Aggg que mierdaaa U_U ya estoy empezando a tener menos tiempo libre y más cosas que hacer...
Dentro de una semana se acaban mis meses sabáticos... el hospital me espera :'( snif snif. Bueno en realidad tengo bastantes ganas de empezar mi vida de residente XD pero también tengo mucho miedo... juuu
Intentaré seguir sacando ratos para escribir por las noches :) aprovechemos que los primeros meses todavía no tengo guardias y estaré con la ilusión de empezar!
Bueno y después de contaros mi vida xD vamos a lo que nos interesa! :P
daya20: Yujuuu me alegro de conseguir mantener el nivel y que te siga gustando la historia :) tras ciertos capítulos me resulta difícil xD A mi también me gustaría que estuvieran juntos ya, pero como tú dices, así es mucho más emocionante :D
Sí, Saruman es un ... ¬¬ aunque he leído cosas no se muy bien cómo actúa con los demás cuando van a Dol Guldur a enfrentarse a Sauron, pero dado que él sí que sabe quién es, imagino que será algo parecido a esto.
yay1301 . yes: Mujer que no te tienes que disculpar :) agradezco mucho tus comentarios y tu opinion, y si solo puedes leer, me conformo igual :P Me alegro mucho de que te gustara ^^
Alva Loki: Si que es para morirse sii, pero en sus brazos! xDDD Yo creo que mi mente se hubiera colapsado en ese momento jajaja admiro a Iriel por ser capaz de aguantar xDDD :D Me alegro muxo de que te gustaran ambos capítulos ^^ me lo pasé muy bien escribiéndolos.
Nuan: Si que es cabezota si, pero esta vez ha dado un gran paso! :D Al final este viaje acabará transformándole más de lo que imagina.
ennana23: Ualaaa una vecina del sur! :D Yo estoy justo en la esquina opuesta xD en las tierras aragonesas ^^
¿Sabes qué? Cuando descubrí Fanfiction me pasó exactamente lo mismo que a ti. Llevaba muchísimos años sin escribir nada y lo echaba de menos, y encontré una historia que me gustó mucho y también me dio ese empujoncito para inspirarme. Espero que finalmente te animes :) me encantará leerlo.
Lynlia: Parece que en la Tierra Media, aunque no se nombran mucho, las mujeres que aparecen son realmente formidables. Jajajaja me alegro de que realmente le odies menos. Poco a poco dejará de ser tan testarudo y demostrara todo lo que esconde ;)
*~~~~~* CAPÍTULO 20: CAPTURADOS *~~~~~*
Iriel creyó que no sería capaz de dormir aquella noche, después de haber escuchado aquellas inesperadas palabras, pero su cuerpo sucumbió al cansancio y al tormento vivido bajo las ruinas. Iriel se sumergió en las profundidades de sus sueños, mientras su cuerpo intentaba recuperar las fuerzas que había consumido. Aquella noche Iriel viajó a las entrañas de la montaña, a los imponentes pasillos del reino de Érebor, tal y como los había contemplado gracias a los recuerdos de Thorin. Recorrió sus salones y sus interminables escaleras. Admiró sus labradas paredes, fruto del trabajo de tantos años, embellecidas con los cuidadosos símbolos ornamentales de los enanos, adornadas con piedras pulidas bajo el fuego de la fragua. Caminar bajo aquella impresionante cuidad construida por los enanos era un regalo para todos sus sentidos. Sus ojos se entretenían en devorar cada detalle, sus oídos se relajaban con el sonido de las pisadas bajo aquel suelo firme y hasta su piel se sentía limpia al ser acariciada por el frío de la montaña.
Sus pasos la conducían sin dilación hacia uno de los rincones más escondidos de Érebor. Pronto llegó hasta aquella habitación, hasta los aposentos del futuro Rey bajo la Montaña. La habitación era lujosa a la par que sencilla, una perfecta combinación de humildad y realeza. Thorin se encontraba mirando por la ventana, adornada por unas cortinas de terciopelo escarlata. Los aposentos de Thorin estaban situados en una de las laderas de la montaña, desde allí podía observar todo el valle que se extendía bajo sus pies. La tenue luz de la luna iluminaba su rostro, realzando toda la belleza que se escondía en sus rasgos. Vestía una túnica tan azul como sus ojos, adornada con los símbolos de su familia, hilada con hebras de plata que resplandecían todavía más bajo aquella luna. Entonces él se giró a mirarla y sus labios pronunciaron su nombre.
- Iriel.
Aquella deleitante voz se transformó en otra más familiar. Bilbo la despertó sacándola de aquel ensueño en el que se había perdido. La realidad estaba arrancándola cruelmente de aquel lugar feliz. Abrió los ojos con lentitud. No fue capaz de ver la luz del sol, sólo aquella espesa atmósfera a través de la densa vegetación que los envolvía. Era difícil saber qué hora era, pero a juzgar por las órdenes de Thorin y los preparativos para recoger el campamento, ya debía de ser la hora de partir. Lamentó haberse despertado de aquel bello lugar, pero enseguida recuperó la lucidez, y recordando la íntima conversación que había tenido con el enano la noche anterior, sus mejillas se ruborizaron súbitamente, así que se entregó a la tarea de recoger sus cosas para intentar distraer a su palpitante corazón.
