Hasta que mi cuerpo se acostumbre a mi nuevo horario laboral creo que actualizaré más lento, cuando llego a casa sólo tengo ganas de dormir -_-
Rotenschal: Muchas gracias! ^^ Intenté hacer todo lo más romántico posible, me alegro de que te haya gustado!
HainesHouse: jajajajaja! XD muy fan de tu momento "que se la tire yaaaa!" xDDDDD me meooo. Al final tendré que cambiar el Rated de la historia! xDD
Ale, pues con los exámenes hechos, ahora a descansar y a desatrofiarse leyendo otro tipo de cosas ;) toca desentoxicarse académicamente jejejeje
daya20: *o* muchas gracias! La verdad es que lo del arpa es una pena que no salga en las películas, moriría viendo a Thorin tocando : ) ~~~
esta parejilla ya se merecía tener un capítulo así ^^ que majicos son
Lynlia: fuck yeah al elfo! XDDD Pues no les va a resultar nada fácil escapar, te lo aseguro.
Alva Loki: Es que llevaban mucha tensión acumulada xD en algún momento tenía que acabar ocurriendo esto. A partir de ahora puede que actualice algo más lento... -_-
Chica lista XD habrá barriles :P
Nuan: Bueno, cualquier momento es oportuno para desatarse así XD es más emocionante. Ya les tocaba a los pobres, ya.
Ennana20: Me alegro mucho de que te gustara *o*
Pues es que cuando pienso en este sexy enano las palabras se escriben solas xDDD
Aquí os dejo con el capítulo, bastante larguillo xD para compensar la espera. ¡Espero que os guste! ^^
*~~~~* CAPÍTULO 22: THRANDUIL *~~~~*
Bilbo acabó perdiendo la cuenta de todas las veces que entró, se arrastró y salió por ese agujero. Apenas podía cargar con unos cuantos alimentos por aquel estrecho conducto, por lo que tuvo que repetir la acción muchas veces hasta conseguir víveres suficientes para alimentar a todos los hambrientos enanos.
Nori y Bombur seguían dormidos, pero no parecían encontrarse en las garras de ninguna pesadilla, pues los dos sonreían con respiraciones acompasadas. Por lo menos aquel sueño encantado les había hecho olvidar las penurias en las que se encontraban.
Aquella noche, con el estómago medio lleno y sin ninguna pista del paradero de sus dos compañeros, decidieron descansar bajo el cobijo de los árboles, a una distancia prudente del palacio de los elfos, ocultos para que ningún vigilante de esta raza los encontrara. Al día siguiente, con energías renovadas, comenzarían la búsqueda, pues ahora poco podían hacer con el lamentable estado en el que se encontraban sus, apenas, recuperados cuerpos. Bilbo rezó para que ni Thorin ni Iriel se encontraran en peligro, sin sospechar que se encontraban más cerca de lo imaginado.
Los guardias del Rey Elfo recorrían cada pasillo de aquel esbelto palacio. Sus fugitivos no podían haber ido muy lejos, era imposible que hubieran burlado la seguridad de sus puertas, por lo que debían permanecer en su interior, escondidos en algún lugar insospechado.
Thranduil paseaba por el salón del baile, intranquilo. La música se había detenido y todos sus fieles súbditos le observaban sin mediar palabra. Al elfo pronto le incomodó ser el centro de todas las miradas, así que ordenó continuar con la celebración y decidió retirarse a sus aposentos. Caminaba herido en su orgullo, aquellos dos arrogantes seres habían descubierto su plan de utilizarlos y habían conseguido escapar ilesos. Habían burlado sus intenciones y ahora se encontraban en dios sabe dónde, riéndose de su fracaso. Atravesó las alfombras doradas de su territorio, caminó bajo los tapices y los estandartes que exhibían exultantes los emblemas de su linaje. Pronto llegó a sus lujosos aposentos. Se acercó a sus amplios ventanales y abrió las hojas de par en par, dejando que el frío aire de la noche despejara su frustración y su rabia.
Se perdió entre la fecunda belleza de su jardín, disfrutando de la delicada textura de una sinfonía de aromas procedente de la mimada vegetación que allí crecía con armonía. Allí, sumido en sus pensamientos, se entregó a la sabiduría de Ilúvatar con la esperanza de que su creador le iluminara con alguna solución para conseguir lo que quería. Tenía que retener a sus prisioneros y averiguar sus verdaderas intenciones, algo le decía que ambos andaban envueltos en algún oscuro propósito que perturbaría la paz de aquellas tierras. Aquella pareja no había caído en sus dominios por casualidad. Además aquel príncipe altivo que ya se había ganado el privilegio de rey, siempre le había llamado la atención. Incluso cuando visitó por primera vez la Montaña Solitaria, tantos años atrás, sintió que los penetrantes ojos azules de aquel joven enano podían franquear la serenidad que los años le habían concedido a su cuerpo inmortal. Siempre había deseado que aquel enano que le miraba desafiante, sin que su título ni su nombre parecieran importarle lo más mínimo, se acabara doblegando ante él, reconociendo su superioridad.
Además ahora había otra cosa más. Aquella mujer…
En su larga vida había conocido todo tipo de mujeres: valientes, sumisas, tranquilas, tímidas, dulces, respetables, luchadoras, familiares… Mujeres con todo tipo de oficios, que se habían entregado a sus votos y a su familia. Pero nunca había conocido a nadie como ella, ella tenía fuego en su mirada, bajo la claridad de sus ojos cristalinos, ella tenía coraje en su corazón, determinación en su interior, un férreo espíritu de lucha y desde luego, nadie podía negar que también poseía una magna belleza.
A aquella mujer le esperaba un destino diferente que al enano, él se encargaría de ello. Siempre y cuando consiguiera capturarlos…
Los cuerpos de los amantes continuaban entregados a la pasión, ajenos al peligro que se aproximaba hacia ellos, tentando a la suerte a cambio de sucumbir unos segundos más a sus deseos más profundos y renegados.
Thorin por fin se había atrevido a dar aquel paso, el único paso de la diminuta distancia que los separaba, empujados por las invisibles manos del destino.
