daya20: ¡que crack! siempre eres super rápida leyendo y escribiendo en cuanto publico! Me encantas *o* Jeje, por fin hemos llegado a los dominios del Rey de Mirkwood, que ganitas tenía :D en este capítulo verás la interacción de este altivo elfo cuyo orgullo rivaliza con el de Thorin xD tenía muchas ganas de enfrentarlos, van a saltar chispas.

Ennana20: Vaya XD que putada lo del nick. Me alegro de que te haya gustado :D

HainesHouse: Mujer, como doy por hecho que todas estáis desaparecidas por exámenes XDD pues tampoco me parece tan raro que no haya comentarios. (De hecho es la primera vez que yo no soy una de vosotras xD encerrada entre toneladas de apuntes jajaja)
No XD intentaré no matar a nadie, tranquila jajajaja. Voy a empezar la especialidad de Medicina Interna ^^
Mis esfuerzos me ha costado -_- un añico estudiando día y noche, pero bueno :) ya está pasado.
Te deseo mucha suerte con los exámenes que te queden y me alegro de que te vayan saliendo bien ;)

Ah xD y shhhh no intentes adelantar acontecimientos de la historia! :P que las cosas no son siempre lo que parecen...
Nada nada, dos celdas mejor xD que así ambos incrementan mutuamente su deseo muajajajaja (soy malvadaaa :3 )

De nuevo me ha quedado un pelín largo, pero creo que todas me lo agradeceréis :P

¡Que lo disfrutéis! ^^


*~~~~* CAPÍTULO 21: UNA FIESTA INESPERADA *~~~~*

Bilbo continuó persiguiendo a aquella araña por el bosque con pasos sigilosos, bajo la protección de invisibilidad que le concedía su anillo. Conforme avanzaba, el bosque se teñía de redes grisáceas. Estuvo a punto de que una de sus mangas se quedara enganchada en esos pringosos hilos tejidos con la finalidad de capturar a sus presas. En algunos de ellos le pareció encontrar insectos, huesos de animales o pájaros muertos enredados. Se tapó la boca y la nariz para soportar el hedor y siguió avanzando sin perder el rastro de su objetivo. Pronto aquella araña llegó a un rincón donde la esperaban muchas otras. Entre crujidos y siseos le pareció entender algunas palabras. Parecían contentas, habían conseguido una gran captura, aunque debían esperar algunas horas más para que sus jugos paralizantes hicieran efecto completamente en sus víctimas.

Bilbo comprendió a quienes debía de referirse la captura, así que se alejó de las arañas para explorar por los alrededores en busca de sus compañeros. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde.

Por más que buscó, no encontró más que telas de araña por doquier, pero ni rastro de los enanos. Decidió subir a uno de los árboles, a ver si con suerte, podía obtener más información desde aquella posición. Mayúscula fue su sorpresa cuando encontró allí arriba unos capullos completamente envueltos por hilos blancos y pegajosos. Iba a clavar su espada sobre aquellas larvas antes de que se convirtieran en asquerosas arañas cuando se percató que entre una de ellas, sobresalía una pequeña trenza.

Se apresuró hacia aquellas bolas blanquecinas y empezó a romper las redes. No se había equivocado, Fíli se encontraba en el interior de una de ellas. Todavía medio aturdido por los jugos que las arañas les habían inyectado, intentó levantarse para dar las gracias a su salvador, pero allí no había nadie.

- ¡Fíli! Soy yo, Bilbo. – Susurró una voz entre las ramas, Fíli se giró en todas las direcciones sin comprender nada, aquellos extraños fenómenos se escapaban a la comprensión de su estado aletargado. – Soy invisible, tranquilo, os sacaré a todos de aquí.

A pesar del impacto de aquella sorprendente información, Fíli fue recuperando el control de su entumecido cuerpo y se arrastró por las ramas para liberar al resto de sus compañeros antes de que las arañas se percataran de la huida de sus presas.

Uno a uno, todos los enanos fueron liberados. Todavía afectados por la parálisis y la larga privación de comida y agua, agarraron sus armas y se abalanzaron con furia sobre aquellas siniestras criaturas. Las arañas no estaban preparadas para semejante ataque por sorpresa. Cayeron sin remedio, gritando de agonía, sintiendo sus patas aplastadas y desmembradas, retorciéndose de dolor al sentir aquel puntiagudo acero clavándose entre sus ojos.

Una araña, aquella a la que Bilbo había seguido, intentó escapar, pero entonces el hobbit la golpeó y la acorraló contra un árbol.

- ¿Dónde están los otros? – Gritó en medio de la oscuridad, la araña no podía ver a nadie, pero sentía el filo de una espada pinchándole el vientre. - ¡Vamos, contesta!

Entre siseos temblorosos respondió.

