Daya20: He de reconocer que si yo fuera ella también seguiría a Thorin hasta el mismo infierno xD Si, la verdad es que la aventura de Dol Guldur les va a unir muchísimo, al final tendrán que agradecerle a Gandalf que los llevara hasta allí :P

HainesHouse: jajaja si verdad? ¡yo también quiero que se besen y se dejen de tonterías! XDD Gracias por tu doble post en el capítulo anterior. Creé la imagen de Iriel en una we de estas de crear avatares, más o menos de la forma que yo me la imaginaba y la puse al final del video. Intentaré hacer alguna imagen más y lo subiré todo a alguna web ;) aunque todos sois libres de imaginárosla a vuestro gusto :D

Lynlia: Jiji reconozco que he arrastrado a estos dos hasta aquí con perversos planes muajajaja.

Ady prime: Me apetecía mucho que tuvieron un encuentro con el dragón que no fuera real y se me ocurrió hacerlo de esta manera para conseguir que tuvieran su momentillo romántico, jeje. En este capítulo podrás descubrir qué pesadilla atacará a Bilbo, me reservo las de los enanos para el siguiente ^^ espero que te guste!

yay1301. yes: A veces cuando me pongo a escribir ni yo misma sé hacia dónde los va a llevar cada capítulo xD pero luego todo acaba tomando forma. Lo de Thranduil ocurrirá, pero aun falta un poquito. Yo también tengo muchísimas ganas de escribir esa parte :D

Rirhi: Me alegro que te hayan gustado tanto los capítulos como el video :D. Lo de Dol Guldur no se nombra en el libro, he intentado documentarme un poco en la wikia del señor de los anillos y en algunas notas que he leído sobre las próximas películas :) así que espero mostrar parte de sus misterios, pero bajo mi punto de vista ;) Algún día habrá que compartir esa lista de reproducción! jejeje un besito!

Guest: Espero no haberte hecho esperar mucho! Aquí está la continuación.

Hikari-Moonlight: Muchas gracias por tus elogios :D me alegro que te hayan gustado el resto de los capítulos, espero seguir estando a la altura a partir de ahora que la historia se vuelve cada vez más romántica. Gracias por añadirme a tu lista de autores favoritos, me ha hecho mucha mucha ilusión! *o*

Alva Loki: Hola de nuevo! :D Me encantas porque siempre que me escribes recibo una tormenta de mensajes de todos los capítulos xDDD Muchísimas gracias ^^. Desde luego en estos capítulos hay mucha tensión sexual no resuelta xD el día que se desate van a saltar chispas por todas partes.

También quería agradecer CaliCarstairs por añadirme a su lista de seguimiento de autor. No es algo que me suceda a menudo y me ha hecho muchísima ilusión *o*. Graciasssssss, un besito!

He de confesar que mi propio corazón se ha conmovido un poco escribiendo estas páginas. Ais pero qué majicos son mis chicos *o* si es que no puedo evitar amar a estos personajes tan encantadores...

(Bueno, momento noñería off xD)

¡Os dejo ya con el siguiente capítulo! ¡Espero que las disfrutéis tanto como yo, ya no os hago esperar más! ;)


*~~~~~* CAPÍTULO 17: RECUERDOS DE PESADILLA *~~~~~*

Bilbo fue el primero en despertarse. Se encontraba tendido entre rocas mohosas y restos de tierra. Una vasta oscuridad le envolvía, tan húmeda y siniestra como la que les había acompañado al entrar. Sólo recordaba haber seguido a los jóvenes príncipes al interior de aquella fortaleza derruida, pero al atravesar sus destartalados pórticos una niebla espesa les había cubierto por completo, privándoles de la visión, engulléndolos hacia un infierno helado.

Comenzó a mirar a su alrededor, intentando vislumbrar algo entre las sombras. Al cabo de un rato sus ojos se acostumbraron a la falta de luz y pudo distinguir los cuerpos tendidos de los jóvenes guerreros a tan sólo unos pasos de distancia. Se acercó inmediatamente hacia ellos, tropezando un par de veces con las grietas del suelo a pesar de la corta distancia que los separaba. Una vez a su altura, comenzó a zarandearlos y a llamarlos en susurros, pues no se atrevía a elevar la voz por si delataba su posición, quién sabe si se encontraban solos o el enemigo les aguardaba entre aquellas viles sombras, ocultando a criaturas aún más perversas.

