*~~~~* CAPÍTULO 11: UN CASCO QUEBRADO *~~~*

Los enanos habían sido conducidos por los trasgos hasta una gran plataforma sobre la que confluían varios puentes que provenían de diferentes direcciones. Aquellos trasgos habían formado una interminable ciudad bajo las entrañas de la montaña, construyendo puentes colgantes a diferentes niveles y chozas de madera entre las paredes. El barranco bajo sus pies no parecía tener fin, llegando hasta las mismas fauces de la tierra.

Los trasgos los empujaron al centro de la plataforma y les quitaron todas sus pertenencias con violencia. Arrojaron todas las armas a un montón.

Una sebosa figura emergió de aquel trono de madera podrida y restos de huesos. Era el Gran Trasgo. Una criatura más abominable, enorme y horrible que cualquiera de las demás de su especie. Su piel estaba cubierta de ampollas y mugre y su abundante carne se plegaba en multitud de lorzas. Apuntó con sus retorcidas uñas hacia ellos.

—¿Quiénes sois y cómo os atrevéis a invadir mis dominios?

Thorin dio un paso hacia adelante saliendo de entre sus compañeros.

—Soy Thorin Escudo de Roble y ninguno de nosotros hemos venido a invadir vuestro territorio, tan sólo nos refugiábamos de la tormenta.

El Gran Trasgo soltó una gran carcajada al conocer el nombre de su prisionero.

—¡Thorin! Hijo de Thráin, hijo de Thrór, Rey Bajo la Montaña. Ah no, espera… ¡Ya no tienes ninguna montaña! —Rio aún más fuerte burlándose de él, el resto de los trasgos se unieron a las carcajadas de su soberano. Thorin apretó sus puños medio atados pero se contuvo—. Sé de alguien que tiene muchas ganas de verte.

Acto seguido mandó llamar a un trasgo pequeño que hacía las funciones de secretario y se alejó montado en una polea escribiendo un mensaje.

—¿Y qué narices se os ha perdido tan al este, tan alejados de Ered Luin?

El Gran Trasgo no mostraba ningún respeto por los enanos, pero estaba bien informado sobre ellos. Thorin quiso cortarle la lengua a aquella sucia abominación, pero se contuvo.

—Viajábamos para visitar a nuestros parientes en las Colinas de Hierro.

—¡Miente! —gritó un diminuto trasgo al que le faltaba la mitad de la nariz, señaló hacia el montón formado por las armas, el brillo azul de Orcrist la destacaba del resto—. ¡Ellos mataron a los nuestros a la entrada de las montañas! ¡Sucios amigos de los elfos!

El Gran Trasgo profirió un gran alarido al reconocer aquella espada, la habían apodado la Hendedora de Trasgos porque muchos de los suyos habían perecido bajo su filo.

—¿Y por qué vais armados hasta los dientes para visitar a unos parientes? ¿Qué nos estáis ocultando? ¡Sucios mentirosos! ¡Prendedlos! ¡Apaleadlos! ¡Estrujadles los huesos hasta que hablen!


Iriel seguía caminando entre aquel laberinto de puentes. Aquella extraña fortificación en el interior de la montaña tenía miles de pasarelas. Clavos oxidados, cuerdas corroídas, gusanos entre las maderas. Le parecía increíble que las construcciones, si es que se podía llamar así a ese montón de basura, aguantaran el peso de los trasgos. Los puentes estaban conectados por cuerdas y escaleras estropeadas y parecía haber varios niveles por encima y por debajo de ella. Aquella caótica ciudad no tenía ningún sentido. Intentó guiarse por los gritos de los trasgos para intentar averiguar a dónde habían llevado a sus compañeros.

Encontró el tirachinas de Ori en el suelo. Estaba siguiendo el camino correcto. Lo cogió y siguió avanzando despacio, ocultándose tras cada pared, poco a poco los gritos y los alaridos de los trasgos empezaban a hacerse patentes, hasta que llegó hacia el lugar donde se habían reunido.

