Rotenschal: Muchas gracias por tu comentario! ^^ La verdad es que esta parejilla es muy tierna, pero aún les esperan muchas aventuras juntos.
HainesHouse: Bueno, no les voy a poner las cosas demasiado fáciles a estos cinco para salir de allí, aunque en este capítulo lo conseguirán con un poco de ayuda. ^^ Y respecto a la parejita, ya sabemos que Thorin no le da va a dar ni un minuto de tregua a la pobre chica.
yay1301 . yes: Na, tranqui, xD esta vez no es una ilusión, ni un sueño ni nada de eso, los dos están con los cinco sentidos en la situación. Aún tienen que pasar unas cuantas cosillas que tengo en mente antes de que la pasión se desate del todo entre estos dos xD
daya20: Me alegro mucho de que te gustara tanto el capítulo, yo me lo pasé muy bien escribiéndolo. A partir de ahora los sentimientos se desvelan, a ver cómo son capaces de actuar estos dos.
ady prime: Muchísimas gracias! ^^ Me ha hecho mucha ilusión que me añadieras a tu lista de autores favoritos *o* Intentaré que esta droga siga siendo de tu agrado en cada capítulo xD jajajaja, no en serio ^^ espero que te guste, tus palabras de ánimo siempre son muy alentadoras.
Rirhi: Aunque supongo que ya no leerás esto: muchísima suerte con los exámenes! Es sin duda la peor época del año, pero luego el esfuerzo merece la pena :D Espero que te vaya todo genial y esperaré con ganas tu regreso ^^
ennana23: Dios O_O te has leido las 150 hojas de tirón? madre mía! XD qué crack eres! Te doy la bienvenida a mi historia :D me alegro mucho de haber despertado en ti esos sentimientos hacia Thorin jijiji, si es que es mas majico... *o*
Alva Loki: Sí, yo también querría ser Iriel en esos momentos xD Es que me imagino un beso de Thorin y las palabras poéticas salen solas jajajaja. Espero que te guste la continuación.
Aquí os dejo el siguiente capítulo.
Sé que todas estáis deseando que estos dos se entreguen el uno al otro y vivan felices para siempre y todo eso, pero todavía queda un largo camino hasta Erebor, y las cosas que resultan fáciles luego no se disfrutan tanto :P (no me odiéis xD no mucho...)
¡Espero que os guste! ^^
*~~~~* CAPÍTULO 18: EL NIGROMANTE *~~~~*
Caminaban hacia ninguna parte, guiados por una mano invisible que los empujaba. El bosque se había transformado en una angosta cueva. Las paredes estaban surcadas por profundas y suaves grietas, como si una cascada de piedras hubiera fluido por allí tiempo atrás. Debían tener cuidado para no tropezar con las formaciones que se elevaban del suelo, queriendo besar a sus homólogas del techo. Algunas estalactitas y estalagmitas se habían encontrado en su camino y su fusión había formado bellas columnas de piedra. Resbaladizas piedras encontró el hobbit en su camino y a punto estuvo de caer de bruces al suelo a causa de ellas. El gorgoteo del agua se escuchaba en la lejanía, seguido de su eco al salpicar el charco que había formado con su paciente e infinito caer. Fíli guiaba la marcha y Kíli se encargaba de proteger la retaguardia. Habían decidido cubrir de esta forma los extremos para proteger a su saqueador, aunque después de la batalla contra los lobos, ya no estaban muy seguros de quién estaba más capacitado para proteger a quién.
Llevaban horas caminando y no había ni rastro de Thorin ni de Iriel. De vez en cuando gritaban sus nombres en la oscuridad, pero sólo su propio eco respondía a la llamada.
- ¿Pero dónde han podido meterse? Este lugar no parecía tan grande cuando lo vimos desde fuera. ¿Cómo puede ser que nos los encontremos? – Preguntó desanimado Kíli.
- Gandalf dijo que en este lugar habitaba un hechicero, y nosotros mismos hemos sido testigos de sus macabros trucos – dijo Bilbo todavía estremeciéndose al recordar a los lobos.
- Trucos o no, este lugar es peligroso, debemos encontrarlos antes de que alguien o algo les haga daño – contestó Fíli con voz firme pero preocupada. Kíli se adelantó para darle unas palmaditas en el hombro a su hermano.
- Estamos hablando de nuestro tío – y dejó escapar una ligera risa – nada de este mundo puede hacerle daño.
- De este mundo tal vez no… ¿pero y del otro? – le contestó el rubio con una mirada de preocupación, deteniendo la marcha. - ¿Cómo crees que reaccionará nuestro tío si vuelve a toparse con el fantasma de su padre?
Kíli borró la sonrisa de su rostro. Él también tenía miedo de que el espectro de su abuelo Thráin pudiera abrir viejas heridas y aprovechar esta debilidad en su contra. Tenían que encontrarles cuanto antes. Kíli volvió a llamarles aún con más fuerza. Bilbo temía que aquellos gritos pudieran atraer en su lugar a algo que no estuvieran buscando.