Ambos hermanos despertaron a la vez, dejaron escapar un gruñido de malestar y se incorporaron lentamente intentando acostumbrarse a la oscuridad. Una vez en pie, las antorchas que colgaban de las paredes se encendieron de golpe con una misteriosa chispa. Una a una, todas las antorchas comenzaron a iluminarse, en fila, alumbrando la longitud de un pasillo que había permanecido oculto hasta entonces. Los tres miraron con desconfianza hacia aquellas luces que les invitaban a avanzar.

Tampoco tenían ningún otro sitio a dónde ir. Tal vez atravesando aquel pasillo encontrarían a su tío y a su compañera. Los tres varones tragaron saliva, sujetaron la empuñadura de sus armas, como si su frío tacto les concediera un poco del valor que les faltaba en aquellos momentos y caminaron hacia aquel pasillo iluminado.

Las llamas temblaban al compás de un viento helado que recorría el pasadizo. Su vaivén distorsionaba las sombras, dando un aspecto todavía más tétrico a cada piedra o recoveco que pasaban. Bilbo tenía el corazón en la garganta, cada vez que una sombra zigzagueaba a su lado estaba convencido de que algún ser tenebroso iba a saltar sobre ellos sin darles tiempo ni siquiera a gritar, pero nada sucedía, seguían caminando con sus pasos como único eco de su presencia. Los príncipes también se encontraban asustados pero no iban a revelar ni una pizca de aquel sentimiento, llevaban toda la vida admirando a su tío y al coraje que demostraba en cada uno de los peligros a los que se enfrentaba. La sangre de Durin corría por sus venas, no la deshonrarían mostrando cobardía, a pesar de lo que su asustado corazón les rogara que lo hicieran.

El pasillo dio paso a unas desgastadas escaleras que conducían a un lugar que la luz no lograba alcanzar. Fíli arrancó una de las antorchas de la pared para iluminar los peldaños. Estaban excavados en la roca, algunos se encontraban en buen estado, pero la mayoría tenían grietas y agujeros irregulares. Fíli miró a su hermano. El moreno comprendió a la perfección lo que tenía que hacer. Agarró su arco y sacó una de las flechas de su carcaj y con el pulso más firme que la situación le permitió, la colocó en el arco tensando la cuerda con precisión. Ambos dieron un paso adelante para descender por aquellos peldaños iluminados por la tenue luz de la antorcha. Si algo se abalanzaba sobre ellos le dispararía sin darle tiempo a reaccionar, aunque si había más de una criatura, la cosa se complicaría. Bilbo decidió seguirles dejando un par de pasos como distancia de seguridad. Con una tensión que podía cortarse con el filo de una espada, los tres bajaron por aquella escalinata.

Nadie les recibió al llegar al final, sólo una espesa niebla que les envolvió como un remolino durante un instante, desapareciendo tan misteriosamente como había llegado. Escudriñaron la penetrante oscuridad intentando entender dónde se encontraban. La escalera hacía las profundidades no les había conducido a unas mazmorras, como ellos esperaban, si no a la espesura de un bosque. Un bosque que no se parecía en nada al que llevaban días atravesando.

No sabía por qué, pero a Bilbo le resultaba familiar aquel lúgubre paraje. Comenzaron a caminar entre los árboles, intentando contener el aliento, pues un gélido vaho salía de su boca con cada una de sus respiraciones intranquilas. No se oía nada, ni el viento zarandeando las ramas, ni el sonido de las aves nocturnas, ni el crujido de los guijarros sobre el suelo. Aquel silencio espectral era lo que más los inquietaba. Fue Bilbo el que se percató de unas profundas líneas que surcaban la superficie de los troncos.

- Esto… ¿son marcas de garras?

Los hermanos se giraron para alumbrar lo que el hobbit les señalaba. Efectivamente, aquellas marcas tan profundas no eran sino las huellas de unas garras poderosas. Intentaron explorar a su alrededor y fue entonces cuando descubrieron unas huellas en el suelo medio borradas por la tierra. Fuera lo que fuera aquella criatura, había pasado por aquel lugar hacía bastante tiempo.

- Parece el rastro de un lobo, mejor dicho, de varios, al menos tres, a juzgar por la forma y la profundidad de las pisadas.

