** Una aclaración para todos los que me habéis preguntado si Thorin ha reconocido a Iriel de la noche en Rivendell **

La respuesta es: ahora mismo no.

Aunque os resulte difícil de creer xD el alcohol de los elfos causó ciertos estragos a la mente del enano aquel día. Realmente sus recuerdos de aquella noche están un tanto borrosos (el enano no habría actuado así en condiciones normales)

Sumadle a los efectos del alcohol el hecho de que era de noche, Iriel llevaba el pelo recogido en una diadema y vestía como una princesita, ahora mismo acaba de salir de una batalla, tiene el pelo revuelto, restos de sangre y lleva ropa de hombre, así que tenéis que disculpad al pobre enano de no haber relacionado a ambas mujeres a la primera xD

Sí que es cierto que a lo largo del camino su mente hará conexiones y se acabará dando cuenta, pero ahora mismo tiene bastantes otras preocupaciones en la cabeza.

yay1301 .yes : Muchas gracias! Lo sé, he hecho sufrir bastante a la pobre Iriel, pero te aseguro que en este capítulo tendrá recompensa ;)

daya20: Muchas gracias! :D Tenía que escribir algo triste para que luego el reencuentro sea más emocionante xD aunque reconozco que a Iriel le ha tocado ya sufrir demasiado a lo largo de la aventura. A partir de ahora empezaré a tratarla mejor ;)

ady prime: Jajajaja la verdad es Thorin se ha portado bastante mal con la pobre, pero en realidad lo ha hecho por una buena causa, como veréis en este capi ;) Thorin tiene su corazoncito.

Rirhi: Hola de nuevo! muchas gracias por el cumplido :D jajaja es lo que tiene tener bastante tiempo libre y estar obsesionada con el enano más sexy de la Tierra Media xD que me entran ganas de escribir a todas horas! -_- Dentro de un par de meses estaré más liadilla, así que voy a aprovechar ahora.

Sí, ya era hora de que Iriel empiece a lucirse un poco como mujer, no? :P

HainesHouse: Jajaja, tranqui, que no haya mencionado los sucesos del anillo en este capítulo no significa que no hayan ocurrido, me parecía demasiado caos meter eso también en el capítulo anterior, así que lo explicaré en este ^^
De todas formas no pretendo contar toda la historia al pie de la letra, puede que me tome algunas licencias por el camino :P

Lo de Gandalf es porque en el fondo este mago tiene un sexto sentido para adivinar el futuro y confía en que de una manera u otra, sus dos compañeros acaben volviendo al grupo.

Lynlia: Ais, ahora por mi culpa todos vais a acabar odiando a este enano tan increíble xDDD más adelante la recompensará por todo lo que le ha hecho pasar,os lo aseguro xDD

kora: lo sientooo, necesitaba un poco de distancia entre ellos para que luego la llama del amor pueda surgir más tiernamente :)
Prometo que a partir de ahora será más bonito.

¡Y aquí os dejo con el siguiente capítulo! Es MUUUY largo, iba a volver a dividirlo en dos partes, pero no sabía muy bien donde cortarlo... ^^U lo siento si me excedido demasiado en la longitud.

En fin, después de haberos hecho sufrir con el anterior, estoy segura de que este os gustará más ^_~ ¡Ya me contaréis!


*~~~~~~~ CAPÍTULO 12: UN RESCATE INESPERADO ~~~~~~~~*

El grupo de enanos se alejó bajando por la ladera en lo que a Iriel le pareció una caminata lenta e interminable. No podía permitirse perder el control hasta que no los hubiera perdido completamente de vista. Se quedó allí de pie, apretando los puños y los dientes con rabia hasta que las siluetas de los enanos desaparecieron completamente en la lejanía. Lo último que vio desaparecer fue la espalda cubierta por el abrigo de pieles y la larga y ondulada melena de ese maldito enano arrogante y desalmado.

Se dejó caer de rodillas y dio un puñetazo contra el suelo. El golpe sobresaltó al hobbit que también se había quedado mirando hacia el infinito.

El cuerpo de Iriel temblaba, mezcla de la rabia y el dolor que la invadían en ese momento. Nunca pensó que podría sentirse tan enfadada y rota a la vez. Quería odiar a ese enano con todas sus fuerzas pero ni siquiera en ese momento de desamparo era capaz de hacerlo. A pesar de todo el daño que acababa de hacerle, seguía queriendo estar a su lado, como si su masoquista corazón quisiera seguir sufriendo los rechazos de aquel insensible enano una vez tras otra.

Recordó aquella noche en Rivendel en la que todo había sido tan distinto. En lugar de una calidez en el pecho, sintió un profundo pesar al rememorar cada detalle. Aquel ambiente de armonía y paz se tornaba ahora gris y desolador. Le pareció que la luna que brillaba aquella noche con todo su esplendor se reía de ella, advirtiéndole ya por aquel entonces que algo como eso iba a pasar tarde o temprano. En el fondo su mente lo sabía, pero ella había decidido ignorar los sabios consejos de su conciencia sucumbiendo al deseo de su traicionero corazón. Probar aquellos labios había sido el error más imperdonable de su vida porque ahora su corazón se empeñaba en obtener algo más, quería que el corazón del enano sintiera por ella al menos una pequeña parte de lo que sentía el suyo. Pero ese tipo de sentimientos no podían surgir de alguien como él, un obstinado enano preocupado únicamente por recuperar una fortaleza de las garras de un despiadado dragón. No había hueco para nada más en su corazón aparte del exilio, la desesperación, la soledad y la venganza. Y aun sabiendo todo eso ella había caído en aquel juego donde perder era la única opción que existía.

