daya20: Me alegro mucho de que te haya gustado! Si, Iriel tenía que quedarse con Thorin, después de todo lo que han pasado para confesar sus sentimientos... Y si, ya les tocaba tener un ratito para ellos dos solos :)
HainesHouse: Tienes razón, no todos los elfos son así XD realmente la mayoría de ellos son super majos, como bien se vio en ESDLA :) supongo que los enanos me han contagiado un poco sus manías XD de hecho, estoy segura de que ni siquiera Thranduil es tan malote, pero era divertido describirlo así ^^
Ay Legolas :) que majico era (jo tienes razón, han pasado muchos años desde entonces! buff, yo también era una cría que exploraba este tipo de historias por primera vez, ESDLA me despertó el gusanillo)
Supongo que después de ver el trailer... te pondrás las botas con la 2º peli, no? XD
Intentaré subir el tono y la tensión sexual paulatinamente xD pero todavía no me siento preparada para escribir una escena épica entre estos dos, porque quiero que salga muy muy bien XDD
Orcrist1974: Bienvenida a la historia :D espero que te vaya gustando conforme avances.
Ennana23: Muchas gracias! :D Espero seguir manteniendo las expectativas jeje ahora que se va acercando el final de la aventura
nuan: Yo también quería que acabaran juntos! ^^ Os metí bastante miedo a todos con lo de Thranduil XDDD
Hikari-Moonlight: Ualaaaa! He flipado con lo de tu sueño y la verdad es que me ha hecho muchísima ilusión! *o* que guay que haya gente que sueñe con mis historias jejeje XD Jo y además parece que ves el futuro xDDDDD pues shhh, no desveles el final de mi historia ehh! jajaja
Si, yo también estoy babeando desde que salió el trailer, ya he perdido la cuenta de las veces que lo he visto...
Sí que tenía intención de hacer alguna pequeña aparición de Legolas en la historia, pero la verdad es que tras ver el trailer, es una necesidad obligada! XD
mishu86: gracias por tu PM de apoyo! :D espero que te guste este capítulo, un besico desde la península!
Espero que a todos os guste este capítulo en el que hay bastante mezcla de todo: acción, romance, contratiempos...
He vuelto a meter una cancioncilla en la historia xD una que descubrí hace poco y me tiene enganchada.
Dejo aquí el enlace para que la escuchéis cuando lleguéis a esa parte, he incrustado la letra que he inventado en el video para que la sigais bien :) (si... yo me entretengo mucho en estas pijadillas xDDD)
vimeo. com. /68497521
¡Y no me enrollo más! ¡Aquí está!
*~~~~* CAPÍTULO 24: EL PRELUDIO DE LA TORMENTA *~~~~*
Iriel se despertó aquella mañana con un vacío en su cama y una sensación cálida en el corazón. El enano se había marchado en algún momento de la madrugada, con un beso silencioso. Ella se acurrucó un poco más entre las sábanas, intentando recordar el roce del cuerpo del enano bajo sus brazos. Hincó la cabeza en la almohada. Su esencia todavía permanecía allí, tan dulce, tan perfecta. Los rosados rayos de la mañana se abrían paso entre los visillos de las cortinas, empujándola a levantarse con una orden suave y amable. Con un largo suspiro apartó las sábanas y estiró los brazos para desperezarse. Sus pasos la condujeron hasta la ducha donde se refrescó mientras se perdía en los recuerdos de aquella noche y tarareaba una alegre melodía. Con el pelo humedecido, una camisa de lino blanco de manga corta que dejaba sus hombros al descubierto sobre la que se ceñía un corpiño negro de tirantes y una falda roja de algodón, bajó a desayunar.
Ori, Dori y Glóin estaban terminándose su ración de pastel de almendras, Bombur, Kíli y Fíli mordisqueaban unas rebanadas de queso y mermelada de arándanos. Iriel cogió unas magdalenas de chocolate que le ofreció una alegre posadera de cabellos castaños y cara redondeada y fue a sentarse junto a ellos con un tazón de leche. Hacía demasiado tiempo que no tomaban un desayuno en condiciones y no iban a dejar escapar la oportunidad. Iriel recorrió con la mirada todos los rincones del salón en busca del resto de sus compañeros, en especial del enano que ocupaba todos sus pensamientos, pero sólo encontró a un viejo pescador tallando una tortuga de madera, varios jóvenes charlando despreocupadamente y un niño junto a su hermano mayor mirando con disimulo a los enanos. Ni rastro del rey.
Al cabo de un rato de conversación con sus compañeros, descubrió su paradero. Había ido a hablar con el gobernador para pedirle provisiones y armamento para su empresa. Balin y Óin se habían marchado temprano hacia la biblioteca de la ciudad, donde querían estudiar los manuscritos referentes a los astros celestes y su comportamiento durante los últimos años. Habían oído hablar de una asamblea de sabios que solía reunirse por allí, les pedirían consejo para interpretar el firmamento.
