Actualizo antes que de costumbre ^^ . Estaba inspirada y me apetecía escribir. Aprovecho ahora porque dentro de unas semanas mi tiempo empezará a escasear bastante -_- aisss...
Daya20: Ya iba siendo hora de que alguno de los dos confesaba lo que sentía y esta vez le ha tocado a Iriel ^^. Me gustaría explotar más los personajes de los elfos en esta aventura, aunque no sé si la historia me permitirá que Galadriel y Elrond vuelvan a aparecer...
HainesHouse: Sí, Thorin ya ha huido bastante. Algo le dirá xD aunque a saber si es lo que ella quiere oír...
Muchas felicidades por lo de tu examen :D es genial ver que los esfuerzos obtienen su recompensa. Jeje y gracias por quedarte a leer el capítulo. Un besito
Lynia: Sí que es para pegarle sí XD yo me uno a la paliza jajaja, aunque espero que a lo largo de este capítulo le odies un poco menos :P
Ennana23: Muchísimas gracias por los cumplidos :D Me alegro de que te guste la historia. Esta vez no te he hecho esperar mucho para la continuación ;)
*~~~~* CAPÍTULO 19: UN VUELO INTERMINABLE *~~~~*
Iriel lloró durante largo tiempo, vertiendo sus lágrimas entre los cabellos rizados del mediano. Bilbo se dejó abrazar por su abatida compañera, imaginando qué terrible pesadilla habría encontrado en la fortaleza para haberla dejado en aquel estado. No se atrevía a preguntar por miedo a remover aún más su amargura, así que acarició con su mano los brazos de la chica que envolvían su cuerpo, recordándole que no estaba sola, que ya había pasado todo.
Fíli y Kíli disfrutaban del viento sobre la cara, dejando atrás el misterioso mal del que habían escapado, acariciando las nubes que surcaban el cielo a su paso, volando hasta el infinito, como nunca más podrían hacerlo. Los dos hermanos se habían acostumbrado a mirar siempre hacia adelante, dejando atrás las cicatrices, caminando hacia el mañana sin ataduras, pues el miedo y la desesperanza no eran buenos compañeros de viaje. Los sueños sólo eran dignos de los valientes que se atrevían a soñarlos y a luchar por ellos. El destino sólo era una forma de llamar a lo que les esperaba al final del camino si habían sido capaces de recorrerlo con honor. Era su tío quien les había enseñado todo eso.
Thorin se encontraba a lomos del Señor de las Águilas. Aquella espléndida criatura había pactado con Gandalf que los llevaría hasta las Montañas del Bosque Negro y allí ellos tendrían que apañárselas solos para salir. Thorin se aferraba a su plumaje intentando concentrarse en trazar un nuevo plan de viaje para alcanzar la Montaña Solitaria antes del día previsto, ahora que ya no contarían con la ayuda del mago. Pero ni la responsabilidad del liderazgo ni la velocidad del viento azotando su cuerpo eran capaces de sacarle aquel único pensamiento de su cabeza.
Iriel…
No esperaba aquella confesión por su parte. Era consciente de que la muchacha sentía cierta admiración hacia él, pero nunca imaginó que fuera de tal calibre. Aquello complicaba aún más el enredo de pensamientos y sentimientos que era incapaz de ordenar en su interior. Después de aquella confesión debía responderle algo. Cerró los ojos, se sujetó la frente y suspiró cansado. No tenía que haberle permitido al mago dejar entrar a más miembros en su Compañía. Sabía que llevar a una mujer con ellos no era una buena idea y ahora sus temores se confirmaban. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para enmendar el error. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para no dañar aquel corazón que se había abierto por completo ante él. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para que aquellos ojos claros no derramaran más amargas lágrimas sin sentido. Ahora la responsabilidad de recuperar un reino olvidado no parecía nada en comparación con arreglar aquel daño. Volvió a abrir los ojos para observar la inmensidad del cielo pasar ante él como una efímera mancha azul. ¿Qué le estaba pasando? Él no era así. Él siempre había podido con todo. Él siempre había antepuesto el futuro de su pueblo ante cualquier deseo personal. ¿Cómo podía haber cambiado tanto en sólo unas semanas? ¿Cómo una sola mujer había sido capaz de derribar los cimientos de una personalidad que había tardado tantos años en construir? ¿Por qué aquellos ojos tenían tanto poder sobre sus debilidades cuando ni la muerte, ni la sangre derramada en las batallas, ni el odio de sus enemigos habían sido capaces de hacerlo?