Bilbo se estremeció al escuchar aquella información. Un escalofrío se apoderó de su cuerpo, haciéndole recordar una pesadilla que había olvidado hace tiempo. Un aullido lejano acrecentó todavía más aquel oscuro recuerdo. Kíli vio cómo el hobbit se había vuelto completamente pálido, con los ojos en blanco, incapaz de moverse. Le agarró de la chaqueta para sacarle de allí.

- ¡Rápido! ¡Vámonos de aquí!

Bilbo logró salir parcialmente de aquel terrorífico aturdimiento gracias al estirón de Kíli. Los tres comenzaron a correr a toda velocidad en dirección a los árboles, intentando encontrar algún rincón seguro para ocultarse. Los dos hermanos corrían deprisa, su entrenamiento durante años había fortalecido sus músculos. Bilbo, sin embargo, nunca había sido muy buen corredor, en la Comarca la gente nunca tenía prisa porque de todos es sabido que la tranquilidad y el sosiego son el mejor aliado de los hobbits. Además su corta estatura también contribuía a que sus pasos fueran más cortos que los de los enanos. Poco a poco, la distancia que los separaba se fue haciendo más grande. Bilbo no tenía aliento suficiente para llamarles y los enanos estaban concentrados en la carrera y en sus alrededores para que ninguna criatura saltara sobre ellos.

De pronto un lobo negro emergió a sus espaldas, atravesando unos arbustos que habían dejado atrás hacía un rato. El lobo mostró unos largos colmillos cubiertos de saliva que se escurría entre ellos llena de espuma blanquecina.

Bilbo se giró al sentir su presencia. Ya había visto aquellos ojos negros en una ocasión y nunca los olvidaría. Siguió corriendo hacia adelante sin despegar la vista de aquel monstruo a sus espaldas por lo que no se dio cuenta del peligroso lugar al que se estaba dirigiendo hasta que sus pies se detuvieron en seco.

Se había metido en la ciénaga.

Ahora sí que estaba atrapado como una rata. Sus pies cada vez se hundían más en el fango, con cada uno de sus esfuerzos su cuerpo era succionado hacia aquella pegajosa prisión. Todo estaba ocurriendo exactamente igual que en aquella ocasión.

Hacía muchos años, cuando Bilbo era sólo un niño, un crío inmaduro que ansiaba explorar el mundo en busca de aventuras, en una de las ocasiones en las que cruzó los límites de la Comarca para acompañar a su padre hacia Bree, su imprudente curiosidad le hizo alejarse de allí para acabar atrapado en los pantanos de Moscagua, una extensa ciénaga repleta de moscas donde un par de lobos hambrientos le rodearon. Sólo tenía dos opciones. Morir devorado por ellos o ahogarse en el fango. Estuvo atrapado allí durante unos minutos que se le hicieron eternos. Cuando su cuerpo estaba a punto de ser arrastrado hacia las profundidades, un par de flechas acabaron con las bestias que lo acorralaban y un fuerte brazo le tendió una cuerda que le ayudó a salir. Si aquellos montaraces del Norte no hubieran pasado por allí en aquel momento advertidos por los aullidos de las criaturas y sus incesantes sollozos, no cabe duda de que habría perecido en aquel lugar sin que nadie hubiera encontrado jamás su cuerpo.

Ahora aquella escena parecía haber sido sacada de sus pesadillas, pues la historia se estaba repitiendo, sólo que aquella vez no había un par de montaraces sino una pareja de hermanos.

- ¡Socorro! – Gritó con la esperanza de que sus compañeros le escucharan y llegaran a tiempo, pues los había perdido de vista.

Los dos enanos aparecieron entre los árboles al escuchar su llamada de auxilio. El lobo comenzó a correr hacia el hobbit. Kíli preparó su arco mientras una ligera niebla cubría el ambiente. Disparó pero no alcanzó a su objetivo, sino que lo atravesó, aunque el enano no se dio cuenta de este detalle. El lobo seguía corriendo hacia allí y un segundo y tercer lobo se unieron a la cacería. Ofendido por su disparo errado, disparó una nueva flecha pero volvió a suceder exactamente lo mismo.

- No puede ser, mis flechas deberían haberlo derribado. La dirección era perfecta.

- Deja de lamentarte por tus disparos fallidos ¡tenemos que sacarlo de ahí!