Ahora su corazón ya nunca iba a conseguir nada de Thorin, porque el enano ni siquiera había aceptado su compañía para completar la suicida misión que le había consumido por dentro durante tanto tiempo. Las lágrimas de la muchacha amenazaban con aflorar en sus ojos mostrándole al mundo sus verdaderos sentimientos. El dolor empezó a concentrarse más fuertemente en su pecho, aplastándolo, como si cada latido se convirtiera en un doloroso esfuerzo para aquel castigado corazón. Cuando la primera lágrima consiguió escapar y caer surcando su mejilla, una profunda y amarga voz salió de su garganta. Esta vez aquella dulce melodía se había transformado en un débil susurro cargado de dolor. Nunca antes se había sentido tan identificada con las palabras de una canción.

Sólo fuimos tú y yo
una coincidencia que el tiempo juntó.
Entre nosotros dos
no había destino de ninguna forma.

Se derrumbó por completo. Se cubrió la cara con los brazos y se agachó hasta chocar con el suelo. Las lágrimas cayeron humedeciendo el terreno.

Bilbo se colocó a su lado y la dejó desahogarse, pues creía que era la mejor forma de aliviar el dolor que su compañera sentía en aquel momento. Iriel perdió la noción del tiempo junto a su desgarrador llanto. Lloró hasta quedarse afónica, hasta que sus ojos consumieron todas las lágrimas que protegían, hasta que aquel malherido corazón decidió que ya era suficiente.


Los enanos caminaban sin atreverse a pronunciar palabra. Un aura de tristeza los envolvía mientras se alejaban de los compañeros que habían dejado atrás.

Thorin se encontraba en la retaguardia del grupo, rememorando cada palabra que les había dicho llevado por la cólera.

Era cierto que estaba muy enfadado porque aquella chica hubiera expuesto su secreto ante los trasgos, pero era consciente de que las circunstancias la habían llevado a hacerlo. La presión ante tantos enemigos podía conducir a decisiones precipitadas y equivocadas, pero aquella treta tampoco había sido tan descabellada. Estaba convencido de que muchos de sus compañeros habrían hecho algo parecido si se hubieran encontrado en su situación. En realidad había utilizado aquello como excusa para alejarla de allí.

El motivo de las duras y hasta crueles palabras que le había dirigido había sido bien distinto. El rey enano sabía de sobras que no era cierto lo que le había dicho acerca de su debilidad. Aquella mujer era capaz de cuidarse tan bien como cualquiera de sus hombres.

Sus ojos habían sido la causa de que la hubiera desterrado de su equipo.

Aquella firme pero tierna mirada le había conmovido por primera vez en mucho tiempo al descubrirla en el fondo de la cueva y su fuerza había vuelto a golpearle al salir de allí, encontrando algún fragmento desprotegido para penetrar en las corazas de un corazón cubierto de cicatrices que el tiempo no había logrado cerrar por completo.

Un oscuro presentimiento se había presentado ante él al observarla. Por un momento se había imaginado aquellos dulces ojos sin brillo, inertes sobre la tierra, congelados en algún remoto lugar alejado del mundo de los vivos. Le recordó a su hermana cubierta de cenizas, mirando con impotencia y pesadumbre lo que habían dejado atrás, lo que habían perdido. Recordó a su doncella, exánime entre los escombros; a todas las mujeres que habían perecido a causa de una desgracia que no supo contener, que no supo combatir. Ya era suficiente, demasiados inocentes pesaban ya sobre él. No podría cargar con otra muerte sobre su conciencia, no de nuevo. Recordó de nuevo la mirada de Iriel. Aquellos ojos tan puros no merecían ese aciago destino. Por eso la había desterrado, para alejarla de un final que no era el suyo, un destino que sólo recaía sobre su raza. Ella no merecía acabar así por culpa de su obsesión y su tormento.

El saqueador tampoco tenía la culpa de sentir miedo y no cumplir con las expectativas que se esperaban de él. Gandalf había arrastrado a dos personas a cumplir con una misión que le correspondía sólo a él. Los trece enanos habían decidido acompañarle por voluntad propia, pero sus vidas también pesaban sobre su conciencia. Sobre todo la vida de sus jóvenes sobrinos, aquellos tercos y atolondrados enanos que habían decidido unirse a su causa a pesar de que se había negado repetidamente a que lo acompañaran. Lamentablemente la sangre de Durin también corría por sus venas, así que por mucho que lo había intentado, ni él ni su hermana Dís habían conseguido persuadirles de su decisión. Sin embargo tenía clara una cosa, mientras él estuviera vivo nada ni nadie iba a hacerles daño a ninguno de ellos, quería a esas dos alegres criaturas como si fueran sus hijos.

Gandalf también caminaba pensativo. El viejo mago todavía tenía esperanza, había observado muchas veces al destino en su caprichosa manera de hacer las cosas. Todo ocurría siempre por alguna razón. Estaba seguro de que de alguna forma, sus queridos compañeros acabarían volviendo al grupo, que el destino les conduciría al lugar donde realmente pertenecían. Confiaba en que ocurriera algo inesperado, como aquella vez en la Comarca, cuando Bilbo le negó la posibilidad de unirse a los enanos y a la mañana siguiente el hobbit había atravesado media Comarca corriendo sobre las verdes praderas, sorteando cada obstáculo en el camino con el pergamino firmado agitándose en su excitado brazo. Él era de los pocos que había apostado que el mediano acudiría a la llamada en el momento preciso, por lo que ahora también confiaba en que se produjera un suceso parecido. Esa era la razón por la que había permanecido con los enanos y no con los desconsolados hobbits.


Iriel decidió que ya había derramado suficientes lágrimas. Seguir lamentándose no iba a hacer que su situación cambiara. Pensó en Bilbo, que se había quedado a su cargo. Debía acompañarlo a casa sano y salvo. Se encargaría de hacer bien al menos esa última tarea, después volvería a su recóndito refugio tras la cascada. A lo mejor sus padres tenían razón, a lo mejor había llegado el momento de colgar las armas y apagar ese temerario instinto de aventurera para siempre.