Las águilas continuaron su vuelo hacia los rosados y violetas tonos del amanecer.
En la antigua fortaleza de Dol Guldur, los guardianes seguían luchando contra aquella misteriosa amenaza. El fantasma del Rey Brujo no cedía en sus ataques, pero Elrond había sido adiestrado en la batalla por los mejores maestros y devolvía todos y cada uno de sus ataques con su espada élfica. El filo de Hadhafang, conocida en la lengua común como "hoja de multitudes", no retrocedía, más bien al contrario, parecía hacerse más fuerte a cada estocada recibida.
Por otro lado, la batalla tampoco parecía hacer mella en Galadriel, que invocaba la luz de las estrellas más brillantes de sus ancestros. Aquella aura de protección mantenía su fulgor, consumiendo las sombras que poblaban aquel lugar.
Todos los siervos que servían al Señor Oscuro, salieron para defenderle. Murciélagos, arañas y otras criaturas repulsivas atacaron con sus viles artes. Los magos se encargaron de contener la amenaza, lanzando hechizos de fuego, pidiendo ayuda a la tierra y a los árboles que les defendían con sus retorcidas raíces y sus quebradizas ramas, clavando sus bastones en aquellos monstruosos cuerpos, decapitándolos y desmembrándolos.
Parecía que la victoria de los cuatro sabios era inminente. El Concilio Blanco había acudido con todos sus miembros a defender a la tierra una vez más.
¿Todos?
- ¿Llegó tarde?
La voz de otro anciano emergió entre los árboles. Sus afiladas uñas se aferraban a su bastón de ébano. Su túnica blanca destacaba en el lugar, haciendo contraste con las tinieblas. Saruman el Blanco había llegado para unirse al combate.
Se adelantó hacia ellos a grandes zancadas. Las arañas parecieron retroceder ante su presencia, momento que aprovechó para pulverizar sus ojos con un movimiento cortante del orbe nacarado de su bastón.
El Rey Brujo de Angmar pareció mirarle a través de las cuencas vacías de sus ojos. Lanzó una última estocada a Elrond, que la detuvo a pocos centímetros de su cuello, profirió un alarido espectral y se elevó desvaneciéndose. Aquel cobarde espectro caído una vez fue un hombre, uno que traicionó a los suyos corrompido por uno de los Nueve Anillos de Poder que Sauron entregó a la raza de los hombres durante la Segunda Edad. Ahora tan sólo era la sombra consumida de lo que fue, los despojos del esplendor que un día tuvo, ahora sólo era una forma cobarde e intangible que obedecía al mejor postor, intentando evadir a la muerte para no rendir cuentas de sus pecados.
La sombra del Nigromante se acurrucaba en un rincón, derrotada, consumida por la luz. Gritaba para ahuyentar aquel brillo, pero la Dama de Lórien no iba a dejarle escapar. Saruman se acercó lentamente hacia ella, el resto le observaba sin mediar palabra.
- Tu poder ha sido de gran ayuda – dijo inclinando la cabeza hacia la elfa – ahora deja que yo me encargue de lo que queda de este impostor.
Galadriel le miró desconfiada, pero obedeció. Él era el maestro de la Orden, no podía contradecirle. Saruman se aproximó hacia aquella sombra apuntándole directamente con su bastón, que relampagueaba ansioso por desatar su poderío.
- Confiesa ahora mismo impostor, ¿ante quién respondes?
- Yo no respondo ante nadie – dijo la sombra con una malévola voz. - ¡El mundo responderá ante mí!
Aunó las pocas fuerzas que le quedaban para abalanzarse hacia el mago. Saruman soltó una descarga de relámpagos hacia él, pero falló. La figura se elevó por encima de ellos y desapareció entre las nubes. Saruman elevó su bastón y volvió a descargar otro ataque hacia allí, pero no ocurrió nada. El Nigromante había escapado.
El resto le miró con ojos acusadores, había dejado escapar al ser que tanto les había costado derrotar, sin haberle interrogado sobre su procedencia o sus intenciones. Saruman carraspeó.
- Sólo eran los vestigios de algún alma consumida por las malas artes. Un necio que creyó ser capaz de engañar a la muerte y manipularla a su antojo. Pero ahora, gracias al Concilio Blanco, a todos nosotros – sonrió con orgullo – volverá al averno de donde ha salido. Con las insignificantes fuerzas que le han quedado tras la derrota, no tardará en desvanecerse por completo.
