Esta vez me he retrasado más que nunca, demasiado trabajo en estas semanas, siento haberos hecho esperar.
HainesHouse: Bilbo es muy importante en esta parte de la historia, pero intentaré no ser repetitiva con el libro. Iriel acabará haciendo lo que quiera, como siempre xDDD. Siento haberte hecho esperar tanto estos dias -_-
i-am-not-man: La despedida era la mejor opción, cargar con alguien herido podría ser peligroso. De todas formas los caminos de ambos volverán a encontrarse tarde o temprano :)
Erinia Aelia: Sí ^^ Thorin por fin ha aceptado todo lo que siente y ya le da igual lo que el resto piense. Yo vi la peli antes que el libro XD por eso cuando lo leí dije "anda... pero si Azog ya está muerto..." Yo tampoco entendí el cambio xD ni cómo harán la Batalla de los Cinco Ejércitos, ¿saldrán ambos? ¿saldrá sólo el hijo? Ya lo descubriremos.
Respecto a Thorin y Legolas, es que realmente Thorin no sabe lo que ha sucedido exactamente entre Thranduil e Iriel, cree que todo ha sido un farol del elfo, y que a pesar de las amenazas no ha llegado a intentar nada, si lo supiera realmente habrían rodado cabezas xD
Tampoco quiero mostrar a los elfos demasiado cabrones xD que en realidad Legolas es muy majo. Me gustaria que se entendiera que a pesar de que Thorin consideré una traición lo que sucedió con Erebor, en realidad hubo un verdadero motivo entre los elfos para no unirse a la batalla.
Sí que le daré algo más de protagonismo a Bilbo. En el capítulo anterior no se quedó junto a Iriel porque estaba Thorin, si no, no se habría separado de ella ni un minuto.
Nuan: ¿Da la impresión de un final triste? Bueno aún tienen que enfrentarse a bastantes peligros, pero siempre hay que tener esperanza :)
daya20: Muchisimas gracias por los cumplidos ^^. Aun tienes universidad en esta epoca? :O yo creia que todo el mundo estaba de vacaciones menos yo XDDD. Sí, la parejita se separa por el momento.
Hikari-Moonlight: ¿Cómo voy a cargarme a mi propia protagonista? xDDD No soy tan cruel, ademas le tengo mucho cariño a Iriel. No sé cuantos capítulos faltan, pero aún queda un poco, queda la parte de Smaug y la de la Batalla de los Cinco Ejércitos, asi que... aun tengo fanfic para un rato XD. Uala, tienes una compañera que se llama asi? XD que gracia! pues no sabía que existía, me lo inventé al empezar el fic, adaptando el nombre de Ariel (mi personaje favorito de la infancia :) )
No puedo responderte a lo de si acabara como tu sueño, el final es un spoiler demasiado importante XD ya veremos como transcurre la historia.
Conozco Caballeros xk es muy famosa y tngo amigos que son fans de ella desde hace años, pero siento decirte que yo nunca me he puesto a verla.
Con mucho cariño también de mi parte ^^. Un besitoo!
¡Siguiente capítulo!
*~~~~~* CAPÍTULO 26: ENTRAR EN LA MONTAÑA *~~~~~*
La Compañía avanzaba hacia la Montaña Solitaria sobre las monturas que el gobernador les había ofrecido. Con cada paso, firme o titubeante, se acercaban más a su destino, el que habían sellado cuando salieron de Ered Luin. Algunos charlaban, otros, como Thorin o Bilbo, cabalgaban en silencio, sumidos en sus pensamientos, dejándose llevar por el rítmico trote de los animales.
Bilbo recordaba bien su última conversación con Iriel. Cuando sus compañeros se marcharon de aquella habitación para despedirla, ella le agarró débilmente de la manga de su chaqueta y le susurró que se quedara. El hobbit no había tenido ocasión de estar a solas con ella desde el ataque porque Thorin se había proclamado el derecho a acompañarla en aquellas horas cruciales e interminables, aunque el hobbit hubiera preferido mil veces estar a su lado mientras luchaba contra la muerte, que entre las solitarias paredes de su habitación, donde veía pasar los minutos como granos de arena que le arañaban el corazón, rezando en todos los idiomas que conocía para que la chica se recuperara.