Se levantó del suelo y se alejó un poco para investigar los alrededores. Para su sorpresa, entre aquel desierto de rocas escuchó el curso de un pequeño riachuelo bajando por la montaña. Al verlo se percató de que tenía mucha sed, quién sabe cuántas horas habían pasado desde la última vez que había bebido algo. Se refrescó las manos y aprovechó también para lavarse la cara de los restos de lágrimas, sudor y sangre. Ahora que ya no estaba concentrada en el dolor de su corazón, el del costado volvió a resurgir.

Iriel dirigió la mirada hacia su propio cuerpo. Ya estaba harta de aquel apretado jubón de cuero que apenas le permitía espacio para expandir sus pulmones. Agarró una de sus dagas, apuntó el filo hacia la parte superior de la pieza y la rasgó en línea recta desde su escote hasta su cintura. Se desabrochó la capa desgastada y se desprendió del jubón con los hombros. Respiró ampliamente al sentirse liberada, ahora se encontraba únicamente bajo el abrigo de su camisa gris.

Se sacó la camisa del pantalón y la levantó hasta la zona que le molestaba para examinársela. Apreció un tenue moratón sobre su piel en la zona que más le dolía. Palpó la zona con los dedos y respiró aliviada al comprobar que no crepitaba ninguna de sus costillas. No se había roto nada. Lo que le dolía era tan sólo la sangre coagulada bajo su piel, aquel moratón se reabsorbería al cabo de unos días.

Miró la pieza de cuero que tenía en el suelo y una idea cruzó su cabeza. Cogió la daga y empezó a recortar los bordes, dándoles una forma diferente. Sonrió al ver su trabajo terminado. Acababa de convertir aquel molesto jubón en un práctico chaleco que le protegería del frío sin cortarle la respiración. Se probó su nueva vestimenta, que se abrochaba justo debajo del pecho, realzando su femenina figura. Hizo unos pequeños agujeros en los bordes y rebuscó en su bolsa de cuero. Estaba segura de que había guardado algunas cuerdas y cordones pequeños por si los necesitaban durante el viaje. Efectivamente, allí estaba el largo cordón que usaba para amarrar las mantas que había perdido en la guarida de los trasgos.

Cortó aquel cordón por la mitad y lo utilizó para atar los dos extremos del chaleco, así la pieza se cerraba en torno a su estómago y la resguardaba del húmedo viento de la montaña. Volvió a colocarse también la capa porque estaba empezando a sentir frío.

Bilbo se sintió un poco un poco mejor al ver a la chica más o menos recuperada. No sabía por qué, pero el alivio de su amiga parecía estar vinculado con el suyo.

Aun así las palabras de Thorin todavía le taladraban la cabeza. Creía que él se las merecía en parte por haber fallado a los enanos, aunque sólo hubiera sido durante unos minutos. Había pasado de abandonar a los enanos a cambiar de opinión para ayudarlos y, tras conseguirlo, había sido expulsado por su jefe. Era injusto que tras la única cosa que había hecho bien durante todo el viaje, hubiera recibido el mayor castigo de todos.

—Levántate Bilbo, tenemos que encontrar una forma de regresar a casa —dijo Iriel con una leve sonrisa, intentando ocultar las heridas que todavía seguían sangrando en su corazón.

El mediano obedeció, al menos no se encontraba solo.

Observó un poco a su alrededor. Era difícil saber dónde se encontraban, todas las montañas parecían exactamente iguales. El único sitio que parecía distinto era el sendero por el que habían bajado los enanos, que parecía conducir a una ladera donde volvía a existir la vegetación, pero por supuesto no iba a seguir esa dirección.

Volvió a mirar el riachuelo donde se había lavado y decidió avanzar un poco siguiendo su curso. Siguiendo su escasa corriente encontró que el flujo salía de una grieta en la montaña. Parecía una cueva que había sido tapada por una roca. Antes de que Iriel pudiera apartarla Bilbo se puso en medio para evitarlo.

—Preferiría que no cogiéramos ese camino —dijo nervioso—, no me gustaría encontrarme con cierta criatura.

Iriel le miró extrañada.

— Verás…

Bilbo empezó a narrarle su aventura a la joven. El camino para llegar a ese lado de la montaña no había sido tan fácil como el mediano había creído en un principio. El mago le había indicado el sendero que debía seguir hasta el lugar donde escaparía con los enanos. Un tramo del camino discurría sobre la montaña y otro bajo ella. El mago le había asegurado que por aquellos túneles no encontraría ningún trasgo, y no le había mentido, en aquellos oscuros pasadizos no se había topado con ninguno, su espada élfica no había brillado ni una sola vez, pero a cambio se había cruzado con otra cosa.

Bajo aquel pasadizo de riachuelos subterráneos y rocas resbaladizas vivía una terrible criatura que Bilbo no supo identificar. Era una criatura consumida por el hambre y la soledad. Su cuerpo era un auténtico saco de huesos, apenas parecía tener carne bajo aquel pellejo. Sus brazos y sus piernas eran muy largos en comparación al resto de su cuerpo y caminaba encorvado, casi arrastrándose. Vestía sólo con un corroído taparrabos. Apenas tenía pelo en su globulosa cabeza y sus ojos saltones ocupaban la mitad de su cara, dándole un aspecto siniestro junto a sus afilados colmillos.

Caminaba como un alma en pena, conversando consigo mismo sin parar, como si dos personalidades lucharan por conseguir el control de aquel penoso cuerpo.

Su garganta no dejaba de emitir sonidos guturales que se transformaban en una desgarrada palabra: "Gollum, gollum". Por eso Bilbo había decidido apodar así al individuo.