Aquellas palabras la habían llenado de esperanzas, quizás más de las debidas, pero era una sensación tan agradablemente embaucadora, que no le importó que pudiera ser sólo una ilusión. Aquello era un motivo más para seguir adelante, para no dejarse vencer por los enemigos, para no dejarse llevar por el poderoso abrazo de la muerte. Ahora más que nunca, tenía una razón para sobrevivir a aquella demente aventura.
El campamento fue recogido con premura y todos comenzaron a caminar bajo aquel bosque maldito. Caminaron durante horas, sorteando las raíces que reptaban bajo sus pies y que se elevaban mostrando sus nudosas curvaturas. En algunos lugares la vegetación era tan densa que tuvieron que abrirse paso con sus hachas y sus espadas. Aquel bosque poseía árboles de toda índole, a cada cual más siniestro, de infaustas hojas negruzcas y troncos desgastados. De vez en cuando otros colores teñían aquel lúgubre paisaje. Arbustos llenos de espinas rojizas, setas violetas que se extendían por el suelo y trepaban por algunos troncos como si se trataran de una contagiosa enfermedad. Piedras ocultas bajo una extensa capa de musgo verde amarillento. Y ni un sólo sonido. Ni una sola criatura se escuchaba en la lejanía, ni una sola muestra de vida diferente a la vegetación. Aquello no era una buena señal, ser los únicos huéspedes de aquel bosque no auguraba nada bueno.
Continuaron caminando, apenas conversaban, aquella densa atmósfera les resultaba demasiado amenazadora y pretendían concentrar todas sus fuerzas en reaccionar ante cualquier cosa que surgiera delante de ellos. Y así fue avanzando el día, respirando aquel hedor salvaje, temiendo que las esporas de aquella flora desconocida pudieran asentar en sus pulmones extendiendo alguna peligrosa enfermedad que no pudieran combatir. Beorn les había advertido que no comieran ni bebieran nada que encontraran por allí y conforme se adentraban en la espesura estaban más convencidos de que no lo habrían hecho aunque desconocieran las advertencias.
Así pasaron varios días, cansados, desanimados, sin saber si avanzaban en la dirección correcta o se perdían cada vez más en aquel laberinto negro. La constante y escasa luz les agobiaba, habían empezado a perder la noción del tiempo, pues todo se veía igual bajo aquella enmarañada red de árboles y hojas que no dejaban ver ni un atisbo del sol, o la luna, que brillaba en el firmamento. La comida comenzó a escasear, y lo que es peor, sus cantimploras comenzaron a vaciarse peligrosamente. Podían intentar racionar la comida, pero el agua era un bien preciado del que no podían prescindir mucho tiempo y no tenían ninguna forma de conseguirlo.
Thorin fue el primero que empezó a prescindir de él siempre que le era posible, intentando que su propia saliva fuera sustento suficiente para su garganta reseca. Rezaron para que pudieran encontrar pronto la salida de aquel lugar que estaba consumiendo sus cuerpos y sus mentes o para que, al menos, Aulë se apiadara de ellos y vertiera una tormenta sobre los árboles. Pero nada de eso sucedió.
Avanzaban sin esperanzas, creyendo que tras todos sus esfuerzos, tras todas las difíciles batallas que habían librado, iban a fracasar de la forma más injusta, perdiendo la vida a causa de la falta de agua y alimento, extenuados tras caminar sin rumbo, enterrados por una capa de musgo y hojas que cubriría sus cuerpos en aquel lugar donde no le importaban a nadie. Thorin era el único que se mantenía firme, intentando contagiar su determinación al resto. Sus sobrinos eran de los pocos que todavía tenían esperanza, tal vez debido a su juventud y su inexperiencia, todos los demás seguían adelante pero sin convicción. Bilbo e Iriel también temían estar malgastando sus últimas fuerzas en vano, pero no dijeron nada.
De pronto, escucharon el ruido de un arroyo cruzándose en su camino. Corrieron a su encuentro. Un río de aguas negras les cortaba el paso. Sus aguas no eran muy turbulentas pero parecían oscuras y peligrosas. Un ciervo les miraba al otro lado.
- ¡Hay animales allí! – Exclamó Bilbo señalando al ciervo.
- ¡Agua! ¡Hay agua! – Gritó Bombur a punto de abalanzarse hacia al río.
- ¡Quietos! – Ordenó Thorin – No podemos beberla.
Todos le miraron con una súplica en los ojos, pero sabían que tenía razón.
- Podría ser venenosa y nuestra situación se volvería incluso peor que la de ahora. – Reflexionó Balin.