Era una gran plataforma que se erigía en lo que parecía ser el centro de la ciudad. Los enanos estaban en el centro de ella, rodeados por decenas de trasgos, cientos más les observaban desde columnas, cuerdas y cualquier otro artilugio improvisado en las paredes. Todos parecían disfrutar del espectáculo.

Los trasgos empujaron a los enanos y empezaron a apalearlos. Uno de ellos cogió a Thorin y lo separó de los demás, quería obligar al líder de los enanos a ser testigo de la morbosa escena. Intentó resistirse, pero varios trasgos le tenían bien agarrado y le obligaron a hincarse de rodillas.

El Gran Trasgo bailaba y cantaba mientras disfrutaba de la escena. Iriel le miró llena de rabia. Se aseguró de que ningún trasgo se hubiera percatado de su presencia, escondida tras unos barriles que contenían ratas y murciélagos muertos. Aguantó el hedor de los cadáveres y arrancó unas cuantas piedras de las paredes.

Tensó la cuerda del tirachinas todo lo que pudo y apuntó hacia el repugnante trasgo. La piedra salió disparada a gran velocidad, se elevó por aquella especie de calle principal y rodó en el aire hasta impactar en la cabeza de dicha abominación.

—¡Ay!

Su burlona canción se detuvo. El Gran Trasgo se restregaba la cabeza donde había recibido el golpe, miró hacia sus súbditos y después hacia los enanos con odio. Ninguno se había movido ni un milímetro.

—¿Quién ha sido? —bramó con furia.

De repente varias piedras más aparecieron, todas con el Gran Trasgo como objetivo. Los trasgos comenzaron a mirar nerviosos en todas las direcciones. Chillaron con sus estridentes voces agudas y empezaron a coger sus armas, pero sin dejarles ni un milímetro de espacio a los enanos, buscaban a un enemigo invisible mientras los agarraban para que ninguno aprovechara para escapar.

Una ráfaga de aire recorrió la sala, una sombra veloz que nadie supo de dónde había salido. En medio de la confusión Iriel había saltado a la plataforma y se dirigía a toda velocidad hacia el líder de los trasgos. Agarró una de las espadas de los enanos que estaba en la parte superior del montículo donde habían sido arrojado todas. Dio un gran salto hacia el trono y se elevó hasta situarse sobre la espalda de aquella monstruosa majestad. Nadie fue capaz de percibir lo que estaba ocurriendo hasta que Iriel ya se había posicionado en el lugar apropiado. Los enanos miraron a su compañero y el alivio se dibujó en sus rostros.

Iriel sostenía el filo de la espada a escasos centímetros de la garganta del Gran Trasgo.

—Suéltalos o te corto el cuello.

El regente, a pesar de que se encontraba muy asustado, quiso tentar a la suerte. Confiaba en que aquella noble raza valorara demasiado la vida de sus compañeros. Con la mirada se dirigió a uno de sus súbditos que se encontraba inmovilizando al líder de los enanos. Entendió a la perfección la orden que no había sido pronunciada. La deforme criatura cogió un palo carcomido y arremetió con fuerza contra su estómago. Thorin no pudo evitar dejar escapar un grito de dolor mientras se doblaba hacia adelante. Aquel grito hizo titubear el brazo de Iriel que sujetaba firmemente la espada minutos atrás. Sus sentimientos por el enano le hicieron bajar la guardia y aflojar el filo de aquel seboso cuello. El Gran Trasgo se percató de su error y con un rápido movimiento, difícil de creer para su voluminoso cuerpo, agarró a la muchacha por uno de los extremos picudos de su resquebrajado casco y la arrojó con fuerza hacia las paredes de la cueva. La espada cayó de su mano y la muchacha voló por los aires, incapaz de controlar su cuerpo, y chocó violentamente contra aquellas rocas. La grieta del casco se propagó y el casco se hizo añicos.

Los fragmentos del casco salieron disparados en todas las direcciones junto a la malla metálica. Los largos cabellos de la joven escaparon de su prisión. Iriel cayó al suelo mientras su pelo cubría su rostro, y allí quedó tendida un rato, sin moverse, en un saliente de piedra alejada de la plataforma.