- Maestro, – dijo Gandalf inclinando la cabeza ante él, intentando contener la rabia y la frustración de haber perdido la mejor oportunidad de averiguar quién se escondía bajo aquel título - ¿cómo podemos estar seguro de que la amenaza ha perecido? Ha escapado ante nuestros ojos.
- Tonterías, mis rayos lo han pulverizado. Es imposible que recupere su fuerza tras haber soportado todos nuestros ataques. Ya no hay ninguna amenaza.
- Confiemos en que nuestro trabajo aquí no haya sido en vano. – Anunció Elrond guardando la espada en su vaina.
Radagast contempló las raíces putrefactas de los árboles. Lloró por dentro al ver el mal irreparable que aquella presencia había hecho en el bosque. La naturaleza no se recuperaría de aquella oscura corrupción en los años venideros.
- Deberíamos volver a nuestros asuntos. – Ordenó Saruman alejándose de allí a grandes pasos con su bastón – Nos reuniremos para hablar de lo ocurrido en el plazo de dos semanas, intentaremos sacar conclusiones de este extraño encuentro.
Algo inquietaba a la Dama de Lórien. A pesar de que la sombra se había ido, todavía sentía un aura tenebrosa inundando el ambiente, lamentándose con pesar, torturada por la oscuridad. Aquel desconocido hechicero había dejado una cicatriz de maldad sobre la tierra que sería difícil de sanar.
- De ahora en adelante mi gente custodiará este lugar. – Anunció llevándose una mano al pecho y agarrándolo con fuerza para despejar aquella sensación - Mantendremos vigilada esta fortaleza.
Saruman maldijo en su interior, pero su anciano rostro no mostró ninguna alteración.
- Que así sea.
Saruman se perdió entre la espesura del bosque, alejándose de allí lo más rápido que pudo.
Sólo él conocía la verdadera identidad de aquella sombra. Sauron, el Señor Oscuro, estaba resurgiendo lentamente de entre sus derrotados restos, pero todavía no había recuperado ni una mísera parte de su poder. Se había ocultado bajo el título de "Nigromante" con la esperanza de recuperarse poco a poco, al margen de sus enemigos, extendiendo con cuidado su imperio de miedo y agonía sobre el mundo. Sin embargo aquellos estúpidos magos nunca descansaban en su vigilia y habían averiguado que algo no andaba bien en el bosque.
Por fortuna, Saruman había llegado justo a tiempo. Unos minutos más y aquellos guardianes habrían descubierto la identidad del Señor Oscuro y lo habrían aniquilado por completo, pues aún era demasiado débil. Ahora, gracias a él, la sombra de Sauron se arrastraba hacia Mordor para encontrar refugio entre aquellas atroces tierras renegadas del mundo.
Saruman se relamió sus decrépitos labios. Ahora el Señor Oscuro le debía un favor.
Las águilas seguían volando sin detenerse. Llevaban horas sobrevolando el Bosque Negro, mezclándose con las nubes, sin presentar muestras de fatiga. Batían sus poderosas alas hacia el horizonte, empujadas por las ráfagas de los vientos del Sur. Sin embargo sus pasajeros comenzaban a sentir hambre. Pronto el amargo pesar de su corazón empezó a fundirse con su voraz apetito. Iriel había dejado de llorar hacía rato, pero la tristeza no la había abandonado. Le parecía ver el rostro del enano en cada nube, cosa que no ayudaba mucho a mejorar su estado de ánimo. Se lamentaba por haber sido tan estúpida de confesar lo que sentía, por haber creído que tenía una oportunidad con aquella persona que renegaba de todos y cada uno de sus sentimientos, por haber creído que ella podía ser diferente para ese impenetrable corazón. Ahora sólo le quedaba cargar con las consecuencias de su atrevimiento. Tendría suerte si el rey enano no volvía a expulsarla de su Compañía.
- ¿Cuánto rato llevamos volando? ¿Cuánto más piensan seguir sin descanso? Sólo veo árboles y más árboles, a pesar de que avanzamos deprisa, parece que sigamos perdidos en el mismo sitio.
Bilbo observaba el punteado verde y negruzco que se extendía bajo ellos.