Los dos hermanos intentaron buscar algo para arrojárselo al mediano y así ayudarle a escapar del desgraciado destino que le esperaba.


Llevaban horas caminando sin descanso, atravesando unos oscuros pasillos que no acababan nunca. Era como si estuvieran atrapados en un bucle infinito, aquel lugar se parecía tanto entre sí que no podían estar seguros de si avanzaban o caminaban en círculos.

Iriel se detuvo, las piernas le dolían y su estómago empezaba a devorarse a sí mismo.

- Por favor, descansemos un poco. Estamos avanzando sin rumbo.

Thorin se giró hacia ella con la mirada seria, pero al ver sus ojos desfallecidos, sus estrictos pensamientos se ablandaron un poco y le concedió su deseo. Él también se encontraba muy cansado, aunque no pensaba admitirlo.

Iriel se dejó caer sentándose sobre el suelo con un suspiro de alivio. Estiró sus brazos hacia atrás y cerró los ojos, pero el voraz rugido de su estómago le hizo abrirlos de nuevo, un tanto avergonzada de que su cuerpo fuera incapaz de mantener ocultas sus necesidades.

Thorin hizo caso omiso a aquel insaciable apetito de hobbit y se acomodó apoyándose en aquellas ásperas paredes.

Nada a su alrededor indicaba cuál era el camino para escapar de aquel laberinto de pesadillas y nada parecía indicar que su situación fuera a cambiar hicieran lo que hicieran. Thorin golpeó el suelo con el puño.

- ¡Maldito mago! Si no nos hubiera desviado de nuestro rumbo no estaríamos metidos en una situación como ésta.

Iriel suspiró. Tenía razón, aunque estaba segura de que Gandalf tenía sus motivos para haberles arrastrado hacia allí. Pero era cierto que el mago, al ser uno de los guardianes de la Tierra Media, a menudo se preocupaba en exceso por cualquier amenaza que pudiera perturbar su paz, y se encargaba de solucionarla con la ayuda de quienes tenía más a mano, por eso en aquella ocasión les había tocado a ellos satisfacer los propósitos del sabio.

Iriel rebuscó en su bolsa de cuero. Había aprendido a no desprenderse de aquel regalo de los elfos en ninguna ocasión, pues no sabía cuándo tendrían que salir corriendo del peligro abandonando sus víveres y pertenencias, aunque llegados a este apunto apenas conservaban unos pocos de los objetos con los que habían iniciado la aventura. Entre las armas y las cuerdas que había guardado encontró unos pequeños envoltorios. Había guardado varias galletas con nueces y almendras de las que Beorn les había ofrecido en su hogar. Su estómago agradeció al hombre oso aquel sencillo regalo. Se llevó una rápidamente a la boca y le tendió otra al rey enano. Thorin la miró durante un par de segundos, pero al ver a la muchacha con la galleta en la boca y su insistente y delicado brazo ofreciéndole compartir su posesión, creyó que no podía despreciar su ofrecimiento, así que la tomó y se la llevó a la boca, alimentando un poco el desfallecido cuerpo que se negaba a descansar.

Iriel sonrió al ver que el enano aceptaba su aperitivo, así que decidió colocarse en la pared a su lado y dejó el resto de las galletas en el suelo sobre su envoltorio, para que cualquiera de los dos pudiera seguir degustándolas.

Thorin sintió que tenía la garganta seca, así que ahora fue él quien rebuscó entre sus pertenencias, en busca de la cantimplora en la que guardaba el agua. Tras beber de ella y sentir cómo el agua fresca le acariciaba la garganta, se la ofreció a la chica, pues imaginó que debía sentirse igual de sedienta que él.

Iriel no tardó en aceptar aquel presente, era cierto que tenía sed y los frutos secos del interior de las galletas sólo habían empeorado esta necesidad. Observó durante un segundo la boquilla de la cantimplora y su corazón dio un vuelco infantil al susurrarle que iba a posar sus labios sobre la superficie que acababan de rozar los de su majestuoso compañero. Intentó que sus mejillas no delataran su pueril imaginación y se apresuró a beber. Le pareció sentir allí una mínima parte del sabor del que había disfrutado bajo la luna de Rivendell pero su cabeza se apresuró a combatir aquellos estúpidos pensamientos, todas aquellas percepciones eran probablemente fruto de su juvenil enamoramiento y no se encontraba en el momento ni el lugar adecuado para sucumbir a él.