El resto todavía no habían salido de sus habitaciones y no pensaban hacerlo hasta que el día avanzara. Bilbo también se había levantado temprano para dar una vuelta por la ciudad. Las ciudades de los hombres le recordaban en parte a su hogar, aunque siempre habían sido más ruidosas que la Comarca. La gente paseaba por el mercado, discutía sobre los precios, caminaba con prisa. Los herreros, jugueteros, curtidores, sastres, alfareros y ebanistas exponían sus artes y sus trabajos para captar clientes, asegurando ser los mejores en el oficio. Bilbo recorría los puestos asombrado, observando con detalle la belleza de todas las artesanías. Sin embargo le era un poco difícil ser visto por los ciudadanos, los hombres y mujeres le doblaban en altura y con sus grandes cestas cargadas de paja, telas o comida, a menudo tropezaban con él por las calles más estrechas o aglomeradas. Decidió alejarse del gentío y disfrutar de la vista de la ciudad. Subió por unas escaleras de piedra hasta la torre del campanario. Una suave brisa y una esplendorosa vista le recibieron allí arriba. El lago se extendía en todas las direcciones, brillando bajo los rayos de la mañana. Varios puentes y canales cruzaban la ciudad, pequeñas embarcaciones navegaban por sus aguas tranquilas. Se quedó allí durante un rato, disfrutando de una calma que hacía mucho que había decidido abandonarle.
Iriel salió en busca de su compañero hobbit. Recorrer aquellas calles la transportó, sin quererlo, a su infancia y al inicio de su juventud. La sencilla vida de aquellas gentes era muy similar a la de las personas con las que había crecido. Las personas de la raza de los hombres, a pesar de que compartían muchos rasgos de su físico, siempre la habían hecho sentirse diferente, no sólo por sus orejas puntiagudas o su baja estatura, sino porque nunca había llegado a comprenderlas del todo, no entendía cómo podían conformarse con aquella vida rutinaria. Sin lugar a dudas, aquel tipo de vida cotidiana no estaba hecha para ella.
Dejó atrás la plaza del mercado y se adentró en una zona de calles estrechas. Por allí apenas pasaba gente, las casas parecían algo más desiertas y tranquilas que las del centro de la ciudad. Una hiedra de color verde oscuro trepaba por los maderos de una casa pequeña, retorciéndose, intentando abrirse paso hacia el interior. Sobre la puerta había unos grabados borrados que no era capaz de leer. Justo al pasar por allí una anciana salió de aquella puerta destartalada sin previo aviso. La mujer tropezó con Iriel y varias monedas de plata cayeron al suelo. La joven pidió disculpas y se agachó para recogerlas. Cuando le tendió las monedas, los arrugados dedos de la anciana agarraron la muñeca de la chica, que sintió un escalofrío a causa de aquel tacto frío y demacrado.
- El día en que la luna y las estrellas completen su ciclo habrá llegado el momento, está escrito en tu destino. – Anunció la anciana con una voz rasgada mientras inspeccionaba las líneas que surcaban la mano de la muchacha.
- Menuda estupidez, qué sabrá usted de mi destino… – Dijo Iriel de mal humor intentando liberarse de aquella mano huesuda. La mujer siguió sujetándola sin inmutarse por su resistencia, apretando aún más su muñeca.
- Escúchame bien, pequeña. Vas a ver sangre, odio y llanto. – Su blanca melena cubría en parte su rostro donde se adivinaban viejas cicatrices surcando sus arrugas. La anciana empezó a entonar una melodía siniestra.
Real e incierto
Un puzzle traicionero
Es el destino
Las palabras de las estrellas
tienen una débil voz
pero nunca nos engaña su mensaje.
El destino de esta tierra pende de un hilo
que se quebrará si se estira sin cuidado.
Tendrás que escoger tu camino
sin poder dar marcha atrás.
¿Qué estás dispuesta a sacrificar?
¿Qué vida pesará más?
¿Cuál será el precio a pagar?
No puedes escapar de tu destino
Soledad, traición y abandono
Muerte, sangre y olvido
¿Qué decidirás?
Una oscura estrella guía tu camino
No tendrás un final feliz.
La anciana concluyó la canción con una risa siniestra y desapareció en el interior de aquella extraña casa tan fugazmente como había aparecido. Iriel soltó un bufido de indignación. ¿Quién se creía que era esa estúpida vieja? Odiaba a los adivinos, siempre engañando a la gente, tergiversando la realidad a su conveniencia, intentando sacar provecho de los más ignorantes. Ella no creía que el destino estuviera escrito en ninguna parte, cada uno forjaba su futuro con las decisiones que elegía, no había ningún lugar donde estuviera escrito su porvenir, no estaba en las estrellas, ni en la palma de su mano ni en ninguna bola de cristal. Todo aquello era estúpido e irracional.
Se alejó de aquellas calles estrechas malhumorada y volvió a salir a la plaza principal donde unas niñas correteaban deshojando margaritas.
Thorin conversaba con el gobernador, quien respondía con frases cortas y poco comprometedoras. Le incomodaba la presencia de los enanos, no quería inmiscuirse en sus asuntos, a él sólo le preocupaba su bienestar, su tranquilidad y su riqueza. Desgraciadamente si aquellos enanos tenían éxito en su propósito y Érebor volvía a erigirse como la poderosa ciudad que fue, sin duda haría sombra a aquella humilde ciudad de hombres, por lo que si quería seguir conservando su acomodada posición tenía que establecer buenas relaciones con aquel futuro rey. El gobernador era un hombre astuto, así que decidió seguirle la corriente a Thorin y comenzar a proporcionarle todo lo que solicitaba.
Thorin desconfiaba de aquel hombre que parecía haber llegado a ocupar ese puesto por caprichos del azar. No parecía preocuparse por la seguridad de sus ciudadanos ni se mostraba instruido en conflictos o artes militares, pero decidió no darle importancia porque le estaba ofreciendo colaboración, y en aquel momento era lo que más le hacía falta. La empresa que había comenzado como un utópico viaje estaba cada vez más cerca, ya no se trataba de un plan sobre el papel de un viejo mapa, la Montaña Solitaria estaba allí, podía verla en el horizonte, y en ella, el dragón que irrumpía en sus pesadillas.