- No había nadie mass… ssólo doce enanoss…

El resto de los enanos se acercaron hacia allí, desconfiados, preguntándose dónde se encontraba el líder de su Compañía. Dejaron en el suelo a Nori y Bombur que todavía seguían en las redes de aquel embrujo y acorralaron con sus miradas a aquella bestia indeseable que se retorcía entre los árboles intentando escapar.

Un súbito impulso de odio se cernió sobre el hobbit, que no creía sus embusteras palabras, así que decidió cortarle una de sus flacuchas patas con una estocada rápida y limpia. El animal gritó de dolor mientras un líquido negruzco fluía por la herida.

- ¡Lo juro! No noss hemoss comido a nadie, no hay nada máss en esste bossque. Bueno, a vecess… algún ssucio elfo desspisstado…

Los enanos se miraron sorprendidos, había alguien viviendo en aquel demente lugar. Bilbo sintió una inmensa felicidad, los elfos podían darles cobijo, al igual que lo habían hecho en Rivendell, estaban salvados.

- ¿Dónde se encuentran los elfos?

Obligaron a aquella araña a mostrarles el camino. Bilbo iba delante, sin despegar el filo de Dardo de aquel cuerpo escuálido y monstruoso, los enanos iban bastantes pasos por detrás, cansados y cargando con los cuerpos de sus compañeros. De pronto, cuando estaban a punto de llegar a aquel palacio oculto, una flecha élfica surcó el aire, clavándose directamente en el estómago de la araña, que murió en el acto. Otra flecha pasó rozando a Bilbo, quien se quedó petrificado, sin atreverse a quitarse el anillo. Un elfo de porte seria y fría se acercó para comprobar que había acabado con la criatura. Bilbo estuvo a punto de quitarse el anillo y pedirle ayuda, pero aquel elfo no le inspiraba demasiada confianza. No sentía la generosa aura de protección que sintió al entrar en las espléndidas puertas de Rivendell, sino una fría e infranqueable distancia que los separaba. Aquel elfo dio media vuelta y siguió con su patrulla.

Bilbo retrocedió sus pasos, reuniéndose con los enanos que se habían ocultado entre los árboles al ver al elfo. Al fin se quitó el anillo para reunirse con sus compañeros. Los enanos le abrazaron y le dieron las gracias por haberles salvado. Intentaron preguntarle acerca de su nueva y sorprendente habilidad para no ser visto, pero no había tiempo para explicaciones. Thorin e Iriel no estaban por ninguna parte y ellos necesitaban alimento y bebida con urgencia, además de un remedio para sus somnolientos compañeros.

- Mucho me temo que estos elfos no son como los que conocimos en Rivendell – susurró Balin al mediano – no conseguiremos su ayuda ni su simpatía por las buenas.

- Pero tú puedes entrar sin ser visto – apuntó Bofur – puedes conseguir comida y bebida para nosotros.

En otra ocasión Bilbo se habría negado, habría dicho que él no era un vulgar ladrón que se colaba en casa de un extraño para sustraer sus pertenencias, pero en aquel momento sentía un agujero en el estómago que acallaba la voz de su conciencia y sabía que ninguno de los enanos aguantaría mucho más sin recibir sustento, ya era un milagro que hubieran conseguido llegar hasta allí en aquellas condiciones.

Volvió a ponerse el anillo y se deslizó entre los árboles en busca de alguna rendija por la que infiltrarse en el interior de aquella fortaleza. A pesar del agudo oído de los elfos, ninguno se percató de los pequeños y silenciosos pasos del mediano. Recorrió los alrededores hasta encontrar una pequeña puertecilla que parecía un respiradero de aire. Reptó por aquel estrecho túnel y apartó una pequeña rendija para salir a la sala de la despensa.

Indudablemente, aquél era su día de suerte. No sólo había descubierto las mágicas propiedades de su anillo, sino que ahora había conseguido infiltrarse a la primera en una sala llena de comida. No pudo resistirse a probar un bocado de una empanadilla de bayas y nueces que se encontraba en una de las repisas. Decidió darse prisa antes de que alguien descubriera el hurto, así que agarró como pudo varias hogazas de pan y una botella, y salió por el mismo sitio donde había venido.


En aquella sala un elfo les miraba con una mirada gélida y altiva. Se trataba de un distinguido elfo de cabellos dorados que caían hasta su pecho, inmaculados, rectilíneos, inflexibles. Una corona de hojas de varias tonalidades y bayas rojas adornaban su cabeza. Sus intensos ojos azules mantenían una actitud arrogante, superior, elegante y fría. Su delicada figura estaba cubierta por una túnica plateada, sus mangas caían hasta sus muñecas y su entallado corte se ceñía a su delgado y esbelto cuerpo. Sentado sobre aquel trono, parecía que nada pudiera perturbarle, que nada pudiera interrumpir su impoluta calma. A Iriel no le gustó aquel elfo, tan sereno, tan distante, con esa mirada de superioridad que menospreciaba todo lo que había a su alrededor.

