterior lo conocéis todos xD Vaya, siento lo de la fisura, pero bueno, al estar inmovilizado tardará poco en cicatrizar, paciencia ;). Gracias por tu comentario!

Bueno pues ahora sí, ¡Espero que disfrutéis con las aventuras de los enanos! Hay alguna sorpresa en este capítulo. No olvidéis dejar vuestras opiniones ;)


*~~~~* CAPÍTULO 9: CONFESIONES POR EL CAMINO *~~~~*

El grupo de los enanos caminaba dejando atrás el espléndido valle que los había acogido. Iniciaron su marcha con las primeras luces de la mañana, el mundo parecía estar todavía dormido mientras caminaban sobre él. Los enanos cargaban con las mochilas que habían preparado la noche anterior. Iriel llevaba la bolsa de cuero que le habían regalado los elfos y sujetaba un fardo al hombro con las mantas y el saco de dormir. Las provisiones de comida las habían repartido entre varios enanos. Dwalin cargaba un paquete con armas, flechas y cualquier suministro bélico que les pudiera ser de ayuda. El resto sólo llevaba sus objetos personales.

Ninguno conversaba, tal vez porque aún se encontraban medio dormidos soñando con las suaves y blandas camas que habían dejado atrás, o tal vez porque preferían reservar toda su energía para la caminata. Thorin y Dwalin comandaban la expedición, seguidos por Balin. Detrás se encontraban Bofur y Bifur, Ori y Nori, Dori y Bombur, caminando en parejas. Iriel observaba el cada vez más redondeado cuerpo del enano y se preguntaba si sería capaz de seguirles el ritmo a pie durante todo el viaje. Óin y Glóin caminaban uno detrás de otro, justo delante de Bilbo e Iriel. Esta vez eran los jóvenes sobrinos del rey quienes vigilaban la retaguardia del grupo.

Avanzaron por el valle durante la mañana, a pesar de no contar con monturas el grupo se trasladaba a buen ritmo. Sólo pararon media hora para comer, a orillas del río Bruinen, después continuaron la marcha.

Ya había pasado la mitad de la tarde, los rayos del sol ya apuntaban hacia las montañas para ocultarse entre ellas, pero todavía había bastante luz en el cielo. Conforme avanzaba el día, los enanos empezaban a quejarse. Glóin fue el primero en manifestar su incomodidad.

—¡Maldita sea! ¿Por qué dejaríamos atrás las monturas? No sé cuánto resistirán mis viejos y doloridos pies. ¡Ojalá mi mujer estuviera aquí para masajearme los pies con sus habilidosas manos!

—¿Sólo echas de menos sus habilidosas manos para eso? —se burló Bofur con un comentario visiblemente cargado de segundas intenciones. Glóin no estaba dispuesto a seguirle el juego.

—No, Bofur, también echo de menos sus habilidosas manos para disfrutar de un buen pastel de calabaza como los que siempre me preparaba, pero en lugar de eso tengo que conformarme con tus insípidos guisos.

Bofur encajó la respuesta con una gran carcajada.

De repente aquella inocente conversación entre ellos derivó en un detallado debate grupal sobre cuál era el tipo de mujer que prefería cada uno. Unos las preferían grandes, robustas, con enormes barbas trenzadas recogidas con multitud de adornos. Otros las preferían más delicadas, con barbas más discretas y estilizadas. Rubias, morenas, castañas, pelirrojas, de ojos marrones, mieles, azules, verdes…, cada enano describía con precisión cómo sería su mujer ideal, incluso algunos de ellos describían a algunas de las preciosas mujeres con las que se habían topado a lo largo de los años y que les habían dejado absolutamente cautivados. Aquellos enanos habían vivido días felices en su juventud, unos en Erebor y otros en lugares más alejados como las Montañas Azules, habían flirteado con hermosas damas durante sus jornadas cotidianas y habían tenido breves idilios con ellas. Bifur sólo hablaba en khuzdûl, por lo que ni Bilbo ni Iriel entendieron ni una palabra de lo que dijo.