Nada. Sólo el agua en la distancia.
Bilbo dio un puntapié a una pequeña piedra que se cruzó en su camino para descargar aquella frustración. La piedra chocó contra la pared y se desvió hacia la izquierda, el camino se torcía en aquella dirección, ocultando sus misterios.
De repente Fíli se detuvo y extendió su brazo hacia un lado para cortar el avance de su hermano y el mediano. Se llevó un dedo a los labios y les miró indicándoles que guardaran silencio. Unos pasos lejanos resonaban en la cueva, aproximándose hacia ellos. Fíli desenvainó uno de sus cuchillos, Kíli sacó una flecha del carcaj y la cargó lentamente en el arco. Bilbo desenvainó a Dardo, cuyo filo, por fortuna, no brillaba con su estela azulada. Los pasos resonaban cada vez más cerca. Los tres mantuvieron la respiración, aquella presencia estaba a punto de doblar el recodo del pasillo que se curvaba hacia la izquierda. Tragaron saliva y apretaron sus puños sobre sus armas, preparados para entrar en acción.
A las puertas de la fortaleza, en la espesura del Bosque Negro, diez enanos y un mago aguardaban en silencio. Bofur estaba recostado entre las raíces retorcidas de un gran árbol, fumando intranquilo con su pipa, Ori intentaba fabricar un nuevo tirachinas con palos y cañas, pues había perdido el suyo en la guarida de los trasgos. Bombur y Dori habían encendido un fuego para calentarse de la siniestra humedad, amontonando en un rincón todas las bolsas que los talbuks les habían dejado. Dwalin paseaba nervioso de un lado a otro, sin poder detenerse, haciendo crujir el suelo bajo sus gruesas botas. Óin y Glóin vigilaban los alrededores por si a alguna otra criatura se le ocurría atacarles. Balin no le quitaba ojo a la antigua fortaleza, en cuya superficie se había posado una densa niebla movida por un viento maligno, que apenas dejaba ver el interior de sus despedazadas paredes. Nori afilaba el filo de su arma sin cesar y Bifur dibujaba surcos en la tierra con un palo resquebrajado. Todos los enanos se encontraban nerviosos y preocupados, por ello cada uno se había entregado a una tarea para distraer sus funestos pensamientos. Gandalf se encontraba a unos metros de distancia de ellos, observando aquella niebla, sosteniendo un cofre plateado entre las manos. Llevaba un buen rato pronunciando palabras en una lengua que no comprendían, acariciando los fragmentos de madera y las filigranas de plata que adornaban la caja. De pronto Dwalin detuvo su marcha y anunció.
- Ya no aguanto más. Me niego a seguir aquí esperando cuando nuestro rey y nuestros compañeros están atrapados en alguna oscura maldición de esas ruinas. – Hizo chocar entre sí los puños de hierro de sus manos y con este estruendo metálico se adelantó. – Voy a buscarles ahora mismo.
El bastón del mago se interpuso a los pies del enano. Gandalf había detenido su extraño ritual y le miraba con ojos cansados pero autoritarios.
- No des ni un paso más, enano ingenuo. Nuestra fuerza de nada sirve en ese lugar. Debéis esperar la ayuda apropiada. Sólo los más sabios y puros guardianes de la tierra pueden enfrentar ese oscuro mal.
Dwalin dio un pequeño puntapié al bastón del mago.
- ¿Y hasta cuándo tenemos que esperar? ¿Hasta que sea demasiado tarde? Si tan peligroso es lo que hay allí dentro, razón de más para sacarles de allí cuanto antes.
El mago se levantó y elevó su voz, esta vez más profunda, más sobrecogedora. El eco de su voz resonó por los alrededores, oscureciendo todavía más la pesada atmósfera, todos los enanos detuvieron lo que estaban haciendo para mirarle. Parecía incluso más alto que antes, más erguido, más poderoso, más intimidante.
- ¡Si yo digo que hay que esperar es porque hay que esperar! Ya tenemos suficiente con que tres enanos y dos hobbits hayan caído en sus garras, no necesitamos seguir aumentando la lista.
Sus últimas palabras resonaron entre aquellos árboles, el viento plañía entre las hojas arrastrando un pesar silencioso. Dwalin, volvió a desafiarle.
- Y sí nosotros no podemos enfrentarnos a esto, ¿por qué demonios nos has guiado hasta aquí?
El resto de los enanos también quería escuchar la respuesta. El mago les había guiado por el camino equivocado durante días con el propósito de satisfacer sus propias inquietudes. Si ahora no les dejaba actuar, ¿qué sentido tenía el haberles llevado hasta los pies de la fortaleza?
El mago le miró sin ceder en su mirada desafiante.