Tras la audiencia con el gobernador decidió descansar un poco, su cuerpo todavía sufría las consecuencias de la tortura de los elfos y de todas las penurias que les habían acontecido a lo largo del viaje. Si quería enfrentarse a Smaug, tendría que hacerlo en plenas facultades, así que más le valía recuperarse de todas sus heridas. Se encontró con Dwalin en su camino y ambos se alejaron charlando amigablemente.
Y así fueron pasando los días. Balin anunció con entusiasmo que todavía tenían tiempo. Todo apuntaba a que el Día de Durin tendría lugar al cabo de al menos dos semanas, por lo que Thorin permitió que su Compañía descansara en la ciudad durante una semana entera para recuperar fuerzas y aprovisionarse bien. Tras esta semana de descanso partirían hacia la Montaña Solitaria y allí intentarían encontrar la entrada secreta.
A lo largo de aquellos días todos fueron tratados como huéspedes de honor. Fueron recibidos por boticarios y curanderos que les proporcionaron medicinas para que sus cuerpos sanaran más rápidamente y se recuperaran de todo lo que se habían obligado a soportar. Les prepararon grandes banquetes, les invitaron a contar historias sobre sus aventuras, escuchando con detalle cada anécdota que los enanos narraban con su particular desparpajo. Iriel y Thorin apenas tuvieron ocasión de conversar durante aquellos días, el enano estaba ocupado en reuniones y en buscar armamento adecuado, había perdido su hacha y a Orcrist en la fortaleza de Thranduil, y cuando no se dedicaba a esta tarea, se retiraba a las afueras a entrenar con Dwalin y sus sobrinos. Además el enano parecía evitarla cuando se hallaban rodeados de gente. A pesar de cuidar las distancias, a varios miembros de la Compañía no se les escapaban las miradas furtivas que se dedicaban cuando creían que el otro no miraba. Reían en grupos y hacían apuestas a escondidas sobre cuándo revelarían la verdadera relación entre ellos.
A pesar de esta fría relación durante el día, las noches eran muy diferentes. Fueron varias las ocasiones en las que el rey enano apareció tras la puerta de la joven, dedicándole un apasionado beso de buenas noches, un simple abrazo o incluso compartiendo cama con ella hasta que sentía que la joven se quedaba dormida. Le encantaba acariciar sus cabellos mientras la chica dormía con una expresión de tranquilidad que le permitía evadirse del futuro que les esperaba. Para sus sobrinos no pasaron desapercibidas aquellas escapadas furtivas, a pesar de que el rey enano se cuidaba de hacerlo con absoluto sigilo, aquella pareja de hermanos que compartía habitación justo a su lado especulaba sobre cada una de sus desapariciones, disfrutando de aquel insólito comportamiento de su tío, al cual no habían visto cortejar a una mujer desde… bueno, desde nunca.
Sin embargo, a Iriel cada vez le resultaba más difícil esconder lo que sentía. Deseaba permanecer a su lado a cada instante, por eso aquella tarde acudió al lugar donde entrenaban los cuatro enanos, acompañada de Bilbo.
El hobbit fue acogido por los príncipes, quienes intentaron enseñarle algunos trucos con la espada para escapar de situaciones peligrosas con un simple movimiento de muñeca. Bilbo aprendía rápido, el tiempo que había pasado junto a ellos le había hecho cambiar más de lo que él imaginaba y los enemigos habían conseguido que su cuerpo espabilara lo que no había espabilado en todos los años de su vida. Iriel observaba a los tres sentada en una roca, sonriendo, mientras escuchaba a su espalda el entrechocar de los puños de hierro de Dwalin que combatía con Thorin.
- ¿Quieres probar?
Dwalin se acercó hasta ella con una sonrisa. Iriel asintió, deseaba un poco de acción. Agarró la vara de su cinturón y la estiró hasta adquirir su largura completa, pero no la giró para liberar los filos de sus extremos. Nada más ponerse de pie sintió el puño metálico de Dwalin pasar rozando su mejilla, lo había esquivado por un segundo. Estaba claro que el enano no iba a darle tregua por ser su compañera, el campo de batalla era igual para todos. Iriel se concentró en intentar esquivar todos los golpes, evadiéndolos con su cuerpo, agachándose, deteniéndolos con la barra de su arma. Dwalin era mucho más fuerte que ella, pero no era tan rápido. No podía ganarle con fuerza, ninguno de sus impactos haría nada en el enano, pero podía vencerle de otro modo. Aprovechó un momento en el que el enano arremetió contra ella con toda la furia de sus puños, se agachó y describió una rápida circunferencia con la vara a los pies del enano, impactando con el tobillo que estabilizaba su cuerpo. El enano tropezó y cayó, momento que no dejó escapar la chica para poner un pie sobre su pecho y apoyar el extremo redondeado de la vara sobre la nuez de su garganta.
Ambos contendientes se miraron en silencio durante unos segundos, con la respiración entrecortada, mientras Bilbo, Fíli y Kíli vitoreaban a su compañera.
Iriel apartó la vara y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
- Es mi turno.