Era inútil negar el modo en que la miraba durante las últimas semanas, lo que sentía cada vez que se encontraba en su presencia, lo agradable que le resultaba su inocente compañía, lo que anhelaba mirar aquellos ojos claros cuya pureza rivalizaba con la misma Piedra del Arca.
Era inútil negar lo que había sufrido cuando aquel orco malvado la sujetó por sus cabellos con la intención de acabar con su vida, la impotencia que había sentido al ver a su compañera sumirse en un pozo de desesperación cuando jugaron con sus miedos y sus recuerdos bajo aquellas ruinas, la culpa de ver sus ojos enrojecidos a causa de unas lágrimas que él mismo había provocado, el pesar de observar durante días su rostro exhausto sin pronunciar ni una queja recorriendo aquel bosque infecto que estaba absorbiendo todas sus energías.
Era inútil negar lo feliz que se había sentido cuando la chica se atrevió a confesar sus sentimientos y le prometió que lo acompañaría hasta el final, a pesar de que él no había sido capaz de darle una respuesta en aquel momento envuelto en una maraña de pensamientos contradictorios. Se sintió verdaderamente afortunado por ser alguien especial ante los ojos de ella, pues ante los suyos propios se veía como un fracasado y siempre se había torturado por ello, obligándose continuamente a hacer algo más para conseguir el favor de los dioses que tan injustamente habían pagado los esfuerzos de su pueblo con un inmerecido exilio.
Y sobre todo, era imposible negar que aquella noche, en cuanto traspasó aquella puerta con su tímida sonrisa y su elegante vestido que brillaba como una estrella fugaz, su corazón le reveló a gritos que aquella mujer estaba destinada a ser suya, que ninguna otra sería mejor candidata para convertirse en su Reina bajo la Montaña.
Ya se había cansado de huir y negar lo evidente. Le costaba demasiado esfuerzo seguir ocultando todo aquello. Sí, ella era su debilidad y lo sería de ahora en adelante. Si nada iba a cambiar aquello, ¿por qué no aceptarlo y empezar a protegerla con todas sus fuerzas? ¿Por qué no rendirse a sus cálidos deseos mientras soportaba aquella fría aventura sin retorno?
Esa fue la causa por la que decidió dejar atrás a la razón, a su miedo de que aquella decisión pudiera dañar a los dos mucho más que cualquier espada, a la fría coraza que había levantado a su alrededor para evitar que su corazón volviera a sufrir traicionado por alguien a quien consideraba importante. Deseaba perderse entre sus brazos, confesar sus debilidades y dejarse consolar por su dulce voz para apartar el incesante miedo que se negaba a confesar que sentía.
Por eso la agarró tan fuerte, por eso le robó un beso en aquella solitaria habitación en la que se habían escondido. Porque no soportaba esperar más.
Ya había esperado demasiados años para permitirse ser feliz. Si aquella iba a ser su última aventura, quería dejar este mundo sin poder reprocharse la cobardía de no haberse atrevido a tomar todas las decisiones que realmente quería.
Todos estos pensamientos se agolpaban en su interior mientras disfrutaba de aquel beso interminable. Ninguno se atrevía a apartar sus labios del otro, ninguno quería separarse del ser al que amaba con toda la intensidad de su existencia. Querían unir sus destinos en uno, compartir sus alegrías y su tormento, sus miedos y sus esperanzas, fundirse en un momento perfecto.
Iriel acariciaba la espalda del enano con ternura y él repetía la acción con cariño, subiendo su mano hasta su cuello, sintiendo como la piel de la chica se erizaba bajo su tacto.
La chica comprendió que si continuaban así, sus cuerpos les exigirían ir más allá y nada ni nadie podría detenerles. Desgraciadamente aquel no era el momento ni el lugar para tal ardiente deseo, así que con gran esfuerzo, separó lentamente sus labios de los del rey enano. Su beso se apagó despacio, sus labios se alejaron tímidamente, entreabiertos, sintiendo como el excitado aliento de ambos se entremezclaba.
- Todavía nos están buscando… siento dar por finalizado nuestro tercer beso.
Thorin asintió con la cabeza y la liberó de sus caricias. Inspeccionó el lugar intentando encontrar algo que les sirviera para escapar. Lamentablemente en aquella habitación no había más que trastos, ni siquiera un arma con la que defenderse. La única salida que existía era la misma por la que habían entrado, tendrían que volver a atravesar los pasillos.
Ambos escucharon en silencio a través de las paredes. No parecía haber ninguna señal de vida patrullando por allí, debían aprovechar la oportunidad. Antes de atreverse a abrir la puerta, el enano le dedicó unas últimas palabras de espaldas a ella.
- En realidad… era el cuarto.
Iriel abrió los ojos con intensidad.
- ¿Cómo que el cuarto?
- Los alrededores de la casa de Beorn. - El enano contestó esbozando una ligera sonrisa. – Eres incapaz de dominar tu cuerpo cuando está ebrio.
No le brindó la oportunidad de contestar porque abrió sigilosamente la puerta al terminar la frase. Las mejillas de la chica enrojecieron. Aquella noche seguía siendo una mancha en su memoria y ahora se lamentaba de que lo fuera, era una lástima no tener recuerdos de un beso de sus sensuales labios. Siguió los pasos del enano con la convicción de que si escapaban de allí podrían repetir aquel gesto tantas veces como ellos quisieran.
Cada paso era un peligroso avance, a pesar de la cautela, no podían estar seguros de que en el segundo siguiente no apareciera alguien tras una puerta, al doblar un pasillo, ante sus ojos o tras su espalda, volviéndoles a capturar para hacerles pagar por su huida.
Sin embargo escapar de aquellos muros no era lo único que preocupaba al rey enano.
- Tenemos que recuperar nuestras cosas – le susurró al oído – la llave y el mapa se encuentran en ellas, no podemos continuar sin eso.