- Porque yo solo no podía enfrentarme a tal corrupta oscuridad. Confiaba en que quince almas puras fueran suficientes para contener esta oscura peste el tiempo suficiente para que los guardianes llegaran a este lugar, evitando que esparciera su maleficio por las raíces de la tierra y siguiera corrompiendo al mundo. Esperaba contener la amenaza desde fuera. – Suspiró, su aura de intimidación retrocedió, de nuevo volvía a ser un anciano en cuya espalda recaía una gran responsabilidad. – Pero olvidé la testarudez e imprudencia de vuestra raza y ahora hemos alertado a nuestro enemigo en su propio refugio. Ahora sólo podemos esperar la llegada de las únicas personas que pueden enfrentar este mal.
Dwalin no volvió a replicarle. Malhumorado, se sentó en el suelo frente al mago y clavó uno de sus puños en la tierra para descargar su impotencia. A continuación, todavía atemorizados por la situación y la previa presencia amenazadora del mago, volvieron en silencio a sus tareas. Bofur dio una bocanada de su pipa y se atrevió a preguntar.
- ¿Y a quién estamos esperando exactamente?
Gandalf volvió a recuperar su posición, descendió para sentarse junto a una roca con su gruesa y desgastada túnica de algodón y se acomodó como mejor pudo en aquel lugar que damnificaba tanto a su alma. Abrió el contenido del cofre y sacó un frasco cristalino que parecía contener la luz de alguna estrella olvidada. De nuevo pronunció unas palabras en otro idioma, con los ojos cerrados y las manos temblorosas sobre el frasco. Tras acabar este ritual que parecía un ruego, miró a Bofur con una sonrisa.
- A la mujer más bella que vuestros ojos jamás conocerán sobre la Tierra Media. A la Dama de Lórien.
Acariciar aquel frasco de cristal que contenía la luz de Eärendil había apaciguado un poco su preocupado corazón. La suave y melodiosa voz de Galadriel resonaba en su cabeza.
"No estás solo. Yo acudiré en tu ayuda siempre que me necesites."
Si la Dama de Lórien estaba con él, no había nada que temer. Elevó el frasco hacia el cielo e invocó su poderosa luz.
- ¡Aiya Eärendil, Elenion Ancalima!
Una figura serena y tranquila emergió de la oscuridad del túnel. Una mujer les miraba en silencio. No había ninguna presencia amenazadora en ella, ningún arma protegía sus manos. Kíli bajó su arco con una lentitud impropia del enano, Fíli dejó caer el cuchillo al suelo. Bilbo todavía sujetaba su arma hacia el frente, detrás de los enanos, sin entender si aquella mujer era una aliada o una amenaza, tras ver la insólita y paralizante reacción de sus compañeros.
Los cuatro permanecieron en silencio durante unos segundos, analizándose entre ellos, intentando comprender la absurda situación que se presentaba ante ellos. Fíli y Kíli estaban pálidos, unas gotas de sudor resbalaban por su piel, bajando por la nuez de sus gargantas, que se movieron a la vez cuando ambos tragaron saliva. Los dos dieron un paso atrás, hacia Bilbo, con sus cuerpos todavía medio paralizados. Hubieran preferido enfrentarse a mil ejércitos antes que a aquello. Tendrían que responder ante la persona que más amaban, pero también ante la que más temían.
- ¡Madre! – Gritaron ambos hermanos al unísono.
La figura de Dís se encontraba ante ellos. Bilbo dejó escapar un suspiro de desconcierto. Miró hacia aquella mujer y de nuevo hacia los enanos. Bajó el filo de su arma hasta que la punta tocó el suelo y entonces entornó los ojos para observar mejor a aquella mujer. Se trataba de una enana, algo más baja que los jóvenes príncipes. Sus ojos, de un tono verde azulado, eran más claros que los de su hermano Thorin, pero su mirada era igual de profunda. Tenía el cabello castaño oscuro como los bosques de teca que crecían en las lindes de la Comarca. Varias trenzas surcaban su larga melena, adornadas con aros de plata y pequeñas gemas engarzadas. Una elegante barba surcaba el contorno de su barbilla, cuidadosamente arreglada, dándole un aspecto todavía más imponente. Lucía un vestido negro con cordones dorados entrelazados en el centro y adornos rúnicos tejidos con seda roja. Los laterales de la falda estaban hechos con tela granate y caían delicadamente hasta sus tobillos, dejando entrever unas botas negras de cuero. Su cuello estaba adornado por una cadena de plata con una gema azulada en forma de estrella.
La figura pasó de mostrar una mirada dulce y acogedora, a una autoritaria y enojada. Los dos hermanos dieron otro paso atrás. Bilbo no tuvo ninguna duda de que se trataba de la hermana de Thorin y en ese momento se percató de que el rey enano no era precisamente el pariente al que más temían aquellos jóvenes enanos. Dís cruzó los brazos sobre su prominente pecho y desplegó su dominio sobre ellos. No gritó, pero su voz sonaba tan poderosamente firme como si lo estuviera haciendo. Nadie podía replicar a aquella enana.