La profunda voz de Thorin emergió con una sonrisa. Iriel sintió un escalofrío de excitación y le devolvió la mirada con un determinante brillo en los ojos. Iba a demostrarle de lo que era capaz en una batalla. Thorin desenvainó la espada que había adquirido de uno de los mejores herreros de la ciudad. El herrero había grabado en la hoja las runas enanas del linaje de Durin como obsequio por la compra. No lucía tan espectacular como Orcrist, pero era una buena espada. Iriel retorció la pieza central de su arma, haciendo que los filos de los extremos aparecieran, orgullosos. Respiró profundamente y se lanzó hacia el enano. Los filos entrechocaron con la espada, ambos armas esgrimían estocadas rápidas pero sus dueños detenían sus mortales direcciones con el sonido metálico de las hojas. Iriel utilizaba el palo para detener la espada y en cuanto encontraba un pequeño flanco, la hacía girar dirigiendo sus extremos hacia su combatiente. Thorin tenía buenos reflejos, todas las estocadas eran esquivadas o detenidas con un movimiento rápido de la espada o incluso con el soporte metálico de sus muñequeras. En una de las arremetidas, ambos dieron un salto hacia atrás por la fuerza del impacto de las hojas. Iriel vio la oportunidad perfecta, cogió carrerilla mientras el enano corría hacia ella, hincó la vara en el suelo y se impulsó con ella dando una voltereta en el aire, aterrizando detrás del enano. Intentó esgrimir una estocada al llegar al suelo, pero Thorin, utilizando el peso de su cuerpo sobre el pie con el que había avanzado, cambió su dirección y detuvo la estocada con un astuto revés de su poderoso brazo. Aquel inesperado contraataque la hizo tambalearse y el arma cayó de su mano por la fuerza del enano, entonces, como una sombra, Thorin aprovechó aquella debilidad, mientras ella intentaba recuperar rápidamente su arma, para situarse detrás, agarrarla del antebrazo, retorcérselo sobre la espalda y aproximar el frío filo de su espada a su garganta.
Ambos se quedaron en aquella posición unos segundos, respirando entrecortadamente por el esfuerzo, mientras el sudor resbalaba por su piel. Iriel sintió el cuerpo del enano apretándose contra su espalda, retorciendo su brazo para inmovilizarla pero sin hacerle daño. Lentamente bajó su espada y la soltó de su dominio. Si no hubiera habido testigos Iriel se habría girado para besarle.
Thorin se alejó sin decir ni una palabra. Iriel se sintió un tanto decepcionada por su derrota. No creía ser capaz de derrotarle, pero deseaba que el combate hubiera durado más. Se agachó en silencio para recoger el arma del suelo. Fíli y Kíli se apresuraron hacia ella aplaudiendo junto a Bilbo, Dwalin se alejó junto a Thorin propinándole un duro golpe en el hombro para felicitarle por su triunfo.
- ¡Increíble!
- ¡Felicidades Iriel!
- ¿Por qué? – Preguntó mientras guardaba su arma – Si he perdido…
- Es imposible ganarle a nuestro tío cuando está concentrado y en plena forma, nosotros llevamos años intentándolo… - declaró Kíli.
- Sin embargo le has hecho emplearse a fondo, te lo aseguro – contestó Fíli guiñándole un ojo.
Iriel sonrió y se quedó un poco más con ellos, viendo cómo entrenaban con Bilbo, mientras intentaba olvidar la excitación que le había producido sentir el roce del enano tan cerca.
Al llegar la noche todos los enanos se reunieron en la posada, celebrando sus días de respiro entre cervezas y canciones. Thorin anunció que aquel sería su penúltimo día en la ciudad por lo que debían decidir bien lo que harían al día siguiente, en su último día de descanso. Los aldeanos echarían de menos la alegre compañía de los enanos pues su presencia había otorgado al lugar un ambiente de fiesta continua, por ello les invitaron a cerveza, hidromiel, licores y los mejores cócteles que sus camareros eran capaces de preparar.
Bailarines y juglares amenizaron la noche, haciendo malabares con cariocas de fuego, tocando el acordeón al ritmo de las palmas, invitando a todos a bailar y a participar.
Iriel estaba algo cansada y tan ruidosa celebración empezaba a provocarle dolor de cabeza. Se alejó de allí y deambuló por las calles en dirección al hostal. En una de las bocacalles por las que atajó, una sombra emergió de repente y la empujó contra la pared donde empezó a besarla.
Thorin la había tomado sin permiso, recorriendo sus labios como sólo él sabía hacerlo. Empezó a acariciar su cuello, pero poco a poco su excitación hizo que su mano fuera deslizándose sutilmente hasta un lugar más placentero. Iriel dejó escapar un gemido entre sus labios al notar los dedos del enano adentrándose en su escote. Aquel beso se volvió más fogoso, Iriel succionaba los labios del enano con pasión, mientras su mano recorría aquel lugar que hasta ahora no se había atrevido a acariciar. La temperatura de ambos subía, a pesar del viento fresco que recorría las calles a esas horas de la noche. Iriel apartó sus labios del enano en busca de su cuello, el cual empezó a recorrer alternando besos y suaves mordiscos. Thorin también dejó escapar un gemido mientras sentía los dedos de la chica desabrochando los botones de su camisa. La chica empezó a recorrer el pecho del rey enano deslizando sus dedos por su piel, con un suave cosquilleo, jugueteando con el vello que cubría ligeramente su musculoso torso. La primera y única vez que había tenido oportunidad de disfrutarlo había sido cuando curó sus heridas del impacto de la maza de Azog y los colmillos del huargo blanco, pero aquello era infinitamente mejor.
El enano la agarró por la cintura y la apretó con fuerza contra su cuerpo, recorriendo su espalda con la mano que tenía libre, despertando cada milímetro de su piel. Iriel sentía una oleada de placer que amenazaba con hacerle desfallecer entre sus brazos. Su respiración y sus gemidos se entremezclaron en uno.
En ese momento se despertó.
