Muchas gracias a todos por vuestros comentarios en cada capítulo. La verdad es que me alegráis el día cada vez que recibo un mensajito con alguno de vuestros reviews. ¡Sois geniales!
yay1301. yes: Jajaja, sí ahora le tocaba a Thorin sufrir un poquito xD si no pobre Iriel, todo le toca a ella. Ya veremos si al final el orgulloso enano decide recordarle su desliz o es ella misma la que lo descubre ^^ Muchas gracias por tus ánimos :D se agradecen mucho.
HainesHouse: Si, a mi también me sorprendió que no escribieras, pero pensaba que no habrías tenido tiempo de leerlo XD A mí tampoco me gustan las arañas, espero que los enanos las hagan pedacitos cada vez que se topen con alguna! Bueno, Mirkwood es un lugar muy amplio, les pasarán muchas aventuras por estos lugares :D creo que dará para varios capítulos.
ady prime: Si, si XD es karma totalmente jajajaja. Creo que ambos han abusado suficiente del alcohol durante esta historia xD no creo que vuelvan a probarlo durante un tiempo. Muchas gracias por tu apoyo :D espero que al final pudieras ver el vídeo.
Bueno, como últimamente estaba un poco perezosa con las actualizaciones, he decidido escribir un poquito más, así que aquí tenéis otro capítulo ^^
¡Espero que os gusten estas nuevas aventuras!
*~~~~~ CAPÍTULO 16: DOL GULDUR ~~~~~*
- ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es este? – Preguntó Bilbo mientras todos admiraban la fortaleza derruida que se erguía ante ellos, atraídos por aquella niebla siniestra.
- Eso me gustaría saber a mí – recriminó Thorin enfadado volviéndose hacia el mago – Gandalf, ¿dónde nos has traído?
Balin respondió antes de que Gandalf pudiera pronunciar palabra.
- Recuerdo la existencia de un antiguo castillo en ruinas en el interior del Bosque Negro, pero es imposible que sea éste, aquella fortaleza se encuentra en el extremo más meridional del bosque, no es posible que hayamos dado tanto rodeo hacia el sur.
Pero Thorin sí que lo veía posible, el mago siempre les manipulaba a su antojo, pero esta vez había ido demasiado lejos.
- ¡Gandalf! - Bramó con rabia - ¿Qué hacemos en Dol Guldur tan lejos de nuestro destino?
Una bandada de murciélagos apareció en respuesta a aquella pregunta. Se abalanzaron sobre ellos pero cayeron rápidamente bajo las flechas de Kíli y los cuchillos arrojados por Fíli. En la espesura de la niebla relucían los ojos de más arañas escondidas y sus patas crujían preparándose para un nuevo ataque.
"Una fuerza oscura y poderosa inunda este lugar. Mis compañeros no pueden permanecer aquí más tiempo"
Lëviah anunció su mensaje a la chica, el resto de los talbuks se movían inquietos, intentando esconderse unos detrás de otros, los animales podían sentir una presencia malvada en aquel lugar, más oscura que cualquier criatura que morara en el Bosque Negro o en ningún otro rincón inhóspito de la Tierra Media. Una presencia que temían desde lo más profundo de sus entrañas.
- Si nos quedamos aquí los talbuks nos abandonarán. Tenemos que dar media vuelta. – Anunció Iriel.
- ¡No! Todavía no podemos irnos – replicó Gandalf bajando de la montura. Thorin aprovechó para imitarle y dirigirse hacia el mago de forma amenazadora.
- No te lo volveré a repetir. Dime ahora mismo por qué estamos aquí. – Su voz resonó con dureza, remarcando con suma importancia cada palabra que pronunció, el resto se encogió ante aquella voz autoritaria. Ninguno quería estar en el pellejo del mago en aquel momento. Thorin era como un volcán tenebroso a punto de entrar en erupción. Sin embargo la edad y la sabiduría habían cubierto de valor al mago.
- Tu dragón no es la única calamidad de nuestra era. Existen otros demonios que deben ser derrotados para salvaguardar la paz de este mundo.
- ¡Nosotros ya tenemos bastante con nuestro propio demonio! No nos involucres en tus asuntos de magos.