- ¡Fíli! ¡Kíli! ¿Qué explicación pensáis ofrecerme por haberme desobedecido de forma tan ruin? Os prohibí terminantemente embarcaros en esta suicida aventura. ¡Bastante tormento sería para mí perder a un hermano como para que tanto esa condenada montaña como su dragón me arrebaten también a mis hijos!
- Pero madre… - intentó rebatir Kíli poniéndose detrás de su hermano – él nos necesitaba a su lado… ya no somos unos niños…
A pesar de que Kíli intentaba aparentar seguridad, su voz temblorosa delataba la verdad. Y es que nunca, en todos los años de su vida, habían sido capaces de enfrentarse directamente a la estoica, perseverante y luchadora mujer que los había traído al mundo. Habían aprovechado cualquier distracción de ésta para escaparse en todas y cada una de sus aventuras. Cuando se enteraron de que su tío estaba preparando la partida, intentaron hablar con ambos para que les dieran permiso para unirse. Soportaron largas e intransigentes discusiones con ellos, intentando convencerles de que estaban cualificados para la aventura. Ante tantas negativas y después de no haberlo conseguido por las buenas, ambos hermanos decidieron escabullirse de Ered Luin aprovechando que su madre estaba ocupada con sus asuntos. Escaparon solos hacia la Comarca para reunirse con el resto del grupo. La sorpresa de Thorin fue mayor cuando encontró a sus imprudentes sobrinos en el interior de aquel agujero-hobbit, compartiendo comida y cerveza con el resto de sus compañeros, pero no le quedó más remedio que aceptar que lo acompañaran.
- ¡Tonterías! Todavía tenéis mucho que aprender. Ahora mismo vais a volver a casa conmigo. Yo misma mataré a vuestro tío por haberos arrastrado hasta aquí. – Se detuvo mirando a ambos lados - En cuanto lo encuentre.
- Eso queremos también nosotros - dijo Bilbo resoplando en voz baja y guardando la espada en su vaina – llevamos una eternidad buscándolo.
Dís les dio la espalda y empezó a caminar con rabia por la dirección en la que había venido, mientras mascullaba palabras en khuzdul. Los tres varones la seguían a una distancia prudencial. Kíli y Fíli se miraban preocupados, preguntándose en que podría acabar aquel familiar encuentro.
Se quedaron mirándose durante unos segundos, sin moverse, a tan sólo un paso de distancia. Iriel todavía con la respiración agitada y los labios temblorosos. Thorin, sin embargo, se mostraba imperturbable, como siempre. Su cuerpo no manifestaba ninguna perturbación tras haberle robado aquel beso, todo lo contrario que Iriel, que sentía una chispa electrizante recorriendo cada milímetro de su piel.
El interior de la chica explotaba y se recomponía como un millón de fuegos artificiales. Su cuerpo no le había pedido permiso para la caótica fiesta que estaba celebrando. Sus sentidos se encontraban agudizados, su piel se erizaba, sus hormonas recorrían sus arterias descontroladas, atropellando todo lo que encontraban a su antojo en aquella autopista sanguínea. Todo cuando anhelaba en sus sueños acababa de materializarse segundos atrás, sin embargo aún no sabía cómo debía interpretar aquel suceso inesperado. ¿Debía confesar sus verdaderos sentimientos o ser prudente fingiendo confusión? Tal vez la segunda opción fuera la más práctica, el problema radicaba en que, tras haber probado su esencia, se sentía incapaz de detener el instinto que le inducía a abalanzarse sobre el cuerpo del rey enano con la intención adueñarse de él para siempre. Sus labios le suplicaban repetir aquel tierno contacto, sus manos le imploraban que les dejara acariciar el rostro de Thorin, su cuerpo le pedía sucumbir al roce de su masculina figura, su corazón le rogaba caminar junto a los rítmicos latidos de su compañero. Sin embargo, a pesar de todos estos instintos salvajes e incontenibles, a pesar de que aquello fuera lo que más había deseado desde las últimas semanas, su cordura logró tomar el control. Iriel logró reprimir sus verdaderos deseos, esperando que el rey enano pronunciara una palabra, esperando que le diera una explicación por su comportamiento.
Pero no lo hizo.
Thorin la observaba intentando ocultar cualquier emoción. No se arrepentía de haberla rescatado de aquel pozo de desesperación, pero no sabía cómo lidiar con la incómoda situación que se había producido tras separar sus labios de los suyos. Su cuerpo había actuado sin contar con las consecuencias. ¿Cómo iba ella a creer que ésa era la única forma que se le había ocurrido para traerla de nuevo a la realidad? ¿Cómo explicarle que no había segundas intenciones, cuando ni él mismo comprendía la enigmática atracción que le empujaba hacia ella cada vez que sus miradas se cruzaban? No podía ofrecer una respuesta que desconocía. Así pues, en lugar de enfrentarse a aquellos ojos que vulneraban sus defensas, por una vez en su vida, decidió tomar una decisión cobarde.
- Debemos proseguir la marcha.