Iriel le devolvió la cantimplora intentando no mirarle, tragando saliva, no por el líquido que acababa de ingerir, si no por el nudo que acababa de formarse en su garganta.

Volvió a dirigir su mirada hacia adelante, como si el observar por enésima vez aquellas paredes fuera a revelarles la manera de escapar de allí. Su mano se dirigió hacia el montón de galletas para coger una más, pero en lugar de encontrarse con su rugosa textura, sus dedos rozaron la piel de la firme mano del enano. El guerrero había tenido la misma idea que ella. Ambos apartaron sus manos al sentir el contacto, como si aquel roce hubiera sido algo atrevido o indebido por parte de ambos. Justo antes de apartarla, Iriel sintió el gélido contacto de la piedra del anillo que adornaba la mano de Thorin. Una elegante joya propia de su rango y su linaje. La piedra poseía el mismo color y firmeza que los ojos de su portador. Un pensamiento pasó fugazmente por la mente de la chica y no pudo evitar expresarlo.

- Tienes miedo, ¿verdad?

Thorin la miró a los ojos sorprendido.

- ¿Miedo de qué?

- De encontrarte con él. – Thorin seguía sin entenderlo – Con el espectro de tu padre. Tienes miedo de haberle decepcionado por algo.

La mirada de Thorin se ensombreció. Había sido capaz de adivinar los temores que se empeñaba en ocultar. Aquella joven criatura no dejaba de sorprenderle, sin embargo le atemorizaba el hecho de que alguien que le conocía tan poco fuera capaz de descubrir sus secretos con tanta facilidad. Llevaba toda la vida intentando enterrarlos en un lugar profundo para que ninguno de sus enemigos pudiera usarlos en su contra. ¿Acaso aquel incesante y doloroso esfuerzo no había servido para nada? ¿Tan evidentes eran sus sentimientos?

El rostro de la chica dibujó una sonrisa de tristeza. Se acurrucó abrazando sus propias rodillas y comenzó a hablar ocultando su rostro con su corta melena. Sólo quedaron al descubierto una parte de sus labios y la sutil silueta de su rostro.

- Yo también me siento así a menudo. – Hizo una pausa para intentar que el pequeño nudo de su garganta se deshiciera lentamente.

Thorin la miró expectante. No conocía nada de aquella mujer, ni su pasado, ni su familia, ni sus sueños ni sus pesadillas. Lo poco que le había contado Gandalf era una personalidad inventada y no sabía hasta qué punto había verdad o mentira en aquel relato. Era cierto que en alguna ocasión se había preguntado de dónde venía aquella singular criatura que lo había abandonado todo para seguirles en aquella aventura. Ahora ella iba a desnudarle una parte de su alma. Sintió que iba a concederle una íntima revelación y no pudo evitar que su corazón se sintiera honrado de que ella quisiera compartir con él sus más vulnerables debilidades. Iriel continuó hablando.

- Mis padres nunca aceptaron la vida que yo elegí y sufrieron por ella hasta su lecho de muerte. Estando allí, ante sus cuerpos moribundos, a punto de exhalar su último aliento, me hicieron prometerles que abandonaría este tipo de vida. Sin embargo… – hizo una pausa para evitar que el nudo que ahora le oprimía el corazón hiciera brotar lágrimas en sus ojos – no sé vivir de otro modo, no me siento viva haciendo ninguna otra cosa. Y aquí estoy, desobedeciéndoles, traicionando mi palabra.

Iriel sintió cómo se le quebraba la voz y hundió la cabeza entre sus piernas. Ocultó su rostro ahí mientras su cuerpo comenzaba a temblar, intentando frenar las lágrimas que ya habían iniciado su camino hacia el exterior. No quería que Thorin la viera de aquel modo tan humillante, pero no había podido evitar sentir que debía revelarle todo aquello, que comprendía sus sentimientos, que ella también sufría cómo él, que no tenía que cargar solo con su tormento, que las penas compartidas eran menos pesadas y las alegrías más gozosas. Sin embargo no creía que hubiera conseguido hacerle pensar de este modo con su relato, sólo se había derrumbado junto a él, haciéndole ver de nuevo que era débil, que no era una digna guerrera capaz de soportar el peso de la responsabilidad a la que se enfrentaban. Su cuerpo seguía temblando, apretó los dientes para hacer retroceder las lágrimas.