Aquello era todavía más complicado que escapar, tenían que rebuscar en cada rincón del palacio, estaban seguros de que Thranduil se habría encargado de preservar sus pertenencias a buen recaudo. Thorin propuso un plan y a pesar de que Iriel no estaba de acuerdo en absoluto fue incapaz de hacer cambiar de opinión al rey enano. Se separaron, el enano se encargaría de distraer a los guardias el tiempo suficiente para que la chica pudiera explorar los pasadizos, después se reunirían en la habitación donde habían desatado su pasión. Esperaría su llegada hasta el alba, si no acudía al encuentro, debía salir de allí y buscar a los enanos. Thorin sabía que aquel plan acabaría con su captura, pero confiaba en que la chica fuera lo suficientemente inteligente como para escapar dejándole atrás cuando se diera cuenta de lo que había pasado. Por su parte, Iriel también temía las verdaderas intenciones del enano, por ello tenía que encontrar el mapa y la llave lo antes posible, antes de que los guardias capturaran a Thorin. Con el objetivo de sus misiones bien claro, ambos se alejaron con pasos silenciosos pero veloces. Iriel tuvo la fortuna de conseguir unas telas oscuras de un montón de ropa sucia. Su vestido de gala de brillante azul aguamarina no ayudaba precisamente a pasar desapercibida. Descalza, con el vestido rasgado a la altura de las rodillas y cubierta por aquella tela, intentó deslizarse sin ser vista, haciendo memoria de todas las veces que se había colado en fortalezas para robar tesoros prohibidos. Aquellas andanzas habían quedado atrás hacía años, mientras confinaba su vida al trabajo de cazarrecompensas. Esperaba que al menos aquella época de bandida fuera a servirle ahora para algo. Escuchó pasos mezclados con banales conversaciones. Un grupo de elfas vestidas como sirvientas atravesaba el pasillo, llevando toallas y vasijas plateadas por las que humeaba el vapor del agua caliente. Iriel se camufló tras una estatua y allí espero a que pasaran.
Thorin miraba de reojo por aquel recodo del pasillo. Había un par de elfos armados patrullando por allí, caminaban despreocupados, sin sospechar el encuentro. Cuando llegaron a su altura, Thorin se abalanzó sobre ellos con sus diestras dotes de guerrero. Les arrebató la lanza de las manos y utilizó el palo para noquearlos, golpeando sus cascos de metal, dejándolos sin sentido antes de que hubieran sido capaces de alertar su presencia. La lanza era demasiado grande para su altura, así que la partió con su rodilla para manejarla mejor, al menos ahora tenía un arma con la que defenderse. Se apartó de los cuerpos inconscientes de los elfos y prosiguió su camino, preparado para descargar su rabia sobre cualquier elfo que se atreviera a cruzarse con él. Se enfrentó a varias patrullas más mientras la chica inspeccionaba cada rincón del lugar.
Pronto sus ataques empezaron a propagar la voz y los guardias se reunieron para buscarle en mayor número. Al menos una veintena se presentó ante él, rodeándole, con sus miradas impasibles y sus estilizados y sincronizados movimientos. Como un elegante paso de baile, comenzaron a esgrimir sus espadas hacia él. Thorin paró la mayoría de los golpes con la lanza, asestando contundentes impactos sobre los puntos críticos de cada guerrero. Un ataque apareció desde atrás, golpeándole uno de los gemelos. El impacto le hizo perder el equilibrio y doblar su pierna, pero aún de rodillas fue capaz de detener dos estocadas dirigidas a su pecho y su cabeza. Sin embargo aquella posición le otorgaba una notable desventaja, las ropas de gala no eran las más adecuadas para moverse, aquella debilucha lanza no era nada en comparación con el magnánimo acero de su hacha enana, sus enemigos eran guerreros entrenados con firmeza y pulcritud en estrictas y disciplinadas artes de batalla y le superaban en número a cada segundo que pasaba. Mientras mantenía sus manos ocupadas en detener la espada que intentaba abrirse paso hacia su piel, sintió el frío acero de otra hoja sobre su cuello, procedente desde atrás. Con un gruñido de rabia, Thorin soltó el arma, aceptando la derrota.
Le golpearon mientras lo inmovilizaban con cadenas de hierro. Se ensañaron con él por haber humillado a sus guardias y a empujones lo arrastraron hasta su prisión, encerrándole en el lugar que Thranduil había ordenado, un lugar mucho más profundo y protegido que su celda anterior, una celda que se encontraba justo debajo de sus dependencias.
Iriel vio sus esfuerzos recompensados y tras mucho abrir y cerrar puertas que no conducían a ninguna parte, encontró una puerta en uno de los extremos más recónditos del lugar, protegida por varias cadenas de hierro negro sobre los tiradores. Tenía la corazonada de que sus cosas estaban allí dentro, era el lugar perfecto para esconderlo. Iba a retirarse una de las pocas horquillas que las elfas habían colocado sobre su pelo para forzar la cerradura cuando sintió un golpe en la cabeza. Cayó al suelo sin sentido, sin haber sido capaz de percibir que aquella sombra se acercaba a ella. La siguiente vez que abrió los ojos se encontraba tendida en el suelo de las mazmorras, con unas largas cadenas en sus muñecas y en sus tobillos que la amarraban a las paredes de su prisión. Se giró rápidamente a su izquierda, preparada para disculparse ante Thorin por su fracaso, pero él no se encontraba allí. Se encontraba completamente sola en las mazmorras, custodiada en las afueras por un par de centinelas que tenían orden de no quitarle la vista de encima ni un momento. Todavía mareada y dolorida por el golpe en la cabeza, volvió a cerrar los ojos y cayó en un profundo sueño.
Thranduil recibió la noticia de que sus dos presas habían sido capturadas, cada una encerrada en un lugar de su castillo. Decidió acudir a visitar al enano para recordarle quién mandaba en el lugar. De la chica ya se encargaría más adelante. Bajó las lúgubres escaleras de caracol que se ocultaban tras una falsa pared de una de sus dependencias y sonrió con la satisfacción del trabajo bien hecho. Allí abajo, un par de guardias custodiaban aquel escondido lugar que no había sido construido para prisioneros normales. Los guardias se apartaron de aquella enrejada entrada en cuyo fondo se encontraba una celda con barrotes de espinas. El Rey Elfo mandó a los guardias dejarles a solas para conversar y entonces se acercó sonriendo hacia el malherido cuerpo del enano.