- Sin embargo es una buena señal, significa que ya estamos cerca de nuestra meta. Ahora sólo tenemos que encontrar una manera de cruzarlo. – Respondió Thorin.
- ¿Por qué no lo cruzamos nadando? La corriente no es muy fuerte. – Sugirió Ori emocionado ante la perspectiva de estar cerca de la salida de aquel bosque que tanto odiaba.
- No creo que sea buena idea que nos sumerjamos en estas aguas. Desconocemos sus efectos o las siniestras criaturas que puede ocultar. – Volvió a anunciar el líder de la Compañía.
- Entonces construyamos una balsa. – Contestó Nori, el resto le miraron sorprendidos. - ¡Somos enanos! Nos encanta construir cosas y aquí tenemos toda la materia prima que necesitamos.
Los demás asintieron convencidos. Hacha en mano, uno a uno, todos se dirigieron hacia los árboles y aprovecharon para descargar su furia sobre ellos. Partieron sus troncos, cortaron sus ramas y las desnudaron de sus hojas. Las fuerzas que habían perdido caminando, volvieron a ellos por última vez, para escapar del bosque, ahora que parecían estar más cerca que nunca. Comenzaron a cantar mientras trabajaban, como un grito de batalla, un himno de unión entre todos ellos, de perseverancia, de esfuerzo, de esperanza. El sonido de las hachas contra la madera acompasaba rítmicamente la melodía. Se pasaban los troncos entre ellos, alegremente, acercándolos a la orilla.
Pronto dispusieron de veinte troncos de madera perfectamente alineados. Iriel sacó de su bolsa las cuerdas que había guardado. Sabía que les serían útiles tarde o temprano. Bilbo y Bofur la ayudaron a amarrar bien los troncos para conseguir una balsa estable que resistiera el peso de los quince. Dwalin y Óin también se preocuparon de conseguir un par de palos que remodelaron para hacer la función de remos.
Una vez terminada, todos subieron en fila. Era lo suficientemente grande para que todos viajaran en ella, aunque un poco apretados. Fíli y Kíli se hicieron cargo de los remos, sus joviales cuerpos soportaban el cansancio mejor que sus compañeros. El resto se dejaron caer sobre la balsa, cansados, y allí sentados confiaron en que su trabajo hubiera sido suficiente.
Empezaron a avanzar por aquellas aguas oscuras. La corriente no era muy fuerte, pero aun así los dos hermanos tenían que hacer un esfuerzo nada desdeñable para dirigirla hacia su objetivo. Los enanos guardaban silencio, temiendo que algo pudiera hacerles fracasar. El ciervo los observaba en la otra orilla, mirándolos desafiantes, como una estatua que da la bienvenida a sus invitados. Había algo extraño en la otra orilla. A pesar de la distancia, Iriel sintió que era aún más tenebrosa que la que acababan de dejar atrás, que un aura de peligro la envolvía con más fuerza. Una amenaza inminente. Contuvo la respiración.
En ese momento una voz apareció en su cabeza. El ciervo la miraba sólo a ella.
"Si caéis, estas aguas os atraparán en un sueño sin fin, uno del que no podréis despertar. Tened cuidado, ya vienen"
Con sus últimas palabras, el ciervo comenzó a retroceder hacia el bosque. Iriel le rogó que no les abandonara, que les explicara algo más.
"¿Ya vienen? ¿Quién? ¿Quién viene?"
La figura del ciervo desapareció entre las sombras, sin contestar. En ese momento una bandada de pájaros negros irrumpió violentamente entre las hojas, lanzándose hacia ellos. El repentino ataque armonizado con los aleteos y los graznidos estremecedores que profesaban hizo que la balsa se desestabilizara. Bombur perdió el equilibrio y cayó al agua. Iriel estuvo a punto de seguir su camino de no ser por los rápidos reflejos de Bofur, que agarraron el brazo de la chica y la empujaron hacia él. Kíli y Fíli sujetaron a su saqueador para que no corriera la misma suerte. Nori se lanzó al agua para rescatar a su compañero antes de que los demás pudieran decir ni una palabra.
- ¡No! ¡No os metáis al agua! ¡Seréis presa de un sueño maldito! – Gritó Iriel en vano mientras veía a Nori sumergiéndose para alcanzar el pesado cuerpo de Bombur y subirlo a la superficie, sabía que el enano no sabía nadar.
Pronto sus cabezas aparecieron en la superficie, luchando por salir a flote.
- ¡Rápido! – Ordenó Dwalin - ¡Acercadles el extremo del remo para que puedan sujetarse! ¡No los soltéis!
Mientras tanto Thorin cogió el otro remo y empezó a remar hasta la orilla con todas sus fuerzas, tenían que cruzar ese río maldito lo antes posible y así sacar del agua a sus compañeros antes de que fuera demasiado tarde. El resto de los enanos, armas en mano, lanzaban estocadas hacia algunos pájaros rezagados que se atrevían a volar hacia ellos. Tras unos segundos interminables alcanzaron la orilla y saltaron de la balsa, intentando arrastrar a sus compañeros lejos del agua tan rápido como pudieron.