Ladeó su rostro hacia la pared para escapar de aquella mirada que le suplicaba una respuesta. Dio media vuelta y empezó a caminar de espaldas a la chica, de nuevo sin rumbo hacia ninguna parte. Iriel no se movió. Su cuerpo intentaba dar un paso hacia él, pero su mente se había quedado bloqueada.
Quería continuar aquella conversación. Pedirle una explicación.
Ignorar lo sucedido. Olvidar aquel beso.
Odiar a aquel enano. Amarle hasta que le sangrara el corazón.
Golpear su rostro por su testarudez y su arrogante forma de hacer las cosas sin rendir cuentas a nadie.
Abrazar su cuerpo, hundir su cabeza en su pecho y dejar escapar lágrimas de felicidad entre sus cabellos.
Mil emociones se enfrentaban dentro de ella, mil pensamientos contradictorios luchaban entre sí para decidir cuál era el ganador. Un remolino de sentimientos que esta vez sería incapaz de contener. Como una corriente de aguas turbulentas sus palabras escaparon de su boca. Luchó por contenerlas, por succionarlas para que no salieran, pero su voz escupió aquello que su interior se negaba a callar.
- ¿No piensas decirme nada? - El enano ignoró su acusación y continuó avanzando dándole la espalda. Esto la provocó aún más. - ¡Acabamos de besarnos!
Su garganta había pronunciado la pregunta que torturaba su mente. Arrepentida al instante, Iriel se tapó la boca con las manos, como si así pudiera tragarse las palabras que había pronunciado, como si pudiera dar marcha atrás. El enano se detuvo al escuchar estas últimas palabras. Cerró los ojos y maldijo en khuzdul en voz baja por obligarle a dar una explicación que ni siquiera él conocía. En lugar de confesar su inexplicable debilidad por ella, optó por escudarse en su fría apariencia y contraatacó con una respuesta que la confundió aún más.
- No es la primera vez.
El corazón de Iriel dio un vuelco potente. Estaba segura de que hasta el enano habría sido capaz de oír ese turbulento y atronador latido que todavía resonaba en sus oídos. Una sensación asfixiante la envolvió de la cabeza a los pies, congelándose en su pecho.
Thorin lo sabía.
Sabía que ella era la mujer que había conocido en Rivendell, a pesar de que por aquella época aún no conocía su verdadera identidad, pues se ocultaba bajo la apariencia de Rhein.
Continuaron caminando tras aquella mujer que parecía saber muy bien a dónde los dirigía. El camino descendía hacia las profundidades, estrechándose cada vez más. Pronto fue tan estrecho que tuvieron que caminar en fila para atravesarlo. Fue Fíli quien se atrevió a romper el silencio pronunciando una pregunta que le inquietaba desde hacía rato.
- Madre, ¿cómo has llegado hasta aquí desde Ered Luin?
Dís siguió caminando y le contestó sin mirarle.
- Parece mentira que no me conozcáis después de tantos años. ¿De verdad creíais que vuestra madre se quedaría de brazos cruzados ante vuestra huida? He recorrido medio mundo buscándoos, por suerte para mí nunca habéis sabido borrar demasiado bien vuestro paso.
Bilbo sonrió. El linaje de Durin le parecía cada vez más impresionante. Aquella familia no sólo contaba con fuertes y nobles guerreros, las mujeres también eran formidables.
Sin embargo aquella respuesta no convenció del todo a Fíli, que seguía presintiendo que algo iba mal.
Por fin vislumbraron el final de la cueva. Salieron a una escarpada cima al borde de un acantilado. Dís se apresuró hacia el borde.
- Tenemos que bajar por aquí.
Los tres miraron el empinado descenso. No había nada a lo que agarrarse en aquellas abruptas paredes y no eran capaces de distinguir el fondo.
- Es imposible bajar por ahí. – Contestó Kíli al borde de la pendiente. Unas pequeñas piedras resbalaron bajo su pisada y cayeron al vacío.
- Es el único camino. – Replicó ella – Vamos, empezad a bajar antes de que me enfurezca todavía más.
Bilbo se acercó para echar un vistazo él también. No parecía un camino seguro, más bien una muerte segura, un paso en falso y todo terminaría. Él ya había tenido suficientes experiencias al filo de un abismo.
- ¿A qué estáis esperando? – Repitió de nuevo, furiosa.
Las sospechas de Fíli volvieron a acrecentarse. Decidió intentar una cosa.
- Madre, tengo que confesarte algo. Las muñequeras de cuero que me regalaste en mi último cumpleaños, las que hiciste tu misma… se rompieron durante la aventura.
Dís le miró extrañada.
- ¿Y a qué viene esto ahora? Confeccionaré otras cuando volvamos a casa.
En ese momento Kíli desenvainó su espada y apuntó hacia la mujer. Fíli le imitó.
- ¿Qué creéis que estáis haciendo? ¿Osáis levantar la espada contra vuestra propia madre?