- Eres un sucio mentiroso. – Rugió Thorin en cuanto le vio aparecer.
- Y tú un invitado con rudos y molestos modales. Has atacado a la mitad de mi corte, es lógico que te encuentres en esta situación.
- ¡Tú nos atacaste primero con uno de tus lacayos!
- ¿Cómo te atreves a acusarme de tan mezquino agravio? Mi sirviente sólo iba a ofreceros un presente, mas lo atacasteis antes de que pudiera entregároslo.
Thorin sabía perfectamente que el elfo estaba mintiendo a sangre fría pero nada podía hacer para probar su inocencia bajo sus dominios.
Thranduil se quedó un rato más en la celda, deleitándose al ver al enano en aquella posición, sometido al yugo de sus férreas cadenas, a pesar de que su insolente mirada no había menguado ni un ápice. Intentó interrogarle de nuevo acerca de sus verdaderas intenciones, pero el enano no volvió a pronunciar palabra. El elfo acabó retirándose, no sin antes dar licencia a sus guardias para que utilizaran métodos para hacerle hablar por la fuerza. A pesar de esto, les advirtió que no fueran demasiado duros y le proporcionaran bebida y comida regularmente. Quería doblegar a aquel enano, pero no hasta el punto de maltratarlo, pues se trataba de un semejante de otra raza, no un enemigo como los orcos o los trasgos.
Fuera, con los escasos y tenues rayos de la mañana que aquel bosque espeso permitía emerger, los enanos se repartieron en grupos para explorar por los alrededores. Balin y Óin, quienes tenían conocimientos sobre curaciones, enviaron al hobbit al palacio en busca de algunas hierbas medicinales que les permitieran despertar a sus amigos del onírico estado en el que se encontraban. Así fue pasando el día, los enanos exploraron por los alrededores, cada uno en una dirección, y como era de esperar, regresaron con las manos vacías, sin una pista de su soberano ni su compañera. Mientras tanto Bilbo seguía infiltrándose en el lugar, en busca de los alimentos y de las solicitadas hierbas. No iba más allá de las puertas de aquella despensa por miedo a ser descubierto. Dos días más sucedieron. Los enanos cada vez se encontraban más intranquilos, pero no querían perder la esperanza, aunque las posibilidades de que sus compañeros hubieran sobrevivido en aquel lugar sin cobijo ni alimento eran mínimas. Fue aquella segunda noche cuando Bilbo se atrevió a aventurarse más en el núcleo de aquella fortaleza, con la intención de conseguir los últimos ingredientes del remedio que los enanos estaban preparando.
En un corredor custodiado por altos estandartes se cruzó con un par de centinelas que mantenían una interesante conversación mientras patrullaban. Bilbo corrió a esconderse instintivamente, a pesar de que era imposible que le vieran.
- Nuestro soberano se comporta de forma extraña estos días. No sé por qué pierde el tiempo con ese patético enano. Debería dejarlo allí pudriéndose de hambre, en lugar de ofrecerle comida y bebida a cada momento.
Bilbo agudizó el oído, sus esperanzas despertaron al oír aquellas palabras.
- Nuestro rey siempre tiene un motivo para todo lo que hace. Estoy seguro de que ese enano esconde un secreto que le interesa a nuestra gente. No olvides que desciende de sangre real, es un prisionero importante y debemos tratarle bien.
Las esperanzas del hobbit se tornaron en preocupación. Thorin había pasado aquellos días como un prisionero. Tenía que encontrarlo y pensar algo para ayudarle a escapar.
Dejó atrás a los guardias y empezó a buscar la entrada hacia las mazmorras. Después de perderse varias veces, encontró unas escaleras que parecían bajar al interior de la tierra. Un centinela custodiaba la entrada, su relevo llegaba tarde y estaba comenzando a quedarse dormido. Bilbo pasó a su lado de puntillas intentando no respirar. Luego corrió hasta el fondo, donde encontró una silueta encadenada de brazos y pies por unas gruesas y oxidadas cadenas. Sin embargo era una mujer quien se encontraba cautiva.
- Iriel – la llamó Bilbo entre susurros, todavía sorprendido por haberse encontrado con ella en el lugar del enano. La chica miró en todas las direcciones sin entender nada. Parecía cansada pero no estaba herida. Vestía ropas elegantes y rasgadas, bastante inadecuadas para la situación en la que se encontraba.
Brevemente el hobbit reveló su identidad y el truco que lo volvía invisible. Iriel respiró aliviada al averiguar que todos los enanos se encontraban a salvo, pero se preocupó al conocer que el rey enano se encontraba custodiado en algún otro lugar del palacio que Bilbo no había conseguido encontrar. Iriel le relató con detalle dónde creía que se encontraban todas sus cosas, las necesitarían para salir de allí y juntos intentaron trazar un plan para escapar. Bilbo avisaría a los enanos de su situación y con su peculiar magia intentaría investigar alguna forma segura de salir de allí.
Por más que recorrió el palacio, fue incapaz de encontrar el lugar donde Thorin se encontraba prisionero, y aunque sí consiguió llegar hasta la puerta que Iriel le había descrito como el lugar donde guardaban sus cosas, no fue capaz de abrirla. En su lugar siguió recorriendo el lugar en busca de las hierbas medicinales que le faltaban, sin dejar de explorar cada rincón, agudizando su oído en cada conversación que podía serle útil para conseguir información.
Finalmente llegó a la bodega, donde un par de elfos colocaban barriles llenos en el almacén y arrastraban otros vacíos por una trampilla donde se escuchaban las aguas de un río subterráneo. La mente de Bilbo ideó en ese momento un ingenioso plan de huida. No estaba muy seguro de a dónde conducían aquellas aguas, ni si también estarían embrujadas, pero era una salida no vigilada y una buena oportunidad para escapar sin ser vistos. Escuchó pacientemente a aquellos dos elfos que se quejaban de su trabajo, y tras varios tragos de las añejas reservas de vinos que preservaban, empezaron a largar una preciada información para el mediano. Acabó averiguando quiénes les enviaban los barriles y a dónde conducían, y hasta que aquellos dos elfos eran los únicos desdichados que se encargaban de aquella labor día tras día, sin descanso, por lo que de vez en cuando decidían abandonar su puesto de trabajo sin que nadie les echara en falta.