Bilbo también contó sus breves romances en la Comarca, con cierto grado de timidez, se había fijado en varias hobbits a lo largo de su vida, pero no había llegado a nada con ninguna de ellas. Kíli y Fíli tenían numerosas conquistas a sus espaldas, o mejor dicho, numerosos corazones rotos a causa de romances no correspondidos, y es que los hermanos eran bastante selectos a la hora de elegir pareja, aunque de vez en cuando se dejaran llevar por romances efímeros que no iban a ningún lado, caprichos de una noche de desenfreno que no significaban nada más allá del puro divertimento, pues también tenían derecho a divertirse antes de conocer a su verdadero amor, aquel que eclipsara con su presencia todo cuanto hubiera a su alrededor. Así aprovecharon Kíli y Fíli para describir con detalle, siempre desde el respeto, a algunas de las mujeres que se les habían insinuado antes de partir hacia la aventura, pues muchas de las muchachas que poblaban las Montañas Azules caían a sus pies con una simple sonrisa. Incluso en la Comarca, de camino a casa de Bilbo, se habían cruzado con varias chicas que se habían sonrojado al pasar a su lado. A pesar de no ser enanas, sus cabellos rizados, sus mofletes rosados y sus apretados vestidos de campo les parecieron muy atractivos, pero ahí quedó su breve flirteo, pues de todos es conocido que los enanos apenas mezclan sus parentescos con mujeres de otras razas, aunque puedan considerarlas igualmente hermosas.

—¿Y vos, cazarrecompensas? —La voz infantil de Ori se dirigió hacia Iriel, quien había intentado no prestarle demasiada atención a la conversación. Iriel se sobresaltó.

—¿Qué?

—Que cuál es vuestro tipo de mujeres —le respondió Bofur—, ¿de qué raza las preferís?

Iriel se quedó cortada. Bilbo dejó escapar una risilla, era el único que conocía el verdadero motivo del titubeo de Rhein, el resto pensaba que no quería compartir sus intimidades con ellos.

—Em… Yo… Bueno…

—Vamos muchacho, aquí todos hemos compartido nuestros gustos.

¿Por qué se sentía tan incómoda con la pregunta? Podía inventarse lo que quisiera, ¿qué más daba? Decidió tomarse la situación con diversión y antes de dar rienda suelta a su imaginación recordó alguna conversación que había tenido con cazadores y bandidos. Se inventaría una chulesca personalidad ante sus compañeros, así que intentó poner una voz masculina pero relajada.

—Yo no pongo impedimentos a la compañía de ninguna mujer durante una noche solitaria. Particularmente prefiero las mujeres de la raza de los hombres, esas mujeres sí que tienen carne donde la tienen que tener.

Iriel se echó a reír con su propio comentario, Bilbo tampoco pudo evitarlo, a ambos les parecía sumamente ridículo que Iriel se comportase así. Kíli y Fíli quedaron tan complacidos con la respuesta de su compañero que se adelantaron para darle una palmadita en la espalda y sujetarle por los hombros.

—Tú sí que sabes, Rhein, un día deberías venirte con nosotros.

Iriel decidió picar un poco a sus compañeros.

—Acepto la propuesta, estoy seguro de que conseguiré cautivar a más mujeres que cualquiera de vosotros juntos.

Kíli y Fíli se miraron sorprendidos. ¿Aquel misterioso cazarrecompensas les estaba retando?

Kíli se echó los cabellos hacia atrás y Fíli frotó sus uñas en el hombro en señal de superioridad.

—No nos has visto en acción, podemos ser muy caballerosos con las damas. Además el linaje de Durin siempre ha sido bastante… irresistible.

Aquella afirmación pilló por sorpresa a Iriel, quien al escuchar sus palabras no pudo evitar que sus ojos se desviaran inconscientemente hacia la figura de Thorin. Tragó saliva. Tenían razón, aquella esencia era… irresistible.

Los dos hermanos también miraron hacia su tío y soltaron una risa traviesa.

—Me pregunto cuántas conquistas tendrá nuestro tío a sus espaldas, cuántos corazones habrá roto con su mirada… —susurró Fíli a Kíli, pero Iriel también pudo oírlo.

—¡Tío! —gritó Kíli hacia Thorin, que se encontraba liderando el grupo con Balin y que no había participado en la conversación en ningún momento—. ¡Únete a la conversación, sólo nos falta saber tu opinión!