- ¡Tú no eres nuestra madre! – Gritó Kíli – Nuestra madre me regaló aquellas muñequeras a mí, no a Fíli.
Aquella mujer dejó escapar una risa siniestra y su rostro se distorsionó dejando paso a una sombría figura, una figura sin rostro. Un torbellino salió disparado alrededor de su cuerpo, haciendo que todos perdieran el equilibrio. Fíli cayó a unos metros, golpeándose contra las rocas. Kíli y Bilbo tuvieron peor suerte, pues cayeron hacia el acantilado, logrando sujetarse en el borde justo a tiempo.
El Nigromante se encontraba ante ellos.
Rió maliciosamente. Se acercó hacia ellos y pisoteó la mano del joven enano, su único apoyo para no caer. Kíli gritó de dolor, sonido que alertó a su hermano.
- Vais a morir traicionados por vuestros propios recuerdos. – Bramó con su voz distorsionada.
- ¡No acabarás con nosotros tan fácilmente!
Fíli cargó con la espada hacia él, pero aquella arma traspasó su sombrío cuerpo sin causarle ningún daño. El enano siguió dando estocadas inútiles mientras aquel ser se burlaba de ellos.
El Nigromante apartó su pie de la mano de Kíli y dio un par de pasos hacia su hermano para divertirse con él. Agarró al enano del cuello con sus huesudas manos y le gritó con una voz de pesadilla. Fíli cerró uno de sus ojos mientras intentaba liberarse en vano de aquella mano que le cortaba la respiración. Bilbo y Kíli gritaron, intentando volver a subir, pero su esfuerzo sólo les empujaba más hacia el abismo.
En ese momento una luz cegadora envolvió el ambiente. El Nigromante soltó a Fíli para protegerse de aquella aura que le debilitaba. De pronto el lugar comenzó a desaparecer, devorado por aquella luz. Kíli y Bilbo sintieron que caían, pero ningún doloroso impacto les recibió. Cuando volvieron a abrir los ojos se encontraban en la superficie de la fortaleza, protegidos por una luminosa figura que no parecía de este mundo. Los tres se encontraban a salvo.
- Rivendell… ¡Lo sabías! ¿Por qué no me lo dijiste? – dijo Iriel enfadada con las mejillas ardiendo. Sentía una mezcla de rabia y humillación. ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Cuándo se había dado cuenta de que ambas personas eran la misma? ¿No le había dicho a Dwalin que sólo había sido un sueño? ¿Cómo había sido capaz de actuar con naturalidad a su lado después de aquello? ¿De verdad no le había dado ninguna importancia a aquella noche que irrumpía sin permiso en sus sueños una y otra vez?
- Tú tampoco mencionaste nada. – Reprochó Thorin con una voz profunda devolviéndole la acusación. Iriel resopló. Él tenía razón en eso y odiaba tener que dársela.
- Creía que no lo recordabas. Le dijiste a Dwalin que sólo habías tenido un mal sueño.
Thorin se giró hacia ella en aquella ocasión.
- ¿También has estado espiando mis conversaciones? ¿No te bastó con seducirme con tu engañosa apariencia?
- ¿Seducirte? ¿Yo? – Ahora Iriel ardía de rabia, resopló llena de indignación - ¿Por qué iba yo a querer tal cosa? – Sus ojos le miraban desafiantes, intentando quemar con la mirada aquellos ojos azules que contenían la inmensidad del océano, la infinidad del firmamento.
- Incoherentes, manipuladoras… – Bufó - Mujeres, ¿quién os entiende? – Concluyó escupiendo la frase como justificación y volvió a darle la espalda.
Iriel ardía por dentro. Ese obstinado enano pretendía escabullir su responsabilidad fingiendo que había sido manipulado por ella. Nadie en la Tierra Media era capaz de manipular a aquel enano de voluntad férrea, y menos ella.
Thorin sabía que estaba actuando como un cobarde, pero era más fácil hacer ver que había caído bajo su tentador embrujo que reconocer que ni siquiera sabía lo que estaba haciendo. Por eso volvió a darle la espalda, para no desviar la mirada hacia aquellos labios que, en el fondo, deseaba probar de nuevo. ¿Qué le provocaba tal impulso? ¿Un simple capricho? ¿La necesidad de una distracción que le evadiera de sus dolorosas preocupaciones? ¿O había algo más? Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando enterrar así los ígneos deseos que todavía ardían bajo su cuerpo. El roce de sus labios todavía impregnaba los suyos, incitándole a satisfacer los deseos de su cuerpo y, tal vez, las carencias de su corazón. Pero no debía hacerlo, pues satisfacer sus deseos suponía distraerse de la importante misión que comandaba, y abrir su corazón conllevaba el riesgo de volver a ser lastimado. De una manera u otra, cualquier acercamiento, personal o carnal, traería consecuencias. Tampoco podía arriesgarse a perder a uno de los guerreros más diestros de su compañía por un capricho pasajero. No cuando había tanto en juego. Ya le había permitido a esa mujer, a la que apenas conocía, acercarse demasiado, tenía que impedir que esa relación continuara por el rumbo que estaba tomando.