Se sintió tremendamente estúpida al observar el techo de su habitación con aquella escena desvaneciéndose ante sus ojos, mientras su cuerpo temblaba, todavía bajo los efectos de aquel excitado producto de su imaginación. Su inconsciente le había jugado una mala pasada, le había ofrecido algo que deseaba y justo cuando lo había conseguido, se lo había arrebatado con crueldad, dejándola en aquel estado ardiente. Sus pensamientos empezaron a ordenarse lentamente. Recordó que había abandonado la posada sin incidentes y había caído rendida sobre su cama nada más llegar a la habitación.
Iriel se sentó sobre la cama, intentando recuperar el aliento. Se acarició el cuello y el inicio del escote donde había sentido las falsas caricias del enano. Su corazón latía desbocado, su respiración era torpe e irregular. Se lamentó de que aquello hubiera sido sólo un sueño.
Se levantó hacia la ducha para intentar deshacerse de esa electrizante excitación que recorría cada milímetro de su cuerpo, por dentro y por fuera. Allí enfrió sus pensamientos y empezó a reflexionar sobre lo que acababa de suceder.
Los besos del enano habían dejado de ser suficientes para ella aquellos últimos días. Deseaba llegar más allá, algo que nunca se había planteado con ninguno de los hombres de los que se había encaprichado a lo largo de su vida. Tal vez ese fuera precisamente el motivo, aquello no era un simple capricho, sino un sentimiento mucho más puro y poderoso, por ello sentía la necesidad de compartir algo más.
Cerró el grifo de la ducha y se quedó unos minutos meditando mientras sentía las frías gotas de su cabello cayendo en fila hasta el suelo. Ignoraba si el enano también sentía tales deseos, no había ninguna pista que le permitiera descubrirlo. En las noches que la había visitado nunca había ido más allá de besos y tiernas caricias, en todos sus momentos de intimidad el enano siempre la había tratado y respetado como a una dama, a pesar de que en alguna ocasión le había parecido escuchar su respiración entrecortada.
Quería ofrecérselo todo, no sólo su corazón. Quería entregarse a él, que la hiciera completamente suya entre sus brazos, quería fundirse con él en cuerpo y alma, como un hombre y una mujer que se desean sin remordimientos.
Sin embargo no se atrevía a proponérselo. No tenía ni idea de cómo se comportaba Thorin en esa clase de asuntos, pues nunca le había oído hablar a él, ni a sus compañeros, de su trato con mujeres ni de sus aventuras, y tampoco tenía ningún confidente a quien preguntar. No se atrevía a confesarle sus deseos por miedo a parecer descarada o indecorosa, por miedo a obligarle a ir más rápido de lo que él pretendía, aunque tiempo era que algo de lo que no disponían sobradamente.
En ese momento el recuerdo de su pesadilla en Dol Guldur volvió a su mente, justo en el momento en el que le confesó a gritos lo que sentía. Si en aquella ocasión no se hubiera atrevido a hacerlo, tal vez nada de ese maravilloso romance habría sucedido.
¿Acaso eran los cobardes los que vivían grandes aventuras? Por supuesto que no, arriesgarse era la única forma de obtener una recompensa. Salió de la ducha y volvió a vestirse. Cogió un pequeño trozo de papel y empezó a escribir con la pluma y el tintero que descansaban en el escritorio junto a la ventana. Con perfecta caligrafía plasmó sobre el papel el mensaje que le dictaba su corazón. Cuando la tinta estuvo seca, enrolló aquel pequeño mensaje, se quitó el anillo plateado de la elfa e introdujo en el aro el pergamino.
Le dejaría aquel mensaje en la rendija de su puerta, así no tendría que soportar su mirada ante aquella propuesta. No le diría nada en todo el día, si el enano decidía acudir a su lecho durante la noche, se entregaría a él, si no, continuaría aquella aventura suicida como si nada hubiese pasado.
Bajó las escaleras del hostal hasta el piso donde descansaba el enano. Su corazón latía con violencia con cada escalón, haciendo resonar su pulso en sus oídos. Inspeccionó la puerta de madera. En la esquina inferior izquierda había un pequeño hueco astillado, por dónde podía introducir el mensaje. Flexionó las rodillas para agacharse.
- ¿Iriel?
La voz del enano a su espalda la petrificó. Thorin volvía en ese momento de la fiesta en la posada junto a sus sobrinos. La chica se giró hacia él mientras un escalofrío le recorría la espalda. El enano la observó con una interrogación en el rostro. Sus sobrinos, más afectados que él por el alcohol, sonreían como adolescentes, sospechando lo que suponía aquel encuentro en la noche.
- Tenía que hablar contigo. – Dijo con semblante serio, intentando quitarle importancia a aquella visita.
- ¿A estas horas de la noche? – Dijo Kíli dándole un codazo a su hermano.
- Es un asunto importante, acerca de la misión.
Thorin lanzó una mirada severa a sus sobrinos, que borraron las sonrisas de su rostro. Esa mirada significaba que debían dejarles a solas inmediatamente. Los príncipes entraron en la habitación de al lado, pero pegaron sus oídos a la puerta para intentar averiguar algo. Como Thorin sospechaba sus intenciones, sacó la llave de su habitación y la invitó a entrar allí, algo más lejos de oídos indiscretos.
El enano se acercó hacia ella, apoyando sus manos sobre sus hombros con ternura.
- ¿Qué ocurre?
Iriel desvió la mirada, avergonzada, no estaba preparada para tener aquella conversación en persona. Intentó esconder el pergamino entre sus manos, con los brazos en su espalda, pero el enano se dio cuenta y le quitó el objeto de entre las manos. Miró el trozo de papel que estaba enrollado en el anillo, sin entender por qué estaba allí ese singular objeto.