Thorin se giró y lanzó una mirada asesina a su sobrino. Había estado escuchando toda la conversación en silencio, creyendo que ninguno de sus compañeros se atrevería a obligarle a participar en un tema tan trivialmente alejado de cualquiera de sus preocupaciones. Estaba claro que su atolondrado sobrino no era como el resto.

El resto de los enanos también miraba con curiosidad hacia su líder, ninguno se había atrevido a preguntárselo, pero todos querían saber la respuesta. Balin mostró una sonrisa paternal hacia Thorin, le había visto crecer en aquella fortaleza de roca, había visto a aquel chiquillo convertirse en un hombre respetable. Thorin no tenía intención de contestar, pero se percató de que todos sus compañeros le estaban mirando mientras caminaban.

Iriel tampoco le perdía de vista, no sabía por qué pero se sentía incómoda con la respuesta que él aún no había pronunciado. A la vez se sentía intrigada, quería saber qué tipo de mujeres podían interesarle a aquel arrogante enano. Era un hombre atractivo, inteligente, valiente, fuerte, habilidoso, trabajador, era un líder nato, no era sólo un rey por correspondencia de sangre. Iriel intentó olvidarse de todas aquellas cualidades, elogiarlo no era precisamente la mejor manera de quitárselo de la cabeza. No le importaba qué clase de mujeres le interesaran a aquel enano, esos asuntos no tenían nada que ver con ella. Sin embargo su corazón palpitaba con expectación, anhelando oír la respuesta de sus labios.

En lugar de una respuesta, fueron ruidos de pasos y gruñidos lo que llegó hasta sus oídos. Todos los enanos dirigieron la vista hacia el frente. A lo lejos, cerca de los recovecos de las montañas, había un grupo de trasgos corriendo hacia ellos. Les superaban en número, pero no eran demasiados. Sus armas eran muy inferiores y los trasgos nunca habían sido muy buenos luchadores. Todos los enanos dejaron sus equipajes en el suelo y adoptaron posiciones de batalla. Thorin fue el primero en correr hacia su encuentro con el hacha en la mano.

Iriel lamentó la interrupción, pero un pequeño hormigueo de excitación recorrió su cuerpo a causa de la batalla que se le presentaba por delante. Su cuerpo quería un poco de diversión, las aventuras eran algo más que caminar y caminar sin descanso. En los días anteriores se habían visto obligados a huir del combate por las desfavorecidas situaciones con las que se habían topado, pero esta vez era diferente. El enemigo que tenían delante no era muy fuerte y ellos estaban bien preparados.

Respiró profundamente. Había llegado la hora de utilizar su arma favorita. Desató a Menfis de su cinturón y sujetó aquel pequeño cilindro de metal con ambas manos. En ese momento deslizó sus manos hacia los extremos y aquel cilindro del tamaño de un palmo se alargó hasta convertirse en una vara casi del tamaño de Iriel. La muchacha volvió a colocar sus manos en el centro del arma y giró la parte central, en sentido de las agujas del reloj en la mitad superior y al contrario en la inferior. Al hacerlo dos brillantes y afiladas hojas aparecieron en cada uno de los extremos de la vara. Ahora aquella misteriosa arma podía cortar a sus enemigos tanto por el extremo superior como por el inferior.

Kíli y Fíli se quedaron boquiabiertos, habían observado por casualidad cómo su compañero despertaba a su arma. Iriel se percató y esbozó una gran sonrisa, que no fue percibida a causa de la malla. Todo el mundo se sorprendía de su peculiar arma, todo el mundo subestimaba aquel cilindro metálico hasta que entraba en acción.