- Si la oscura fuerza que mora en este lugar consiguiera el favor de Smaug, ¿cuáles crees que serían las devastadoras consecuencias de tal alianza? Debemos averiguar primero qué fuerza oculta se esconde aquí para detenerla a tiempo y evitar una calamidad posterior.
- Esto no tiene nada que ver con nosotros.
- Este lugar posee secretos más ligados a ti de lo que piensas.
En ese momento entre las telarañas que cubrían las piedras desgastadas y la niebla que envolvía los pórticos del interior de la fortaleza emergió una pequeña sombra pálida. La sombra tenía forma humana, con aspecto espectral, pero sus rasgos estaban difuminados por la niebla y la distancia.
Todos los enanos bajaron rápidamente de sus monturas y prepararon sus armas. Bilbo desenvainó su espada sin dejar de temblar, colocándose entre los sobrinos del rey. Iriel permaneció sobre Lëviah, intentando convencerle en vano de que los talbuks no salieran corriendo hacia el bosque abandonándoles a su suerte. Incluso el inusualmente tembloroso cuerpo de Lëviah intentaba advertirle de que debían abandonar aquel lugar embrujado lo antes posible.
Thorin dio un par de pasos para intentar identificar aquel extraño fenómeno mientras sostenía a Orcrist en la mano. Gandalf decidió revelarle la información que poseía.
- El mapa y la llave que te entregué proceden de este lugar. Un cuervo las trajo hasta mí desde estas rocas.
Thorin se giró rápidamente para mirarle al escuchar estas palabras, su furia se había tornado en incredulidad y miedo. Aquello sólo podía significar una cosa.
- Han llegado hasta mis oídos los rumores de que un extraño brujo que se hace llamar El Nigromante. Coquetea aquí con la muerte, haciendo incluso que los muertos regresen a la vida, manejándolos a su antojo.
El corazón de Thorin se congeló cuando volvió a mirar aquella espectral figura. La niebla parecía haberse aclarado a su alrededor, definiendo las facciones y características de aquel cuerpo. Una cicatriz surcaba su rostro.
- ¡Padre!
Balin y Dwalin también reconocieron a Thráin, el hijo de su amado Rey bajo la Montaña, y por lo tanto, el desaparecido padre de Thorin.
Thorin dejó caer la espada e hizo ademán de correr hacia él, pero Gandalf le sujetó al brazo para detenerle.
- ¡Quieto insensato! Eso sólo es el triste espejismo de su espectro. Tu padre pereció aquí hace tiempo.
Las lágrimas amenazaban con aflorar en sus ojos ardiendo de dolor. Su padre había desaparecido de su vida hace muchos años, no sabía si a causa de la muerte o el exilio. Ya había dado por perdida cualquier esperanza de volver a verle, pero confiaba al menos en poder encontrar algún día sus restos para llorar sobre ellos. Ahora su efímera presencia se encontraba ante él, tintineando con una resplandeciente pero débil luz que podía apagarse de un momento a otro. Era lo único que le quedaba de él. Su corazón le obligaba a aproximarse hacia su espíritu a pesar de que percibía la amenaza que le esperaba si se aventuraba a adentrarse en aquel lugar, su dolor le quemaba por dentro al admirar aquella figura que había admirado tanto en su juventud. Haciendo un esfuerzo sobrehumano por tragarse sus propias lágrimas consiguió contener su cuerpo y sus sentimientos. Se agachó para recoger su espada, sin embargo el dolor era tan fuerte que le resultaba ardua la simple tarea de respirar bajo aquella atmósfera.
Iriel sintió una profunda pena por el rey enano. Había conocido la historia de la desaparición de su padre por el relato de la batalla a las puertas de Moria. Ella sabía mejor que nadie lo que era perder a su familia, pero ella al menos había tenido la oportunidad de despedirse de ellos ante su último aliento, por lo que imaginaba el terrible dolor que debía sentir aquel guerrero que había perdido a su padre sin saber cómo ni cuándo. Ahora aquella figura espectral estaba removiendo sus viejas cicatrices, abriendo las heridas que habían necesitado tanto tiempo y esfuerzo para cerrarse. Deseó bajar de Lëviah a toda velocidad y envolver con sus pequeños brazos aquel maltratado corazón para consolar a Thorin.
