Creo que ha quedado bastante claro que tenemos que fundar un club anti-Thranduil xDDD me pido presidenta! XDDDD

Parece que los exámenes hacen bastante mella en todo el mundo, veo fanfiction más desierto que nunca xD

HainesHouse: Claro, si se la tira el anillo se va a tomar por culete xD y sería mejor para ella que lo pudiera seguir usando de ahora... por lo que pueda pasar en lo que queda de viaje.
Bueno xD de momento no voy a cambiar el rated, si necesito que algún capítulo suba completamente de tono (que probablemente subirá) ya pensaré en algo

Lynlia: No sé por qué siempre me he imaginado a Thranduil con esa faceta perversa xD así es más divertido.

nuan: maldito elfo presumido... Iriel está entre la espada y la pared, a ver cómo consigue salir de ésta ;)

daya20: si, thranduil es facilmente odiable xDD de hecho me he propuesto que sea así en esta historia jajaja. Aparece un intruso en esta pareja que por fin se había decidido, a ver cómo se resuelve...

No os hago sufrir más, aquí os dejo el siguiente capítulo. ¿Qué decidirá Iriel?


*~~~~~* CAPÍTULO 23: CIUDAD DEL LAGO *~~~~*

El elfo esperaba impacientemente la respuesta, recorriendo con su penetrante visión cada milímetro de sus curvas, sintiendo temblar el acorralado cuerpo que yacía bajo su presencia. Se mordió los labios con lascivia imaginándose lo que supondría una respuesta afirmativa. Sabía que era injusto conseguir su favor de aquella manera, pero no le importaba. Iriel le miraba con miedo e impotente rencor, sopesando el trato que ni se habría planteado aceptar en otras circunstancias. Pero claro, ahora había algo que le importaba más que su propio bienestar. Tragó saliva, sus labios temblaban, sus dientes rechinaban de rabia, no quería aceptar su propuesta pero su suerte le parecía insignificante comparada con la misión que acontecía a los enanos. Había prometido a aquella Compañía que haría lo que estuviera en su mano para ayudarles a alcanzar la Montaña Solitaria, y si ésta era una forma de hacerlo, no le quedaba más remedio que aceptarla, a pesar de la repulsión que sentía al imaginarse entre los brazos de aquel estúpido y creído elfo sin escrúpulos. Sintió una gota de sudor resbalándose por su mejilla hasta caer por su pecho que subía y bajaba de forma irregular luchando contra esta tensión. Se percató de que el elfo estaba siguiendo con la mirada la solitaria gota que avanzaba por su piel hasta descender por su escote desabrochado. Antes de que se perdiera por él, el elfo apartó la mano que acariciaba el cuello de la chica y atrapó aquella gota lujuriosamente con la yema de sus dedos para después llevársela los labios, saboreándola con malicia. Aquel contacto le hizo odiarle todavía más, habría golpeado su níveo rostro de no ser por las cuerdas que la amarraban. La herida que se amorataba en los labios del elfo no era nada en comparación con lo que le haría, si pudiera, por atreverse a tratarla como un simple objeto para satisfacer sus sucios deseos.

- Vamos, no tengo todo el día y el enano tampoco.

Tras pronunciar esta frase Iriel escuchó un potente golpe seco. Acto seguido el elfo cayó de bruces sobre ella, inconsciente.

Con la tensión de la situación ninguno de los dos se percató de que la puerta de la habitación se abrió lentamente, dejando paso a un intruso invisible. Iriel tardó unos segundos en comprender lo que acababa de suceder.

- Gracias a Eru… Bilbo… - dijo suspirando.

Bilbo se quitó el anillo, todavía sostenía en la mano la pequeña vara del arma cerrada de Iriel. El mediano temblaba mirando el cuerpo inconsciente del elfo, preguntándose si se habría pasado al golpearle con eso en la cabeza. Nunca se había imaginado agrediendo a un elfo, a un ser tan puro y bondadoso, pero aquel hombre no parecía tener estas cualidades en la superficie y ahora mismo estaba atacando a su compañera, bueno, no exactamente, pero… en cualquier caso aquello no parecía una acción consentida. Bilbo se sintió muy incómodo al pensarlo.

- Ayúdame. – Iriel intentó empujar al otro lado de la cama el cuerpo del elfo que había caído sobre ella. Se dio media vuelta, quedando boca abajo sobre el colchón, mostrándole al mediano sus maniatadas manos – Corta las ataduras, deprisa.

Bilbo sacó una navaja del bolsillo de su chaleco y las cortó rápidamente, temía que el elfo recuperara el sentido en cualquier momento. Tras liberarse, Iriel se frotó las muñecas, las ataduras le habían apretado demasiado y ahora tenía marcas en la piel. Echó un último vistazo con odio al elfo y se apresuró a coger la llave negra que había colocado sobre el tocador.

- Estoy segura de que esta es la llave que abre la celda de Thorin, tenemos que encontrarle enseguida y salir de este horrible lugar. – Dijo sintiendo un escalofrío en la piel, todavía le parecía estar sintiendo aquellos distantes dedos rozándola. Intentó olvidar aquella desagradable sensación sacudiendo la cabeza.

- Yo sé dónde está. – Dijo el hobbit. Iriel se dirigió a la puerta de la habitación. – No, no es por allí.

Iriel le miró extrañada. El hobbit empezó a inspeccionar las paredes, tocando cualquier saliente. Finalmente empujó una tabla que se encontraba justo debajo de un mapa de la región. La zona cedió dejando ver una ranura. El hobbit arrastró la tabla hacia un lado, como una puerta corredera. Una falsa pared. Unas escaleras de caracol aparecieron mostrando una entrada hacia las profundidades. Una tenue luz provenía del interior, alumbrando apenas el descenso. Iriel dejó escapar una exclamación de asombro. Bilbo extendió la mano para recibir la llave.

- ¿Cómo sabías…?

- Cuando fui a buscarte a las mazmorras y vi que no estabas allí empecé a recorrer la fortaleza como loco. El azar hizo que me topara con los guardias que te habían trasladado. Se burlaban de que el enano estuviera encerrado en una fría prisión secreta justo debajo del lugar donde el Rey Elfo pensaba… "divertirse cálidamente" – dijo el hobbit cohibido, ruborizándose al pensar en la escena que se habría encontrado si hubiese llegado más tarde y se alegró de no haber sido así.