Iriel agarró a Menfis con la mano derecha y comenzó a correr hacia los trasgos. Mientras corría hacía girar la vara entre sus dedos a tal velocidad que sus enemigos sólo podían ver un brillo metálico surcando el aire. Por eso la había bautizado "La Espiral Cortante". Cuando aquellos dos trasgos quedaron a su alcance, el filo de su arma cortó su nauseabunda piel rebanando también su carne. Un tercer trasgo corrió hacia ella con un garrote con clavos. Iriel cambió rápidamente la dirección del arma y cortó mortalmente al trasgo. El arma y el brazo de Iriel se movían como uno solo, surcando el aire con ágiles movimientos, como si formara parte de una danza mortal. Enfrente de ella aparecieron más trasgos. Corrían juntos como formando una barrera para envolver a la chica. Iriel también empezó a correr hacia ellos, cuando estaba a punto de alcanzarlos clavó su arma en el suelo y se impulsó para saltar sobre ellos. El impulso de la carrera y la altura de la vara le permitieron dar una voltereta en el aire y caer junto detrás de ellos, que se encontraron tan sorprendidos de que su presa les hubiera esquivado tan fácilmente que vacilaron mirando en todas las direcciones. Aquella distracción les costó cara, Iriel, en el suelo a sus espaldas, había recuperado el control de su arma y esgrimió un arco con ella que cortó las huesudas espaldas de todos ellos. Los trasgos cayeron al suelo por el ataque retorciéndose de dolor y entonces varios enanos se abalanzaron sobre ellos rematándoles.

Cada uno de los enanos estaba concentrado en el combate. Dwalin machacaba a aquellas estúpidas criaturas con sus puños de hierro antes de que fueran conscientes de que los había golpeado. Se podían escuchar sus cráneos chocando entre sí entre los sonidos de la pelea. Kíli disparaba con el arco a los trasgos más rezagados, que caían con sus disparos certeros. Su hermano peleaba con sus cuchillos arrojadizos y sus espadas cortas. Dori blandía un poderoso látigo que acababa en tres grandes bolas de metal con las que golpeaba a sus enemigos. El tirachinas de Ori también resultaba un arma ofensiva que derribaba a los trasgos que se acercaban a sus compañeros. El resto peleaba con sus mazas, sus hachas y sus cuchillos, cada arma tenía una forma especial cuyas características se adaptaban perfectamente al tamaño y al estilo de lucha de cada uno de los enanos. Los trasgos no tenían nada que hacer contra estos entrenados guerreros.

De repente dos trasgos se desviaron del combate y se fijaron en el hobbit como su nuevo objetivo. El mediano se había quedado rezagado del grupo, esperando su oportunidad para ayudar en la pelea pero sin exponerse demasiado. Ahora dos repulsivos trasgos vestidos con jirones y con hachas melladas y llenas de mugre se dirigían hacia él con la intención de partirlo por la mitad.

Quiso sacar la espada, quiso gritar a los enanos pidiendo ayuda, pero su cuerpo no obedeció ninguna de sus acciones. Cuando aquellos trasgos estaban a punto de caer sobre él, Thorin apareció de la nada derribándolos antes de que pudieran herir al mediano.

Bilbo se sentía completamente miserable. Creía que, llegado el momento, su cuerpo se movería por instinto para defenderse de sus enemigos. Pero no había sido así, su cuerpo no se había movido ni un ápice, sus peludos pies se habían quedado clavados en la tierra mientras veía cómo se aproximaban gruñendo aquellos horrendos trasgos. Su mano ni siquiera había sido capaz de buscar la espada élfica que llevaba en la cintura, guardada en su empuñadura.

A pesar de que sabía que ése no era su sitio, que él era un hobbit tranquilo que no había nacido para vivir grandes aventuras, que se conformaba con un buen estofado de carne para comer y una trucha asada para cenar, y que su única preocupación era salir al mercado, conversar con sus vecinos y disfrutar de vez en cuando de una buena pinta de cerveza en los festivales de la Comarca; ahora se sentía profundamente decepcionado consigo mismo. Sabía que él no era un aventurero, pero durante unos días, convencido de las palabras de Gandalf, había llegado a creer en que lo que el mago se empeñaba en afirmar ante los enanos, había creído que tal vez tenía algo de razón cuando decía que ni el mismo sabía de lo podía ser capaz llegado el momento. Bilbo sabía que no iba a convertirse en un bravo guerrero como aquellos enanos que se habían forjado en las montañas, pero confiaba en que, al menos, les demostraría que era capaz de cuidar de sí mismo sin entorpecer a los demás.