En ese momento el ataque de las arañas les sacó a todos de su ensimismamiento. Las arañas gruñeron con sus asquerosas y espeluznantes bocas y se arrastraron hacia ellos con sus esqueléticas patas. Los enanos se lanzaron al ataque lanzando un estruendoso grito. Una nueva bandada de murciélagos se lanzó hacia ellos. La niebla se volvió más espesa, rodeándolos.
- ¡No os separéis! ¡No caigáis en su influjo! – Gritó Gandalf intentando disipar aquella pesada niebla con su bastón, pero estaba demasiado ocupado haciendo frente a las criaturas que les estaban atacando.
En ese momento Thorin se percató de que la figura espectral de su padre se apagaba y sin poder evitarlo, sus pies atravesaron aquel puente de piedra que le llevaba al interior de la fortaleza, bajo los pórticos derruidos llenos de polvo y telarañas donde se encontraba su padre. Iriel se quitó de encima un par de murciélagos y en su frenética batalla se topó de bruces con la figura de Thorin adentrándose en la niebla. No tuvo tiempo para gritarle porque su cuerpo se movió solo. Corrió empujada por sus sentimientos hacia las fauces del peligroso lugar que trataba de engullirlos entre la oscuridad y la niebla.
No fue la única que se percató de aquella arriesgada acción. Sus sobrinos también advirtieron el peligro y con una rápida mirada entre ellos, ambos se adentraron en aquella tétrica fortaleza, seguidos de Bilbo, que no se había apartado de ellos en ningún momento.
Las cinco figuras se perdieron en la densa niebla que rodeaba la fortaleza como un poderoso torbellino antes de que Gandalf pudiera detenerlas. El bastón del mago por fin consiguió invocar su sagrada luz y la niebla que envolvía la batalla desapareció. Todas las criaturas que les habían atacado yacían ahora muertas sobre la tierra, sus cuerpos pasarían a formar parte de la naturaleza.
Desgraciadamente los talbuks habían aprovechado para huir hacia el bosque durante la batalla. Los enanos se acercaron al mago para debatir qué hacer a continuación.
Gandalf miró hacia la fortaleza. No había ni rastro de ninguno de ellos. Todos habían caído presa del hechizo que rodeaba aquel lugar.
- ¿Dónde están los demás? – Preguntó Ori asustado.
- Tenemos que ir a buscarlos. – Dijo Dwalin apretando sus puños. Gandalf se interpuso en su camino golpeando el suelo con su bastón. Los enanos retrocedieron.
- Se encuentran en un lugar que no podemos alcanzar. Debemos esperar aquí hasta que llegue la ayuda precisa. Mientras tanto recemos para que los cinco se las apañen en ese laberinto de pesadillas.
Los enanos se miraron entre ellos, asustados, confusos, habían perdido a su líder y a cuatro de sus compañeros. No sabían dónde se encontraban ni a qué se estarían enfrentando, pero no podían hacer nada. Podían luchar contra enemigos de carne y hueso, pero no contra espectros y brujería y el mago no parecía querer mover un sólo dedo por el momento. Confiaron en su palabra y esperaron, con el corazón en un puño, rezando por sus compañeros.
El crepitar de una antorcha hizo que se despertaran de su letargo. Thorin e Iriel se hallaban tendidos en el suelo de una extraña sala. Ambos se despertaron a la vez y se levantaron de aquel lugar con dificultad. Observaron sus alrededores antes de pronunciar palabra. Se encontraban en una sala de piedra, abandonada, deteriorada. Había fragmentos de roca en el suelo, como si allí se hubiera librado una poderosa batalla en una Edad más antigua. Varias antorchas colgaban de las paredes alumbrando el lugar, mostrando sombras temblorosas entre los huecos de las destruidas paredes y los rincones que se extendían a su alrededor. El silencio reinaba en el ambiente, sólo interrumpido por el fuego y ahora por las piedras que crujían bajo sus pies. Varios pasillos se extendían en los laterales de la estancia. No había ni rastro de la espectral presencia de Thráin.
Iriel se dirigió hacia una de las antorchas y la arrancó de la pared. Alumbró el semblante serio de Thorin y preguntó en voz baja.
- ¿Hacia dónde nos dirigimos?