Iriel apretó los puños encolerizada. Aquel presuntuoso elfo tampoco poseía el don de la discreción y toda su corte estaba perfectamente enterada de sus intenciones. Algún día se vengaría de él, pero no ahora, no debía dejarse llevar por su irracional enojo. Intentó respirar profundamente para enfriar sus pensamientos. Se acercó al mediano y con una mirada fría le susurró al oído.

- Nunca le hables a nadie de este incidente.

Bilbo tragó saliva por la glacial voz de su compañera que sonaba casi como una amenaza y asintió sin pronunciar palabra. Él era el primero en querer olvidar aquella embarazosa situación y creyó que para la chica debía de ser infinitamente peor. Posó su atención en las escaleras y empezó a bajarlas apoyándose en las resbaladizas paredes. Iriel miró por última vez hacia el dormitorio y hacia la puerta. De seguro que nadie se atrevería a molestar al Rey Elfo en aquellos momentos, así que podían aprovechar esos minutos para escapar sin levantar sospechas. Escuchó los pasos del mediano alejándose entre los peldaños y suspiró intentando borrar de su rostro todas las desagradables sensaciones que acababa de experimentar para que el enano no se percatara de lo ocurrido. Su corazón empezó a palpitar enérgicamente ante la perspectiva de volverle a ver tras tantos días de soledad y cautiverio, pero sintió miedo de lo que pudiera encontrar, temía contemplar el daño que aquel perverso elfo habría sido capaz de hacerle al enano para intentar arrancarle la información que deseaba.

Los pasos del mediano se perdieron en el pasadizo, pero entonces un nuevo sonido la sacó de este conglomerado de dudas.

- ¡Bilbo!

La sorprendida voz de Thorin llegó hasta sus oídos, tan profunda, tan sensual. Su corazón dio un vuelco al escucharla. Un hormigueo empezó a recorrerle el estómago y un cosquilleo ardiente despertó en sus labios y en sus mejillas. La última vez que se habían visto había sido dando rienda suelta a sus sentimientos. Se preguntaba cómo iban a reaccionar ambos al volverse a encontrar. No creía que Thorin fuera a comportarse así con ella delante de los enanos, tenía que preservar una figura firme y autoritaria acorde a su liderazgo. Tenía que mantener su fuerte e impertérrita presencia para que sus enemigos no averiguaran sus debilidades. Se llevó la mano al pecho. No le importaba. Le daba igual guardar todo aquello en secreto. El enano correspondía sus sentimientos, ¿qué más podía pedir? Para ella era suficiente saberlo, ya se perdería entre sus brazos y entre sus dulces besos cuando llegara el momento.

Escuchó una lejana y distorsionada conversación allí abajo. Probablemente Bilbo estaría contándole todo lo que había sucedido. El anillo, el plan de huida…

Ya había esperado bastante al borde de las escaleras, era hora de bajar para reunirse con ellos. Volvió a abrocharse los botones que Thranduil había soltado e intentó arreglar como pudo el deteriorado aspecto de sus ropas. Descendió aquellos peldaños de piedra cuya frialdad le recordaba a un camino de hielo invernal bajo el contacto de sus pies descalzos.

Las voces sonaban cada vez más cerca y la tenue luz se hacía más intensa. Dobló el último recodo de aquella curvilínea escalinata y vislumbró al fondo una pequeña figura liberando los grilletes de otra. Sus suaves pasos alertaron al enano que giró la cabeza instantáneamente hacia la escalera.

Iriel sintió cómo se le encogía el corazón. Thorin tenía el traje manchado con gotas de sangre y restos de tierra de su desamparada celda llena de espinas. Su rostro estaba surcado por un par de heridas, menores que las que le había producido el ataque de Azog tantas semanas atrás, pero aun así dolorosas. En su pecho destapado asomaban las marcas de algunos latigazos. A pesar de ello el enano la miraba preocupado, examinando con temor la parte visible del cuerpo de la chica en busca de algún rastro de abuso por parte de sus captores. No vio ninguna herida en su cuerpo salvo los roces de las cadenas en sus muñecas y en sus tobillos. No pasó desapercibido para el enano el tinte rosado de su pómulo golpeado por el elfo y la leve herida de su labio inferior.

Antes de que su rostro se transformara en una expresión a medio camino entre la rabia y la preocupación, el de la chica esbozó una pequeña sonrisa. Las defensas del enano cedieron por completo ante aquel gesto, aquella sonrisa era suficiente para despejar todas sus preguntas, ella ahora estaba bien, no necesitaba más, pues hay silencios que lo dicen todo y palabras que no transmiten nada.

Justo cuando Iriel iba a decirles que debían darse prisa, el filo de un inesperado cuchillo aprisionó su garganta procedente de su espalda. La alta figura del elfo se encontraba allí, mirándoles sin mostrar ningún sentimiento, de forma impenetrable, sujetando a la chica con fuerza para hacer retroceder a su prisionero.

- ¡Suéltala Thranduil! – Rugió Thorin.

- Vuelve al interior de tu celda y la soltaré. Y el mediano también. – Dijo el elfo con una voz autoritaria, completamente seguro de que controlaba la situación. Se frotó la cabeza en la zona donde había recibido el golpe y miró con odio al hobbit. Al ver que ninguno retrocedía apretó más el filo contra el cuello de la chica. Iriel dejó escapar un gemido de dolor- ¿Acaso no me habéis oído?

Thorin estaba a punto de retroceder cuando el ingenio de Bilbo volvió a resolver la situación.

- Cúbrete la nariz – Le dijo en voz baja. Acto seguido arrojó a los pies del elfo el frasco que le había preparado Balin. El cristal se rompió y desprendió su paralizante aroma. Al elfo no le dio tiempo a cubrirse y debido a su fino olfato, aquella sustancia penetró en sus sentidos más rápido que en los de la chica. Sintió que se le nublaba la vista y que sus percepciones se volvían difusas hasta anularse por completo y caer en un profundo sueño. Cayó al suelo arrojando la daga. Iriel también se vio en parte afectada por el somnífero. Bilbo corrió hacia ella para taparle la boca y la nariz con un pañuelo impregnado en esencia de romero y así intentar aminorar los efectos. La sujetó antes de que cayera al suelo.