- Venía a darte un mensaje… - dijo titubeando – creía que estarías dormido y que lo encontrarías por la mañana.
Thorin no entendía a qué venía tanto misterio, así que sacó el anillo y desenrolló el papel para leer su contenido. El mensaje rezaba así:
"Pronto dejaremos este lugar y partiremos hacia nuestro destino.
Renunciaré a esto si tú me lo pides.
Podemos convertir nuestra última noche aquí en algo especial. "
Al terminar de leer comprendió la razón por la que el pergamino estaba guardado en el anillo de las bestias.
Una sensación ardiente se apoderó del pecho del enano y de alguna otra parte de su cuerpo. Volvió a leer aquellas palabras para estar seguro de que no las había interpretado mal, aunque le resultó difícil volver a repasar aquella redondeada y delicada caligrafía mientras su corazón latía con violencia y la sangre se agolpaba en su garganta, fluyendo torpemente. Sintió que sus mejillas enrojecían, no esperaba tal proposición en ese momento con aquel inocente mensaje. Levantó la vista con sus ojos insondables y se encontró con la tímida mirada de la chica, que miraba hacia los lados y hacia el suelo, cohibida, nerviosa por haberse atrevido a dar aquel paso, intentando disimular el intenso rubor de sus mejillas que destacaba con la palidez de sus ojos claros.
En ese momento el rey enano sonrió. Aquella tierna criatura que le había ofrecido su corazón estaba dispuesta a ofrecerle otro de sus mayores tesoros. El regalo más íntimo que poseía y que había protegido durante años como mujer. Estaba dispuesta a otorgarle aquel privilegio de ser la primera, y única, persona con la que fundirse en un sólo ser. Una experiencia que quedaría grabada en la memoria de ambos para siempre.
Se acercó hacia ella y acarició con ternura sus mejillas carmesí y la abrazó despacio, susurrándole al oído la respuesta.
- Nada me honraría más.
Un suave cosquilleo envolvió a la chica al escuchar estas palabras, se giró despacio y poniéndose de puntillas alcanzó los labios del enano. Un beso que sellaba una importante promesa.
Ambos se separaron para volver a sus respectivos dormitorios. Se dejaron arropar suavemente por el abrazo de la noche, sin sospechar que un futuro tenebroso se cernía sobre ellos, una amenaza que ya habían olvidado.
La mañana amaneció pálida y gris, anunciando que aquel día no sería alegre ni venturoso, pero nadie supo descifrar aquella advertencia celeste. El quejido del viento susurraba un funesto acontecimiento, pero ninguno fue capaz de escuchar el mensaje. Los pájaros apenas sobrevolaban el bosque, esquivando una oscura presencia que se arrastraba despacio.
Nada relevante ocurrió aquella mañana en la ciudad. La Compañía de Thorin Escudo de Roble visitó por última vez el barrio de las armas, por si encontraban algún nuevo objeto con el que combatir, esperando que los encargos que habían solicitado hubiesen sido terminados a tiempo. Kíli había adquirido un nuevo arco, tras haber perdido el suyo cuando Thorin lo utilizó para disparar al ciervo en el interior del Bosque Negro. Aquel arco tenía algunas modificaciones, la cuerda era más ligera, por lo que debía practicar un poco hasta dominarlo a la perfección como el anterior.
Fíli e Iriel paseaban por la plaza principal de la ciudad, donde los niños jugaban con el agua de la fuente. Una conversación entre una mujer y un anciano les llamó la atención.
- Ya es la tercera vez esta semana que me golpeo con el metal ardiente del horno de la panadería. – Dijo mostrando la quemadura del dorso de su mano.
- Prueba a aplicarte esta savia sobre la piel la próxima vez, su recio jugo absorberá el calor y protegerá tu piel de las quemaduras. – Aconsejó el anciano.
Fíli se acercó.
- ¿Qué es esa planta? ¿De verdad puede proteger del fuego?
- Oh sí, pequeño, se trata de una especie muy rara que crece en los límites del bosque. Sólo crece en esta época del año pero sus propiedades son realmente efectivas. – A causa de la incrédula mirada del enano rubio, el anciano vertió unas gotas sobre la piel del joven y dejó caer varias cenizas incandescentes de la pipa que estaba fumando. Fíli no sintió nada bajo la protección del fluido.
Iriel observó las características de aquella planta. Hojas alargadas y espinosas y pétalos blancos como bolas de algodón. Fíli esbozó una gran sonrisa.
- ¡Es un descubrimiento estupendo! ¿Por qué no vamos en busca de algunas? Nos irá bien cualquier protección contra el fuego.
Los dos atravesaron la puerta de la ciudad en dirección al bosque, sin advertir a nadie acerca de sus intenciones. Caminaron durante un buen rato hasta llegar a las lindes de aquel bosque del que tanto les había costado escapar. Entraron despreocupadamente en su espesura y comenzaron a investigar la vegetación que por allí crecía, intentando encontrar la planta que les había mostrado el anciano. Se adentraron cada vez más, sin ser conscientes de su temeridad, llevamos por el entusiasmo de aquel descubrimiento, imaginando las caras de sus compañeros cuando volvieran con las manos llenas.
De repente unos crujidos lejanos perturbaron la calma, los pájaros se echaron a volar huyendo de aquel escenario de batalla. Fíli e Iriel levantaron la vista, agudizando el oído, sintiendo que la atmósfera había cambiado. Ya no les acompañaba el frescor de la naturaleza, sino el de la sangre a punto de ser derramada. Al sonido de los pasos se unió un fiero grito de batalla. De repente, entre la inmensidad, emergió una horda de orcos indeseables, armados hasta los dientes, buscando venganza.