Nori y Bombur se habían desmayado sujetando el remo. Balin y Óin se apresuraron a comprobar sus constantes vitales. Mientras comprobaban su respiración y el pulso de su cuello, el ronquido se Bombur les sobresaltó.
- ¿Están dormidos? – Preguntó Bofur.
- El ciervo me dijo que las aguas poseían un embrujo hipnótico, que su contacto provocaba sueño. – Anunció Iriel asustada, agachándose junto a ellos para observar el extraño sueño en el que habían caído, no había tenido tiempo de advertir la información.
- ¿Y cómo se despierta uno de ese sueño? – Preguntó Dori a la muchacha, que negó con la cabeza.
- Lo siento, se marchó antes de que pudiera preguntarle nada más.
Thorin contemplaba la situación mientras intentaba mantener la calma. Todo se complicaba, nuevos problemas surgían antes de que hubieran dado con la solución a los anteriores. Todo su grupo estaba preocupado, sin saber qué hacer. Era su deber dirigirles y evitar que cayeran presas del pánico. Por fin dio una orden.
- Cargad con sus cuerpos por turnos. Tenemos que salir todos de aquí cuanto antes. Tal vez fuera de este lugar maldito el embrujo se deshaga. – Se acercó hacia su sobrino y le quitó el arco de la espalda. – Si volvemos a cruzarnos con ese animal, yo mismo le obligaré a hablar.
Los enanos asintieron. Echaron a suertes quién debía cargar con Bombur, pues ninguno quería hacerlo. Al fin los desafortunados fueron Bofur y Glóin. Ori y Dori se encargarían de su hermano.
Avanzaron por aquel nuevo tramo de bosque que parecía más terrorífico, si eso era posible. Apenas les quedaba una ración de comida y sus cantimploras acababan de agotarse esa misma mañana. En aquella zona los troncos eran todavía más oscuros y parecían más secos y espeluznantes. Las plantas tenían colores extraños, desde verde marchito a tonalidades púrpuras o azuladas. Seguían sin escuchar el sonido de ningún animal. Tampoco había ni rastro del extraño ciervo que les había recibido.
Era difícil saber qué dirección tomar. Avanzaban siempre hacia el Norte, o hacia lo que ellos creían que lo era. En ese momento escucharon un ruido entre la maleza. Unos regios cuernos sobresalían entre las hojas. Thorin cargó una flecha sin esperar ni un segundo. El animal advirtió el peligro de algún modo y el viento desvió la flecha que había sido cargada con total precisión. Era como si el mismo bosque lo estuviera protegiendo. El animal desapareció de la misma forma que lo habían encontrado, sin dejar rastro y ya no volvieron a saber de él.
- ¡Maldita sea! ¿Es que no va a salirnos nada bien en el interior de esta apestosa arboleda? ¿No hay forma alguna de averiguar en qué maldita dirección estamos avanzando? ¡Ni siquiera podemos guiarnos por la posición de las estrellas en el cielo por culpa de estos endemoniados árboles! – Gritó Thorin lleno de rabia. La frustración había acabado apoderándose de él. Se sujetó la garganta después de aquel esfuerzo. Le escocía, la sentía al rojo vivo, estaba tan seca que estaba seguro de que alguna herida se desgarraría en su interior si seguía gritando con tal intensidad. Intentó tragar saliva, pero ni siquiera de eso era capaz su maltratado cuerpo, tras haber pretendido llevarlo hasta el límite. Se les estaba agotando el tiempo.
Aquella última palabra de Thorin despertó el ingenio de Balin.
- Claro… los árboles… - pronunció sonriendo y se giró hacia Bilbo – Si nuestro saqueador escala por ellos hasta la cima, es posible que pueda ver hasta dónde se extiende el bosque y así saber cuál es la dirección correcta.
El resto de los enanos se giraron hacia él, una sonrisa de esperanza se dibujó en sus rostros.
- ¡Claro! Él es muy pequeño y ligero, podrá escalar sin problemas. – Declaró Kíli haciendo gala de su inocente entusiasmo.
- Bueno… yo nunca he sido muy buen escalador – dijo Bilbo intentando escapar de la atenta mirada de todos, habían depositado demasiadas expectativas en él.
- Pero yo sí – contestó Iriel dedicándole una mirada de coraje – subiremos juntos.
Ella era algo más alta que el hobbit, pero su cuerpo era ligero y podía moverse con agilidad. Uno de los entretenimientos favoritos de su infancia había sido trepar por lugares que habrían infartado el corazón de sus padres si la hubieran visto. Estaba muy cansada, tenía hambre y mucha sed, debía actuar antes de que sus fuerzas la abandonaran por completo, y ellos dos eran los mejor capacitados para subir a aquellos traicioneros árboles que parecían embrujar el ambiente sólo con su presencia.