Aquella extraña criatura se había topado con él por el camino y le había retado a una batalla de acertijos en la que el perdedor entregaría su vida. El ingenio del hobbit le había salvado de aquel destino fatal, después de retarle con los acertijos más ingeniosos que conocía había logrado vencerle con una curiosa pregunta.

‹‹¿Qué tengo en el bolsillo?››.

El hobbit había encontrado un anillo dorado entre las piedras de la cueva. No había dudado en quedarse con él y guardárselo en el bolsillo. Gracias a este simple objeto se había salvado. Sospechaba que el anillo pertenecía a aquel extraño ser, pues no parecía haber nadie más por aquel lugar, pero el mediano creyó que no lo necesitaría para nada allí abajo y se lo guardó sin remordimientos.

Lo que la mente de Bilbo no consiguió entender es por qué ese escuálido ser se volvió loco cuando se dio cuenta de que había perdido la baratija. Aprovechó aquel momento de enajenación de su agresor para huir a toda prisa. Aquella criatura maldecía en todos los idiomas que conocía, se golpeaba a sí misma, se retorcía por el suelo y lanzaba piedras descontroladamente hacia todas las direcciones. Uno de los fogonazos de luz del mago había llegado hasta aquellos túneles, permitiendo a Bilbo visualizar el camino correcto y en cuanto consiguió salir a la superficie de la montaña hizo rodar la primera roca que encontró para taponar el túnel. Tras esta desenfrenada carrera había buscado por los alrededores la entrada en la que había quedado con Gandalf y había preparado el explosivo de fuegos artificiales al oír las pisadas de los enanos. Le había venido justo encender la mecha cuando el primer enano cruzó a su lado.

La historia de Bilbo había convencido a la chica, tendrían que seguir buscando otro camino para volver a casa, además tampoco le apetecía mucho volver a adentrarse en la montaña, ya había tenido suficientes trasgos por un tiempo.

De repente, decenas de pisadas se dejaron escuchar por la zona. Iriel miró en todas las direcciones. Algo se acercaba hacia allí, algo peligroso. Agarró a Bilbo por el brazo y lo arrastró para esconderse entre las rocas.

El ejército que se presentó ante ellos les sobrecogió. Decenas de orcos cabalgaban sobre sus huargos provenientes de la montaña. Estaban olfateando el rastro de sus víctimas. Iriel le tapó la boca al hobbit para evitar que gritara y para que ni la más leve respiración pudiera advertirles de su presencia. Los huargos gruñían y babeaban entre sus afilados colmillos. Afortunadamente el olor de los medianos no resultaba muy familiar para ellos y el viento soplaba en dirección contraria a donde ellos se encontraban, ocultando su olor aún más. Los orcos inspeccionaban el lugar a lomos de aquellas horrendas bestias.

—Están cerca.

Iriel sólo conocía un poco de la lengua de los orcos. Era difícil, pues cada grupo inventaba su propio dialecto distorsionando palabras del resto de las lenguas. Pero esta vez le había parecido entender perfectamente lo que decían. Un nudo le apretó la garganta al comprender a quiénes estaban buscando.

Bilbo agarró el brazo que aún tapaba su boca y le señaló una figura que acababa de aparecer en escena. Iriel puso los ojos en blanco. Se trataba de un pálido orco montado sobre un huargo blanco.

Varias cicatrices surcaban su piel. Tenía los ojos inyectados en sangre. Un ancestral odio emergía de ellos. Era fuerte, su cuerpo mostraba aspecto vigoroso y su estatura era mayor que la de los otros. Le faltaba la mitad del brazo izquierdo, pero había sido sustituida por un abominable trozo de hierro con forma de tridente que se encontraba clavado en su carne. No podía ser una casualidad. Ese orco tenía que ser él, aquella mutilada herida lo demostraba.

La sorpresa aflojó la mano de Iriel. Los labios de Bilbo pronunciaron las sospechas de la joven sin emitir ningún sonido.

—Azog.

—Pero…, ¿no nos habían dicho que estaba muerto? —le respondió con un susurro apenas audible. Aquel monstruoso orco llevaba la venganza escrita en el rostro.

Ninguno de los orcos se percató de ellos. Los huargos habían captado por fin el olor que estaban buscando y se relamieron los colmillos. Sin que ninguna orden hubiera sido pronunciada, todos ellos comenzaron a correr ladera abajo. En pocos segundos habían desaparecido dejando un rastro de odio y destrucción en el ambiente. El hedor de sus cuerpos todavía contaminaba el aire. Iriel miró al hobbit con ojos desesperados.

En ese momento todo el dolor y el resentimiento por el cruel trato que habían recibido de parte de sus antiguos compañeros se desvanecieron por completo. No importaba en absoluto lo que les había dicho, había algo mucho más importante en juego. Todas sus vidas corrían un peligro inminente.

—Tenemos que avisarles —dijo Bilbo con el miedo reflejado en los ojos. Iriel asintió con la cabeza. No tenía ni la menor idea de cómo hacerlo pero debían sortear a aquella horda de orcos enfurecidos y encontrar a los enanos antes de que fuera demasiado tarde.

Comenzaron a correr sin ningún plan en la cabeza, confiando en su cuerpo que se movía por instinto.


Los enanos seguían sin pronunciar palabra mientras bajaban por la ladera entre aquellos árboles secos que se elevaban hasta el cielo. No habían avanzado demasiado porque se encontraban muy cansados. La pelea contra los trasgos les había dejado apenas sin fuerzas, y aunque Bilbo había recuperado parte de las mochilas con sus pertenencias, habían perdido algunos de los bultos donde guardaban la comida, por lo que debían racionar la poca que les quedaba antes de llegar a algún lugar donde pudieran cazar animales o pescar algunos peces.