Fíli desenvainó sus cuchillos rápidamente e Iriel liberó las hojas de Menfis. La adrenalina y la presión de ser asesinados sin piedad les hicieron moverse a una velocidad sobrehumana, deteniendo las hojas oxidadas que se dirigían hacia ellos, clavando sus armas en la apestosa carne de aquellas indeseables criaturas. Intentaban abatir a sus enemigos mientras retrocedían para salir del bosque, pero necesitaban abatir a la primera horda completamente para tener tiempo de echar a correr sin exponerse a un ataque por la espalda. La sangre y el sudor salpicaban las rocas y las ramas cubiertas de musgo. Fíli lanzaba puñales hacia los enemigos que intentaban atacarles a distancia mientras asesinaba con destreza a los que se le ponían por delante. Iriel tampoco se quedaba atrás, aunque su resistencia comenzaba a resentirse a causa de la energía que estaban derrochando. Ambos comenzaron a correr entre los árboles, deteniéndose justo cuando delante de ellos, sobre las ramas, apareció una fila de trasgos enjutos y demacrados que cargaron una legión de flechas hacia ellos. Iriel se puso delante de Fíli, haciendo girar su arma delante de ella a una velocidad vertiginosa, describiendo un círculo con la velocidad del giro. Así consiguió crear una especie de escudo de viento que detenía las flechas gracias a la brisa y al entrechocar con el palo que no dejaba de girar. Algunas flechas la rozaron, arañándole la piel, sin causar heridas demasiado profundas, pero sí dolorosas. Fíli blandió un poderoso arco sobre aquel tronco cuando la lluvia de flechas se detuvo, partiendo el árbol, derribando a los estúpidos trasgos que permanecían allí agarrados. Sus numerosas hojas melladas también sembraron heridas sobre la piel del enano, heridas que horas más tarde arderían a causa de la probable infección que se propagaría a causa de esas hojas sucias. A pesar de que las energías flaqueaban, su aliento se entrecortaba quemándoles el pecho, las heridas aumentaban y sus enemigos apenas disminuían, ambos siguieron combatiendo con fiereza y coraje, sintiendo la sangre salpicando el aire, el hedor de la muerte. Tenían que salir de aquella emboscada cuanto antes. Prosiguieron su carrera hacia la salida, confiando en que al salir al campo abierto, tuvieran alguna oportunidad, serían avistados por los vigías y sus fuerzas saldrían al encuentro.
Pero en ese momento de la huida sucedió un contratiempo mayor.
Una piedra del tamaño de un puño salió propulsada desde la honda de un orco, impactando en la cabeza del enano, haciéndole caer al suelo y perder el sentido. Iriel derrapó para detener su carrera y cubrir al enano. Intentó levantarle, pero Fíli estaba inconsciente. Con el miedo aprisionándole la garganta, hizo lo único que podía hacer en ese momento: quedarse allí cubriéndole de los ataques. Por fortuna había caído bajo un grueso tronco, por lo que Iriel podía defenderle allí sin ser atacada por la espalda. Un par de orcos, los más rápidos de la persecución, se abalanzaron sobre ella, que se defendió a duras penas de sus ataques con su peculiar arma. En ese momento sintió una espina clavándose en sus gemelos y en su cintura, seguido de las estridentes risas de los trasgos. Sintió una intensa quemazón fluyendo a través de la punta, penetrando en su cuerpo. Conocía aquella sensación, era un dardo envenenado.
Sin embargo no podía arrancárselo de la piel, tenía las manos ocupadas deteniendo los ataques de los orcos, rebanando sus cabezas, hincando el filo en sus corazones o en sus gargantas. Maldijo aquel veneno que estaba consumiendo sus fuerzas más rápido que el fragor de la batalla. De no haber sido por aquello, tal vez… tal vez la victoria hubiera sido suya.
Su visión comenzó a nublarse, la frente le ardía, su aliento era tan rápido que le escocía su contacto expandiendo sus pulmones sobre la caja torácica, le dolían los brazos, sentía que sus músculos iban a desgarrarse de un momento a otro a causa del intenso esfuerzo. En ese momento sintió un golpe seco sobre el estómago, uno de los orcos le había dado una patada con su bota recubierta de hojalata. Cayó al suelo sobre el cuerpo del enano, escupiendo sangre, esperando sin remedio la hoja que le arrebataría la vida.
Una lluvia de flechas surcó el cielo en dirección a los orcos. El sonido sibilante y el crujido de las puntas clavándose en su carne, entremezclado con gritos de dolor y desconcierto se apoderaron de la escena. Un par de elfos aparecieron para hacer frente a aquella amenaza.
Los trasgos huyeron trepando por ramas y lianas en cuanto advirtieron el contraataque. Algunos orcos se quedaron para hacerles frente, pero cayeron abatidos por los disparos certeros de los elfos.
La elfa de cabellos rojos silbó acercando un par de dedos a sus labios. Dos magnos corceles aparecieron entre los árboles. La elfa y el apuesto elfo de cabellos dorados se acercaron a los cuerpos inconscientes de Fíli e Iriel y los cargaron rápidamente sobre los corceles, galopando a gran velocidad hacia la senda que conducía a la ciudad de los hombres.