Los enanos observaron la escena mientras intentaban escapar, en vano, de sus captores. Todo lo que vieron fue el cuerpo de su compañero en el suelo, cubierto por una larga melena oscura. Los trasgos vitoreaban estridentemente alabando el poderoso golpe de su superior.

Poco a poco, Iriel consiguió recuperar el control de su cuerpo. Apoyó los brazos en el suelo y se levantó lentamente, como si tuviera que vencer una fuerza invisible para conseguir separarse del suelo. Hincó una rodilla en el suelo y levantó la cabeza hacia ellos, sus cabellos dejaron al descubierto su identidad.

Los enanos quedaron paralizados al descubrir el verdadero rostro de su compañero. Le miraban perplejos, sin pestañear, incluso dejaron de resistirse a la captura de los trasgos y estas monstruosas criaturas también detuvieron sus golpes. El silencio parecía haberse adueñado del lugar que un segundo antes había estado corrompido de estridentes y molestos gruñidos. Todo ser vivo había enmudecido de repente.

Iriel notó un hilo de sangre cayendo por la comisura de los labios, había recibido un buen golpe por parte del Gran Trasgo. Al intentar levantarse un dolor punzante le recorrió las costillas. Se apretó la zona con el brazo izquierdo, justo debajo de su pecho, y siguió apoyada en el suelo con el brazo derecho. Con gran esfuerzo se impulsó con él para intentar ponerse de pie. Lo consiguió tambaleándose, cerró uno de sus ojos en señal del fuerte dolor que seguía oprimiéndole las costillas. Rogó al cielo para que no se hubiera roto nada. En estas pésimas condiciones, todavía tambaleándose, consiguió erguirse por completo, escupió al suelo la sangre de su boca, se limpió los labios con el dorso de su mano enguantada y le dedicó una mirada desafiante al Gran Trasgo.

Thorin no podía creer lo que tenía delante de sus ojos. Todas las precauciones del mago por ocultad la identidad de aquel misterioso cazarrecompensas cobraron sentido en ese momento. Tenía delante de él la respuesta al rompecabezas que le había estado atormentando desde que aceptó su entrada en la Compañía. Rhein no había ocultado su rostro para traicionarles por la recompensa y huir sin que nadie pudiera reconocerle, el motivo había sido bien distinto. Se había ocultado porque aquel habilidoso guerrero era en realidad una habilidosa guerrera. Él había sido ella desde el principio. Thorin no sabía cómo sentirse en ese momento.

Enojado por el engaño, porque tanto Rhein como Gandalf se habían reído de él.

Sorprendido porque nunca hubiera imaginado que ése fuera el secreto que ocultaba aquella pesada máscara.

Fascinado de conocer a una mujer tan valiente, tan diestra en la batalla, tan firme ante cientos de enemigos, tan espectacularmente hermosa bajo aquellas ropas masculinas.

Melancólico porque aquel cabello oscuro y aquellos ojos claros le recordaron por un momento al que había sido el amor de su juventud. Sin embargo esa mujer no se parecía en nada a la doncella que creció junto a él, esa mujer poseía una determinación y una fuerza que jamás habría tenido su idolatrada dama.

Las risas del Gran Trasgo le sacaron de su enredo de pensamientos.

—¿Pero qué tenemos aquí? Hacía mucho tiempo que una dama no se adentraba en mis dominios. Acércate guapa, podríamos divertirnos un rato juntos.

El silencio volvió a convertirse en una jauría de gritos y vítores procedentes de los repulsivos trasgos. Reían con sus escandalosas voces tan fuerte que Iriel tuvo ganas de taparse los oídos, pero aguantó sin mostrar signos de debilidad. Le miró con repugnancia.

—Los gritos de estos enanos amenizarán nuestra diversión.