Thorin seguía caminando al final del grupo, silencioso, intentando evadir su mente de los últimos acontecimientos para centrarse en lo que tenía por delante. Apretó uno de sus puños y el escozor recorrió la palma de su mano. Se había olvidado de la herida que se había hecho al agarrarse en la montaña. Al observar su mano se encontró con la venda que le había ofrecido su compañera cuando aún se ocultaba bajo una máscara.

‹‹No puedes hacerlo todo solo››.

Una abrasadora punzada le recorrió el pecho. No, no podía, pero debía.

En ese momento el ambiente cambió y una inquietud inminente les sacó a todos de sus pensamientos. Escucharon unas pisadas lejanas acercándose con furia. Eran muchas. Algo se acercaba hacia ellos a toda velocidad, de lo que estaban seguros es de que no era nada bueno.

Comenzaron a correr sacando fuerzas de donde ya no les quedaba ninguna, hasta que al final del camino se encontraron de nuevo con un precipicio. A su alrededor se extendía un paisaje que estaba separado de sus pies cientos de metros. No había forma de bajar ni de escapar de allí. Se habían quedado sin salida, como ratas en una jaula esperando a ser cazadas.

Las pisadas se escuchaban cada vez más próximas, seguidas de gruñidos espeluznantes que esta vez sí consiguieron identificar. Los rostros de los sobrinos de Thorin palidecieron.

—Son huargos de Gundabad —dijo Fíli.

—Llevan orcos sobre sus espaldas —añadió su hermano.

—¡Perfecto! Hemos salido de la sartén para caer en el fuego —exclamó Dwalin.

Gandalf miró hacia arriba.

—¡Rápido a los árboles! ¡Subid a las ramas más altas! Con un poco de suerte esas repugnantes criaturas no nos verán.

De pronto todos los enanos treparon hacia los árboles, impulsando sus pequeños cuerpos con cada rama intentando llegar hasta la copa. Las ramas eran lo suficientemente gruesas para resistir su peso, aunque las hojas caían al suelo bajo sus pisadas. Una vez arriba todos contuvieron la respiración y miraron hacia el suelo donde sus enemigos no tardaron en llegar.

Los huargos detuvieron su carrera al divisar el suelo que se cortaba bajo sus pies dando paso al despeñadero. Empezaron a dar vueltas entre ellos furiosos, desconcertados, el rastro de los enanos apuntaba indiscutiblemente hacía allí, sus hocicos no les engañaban, sin embargo allí no había nadie.

Poco a poco más y más orcos se fueron aproximando al lugar. Eran demasiados para enfrentarse a ellos. Habría sido una batalla difícil estando en plenas condiciones, pero con sus agotados y heridos cuerpos tras la batalla bajo la montaña y la falta de alimento, aquel enfrentamiento sólo podía acabar en derrota.

De repente la suerte les abandonó, Aulë les negó su protección. Uno de aquellos orcos miró hacia arriba y los descubrió a todos. La noticia se propagó como la pólvora, los orcos se reían de ellos y los huargos rugían intentando saltar hacia las ramas.

Comprendiendo que las bestias no podían trepar con sus garras, decidieron cambiar de estrategia. Embistieron contra el tronco de los árboles con la intención de derribarlos y hacer caer a los enanos. Las primeras embestidas no causaron grandes estragos pero las siguientes empezaron a tambalear la estructura y a levantar las subterráneas raíces.

Ori estuvo a punto de caer, pero su hermano Nori lo impidió justo a tiempo agarrándole por la camisa. Los árboles empezaron a derrumbarse, obligando a los enanos a retroceder hacia los árboles más próximos hacia el barranco, saltando de las ramas más altas hasta las del árbol contiguo segundos antes de que se derrumbaran.

Pronto no hubo más árboles a los que saltar, todos acabaron subidos al árbol que se encontraba más al borde del precipicio. Los orcos sonreían con maldad, disfrutaban viendo cómo sufrían sus víctimas acorraladas.

En ese momento Gandalf prendió fuego a una piña que colgaba del árbol con su llameante bastón y la lanzó con fuerza hacia los huargos. Las ardientes chispas quemaron el hocico del huargo en el que impactó, que gimió como un cachorro. Al caer al suelo la piña propagó el fuego por los guijarros secos y los trozos de ramas y hojas que habían caído al suelo tras el derribo de los árboles. El rostro de los enanos cambió de la desesperación a la alegría. El mago les había conseguido un arma con la que podían defenderse y hacer retroceder al enemigo. Pronto todos y cada uno de los enanos sostenían una piña ardiendo entre sus manos y la lanzaban hacia los orcos con todas las fuerzas que les quedaban.

Los huargos y los orcos empezaron a retroceder, el fuego les estaba rodeando, abrasando sus gruesos pelajes. Los enanos estaban ganando la batalla. Al ver a su ejército retrocediendo, su líder emergió de entre las sombras para volver a cambiar las tornas.

Iriel y Bilbo llegaron corriendo, casi sin aliento, habían corrido lo más rápido que les habían permitido sus cortas piernas. Desde donde se encontraban podían ver toda la escena. Todos los orcos se encontraban bajo la pendiente de la montaña, acorralando a los enanos que se encontraban agarrados a un árbol que amenazaba con desprenderse al vacío de un momento a otro, y eso fue lo que empezó a suceder.

Las llamas que les estaban ayudando se convirtieron en un arma de doble filo y se arrastraron hacia las raíces del gran árbol donde se encontraban. Si no perecían a manos de los orcos lo harían bajo el calor de las llamas o fruto de una interminable caída por el barranco.

Iriel y Bilbo se miraron entre ellos, no sabían qué hacer para ayudarles.