Thorin había observado la escena sintiendo como se sobrecogía su propio corazón. Hizo extraordinarios esfuerzos por controlar su cuerpo, pues quería abrazar a aquella desconsolada criatura que había sido tan valiente de hacer frente a sus debilidades, algo que él todavía no había sido capaz de hacer. Se controló mucho para evitar que sus labios se abalanzaran sobre los suyos, contagiándoles su calidez. Miró su cuerpo tembloroso, sus brazos al descubierto, recordó que la chica había renunciado a las mangas de su camisa para vendar sus heridas. En lugar de dejarse llevar por sus pasionales sentimientos, se permitió hacer una única cosa para consolar a su compañera. Se quitó su abrigo de pieles y lo depositó con delicadeza sobre su cuerpo, rezando para que al menos su cobijo pudiera aliviar un poco la culpa que soportaba su corazón.


Los lobos estaban cada vez más cerca y su cuerpo se hundía cada vez más. Tras no encontrar nada a su alrededor, Fíli tomó uno de sus puñales y partió una rama de fresno lo suficientemente larga y delgada como para alcanzar al hobbit. Kíli le imitó cortando otra de características parecidas y ambos corrieron hacia el mediano sujetándolas. Se subieron a la roca más cercana que separaba el suelo firme de la pantanosa tierra y se estiraron todo lo que les dieron de sí sus fornidos brazos para acercar las ramas hacia él. Bilbo se esforzó también por agarrar aquellas ramas que sus dedos apenas rozaban. Apretó los dientes, inclinándose hacia allí con toda la fuerza que le permitía aquella inestable superficie hasta que finalmente consiguió agarrar una rama con cada mano. En cuanto los enanos vieron que Bilbo se había sujetado, tiraron hacia atrás para sacarlo con tal ímpetu que el hobbit salió volando hacia ellos y rodó por el suelo, con el cuerpo completamente cubierto de fango. Fíli y Kíli también habían caído hacia atrás por el impulso pero se levantaron rápidamente y pusieron al hobbit en pie para seguir corriendo. Los lobos no habían observado la escena impasibles sino que habían acortado sus distancias con ellos, sorteando las traicioneras tierras. Los tres comenzaron a correr para escapar de allí. El barro hacía que Bilbo resbalara en alguna de sus pisadas, pero esta vez los enanos estaban atentos y le agarraron firmemente del brazo para no perderlo ni dejarlo atrás otra vez. De pronto una fuerza mayor hizo que los tres interrumpieran violentamente su marcha. Cuatro lobos más habían aparecido ahora justo delante de ellos y los que les perseguían habían ralentizado la marcha al ver que tenían a sus presas acorraladas.

Los tres guerreros se cubrieron las espaldas entre sí, poniéndose en círculo para que ninguna bestia les atacara por la retaguardia. Kíli y Fíli habían sacado sus armas pero Bilbo era incapaz de moverse al presenciar ante sus ojos el aciago final que les esperaba. Fue en ese instante cuando posó sus dedos sobre la empuñadura de su espada y entonces lo supo.

Ya no era aquel chiquillo asustado que se había quedado atrapado a merced de las bestias. Ya no era aquel crío que soñaba con conocer en primera persona todas las apasionantes historias que leía en los libros. Ya no era aquel hogareño hobbit cuya única preocupación era cobijarse en su salón mientras esperaba que su cena terminara de hornearse en su cocina. Ahora era una persona distinta. Había engañado a una panda de trolls, había huido de huargos, orcos, trasgos y otras criaturas que ni siquiera sabía que existían. Había sobrevivido a una batalla entre gigantes de piedra, había atravesado las entrañas de las montañas y hasta le había plantado cara a un orco acabando con su vida. Su siguiente meta era enfrentarse a un dragón. No había sitio para el miedo en aquella tarea. Ya había huido bastante de ello, era hora de enfrentarse a sus pesadillas.

Recordó la conversación con Balin en Rivendell.

"No te molestes, los nombres de las espadas hacen referencia a gestas de guerra"

"¿Insinúas que mi espada no ha conocido batalla?"

"Ni siquiera diría que es una espada. Más bien parece un abrecartas"

- Dardo.