- No lo sé. Pero como sigamos mucho más voy a desmayarme de hambre. Aquella fortaleza tenebrosa ha consumido todas mis fuerzas. – Dijo Iriel haciendo esfuerzos por mantenerse erguida.
- Pídeles que paremos un rato, yo también estoy exhausto.
- ¿Yo? ¿Y cómo van a hacerme caso?
Bilbo se giró hacia ella y le hizo un gesto señalando los nudillos de su mano. Iriel miró la suya.
- Ah… el anillo… lo había olvidado.
Iriel suspiró para concentrarse en sus pensamientos como había hecho cuando habló con los talbuks. No estaba muy segura de cómo debía dirigirse al ave que la transportaba. Intentó hablarle con el mayor respeto del que fue capaz para hacerle esta petición. Tras oír sus palabras, el animal elevó sus alas para aproximarse hacia el Señor de las Águilas. Ambos tuvieron que sujetarse fuertemente a su plumaje para no caer ante este repentino impulso. El ave alcanzó a su superior y empezó a volar a su lado, comunicándole la petición con sus graznidos a través del aire. Iriel evitó que su mirada se dirigiera hacia el rey enano, que se encontraba a unos metros, a lomos de la poderosa águila a la que estaban consultando.
Esta vez fue el mismo Señor de las Águilas quien respondió a Iriel.
"Si nos detenemos aquí ya no continuaremos la marcha. No nos adentraremos bajo estas ramas. Si queréis descansar, tendréis que continuar con vuestro propio pie hasta las montañas"
Genial. Eso era precisamente lo que necesitaban. Tendrían que aguantar sin dar sustento a su cuerpo o de lo contrario tendrían que atravesar ellos mismos aquel embrujado bosque del que tantas advertencias les había ofrecido Beorn.
- Me parece que no llevan intención de detenerse. Dicen que si nos dejan aquí tendremos que seguir nosotros a pie. – Anunció la chica al mediano.
- ¿Y cuánto más pretenden avanzar?
Iriel no se atrevía a preguntar por miedo a conocer la fatal respuesta, pero finalmente lo hizo. Escuchar la contestación le hizo reír de desesperanza.
- Hasta el próximo amanecer.
- ¿Qué? – Preguntó el mediano con la cara de desencajada. – Pero si acabamos de dejar atrás el alba, ¿pretenden continuar otro día más a este ritmo?
- Si hay un día de camino volando, imagínate la distancia que tendríamos que recorrer a pie.
El ave se inclinó hacia un lado para volver a su posición previa, pero entonces Bilbo aprovechó para gritarle a Thorin con toda la potencia que le permitieron sus pulmones. La llamada hizo cambiar las intenciones del águila, que volvió a rectificarse al lado del Señor de las Águilas para permitir la conversación. Thorin e Iriel se sobresaltaron al oír el grito de Bilbo.
- ¡Thorin! Las águilas pretenden continuar sin detenerse hasta el amanecer. ¿No podemos descansar?
Thorin se cruzó de brazos y respondió sin mirarle.
- Llevamos mucho retraso.
- ¿Pero cómo vamos a aguantar todo el día aquí? Sin dormir, sin comer….
- Tendremos que hacerlo. – Le cortó con una voz autoritaria.
Iriel resopló, sabía que era inútil intentar convencer al enano de lo contrario.
- Si nos detenemos tendremos que avanzar a pie todo este tramo. Todos tendremos que resistir sin comida. – Gritó ella mientras el viento se llevaba el sonido de su voz. Dejó escapar una sonrisa de picardía – Aunque no sé qué opinara de esto el resto de enanos, especialmente Bombur.
- El resto tienen la comida a su alcance.
- ¿Qué? – Preguntó el hobbit indignado. Thorin le miró para responderle.
- Todos cargaban con las mochilas con nuestras provisiones. Nosotros cinco, que estuvimos atrapados en las ruinas, somos los únicos que no llevamos nada.
Iriel se sujetó la frente, entornando los ojos y resoplando de fastidio.
"Perfecto" pensó.
El hobbit agachó la cabeza abatido, pero un segundo después la levantó con un renovado brillo en los ojos, una idea se había encendido en su interior.
- Cinco, ¿eh?- Empezó a rebuscar en la pequeña mochila que llevaba a la espalda, la que ya había olvidado que tenía. Estaba seguro de que había guardado exactamente cinco.- ¡Aquí están!