Thranduil ordenó a sus guardias que le acercaran a su prisionero. Thorin fue llevado al centro de la sala. Iriel se quedó en la entrada, custodiada por un par de guardias. El rey enano se mantenía imperturbable, a pesar de que por dentro se moría de rabia y humillación. Intentó contenerse y guardar silencio en aquella sala en la que la tensión podía cortarse con el filo de una daga. El Rey Elfo inició la conversación.

- Vaya, vaya… qué inesperada sorpresa, ¿a qué se debe el honor de que el gran Thorin Escudo de Roble atraviese mis dominios? – dijo el Rey Elfo con sarcasmo.

- Mis asuntos no son de tu incumbencia.

- Bastos modales para un visitante al que hace décadas que no veo.

- Mucho ha llovido desde entonces. No nos veíamos desde la última vez que nos traicionaste dándonos la espalda como el miserable cobarde que eres.

Thranduil se levantó de su trono como golpeado por un rayo. Su imperturbable rostro se tensó y sus ojos centellearon de rabia. Nadie que se atreviera a insultarle quedaría impune. Se levantó a tal velocidad que a todos los presentes les pareció que el elfo había volado por la sala. Sus livianos y largos pasos le llevaron enseguida ante el maniatado enano que no había cedido ni un instante en su insolente mirada. Se agachó hacia él desde su gran altura, acercó su rostro hasta el suyo, casi rozando su piel, mirándole de forma amenazadora, recordándole quién mandaba en aquel lugar.

- Deberías morderte la lengua antes de insultar a quien tiene tu vida en sus manos. Trátame con más respeto mientras estés bajo mis dominios o lo lamentarás. – Le amenazó mordiendo cada palabra con un desprecio sobrecogedor.

A pesar de la escasa distancia que los separaba y la agresividad de sus palabras, Thorin mantuvo su actitud, taladrándole también con la mirada a través de sus profundos ojos azules. Iriel miraba la escena entre los dos soberanos sin atreverse a respirar, tenía miedo de que alguno de los dos desviara sus ataques hacia ella, así que por el momento permaneció en silencio, intentando pasar desapercibida a cierta distancia detrás de ellos, sujetada por aquellos dos elfos armados que la agarraban por el hombro para que no intentara escapar.

- Yo también debería haberte tratado como a un gusano cuando te pavoneabas por mis salones en lugar de ofrecerte nuestra hospitalidad.

- ¿Tus salones? – Rió con crueldad - Nunca llegó a pertenecerte nada de lo que albergaba la Montaña Solitaria. El oro que tu abuelo contaba sin cesar con su obsesiva enfermedad jamás volverá a ver la luz del sol, el Corazón de la Montaña nunca debió perteneceros.

Thorin le miró con odio recordando la ocasión en la que el Rey Elfo acudió a las entrañas de Érebor a presentar sus respetos y ofrecer sus tesoros como tributo tras haberse dado a conocer el descubrimiento de la Piedra del Arca. Ya por entonces, al joven príncipe le pareció que aquel elfo miraba con desprecio tal extraordinaria joya incrustada en el emblema de su familia, sobre el trono del respetado rey Thrór, como lamentando que aquella joya que brillaba como el fuego de la montaña y la incesante luz de las estrellas no hubiera pertenecido a su gente, sino a aquella trabajadora raza que siempre había considerado inferior. Se lamentó por no haber tratado a aquel presumido elfo como la escoria que era cuando tuvo oportunidad, por haber depositado su confianza en él a pesar de las rencillas que ambas razas poseían desde tiempos inmemoriales. En aquella época, antes de que el dragón le despojara de su reino, había sido un joven iluso al confiar en aquellas alianzas vacías, aquella traición realmente le había dolido, no sólo por el abandono, sino porque de haber sido al contrario, sabía que él habría acudido a la llamada de auxilio de los elfos aunque le hubiera costado la vida. Era eso lo que más le dolía, el haberles entregado su honorable confianza a cambio de una ayuda que jamás llegó. Quiso volver a desafiarle con palabras envenenadas, pero el elfo se le adelantó con una maliciosa sonrisa.

- ¿Acaso no te he dado comida y bebida mientras estabas aquí? ¿No te he dado cobijo entre mis paredes?

- Atado y encerrado en una prisión como un vulgar delincuente. ¿A eso lo llamas cobijo?

- Mi temperamental amigo… si no hubieras intentando asesinar con tus flechas a mi fiel mascota y hubieras irrumpido violentamente en la pacíficas festividades de mis súbditos, nada de esto habría ocurrido.