Bilbo salió de aquel palacio en busca de los enanos. Todos se alegraron de las buenas noticias y decidieron investigar a dónde conducía aquel río subterráneo para poder recibir a sus compañeros a la salida. Balin y Óin prepararon por fin su remedio casero y finalmente sus compañeros dormidos despertaron, bastante enfadados, pues los sueños en los que estaban inmersos eran bastante más agradables que la realidad que les aguardaba.
Volvieron a abusar de las nuevas habilidades del saqueador para intentar conseguir las últimas reservas de comida antes de escapar de allí. Bilbo hizo aquel último viaje pero decidió descansar hasta la medianoche, donde llevaría a cabo su plan de huida para ayudar a sus compañeros.
La paciencia del Rey Elfo estaba empezando a agotarse. Los días pasaban, ninguno de sus prisioneros cedía y seguía sin conocer sus verdaderas intenciones. Era muy irregular que el soberano de los enanos viajara solo, sin escolta, ocultando su verdadera identidad y atravesando sombríos caminos. Debía de haber algún enigmático propósito para esto, tal vez algún asunto militar, algún pacto con gentes de infame calaña que no querían que se conociera. ¿Qué se proponía el enano tan alejado de las Montañas Azules? ¿Conquistar algún otro territorio para asentar su legado? ¿Conseguir un ejército ilícito para defender sus tierras? Estaba claro que las intenciones del enano se le escapaban y aquella ventaja le ponía muy nervioso, acostumbrado a conocer todo lo que ocurría en sus tierras y fuera de ellas.
Había intentado arrancarle aquella información al enano como fuese y por ello había concentrado sus esfuerzos en esto, sin visitar a la chica hasta que Thorin le revelara algo, pero ya se estaba cansado de tanta cortesía.
Conseguir la información no era lo único que ansiaba. Quería que aquella insolente mujer, tan incorregible como el enano, acabara uniéndose a su séquito, su instinto le decía que podría ser una valiosa aliada y además, tenía muchas ganas divertirse con ella. Se dirigió hacia las mazmorras donde la chica se encontraba prisionera. Incluso bajo aquellas cadenas, con la mirada vacía a causa del cautiverio y el vestido rasgado y lleno de polvo, seguía siendo extraordinariamente bella.
- El Rey Elfo debe de tener pocos asuntos que atender para entretenerse tanto en retener a unos simples viajeros. – Le desafió nada más verle aparecer, estaba cansada de estar allí encerrada sin ningún motivo, no entendía por qué aquel elfo tenía esa obsesión por ellos.
- Mi deber es conocer todo lo que sucede en mis dominios, incluyendo los propósitos de las personas que deciden atravesarlos.
- Tener tu asentamiento aquí no te da derecho a controlar todo lo que pasa a tu alrededor. No tienes derecho a entrometerte en la vida de la gente, cada uno es libre y responsable de sus actos.
- Estoy de acuerdo, siempre que esos actos no acaben perjudicando a mi gente y nada me asegura que vuestras sospechosas y secretas intenciones no tengan consecuencias.
Iriel bufó, aquel elfo sabía manejar las conversaciones para acabar dando una explicación razonable a todos sus retorcidos actos. Daba igual lo que le dijera, él siempre buscaría un motivo para justificar lo que hacía. Thranduil sonrió al ver que la chica empezaba a darse por vencida.
- Eres una mujer inteligente, entiendes que con vuestra actitud me estáis obligando a esto, – dijo señalando los barrotes y las cadenas con la mirada – pero tú no tienes por qué estar aquí. Si colaboraras, podría encontrarte un lugar algo más cómodo. – Le dijo con tono amable, inclinándose sobre los barrotes de su celda. La chica le observó sin cambiar de actitud, con los labios sellados, no pensaba pactar nada con él – Tan obstinada como imaginaba… el enano ya me advirtió mientras le interrogaba que eras una testaruda.
El cuerpo de Iriel se tensó al oír aquella referencia que al elfo no le pasó desapercibida. Creyó conveniente seguir por el mismo camino.
- Esto no tendría por qué ser así… podríais ahorraros todo esto si alguno de los dos respondiera a alguna de mis preguntas. Los enanos son tercos y poco razonables, capaces de soportar grandes tormentos antes de ceder en sus intenciones, sin escuchar a la lógica; pero afortunadamente tú no eres uno de ellos. Tú podrías ahorrarle mucho sufrimiento y acortar esta agonía.
El cuerpo de Iriel temblaba de rabia al imaginarse al enano torturado bajo el mando de aquel despiadado elfo, pero intentó ocultar su cólera para no darle esa satisfacción al elfo. Sabía que no podía revelarle nada de la misión, el enano había pasado por mucho para preservar el secreto, además recordaba a la perfección el odio con el que la había mirado y la violencia de su voz cuando mostró la llave a los trasgos. No le diría nada, pero tal vez podía aprovechar el acercamiento y su falsa colaboración para averiguar una forma de escapar.
- ¿Qué clase de preguntas?
Thranduil sonrió, su negociación empezaba a ser efectiva.
- Para empezar, me intriga saber cómo has acabado viajando con este enano y qué es lo que has visto en esta desterrada criatura para serle tan fiel.
- Ya te lo dije, me contrató como guía en una taberna. Y respecto a mi lealtad, él nunca me ha fallado, lo justo es corresponderle del mismo modo.
- ¿Es ese el único motivo? – La observó inspeccionando cada minúsculo gesto de su cuerpo. Aunque se empeñara en ocultarlo, cada parte de su cuerpo revelaba a gritos que se encontraba profundamente cautivada por el rey enano, cosa que molestaba bastante al elfo.
- ¿Qué otro motivo podría haber?
Thranduil sonrió. Aquella mujer era dura a pesar de su mala situación, por ello su excitación ante la idea de doblegarla aumentaba más y más.