Thorin le arrebató la antorcha y avanzó unos pasos dándole la espalda.
- No tenías que haberme seguido.
- Tienes razón, la idea de luchar contra arañas y murciélagos era mucho más tentadora que ésta. – Respondió cruzándose de brazos. No iba a reconocer que sus pies la habían arrastrado hacia allí por culpa de su incontrolable corazón y porque prefería estar en el mismo infierno con tal de estar a su lado, así que intentó contestar al rey enano con indiferencia.
En ese momento escucharon un eco lejano que no supieron identificar. Provenía de uno de los oscuros e interminables pasillos de la derecha.
- Algo nos está llamando.
- No creo que sea prudente ir a su encuentro – contestó Iriel, no le parecía muy sensato avanzar en aquella dirección, derechos a una trampa tan evidente.
- No pienso quedarme aquí esperando, prefiero enfrentarme directamente al ser que se ha atrevido a deshonrar la memoria de mi padre. – Dijo sujetando la vaina de la espada que colgaba de su cinturón. Iriel tragó saliva, resignada, seguía pensando que aquella era una pésima idea, pero no le quedó más remedio que caminar junto a él.
- Gandalf ha dicho que nos enfrentamos a un hechicero. Debemos tener cuidado para no caer en sus trucos.
- No me asustan las ilusiones ni la magia, hechicero o no, es un mortal y caerá bajo el filo de mi espada.
A pesar de la destreza del guerrero, Iriel no estaba segura de que pudieran ganar aquella batalla. La magia era un asunto desconocido para ellos, en esos momentos sí que habría preferido contar con la presencia de su viejo amigo mago en lugar del afilado filo de Menfis.
A pesar de encontrarse en el interior de los pasillos de piedra, de nuevo aquella extraña niebla empezó a apoderarse del lugar. La atmósfera que se respiraba era tétrica, siniestra y espesa, el ambiente a su alrededor era tenso, parecía que con cada respiración aquella molesta esencia les impregnaba con sus tinieblas. De repente la niebla formó un pequeño remolino ante ellos, envolviéndoles por completo durante unos segundos. Ambos se detuvieron y cuando lo hicieron aquella niebla que les embriagó el cuerpo y la mente se dispersó por todos los rincones del lugar, envolviendo las paredes y distorsionando sus formas. Thorin e Iriel se aproximaron entre ellos, viendo aquel fantasmagórico efecto que estaba cubriendo el lugar. De pronto las desgastadas paredes de roca se convirtieron en negras y labradas columnas de piedra. El pasillo se convirtió en un corredor majestuoso excavado a gran profundidad. La ondulante niebla dio paso a una visión completamente diferente del lugar donde se encontraban.
- No puede ser.
El rey enano pestañeó un par de veces para salir de su asombro. Aquel lugar era tal y como lo recordaba. Cada detalle en las paredes, cada baldosa en el suelo. Se encontraba bajo la abrumadora inmensidad del lugar donde se había criado.
El enano empezó a correr por aquel corredor. Iriel reaccionó unos segundos más tarde, cuando el enano casi había desaparecido por completo.
- ¡Espérame!
El enano se detuvo al llegar a la sala que estaba buscando. El brillo de aquel lugar casi cegó los ojos de la joven que llegó corriendo sin aliento. A pesar de ello fue incapaz de cerrarlos para contemplar tal abrumadora inmensidad. Cientos de monedas de oro se extendían a su alrededor, montañas de oro, toneladas de piedras preciosas, copas, coronas, cetros, medallones, estatuas… Aquella visión era sobrecogedora, la vista no alcanzaba a divisar el final de aquellos inconmensurables tesoros. Los ojos de Thorin resplandecían bajo aquel resplandor áureo, aunque sus ojos buscaban entre las riquezas una pieza especial.