- Los crímenes de los que me acusas son inmerecidos. Tu lánguido ciervo se cruzó en mi camino cuando las provisiones escaseaban y respecto a las festividades de tus súbditos, sólo quería pedirles ayuda para salir de allí. – Thorin cuidó sus palabras, a pesar de su rabia, para no dejar escapar ningún indicio que revelara que viajaba acompañado. No sabía si el elfo conocía ya la existencia de su Compañía, pero si por fortuna no era así, no sería él quien expondría a sus compañeros a la captura de los elfos.

Thranduil sopesó estas palabras arqueando una ceja. Aquellas explicaciones no le convencían demasiado, pero teniendo en cuenta la vulgar y brusca forma de ser que tenía aquella primitiva raza, tal vez fuera cierto que aquellas ásperas y descorteses acciones hubieran sido malinterpretadas como un ataque. Aun así, no iba a dejar en libertad tan fácilmente a aquel enano arrogante que siempre se había atrevido a desafiarle.

- Lo que nos lleva de nuevo a mi pregunta. ¿Para qué estabas atravesando el Bosque Negro tú solo?

- No iba solo – contestó entonces uno de sus guardias, empujando a Iriel al suelo – esta mujer irrumpió en nuestra celebración por los alrededores tiempo después.

Thranduil posó su aguda visión sobre la chica. El descubrimiento de que el rey enano había caído bajo sus dominios había absorbido toda su atención, olvidando por completo que poseía un segundo prisionero.

- ¿Una mujer? – Miró a Thorin de reojo - ¿Viajabas con tu concubina?

Aquel despreciable calificativo la ofendió como el peor de los insultos. Estaba insinuando que ella era tan sólo un sucio divertimento. Thorin también encajó aquella pregunta de mala manera, estallando en cólera, pero Iriel fue más rápida en contestar, había tratado con muchos bandidos de esa calaña durante sus aventuras y habría aprendido a manejar sus descaros.

- Un respeto, alteza. No todos los reyes precisan de compañía en noches solitarias, ni tienen que recurrir al peso de una corona para conseguirla. – Dijo maliciosamente devolviéndole un puñal envenenado. Aquel inesperado y sagaz comentario impactó en el elfo, dejando al descubierto que cubría sus carencias gracias a su título. Sus pálidas mejillas enrojecieron de humillación mientras se escuchaban algunas tímidas risitas en el fondo de la sala. Thorin dejó escapar una sonrisa de triunfo al ver la reacción de su rival. El comentario de Iriel no sólo le había devuelto su ofensa con dignidad, sin recurrir a soeces insultos, sino que había ganado de sobras la batalla con educación, dejando al rey enano como un caballero y al rey elfo como un mujeriego. Un profundo sentimiento de respeto y admiración se despertó en el pecho de Thorin, cada día adoraba más a aquella mujer aventurera que no parecía amedrentarse ante nada.

Thranduil tardó unos segundos en reaccionar, tiempo que aprovechó la mente de la chica para buscar una respuesta convincente a la pregunta que, de seguro, le formularía a continuación.

- Entonces… ¿tú eres…?

- Su guía. – Contestó la muchacha hincando las rodillas en el suelo y apoyándose en él con sus manos atadas para levantarse.

- ¿Guía?

- Sí. El enano no se orienta muy bien por estas tierras tan alejadas de las Montañas Azules. Por eso contrató mis servicios.

- ¿Y a dónde le estabas guiando?

- Hacia las Colinas de Hierro – contestó rápidamente Thorin. – Iba a visitar a mis parientes, a mi primo Dáin.

- ¿Y por qué habéis decidido atravesar estas peligrosas tierras pudiendo recorrer caminos más seguros? – Preguntó el elfo mirando inquisitivamente a la chica, obligándole a confesar por qué había guiado al enano por un camino tan inusual.

- Fui yo quien le pidió que me llevara por el camino más corto. No quería ausentarme de las Montañas Azules más tiempo del necesario.

Iriel ya se había puesto completamente de pie y apartó los cabellos que cubrían su rostro acercando sus manos a su mejilla. Su mano desnuda quedó por delante de su mano enguantada y con este simple gesto el anillo mágico centelleó con su plateado brillo bajo la luz de las portentosas lámparas de aquella sala. Aquel gesto no pasó desapercibido para el elfo, que reconoció inmediatamente aquel poderoso y exclusivo objeto.