- A veces las mujeres os dejáis engañar por cualidades que son fáciles de manipular. He de reconocer que Thorin siempre ha sido admirado por sus dotes, pero su brillo se apagó hace mucho tiempo, sólo queda la sombra de lo que fue. – Le susurró con una voz seductora. – Me preocupa que ese espejismo pueda haceros derramar lágrimas que no merece.
Iriel se quedó sorprendida por el cambio de actitud del elfo. Sus intenciones estaban claras, además de conseguir información, pretendía seducirla con su amabilidad. Estaba convencida de que parte de este hecho se debía al obsesivo interés de hacer rabiar al enano. El odio que había entre ellos era innegable, a pesar de que ella creía que el único que tenía verdaderos motivos para tales sentimientos era Thorin.
- No es necesario que os preocupéis por eso. Mis lágrimas son responsabilidad mía y de nadie más. – Concluyó para dejar claro que no buscaba su consuelo.
Sin embargo, Thranduil estaba satisfecho con la conversación, se creía capaz de hallar una pequeña muesca en los sentimientos de la chica para hacerla dudar. Chasqueó los dedos para avisar a sus guardias. Les ordenó que tras la medianoche la sacaran de la celda y la condujeran a sus aposentos. Salió de las mazmorras con un perverso plan en la cabeza y acudió directamente a visitar al rey enano. Sabía perfectamente lo que le iba a decir.
Thorin parecía cansado, el traje que había llevado en la fiesta estaba lleno de polvo y restos de sangre. Tenía rozaduras en las muñecas y en los tobillos de intentar escapar, varios cortes en las mejillas y en los labios y su pecho entreabierto mostraba rastros de latigazos.
- He de admitir que posees una gran fortaleza. Magno debe der ser el secreto que me ocultas.
- Ya te hablé sobre mis intenciones, no sé qué más pretendes que te diga. – Le contestó cansado, sin mirarle a la cara.
- No intentes hacerme creer que has recorrido medio mundo sólo para visitar a unos parientes. – Hizo una pausa y sus ojos brillaron con picardía – Afortunadamente para mí, parece que la chica tiene mejor disposición que tú a revelar la información y… menos resistencia…
- ¡No la metas en esto! Ella no sabe nada. – El cuerpo de Thorin se movió con brusquedad, haciendo sonar las cadenas. El elfo se divirtió al ver su reacción.
- Tranquilo, sé tratar con mujeres. No serán precisamente gritos de dolor los que saldrán de su boca.
Aquel descaro encolerizó aún más al enano. Se levantó acercándose a los espinosos barrotes lo máximo que le permitían las cadenas y le amenazó con una mirada y una voz llenas de ira.
- Como te atrevas a tocar uno sólo de sus cabellos, te juro que lo lamentarás. - El odio que emergió de aquellas palabras era muy diferente al de cualquier otra afrenta que se habían dedicado. Aquella amenaza iba en serio. La excitación recorría de nuevo el cuerpo del elfo. No se había equivocado. Ella era el instrumento perfecto para doblegar a aquel enano.
- Mi querido amigo – dijo inclinándose hacia él con desprecio – no seré yo quien la obligue a nada que no quiera. Pobre iluso, tu error siempre fue confiar demasiado en los demás, ¿de verdad crees que te elegirá a ti pudiendo a aspirar a algo mejor? La decisión es bastante sencilla… Tú no tienes nada que ofrecerle.
Thorin no replicó, sacudido durante un segundo por un miedo que no le había abandonado ni un momento. Realmente seguía sin entender qué había visto ella en él. Sentía que le había fallado a todo el mundo desde el día en que el dragón penetró en la fortaleza y no se había perdonado por ello ni un momento. Si en esta ocasión volvía a fracasar, ¿cómo lo soportaría? ¿Cómo se atrevería a mirarla a los ojos? Afortunadamente, teniendo en cuenta hasta dónde estaba dispuesto a llegar, si fracasaba no creía que tuviera oportunidad de volver a verla. El brillo de sus ojos se apagó durante unos segundos, enterrado en su pesar.
Sin saber por qué, aquel cambio de actitud en su incesante competencia hizo que el elfo sintiera una amarga sensación, una culpa que ninguno de los dos se merecía. Se sorprendió a sí mismo por tales sentimientos, someter a aquel enano era lo que buscaba, debería sentirse orgulloso de su triunfo, pero era al contrario. Tras estos segundos de debilidad, el enano volvió a mirarle envuelto en cólera, aquel breve momento de pesadumbre desapareció y el elfo también volvió a recuperar su actitud.
Dio media vuelta para alejarse de la celda, sintiendo la encolerizada mirada del enano atravesándole y escuchando su agitada respiración llena rencor. Para romper aquella extraña sensación decidió provocarle todavía más antes de desaparecer por las escaleras.
- Una última cosa, por si no te has dado cuenta, mis dependencias se encuentran sobre esta celda. Si prestas atención es posible que consigas escuchar sus gemidos esta noche.
Ascendió por las escaleras de caracol mientras oía al enano rugir de rabia mientras le dedicaba algún insulto en su primitiva y ordinaria lengua enana. Se quedó descansando en sus aposentos mientras esperaba a la medianoche, y con ella, la llegada de su invitada.