El elfo rubio miraba con recelo los cuerpos de sus protegidos, mostrando una clara aversión por ellos, pero a pesar de ello los sujetaba con fuerza para que no cayeran. Sabía quiénes eran, o al menos lo sospechaba, y les miraba con rencor por lo que le habían hecho a su padre, el Rey Elfo del Bosque Negro.
Iriel, apenas consciente de lo que sucedía a su alrededor, sintió el rápido trote de un caballo tambaleando su cuerpo, pero fue incapaz de abrir los ojos para descubrir quién la transportaba o a dónde. Perdida entre los delirios de la fiebre, entre el dolor de sus heridas sangrantes y la intensa quemazón que acompañaba al veneno por sus venas, intentando llevársela de este mundo con agónico sufrimiento. Sólo el murmullo de unas suaves voces se mezclaba con el rápido trote de los corceles.
Fíli, herido e inconsciente, tampoco fue capaz de escuchar la conversación de los elfos.
- ¿En qué momento hemos permitido que el mal sea más fuerte que nosotros?
El elfo tardó unos segundos en contestar.
- No es nuestra lucha.
- Sí es nuestra lucha. – Respondió una dulce voz llena de determinación mientras espoleaba a su caballo para que aumentara la velocidad.
- Ellos han provocado esto interponiéndose ellos mismos en un camino lleno de enemigos, poniéndonos en peligro a todos los que por aquí vivimos en paz. ¿Por qué deberíamos entrometernos?
- Porque todas las razas de la Tierra Media debemos convivir en armonía, ayudándonos unos a otros.
- ¿En armonía? Eso díselo a ellos, ¡encerraron a mi padre en su propia mazmorra! – masculló Légolas.
- No sabemos lo que les empujó a hacerlo.
Légolas no tenía ganas de discutir con Tauriel. Habían perseguido a los orcos durante semanas y a su llegada a casa se habían encontrado de bruces con el agravio de los enanos, que habían irrumpido en sus dominios, atacándoles y encerrando a su padre en una mazmorra. O al menos eso era lo que toda la corte contaba. A pesar de aquella afrenta, ahora habían acudido al rescate, cualquiera que hubiera abatido a los orcos con valentía se merecía una segunda oportunidad.
Ciudad del Lago ya estaba próxima. Tauriel sacó un cuerno de su bolsillo y sopló con todas sus fuerzas para alertar a los vigilantes de su llegada. Los centinelas divisaron al grupo y dieron la voz de alarma. Los enanos, cada uno en una parte de la ciudad, se preguntaron a qué venía tanta agitación.
Los cascos de los caballos resonaron contra los adoquines de la plaza. Los ciudadanos se estremecieron y ahogaron un grito al observar los cuerpos ensangrentados de los huéspedes que habían acogido, aunque la mayoría de la sangre que les salpicaba no les pertenecía. Los elfos bajaron con delicadeza y agilidad de los caballos, llevando en brazos a los heridos. Varios sanadores acudieron rápidamente hacia allí, indicándoles el lugar donde debían dejar sus cuerpos para atenderles con todos los medios de los que disponían.
Thorin apartó a la gente para abrirse paso hacia la plaza, intentando averiguar lo que ocurría. La visión de la realidad le paralizó el corazón. Una espada helada le atravesó por dentro, llevándose una parte de él. Miró los cuerpos inconscientes y cubiertos de sangre de su sobrino y de la mujer a la que amaba, sin entender cómo había ocurrido aquello. Ni siquiera fue capaz de correr hacia ellos, ni siquiera se percató de la presencia de los elfos, un frío helador se apoderó de él, arrebatándole el color de su piel, cubriéndolo con un manto pálido.
Dwalin sujetó a Kíli, quien gritó al ver a su hermano, y le tapó los ojos mientras sujetaba su cuerpo tembloroso a punto de perder el control.
Los cuerpos de Fíli e Iriel fueron transportados hasta la enfermería y allí todos se pusieron manos a la obra para acallar la llamada de la muerte que insistía en llevárselos lejos.
El cielo tembló bajo el ensordecedor rugido de los truenos, como si las nubes hubieran decidido aunar sus lamentos. Tras unos minutos de esta potente y solemne sinfonía, las nubes decidieron verter sus lágrimas con intensidad sobre aquella ciudad flotante. La lluvia pronto impregnó las calles y los tejados con su manto, con el incesante sonido del agua al caer, arropando la tristeza que encogía el corazón de los enanos.
Thorin permaneció toda la noche a las puertas de aquella sala donde los curanderos de la ciudad hacían uso de todos sus conocimientos para intentar salvar a aquellas dos personas que tanto significaban para él, incapaz de hacer nada por ellas más que rezar y esperar, sosteniendo entre sus manos el Anillo de las Bestias, que tal vez hubiera podido alertarles del peligro si lo hubieran llevado puesto. El cuerpo del enano temblaba de miedo y desesperación, impotente, culpable, lamentándose por no saber lo que había sucedido, por no haberse dado cuenta de su ausencia antes, por no haber estado allí, a su lado, en aquella traicionera emboscada.
Aquella noche que prometía tanto, que debía haber sido especial, realmente lo fue, pero no como los amantes esperaban. Aquella noche cálida e íntima se volvió fría y distante, teñida injustamente con el color del dolor y la sangre.
Las horas pasaron, interminables, entre el sonido de algunos gritos de dolor, de los pasos nerviosos de los médicos, del sonido metálico de las tijeras y las agujas que intentaban suturar las heridas que no dejaban de sangrar, del triturar de hojas y polvos con los que intentaban crear medicinas.
El gorgoteo de la lluvia empezó a hacerse más ligero, las nubes comenzaron a apartarse.
Estaba amaneciendo.