Levantó el brazo victorioso con una manzana en la mano. Iriel abrazó al mediano y celebró su descubrimiento como si hubieran conseguido el mismísimo tesoro de Erebor. Bilbo le ofreció una manzana a Iriel. La chica observó la fruta unos segundos y después miró hacia adelante, intentando desentrañar la dirección del viento.
Miró a Thorin de reojo y en ese momento lanzó la manzana hacia adelante con todas sus fuerzas.
- ¡Cógela!
La manzana se desvió un poco hacia la derecha, hacia donde volaba el Señor de las Águilas. La velocidad con la que avanzaban curvó la trayectoria y empujó la fruta hacia atrás describiendo media circunferencia. Thorin alzó el brazo y la manzana se incrustó con precisión en su mano.
- ¡Aprovéchala bien! Es nuestro banquete para todo el día. – Dijo sonriendo por haber conseguido que el lanzamiento llegara a su meta. Sin darle tiempo a responder, el águila se elevó obedeciendo la orden silenciosa de la chica y dejó atrás al Señor de las Águilas y a Thorin, provocando una estela de plumas en el aire.
- ¿A dónde vamos? – preguntó Bilbo aferrándose con fuerza al plumaje del ave y entrecerrando los ojos a causa de la velocidad.
- ¡Servicio de comida a domicilio! – Respondió Iriel envuelta en carcajadas. – Vamos a rescatar a los famélicos estómagos de Kíli y Fíli.
Cuando llegaron a su posición, Bilbo le tendió un par de manzanas. Iriel repitió la maniobra con precisión y los dos hermanos agarraron su ración. Inclinaron la cabeza hacia ellos en señal de agradecimiento. Iriel se permitió dar un bocado al sabroso aperitivo, sólo uno, tendría que racionar el resto para todo el día. Todavía no sabía cómo iba a aguantar un día entero, pero tendría que hacerlo para demostrarle a ese inflexible enano de lo que era capaz.
Thorin observaba la manzana pensativo. Había visto a la chica sonriéndole, pero no le había pasado desapercibido un pequeño detalle. Tenía los ojos enrojecidos.
A pesar de que intentara aparentar fortaleza, el interior de la chica era ahora mismo un colapso de emociones y dudas. Y todo era culpa suya. Si no la hubiese besado no le habría creado falsas esperanzas. Aunque él tampoco estaba seguro de que realmente fueran falsas. En realidad cada vez estaba más convencido de que fuera lo que fuera lo que sentía por esa chica, no era un simple capricho, sino que era tan real como las llamas del dragón que aguardaba a las puertas de su montaña. Si aquella luz cegadora no los hubiera sacado de aquel infausto lugar, quién sabe lo que habría pasado. Ahora no estaba muy seguro de haber sido capaz de contener su cuerpo después de escuchar aquella honrada confesión. Él era sólo un hombre, aunque a menudo se empeñara en olvidarlo. Necesitaba unos brazos que lo arroparan como cualquier otro, que le dieran fuerzas para enfrentarse a su destino.
Sin embargo, aquel no era el momento para entregarse a tales sentimientos. No todavía, no antes de que hubiera cumplido con su cometido, no antes de tener éxito en la misión que llevaba preparando toda la vida. Había esperado demasiado tiempo para regresar allí, había demasiado en juego. Su miserable vida no era nada en comparación con el deber que tenía con su pueblo. Dio un mordisco a la manzana y supo exactamente lo que le diría a Iriel cuando tomaran tierra.
Las águilas continuaron su camino mientras el sol recorría su trayectoria por el cielo como cada día. Los enanos pronto se encontraron hambrientos, abrieron sus mochilas a lomos de las monturas y se alimentaron con las provisiones que tan generosamente les había ofrecido Beorn. Los que se encontraban por parejas sobre los animales, como Fíli y Kíli, decidieron hacer turnos para dormir; los que se encontraban solos, tuvieron que aguantar el sueño como pudieron, pues no querían caer a miles de pies de altura.