Inspeccionaron los alrededores un instante para averiguar cuál sería el más apropiado para subir. Iriel fue la primera que puso un pie sobre aquel resbaladizo tronco lleno de musgo. Cerró los ojos y suspiró para darse ánimo a sí misma. Se impulsó con las pocas fuerzas que le quedaban para subir a la primera rama. La rama resistió su peso sin problemas. Desde allí le tendió la mano a Bilbo para que siguiera sus pasos. Poco a poco comenzaron a escalar, rama a rama, agarrando la madera agrietada bajo la atenta mirada de los enanos. Iriel iba por delante, comprobando el peso de las ramas antes de avanzar. En una de las ocasiones calculó mal y la rama se quebró, haciendo que resbalara por el tronco. Bilbo gritó pero Iriel fue capaz de agarrarse con fuerza a una de las lianas que serpenteaban por el tronco. La fricción de las hojas al contacto con su mano intentando frenar el brusco descenso quemó el guante y en parte su piel. Iriel miró hacia abajo. Los enanos se habían reunido justo allí para frenar su caída al suelo, pero no había sido necesario. Se desprendió del guante roto y con una intensa quemazón en la mano siguió trepando hasta volver a alcanzar al hobbit. Treparon tan alto por aquellas densas ramas que pronto perdieron de vista el suelo y a los enanos. Conforme ascendían, parecía que el aire se iba limpiando, que aquel hedor denso se disipaba y se purificaba. Iriel y Bilbo tuvieron que detenerse un poco, empezaban a estar mareados por el esfuerzo y si ahora caían, no habría remedio. Descansaron sentados sobre una gruesa rama.
- Iriel… ¿crees que saldremos de esta? – dijo Bilbo desanimado.
- Tenemos que hacerlo, nos espera un premio demasiado suculento bajo la garras del dragón. – Contestó con la vista perdida en la inmensidad de ramas que quedaban todavía sobre ellos, intentando dar naturalidad a sus palabras.
- Hablo en serio… esto es de locos, sabes de sobra que…
Iriel se llevó un dedo a los labios para hacerle callar.
- Estas escuchando a la voz equivocada. Las aventuras no se viven con la voz de la conciencia, es tu mente la que te alerta del peligro pero no la que te libra de él. Debes concentrarte en una voz que no estás acostumbrado a oír. ¿Ves? Justo aquí. – Concluyó la muchacha posando delicadamente la mano sobre su propio corazón. A lo largo de los años había aprendido que lo que salía de su interior era mucho más valioso que cualquier otro impulso racional.
Bilbo la miró con admiración, sin atreverse a contestar. Envidiaba su espíritu, su determinación, su coraje. La imitó posando una mano sobre su pecho, intentando concentrarse en aquella voz que le hablaba tímidamente en algunas ocasiones. Una brisa de aire limpio llegó hasta sus pulmones. Iriel se puso en pie.
- Sigamos, todos confían en nosotros.
Continuaron su ascenso. La luz empezaba a filtrarse entre las hojas, allí arriba tenía menos obstáculos que atravesar. Finalmente consiguieron alcanzar la cima de los árboles. Tuvieron que cubrirse los ojos para protegerse de la cegadora luz del sol que llevaban tantos días sin percibir. Pestañearon para acostumbrarse a su intensidad. Ante ellos se extendía la inmensidad del bosque. Sonrieron aliviados al comprobar que las montañas no se encontraban muy lejos de ellos, habían avanzado por el camino correcto. Quizás sí tuvieran una oportunidad para sobrevivir. Con renovadas esperanzas iniciaron el descenso. Estaban seguros de que todos los enanos se alegrarían de las nuevas noticias. La bajada se les hizo más ligera ahora. Por fin llegaron al suelo, esperando un acogedor recibimiento.
Cuando levantaron la vista descubrieron que estaban completamente solos.
No había ni un sólo enano a su alrededor. Ni rastro de ninguno de ellos. Bilbo saltó al suelo y observó confuso a su alrededor.
- ¿Nos hemos desviado mientras bajábamos?
- No. – Contestó Iriel preocupada. Le señaló una rama rota en el suelo junto a su guante – Algo les ha sucedido.
El suelo era demasiado seco y duro, no había marcas de pisadas, tan sólo algunos surcos profundos, como si algo se hubiera arrastrado hacia allí. Iriel agarró a Menfis de su cinturón y desplegó toda su envergadura. Sintió su frío contacto sobre las excoriaciones de su mano y la apretó con fuerza para despertar aún más el escozor que sentía en la mano que portaba aquel anillo mágico. Algo había atacado a los enanos. Algo lo bastante fuerte o numeroso como para haberles hecho abandonar el lugar. Su corazón palpitaba nervioso. Temía por todos los enanos, pero especialmente por uno. No soportaba la idea de que le hubieran hecho daño.