Y ahí estaba él, contemplando los cadáveres de los trasgos que habían perecido bajo las contundentes estocadas de Thorin con su hacha triangular, respirando de forma irregular como recuerdo de lo cerca que había estado de la muerte. El sudor recorría su frente. El bravo enano ni siquiera se giró para mirarle, después de haber matado a sus atacantes se dirigió a sus próximas presas. Todos los enanos estaban peleando con gran ventaja sobre los trasgos, que caían uno tras otro. Las fuertes pisadas de los enanos mientras corrían hacia ellos, el entrechocar de las armas contra los garrotes y los puñales oxidados de los trasgos, los gritos guturales que emitían al recibir daño, el ruido de los cuerpos al caer sobre la tierra, el viento ululando entre las paredes de la montaña. Bilbo lo escuchaba todo como si estuviera contemplando la escena desde la ventana de su acogedor agujero-hobbit. De pronto se dio cuenta de que se encontraba acurrucado, con las manos sobre sus oídos, contemplando la batalla, contemplando cómo todos sus compañeros se alzaban victoriosos, y entonces lo comprendió.

Él no era uno de ellos.

Nunca podría ser tan valiente, aunque lo intentara, su cuerpo nunca obedecería tales órdenes. No poseía ese instinto que le decía cómo actuar cuando la vida o la muerte pendían de un hilo ante sus ojos. Todos los miedos y temores que había tenido durante el viaje se cumplirían, él acabaría muerto de una manera o de otra, más tarde o más temprano. O peor aún… Alguien moriría por su culpa, bien intentando protegerlo o bien por no haber sido capaz de cumplir su parte en alguna tarea.

Sus ojos se clavaron en su querida compañera y pensó en la vez que había arriesgado su vida para salvarle de la avalancha de rocas. Ahora estaba haciéndoles frente en el campo de batalla, sin dudas, sin titubeos, persiguiendo a los trasgos que habían decidido dar media vuelta para intentar salvar su pellejo al ver al resto de sus compañeros caídos. La observó desafiante, bailando con el filo de su arma, rebanando los cuerpos de los trasgos que se le ponían por delante. Su brazo se enfrentaba a ellos sin vacilar, su cuerpo se movía solo. Bilbo se rió de lo estúpido que había sido pensar que ellos dos eran iguales. Compartían sangre hobbit, eso era lo único que los asemejaba. La sangre de los hombres le confería a su compañera una impresionante destreza en la lucha, sus golpes eran firmes y certeros, sus brazos eran fuertes y su altura, ni tan pequeña como los hobbits, ni tan enorme como los hombres, le proporcionaba un equilibrio perfecto para la luchar. Sin embargo, al observar a los enanos peleando junto a ella, empezó a pensar que tal vez no era cuestión de razas. Sangre enana, humana o hobbit, aquel insignificante detalle no importaba, todos eran mortales, todos eran guerreros capaces de defenderse menos él. Él sólo era un estorbo para el grupo.

La batalla terminó, ni un sólo trasgo consiguió escapar con vida para alertar a los suyos, pero su ausencia también podría advertir de su presencia. Thorin reunió a sus compañeros y les ordenó recoger el equipaje que habían dejado en el suelo y proseguir un rato más la marcha hacia las montañas.

Iriel se acercó al hobbit, que permanecía sentado en el suelo, envuelto en aquellos pesimistas pensamientos. Le tendió la mano para que se levantara.

—¿Estás bien?

—Sí… Gracias a los demás, como siempre.

Iriel sintió pena de aquel hobbit. Sabía lo que era sentirse inútil mientras todos los demás hacían bien su trabajo, pero no tenía que torturarse por ello, sólo era cuestión de tiempo, tarde o temprano el hobbit demostraría su verdadera fuerza. Bilbo era el único que no creía en esa afirmación.

A pesar de que ninguno dijo nada, todos se habían quedado sorprendidos con la destreza de Rhein en la lucha, desde luego el mago sabía elegir bien a sus aliados. Thorin cuchicheó con Dwalin, le preocupaba un poco que su compañero fuera tan diestro con aquella extraña arma.

Iriel se sentía contenta consigo misma. A pesar de los años de inactividad, su cuerpo había recordado bien el ritmo de la batalla. Aunque tampoco quería confiarse demasiado, los trasgos eran malos luchadores.