Iriel permitió dormir un poco al mediano, aunque su cuerpo también estaba deseando hacerlo. Las horas pasaron y pronto aquel viento que les acompañaba empezó a tornarse frío y a ser un azote continuo para sus cansados cuerpos. Decidió tumbarse a lomos de la montura, intentando así que su superficie contactara lo menos posible con aquel viento que la cortaba con su gélido contacto, pero aun así sentía su humedad y frialdad. Había racionado la manzana a lo largo del día, pero no había sido suficiente para su anémico estómago. Su vista empezaba a nublarse, sus fuerzas la abandonaban, su lánguido cuerpo estaba llegando a su límite. La falta de comida no podía ser la única causa, no era la primera vez en su vida que pasaba hambre. Algo más la había dejado sin fuerzas. Estaba segura de que había sido a causa de aquel remolino de desesperación en que se había sumido al ver los espectros de sus padres, de la intensa lucha contra sus pesadillas. Sintió que se sumía en el profundo mundo de los sueños y a punto estuvo de caer al vacío de no ser por Bilbo, que se despertó justo a tiempo.
- Iriel, tenemos que detenernos, ya hemos aguantado demasiado.
Empezó a toser, sintiendo los músculos entumecidos por el frío. Cómo hubiera agradecido ahora estar bajo el grueso abrigo de Thorin.
- No, sólo un poco más, ya queda menos.
- El sol apenas está empezando a ocultarse en el horizonte, cuando haya desaparecido el frío será aún más intenso. No aguantaremos toda la noche.
Iriel sabía que tenía razón, pero no quería rendirse.
- Dile al Señor de las Águilas que continuaremos a pie – le susurró el hobbit con dulzura.
- No.
- ¡Maldita sea Iriel! ¿Tanto tiempo viajando con enanos ha hecho que se te pegue su testarudez? – Iriel no contestó, pero sonrió para sus adentros al pensar en aquel atributo propio de una raza que no poseía – Entonces déjame hablar con Thorin.
Al oír aquel nombre, los ojos de Iriel se despejaron. Se irguió para mirar al mediano.
- ¿Para qué? ¿Qué quieres decirle? – Preguntó asustada.
- Que sea sensato por una vez y nos permita descansar. Ninguno podemos aguantar este ritmo, ni siquiera él.
A Iriel no le convencía la idea.
- Echemos un vistazo al resto de los enanos para ver en qué estado se encuentran.
Iriel obedeció. El águila se adelantó y describió una suave línea pasando por todos y cada uno de sus compañeros. Todos los enanos se aferraban a las aves con gesto cansado, tenían el rostro pálido a causa del frío. Iriel no era la única que se encontraba mal. Permitió a Bilbo su deseo y un minuto más tarde estaban volando de nuevo junto al líder de las águilas y al de los enanos. Thorin les vio acercarse.
- ¿Qué queréis ahora? – Preguntó en cuanto estuvieron a su alcance. Thorin se mantenía igual que horas atrás. Su grueso abrigo le protegía del frío, pero sus ojos revelaban lo cansado que se sentía, unas profundas ojeras surcaban su rostro.
- No podemos más. Todos nos encontramos en pésimas condiciones. Si prolongamos más esto podría traer consecuencias en los próximos días.
Thorin meditó unos segundos. Forzar demasiado a sus compañeros ahora para adelantar el camino podía suponer retrasarlo los días posteriores si se encontraban desfallecidos.
- Está bien. Nos detenemos.
Iriel agradeció al cielo aquellas palabras. Trasladó la petición al Señor de las Águilas. Él se comunicó inmediatamente con el resto de sus compañeros y justo antes de descender anunció.
"De acuerdo, a partir de ahora continuaréis a pie. Tened cuidado con el brusco descenso"
- ¿Brusco? – Preguntó Iriel en voz alta. Nada más dar la orden, aquellas aves se inclinaron bruscamente ladeando sus cuerpos violentamente. Ninguno tuvo tiempo para agarrarse y resbalaron por su plumaje cayendo al vacío. Gritaron al sentir sus cuerpos cayendo a una velocidad vertiginosa, pero esto era precisamente lo que las águilas pretendían. Descendieron hasta coger con sus garras a cada uno de sus pasajeros. Continuaron el descenso aproximándose cada vez más a los árboles. Pronto quedaron atrás las nubes, y las frondosas y oscuras ramas de los árboles les recibieron. Las aves batieron sus alas hacia delante para frenar un poco su velocidad y cuando estuvieron al alcance de algunas ramas, decidieron soltar a sus pasajeros, a merced de los árboles y arbustos que los esperaban. Aquel aterrizaje fue terrible. Los enanos salieron disparados hacia los árboles, cayendo con todo su peso. Otros se golpearon con las ramas y quedaron enganchados en ellas. Los que tuvieron mejor suerte aterrizaron entre los arbustos y entre montañas de hojas caídas. Las aves se perdieron en la distancia, era real lo que les habían advertido de que no se adentrarían en el bosque y que sus garras sólo contactarían con el suelo de la montaña.