De pronto un lejano resplandor se iluminó entre los árboles, a bastante distancia de ellos. Iriel dirigió automáticamente todos sus sentidos hacia allí. Se trataba de un resplandor esmeralda. Un lejano rumor se escuchaba en su interior. Parecían voces. Bastantes. Conversaban. No, no conversaban, cantaban. Le pareció escuchar el sonido de algunos instrumentos entremezclándose con ellas. Iriel fue incapaz de asimilar la información que sus sentidos le proporcionaban y sus pies se movieron solos.
Antes de que Bilbo pudiera detenerla, Iriel estaba corriendo hacia aquel resplandor verdoso envuelto en aquellas melodiosas voces. Fuera amigo o enemigo, era el único indicio de humanidad que habían encontrado en aquel bosque desde que comenzó su travesía. Aquella podía ser la ayuda que necesitaban para salir de allí, o por el contrario, ser la causa de la repentina desaparición de sus compañeros, en cuyo caso tendrían que responder ante el filo cortante de Menfis. Iriel saltó entre los arbustos irrumpiendo en aquel círculo. Apenas tuvo tiempo de observar las esbeltas siluetas de los elfos, todos desaparecieron, evaporándose en una sombra. Pero no fue lo único que se evaporó, sintió que una extraña aura la envolvía segundos antes de que todo se volviera oscuro.
Bilbo la alcanzó sólo unos segundos después, sus pasos eran más cortos que las piernas humanas de la chica y por ello había tardado un poco más. Para su sorpresa, en aquel pequeño claro entre árboles no había nada. Ni el resplandor verde, ni las voces, ni siquiera su compañera. Lo que quiera que fuera que había estado allí, había desaparecido borrando por completo su huella. Bilbo llamó a la chica, pero nadie respondió a la llamada. Iriel no se encontraba en ningún lugar. Bilbo se encontraba muy asustado. Algo se había llevado a todos y cada uno de sus compañeros y ahora la próxima víctima sólo podía ser él. De repente escuchó otro sonido proveniente del bosque, un sonido que le resultaba familiar, lo que le hizo estremecerse todavía más. Escuchó el sonido de aquellas crujientes y delgaduchas patas arrastrándose hacia allí.
Arañas.
Intentó esconderse entre los gruesos troncos de los árboles, entre aquellas setas enormes de colores hipnóticos. Intentó contener la respiración, su mano buscó la empuñadura de la espada, mientras que la otra se deslizó nerviosamente por el bolsillo, como un acto de proteger su agitado estómago que había empezado a revolverse. Un inesperado frío metálico le recordó algo que había olvidado hace tiempo. Su bolsillo no estaba vacío.
Empezó a juguetear con aquel anillo en el interior de su bolsillo para intentar disminuir la inquietud que había agarrotado su cuerpo, convirtiéndolo en un rígido y tembloroso blanco que no sería capaz de defenderse, mientras escuchaba aquellos pasos crujientes cada vez más cerca de él. El contacto con aquel frío metal lo tranquilizó, aunque no sabía por qué, sin embargo aquello no iba a servir para nada cuando las arañas clavaran sus envenenados colmillos sobre él. Escuchó el rechinar de sus dientes y hasta percibió el hedor de su saliva. Una araña se encontraba detrás del tronco que lo ocultaba. Tragó saliva, su cuerpo se encontraba tan paralizado por el miedo y por la escasez de alimento y agua de los últimos días, que no creyó ser capaz de dirigir a Dardo hacia su enemigo. Cerró los ojos rezando para que aquel monstruoso ser pasara de largo, para que no viera aquel debilucho cuerpo hobbit escondido entre aquellas setas, y dado lo improbable de que sus ruegos se vieran correspondidos, deseó que al menos el final de su aventura fuera rápido e indoloro. Casi sin darse cuenta, el anillo se introdujo en uno de sus temblorosos dedos un segundo antes de que la araña se abalanzara sobre aquel lugar.
Entonces no ocurrió nada.
El animal, confundido, pues estaba seguro de haber notado una presencia escondida en aquel lugar, miró en todas las direcciones con sus pequeños y numerosos ojos negros. Tras darse por vencido, retrocedió hacia el lugar por el que había venido.
Bilbo abrió los ojos para intentar comprender por qué seguía vivo. Y entonces lo vio. Todo a su alrededor era borroso, como difuminado entre las sombras, etéreo y lejano, como si todo se encontrara en una extraña dimensión lejos de su alcance. Vio a la araña mirar a través de él, sin percatarse de su presencia, ignorando que estuviera allí y entonces sintió el álgido contacto del anillo sobre uno de sus dedos y comprendió la verdad. Aquella baratija, aquel simple anillo que había encontrado entre las rocas resbaladizas de las montañas, era en realidad un anillo mágico y su extraordinario poder hacía invisible a su portador. En ese momento comprendió por qué aquella demente y enjuta criatura se había vuelto tan desesperada cuando se percató de su pérdida. Ahora comprendía por qué aquel debilucho saco de huesos había sido capaz de sobrevivir en una montaña infestada de trasgos.