Había llegado la hora de poner en marcha el plan. Bilbo se despidió del resto de los enanos que se dirigían hacia el sinuoso curso de aquel río mientras a él le tocaba la parte más difícil. Recorrió aquellos pasillos que había memorizado durante el día, sorteó a los elfos que se topó por el camino y acabó en el lugar donde la guardia hacia su relevo. Con bastante cuidado se deslizó entre ellos destapando un pequeño bálsamo que había preparado Balin antes de irse. El fuerte olor de aquella fragancia pronto hizo su papel y dado que los elfos tenían un fino olfato, pronto cayeron en un ligero sueño a causa de sus efectos. El hobbit volvió a ocultar el frasco y agarró un manojo de llaves que parecía abrir todas las cerraduras que él necesitaba. Con el entusiasmo y la adrenalina recorriendo sus venas a gran velocidad llegó hasta la puerta que guardaba todos los objetos de sus compañeros. Miró a ambos lados para asegurarse que nadie veía un manojo de llaves volando hacia la cerradura. Probó varias de ellas hasta que escuchó el añorado clic que abrió la puerta. Dentro había multitud de cofres y objetos. Visualizó en un rincón las brillantes y elegantes ropas del enano. Bajo el abrigo de pieles se encontraban el resto de las pertenencias de sus compañeros. Lo primero que buscó fue la cartera de cuero con el mapa y la llave. El objeto adornado con runas enanas había pasado desapercibido como un vulgar monedero, nadie había descubierto sus misterios. Al lado encontró una pequeña vara. El arma de Iriel también había pasado desapercibida. Cogió la bolsa de cuero de la chica para ocultar allí los dos objetos. También vio la brillante e impecable hoja de Orcrist y con mucho pesar tuvo que dejar allí aquella joya, era demasiado grande para él y no podía ocultarla. Ya conseguirían otra espada más adelante. Salió de aquella habitación dejando todo como estaba y bajó corriendo hacia su próxima parada: las mazmorras.
El siguiente paso era liberar a la chica y conducirla hacia los barriles, una vez allí echaría un último vistazo al lugar para intentar localizar el escondite donde ocultaban al rey enano, confiaba en encontrarlo en aquel último escrutinio. Cuando sus ojos se toparon con la celda vacía de la chica sus pies se detuvieron en seco y el sudor que recorría su cuerpo pareció volverse frío.
Aquello no entraba en el plan. ¿Dónde se habían llevado a Iriel?
Los guardias condujeron a la chica hasta los aposentos de Thranduil. Caminaba descalza, con las manos atadas a la espalda y una venda de seda en los ojos. Cuando llegaron llamaron a la puerta y entraron cuando el elfo les dio permiso. Después se marcharon dejando allí a la muchacha a merced de sus deseos.
El elfo la esperaba sentado sobre las sábanas doradas y blancas de su aristocrática cama. Su habitación estaba decorada con madera blanca y marfil. Los muebles se curvaban con elegancia. Una alfombra de piel de oso pardo daba la bienvenida a la entrada. Varios retratos de bellos paisajes y antiguos mapas de constelaciones vestían las paredes. También había curiosos objetos decorando sus estanterías: figuras de madera, un cuervo disecado, un astrolabio, una planta que parecía tener pétalos de cristal, un prístino pergamino escrito en tinta roja… Nada parecía estar allí por azar. Iriel no podía observar nada de todo aquello, a través de la sombra de aquella venda ni siquiera podía discernir dónde se encontraba el elfo.
- Debes estar cansada. Puedo ofrecerte una revitalizante copa del vino de mi mejor reserva. – Dijo mientras agitaba la copa de cristal con vetas de oro blanco que contenía aquel licor. – Una excelente elección para amenizar esta velada.
- ¿Velada? – Se burló Iriel intentando aparentar seguridad con la privación de sus sentidos y su movilidad – Olvida los eufemismos que disfrazan este cautiverio y explícame por qué me has traído hasta aquí.
La chica no parecía querer seguirle la corriente. Sonrió ante su falta de paciencia. Dejó con suavidad la copa sobre su tocador y se levantó hacia ella. Iriel notó sus pasos acercándose, el elfo se detuvo a pocos centímetros de su cuerpo.
- La paciencia no es una de tus virtudes. – Dijo con suavidad mientras jugueteaba con uno de los mechones de pelo de la chica, frotándolo con delicadeza entre sus dedos y soltándolo de nuevo. Iriel contuvo el escalofrío que le provocó aquel acercamiento y el sentir la voz del elfo tan cerca, rozando su piel.
Antes de que pudiera decir nada más, el elfo sujetó la venda que ocultaba sus ojos y estiró de ella deshaciendo delicadamente el nudo al sujetarla por un extremo. Antes de que la venda le mostrara algo de su alrededor, el elfo se abalanzó hacia su objetivo, presionando sus labios en la boca de la joven, penetrando las defensas de su boca para robarle un beso que no le correspondía. En cuanto Iriel sintió su tacto un escalofrío más desagradable que el anterior recorrió su cuerpo. Abrió los ojos con intensidad para toparse con aquella pálida piel mientras sentía sus brazos rodeándola. Forcejeó para apartarse de ese beso que rechazaba y dado que no tenía mucha movilidad y el elfo la sujetaba con fuerza, decidió amargarle aquella osadía mordiendo con todas sus fuerzas aquellos gélidos labios hasta hacerlos sangrar. Al sentir el dolor, el elfo la apartó rápidamente soltando un grito. Se llevó los dedos hasta su labio herido y al comprobar que la chica le había rechazado de aquella forma tan violenta haciéndole sangrar, la ira le llevó a propinarle un severo golpe en la mejilla con el revés de la mano. Iriel cayó a la cama por el impulso de la bofetada, quedando ligeramente de lado sobre el colchón, mirando de reojo al elfo con una mirada fría que le demostraba que no se iba a dejar intimidar por su presencia, mientras sentía el golpe ardiendo en su mejilla y una gota de sangre resbalándose por sus labios.
El elfo trató de mantener la calma, había empezado con mal pie con su invitada. No quería conseguir nada por la fuerza. A pesar de la negativa, volvió a recuperar la seguridad en sí mismo, había otros modos de convencerla para sucumbiera a él. Se inclinó hacia ella y acarició su mejilla, limpiando la sangre que fluía por los labios que acababa de probar.
Sus cabellos dorados cayeron sobre el rostro de la chica, su aliento estaba cada vez más cerca.
- Tranquila, no voy a forzarte a nada que no quieras, no soy esa clase de bárbaros, siempre he respetado el honor de una mujer. – En ese momento apartó los cabellos de la chica, acariciando su cuello - Sin embargo, estoy seguro de que conseguiré que tu indomable voluntad me desee.
- Puedes esperar toda una Edad si quieres, pero no servirá de nada, jamás desearé a un presumido y arrogante elfo como tú. – Contestó Iriel a pesar de que no se encontraba en situación de provocarle todavía más.