Los quince tardaron unos minutos en recomponerse y dejar atrás el dolor y el mareo. Bofur ayudó a su hermano Bombur que se había quedado atrapado entre varias ramas. Kíli y Fíli también habían aterrizado sobre los árboles. Dwalin había agarrado a su hermano en el aire, cayendo al suelo musgoso sobre su espalda. Iriel, Bilbo y Thorin había tenido mejor suerte, habían caído sobre unos esponjosos arbustos, aunque a pesar de esto la caída había sido igualmente dolorosa. Ori y Nori había caído sobre un montón de ramas secas. Óin había caído sobre su hermano, lanzando una maldición al cielo.
- ¡Malditos pajarracos! ¿Cómo se atreven a arrojarnos de esta manera como vulgares trastos?
Bifur lanzó un juramento parecido mientras intentaba desengancharse de una rama. A sus pies se encontraba Dori, que también había caído entre los arbustos.
- Ahora entiendo a qué se referían con lo de "brusco". – Dijo Iriel levantándose con esfuerzo sujetándose su maltrecha espalda.
Tras unos minutos para recolocarse en el suelo y recuperar el aliento ante aquella salvaje caída, Thorin comenzó a dar instrucciones para levantar el campamento. Beorn les había advertido que no debían comer ni beber nada de lo que encontraran en el interior del bosque y que debían tener cuidado en la noche para protegerse de las siniestras criaturas que por allí moraban. Después de todo el ruido que habían hecho a causa de la caída, no creía que pudieran atraer la atención de los enemigos mucho más, así que permitió encender un fuego para preparar la cena. Kíli y Fíli se ofrecieron a hacer la guardia, pues habían podido descansar a lomos de las águilas. Iriel agradeció el fuego para calentarse, sus músculos parecían menos entumecidos ahora, aunque tal vez se debía a que se habían despertado a causa del golpe. Bilbo se ofreció a ayudar a Bombur con la comida. Prepararon un estofado de setas y unos muslos de carne de jabalí. Con el estómago lleno todos se sentían mejor.
Balin se acercó hacia Thorin para consultarle acerca del camino a seguir. Ninguno estaba muy seguro de en qué parte del Bosque Negro se encontraban, pero teniendo en cuenta que el objetivo de las aves era llevarlos a las montañas, parecía razonable pensar que si seguían caminando en línea recta hacia el Norte, tarde o temprano se toparían con ellas.
- Iriel – la llamó Bofur – si se nos acerca algún animalillo salvaje, ¿tú podrás preguntarle dónde estamos?
- ¿Es que ahora me he convertido en la traductora del grupo? Dios… en qué momento se me ocurriría aceptar este obsequio…
Los enanos le habían acercado la mochila donde guardaba las mantas y una buena parte de los alimentos. Iriel les contestó mientras acomodaba su hueco para dormir. Thorin le hizo dejar esta tarea.
- Iriel, acompáñame un momento.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Los ojos de Thorin parecían anunciar una charla inminente. Intentó tranquilizarse a sí misma. Tal vez sólo quería pedirle lo mismo que Bofur, que utilizara el anillo para averiguar dónde se encontraban. No, no podía ser eso, eso podía ordenárselo delante de todo el grupo, no había motivo para llevarla a un lugar apartado para hablar.
Todos estos pensamientos se cruzaban por la mente de la chica mientras seguía torpemente los pasos del enano a causa del cansancio. Tras alejarse un buen trozo del resto del grupo, el enano se detuvo. Iriel esperó a que comenzara a hablar. Thorin inició la conversación con la voz profunda y autoritaria que poseía, aunque esta vez no pensaba reprocharle nada.
- Quería hablar contigo respecto a lo que dijiste acerca de "acompañarme hacia una muerte segura". – Cruzó los brazos sobre el pecho desplegando su vigorosa porte. - Sólo quiero que sepas que no estás obligada a hacerlo. Puedes marcharte cuando lo desees, tienes nuestra gratitud por habernos ayudado hasta aquí.