Su corazón dio un vuelvo de alegría. Estaba salvado. Aquel anillo era mucho mejor que cualquier arma que pudiera conseguir. Aquel anillo era la llave hacia su salvación. Su invisibilidad le protegería de los enemigos, le ayudaría a caminar sin ser visto por lugares a los que no tendría acceso de otro modo. Ahora sí, ahora sí podría convertirse en un auténtico saqueador.
Saqueador.
La emoción del descubrimiento y su milagrosa evasión de la muerte una vez más, le habían hecho olvidar por un segundo a los enanos. Todos ellos habían desaparecido. Aquel resplandor verde y la presencia de las arañas no podían significar nada bueno. ¡Sus compañeros se encontraban en peligro! Era su deber buscarlos y rescatarlos.
Se levantó de su escondite procurando no hacer ruido, se recolocó el anillo en el interior del dedo para asegurarse de no perderlo, e intentando sortear las crujientes hojas del camino, empezó a seguir a aquella araña con el presentimiento de que lo llevaría hasta el lugar que estaba buscando.
La humedad y el frío la hicieron despertarse con un escalofrío. Sintió la fría roca que se extendía bajo su cuerpo, arrebatándole su calor. Se encontraba en el suelo. Intentó levantarse y entonces sintió una resistencia en sus muñecas. Unos grilletes la aprisionaban. Un cadena de metal de aproximadamente un palmo de distancia separaba sus manos, restringiendo sus movimientos. Apoyó ambas manos en el suelo e intentó levantarse. Entonces comprendió por qué sentía tanto frío.
Su capa, su chaleco, sus brazales metálicos, su bolsa de cuero y su cinturón con sus armas habían desaparecido. Tan sólo conservaba el débil abrigo de su camisa rasgada, sus gruesos pantalones y sus botas de piel.
Parecía que había sido capturada y se encontraba en el interior de una prisión rodeada de barrotes de hierro. Unas débiles antorchas iluminaban aquel desolador lugar. Antes de que pudiera levantarse completamente para observar con más atención, una voz conocida la llamó.
- Por fin te has despertado.
Su corazón palpitó con vigor tras escuchar aquella melodiosa voz. Se giró inmediatamente en la dirección en la que provenía el sonido, haciendo que sus cabellos chocaran en el aire contra sus mejillas, apartándose suavemente para dejar al descubierto su sorprendido rostro.
Justo a su lado había otra celda. En su interior se encontraba Thorin, atado de la misma forma que ella. No llevaba su abrigo de pieles ni su cota de malla. Sólo su ajada camisa azulada, sus pantalones y sus botas cubrían su cuerpo. Tampoco había ni rastro de ninguna de sus espléndidas armas. La miraba con gesto cansado, pero aliviado de ver que se encontraba bien.
- ¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasa…? – No pudo terminar la frase porque empezó a toser. Hasta entonces no se había dado cuenta de que tenía la boca seca y los labios agrietados. Le dolía la garganta y el estómago por no haber probado bocado ni bebido nada en las últimas horas.
- Será mejor que primero bebas y comas algo. – Dijo como si aquel consejo fuera una de sus órdenes. Señaló hacia un par de generosos cuencos que se encontraban en una esquina de la celda, al lado de los barrotes.
Los ojos de Iriel centellearon cuando vieron aquel manjar que habían dejado a su alcance. No le importaba su procedencia, su cuerpo lo necesitaba con urgencia. Se abalanzó sobre el cuenco de agua y lo acercó hasta sus deshidratados labios. La fiereza de su sed hizo que parte del contenido se derramara por su boca, bajando por su cuello, deslizándose por su escote hasta perderse en el interior de su camisa. Thorin prefirió apartar la vista de aquel sugerente lugar y dejar que la chica reconfortara su cuerpo con la comida.
La comida desapareció del cuenco en unos instantes, devorada por su atroz apetito que había sufrido tanto durante su travesía por el bosque. Tras haber terminado se recostó sobre el fondo de la celda, justo al lado de los barrotes laterales, el único obstáculo que la separaban de su compañero. Ahora que las carencias de su cuerpo habían sido saciadas, sólo quedaba una desagradable sensación que no había sido capaz de combatir: el frío.
Intentó acurrucarse para disminuir la sensación. Sentada, acercó las rodillas hasta su pecho, apretándose para intentar calentarse. Expulsó su aliento sobre su mano desnuda y empezó a frotarla con la enguantada.
Thorin la observó sin decir nada, viendo cómo la criatura intentaba combatir el frío. Hubiera deseado prestarle el abrigo de pieles que ya no poseía, atravesar aquellos barrotes y envolverla con el calor de su cuerpo, pero no podía hacer nada de aquello, sólo observarla en silencio desde el otro lado.