- Bilbo, tengo que pedirte un favor…
- Claro, lo que quieras – le dijo el mediano agarrando la mano de la chica con delicadeza y acariciándola. Iriel se veía cansada aunque trataba de sonreír para que el resto no se preocupara, pero Bilbo podía ver más allá, veía el tenue brillo del miedo en el fondo de sus ojos cristalinos.
- A estas alturas ya te habrás dado cuenta de lo que siento y de lo importante que es Thorin para mí… aunque está claro que aquí es una persona muy importante para todos - Iriel sonrió con complicidad y el hobbit asintió con la cabeza, el rey enano también ocupaba un lugar muy importante en el corazón de Bilbo, aunque no fuera de la misma forma que para la chica – Todos confiáis en él porque es un gran guerrero, es inteligente, valiente, protector con su pueblo y capaz de cargar con una gran responsabilidad sobre sus espaldas, pero debajo de eso se esconde un mortal como los demás, no debéis olvidarlo.- Hizo una pausa - Me preocupa su lado obstinado y temerario, todos sabemos lo que está dispuesto a arriesgar para llevar a cabo esta empresa – los ojos de Iriel se apagaron por un instante, el corazón de Bilbo se encogió. Sí, él también sabía que el rey enano estaría dispuesto a luchar hasta la muerte, como siempre había hecho y esta vez nada le impediría forzarse hasta su límite para después intentar sobrepasarlo. – Por eso quiero pedirte que cuides de él en mi lugar e impidas que cometa una locura.
- ¿Yo? – Bilbo abrió los ojos con intensidad - ¿Cómo voy a cuidar yo de él? Thorin siempre hace lo que quiere, sin escuchar a nadie y menos a mí…
Iriel sonrió, pero mantuvo su mirada firme.
- Thorin tiene en cuenta tus palabras más de lo que tú crees. Por favor, haz que escuche la voz de la sensatez que a menudo se empeña en olvidar, hazle recordar que una simple vida en compañía vale más que cualquier muerte gloriosa, que su pueblo y su familia le necesitan vivo. – Ambos enfrentaron sus miradas durante unos instantes, en una conversación que salía desde lo más profundo de sus corazones - Bilbo, tú eres una persona valiente y una de las más sensatas que yo he conocido, tienes los pies en la tierra y sabes todas nuestras limitaciones. Confío en que sabrás guiar a los enanos en sus dudas y en sus miedos, ahora te necesitan más que nunca.
Bilbo cabalgaba reflexionando sobre estas últimas palabras. Él también tenía miedo y dudas, como todos los demás, pero era consciente de que era la persona menos impulsiva de la Compañía y que su deber con los enanos iba más allá del de la simple tarea de saqueador. Sin los consejos de Gandalf ni la ayuda de Iriel, sólo quedaba él para equilibrar el terco y osado temperamento de los enanos. Tras tantos meses junto a ellos, en los que había cambiado tanto, empezaba a creerse capaz de conseguirlo.
La montaña se acercaba lentamente, mirándolos imponente, férrea, segura y tal vez, algo siniestra. Dejaron atrás el lago y cabalgaron bordeando el río hasta que al caer la noche, las faldas de la montaña les recibieron.
A pesar de lo que le dolía la partida de sus compañeros y lo preocupada que estaba por ellos, su cuerpo la obligó a descansar y todas sus preocupaciones fueron enterradas a la fuerza por el pesado manto de los sueños. Pasó así todo el día y toda la noche, sin ser capaz de abrir los ojos, soportando el dolor que la recorría cuando los calmantes dejaban de hacer efecto. Sentía un gran peso sobre ella, como si de repente alguien hubiera dejado de caer una gran losa de hierro sobre su cuerpo, el calor de la fiebre consumía sus fuerzas y una sensación amarga y seca recorría su garganta. Percibía a los curanderos ir y venir pero apenas les escuchaba y no les prestaba demasiada atención. Así pasó el tiempo alrededor de Iriel, sin ser muy consciente de él.
Cuando los enanos alcanzaron la montaña empezaron a investigar por los alrededores. A la luz de las estrellas era difícil encontrar una puerta que no se distinguía del resto de las rocas, pues el otoño todavía no había llegado a su fin, así que decidieron abandonar la tarea e instalarse en la zona lo mejor que pudieran. Dejaron libres a las monturas, como les había pedido el gobernador, para que pudieran regresar a la ciudad de los hombres. Al fin y al cabo, los animales no iban a serles útiles allí. Se acomodaron entre las rocas, buscando una superficie lo bastante grande y segura como para no despertarse cayendo por la ladera en mitad de la noche.