Los trasgos volvieron a dirigir sus puños hacia los enanos para seguir golpeándolos. Esta vez alzaron sus cuchillos hacia sus gargantas. Iriel no podía soportar que les hicieran más daño.

—¡Detente! —le gritó revelando su verdadera voz. Cientos de trasgos la miraban desde sus guaridas y desde las paredes. Estaban completamente rodeados en su refugio, no había ninguna posibilidad de vencerles si comenzaban un enfrentamiento abierto. Iriel tenía que pensar rápido en alguna manera de despistarles y escapar de allí.

Ninguno de los trasgos hizo caso a su orden. Relamieron el filo de sus cuchillos preparándose para clavarlos en el cuerpo de los enanos. Iriel tenía que intentarlo con una arriesgada artimaña, aunque creía que el rey enano no se lo perdonaría. Fingió una seguridad que no sentía y alzó su voz con tono firme.

—Ninguno de esos enanos te servirá estando muerto, te interesan los suculentos tesoros que guardan.

El Gran Trasgo cambió su expresión al escuchar esta nueva información. Ordenó a sus súbditos que se detuvieran.

—¿De qué tesoros hablas?

Iriel abrió la cartera y le mostró la llave de Erebor. Los enanos la miraron atónitos. Thorin la observó furioso.

—¿Qué crees que estás haciendo? —le gritó lleno de rabia. La reacción del enano convenció al Gran Trasgo de que la información de la chica era correcta. Sonrió hacia ella. Iriel volvió a guardar la llave y le gritó desafiante. El dolor en las costillas había cedido un poco, aunque le seguía resultando difícil respirar y gritar le consumía demasiadas fuerzas. Pero no podía dejar que el enemigo descubriera su debilidad, era su única oportunidad para salir de allí.

—¡Tienes que soltarlos a todos, ellos son los únicos que conocen el camino! ¡Te guiarán hasta el tesoro!

Sabía que aquel mugriento monarca no iba a dejarles escapar tan fácilmente, pero tenían que alejarse de algún modo de aquella monstruosa ciudad llena de trasgos donde no tenían ninguna oportunidad de vencer. Más adelante ya intentarían escapar de algún modo, lo importante era salvar la vida ahora, aunque al parecer el rey enano no opinaba lo mismo en cuanto a las prioridades. Observaba furioso a aquella mujer que estaba traicionando su secreto, no importaba el noble propósito que le movía a hacerlo.

El Gran Trasgo sonrió con malicia. Miró hacia las paredes donde se encontraba esa mujer y vio a varios de los suyos agazapados sobre las rocas. Se quedaría con todo.

—Lo siento preciosa, no hay trato. ¡A por ella, mis lacayos!

Iriel se giró justo a tiempo de ver cómo aquellos sucios trasgos se lanzaban hacia ella. En medio de aquel ataque una potente luz estalló en uno de los pasillos de la montaña, la luz cegadora se propagó en todas las direcciones, como una potente explosión. Los trasgos que habían saltado sobre Iriel se tambalearon y cayeron por el precipicio. Los trasgos que atacaban a los enanos tiraron sus armas para cubrirse los brazos de aquella cegadora luz que les abrasaba los ojos y la piel. Una sombra puntiaguda emergió del resplandor.

—¡Coged vuestras armas y seguidme!

Gandalf había aparecido en el momento preciso.

La asombrosa luz pareció quemar las ataduras que les aprisionaban. Los enanos se arrastraron hasta el montón con sus armas y cargaron con ellas contra los trasgos desprotegidos y ciegos. Rajaron sus tripas, golpearon sus cabezas y los arrojaron al vacío. Era hora de hacerles pagar por lo que les habían hecho. Comenzaron a correr en la dirección que les indicaba el mago y una violenta lucha comenzó. Arremetieron contra todos los trasgos que se les pusieron por el camino, esgrimiendo poderosas estocadas a diestro y siniestro con sus recuperadas armas. Avanzaron por aquellas pasarelas confiando en que el mago les condujera hacia la salida. Kíli disparó una flecha atravesando la garganta de un trasgo que estaba a punto de abalanzarse sobre la espalda de Iriel. Le guiñó el ojo y siguió disparando a su alrededor. En ese momento Fíli saltó hacia donde estaba ella, le tendió la mano y la ayudó a salir de aquel lugar para unirse a la huida. Iriel se sintió agradecida por la ayuda que le estaban ofreciendo sus compañeros. Gandalf derribaba a sus enemigos tanto con su espada como con su bastón, encendiendo de vez en cuando su potente brillo para desestabilizarlos. Ninguno supo cuánto rato estuvieron corriendo por aquellas galerías infinitas donde no paraban de aparecer más y más trasgos.