Su búsqueda se vio interrumpida por un desgarrador rugido proveniente del otro lado del pasillo. Thorin reconoció instantáneamente aquel sonido, agarró a Iriel de la mano y la arrastró alejándola de allí con todas sus fuerzas. Iriel no sabía lo que estaba pasando pero sus temores le dieron una pequeña pista. Un ensordecedor rugido sobrecogía el lugar mezclándose con el ruido de miles de monedas saltando por los aires, paredes derribándose y miles de rocas chocando contra el suelo. Thorin e Iriel corrían entre las columnas de aquellos interminables pasillos sin atreverse a mirar atrás. De pronto Thorin divisó un pequeño recodo protegido por dos columnas derrumbadas y se dirigió hacia allí apretando con fuerza la mano de Iriel. Ambos se escondieron en este pequeño espacio y que quedaron allí, intentando contener el aliento.
Unos minutos más tarde una descomunal llamarada atravesó el pasillo que habían recorrido. Desde su escondite pudieron observar unas gigantescas garras cubiertas de escamas y una larga cola golpeando las columnas. Thorin tuvo que cubrir la boca de Iriel para ahogar el grito que iba a surgir de ella. Era la primera vez que la muchacha veía a un dragón, por muy terrorífico que se lo había imaginado, su mente no había hecho honor a la verdad. El miedo se apoderó de su cuerpo, que comenzó a temblar sin que pudiera evitarlo.
Por miedo a que su histeria delatara su posición, Thorin abrazó el cuerpo de la chica con el brazo que tenía libre, apretándola hacia él, intentando controlar de este modo su incesante temblor. El contacto con su cuerpo hizo que el miedo con el que latía su corazón se convirtiera en otro sentimiento, igual de intenso. La respiración entrecortada de Iriel ahora se debía a la angustia y a la cercana presencia de aquel poderoso cuerpo que la envolvía con su calor. Iriel intentó calmarse cuando Thorin le preguntó al oído si pensaba volver a gritar. Negó con la cabeza, así que Thorin la liberó de la mano que cubría su boca. Intentó concentrarse en que su respiración volviera a ser regular y en que su cuerpo dejara de temblar.
Con una voz todavía temblorosa, se atrevió a confirmar sus sospechas.
- ¿Esto es… Érebor? ¿Ése era… Smaug?
Thorin asintió con la cabeza.
- Pero es imposible, nosotros estábamos muy lejos. No podemos estar en el interior de la Montaña Solitaria.
Thorin no contestó, comenzó a meditar mientras los pasos del dragón se alejaban de allí. Aquello no tenía ningún sentido. Por muy poderosa que fuera aquella magia, no podía haberles transportado tan lejos. Cuando las pisadas desaparecieron se atrevió a soltar a la chica y a salir de aquel lugar. Inspeccionó los alrededores devastados por el dragón mientras reflexionaba con unos brazos cruzados y una mano acariciándose la barba.
- Tiene que ser un truco, una imitación. – Dijo Iriel saliendo de su escondite, lamentando que el rey enano la hubiera soltado tan pronto del abrazo de su cuerpo. Se dirigió hacia el pasillo que había sido atravesado por las llamas. Varias piedras se encontraban en el suelo.
- Pero no han podido crear una imitación tan perfecta. Este lugar es exacto a Érebor. Cada piedra, cada detalle, todo es igual a mis recuerdos.
Aquella palabra fue la clave para desentrañar el enigma. Ambos se giraron para mirarse a los ojos y pronunciar la respuesta al unísono.
- ¡Recuerdos!
Iriel le mostró una de las piedras del suelo.
- Esta piedra no quema. El fuego y el dragón no son reales. Todo es una ilusión.
- Ese hechicero nos está manipulando usando los recuerdos de nuestras pesadillas.
Iriel sonrió por el gran descubrimiento que habían hecho juntos. Ahora todo era completamente diferente. Sabían que se encontraban en un lugar peligroso, pero de momento su enemigo no era real, eran sus propios miedos. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pensándolo mejor, tal vez enfrentarse a eso fuera peor que combatir contra cualquier monstruo. Los rugidos del dragón volvieron a resonar. Esta vez el animal se encontraba al final del pasillo, enfrente a ellos. Sus ojos amarillos relampaguearon al mirarles. Una gran humareda negra salió por los orificios de su nariz. Thorin esgrimió una sonrisa desafiante. Volvió a sujetar a Iriel de la mano.
- Apuesto lo que quieras a que podemos atravesarlo sin que nos haga daño.