Un cosquilleo recorrió su cuerpo al descubrir la verdadera virtud de su portadora. Volvió a mirar al enano. Aquella extraña pareja no estaba junta por el motivo que confesaban, de eso estaba seguro, tenía que hallar una forma para averiguar sus verdaderos propósitos sin levantar sospechas, pues ya había comprendido que no los revelarían por mucho que los amenazara. Afortunadamente conocía otros métodos…

Volvió a observar a la chica en silencio. La recorrió con la mirada de arriba a abajo. Tenía rasgos de la raza de los hombres aunque su estatura y sus puntiagudas orejas provenían de otro lugar. De pronto sintió curiosidad por aquella atrevida mujer que se había atrevido a contestarle con sutileza. No conocía a mucha gente que se atreviera a desafiarle, y mucho menos mujeres. Aquel extraño encuentro podría ser divertido, además estaba seguro de que cortejar a aquella mujer sería una formidable afrenta para el enano, no le había pasado desapercibido el tenue pero peculiar modo en que la miraba. Aquella mirada no era la de un simple compañero de aventura, sin embargo aquel anillo revelaba que no había conseguido llegar demasiado lejos con ella. Mejor, así sería suyo el triunfo.

- Confiaré en vuestras palabras y dado que parecéis no haber cometido ningún delito sobre mi gente por voluntad propia, no tengo motivos para reteneros.

Thorin le miró sorprendido. No creía que el Rey Elfo fuera a dejarle escapar tan fácilmente, por mucho que no tuviera motivos. Aquello era extraño, tenía un fuerte presentimiento que le hacía desconfiar de su repentino cambio de actitud. Aquel elfo nunca hacía nada sin ningún motivo.

- Y para no manchar mi reputación como soberano, os devolveré vuestras pertenencias y os dejaré marchar al alba – sonrió – no sin antes invitaros a una fiesta esta noche. No todas las noches recibo visitas de tan alta alcurnia. Mis sirvientes os… acicalarán para la ceremonia – dijo mirando su aspecto con una mueca de asco.

Los guardias volvieron a guiarles sin liberarles de sus ataduras. Thorin e Iriel fueron conducidos a una habitación de madera.

- Esperad aquí unos minutos. – Y los guardias desaparecieron cerrando la puerta. A pesar de que ya no eran prisioneros, ambos seguían atados, parecía que el soberano de los elfos no confiaba en ellos tanto como anunciaba.

- Creo que ahora entiendo un poco mejor tu odio hacia los elfos. – Dijo Iriel para intentar romper el hielo de aquella extraña situación. Thorin respondió con un bufido de ira.

- Ese condenado elfo… no he dejado de odiarle ni un sólo día desde que nos abandonó. Alguien tan egoísta no merece un trono.

El dolor se reflejó en su mirada, aquella traición le perseguiría durante años. Iriel se dejó llevar por el deseo de su cuerpo y tomó entre sus manos una de las encadenadas manos del enano y le respondió mirándole a los ojos.

- Tienes razón, no se lo merece.

Thorin sintió una presión en su fornido pecho al sentir aquel contacto. Le pareció que unos pasos se aproximaban al otro lado de aquellos largos corredores. Intentó apagar aquel calor que empezaba a encenderse en su pecho desviando la conversación hacia un asunto más importante. Agarró la mano con la que la chica le estaba acariciando y la acercó hacia él para susurrarle.

- No confió en las palabras de Thranduil, dudo mucho que tenga intención de liberarnos tan fácilmente. Esta noche, en la fiesta, baila conmigo, intentaremos trazar un plan de huida cuando todos estén ebrios y cansados.

La puerta se abrió de par en par tras terminar estas palabras. Un grupo de elfas entró en la habitación. Se dividieron en dos grupos y se llevaron a sus nuevos invitados hacia los aposentos donde los prepararían para el baile. Cada uno fue conducido por un pasillo diferente, con el eco de la promesa de escapar aquella noche de aquella falsa hospitalidad.

Las elfas condujeron a Iriel hasta unas lujosas dependencias. Allí le quitaron las cadenas y la ayudaron a bañarse. La chica habría preferido haberlo hecho ella misma, pero las elfas no la dejaban sola ni un minuto. Enjabonaron su cuerpo con un dulce aroma a lavanda y aclararon su cuerpo con agua caliente. Le tendieron un albornoz de seda y le ofrecieron suculentos manjares.

Iriel decidió dejarse llevar por aquel repentino trato amable y comió y bebió hasta saciarse. La sensación de frío la había abandonado y por fin sentía que sus fuerzas se habían recuperado por completo.

La ayudaron a vestirse. Le ofrecieron un precioso vestido de un pálido color aguamarina, incluso más bello que el que había llevado en Rivendell. El vestido se ceñía a su cuerpo con un sugerente corsé trenzado por hilos albinos. Las mangas estaban confeccionadas por un tul transparente, de un tenue azul, a juego con el vestido. Sobre ellas había bordados de hojas y flores que serpenteaban bajando por la manga, con hebras de color turquesa. Las mangas acababan con volantes de puntilla, como una flor que se abre ante la primavera, cubriendo sus manos hasta los nudillos. La falda caía con holgura, en todas las direcciones, con algunos detalles florales bordados en el extremo derecho, del mismo tono que los bordados de las mangas. Como era natural, la largura de aquel vestido élfico sobrepasaba la talla de la chica, por lo que las elfas se apresuraron en coser los dobladillos para adecuarlos a la invitada. Le ofrecieron unos plateados zapatos de tacón.