Desde el instante en el que puso los pies sobre el Bosque Negro le había torturado la idea de encontrarse con él al atravesar sus dominios, pero confiaba en que sus pasos no se cruzaran en su camino. Hacía décadas que no veía su rostro. Décadas en las que había odiado cada detalle que recordaba de él.
Mientras esperaban a que los hobbits regresaran de su escalada, un misterioso resplandor verde había aparecido no muy lejos de donde ellos se encontraban. Ante la primera señal humana que habían encontrado en aquel bosque, Thorin fue el primero que decidió correr hacia allí para pedir ayuda. Al irrumpir en el círculo, los elfos habían desaparecido, y lo que era peor, lo habían capturado. Le habían vendado los ojos y arrastrado por el bosque hasta sus dominios. Allí le habían despojado de todas sus pertenencias y le habían encerrado en aquella celda como un vulgar delincuente. Le habían dado comida y bebida, pero aquello no compensaba el insultante trato que había recibido. Él. El heredero de Durin. El próximo Rey bajo la Montaña. Lo peor de todo es que estaba convencido de que cuando se descubriera su identidad el trato sería mucho peor.
Una hora después de abandonarle allí, habían llevado un nuevo prisionero a las mazmorras y lo habían encerrado a su lado. En cuanto descubrió que se trataba del desmayado cuerpo de la chica empezó a amenazar en khuzdul a aquellos sucios elfos advirtiéndoles de que más les valía no haberle hecho nada malo si querían seguir vivos. Sin embargo, a pesar de encontrarse en cautiverio igual que él, una sensación de alivio se apoderó de su mente al verla desmayada a su lado. Por lo menos podía vigilarla, por lo menos sabía dónde se encontraba, no cómo el resto de sus compañeros, que podían seguir en cualquier oscuro rincón del bosque o haber sido capturados también por aquel elfo arrogante y cobarde que no merecía un trono.
Cada vez más entumecido por el frío, el cuerpo de Iriel comenzó a temblar para intentar producir un poco de calor. Decidió concentrarse en otra cosa para olvidar lo que sentía. Giró su cabeza y la apoyó entre sus rodillas mirando hacia Thorin. Quizá observar su bello y tranquilo rostro pudiera calentar, al menos, su corazón. A pesar de estar despojado de sus deslumbrantes ropajes, de encontrarse atado como un prisionero, su esencia seguía intacta, inmaculada, resplandeciente, hipnótica. Su cuerpo seguía irradiando seguridad y elegancia, fuerza y coraje. La camisa se adhería a su torso, remarcando cada uno de sus músculos, subiendo y bajando con cada profunda respiración. Su mirada era firme y profunda, apuntaba a algún rincón perdido de las mazmorras, concentrado en sus pensamientos, hasta que fue consciente de que la chica lo observaba.
Iriel intentó ocultar su rubor apretando su rostro contra las rodillas y comenzó a hablar para justificar la razón por la que se había convertido en el silencioso centro de su atención.
- Pareces demasiado tranquilo para haber sido capturado.
- Estoy intentando recuperar fuerzas.
- Aun así… es extraño verte resignado a las ataduras. Parece como si no estuvieras especialmente preocupado porque nos hagan daño. Como si conocieras al causante de esto.
Antes de que pudiera contestarle, unos pasos se acercaron hacia las mazmorras. Un elfo armado se acercó hacia ellos. Caminaba erguido y sus pasos parecían acariciar el suelo, pues apenas se escuchaba el sonido de sus pisadas. Un par de elfos más aparecieron detrás de él, armados con lanzas. El primer elfo se acercó hacia las celdas, y con una clara mirada de frialdad y superioridad anunció.
- Su alteza desea interrogaros. Acompañadnos sin oponer resistencia.
"¿Su alteza?" Pensó Iriel y observó cómo el imperturbable rostro de Thorin adoptaba una actitud molesta e incómoda. Le pareció percibir cómo apretaba los puños con fuerza, pero no dijo nada.
Abrieron la puerta de sus celdas y les vendaron los ojos. Les escoltaron por aquellos interminables pasillos hasta que por fin los condujeron a una gran sala. Fue entonces cuando les permitieron volver a ver.
Una impresionante sala se alzaba ante ellos. Decenas de soldados se apostaban en sus laterales manteniendo estrictas posiciones militares. Las paredes estaban adornadas por estatuas de mármol y celosías doradas. Una fuente de aguas cristalinas se encontraba en uno de los laterales. En su interior se encontraba esculpida la estatua de una bella elfa sosteniendo un cántaro entre los brazos. El agua manaba de su interior. Tras inspeccionar la habitación sintió como el cuerpo del enano se tensaba a su lado, entonces dirigió sus ojos hacia donde él miraba.
En el centro de la sala se encontraba un elevado trono cuyo respaldo estaba formado por las astas de un poderoso venado. Sobre él, sentado con elegancia, se encontraba un impasible elfo de cabellos dorados, coronado con hojas y bayas rojas, que los miraba con notable frialdad.