A pesar de ser una ilusión, su presencia seguía turbando los sentidos de la chica. Afortunadamente la calidez de aquella mano sujetando la suya con firmeza le transmitía una fuerza desconocida. El enano comenzó a correr hacia él arrastrando a Iriel. El dragón lanzó una gran llamarada al techo que hizo temblar la sala. Una roca cayó al lado de Iriel. Las piedras sí eran reales. Iriel tuvo que soltar la mano del rey para esquivar una gran roca que cayó del techo entre ellos. Ambos corrieron hacia el dragón, uno a cada lado. Una pequeña puerta de madera se divisaba al fondo. Se miraron mientras corrían y asintieron con la cabeza. Estaban seguros de que si la atravesaban aquel espejismo desaparecería. Comenzaron a sortear todas las rocas que se interponían en su camino. El dragón seguía rugiendo enturbiando sus sentidos hasta hacerles sentir dolor en sus oídos. Desgraciadamente no podían permitirse cubrirlos con las manos, necesitaban el impulso de sus brazos para la carrera. El dragón corría hacia ellos, podían ver cada una de sus escamas más cerca, de un momento a otro iban a chocarse con él. Iriel rezó para que Thorin tuviera razón y pudieran atravesar aquel cuerpo ilusorio sin recibir ningún daño, pero cuanto más cerca estaba del dragón, más inverosímil le parecía que tal pensamiento fuera a cumplirse.
Alcanzaron al dragón y corrieron esquivando sus enormes patas. El dragón movió la cola barriendo en la dirección de ambos, pero en lugar de sentir el impacto sólo percibieron un viento helado cuando la cola les atravesó. Sus deducciones habían sido correctas, aquella ilusión no podía hacerles daño. Iriel dejó escapar una risa triunfal pero su satisfacción duró poco pues sintió que el suelo se quebraba a sus pies y se hundía en las profundidades. Iriel no se había percatado de que el enano se había puesto a correr justo a su lado, por eso se sorprendió cuando su poderoso brazo la agarró antes de que se hundiera, empujándola hacia él, pues el suelo a sus pies seguía firme. La sala empezó a distorsionarse, las paredes relampaguearon y se apagaron, volviendo a recobrar su antigua apariencia en un caótico remolino. A su alrededor todo se convirtió en una especie de agujero negro. Thorin no iba a permitir que ninguno de los dos fuera tragado por este extraño fenómeno, por eso aceleró aún más hacia la puerta de madera que ahora se había convertido en un pequeño agujero redondo recubierto de una roca blanquecina. Iriel no podía seguir el ritmo del rey enano, por eso él tiraba de ella con tanta fuerza, arrastrándola para salvarla de la pesadilla que pretendía engullirla. El rugido del dragón sonaba ahora distorsionado, como si se hubiera roto en pedazos mientras las sombras engullían en círculos el suelo y las paredes, rodeándoles en dirección al agujero que tenían delante.
Thorin hizo un nuevo esfuerzo estirando hacia él el cuerpo de la chica. Iriel se elevó con este impulso y su cuerpo fue a chocar directamente con el de Thorin, que la envolvió justo antes de lanzarse con ella hacia aquel agujero. Lo atravesaron rodando violentamente un segundo antes de que la oscuridad consumiera por completo la sala anterior.
Tras atravesar aquella salida siguieron rodando por el suelo hasta que el terreno aminoró su velocidad. Thorin protegía el cuerpo de Iriel con el suyo para evitar que se hiciera daño. Cuando por fin se detuvieron, Iriel se encontraba sobre él, sincronizando su agitada respiración con la del enano. Disfrutó de aquel falso abrazo durante unos segundos más antes de moverse.
Poco después sintió el cuerpo del enano moverse, así que decidió apartarse rápidamente y ayudarle a levantarse. Ambos permanecieron sentados allí durante un rato, sin hablar, pues intentaban recobrar el aliento de la frenética carrera que acababan de llevar a cabo.
Cuando sus cuerpos recuperaron sus funciones normales, sus latidos aminoraron su frecuencia, su respiración se volvió calmada, el sudor que recorría su fría piel desapareció y la angustia que les apretaba la garganta fue arrastrada por su saliva, decidieron levantarse para continuar.
Así se adentraron entre aquellas lúgubres y húmedas paredes, a merced de alguna nueva pesadilla a la que enfrentarse.