Mientras el silencio protagonizaba la escena, Iriel no podía dejar de observar a aquel enano que preservaba su actitud inalterable, sin responder ante los actos que le habían ofrecido uno de los momentos más intensos de su vida. Iriel pasó uno de sus dedos por sus temblorosos labios, acariciando la estela que el enano había dejado sobre ellos, su calidez, su pasión, su fuerza.
Entonces sus manos descendieron por su cuello y se toparon con las gruesas pieles del abrigo de Thorin. Había olvidado que el enano la había arropado con él. Las palabras de ese testarudo ser se empeñaban en negar que se preocupaba por su bienestar, pero sus acciones decían justo lo contrario. De pronto volvió a sentir la necesidad de escupir un torrente de palabras ante él. De nuevo volvió a sentir las frases atropellándose en su garganta, luchando entre ellas para emerger. Y de nuevo fue incapaz de detenerlas.
- Maldito enano, ¡deja de mirar para otro lado! Eres tan culpable como yo. No finjas que no has contribuido a esta extraña situación.
Thorin no se movió. La ira de Iriel se tornó en súplica. Su voz se suavizó.
- Deja de huir bajo tu apariencia fría y carente de emociones. ¿Por qué te resulta tan difícil ser sincero? Por favor, sólo quiero una explicación, concédeme al menos eso.
Thorin guardó silencio unos instantes. Profundizó en su interior, pero fue en vano, seguía sin encontrar nada más que pensamientos confusos. Cansado de ignorar aquella incómoda situación mientras su compañera se empeñaba en obligarle a dar la cara, contestó con una voz melancólica.
- ¿Acaso puedes darme una tú? – No se giró hacia ella, pero ladeó la cabeza para mirarla de reojo, mientras sus cabellos caían sobre sus hombros, mientras una de sus trenzas acariciaba su rostro.
Estaba volviendo a hacerlo de nuevo. De nuevo evadía las respuestas y la obligaba a ella a tomar las riendas de las circunstancias. Iriel ya estaba harta de que el enano se mantuviera al margen de aquella historia que se movía entre arenas movedizas. Puede que ella hubiera iniciado el acercamiento, puede que durante bastante tiempo, ella fuera la única que observara su rostro en silencio, imaginando cómo sería abrazarlo y acariciar sus cabellos bajo la luna, pero ahora no. Estaba segura de que no era sólo su imaginación. Los últimos acontecimientos revelaban que el enano empezaba a sentir algo por ella, algo que no quería admitir y no iba a dejar escapar esta oportunidad para arrancárselo de los labios, pues después de esto, el enano no dejaría que se le presentara otra parecida. Era el momento de arriesgarlo todo. Agarró las pieles del abrigo y lo arrojó con rabia hacia él, devolviéndole su regalo, aquel acto de cariño que ella no le había pedido. Thorin bajó la mirada hacia su prenda tirada a sus pies.
Iriel apretó los dientes y los puños, furiosa de que aquel estúpido enano siguiera sin reaccionar de ninguna forma. Bajó la cabeza y su flequillo se encargó de ocultar sus ojos, que habían comenzado a humedecerse. No pudo evitar gritarle la verdadera respuesta con una voz desgarradora. Más adelante se arrepentiría de sus palabras.
- ¿De verdad me lo preguntas? ¿De verdad pretendes fingir que no lo sabes y así obligarme a decirlo en voz alta? – Hizo una pausa porque la rabia estaba apretando su garganta, quebrándole la voz, sintió una lágrima caliente abriéndose paso, pero esta vez no se molestó en intentar detener su ardiente salida - ¿Por qué crees que te estoy acompañando hacia una muerte segura, Thorin Escudo de Roble? ¡Pues porque estoy estúpida e irremediablemente enamorada de ti!
Sólo fue consciente de su atrevimiento al terminar de pronunciar la última palabra. En ese momento un escalofrío helado le recorrió la espalda, haciendo temblar su corazón, llevándose consigo todo el calor que había sentido hasta entonces.
Silencio.
Sólo su respiración jadeante por el esfuerzo de haber gritado al enano con todas sus fuerzas. Iriel no se atrevía a moverse, no se atrevía a decir nada más. Quería volver minutos atrás en el tiempo para cortarse a sí misma su delatora lengua y así evitar esta desastrosa situación. La situación la había sobrepasado, su juicio no había sido capaz de detenerla a tiempo. Quería desaparecer, ser envuelta por la niebla y la oscuridad, volver a su cascada, a su acogedora guarida donde sólo la recibirían el canto de los pájaros y los cascos de su fiel montura plateada. Sin embargo estaba en aquellas ruinas, sin poder desviar su anhelante mirada de él, esperando su reacción.