Mientras tanto, sin ninguna vacilación, el enano se dirigió hacia el cuerpo desmayado del elfo y no dudó ni un instante en lo que debía hacer a continuación. Lo arrastró hacia aquella espinosa celda y lo encadenó de la misma forma que había estado él, cerrando la puerta de la prisión y llevándose la llave consigo. Si sus súbditos lo encontraban tendrían que ingeniárselas para derribar los barrotes si querían sacarlo de allí.

El pañuelo de Bilbo alivió un poco los efectos del aroma que todavía impregnaba el ambiente, pero Iriel había inhalado ya buena parte del contenido. El enano le tendió la mano para ayudarla a subir por las escaleras de caracol mientras Bilbo tomaba la delantera con su manto invisible para enseñarles el camino. Iriel apenas distinguía formas borrosas a su alrededor, pero la mano firme del enano la guiaba para avanzar. Le pesaba todo el cuerpo bajo aquella onírica sensación pero luchó con todas sus fuerzas para que sus pies siguieran el ritmo de la huida. Se detuvieron varias veces gracias a los avisos del hobbit, esperando que las patrullas pasaran de largo. Conforme atravesaba los pasillos, las formas comenzaban a volverse algo más nítidas y los sonidos menos borrosos.

Casi sin aliento, llegaron a la bodega donde se encontraban apilados los barriles. Los encargados de transportar las mercancías no se encontraban allí. Bilbo les explicó su idea. Debían meterse en el interior de los toneles y él se encargaría de cubrir y afianzar bien las tapas con clavos para que nada penetrara en su interior, después esperarían a que los dos elfos volvieran a su trabajo para devolver los barriles por la compuerta que daba al cauce del río a cambio de los nuevos cargados con provisiones. Atravesarían el río en su interior hasta que los enanos les liberaran al otro lado, a una distancia suficiente de las agudas miradas de los elfos.

Thorin consideraba peligroso dejar a Iriel sola en el estado en el que se encontraba, temía que se quedara dormida a causa de los remanentes efectos del frasco y que esto le dificultara respirar el escaso aire que les acompañaría, o aún peor, que el agua penetrara lentamente en el interior sin que ella fuera consciente hasta que fuera demasiado tarde. Desgraciadamente no existía ningún barril lo suficientemente grande para viajar acompañada y la hora de que los elfos regresaran se acercaba peligrosamente.

Iriel intentó explicarle que se encontraba bien, pero era difícil disimular que todavía se encontrada afectada por aquella pesadez cuando no era capaz de enfocar su rostro completamente, ni de pronunciar palabras con demasiada fluidez. Bilbo intervino, prometiendo que viajaría sobre el barril, sujeto a su tapadera, agudizando el oído ante cualquier peligro que pudiera advertir.

Ambos se introdujeron en el interior de aquellos estrechos recipientes que se iban a convertir en su llave hacia la libertad. A Iriel nunca le habían gustado demasiado los espacios tan pequeños, la sensación de estar atrapada en un hueco tan estrecho la ponía bastante nerviosa, como si fuera a ser enterrada viva. Por supuesto no confesó tales sentimientos y agradeció los efectos del somnífero que le impedían pensar con claridad. Se acurrucó allí dentro, cerrando los ojos, rezando para que aquella ingeniosa treta finalizara pronto.

Los elfos, un tanto borrachos, no tardaron en aparecer para intercambiar los barriles. Les pareció que los barriles pesaban demasiado para estar vacíos, pero como sus sentidos no se encontraban en sus mejores condiciones, hicieron caso omiso a esta apreciación y empujaron los barriles hacia la corriente. Los barriles bajaron veloces. A Bilbo apenas le dio tiempo a sujetarse en el de la chica. Los tres sintieron la velocidad con la que descendían por aquel camino acuoso. Bilbo fue el único que visualizó la respuesta a aquella aceleración. Ante sus ojos apareció una cascada. No era demasiado alta, pero lo suficiente como para provocar un grito en el hobbit y hacerle perder el equilibrio cayendo propulsado hacia adelante. Bilbo se hundió en el fondo del río al caer y se impulsó con todas sus fuerzas para volver a subir hacia la superficie. Cuando lo consiguió vio los barriles alejándose. Daban vueltas sin control, pero al menos flotaban, cosa que envidió el mediano en aquellos momentos. Intentó nadar hacia ellos con todas sus fuerzas, pero le resultaba un tanto difícil para sus cortos brazos.

Mientras, el interior de los barriles era un caos. A pesar del escaso espacio, los cuerpos de ambos chocaban contra todas las paredes del barril, balanceados por la turbulencia de las aguas. Los golpes hicieron ceder los listones y poco a poco el agua comenzó a filtrarse por las ranuras, añadiendo una nueva dificultad a la situación. Tras recorrer un buen trecho, que les pareció eterno, chocando contra las rocas, girando en círculos, volcándose sobre los lados, sintiendo como el agua se abría paso al interior reduciendo el minúsculo espacio del aire, por fin llegaron al lugar donde les esperaban los enanos. Sus compañeros controlaron los toneles amarrándolos con una cuerda. Tiraron de las sogas para acercarlos a la orilla y los destaparon en cuanto pudieron.

Thorin e Iriel salieron a rastras, sin aliento, escupiendo agua, respirando con angustia, intentando llenar al máximo sus pulmones con aquel aire libre de restricciones.

Bilbo pidió auxilio desde las aguas. Con dificultad, en las profundidades del río, acertó a quitarse el anillo para que todos pudieran verle. Dwalin lanzó una cuerda al agua para socorrer al mediano. En cuanto tocó tierra firme, Bilbo también se desplomó sobre el suelo, intentando recuperar sus fuerzas, contento por haber salido de allí con vida.