A continuación, ondularon un poco su corta melena con sus elegantes peines y colocaron allí una delgada diadema blanca, adornada en un extremo por una flor nacarada que había sido arrancada ese mismo día de los jardines reales. Ensombrecieron sus párpados superiores con un pigmento oscuro, destacando y embelleciendo de este modo sus ojos claros. También aplicaron un bálsamo sobre sus labios agrietados por la falta de agua.

Una vez finalizada su transformación, Iriel pudo verse en el espejo. Nunca antes se había visto tan hermosa. Un cosquilleo de emoción recorrió su pecho imaginándose la reacción del enano al verla. Había prometido apartar aquellos sentimientos de su cabeza hasta que la aventura hubiera finalizado, pero su corazón tenía planes diferentes y había aprendido a desobedecer a su ama.

Fue conducida por interminables pasillos hasta la sala en la que se celebraría el evento. Le pareció escuchar una multitud de voces y música. La fiesta había comenzado sin su presencia, por lo que entró tímidamente en la sala acompañada de las elfas. Le pareció que la sala detenía su actividad un segundo para continuar entre murmullos y comentarios. Su presencia no había pasado desapercibida para aquella elegante raza que no acostumbraba a tener demasiadas visitas. Thranduil no fue el primero que se percató de su llegada.

Su belleza era muy diferente a la de las elfas. Ellas tenían un etéreo influjo natural, sus divinos rostros no parecían de este mundo, sin embargo ella poseía una belleza más terrenal, más cercana.

"Una gema en bruto recién pulida" pensó Thorin cuando su respiración se entrecortó al verla aparecer en la sala.

Iriel repasó fugazmente la sala para buscar una compañía amiga. Sus pasos se detuvieron cuando sus ojos localizaron al enano. Los elfos también se habían encargado de prepararle con sus mejores galas. Thorin vestía una túnica de un intenso color turquesa, con ornamentados botones dorados y bordados alrededor del cuello. Era increíble que aquella prenda hecha para los elfos pudiera sentarle tan bien, realzando sus profundos y bellos ojos. Los puños de la prenda estaban bañados en oro, al igual que el cinturón que rodeaba su cintura. Unos penetrantes pantalones negros hechos de seda completaban aquel atuendo de elegancia y fortaleza. También habían cepillado sus enredados cabellos, fruto de sus incesantes contratiempos, pero no había permitido que modificaran ni un detalle de sus mechones trenzados ni de los adornos plateados que adornaban su pelo.

Iriel cayó presa de aquella visión, creyendo que había vuelto a enamorarse perdidamente de aquel hombre. El enano inclinó levemente su cabeza hacia ella para indicarle que se acercara. Iriel tragó saliva y caminó despacio, para dar tiempo a que su cuerpo consiguiera recuperarse de su embriagadora presencia.

Se detuvo justo delante de él, que la recibió con una seductora sonrisa. Antes de que pudieran pronunciar palabra, Thranduil elevó su voz ordenando a sus músicos que diera comienzo un animado baile. La melodía de las flautas y los laúdes inundó el ambiente con un armónico vals. Thorin tomó a Iriel de la mano y comenzaron a bailar. Sus pies parecían flotar en aquella alegre y suave canción. El enano la tomó por la cintura y la acercó hacia su cuerpo. Iriel rezó para que el enano no se diera cuenta del agitado palpitar de su corazón ni del rubor de sus mejillas. Thorin acercó sus labios a su oído.

- Los elfos suelen tardar en caer bajo los efectos del alcohol, así que tendremos que esperar a que la noche avance. – Susurró el enano, impregnándose con el olor a lavanda que desprendía la piel de la chica, haciendo verdaderos esfuerzos por no caer ante aquel embriagador y ligero aroma mezclado con el idolatrado perfume de la chica.

El enano se alejó para hacerla girar al son de la música. Cuando volvieron a encontrarse, la chica le devolvió el susurro.

- Debemos actuar con naturalidad para que no sospechen nuestras intenciones.

Antes de que el enano pudiera asentir, el Rey Elfo volvió a dar una orden.

- ¡Cambio de pareja!

Los elfos intercambiaron sus posiciones con la pareja que bailaba a su lado y pronto los dos compañeros fueron separados, bailando una pieza con cada uno de los acompañantes que surgían a cada canción. La noche avanzó entre bailes y risas y pronto Thorin e Iriel volvieron a encontrarse frente a frente.

Thranduil se levantó de su trono y señaló un sublime arpa que se escondía entre los demás instrumentos.

- Creo recordar que cuando visité por última vez la Montaña Solitaria, el joven príncipe amenizaba las ceremonias tocando el arpa. ¿Sería posible que nos deleitaras de nuevo con su melodía?