Azog se aproximó hacia aquel árbol y contempló la escena con toda la maldad que pudo expresar con su siniestra sonrisa. En ese momento Thorin clavó su mirada sobre el pálido orco. Todo a su alrededor quedó congelado por un momento. Aquel fantasma del pasado volvía a presentarse ante él, aquel enemigo al que había dado por muerto hacía años estaba allí delante, con una sanguinaria maza en el brazo derecho y un tridente ocupando el miembro que él mismo había amputado. Tras todos los esfuerzos que habían pasado en el camino hacia la Montaña Solitaria, tras creer que perecerían ante las abrasadoras llamas del dragón, la ironía del destino iba a acabar con ellos allí, bajo las llamas que ellos mismos habían provocado para librarse de un puñado de orcos. Thorin miró hacia sus compañeros.

Balin y Dwalin pronunciaban el nombre de Azog sin dar crédito a la verdad. Ori y Bifur intentaban aferrarse a una rama con todas sus fuerzas. Dori y Bombur se encontraban en una de las ramas más altas, que se doblaba bajo su peso y amenazaba con partirse. Bofur estaba sujetando el brazo de Nori para ayudarle a subir, pues su rama se había quebrado bajo sus pies. Óin y Glóin rebuscaban entre sus cinchos sus hachas para prepararse para la batalla, no morirían sin pelear. Por último su mirada se posó en sus amados sobrinos. Sus ojos tenían una mezcla de miedo y determinación, no habían tirado aún la toalla a pesar de que todo estaba en su contra. Vio cómo Kíli intentaba sacar una flecha de su carcaj para apuntar a aquel pálido orco. Su hermano le sostenía con fuerza para que no se cayera de la rama mientras preparaba el disparo. Kíli logró colocar la flecha y tensar la cuerda del arco. La flecha salió disparada con el pálido orco como objetivo. Aunque iba bien encaminada las llamas aminoraron un poco su velocidad y Azog partió la flecha por la mitad con su maza antes de que llegara hasta él.

Sus sobrinos no pensaban rendirse. Los enanos aún no estaban perdidos. Si ellos estaban dispuestos a luchar hasta su último aliento él no iba a quedarse atrás. Los protegería aunque le costara la vida. Ésta fue la razón que le impulsó a sacar fuerzas de donde ya no las tenía. Se levantó de las ramas y miró al orco con todo el odio que era capaz de sentir. Agarró con fuerza la empuñadura de Orcrist. Avanzó con pasos seguros hacia el pálido orco bajo la asustada mirada de todos sus compañeros.

Balin y Dwalin sintieron un vuelco en el corazón de renovada esperanza. Habían visto luchar a aquel rey en batallas que parecían perdidas desde el principio, si su poderoso brazo pasaba a la acción no había nada que temer, conseguirían la victoria. Otros sin embargo, no eran tan optimistas, veían aquel acto de valentía como una absoluta imprudencia que le costaría cara.

Thorin comenzó a correr hacia el pálido orco, sosteniendo a Orcrist en una mano y su escudo de madera de roble en la otra, gritando con su profunda voz, ahogando el sonido de todo lo demás. Azog se preparó para recibir el impacto, la altura del huargo le daba ventaja. Corrió hacia él y estampó la maza en su pecho con toda la furia que pudo. El enano cayó al suelo, su espada cayó a varios centímetros de él.

Todos los enanos contuvieron la respiración al ver a su rey en el suelo, a merced de los colmillos del huargo. Gandalf aprovechó el momento para susurrarle a una mariposa en una lengua desconocida, confiando en que algún amigo acudiera en su ayuda.

Iriel ahogó un grito junto a Bilbo al ver a Thorin en el suelo.

El huargo le hincó sus afilados colmillos en el pecho. Thorin gritó de dolor, pero intentó alcanzar la hoja de la espada para liberarse de aquella bestia. Consiguió esgrimir una última estocada para que el animal se marchara y volvió a caer al suelo. No podía moverse, ninguna parte de su cuerpo le respondía, sentía que se le nublaba la vista, estaba llegando a su fin.

Azog se relamió con su esperada venganza. Pudo ver a aquel enano derrotado, víctima de las heridas que tanto él como su huargo le habían producido y decidió que no le ofrecería una muerte honorable. Le dio la espalda y comenzó a alejarse de allí. Llamó a uno de sus generales.

—Traedme su cabeza.

Al otro lado de la pendiente, un pequeño hobbit temblaba de ira. Cuando la maza de Azog arremetió contra el cuerpo de Thorin, Bilbo clavó la mirada en él. Varias escenas vinieron a su mente en ese momento. Cuando se encontraba atrapado por las cuatro extremidades a merced de los trolls y el rey enano clavó su espada en el suelo para que no le hicieran daño. Cuando rebanó a aquellos trasgos en la montaña que se abalanzaban sin piedad hacia él. Cuando arriesgó su vida en aquel precipicio para ayudarle a subir. A pesar de las duras palabras que siempre le había dedicado, sus acciones habían sido bien distintas. Le había salvado la vida varias veces durante la travesía, a pesar de considerarle una carga. Una renovada fuerza llena de coraje infló el pecho del hobbit.

Se lo debía.

Nunca supo de dónde sacó aquella fuerza, ni aquella velocidad que parecía hacer que sus pies volaran sobre el terreno. Empezó a correr por la pendiente, por uno de los laterales donde había menos enemigos. Sorteó los cuerpos de los huargos, las ramas que se encontraban en el suelo, las llamas que se propagaban. Nadie pudo ver nada más que una sombra y una ráfaga de aire moviéndose entre ellos, pero justo en el preciso instante en el que aquel general iba a cortarle la cabeza a Thorin, el mediano desenvainó su espada azul y la clavó en la espalda de aquel orco haciendo aparecer la punta azulada por su vientre. El cadáver del orco cayó al suelo. Todos a su alrededor se quedaron paralizados por lo que acababa de suceder, por el inesperado personaje que acababa de entrar en escena.