En el interior de los barriles, sus compañeros no lo habían pasado mejor. Iriel, sin ser capaz de dar las gracias a sus rescatadores, tras salir a rastras de allí, se tumbó en la orilla, boca arriba y con los brazos extendidos, sin fuerzas. Cerró los ojos para intentar calmar su respiración jadeante, intentando recuperarse del ajetreado viaje que la había despertado por completo. Su vestido estaba completamente empapado, adherido íntimamente a su figura, sin dejar mucho a la imaginación; además, su respiración agitada que elevaba su pecho sin descanso, contribuía a realzar sus dotes. Los golpes y las astillas de la madera habían deshilachado algunos fragmentos del traje, dándole a la tela un aspecto aún más deteriorado del que ya tenía. Los botones que cubrían su pecho habían recibido algún que otro tirón y las costuras estaban algo inestables.

Thorin se encontraba a unos metros de ella, arropado por los enanos, tosiendo el agua que se había abierto paso hasta su garganta. A pesar de que todos se encontraban muy emocionados por haber rescatado a sus compañeros perdidos y deseaban abrazarlos y tirarse con fuerza encima de ellos para celebrarlo, Balin les aconsejó que se contuvieran por el momento y se alejaran para facilitar la respiración a los dos náufragos. Las gotas caían sin cesar desde los cabellos del enano hasta el suelo donde se apoyaba.

Tras unos segundos de recuperar la respiración y la calma, un oscuro pensamiento se instauró en la mente del enano como un relámpago, un miedo que le había torturado desde hacía horas. Las palabras de Thranduil resonaban en su cabeza, así como su risa perversa.

"¿De verdad crees que te elegirá a ti pudiendo a aspirar a algo mejor?"

"Si prestas atención es posible que consigas escuchar sus gemidos esta noche"

Un escalofrío helado recorrió su interior. ¿Habría sucumbido ella a sus trucos? No, no lo creía probable, confiaba en ella. Sin embargo, de aquella sucia rata no se fiaba en absoluto. ¿Habría sido capaz de caer tan bajo como para robarle su virtud a una dama?

Se levantó de golpe, todavía sin haberse recuperado de la huida y la llamó a gritos.

- ¡Iriel! – La rudeza de su voz la estremeció. La chica se incorporó deprisa, quedándose sentada sobre la hierba, sin entender lo que pasaba. - ¿Dónde estamos? ¿Qué dicen los animales del bosque?

Había información oculta en aquella perspicaz pregunta, una que inquietaba muchísimo al enano. La chica, todavía un poco mareada, no fue capaz de leer entre líneas y tardó un poco en reaccionar.

- No lo sé…

Aquello ratificó sus temores. Un nudo helado se instauró en su pecho y en su estómago. Se acercó a ella a grandes zancadas.

- ¿Cómo que no lo sabes? - Thorin se agachó para agarrarla por los hombros y la zarandeó con cierta brusquedad para que le volviera a contestar, mientras mostraba una notable cara de preocupación.

Sin entender muy bien lo que sucedía, volvió a responder.

- No hay animales por aquí cerca, no sé dónde nos encontramos.

Tras escuchar la respuesta, el nudo que se había formado en su garganta se deshizo, sintió como si se hubiera liberado de un gran peso. Era un gran alivio saber que la amenaza del elfo no se había llegado a cumplir.

- Ya veo, es una pena. - Iriel no entendía la expresión de tranquilidad que se dibujaba en el rostro del enano, no había conseguido averiguar la localización en la que se encontraban y aun así parecía bastante satisfecho. Thorin vio el rostro de desconcierto de la muchacha y en su interior sintió deseos de abrazarla por su inocencia. Sus manos todavía sujetaban con fuerza sus hombros. Los cortos cabellos de ella gotearon rítmicamente sobre sus firmes manos, las cuales se deslizaron por el lateral de sus hombros con suavidad, estirando la tela de las mangas hacia atrás. Aquel contacto fue el detonante para aquellas costuras que ya estaban en las últimas a causa de los bamboleos. Tras este simple gesto, la costura del escote cedió y ambos botones se descosieron, saliendo despedidos hacia adelante, chocando con el pecho del enano.

Los ojos de Thorin se desviaron hacia aquella zona sin que su dueño pudiera detenerlos. Por un momento se quedó paralizado por aquella sugerente visión que mostraba una pequeña parte de los encantos de la chica. Aunque este descaro no era propio de él, en aquel momento fue incapaz de apartar la mirada.

El crujido de la tela y el estallido de los botones ocurrieron demasiado rápido para que ella pudiera reaccionar. Iriel se sobresaltó al ver la dirección que tomaban los ojos de Thorin y en ese momento se percató de que su vestido mojado desvelaba más de lo que ella había sospechado. Abruptamente, una sensación de calor invadió todo su cuerpo, se sentía profundamente avergonzada por mostrarse con aquella atrevida apariencia delante de todos.

Al ver la perturbación de la chica, el enano la soltó rápidamente y ella se llevó la mano al escote agarrando la tela, tapando instantáneamente cualquier rastro de su atrayente feminidad. Bajó la vista al suelo mientras sus mejillas se tornaban rojas. No se atrevía a mirar al enano, su corazón latía con nerviosismo, la sangre fluía a golpes por su pecho. Thorin carraspeó, pronunciando una disculpa apenas audible, intentando disimular que sus mejillas también se habían visto afectadas por el suceso y que su cuerpo estaba siendo recorrido por un cosquilleo desconocido. Si en aquel momento se hubiesen encontrado solos…

Bofur, que había visto la escena desde lejos, se burló de la situación con su habitual ironía.

- ¡Qué buena idea! Ya tenemos un suculento señuelo para distraer al dragón mientras nuestro saqueador hace su trabajo, seguro que hace mucho que no ve a ninguna mujer.

- Mira que eres bruto… - Se lamentó Dori, quién intentaba no mirar a la chica en aquellos momentos. Balin intentó zanjar la conversación al ver la incomodidad de la chica y de su rey.

- Creo que deberíamos buscarle ropas nuevas a la señorita, antes de que su figura trastorne las mentes calenturientas de estos rudos enanos.

- ¡Oye! Habla por ti, yo nunca pensaría en nuestra compañera de ese modo – Replicó Bombur.

- Claro, porque sabes de sobra que no tienes ninguna posibilidad con ella… ni con ninguna otra – Provocó Bofur riéndose a grandes carcajadas.