Emitió con su garganta con una férrea determinación que sorprendió a los jóvenes enanos mientras desenvainó su filo.

Acababa de decidir el nombre de aquella magistral arma. Sí, sería pequeña pero eso no impediría que fuera poderosa y letal. Atravesaría la carne de sus enemigos como el venenoso aguijón de una minúscula avispa. Como las dolorosas espinas de una rosa. Como un dardo lanzado hacia su objetivo. Sí, aquel era el nombre perfecto.

Miró a aquellas bestias a los ojos ahora que ya no le parecían tan terroríficas y se lanzó hacia ellas profiriendo un potente alarido. Entonces ocurrió algo inesperado.

La criatura no se movió y en cuanto el filo tocó su cuerpo, su presencia se evaporó convertida en humo y cenizas. Bilbo había vencido a su miedo, aquel hechizo ya no tenía efecto sobre ellos. Una a una el resto de las criaturas se esfumaron como la niebla y aquel bosque volvió a transformarse en una sala de piedra destruida. Incluso el fango que cubría el cuerpo de Bilbo se borró dejando una estela de polvo.


Iriel apenas tuvo tiempo de disfrutar del sensual tacto de esta prenda y de su embriagador olor, pues un nuevo torbellino de niebla los cubrió volviendo a dibujar una pesadilla ante ellos. Ambos se levantaron, Iriel sosteniendo con fuerza el abrigo que caía sobre sus hombros y Thorin adelantándose unos pasos para protegerla. La niebla fue dibujando un par de siluetas, al principio sólo eran sombras borrosas pero poco a poco comenzaron a definirse mostrando rostros conocidos.

"…Iriel…"

Iriel se cubrió la mitad inferior de su rostro con las manos, ahogando un grito, dejando al descubierto unos ojos que eran incapaces de creer lo que estaban viendo. Las lágrimas que había luchado por contener cayeron ahora sin ninguna resistencia.

Sus padres se encontraban frente a ella.

Sus rostros bondadosos le sonreían, tan jóvenes y hermosos como los recordaba antes de que cayeran presa de aquella mortal enfermedad. Extendieron sus brazos para que se acercara a ellos. El pie de Iriel se adelantó, movido inconscientemente por aquel llamamiento. Thorin la sujetó por el hombro, deteniendo su avance, Iriel recobró por un segundo la cordura.

- Ni se te ocurra. Sabes que no son reales.

En ese momento una violenta ráfaga de aire se desató. Los rostros de sus padres se alargaron, demacrados, enfermos, surcados por profundas ojeras en las cuencas de sus ojos. Iriel gritó ante aquella repentina transformación.

"Tú nos has hecho esto"

"Tú nos has arrastrado hasta aquí"

Iriel sintió una presión en el pecho. Aquella agonía no le dejaba respirar, no le permitía siquiera latir a su corazón. Se llevó las manos a la cabeza, intentando acallar aquellas voces. Pero el dolor lejos de cesar, cada vez la arrastraba más hacia las profundidades.

"Nos has traicionado. No has sido capaz de mantener la promesa que nos hiciste en la tumba"

"Has perturbado nuestro descanso arrastrándonos a este infierno"

Iriel cerró los ojos ante aquellas acusaciones. Notó que su respiración se aceleraba sin control, estaba empezando a hiperventilar. Sentía que se mareaba pero ni siquiera aquello podía mitigar el dolor que la desgarraba por dentro. Cuando creía que iba a consumirse en la desesperación unas manos firmes agarraron las suyas que seguían cubriendo sus oídos y entonces se atrevió a abrir los ojos. Thorin estaba allí, mirándola con dulzura, transmitiéndole su fuerza.

- Sabes que nada de esto es verdad. Sólo es una ilusión para torturarnos.

Pero aquella vez ni siquiera sus suaves palabras, ni siquiera sus profundos ojos azules podían calmar aquella oscura idea que se le había pasado por la mente nada más verles. Unos ojos llenos de desesperación le devolvieron la mirada.

- ¿Y si no lo es? ¿Y si de verdad son sus almas? ¿No ha dicho Gandalf que este hechicero podía jugar con los muertos?