Thranduil se agachó aún más para aspirar al aroma de los cabellos de la chica. Iriel soportaba aquellos acercamientos intentando que su cuerpo no mostrara el desagrado que sentía, no quería ofrecerle esa satisfacción. El elfo intentaba provocarla sin rozarla, había prometido no traspasar aquella línea hasta que ella no se lo pidiera. Sin embargo, la respiración entrecortada de la chica se debía a la tensión de la situación, no a su deseo. Intentó cambiar de plan. Se desabrochó un par de botones del cuello de su túnica plateada y retiró una llave negra que colgaba de su cuello con un cordel de plata. Dejó la llave sobre el tocador, al lado de la cómoda y acarició su metal mientras hablaba sin mirar a la chica.
- No comprendo qué ves en él. Lo que admiras es sólo un espejismo, una ilusión que se apagó hace tiempo. Ahora no hay más que odio y soledad en su interior.
Llegados a ese punto, Iriel comprendió que era inútil negarle lo que sentía por Thorin, el elfo lo sabía de sobras.
- Tú ayudaste a apagar aquella ilusión.
- El fuego del dragón no sólo quemó estandartes y carbonizó los cuerpos de sus soldados, también redujo a cenizas los sueños y las esperanzas de los que allí sobrevivieron. – Dijo adquiriendo un solemne tono en su voz, perdido en aquel trágico día. – Aunque nosotros hubiéramos luchado nada habría cambiado, sólo habríamos añadido más sangre a aquella masacre. No se podía hacer nada, era un suicidio hacerle frente a ese monstruo. Aunque él siga convencido de que debía librarse aquella batalla, lo que ocurrió fue la mejor decisión. Algún día tendrá que entenderlo.
Ya no era la soberbia la que guiaba las palabras del elfo, sino la razón. Tal vez aquel elfo no había tomado su decisión de negar auxilio por cobardía, sino para evitar un derramamiento innecesario. Al darse cuenta de que estaba revelando sus pensamientos más profundos, Thranduil sacudió la cabeza, sorprendido de haber confesado esas palabras. Su tono volvió a ser orgulloso.
- El dragón le trastornó, llevándose sus felices recuerdos. Ya no es el sensato príncipe que conocí. Su demente obsesión y sus deseos de venganza son lo único que ocupan sus pensamientos. No puede olvidar todo lo que perdió, da igual lo que consiga a partir de ahora. ¿Crees que tú podrás sustituir todo aquello? ¿Qué alguna vez te mirará de la misma forma que contemplaba sus monumentales salones? ¿Qué te venerará de la misma forma que veneraba el fulgor de la Piedra del Arca?
De nuevo una referencia a aquel singular mineral. Iriel había oído a los enanos hablar de su perfección. Por muy especial que fuera, sólo era una joya más, no entendía por qué todos le daban tanta importancia. Nunca había oído a Thorin hablar de ella, es más, le parecía que el enano evitaba la conversación siempre que podía y se apartaba de sus compañeros cuando les oía hablar de ella.
Iriel desvió su atención a la llave negra que había dejado. Si la llevaba al cuello debía de guardar una cerradura importante. El elfo comenzó a acercarse a ella de nuevo, intentando convencerla de que se olvidara de aquel enano que nunca la correspondería como se merecía. Se colocó encima de ella, mirándola fijamente. Era increíble como los ojos azules del rey elfo podían ser tan diferentes de los del rey enano. Su gélida y vacía mirada distaba mucho de la profunda y férrea de la que se había enamorado. Su pálido rostro comenzó a bajar hacia ella, quedando a un milímetro de sus labios. En lugar de volver a besarla, sus labios se curvaron con una sonrisa.
Sin aumentar la distancia de sus rostros, comenzó a acariciar el cuello de la chica con una mano, mientras se apoyaba en la cama con la otra. El contacto erizó la piel de la chica. El acercamiento la ponía demasiado nerviosa, no sabía en qué podía acabar aquella incómoda situación. No quería aquel estirado cuerpo sobre ella, aquellos largos dedos deslizándose sobre su piel, aquel aliento de menta sobre sus labios, aquellos ojos vacíos recorriéndola.
Se alejó de sus labios y acarició su oreja con ellos, deleitándose con el estremecimiento que sentía en el cuerpo de la chica a cada contacto. Sintió cómo el vello de su piel se erizaba, como su respiración se volvía intranquila, a pesar de que la chica intentaba mantener su seguridad con esfuerzo, le resultaba especialmente divertido ver todo lo que le costaba disimular la natural reacción de su cuerpo. Con la otra mano se deslizó hasta la pierna de la chica, arrastrando levemente su desgarrado vestido, sin avanzar demasiado, dejando a su mano juguetear sobre su rodilla, sin traspasar esa línea.
Sobre la cama, bajo el liviano cuerpo del elfo, con las manos atadas a la espalda, con sus finos y extensos cabellos dorados acariciando su pecho, su mano sobre su rodilla y sus labios susurrándole un mensaje desesperanzador, poco podía hacer para resistirse o liberarse de aquel juego que había comenzado sin su permiso. Aquel juego sólo parecía tener un final y no le gustaba en absoluto. Cerró los ojos para intentar escapar de aquella situación. Los profundos ojos azules del enano le infundieron de repente la sensación de tranquilidad que tanto necesitaba. La voz del elfo se fue apagando en su cabeza, llevándose aquel mensaje gris. Le pareció que eran las manos del enano las que la aprisionaban con delicadeza y deseó con todas sus fuerzas que así fuera.
El elfo concluyó su cortejo mordisqueando sensualmente el lóbulo de su oreja. También aprovechó para desabrochar un par de botones del sugerente escote que le otorgaba aquel vestido élfico. Aquello esfumó el espejismo con el que estaba intentando escapar.
- Te ofrezco liberarte de su influencia, que de seguro acabará arrastrándote a un oscuro agujero; y a él le doy la oportunidad de desaparecer de mi vista olvidando que este encuentro ha existido. – Sintió el cuerpo de la chica contrayéndose bajo el suyo, intranquilo, asimilando la oferta que le proponía y el precio que pagaría por ella. - La decisión está en tus manos. Su libertad a cambio de que te quedes aquí conmigo.