Thorin le miró con orgullo, no le agradaba la idea de satisfacer los deseos de ese hombre altivo y engreído, pero se había propuesto ser cortés para que aquel elfo no tuviera ninguna excusa para volver a encerrarle. Se acercó en silencio hacia aquel noble instrumento, bajo la atenta mirada de todos. Una elfa le cedió un taburete aterciopelado para que se acomodara mientras tocaba. Thorin colocó sus brazos sobre aquel instrumento, acariciando las cuerdas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había detenido a invocar su sonido. Había pasado tiempos felices al abrigo de aquel instrumento que le relaja cuando las preocupaciones se volvían demasiado pesadas. Cerró los ojos para dejarse llevar y empezó a deslizar sus dedos con delicadeza sobre aquellas cuerdas doradas.

La habitación guardó silencio ante la suave melodía que fue capaz de crear aquel áspero guerrero. Los elfos detuvieron sus acciones para dejarse embriagar por aquella sensación, algunos detuvieron sus bailes y sus conversaciones. De pronto, mientras todos se deleitaban con aquella dulce música, la voz del enano comenzó a entonar un cántico olvidado, que cubrió de tristeza y nostalgia a los presentes.

Más allá de frías y brumosas montañas,
A mazmorras profundas y cavernas antiguas,
En busca del metal amarillo encantado
Hemos de ir, antes que el día nazca.

Iriel sintió un violento impacto en el pecho. Aquello no eran sólo palabras, los sentimientos de tristeza y soledad arraigados en el corazón de aquel solitario enano estaban saliendo a la luz.

Los enanos echaban hechizos poderosos
Mientras las mazas tañían como campanas,
En simas donde duermen criaturas sombrías,
En salas huecas bajo las montañas.

En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y el sol.

Era la primera vez que escuchaba la profunda y sensual voz del enano en una canción. Una solitaria sensación crecía en su pecho, en parte feliz por escuchar aquella melodía y en parte triste por conocer aquel mensaje de nostalgia que reflejaba tiempos pasados que no volverían.

Los vientos ululaban en medio de la noche,
Y los pinos rugían en la cima,
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
Los árboles como antorchas de luz resplandecían.

La montaña humeaba a la luz de la luna;
Los enanos oyeron los pasos del destino,
Huyeron y cayeron y fueron a morir
A los pies del palacio, a la luz de la luna.

Le pareció que el rostro de Thranduil se tensaba al escuchar las referencias a aquel atroz enemigo. El rey enano había decidido cumplir su deseo de deleitarle con su habilidad como músico, pero a cambio de recordarle su amarga traición. Los elfos también fueron contagiados por ese sentimiento de nostalgia y agonía. A Iriel le pareció que algunas lágrimas escapaban del rostro de algunos de ellos, comprendiendo la tragedia ocurrida en aquella fortaleza enana. Ella también contuvo la respiración al escuchar la desoladora historia de los enanos, a pesar de que ya la conocía, le pareció revivir aquel día que no había vivido, le pareció ver a aquel enano erguirse entre los cadáveres de su pueblo, abandonado a su suerte.

Más allá de las frías y brumosas montañas
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a reclamar el oro hace tiempo olvidado
hemos de ir, antes de que el día nazca
.

De no haberse encontrado rodeada de tanta gente, Iriel habría corrido a los labios de aquel enano, a pesar de que había prometido dejar apartados sus sentimientos durante un tiempo. Le parecía increíble que aquel enano pudiera soportar tan dolorosos recuerdos y seguir adelante. Sus deseos de ayudarle a conseguir su sueño se incrementaron, se merecía recuperar su hogar, nadie se lo merecía más en toda la Tierra Media.

Los dedos de Thorin se detuvieron entre las cuerdas y se levantó abriendo de nuevo los ojos. La fiesta se había detenido a su alrededor, los elfos se encontraban paralizados, derramando las copas que sostenían en la mano, algunos intentando esconder las lágrimas que se les habían escapado. Thorin se giró hacia Thranduil para ver su reacción, satisfecho de haber enlutado aquella ilusoria fiesta. Thranduil le devolvió una mirada de odio y dio órdenes a sus súbditos para que la música continuara. La fiesta que se había visto envuelta por un manto gris, empezó a recuperar poco a poco el entusiasmo anterior, intentando olvidar aquel aciago suceso.

Thorin se aproximó hacia Iriel, que todavía sufría los efectos de aquella melodía.

- No sabía que tocaras el arpa.

- Mis manos no siempre han estado bajo el metal de la espada o el fuego de la forja. – Contestó colocándose a su lado para evitar mirarla a los ojos, pues había descubierto en ellos un brillo que le costaba resistir.