Siguieron caminando un rato más, alejándose del campo de batalla hasta adentrarse un poco en la ladera de la montaña. No quisieron adentrarse demasiado, pero tampoco querían acampar en el valle en campo abierto, así que se asentaron entre las paredes estrechas de roca pero sin perder el contacto visual con el valle. La luna todavía no había salido pero el tono anaranjado del cielo ya había ensombrecido el paisaje. Thorin no les permitió encender un fuego entre las montañas, la hoguera llamaría demasiado la atención y serían un blanco fácil para los rastreadores. Aprovecharon para establecer sus cosas en el improvisado campamento cuando aún había luz. Tendrían que conformarse con comida fría. Ori y Bifur repartieron queso y pan entre todos. Bilbo e Iriel consiguieron coger un par de manzanas de las mochilas para completar su cena.

Kíli y Fíli se reían de lo fácil que había sido derrotar a los trasgos y se mofaban de aquellas estúpidas criaturas hasta que el gesto sombrío de Thorin interrumpió sus burlas.

—Estúpidos o no, estas desagradables criaturas han acabado con la vida de muchos inocentes. No debemos subestimar a los trasgos ni a los orcos. Aunque peleen con piedras o palos son seres inhumanos cuyo único objetivo es causar dolor y sufrimiento, además pueden resultar muy peligrosos cuando están unidos y, desgraciadamente, su número crece día a día —dijo mirando hacia las montañas.

Adoptó esa postura solemne que siempre revelaba que estaba rememorando algún viejo recuerdo. Por el tono de sus palabras no fue difícil deducir que estaba pensando en la Batalla de Azanulbizar, la batalla que habían librado enanos y orcos para recuperar el antiguo reino enano de Khazad-Dûm que había sido ocupado por una horda inacabable de orcos.

Los enanos pelearon con todas sus fuerzas frente a las puertas de Moria. Tras haber perdido Erebor no podían permitir que este otro reino enano les fuera también arrebatado. Fue una dura batalla que no olvidaría jamás. Lo poco que había salvado de las ardientes llamas de Smaug le fue arrebatado en aquella batalla.

Todos los enanos conocían aquella historia, pero Balin la relató con todo lujo de detalles para Bilbo y Rhein, pues siempre había sido un gran narrador. Les habló de la batalla en la que había participado toda la familia de la realeza, les explicó cómo aquel joven Thorin había luchado contra la adversidad en una batalla que parecía perdida desde el principio. Les contó cómo su abuelo, el gran Thrór, el entonces Rey Bajo la Montaña, había perecido a manos de un pálido orco, Azog, el Profanador. Thráin, el padre de Thorin, llevado por la locura, abandonó la batalla y nunca más supieron de él, si estaba vivo o muerto, lo desconocían.

En aquel momento, cuando su pueblo parecía perdido, cuando todos creyeron que sus vidas habían llegado a su fin, cuando la cabeza de su abuelo bajó rodando hasta sus pies mientras aquel orco se reía con desprecio, Thorin le plantó cara. Balin les relató emocionado cómo había trascurrido aquella lucha en la que Thorin se protegió de las potentes acometidas del pálido orco tan sólo con la rama de un roble, obteniendo así su conocido nombre. Iriel y Bilbo escuchaban el relato conteniendo la respiración, aunque ya sabían que la historia a la fuerza había acabado bien. Finalmente los orcos tuvieron que retroceder y los enanos ganaron la batalla.

Balin les confesó que fue en ese preciso instante cuando vio a Thorin como el próximo rey de su pueblo y no por la sangre de su linaje, sino porque jamás conocerían un líder mejor. Fue aquel día cuando aquel viejo guerrero recobró la esperanza y presintió que su estirpe no había llegado a su fin, que seguiría a aquel hombre hasta cualquier lugar, pues los guiaría hasta recuperar de nuevo su antiguo esplendor.

Todos se giraron hacia Thorin para mirar con admiración a aquel hombre que había superado tantas adversidades. Thorin se sintió un poco incómodo ante todas aquellas miradas que le observaban sin pestañear. Bilbo se atrevió a preguntar.

—¿Y qué pasó con Azog, el pálido orco?

—Aquel infame murió a causa de sus heridas hace mucho tiempo.

Thorin quiso cambiar de tema, cogió su hacha y se acercó al grupo.