Bofur golpeó con su hacha a un trasgo que estaba a punto de clavarle un cuchillo a Ori. Todos los enanos se ayudaban entre ellos, peleando heroicamente contra un sinfín de enemigos. A medida que corrían, Iriel sentía que el dolor en su costado cesaba, aunque tal vez fuera porque la adrenalina que recorría sus venas en ese momento estaba anestesiando sus heridas. Intentó liberar a Menfis para defenderse de los ataques. Lo consiguió mientras esquivaba los cadáveres de los trasgos tendidos sobre el suelo. Thorin cortó una de las cuerdas que sujetaban el puente donde se encontraban y se deslizaron hacia el otro lado de la montaña, agarrándose bien a los tablones para no caer al vacío. Iriel y Thorin fueron los primeros en saltar hacia el nuevo puente que también estaba infestado de trasgos. Se colocaron espalda con espalda y comenzaron a hacerles frente, haciendo silbar sus armas con cada estocada certera. Con su larga vara, Iriel interceptó algunos golpes que iban dirigidos al rey enano, frenando el impacto y cortando las cabezas de sus propietarios. Thorin también cubrió el flanco que la muchacha había dejado al descubierto esgrimiendo poderosos arcos con su espada azulada. Kíli disparó entre ellos hacia los trasgos que se acercaban en esa dirección. Thorin lanzó una mirada asesina hacia su sobrino por la flecha que había pasado rozándole la oreja.

Gandalf volvió a provocar una explosión con su luz cegadora y les guio a un estrecho camino que se hallaba oculto entre las rocas. El pasillo se abrió a una larga estancia. Enfrente se encontraba un estrecho pasillo donde se filtraban los primeros rayos de la mañana. La noche había terminado durante su estancia en las entrañas de la montaña. Cuando iban a dirigirse hacia la salida, escucharon miles de pisadas provenientes de todas las direcciones. Miraron a ambos lados, una inacabable horda de trasgos se dirigía hacia ellos desde todas partes. Su única oportunidad era atravesar la salida antes de que les alcanzaran.

Los enanos gritaron mientras se dirigían con ferocidad hacia la luz del día, como si sus fuertes gritos de batalla pudieran hacer que se desplazaran más rápido. Consiguieron atravesar la salida con los trasgos pisándoles los talones. Cuando el último de los enanos atravesó la salida y pisaron la superficie de la montaña, una terrible explosión se escuchó a sus espaldas. La salida voló por los aires, las rocas que la formaban se desprendieron y taparon completamente el agujero, separándolos de sus enemigos que chocaron contra las rocas, falleciendo al aplastar sus cráneos contra el muro. Todos se giraron para observar el extraño incidente que les había librado de sus perseguidores y encontraron una cara conocida sonriéndoles.

Bilbo estaba allí.

Había utilizado uno de los fuegos artificiales de Gandalf para sellar la salida. Había tramado este astuto plan junto al mago, pues Gandalf le había indicado cuál era el lugar por el que escaparían. Bilbo se había sentido muy complacido de poder ayudar a sus amigos de esta manera sin tener que bajar a las profundidades de la cueva evitando así combatir contra los trasgos.

Iriel corrió a abrazar a Bilbo. Bilbo cayó al suelo por el potente impulso de su amiga. El hobbit cargaba con todas las mochilas que los enanos habían dejado abandonadas en la cueva, por eso le costaba mantener el equilibrio.