Bombur empezó a perseguirle para darle su merecido por sus comentarios. Una animada pelea comenzó entre ellos, mezclada con una trivial discusión entre todo el grupo. La chica intentó aprovechar aquellos momentos para escabullirse. Fíli y Kíli, intentando disimular que estaban muertos de risa por lo que había sucedido, y sin atreverse a echar un disimulado vistazo a Iriel por miedo a las represalias de su tío, le tendieron camisas y pantalones secos para que se quitara su destrozado vestido. Ellos eran los más delgados del grupo, sus ropas serían las que mejor le sentarían. Dwalin hizo lo mismo con Thorin para que se despojara de aquellas ropas mojadas producto de los elfos que tanto detestaban. Ori le ofreció a la chica sus botas de repuesto para cubrir sus pies descalzos. Tras cambiarse entre los árboles, ella volvió con su nueva ropa, que era increíblemente cómoda. Bilbo le devolvió su arma y su bolsa de cuero, sacando la cartera con el mapa y la llave y entregándoselo a Thorin.

De nuevo reunido el grupo, emprendieron la marcha para salir de aquel bosque que ya habían recorrido durante demasiado tiempo. Óin y Balin comentaban acerca de las señales celestes, no habían podido estudiarlas últimamente debido a la espesura del bosque, pero pronto tendrían ocasión de analizarlas con detalle, el Día de Durin se acercaba peligrosamente. Habían perdido la noción del tiempo en el interior de aquellos árboles, sospechando que habían permanecido perdidos y encerrados allí más días de los que en realidad habían transcurrido. Nada sabían del mago, y en aquellos momentos sentían que necesitaban su consejo más que nunca.

Decidieron seguir el curso de aquel río que los había transportado, cuyas aguas parecían conocer el camino mejor que ellos. Caminaron durante todo el día, desde que escaparon de los barriles al amanecer hasta que el horizonte empezó a tornarse rojizo, descansando para comer las provisiones que había sustraído y curando levemente las heridas de sus compañeros. Tuvieron cuidado de no ser vistos durante la travesía. Por la mañana descubrieron a un grupo de Elfos del Bosque, no muy numeroso, caminando por allí, transportando barriles de comercio, iguales a los que ellos habían utilizado. El grupo pasó de largo y los enanos, saliendo de sus escondites, prosiguieron su camino. Tras el mediodía Thorin lideraba la marcha, caminando a grandes pasos junto a Dwalin y Glóin. No habló más de los estrictamente necesario ni les contó a sus compañeros lo que había ocurrido bajo los muros de los elfos, y por supuesto, ninguno de los presentes se atrevió a preguntar, pero observaron apenados las heridas que recorrían el cuerpo de su líder. Iriel caminaba por detrás, intentando seguir la marcha con su cuerpo cansado. Bofur, Kíli y Fíli intentaban ofrecerle algo de conversación para que olvidara su agotamiento.

Thorin no le dirigió la mirada en ningún momento ni volvió a acercarse a ella. Tal como sospechaba, delante de los enanos aparentaba seguridad, una fría actitud que nada se parecía a la cálida ternura que le había dedicaba estando a solas. A pesar de que Iriel sabía que debía ser así, no pudo evitar echar de menos una simple mirada por su parte.

Tras un par de horas de marcha desde el último descanso, el río aumentó su caudal, su curso se ensanchó dando paso a un enorme lago. Bilbo se quedó asombrado al contemplar aquella extensa colección de agua. De no saber el lugar en el que se encontraban, habría jurado que lo que estaba contemplando era el mar. Las aguas cristalinas brillaban con las últimas luces de la tarde.

Pero aquel lago no se encontraba vacío, sobre la plataforma fluvial se extendía una próspera ciudad construida por completo con madera sobre pilares que emergían del interior del lago.

- Ciudad del Lago – proclamó Balin – Un próspero asentamiento de hombres.

- ¿Se atreven a vivir aquí? ¿Tan cerca de la montaña? – preguntó Bilbo.

- Mucho tiempo ha pasado desde que el dragón destruyó la ciudad de Valle. – Explicó Thorin – Los que escaparon de aquella tragedia decidieron asentarse aquí, negándose a abandonar su tierra. Tuvieron suerte de conseguir un lugar próspero para cultivar los campos y comerciar sus frutos. Dedicados a este tipo de vida, sólo los más ancianos recuerdan aquellos sucesos, las generaciones siguientes han crecido aquí sin problemas, olvidando las historias de sus mayores, que poco a poco han caído en el olvido convirtiéndose en una efímera leyenda.

- Nosotros les recordaremos que no es así – declaró Kíli dando un paso junto a su hermano.

- Somos el linaje de Durin, los enanos de Érebor, sus antiguos vecinos, más les vale brindarnos una buena bienvenida – añadió Fíli posando su mano en el hombro de su tío, que sonrió ligeramente por el alegre ímpetu de sus sobrinos.

- Esperemos que los hombres nos reciban mejor que los elfos… - susurró el hobbit a la chica.

Todos tenían ganas de descansar, refrescar sus gargantas con unas buenas jarras de cerveza bajo los acogedores muros de cualquier posada, y sobre todo, dormir por una noche en una habitación, sin necesidad de establecer turnos de vigilancia, sin estar rodeados de árboles que no se acababan y de una atmósfera que les ponía la piel de gallina. Alegres, emprendieron la marcha hacia la ciudad, con la esperanza de ser bien recibidos.

Ciudad del Lago era una ciudad tranquila. Sus habitantes se dedicaban al comercio, principalmente con los Elfos del Bosque, no solían tener muchos visitantes desde aquel lado, sólo los elfos se movían con facilidad por los traicioneros caminos del Bosque Negro. Un par de centinelas vigilaban la entrada, inmersos en conversaciones rutinarias del día a día.

Un grupo de trece enanos se presentó ante ellos, atravesando las puertas como si nada. Cuando el primer enano atravesó la puerta, ambos centinelas abandonaron su conversación para cortarles el paso.

- ¡Un momento! ¡No podéis pasar!

Dwalin, quien había avanzado primero, les miró de forma fulminante. A pesar de que los hombres casi le doblaban en tamaño, su fiero aspecto lleno de tatuajes y sus puños de hierro los amedrentó.