—Id a descansar. Bombur y Bifur haréis guardia en el segundo turno, yo me encargo del primero. Rhein, vienes conmigo.

Iriel se sobresaltó al escuchar su nombre. ¿Otra vez tenía que coincidir en la guardia con él? Justo después de que Balin hubiera exaltado todas sus cualidades con aquella asombrosa historia, como si no fueran ya bastante evidentes. Se levantó de donde estaba y le siguió hasta el lugar donde pretendía hacer la vigilancia. El resto, aunque no tenían sueño, se acomodaron como pudieron entre las piedras e intentaron dormir. Thorin avanzó hacia la pared de la montaña que entraba en contacto con el valle y se quedó refirmado en ella. Iriel le imitó apoyándose en la pared de enfrente, pues el paso era estrecho. Así se quedaron un rato, con la mirada perdida en el valle, donde al fondo se podía observar el refugio de los elfos como una mancha minúscula. La noche cayó sobre ellos y la luna y las estrellas ocuparon sus posiciones. Era una noche despejada, a pesar de la ausencia de fuego podían observar bastante bien a su alrededor, además su vista pronto se acostumbró a la falta de luz.

Iriel se permitió apartar la vista del valle un segundo y mirar a Thorin por el rabillo del ojo. Estaba de pie apoyado sobre la pared, con los brazos cruzados y las piernas también. Había dejado su hacha apoyada a su derecha, el filo relucía con los rayos de la luna. Iriel tosió para llamar la atención del enano y cuando lo consiguió le señaló el filo del hacha. Aquel brillo metálico podía delatar su posición desde lejos, Thorin asintió con la cabeza y movió el hacha para que la luna no cayera sobre ella. Aquel gesto ayudó un poco a romper la tensión entre ellos e iniciar una conversación. Para sorpresa de Iriel, fue Thorin quien habló.

—He visto el arma que has utilizado contra los trasgos. Nunca había visto nada similar. ¿Cómo la conseguiste?

—Oh, ¿la vara? Es un arma muy práctica, apenas ocupa espacio pero cuando llega el momento es muy fácil abrirla para que recupere su verdadera forma. —Iriel desató a Menfis de su cinturón, repitió los pasos que había hecho contra los trasgos y se la entregó a Thorin extendida. El enano examinó con cuidado el trabajo del arma—. Fue un regalo. Me la entregó un buen amigo como pago por mis servicios en una de mis primeras misiones. Desde entonces nunca me ha fallado.

—Fue un buen regalo. Reconozco el buen trabajo con el que fue forjada. Tienes suerte de poseer un arma así. —Y se la devolvió.

Iriel le preguntó acerca de su hacha, Thorin le explicó que la había forjado él mismo cuando trabajaba como herrero. La conversación sobre armas se prolongó durante un buen rato. Era extraño lo sorprendentemente fácil que estaba resultando hablar con él. Iriel deseó entonces repetir guardia con él todas las noches, no le importaba no dormir si podía disfrutar de la compañía del enano de forma tan agradable. Cuando la conversación sobre armas ya no daba más de sí, y aprovechando el ambiente de confianza que podría tardar en repetirse, Iriel se atrevió a preguntarle.

—Esta tarde… Antes del ataque de los trasgos…, cuando todos estábamos charlando y Kíli te ha preguntado sobre mujeres… Parecía que había algo que os molestara en la pregunta.

Thorin le miró sorprendido por el repentino giro de conversación que había dado su compañero. Unos segundos después, el enano recuperó su semblante.

—Tengo un reino que recuperar y un pueblo al que guiar, no tengo tiempo de preocuparme por esas tonterías.

‹‹Tonterías, ¿eh?››. Iriel no iba a dejar que se saliera con la suya, ese enano tenía instintos que se empeñaba en ocultar, tenía que tirarle de la lengua.

—Bueno, siempre hay tiempo para relajarse un poco. Somos hombres, tenemos nuestras… necesidades.

Thorin le miró arqueando una ceja.

—Yo controlo mis necesidades perfectamente.

Su respuesta fue tajante, Iriel no podría conseguir información si continuaba por ahí, decidió cambiar de estrategia.

—En realidad hacéis bien, las mujeres sólo traen problemas, son caprichosas, irritables y no hay quien las entienda.