Los enanos recuperaron el aliento de su frenética carrera. Se abrazaron entre ellos, se tiraron al suelo, chocaron sus puños y saltaron para celebrar que habían salido con vida.

El único que permanecía impasible era Thorin, que miraba con los brazos cruzados hacia los medianos que continuaban abrazados.

Bilbo se deshizo del abrazo de Iriel y dejó todas las mochilas en el suelo. Gandalf se acercó hacia ellos para recoger las pertenencias de los enanos, que estaban demasiado concentrados con su celebración. En ese momento Bilbo fue consciente de que su amiga no llevaba puesto el casco.

—¡Rhein! ¡Tu casco! ¿Te han descubierto?

Los enanos detuvieron su alboroto y centraron sus miradas en la chica que cogió su bolsa de cuero y se dio la vuelta lentamente hacia ellos. La luz del sol perfilaba sus femeninas facciones, los enanos observaron con más claridad todos los rasgos de la muchacha, que evitaba sus miradas un tanto avergonzada. Habían olvidado su asombro durante la huida de los trasgos, pero ahora que estaban a salvo habían vuelto a recordar su asombro ante tal revelación.

—Bilbo, ¿tú lo sabías? —preguntó Kíli visiblemente sorprendido. El mediano se rascó la cabeza avergonzado.

Iriel esbozó una tímida sonrisa ante sus compañeros. Ya no podía hacer nada, su secreto había quedado al descubierto, confiaba en que las semanas que habían viajado junto a ellos, ayudándoles siempre que había podido, fueran suficientes para que todos aceptaran su verdadera condición. Mientras los enanos observaban embelesados aquella sonrisa una voz resonó con furia rompiendo la armonía del momento.

—¡Gandalf! Explícame qué significa todo esto. —El enano se acercó a grandes zancadas hacia el viejo mago. Gandalf clavó su bastón en el suelo, interponiéndose en el paso del enano para que no se acercara más.

—No tengo nada que explicarte. No veo ninguna diferencia en que conocieras o no el rostro de tu aliado.

—Me has engañado desde el principio. —Su mirada llena de furia no intimidaba a aquel viejo mago que había vivido tanto.

—¿En qué te he engañado, Thorin Escudo de Roble? ¿No te he conseguido un diestro guerrero? ¿No te ha ayudado Iriel en todo lo que has necesitado? ¿No te ha demostrado que peleará con todas sus fuerzas para ayudarte a recuperar tu reino?

Era la primera vez que escuchaban el nombre de la chica. Thorin respiraba agitado, producto de la cólera que le consumía por dentro. Ni él mismo entendía por qué le había molestado tanto descubrir aquel bello rostro que se ocultaba bajo la máscara.

Esta vez fue Iriel la que le plantó cara.

—Yo también quiero saber qué problema hay. Sigo siendo la misma que ha combatido a tu lado, que ha compartido tus guardias, que ha obedecido tus órdenes sin descanso. ¿Cuál es el problema en que no sea un hombre?

Thorin se giró hacia ella. Aquellos ojos claros le torturaban como no lo habían hecho los azotes de los trasgos.

—¡Has estado a punto de traicionar nuestro secreto ante aquellas apestosas criaturas! No eres capaz de manejar la responsabilidad que implica esta misión.

—¿Y qué otra cosa querías que hiciera? Tenía que ganar tiempo para escapar de allí.

—Si no hubieras jugado mal tu mejor baza no habrías tenido que llegar a eso. Tenías la garganta del Gran Trasgo a merced de tu espada y sin embargo no la atravesaste al ver que nos hacían daño. Las mujeres no sabéis controlar vuestros sentimientos y eso en una batalla significa la muerte. No niego tu destreza en la lucha, pero te falta decisión. ¿Crees que el dragón nos dará tregua? ¿Qué harás cuando tengas que decidir entre nuestras vidas o la victoria de nuestro pueblo? En una batalla así los sentimientos son tu mayor debilidad, si no eres capaz de dominarlos el enemigo los utilizará en tu contra.