Bifur, Bofur y Nori también se adelantaron, dedicando la misma mirada seria a los centinelas. La gente que compraba en los puestos del mercado de los alrededores empezó a mirar hacia la entrada desde una distancia prudencial, cuchicheando entre ellos. La noticia de la presencia de los enanos se extendió como la pólvora por aquella ciudad en la que nunca sucedía nada diferente, la gente comenzó a acercarse, en grupos, sin atreverse a aproximarse demasiado. Más guardias acudieron por si hacía falta ayuda.

- ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Por qué no podemos pasar? – Preguntó Dwalin de mala gana.

- Debéis identificaros primero. – Respondió aquel guardia mientras intentaba mantenerle la mirada al enano, sin mucho éxito.

Thorin vio oportuno presentarse. Se abrió paso entre los enanos y declaró con su profunda voz.

- Soy Thorin, hijo de Thráin, hijo de Thrór, Rey Bajo la Montaña.

Tras pronunciar su nombre muchos susurros se escucharon entre los curiosos. A algunos no les decía nada aquel nombre, pero las mujeres adultas y los hombres canosos recordaban muy bien su reputación. Los que lo conocían se apresuraron a difundir la noticia. Los guardias que les cerraban el paso se quedaron petrificados ante esta revelación. Thorin aprovechó para mirar a todos los presentes, era su momento para demostrarles lo que él y sus valientes compañeros estaban dispuestos a hacer. Elevó su voz con firmeza para que todos los que se encontraban allí pudiera oírle.

- ¡Somos los enanos de Érebor y hemos venido a reclamar nuestra tierra!

Aquella explicación todavía avivó más los comentarios de los fisgones. Comenzaron a murmurar, sorprendidos, emocionados, incrédulos, excitados. Empezaron a escucharse lejanos ecos de canciones y leyendas que hablaban de la fortuna de Érebor y su decadencia a causa del dragón. Las leyendas que habían olvidado se volvieron más cercanas. Entre ellos empezaron a mezclar ideas, distorsionando la realidad, magnificando los hechos. De repente la gente aseguraba llevar mucho tiempo esperando la llegada de los enanos, otros decían que había llegado el momento oportuno de celebrar tal acontecimiento, que aquello era una señal para un futuro todavía más prometedor, los más cautos temían que aquel enfrentamiento desencadenara algún desastre en la tranquila paz que disfrutaban.

Los enanos empezaron a impacientarse por ser el centro de atención de las conversaciones sin que nadie se dirigiera directamente a ellos. Todos comentaban como si ellos no estuvieran presentes.

- Estos enanos han hecho un largo viaje y tienen hambre – protestó Glóin.

- Llevamos días viajando y nos gustaría descansar – añadió Thorin intentando suavizar los modales de su compañero. – Queremos ver al gobernador de esta tierra.

- El gobernador está ocupado ahora mismo… - contestó al guardia dejándoles paso – celebra una fiesta esta noche.

- ¡Perfecto! Nuestra fiesta de bienvenida – Bofur avanzó sonriente - ¿Por dónde es?

Los guardias no supieron cómo detener a los enanos que se abrían paso hacia la ciudad. Los habitantes parecían escoltarles hacia los mejores lugares para descansar. Iriel y Bilbo iban detrás, mirando con disimulo todo a su alrededor. Se adentraron en la plaza principal de la ciudad, donde se ubicaban varias posadas y albergues para los visitantes. En una esquina de la plaza, frente a la gran fuente de piedra, reconocieron una enorme edificación que parecía corresponder a la casa del gobernador. Todos se dirigieron hacia allí para presentarse y recibir alojamiento, comida y descanso.

De repente, entre la multitud, en la herrería que se encontraba en el lado opuesto de la plaza, Iriel reconoció a un hombre curtido en batalla, de cabellos castaños y una elegante perilla sobre sus facciones. Iba vestido con ropa de cuero y llevaba un arco en la espalda. La chica se detuvo en seco.

- ¿Bardo?

El hombre, que se encontraba de brazos cruzados, guardando las distancias, sopesando lo que podría suponer el recibimiento de aquel pintoresco grupo de guerreros, se giró en la dirección que lo llamaba. Su serio rostro se ablandó al reconocer a aquella chica que hacía años que no veía. Su aspecto había cambiado, pero su sonrisa seguía siendo la misma.

- ¿Iriel? ¿Eres tú?

Iriel corrió a abrazar a su viejo amigo, quién la recibió levantándola un palmo del suelo. Aquel saludo no pasó desapercibido para el rey enano. Los observó desde lejos con el ceño fruncido, agudizando el oído para captar la conversación.

- ¡Pero cuánto has crecido! – Le dijo la chica golpeando su pecho con el puño.

- Parece que tú no tanto. – Se burló él.

- ¡Ey! – Le dijo sacándole la lengua – Soy bastante más alta que mi padre.

- Bueno, en eso te doy la razón – dijo riéndose, despeinándole cariñosamente el pelo del flequillo con la mano y mirando a los enanos. – No has cambiado nada, veo que sigues metiéndote en líos. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

- Es una larga historia, te la contaré si me invitas a tomar algo.

Ante tanto barullo, el gobernador interrogó desde su despacho a los guardias sobre lo que estaba pasando en el centro de la ciudad. Los centinelas de la puerta acudieron poco después para ponerle al corriente de todo. Aquella noticia no le agradó en absoluto, no tenía intención de inmiscuirse en asuntos que no le atañían, pero el rey enano le esperaba a las puertas de su casa. Le invitó a pasar y mantuvieron una larga conversación. Les ofreció todo lo que estaba a su alcance: alojamiento, comida, un buen baño, curanderos para aliviar las heridas que habían sufrido durante el viaje, ropa limpia e incluso los servicios de sus mejores armeros. Tiempo atrás, los hombres de Valle habían tenido cordiales relaciones con los enanos de Érebor y confiaba en que aquel trato le acabara beneficiando de algún modo. Los enanos se dispersaron hacia sus habitaciones, una para cada uno, excepto para Kíli y Fíli, que decidieron compartir una junto a la de su tío. Los enanos pasaron el resto de la tarde allí recuperándose, descargando sus pesadas mochilas, bajo un refrescante baño con las aguas del lago que eran transportadas hasta allí por vigorosas cañerías. Se cambiaron con la ropa que les ofrecieron, aunque les resultaba un poco grande, era agradable llevar telas que no estuvieran desgastadas, ásperas ni sucias por el deterioro del viaje. Como la tropa de un ejército, todos bajaron al restaurante en cuanto pudieron. Sentados sobre dos extensas mesas de madera, devoraron vorazmente todo lo que les sirvieron, ante la asustada mirada de los que los observaban. La cerveza empezó a correr de mano en mano, entre risas, anécdotas y canciones. La alegría de los enanos contagió al resto de la población.