A la mañana siguiente, cargados con sus nuevas pertenencias y sus armas, alcanzaron una zona conocida: la Colina del Cuervo. Se trataba de un antiguo puesto de observación. Allí se dividieron en grupos que marcharon a investigar la zona. Thorin se quedó allí, vigilando todo cuanto se extendía a su alrededor, mientras observaba la llave de Érebor y el mapa de su abuelo, intentando hallar alguna pista que todavía no hubieran encontrado.
Bilbo, Balin, Fíli y Kíli fueron enviados a las tierras del sur, a inspeccionar la Puerta Principal. Los tres jóvenes contuvieron la respiración al contemplar tan magnífica entrada. En la misma ladera de la montaña, dos colosales estatuas de piedra custodiaban los muros. Representaban a dos guardianes enanos, sus facciones, su armadura y sus armas estaban esculpidas con gran detalle y ni el tiempo ni la ira del dragón parecían haber hecho mella en ellas. Entre ellas se encontraban las grandes puertas, cuyos ornamentos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Bilbo dejó escapar una exclamación de emoción que fue acompañada por el entusiasmo de los príncipes enanos. Habían oído mil veces a su tío describir aquellos muros, pero a pesar de su detallada descripción, la realidad era más impresionante de lo que habían podido imaginar, una oleada de emoción recorrió el cuerpo de los hermanos. Balin, por su lado, observó con ternura y nostalgia aquellos muros que le habían acogido durante tantos años. Fue una sensación extraña, amarga y dulce, demasiados recuerdos pesaban en su corazón.
Tras observar la entrada en la montaña, dieron media vuelta para observar el vasto terreno que los rodeaba. En medio de las verdes praderas, ahora algo más secas y solitarias, vislumbraron un montón de ruinas. Antes de que pudieran preguntar nada, Balin otorgó la respuesta al enigma.
- Aquellos son los restos de la esplendorosa ciudad de Valle. Fue el primer objetivo de la ira de Smaug. Destrozó las torres de vigilancia, las casas, el mercado. Prendió fuego a las calles, a los estandartes, a los árboles y a las flores. Nada escapó a la brutal embestida de su llegada. Y mientras el caos se cernía sobre sus habitantes, el dragón atravesó las puertas de Érebor sin que nadie pudiera detenerle.
Bilbo observó de nuevo las puertas con más detenimiento. Le pareció ver algunos fragmentos de roca desprendida, algunas grietas en las paredes. La montaña tampoco había resistido al paso del dragón. Un escalofrío le recorrió la espalda. Las palabras del presagio de Óin volvieron a su mente temblorosa:
"Cuando las aves de Érebor quieran volver, el reino de la bestia llegará a su fin"
¿Cuál era el verdadero significado de aquella profecía? ¿Habría perecido silenciosamente la bestia durante aquellos años solitarios bajo los secretos de la montaña o estaría allí aguardándoles, con la misma fiereza con la que la recordaban, para librar un atroz enfrentamiento?
Prefirió no seguir pensando en ello porque se le estaba revolviendo el estómago. Kíli y Fíli bajaron por la ladera de la montaña, acercándose a las puertas y echando un vistazo al suelo, intentando encontrar algún rastro de la bestia. Bilbo y Balin les observaron desde su posición. Los hermanos llegaron hasta las puertas de roca. Su tamaño era insignificante junto a aquella fortaleza. Investigaron los muros. Ni un sonido, ni una huella, ni una pizca de olor a chamuscado. Allí no había rastro de nada. Y como Balin había advertido en la Comarca, la entrada estaba completamente cerrada, no había forma de hacer que las hojas cedieran ni un milímetro. Sin nuevas noticias, el grupo volvió a la Colina del Cuervo al llegar el mediodía.
El resto de los grupos de exploración no habían tenido más suerte que ellos. Habían inspeccionado buena parte de la ladera sin encontrar ningún indicio de la entrada oculta. Por la tarde volvieron a intentarlo, con el mismo resultado. Al atardecer un pequeño zorzal llegó volando hasta donde ellos se encontraban. Portaba un pequeño mensaje entre sus garras. Bilbo fue quien se percató del detalle y se acercó al pájaro para cogerlo. Desenrolló el papel y vio una suave caligrafía que le era familiar. Era un mensaje de Iriel.