Azog le miró con odio y levantó la maza en dirección a él. Entonces otro grito surgió de lo alto de la pendiente, del mismo sitio donde había aparecido el hobbit. Otra sombra bajaba a toda velocidad por la rampa, pero esta vez no corría, sino que se deslizaba sobre la corteza de un tronco curvado que ganaba velocidad a medida que bajaba. Pudieron ver el brillo de un filo dando vueltas en el aire. Iriel llevaba su arma favorita en la mano, haciéndola girar con maestría cortando a todos los huargos y orcos que se cruzaba por el camino. Bajaba tan deprisa por la ladera que ninguno era capaz de reaccionar para devolverle el golpe.

Aquella arma no fue la única que hizo frente a los orcos.

De repente, todos los enanos habían bajado del árbol con energías renovadas al ver a su líder caído. Dwalin machacaba con sus puños a todo lo que se le ponía por delante. Fíli daba vueltas arrojando sus cuchillos y cortando en círculos lo que tenía a su alrededor. Kíli cargaba flechas sin parar contra los ojos y las sienes de sus enemigos. Bofur clavaba su hacha en los vientres y en las cabezas de los orcos que se atrevían a desafiarle. Bilbo intentó retirar con esfuerzo el malherido cuerpo de Thorin de la batalla, para evitar que pudieran hacerle más daño. También se esforzó en apagar las llamas que se propagaban cerca de ellos. Thorin apenas podía mantener los ojos abiertos, sólo veía figuras borrosas luchando a su alrededor.

Azog miró con rabia cómo todos sus seguidores estaban cayendo a manos de los enanos en una batalla que tenían prácticamente ganada. Miró en la dirección en la que aquella joven seguía bajando, inclinando su cuerpo hacia los lados para conseguir la dirección adecuada para atacar a los orcos. Dio una señal al único general que le quedaba en aquel momento con vida.

Aquel orco tenía un aspecto muy desagradable. Tenía aplastado el tabique nasal, el labio esta partido en uno de sus extremos y su piel estaba cubierta de múltiples cicatrices. Se subió a una roca que sobresalía del camino y esperó a que la muchacha pasara a su lado. Cuando estuvo a poca distancia arrojó una gran piedra justo al lugar donde el tronco iba a pasar. El tronco se quedó clavado en el suelo al tropezar con este obstáculo y la muchacha perdió el equilibrio saliendo disparada hacia adelante. Su vara también salió volando y se clavó en el suelo a varios metros de distancia. El orco se apresuró hacia su víctima en el suelo y la levantó de él agarrándola por los cabellos.

Iriel gritó de dolor al ser sujetada de esta manera, haciendo que sus cabellos aguantaran todo el peso de su cuerpo. El general volvió a subirse en la roca sin soltar a la joven, que se encontraba suspendida en el aire, con el brazo del orco agarrando despiadadamente toda su melena como único punto de apoyo.

Los enanos se giraron hacia allí al ver que su compañera había sido capturada.

—¡Iriel! —gritó Bilbo. Su voz hizo que Thorin recobrara un poco el sentido e intentara enfocar su borrosa vista hacia aquel lugar. Aunque de forma un poco difuminada, le pareció ver la silueta de la chica suspendida en el aire, haciendo esfuerzos en vano por liberarse. Aquel orco se reía de una manera cruel y maléfica.

Azog también se sentía complacido por la captura de su guerrero, creyó que de este modo los enanos se rendirían y volvería a conseguir la victoria. Gandalf seguía en el árbol, intentando ayudar a los enanos que seguían en las ramas, luchando por no caer al vacío.

—¡Dispárame!

Iriel gritó hacia el joven enano que se encontraba luchando. Kíli la miró desconcertado. El resto de los enanos seguían inmersos en la batalla, pero tampoco perdían de vista a la muchacha. Thorin intentó incorporarse con las pocas fuerzas que le quedaban. Su sobrino miró en todas las direcciones buscando alguna cara amiga que le indicara lo que debía hacer. Se encontró con los ojos borrosos de su tío mirándole. Vio cómo sus labios intentaban moverse, apenas tenía fuerzas para pronunciar una palabra. Kíli leyó la única palabra que salió de su boca:

‹‹Sálvala››.

El moreno tragó saliva ante la silenciosa orden de su tío.

—¡Kíli! ¡Ahora! —gritó al enano con una súplica en los ojos—. ¡Confía en mí!

El puño tembloroso de Kíli se volvió firme. Rezó para que la chica supiera lo que le estaba pidiendo y disparó una flecha en dirección hacia ellos. La flecha se movía orgullosa cortando el viento a su paso, ajena al miedo y al dolor con el que la miraban el resto de los enanos. Aquel orco indeseable la miró con burla sin moverse ni un milímetro de su posición. Sabía que el cuerpo de la chica le serviría como escudo y que no recibiría ningún daño. Aquellos insolentes enanos habían sido unos estúpidos intentando enfrentarse a ellos. Lo que el orco desconocía era la astucia de la joven que sostenía en el aire.

Iriel sacó una daga escondida de uno de sus brazales y a la velocidad del rayo atravesó sus cabellos para liberarse. La hoja los cortó con un sibilante sonido. Su cuerpo cayó al suelo tan sólo unos segundos antes de que la flecha alcanzara el lugar donde se encontraba, atravesando así el pecho de aquel apestoso orco, arrebatándole la vida al instante. Los cabellos de Iriel se dispersaron en todas las direcciones arrastrados por el viento. Lo había conseguido. Se había salvado.

Cayó al suelo y rodó un tramo por él. Su cuerpo fue a parar al lado de su arma y pudo agarrarla de nuevo. Thorin suspiró aliviado. Las pocas fuerzas que le quedaban desaparecieron en ese momento. Su cuerpo perdió el sentido bajo los brazos del pequeño hobbit que le había salvado la vida.