Cuando Bardo entró en la estancia, Iriel se levantó rápidamente para saludarle y ambos se sentaron en otra mesa para conversar, apartados del griterío que se había formado en el lugar. Thorin los observó con la mirada, sin perderse cada gesto entre ellos, cada carcajada de la chica que parecía encontrarse demasiado cómoda hablando con este hombre desconocido.

- Parece que el destino por fin empieza a sonreírnos, al menos hemos encontrado cobijo en estas paredes. – Comentó Balin frente a Thorin – Emprenderemos la marcha cuando nos ordenes, pero yo creo que deberíamos aprovechar algunos días aquí para estudiar las señales celestes.

Thorin no prestaba atención a la conversación, envuelto en sus pensamientos. Balin siguió hablando, sus palabras sonaban como un eco lejano para él. No podía dejar de mirar a la chica de reojo, parecía tan despreocupada allí charlando, tan risueña, hacía mucho que no observaba esa expresión de descanso en su rostro. Además no podía aplacar la extraña sensación que le producía verla hablando con ese hombre. De pronto oyó a Balin carraspear a su lado.

- ¿Qué te parece?

- ¿Qué me parece el qué? – Preguntó mirándole a los ojos con la cerveza en la mano.

- El aguardar unos días más aquí antes de emprender el camino hacia la montaña.

- Ah… necesitamos reponer fuerzas y armamento. Nos vendrá bien descansar al menos un par de días.

- Te noto bastante distraído esta noche, ¿hay algo que te inquiete? – preguntó el anciano.

- ¿Aparte del dragón que custodia nuestro hogar? No, nada nuevo… es sólo que, estoy un poco cansado. – Dijo intentando evadir sus verdaderos pensamientos, ahogando su inquietud con un largo trago de cerveza.

Balin suspiró meciendo su larga barba, un gesto que la edad le había acostumbrado a hacer a menudo. Conocía a aquel hombre como si fuera su hijo, a pesar de que intentaba disimular sus preocupaciones, él siempre había sido capaz de averiguar la raíz de sus problemas. Tanto la chica como él parecían distintos tras volver de la captura de los elfos. No le habían pasado desapercibidas las miradas furtivas que Thorin e Iriel se dedicaban, a pesar de que los dos intentaban que nadie más las percibiera, su inconsciente deseo se dejaba ver sin que sus dueños se dieran cuenta, era como un libro abierto para aquel viejo enano que había vivido tanto. Sabía desde el principio que aquella mujer cambiaría algo en el rey enano, ella se atrevía a hablarle como ningún otro, y parecía la más apta para dar consuelo a todas sus preocupaciones. El viejo enano sonrió para sus adentros. Tal vez en aquella demente aventura aún quedara un pequeño hueco para el amor.

Las puertas de la taberna se abrieron, el gobernador entró anunciando que iba a dar comienzo la esperada fiesta. Al lado existía una gran sala que solía dedicarse a este tipo de festejos. Todos los habitantes del lugar pasaron a este lugar donde la música y la bebida habían ahuyentado todos los problemas. Multitud de jóvenes y no tan jóvenes ocuparon sus posiciones, bailando en parejas o en solitario, al son de la alegre melodía de los tambores, las guitarras y las trompetas. Los rítmicos pasos de los bailes tradicionales de los hombres acompañaban a la música. Iriel se aventuró a practicar los pocos que recordaba de sus días tranquilos junto a su familia. Los enanos también se animaron a bailar con su vivaz impetuosidad, chocando sus jarras, elevando sus piernas y sus rodillas, haciendo chocar sus codos y dando vueltas sin control subidos en mesas y tablas, agarrando a algunos de sus compañeros y levantándolo por los aires, gritando y riendo.

Thorin observaba a sus compañeros recostado en la pared, fumando tranquilamente con una larga pipa. Bilbo se acercó a él, temeroso de ser pisado o aplastado por aquellos descomunales hombres que bailaban sin ningún cuidado. Intentó conversar un poco con él. Thorin aprovechó para darle las gracias por el rescate a pesar de que su idea de viajar dentro de los barriles casi les había hecho ahogarse. De repente Thorin se dio cuenta de que había perdido de vista a su compañera. Intentó buscarla con la mirada entre el barullo, pero era difícil entre tanta gente y de tan elevada altura. Sintió su corazón agitarse, aspiró el humo de la pipa con demasiada fuerza y comenzó a toser.

- Creo que voy a seguir los pasos de Iriel, yo también me voy a descansar. – Declaró el hobbit bostezando.

Aquella era precisamente la respuesta que estaba buscando. Acto seguido vio a Bardo conversando con un hombre rubio. Suspiró aliviado, sin entender muy bien por qué.

El hobbit se despidió y caminó hacia la puerta intentando esquivar a la gente, aunque recibió un par de empujones. Thorin decidió esperar unos minutos más y cuando acabó el tabaco que estaba fumando, él también salió del lugar discretamente. Caminó por las calles de la ciudad. El aire frío de la noche despejó su cabeza que se había aturdido con tanto jaleo y tanta gente. Llegó a la puerta del edificio que estaba buscando. Les habían ofrecido hospedarse en un acogedor hostal de cuatro plantas. Ori, Dori, Nori, Bofur y Bombur tenían habitación en la planta baja. Kíli, Fíli, Dwalin, Balin y él en la primera planta y Glóin, Óin, Bifur, Bilbo e Iriel en la parte posterior del segundo piso. Recordaba muy bien cuál era la habitación de la muchacha, sus pasos le llevaron hasta ella sin ser muy consciente de ello. Le apetecía descansar en un lugar acogedor y no se le ocurría otro mejor que a su lado. Tenía ganas de hablar con ella, sabía que había estado bastante distante tras reunirse con toda su Compañía y quería compensárselo.