Iriel escuchó cómo aquel enano la estaba sermoneando por haber fallado una vez, una sola vez. Tenía razón en una cosa, sus sentimientos por el enano la habían traicionado en las entrañas de la montaña.

—De acuerdo, la próxima vez dejaré que los enemigos te maten, Thorin Escudo de Roble.

—No habrá próxima vez. Quedas expulsada de mi Compañía.

Todos sus compañeros ahogaron un grito. No daban crédito a las duras palabras de su líder. Bilbo se acercó corriendo hacia Iriel, que se había quedado paralizada frente a aquel enano, como si una daga se hubiera clavado en su corazón.

—¿Pero qué dices? No puedes hacer eso —le suplicó Bilbo.

—Y también el mediano —dijo dirigiendo su fulminante mirada hacia él. Bilbo retrocedió un paso—. Ya nos abandonó una vez, nada me asegura que no volverá a hacerlo. Estoy seguro de que se alegrará de volver a su adorado… hogar. —Un desprecio infinito arremetió contra esa última palabra. El enano no había perdonado aquella conversación en la cueva.

—¿Qué estás haciendo, insensato? ¿Así es cómo les agradeces que te hayan salvado? —intervino Gandalf golpeando su bastón contra el suelo.

—Tío… —Kíli y Fíli no querían separarse de sus nuevos compañeros, pero no podían hacer nada para que su obcecado pariente cambiara de opinión, y menos aún cuando la cólera se había apoderado de su juicio.

Thorin ignoró los comentarios de todos sus compañeros, dio un par de pasos hacia la muchacha, que seguía intentando asimilar el golpe, y extendió su mano hacia ella.

—Devuélveme mis cosas y el contrato.

Su concisa orden sacó a Iriel de su aturdimiento. Mientras sentía un profundo dolor desgarrándole el pecho le tendió la cartera al enano, esforzándose por no mostrar ni una pizca del dolor que sentía por dentro y comenzó a buscar entre el bolso el pergamino que había firmado.

Tras recoger la cartera de cuero con sus pertenencias, Thorin extendió el brazo para arrebatarle el contrato. Antes de que el enano lo hubiera agarrado, Iriel rasgó aquel pergamino por la mitad. Aquel enano ya la había humillado bastante, sería ella misma la que rompiera el acuerdo. Comenzó a romperlo en miles de trozos, tan pequeños como los miles de pedazos en los que se había quebrado su corazón. Soltó los pedazos y el viento los acogió en su regazo, volando con ellos, dispersándolos en todas las direcciones, borrando los recuerdos de aquel pacto que había durado unas pocas semanas. Iriel aguantó estoicamente la mirada al hombre que le había robado al corazón y que ahora acababa de aplastarlo con la crueldad de sus palabras. La había rechazado completamente, ni siquiera le importaba su destreza como guerrero, no había tolerado perdonarle ni un solo error. Todos los temibles miedos que la habían atormentado bajo aquella máscara acababan de cumplirse en ese instante. Habían escapado juntos de la muerte, se habían enfrentado a temibles enemigos, ¿es que todo aquello no había significado nada para él? ¿Iba a condenarla porque una sola vez su corazón la había traicionado?

El enano tragó saliva, la cólera se había ido dispersando poco a poco, dio media vuelta hacia sus compañeros y comenzó a caminar hacia el sendero que les conducía a su próximo destino.

—Espero no volver a veros a ninguno de los dos.

La breve celebración de su milagrosa huida por la montaña se tornó en una triste marcha que se reflejó en los rostros de los enanos. Ninguno estaba de acuerdo con la decisión de su líder, pero no podían oponerse a él.

Todos caminaron en silencio tras él, el mago se giró a mirarles por última vez. Allí vio los abatidos cuerpos de las dos maravillosas personas que había convencido para que ayudaran a los enanos en su aventura. Tal vez tuviera que suceder de este modo, tal vez hubiera una razón para ese infortunio, una lección para aprender.

Fue una despedida amarga para todos.