Se acercó alegremente a sus desanimados compañeros, llevando buenas noticias. Aquel día, al ver al ave posarse en el alféizar de su ventana, Iriel, todavía débil pero algo más consciente de su situación, tuvo una idea para comunicarse con ellos. Pidió una pluma y un trozo de papel a las curanderas y al pájaro que le hiciera un favor.
Bilbo les enseñó el pergamino. En él su compañera relataba que se estaba recuperando lentamente, la fiebre había bajado, aunque todavía no era capaz de levantarse de la cama. Había enviado el mensaje para tranquilizarles, aunque en realidad lo que quería era obtener una respuesta de ellos, saber las novedades que se habían encontrado en la montaña y si todos se encontraban bien.
Para los enanos fue un momento de agradable distracción, así consiguieron evadirse durante un rato del desolador fracaso de su búsqueda. Todos se acercaron al pájaro para enviarle un mensaje a la chica, todos querían decirle algo. Afortunadamente, aquel zorzal entendía la lengua común, y escuchó con paciencia lo que los enanos le decían, intentando retenerlo en la memoria.
Thorin se sintió aliviado por las noticias, pero no le envió ningún mensaje. No tenía nada que decirle que no le hubiera dicho ya, además él era un hombre que demostraba sus pensamientos con gestos, no con palabras, y expresar sentimientos hacia ella era más complicado que pronunciar un discurso diplomático ante cientos de enanos.
El zorzal emitió una piante despedida y desplegó sus alas para volver a Ciudad del Lago.
Aquella noche, al cobijo de su campamento en la ladera de la montaña, la luna y el sol que esperaban tampoco aparecieron en el firmamento.
A la mañana siguiente la búsqueda continuó, ampliándose la zona de escrutinio. Ninguna novedad, ninguna entrada, ninguna señal, ninguna piedra diferente a las anteriores. Empezaban a impacientarse, sobre todo Thorin, pero no había mucho más que pudiera hacer más que seguir intentándolo.
Al cuarto día de su llegada a la montaña, mientras seguían explorando sin hallazgos, el hobbit, cansado y desanimado, tropezó con un pequeño saliente oculto en una zona de la ladera. Al caer al suelo y maldecir con la piedra con la que había topado, se percató de que no era una piedra, sino un escalón. Mejor dicho, eran varios escalones. Aquello no parecía un capricho de la montaña, sino algo hecho con manos enanas. Excitado fue a avisar a sus compañeros de su hallazgo. Todos le siguieron.
Se trataba de una senda oculta, habían explorado esa recóndita zona al atardecer y las sombras de los peñascos habían provocado que la entrada pasara desapercibida, pues la senda se había construido precisamente con esta intención. Siguieron los escalones hasta la cresta sur y allí avanzaron por un estrecho risco que bordeaba la cara norte de la montaña. Desde allí, observaron el campamento donde tenían depositadas sus cosas, y siguieron por el estrecho desfiladero, pegando sus cuerpos a la pared de la montaña hasta llegar a una pequeña nave de paredes abruptas. Era fácil no haber visto el lugar desde el campamento, pues el risco ocultaba la entrada. No era como las cuevas de la montaña y su techo se abría al cielo. En el interior encontraron una pared desnuda, lisa, demasiado como para ser obra de la naturaleza, parecía haber sido producto de la mano de un albañil. Sin embargo, por más que la inspeccionaron, no encontraron rendijas ni ensamblajes, pestillos ni cerraduras, la pared estaba fusionada con el resto de la pequeña sala, parecía imposible que aquel trozo de roca pudiera ser una puerta hacia el interior, pero ninguno dudó que así fuera, ese lugar tan oculto tenía que ser la entrada secreta por fuerza.
Empujaron de mil maneras, la golpearon, pronunciaron encantamientos olvidados, pero nada sucedió. Tras encontrar la puerta, se encontraban como al principio, sin ningún modo de entrar en la montaña. Balin les aconsejó hacer turnos allí y esperar a que llegara el Día de Durin, estaba seguro de que algo, aunque no sabía muy bien qué, sucedería.
Algunos bajaron al campamento y otros se quedaron allí. No había hueco para todos. Bofur y Nori llevaron parte de la comida que habían preparado en el campamento hasta aquel lugar, para que sus compañeros pudieran alimentarse mientras esperaban.