Iriel guardó silencio. Bastante le había costado contenerse durante toda la noche y ahora aquel enano había decidido ponérselo todavía más difícil. Le costaba resistir su presencia tras aquel suceso y no quería que el enano descubriera su respiración entrecortada, sin embargo, de nuevo, su corazón había decidido entregarse a sus caprichos y volvía a latir con fuerza desobedeciendo a su dueña.

Thranduil los miró lleno de rabia. De nuevo aquella pareja parecía humillarle con cada una de las pruebas a las que les desafiaba. Creyó que había llegado el momento de utilizar sus recursos. Mandó llamar a uno de los elfos y le indicó que se preparara para entrar en acción. Aquel elfo ocultaba un dardo venenoso entre sus manos, uno que había sido preparado con una de las extrañas plantas que crecían en el Bosque Negro, cuyas propiedades le otorgaban la facultad de hacer hablar a sus víctimas, revelando los secretos que no querían mostrar.

Aquel elfo se entremezcló en la multitud, deslizándose con sutileza hacia aquella pareja. Cuando estuvo a su alcance intentó clavar aquel objeto en la espalda del enano, pero Thorin había sobrevivido a demasiados peligros para no ser capaz de advertir un ataque por la espalda. Con una velocidad asombrosa se giró hacia aquel elfo y retorció su brazo, haciéndole tirar el dardo que se rompió al caer al suelo. Le empujó hacia la multitud con una poderosa patada. Los guardias advirtieron el revuelo y se abalanzaron hacia allí. Iriel aprovechó para arrojarles uno de sus puntiagudos tacones y desgarrar su vestido hasta la altura de las rodillas, sabía que a continuación le esperaba una frenética carrera. Thorin la agarró del brazo y derribó a los elfos que se interpusieron en su camino.

En medio de la confusión lograron escapar por una de las grandes puertas del salón y empezaron a recorrer los pasillos sin saber muy bien a dónde. Iriel empujó algunas de las macetas y las estatuas que adornaban las paredes, haciéndolas pedazos y entorpeciendo la marcha de sus perseguidores. Doblaron varios pasillos hasta que Thorin reconoció una puerta en la que había visto a las elfas guardar algunos enseres cuando le guiaron hacia el baile. Tocó los grabados de la puerta de la misma forma que le había visto hacerlo a ellas y la puerta cedió. Ambos penetraron en aquella sala apenas iluminada para ocultarse de los guardias.

Escucharon sus sincronizados pasos pasar de largo aquella puerta. Intentaron contener su agitada respiración por la carrera para que nada les descubriera. Con la pared apoyada en su espalda, Iriel agudizó el oído y le pareció escuchar que los últimos pasos se alejaban de allí.

- Creo que los hemos despistad…

No pudo terminar la frase porque los labios del enano se cernieron sobre los suyos, saboreándola con frenesí. Sus poderosos labios la succionaron hasta dejarla sin aliento, con una desenfrenada pasión. Al fin, el enano los separó para liberarla de esta atadura consentida.

- ¿No dijiste que debíamos posponer esto hasta Érebor? – Intentó responder Iriel con el escaso aliento que le había dejado aquel beso.

- Sí, eso dije.

El rey le respondió dibujando una tenue sonrisa.

Aquel lugar que le había tratado como a un despreciable delincuente también le había hecho afrontar sus verdaderos sentimientos. El corazón de Iriel se llenó de un sentimiento abrumador, que rebasaba por completo cualquier expectativa feliz que podía haber imaginado en sus sueños. Incapaz de contener la calidez que la envolvía, extendió su mano hacia Thorin, acariciando sus cabellos con la mano. El rey enano la imitó, acariciando suavemente su rostro con el dorso de la mano. Iriel fue incapaz de contenerse ante tanta felicidad y esta vez fue ella quien fundió sus labios en uno, con un beso más profundo y sincero que el anterior. Sus labios recorrieron cada rincón de sus semejantes, deleitándose con su sabor y su textura, como si con ese acto fueran capaces de compartir algo todavía más íntimo, una parte de su alma.

Ninguno de los dos quería que aquel momento terminara, ya no importaba que se encontraran en peligro, en el interior de aquellos húmedos pasadizos donde eran fugitivos, buscados con ahínco por cientos de elfos armados. No, ahora se encontraban en un sueño. Un sueño feliz del que no podrían disfrutar cuando volvieran, rodeados del mundo y sus preocupaciones.

Los dedos de Iriel se enredaron entre sus ondulados cabellos, sujetándolos con cariño, acariciando la nuca del rey enano. Thorin había posado una de sus manos en la cintura de la chica y la había atraído hacia su propio cuerpo. Ambos podían sentir los latidos del otro, palpitando al unísono, felices de que sus dueños al fin se hubieran permitido expresar lo que de verdad sentían, en lugar de obligarlos a esconder sus intensos sentimientos en una jaula profunda y solitaria.