Thorin llamó a la puerta con los nudillos. Iriel, que contemplaba la luna a través de la ventana se preguntó quién podía visitarla a esas horas. Se puso una bata, que habían colocado en el armario junto a otras prendas, sobre el camisón ocre que llevaba para dormir y avanzó hacia la puerta. La abrió despacio, encontrando la seria figura del enano al otro lado.

- ¿Puedo pasar?

Iriel asintió con la cabeza y se apartó para dejarle paso. Una vez dentro de la habitación, la chica volvió a cerrar la puerta. Tras soltar el manillar, sin ningún aviso, sintió cómo el enano la agarraba por la cintura y la giraba hacia él con un brusco impulso, empujándola hacia su cuerpo mientras sus labios se abrían paso entre los suyos.

Como siempre, aquellos besos derribaron por completo todas las defensas de la chica, dejándose llevar por aquella agradable sensación que la acunaba. Su lengua recorría sensualmente cada rincón de su boca mientras su mano apretaba fuerte pero delicadamente su cintura. Sus cuerpos estaban tan próximos que le pareció sentir los excitados latidos del enano.

A pesar de que aquel beso parecía succionar sus fuerzas y el control de su cuerpo, fue capaz de rodear el cuello del enano con sus brazos, acariciando sus ondulados cabellos. Finalmente aquel beso se deshizo y el enano la contempló a través de sus hermosos ojos azules, acariciando sus mejillas y colocándole el pelo detrás de la oreja como un gesto de ternura.

- ¿Y esto? – Preguntó ella, todavía obnubilada por el sabor de sus labios.

- ¿Acaso te ha molestado? – Respondió el enano esbozando una sonrisa.

- En absoluto – le dijo acercándose a su oído y empezó a mordisquearlo.

El enano cerró los ojos para dejarse llevar. La estrechó entre sus brazos rodeando su cintura con uno y acariciando su espalda con el otro. Iriel, de puntillas, comenzó a besar su cuello despacio, acariciando sus suaves cabellos ondulados, jugando con sus trenzas. La respiración del enano comenzó a incrementarse con aquellas dulces caricias. Sintió que la chica le empujaba con delicadeza hacia atrás, aproximándole a la cama. Se dejó caer despacio sobre el colchón. Iriel se recostó a su lado, apoyando su cabeza sobre el pecho del enano, jugando con sus dedos sobre su hercúleo torso, acariciando su piel a través de la abertura de la camisa, sin desabrocharla, dibujando círculos con la yema de los dedos. Thorin la rodeó con su brazo, acariciándola suavemente, mirando hacia ninguna parte, embriagado por aquella afectuosa sensación de sentirse acompañado por alguien que le comprendía profundamente sin necesidad de pronunciar sus inquietudes. Podría pegarse horas así, con la mente en blanco, acariciando aquella femenina piel y sus sedosos cabellos mientras se aislaba de las preocupaciones y el deber.

Iriel cerró los ojos para disfrutar de aquel momento que podría tardar en repetirse. Lejos quedaba el bosque, las mazmorras y la montaña que les aguardaba. Por un momento, deseó que el enano renunciara a su orgullo y a su peligrosa misión y se quedará allí con ella. La voz del enano interrumpió sus pensamientos.

- Me sorprende que conozcas gente por esta región. ¿Ya habías estado en esta ciudad antes?

- No, nunca había viajado tan al Norte. No sabía que Bardo vivía aquí, de hecho ni siquiera sabía que había un asentamiento de hombres tan cerca de la Montaña Solitaria.

- Bardo… parece que os lleváis muy bien.

- Fuimos grandes amigos, aunque nuestros caminos se separaron hace casi diez años. No habíamos vuelto a vernos desde entonces.

Intrigado por averiguar más sobre ese hombre misterioso, preguntó más acerca de cómo se habían conocido.

- La hermana de su madre solía comerciar con telas de algodón en la ciudad donde yo crecí y en ocasiones él la acompañaba. Ella entabló amistad con mi madre, que trabajaba de costurera. Bardo y yo éramos pequeños, coincidíamos a menudo y empezamos a jugar juntos. Nos escabullíamos por las afueras, trepábamos a los árboles, investigábamos ruinas que nadie se atrevía a pisar y competíamos con prácticas de tiro con el arco, pero él siempre me ganaba. – Iriel recordaba aquellos felices momentos de su infancia. De no ser por él, sus días habrían sido muy aburridos, aunque es cierto que aquellas traviesas aventuras le hicieron ganarse más de una regañina.

- Así que a eso se debe tanto entusiasmo cuando conversabas con él, echabas de menos estar a su lado…

Iriel descubrió entonces a qué venía el interrogatorio del enano, aquella última frase estaba cargada de recelo. La chica se incorporó bruscamente para mirarle a los ojos.

- No me lo puedo creer, ¿estás celoso? – dijo riéndose.

- No digas tonterías – dijo apartando la mirada a un lado, visiblemente molesto, con el ceño fruncido. Iriel no pudo evitar reírse con el corazón, estaba claro aquel enano testarudo temía que de nuevo algo o alguien le robara uno de sus tesoros. Le pareció especialmente tierno que aquellos sentimientos molestaran al enano.

Iriel le sujetó la barbilla y la giró para obligarle a mirarla a los ojos.

- No tienes de qué preocuparte, – susurró aproximándose lentamente hacia su rostro, dejando que sus cortos cabellos cayeran sobre él - en mi corazón sólo hay lugar para ti.

Y sin dejarle contestar unió sus labios con los suyos, vinculando sus sentimientos. Aquella simple respuesta le provocó una intensa sensación de felicidad, sus ojos claros eran tan sinceros cuando le miraban de aquella manera que el enano fue incapaz de dudar de sus palabras.

Ambos se perdieron entre los brazos del otro, dedicándose besos y caricias, susurros y suspiros. En algún momento Iriel se quedó dormida junto a él, escuchando los latidos de su corazón como una armoniosa nana que la protegía de cualquier mal.