- Firmé un contrato. – Iriel le contestó con voz firme. Ya había sospechado que el enano intentaría librarse de ella, aunque no pensaba que lo hiciera tan sutilmente, dejando en manos de ella la decisión de quedarse o marcharse sin reproches. Habiendo llegado hasta allí, ya le daba igual lo que le pasara a su vida, sólo quería permanecer junto a él el tiempo que le permitiera, protegiéndole con su vida si hacía falta, pero eso no iba a confesárselo.
- Hiciste trizas aquel documento hace semanas.
- Mi palabra sigue vigente. – Thorin hizo ademán de replicarle, Iriel se adelantó antes de que el enano dijera nada más, quería acabar con aquella embarazosa situación cuanto antes, no quería tener que darle más explicaciones acerca de por qué quería quedarse– Aquello… no es el único motivo por el que sigo aquí. Le hice una promesa a Gandalf. Cumpliré mi palabra.
- Está bien. Sólo quería aclararlo. – Aunque no podía estar seguro de si lo que le había dicho era verdad o sólo una improvisada excusa, se obligó a creerlo. Se sintió aliviado por no ser la única razón que estaba arrastrando a la chica hacia aquel peligroso viaje, aunque en realidad se sintió más aliviado al escuchar que la chica iba a seguir a su lado hasta el final.
Iriel se dio la vuelta para volver al campamento pero la voz del enano la detuvo.
- Una última cosa…
Iriel se detuvo, sin atreverse a mirarle. Suplicó al cielo que no fuera lo que se estaba imaginando. No quería que aquel enano la obligara a enfrentarse a aquella conversación que nunca debió haber tenido lugar. Creía que él iba a ignorar su confesión, haciendo como si nada hubiese pasado en el interior de aquellas húmedas paredes, sin mostrar ninguna reacción, como había hecho entonces. Iriel lo hubiese preferido. Hacer borrón y cuenta nueva, como si aquellas palabras nunca hubieran existido.
A pesar de que Thorin tenía las palabras en su cabeza, su garganta era incapaz de emitirlas, pues un nudo se había posado en ella. Sintió que su corazón latía más deprisa, nervioso. Apretó los puños y tragó saliva.
- Respecto a lo que me dijiste en Dol Guldur… respecto a eso… yo… no…
Iriel no podía creer lo que estaba escuchando. El rey enano estaba titubeando por primera vez. Su corazón también comenzó a acelerarse, temblando de miedo ante lo que venía a continuación. Sabía que estaba a punto de rechazarla, sabía que el enano no la veía del mismo modo, que nunca la vería así. Sin embargo, no sabía si su cuerpo sería capaz de soportarlo cuando lo oyera de sus propios labios. Creerlo en su cabeza era una cosa y escucharlo de su boca una muy diferente. Tenía que detenerle antes de que hiciera añicos sus esperanzas. Estaba convencida de que el enano también le agradecería el evitarle aquel mal trago.
- Olvídalo. No tenía que haberte dicho nada… ya sé que tú no… que tú nunca…
Pero entonces la mano de Thorin agarró su muñeca para detenerla. Iriel se estremeció por el inesperado contacto y se giró hacia él. Cuando sus miradas se encontraron, él soltó su muñeca como si se avergonzara de su acto.
- ¡No! No es eso. En realidad lo que te quiero decir… es que ahora mismo no es el momento para esto. – Suspiró y se armó de valor para soltar todo el discurso – Estamos en medio de algo muy importante, nuestras vidas corren peligro a cada paso que damos hacia la Montaña Solitaria. Ahora mismo no podemos permitirnos ninguna distracción. Nuestros cinco sentidos tienen que estar alertas, concentrados en lo que está por venir, en los peligros a los que, sin duda, nos enfrentaremos. Por eso… ahora no es el momento. Pero…
El enano tragó saliva. A pesar de la tenue luz del anochecer, le pareció que las mejillas del enano se turbaban con un frágil tono carmesí. Iriel no podía creer que el enano se hubiera ruborizado a causa de ella, su corazón resonaba con fuerza en sus oídos, anhelando las palabras que estaba a punto de pronunciar, incapaz de creer que todo aquello estuviera sucediendo de verdad. Thorin levantó la cabeza y se atrevió a mirarla directamente a los ojos, con aquella mirada profunda que atravesaba su alma cada vez que se posaba sobre ella. Entonces terminó la frase otorgándole un indicio de esperanza a la joven.
- Cuando todo esto haya terminado, cuando estemos en Erebor, te prometo que retomaremos esta conversación… entonces te daré una respuesta.