Thorin entendió en aquel momento el verdadero tormento de la chica. No era sólo que se estuviera culpando por haberles desobedecido y tuviera que rendirles cuentas, es que de verdad creía que les había arrastrado desde el descanso eterno hasta aquel lúgubre infierno condenándoles a una tortura sin fin. No tenía argumentos para convencerla de lo contrario, pero sabía que aquello no podía ser cierto, sabía que aquel despreciable ser sólo estaba jugando con sus sentimientos, atacándola donde era más vulnerable.

- ¿Y si… es… están aquí por mi… culpa? ¿Si han sido arras… arrastrados al infier…no a causa de mi impru… imprudencia?

Iriel había comenzado a hipar a causa de su incesante llanto. Los espectros seguían rugiendo a su alrededor, distorsionando el ambiente. En ese momento Thorin se dio cuenta de que Iriel estaba siendo consumida por la oscuridad más abyecta. Sus lágrimas caían con más intensidad, su inconmensurable miedo se dibujaba en los ojos que había vuelto a cerrar para no seguir soportando aquel escenario, su cuerpo temblaba tan rápido como su agitada respiración. Thorin observó que alrededor de ella se elevaban las sombras, emergiendo desde las grietas del suelo, cobrando la forma de pequeños seres que se adherían a sus pies, como queriendo arrastrarla con ellos. Su incontrolada angustia estaba atrayendo todavía más a aquella sombría presencia que se alimentaba de su sufrimiento. Tenía que consolar su cuerpo antes de que sucumbiera por completo a aquella pesadilla. Tenía que sacarla de aquel torbellino de dolor y culpabilidad. Tenía que acallar aquellas voces que no dejaban de torturarla. Ella no se merecía un castigo así, una criatura tan noble, tan generosa, tan valiente, tan bella. No merecía acabar de un modo tan ruin, traicionada y consumida por sus propios miedos.

Agarró sus brazos con las manos y la atrajo hacia sí. Sólo se le ocurría una forma de sacarla de aquel vil embrujo.

Cerró los ojos y fundió sus labios con los suyos con el beso más sincero que fue capaz de ofrecerle para rescatarla de la oscuridad. Sus húmedos labios se pasearon por los suyos desterrando el miedo de su corazón. Saboreando cada milímetro de aquellos temblorosos labios que habían comenzado a devolverle tímidamente el beso. Soltó uno de sus brazos para posar su mano sobre su mejilla, acariciando las lágrimas que surcaban su rostro, intentando detener su caída de este modo.

Aquel suave gesto funcionó.

El cuerpo de Iriel dejó de temblar, sus lágrimas se detuvieron. El dolor de su pecho comenzó a desaparecer pues ahora tenía que compartir sitio con una sensación todavía más poderosa. La llama del amor que sentía en su corazón fue capaz de consumir la angustia que la azotaba. Su respiración comenzó a hacerse regular, al compás de aquellos suaves labios que la conducían a un lugar que no creyó volver a recorrer tan pronto. Podía sentir el cuerpo del enano aproximándose al suyo, nada más a su alrededor importaba. Pronto los gritos de desesperación de los espectros se fueron acallando hasta convertirse en un gemido apenas audible. La niebla rugió y los envolvió de nuevo, arrastrando las sombras y las pálidas presencias de los espectros que se colapsaron entre sí. Ninguno de los dos fue capaz de ver la lucha que se desataba entre la oscuridad y la luz, pues estaban inmersos en un lugar que no querían abandonar, con los ojos fuertemente cerrados, disfrutando de cada efímera sensación, guardándola en su interior como el más valioso tesoro de su existencia.

Iriel comenzó a seguir los pasos de baile de aquella húmeda lengua, dejándole entrar en su interior, sin atreverse a abandonar su delicioso contacto, paseándose por todos los rincones que el enano le permitía, mordisqueando sus labios de la forma más sensual que sabía, aspirándolos con cada succión. No quería despertar, a pesar de que sabía que ya estaba a salvo. No quería abrir los ojos al mundo, quería quedarse ahí, para siempre, en aquel lugar dulce y húmedo, en los brazos del hombre al que amaba con todo su corazón.

Sin embargo aquello no le permitiría ver los intensos ojos azules de su compañero, su bello rostro, su sensual pelo trenzado junto a su barba, su robusto y musculoso cuerpo, su imponente porte que la había cautivado desde la primera vez que lo vio.

Por eso, cuando sintió que sus labios al fin se separaban, se atrevió a abrir los ojos.