—No todas son así.

La repentina respuesta de Thorin hizo que el corazón de Iriel diera un vuelco. Thorin se mostraba melancólico en ese momento, mirando hacia las estrellas. ¿Significaba eso que había alguien en el corazón del rey enano?

—¿Habláis por experiencia propia? ¿Algún romance? ¿Existe alguna afortunada en algún lugar que ha robado el corazón del Rey Bajo la Montaña?

Thorin suspiró. No le había hablado de aquello a nadie durante muchos años, sólo Balin conocía aquel secreto. Sin saber muy bien por qué, empezó a hablar.

—Hace muchos años, cuando todos vivíamos en Erebor, cuando yo aún era un muchacho, había una doncella de cabellos oscuros que siempre se paseaba por los alrededores de mis aposentos. Aquella chica tenía la misma edad que yo, tenía los ojos claros y su sonrisa era capaz de iluminar cualquier rincón.

Iriel nunca hubiera imaginado oír hablar así al rey de los enanos. Describía su infantil enamoramiento con tristeza. Sintió que una parte de su corazón le quemaba el pecho. ¿Por qué le dolía oírle hablar así? El enano continuó.

—Pasaron los años y aquella doncella se fue convirtiendo en una hermosa mujer. Ya no frecuentaba tanto mi hogar, pero yo intentaba coincidir con ella siempre que tenía ocasión. El día que Smaug llegó a la montaña, ella… —Hizo una pausa—. Se encontraba fuera jugando con sus hermanos. El vuelo del dragón derribó las torres de vigilancia y los escombros cayeron sobre la ciudad. El caos se adueñó de la gente, que empezó a correr en todas las direcciones mientras las llamas y los escombros se propagaban. Ella murió intentando proteger a su familia. Cuando la encontré, la mitad de su cuerpo estaba aplastado por las rocas. Ella sostenía una muñeca de trapo ardiendo.

La voz de Thorin reflejaba la amargura que debió de sentir aquel día cuando encontró el cuerpo inerte de la mujer a la que amaba.

—Nunca le dije nada, nunca supo lo que yo sentía por ella. Nunca sabré si de haberlo hecho, las cosas habrían sido diferentes.

Iriel sintió que tenía un nudo en la garganta, uno que no le dejaba respirar. La agonía de aquel enano se había arrastrado hacia ella mientras contaba su historia. Justo en ese momento, Bombur y Bifur aparecieron a su lado.

—Ya es la hora de nuestro turno.

Les pareció que Thorin tenía los ojos ligeramente humedecidos, pero no le dijeron nada. Su líder carraspeó, cogió su hacha y se alejó hacia el campamento para descansar con el relevo.

Iriel le siguió y se acercó a donde había dejado sus cosas, donde yacía Bilbo dormido. La presión que tenía en el pecho no desapareció al tumbarse, sino que pareció incrementarse aún más. Se arrepintió de haberle preguntado, de haber querido indagar en sus sentimientos, pues la respuesta le había dejado un sabor muy amargo. Se agarró el pecho bajo la manta, intentando que así el dolor cediera, pero fue en vano.

A pesar de que sabía que había empezado a enamorarse de aquel enano, no entendía por qué el recuerdo de una mujer que ya no existía la estaba atormentando. ¿Tal vez fuera porque era más fácil pensar que aquel enano nunca sentiría nada por ella porque era incapaz de amar a nadie? ¿Tal vez así el rechazo no sería tan doloroso? Pero ahora aquella patética excusa ya no le serviría, porque ahora sabía que aquel enano sí que era capaz de amar.

Se cubrió la cabeza con la manta y empezó a sollozar en silencio. Conforme aquellas lágrimas salían de sus ojos parecía que el dolor en el pecho se iba apaciguando. Fue así hasta que finalmente se quedó dormida.

Aquella noche soñó que ella era la doncella de cabellos oscuros y ojos claros que vivía en Erebor. Soñó que se encontraba con el enano segundos antes de que las llamas envolvieran todo a su alrededor y exhalara su último aliento frente a él.


N. de A:

Menfis, el arma de Iriel, está inspirada en el arma que usa Yuuki, la protagonista de Vampire Knight, pero con hojas cortantes en sus extremos.