No hubo tiempo para nada más. Una potente y cegadora luz los envolvió a los dos. Thorin corrió hacia ella para protegerla de este nuevo fenómeno que no sabía si era amigo o enemigo. Un remolino cálido desterró las tinieblas y aquellas crudas y solitarias paredes que los habían atrapado. La siguiente vez que abrieron los ojos se encontraban en la superficie de la fortaleza en ruinas. Una elfa de cabellos dorados y un vestido tan blanco y brillante como el alba parecía ser el origen de aquella luz. Pero no estaba sola. A su lado se erguía una figura conocida. El Señor Elrond también se encontraba allí, junto a Bilbo y los jóvenes enanos.
La elfa los miró con ternura mientras la luz se condensaba en su mano y se apagaba despacio.
- Ya estáis a salvo.
Su voz resonaba pura, como el agua. Thorin soltó a la muchacha y fue a ver si sus sobrinos estaban bien. Iriel estaba demasiado impactada por los acontecimientos como para moverse. Las pesadillas, el beso, su confesión, su repentino rescate. Había sido demasiado.
Galadriel alzó la mano que portaba a Nenya y una luz azulada emergió de ella, envolviendo a sus compañeros con un aura de protección. A su lado se encontraban también Gandalf y otro extraño anciano de aspecto ermitaño. Se trataba de Radagast el Pardo. Los magos sostenían con firmeza sus bastones apuntando hacia un rincón. Elrond se adelantó hacia aquel lugar, y entonces lo vieron.
Una decrépita sombra se acurrucaba en un rincón, intentando protegerse de la cegadora luz que lo dañaba, emitiendo sonidos guturales que desgarraban los oídos de los presentes, pero ninguno de los que le hacía frente mostró señal alguna de debilidad.
- Nigromante, abandona tus oscuras artes y desaparece de esta tierra de paz y prosperidad o encerraremos tu alma en un tormento eterno. – Desafió Elrond a aquella oscura presencia.
Aquella sombra empezó a reír patéticamente. Una mezcla entre un rugido de las profundidades y una voz tenebrosa surgió de ella.
- Jamás. – Siseó el Nigromante. Elevó sus brazos al cielo y de entre los restos de las estatuas de piedra, se levantó una figura espectral con forma de rey.
Gandalf agarró a Iriel y la arrastró detrás de ellos, hacia donde estaban Bilbo y los herederos de Durin. Gandalf y Radagast juntaron sus bastones en forma de cruz, creando una barrera para protegerlos. Elrond elevó su espalda élfica hacia aquella criatura del más allá.
- Gandalf, Radagast, teníais razón. – Dijo parando sus estocadas. – Esa hoja de Morgul era propiedad del Rey Brujo de Angmar.
El elfo luchó con coraje contra su rival fantasmal. Las hojas entrechocaban con furia, formando un sonido metálico y constante. Galadriel seguía alumbrando el lugar con su poderosa y cegadora luz, desterrando las tinieblas y debilitando así a aquel desconocido ser. Los magos retrocedieron, intentando guiar fuera de allí a los cinco compañeros que se habían visto envueltos en aquella batalla mágica. Gandalf y Radagast los protegían con una barrera poderosa formada por sus bastones que reflejaba cualquier mal que el Nigromante intentaba lanzar. Pronto les acercaron a las escaleras de aquella fortaleza por la que habían entrado. Al otro lado les esperaban el resto de los enanos que gritaban de alegría al ver que todos se encontraban a salvo.
De pronto el viento cambió de dirección. Unas poderosas alas lo batían desde el Oeste. Una bandada de águilas apareció en el cielo, los mismos magníficos animales que los habían salvado con anterioridad. Gandalf reconoció al Señor de las Águilas entre ellas.
- Bendita sea vuestra presencia. Yo he cumplido mi palabra, ahora espero que lleves a estos pobres y asustados enanos hasta el lugar que acordamos.
El Señor de las Águilas se inclinó hacia él.
- Así será.
Una a una, las águilas cargaron a los enanos sobre sus lomos y los sacaron de allí mientras los elfos continuaban su pelea. Thorin miró hacia el mago que le despidió con la mirada.
- Aquí se separan nuestros caminos. Te deseo mucha suerte en tu empresa, Thorin, hijo de Thráin, hijo de Thrór. Estoy seguro de que Érebor aguarda tu regreso.
El rey enano asintió con la cabeza, mientras su águila se elevaba hacia el cielo dejando atrás aquella niebla espesa.
Bilbo e Iriel compartían la suya. La muchacha todavía no había conseguido salir de su aturdimiento, todo a su alrededor se movía demasiado deprisa.
De repente sintió una cálida voz en su cabeza, un dulce susurro que despejó sus confusos pensamientos.
"Sé paciente. Tarde o temprano se dará cuenta de lo que siente"
Le pareció que la elfa le sonreía bajo aquella lucha. Las lágrimas brotaron en las mejillas de Iriel y abrazó al hobbit con todas sus fuerzas, mientras se perdían entre las nubes.