De pronto una bandada de águilas apareció surcando el cielo. Los amigos de Gandalf habían acudido en su ayuda. Unas derribaron a los orcos que aún quedaban en pie y otras recogieron entre sus garras a los enanos para llevarlos a un lugar seguro. Azog vio que era el momento de retirarse y huyó de allí a toda velocidad sorteando a las molestas aves. Culminaría su venganza en otra ocasión.

Todas las águilas que habían acudido al rescate volando por el cielo cargaban en sus patas o en su lomo a los dieciséis aventureros, alejándolos de aquel lugar que estaba siendo pasto de las llamas y trasladándolos a un lugar seguro.

Volaron hasta la cima de la Carroca, una imponente roca que tenía la forma de las fauces de un gran oso. Los depositaron en el suelo y se alejaron volando tan grácilmente como habían acudido.

Cuando Thorin fue colocado en el suelo, todos acudieron para ver cómo se encontraba su líder, pero fue Gandalf el primero que llegó. Al ver el cuerpo inconsciente y malherido de Thorin temió lo peor y comentó a recitar sus oraciones pasando una mano por su rostro para bendecirle.

Tras este contacto, Thorin abrió los ojos.

Todos vitorearon con alegría y se abrazaron entre ellos. Kíli y Fíli corrieron para abrazar a su tío y ayudarlo a levantarse mientras las lágrimas surcaban sus rostros. Habían estado a punto de perder al hombre al que amaban con todo su corazón, al que siempre habían considerado un padre.

Bilbo e Iriel también se abrazaron, habían conseguido llegar a tiempo y ayudarles.

En medio de aquella celebración, mientras el líder del grupo aún se tambaleaba, se escuchó una severa voz.

—¡Vosotros dos!

Thorin se giró hacia Bilbo e Iriel, que deshicieron su abrazo ante la molesta mirada del enano.

—¿No os había dicho que no quería volver a veros?

El rostro de ambos se congeló. Ninguno de los dos podía creer que aquel enano se atreviera a condenarles de nuevo justo después de haberle salvado la vida. El enano caminó hacia ellos manteniendo una dura mirada. El cuerpo de Bilbo comenzó a temblar.

Cuando ya se había aproximado lo suficiente, el enano repentinamente se agachó y los envolvió a ambos en un cálido abrazo.

—Nunca había estado tan equivocado. Me alegro de que no me hicierais caso. Gracias a los dos.

Aquella nueva declaración les impactó todavía más que la primera. Eran las primeras palabras amables que recibían de él. Habían conseguido que aquel arrogante enano que se empeñaba en hacerlo todo solo les hubiera agradecido su ayuda de corazón. Iriel sintió que sus ojos se empañaban y, aunque lo intentó con todas sus fuerzas, no consiguió evitar que sus lágrimas afloraran.

Cuando el enano se deshizo del abrazo, Iriel intentó secárselas rápidamente con el dorso de la mano para que nadie más las viera. En ese momento el mago se acercó para arroparla también entre sus brazos.

Thorin fijó su atención en ese momento en el horizonte. Lo que vio allí llenó de alegría su corazón, con una calidez tan intensa que creyó que aquel sentimiento era irreal. Delante de él, a una enorme distancia todavía, se apreciaba la silueta de una imponente montaña. Su montaña.

—Erebor —proclamó Balin.

—Nuestro hogar —dijo Thorin con una sonrisa tan radiante como nunca antes había sido capaz de esbozar. Sus ojos brillaban con un brillo renovado, su objetivo estaba cada vez más cerca. Ya no se trataba sólo de un sueño en su cabeza.

Los enanos comenzaron a bajar por la escalinata de aquel montículo de piedra. Dwalin agarró a Thorin por los hombros para ayudarle a bajar.

Los jóvenes enanos acompañaron a sus reencontrados compañeros.

—Su nuevo peinado no le queda nada mal, señorita —dijo Kíli guiñándole un ojo.

—¿Qué dices? —dijo Iriel revolviéndose su, ahora, corta melena—. Seguro que tengo un aspecto horrible.

—Nosotros lo arreglaremos. —Le sonrió Fíli—. Somos expertos en trenzas y adornos.

Iriel se echó a reír. Atrás habían quedado las desgarradoras lágrimas de dolor, ahora tenía ganas de llorar de alegría junto a todos ellos.

Terminaron de bajar las escaleras y los enanos se dispusieron a preparar un campamento y una suculenta cena. No importaban las pocas provisiones de las que disponían, aquello había que celebrarlo, descansarían lo que fuera necesario, aunque su terco líder se opusiera.

Iriel y Bilbo se quedaron por allí para intentar ayudar en los preparativos. Todos los enanos estaban alegres y su sonrisa era contagiosa.

Kíli y Fíli iban a llevarse a Iriel cuando Gandalf la agarró del brazo y la llevó hasta un rincón un tanto apartado del resto del grupo. La guio hasta un manantial de agua limpia que escapaba de la prominente pared de la montaña. Junto a él había una figura sentada, con la espalda apoyada en la áspera roca y los ojos perdidos en algún lugar del horizonte. Era Thorin.

Gandalf soltó el brazo de la chica y en su mano depositó un frasco con un bálsamo natural.

—Te dejo a cargo de sus cuidados. Usa esto para curar sus heridas.

Iriel abrió los ojos de par en par al escuchar aquel mandato. El mago se alejó de allí con una sonrisa pícara en el rostro. Ella se giró para ver cómo desaparecía y luego posó de nuevo sus ojos sobre aquel formidable enano que parecía tan indefenso en ese momento.

Se habían quedado solos.

Una fugaz mirada de intensos ojos azules la invitó a que se acercara. Iriel dio un paso titubeante hacia él y tragó saliva.

Agradeció al cielo por brindarle aquella oportunidad de aliviar de alguna forma el cuerpo herido de la persona que hacía palpitar su corazón, sobre todo ahora que parecía haberla aceptado a su lado.