Bilbo permaneció sentado en la entrada, pensando, aunque no se le ocurría gran cosa. Pensó en consultarlo con su compañera en el siguiente mensaje, tal vez a ella se le ocurriera algo. Alzó la mirada y se topó con la figura del rey de los enanos. Se encontraba a unos pasos de distancia, al pie del desfiladero por el que habían venido. Su rostro y su cuerpo se veían tensos, coléricos, como una bestia acumulando su rabia hasta el momento de liberarla. A Bilbo le resultó extraño verle tan cerca de perder la calma, acostumbrado a esa apariencia infranqueable y enigmática que siempre poseía. Era cierto que cuando conoció a Thorin era frecuente verle malhumorado con sus compañeros, enfadado con los contratiempos que entorpecían su aventura, tratándoles con dureza cuando no cumplían sus órdenes o lo que esperaba de ellos, pero a pesar de poseer en sus venas el enérgico temperamento de los enanos, él siempre era capaz de mantener la mente fría cuando la situación lo requería para resolver los problemas. Thorin nunca mostraba sus sentimientos, apenas le había visto sonreír durante la aventura, y sólo demostraba afecto por sus sobrinos. Bilbo reflexionó. Bueno, aquello no era del todo cierto, el enano había tenido un claro punto de inflexión desde que lo conoció, un hecho que le había cambiado.
El rescate de los orcos.
Sí, aquella había sido la primera vez que había reconocido a los medianos, que les había sonreído y abrazado, agradeciéndoles de corazón que estuvieran a su lado. A partir de aquel momento fue cuando Bilbo se había empezado a sentir verdaderamente uno más en la Compañía.
La mente de hobbit, lejos de buscar una solución a la manera de entrar en la montaña, siguió divagando. Un romance había despertado tímidamente durante la aventura…
Le parecía hermoso que algo así hubiera nacido en el interior de aquella desoladora misión. Se alegraba mucho por su compañera, había notado cómo miraba al enano desde hacía tiempo, aunque nunca creyó que en aquel frío corazón de guerrero hubiera hueco para algo más que para aquella abandonada montaña. Se alegraba de haberse equivocado, tanto por su compañera como por el enano, se merecía algo más que aquella vida de amargos recuerdos, injustas pérdidas y pesadas responsabilidades.
Bilbo intentó ocultar la sonrisa pícara que se dibujó en su rostro. ¿Cómo sería Thorin con las mujeres? ¿Cómo se comportaría cuando se encontraba a solas con Iriel? Estaba seguro de que de forma muy diferente a cuando estaba con ellos. Se lo preguntaría a Iriel cuando volvieran a encontrarse, cuando aquella demente aventura hubiera terminado por fin, pero para ello, primero tenían que atravesar la puerta…
Una idea se repetía en la mente de Thorin una y otra vez, como un pensamiento obsesivo.
"Estaba más cerca y más lejos que nunca."
Aquella situación era frustrante. Tan cerca de su objetivo y tan lejos de alcanzarlo. Habían conseguido hallar la puerta, pero eso no había mejorado su situación. Tenerla delante de sus narices y ser incapaz de penetrar sus barreras era aún peor. Le hacía sentirse todavía más fracasado. Por eso la cólera se acumulaba en su interior, estaba enfadado consigo mismo, con aquella maldita montaña que le ponía a prueba con cada obstáculo que superaba. ¿Por qué era todo tan complicado? ¿Por qué todo le salía mal? ¿Qué le había hecho a Aulë para que le odiara tanto? Se sentía incapaz de contener su frustración, a punto de perder el control.
También se sumaba el hecho de que estar de nuevo sobre la Montaña Solitaria le traía demasiados recuerdos dolorosos. Recuerdos de su juventud como príncipe de Érebor, contemplando el esplendor del valle a través de los balcones de la ciudad, respirando el frío aire de la montaña. Ahora ya no quedaba nada de aquello, sentía una atmósfera abandonada y vacía, silenciosa, tan diferente del ambiente ruidoso y lleno de vida que recordaba. El paisaje apenas había cambiado ante sus ojos, se encontraba ante él tal y como lo había dejado cuando fueron obligados al exilio. Sin embargo la sensación de aquel lugar sí que había cambiado, el paso del dragón había dejado una cicatriz que no era visible ante los ojos, pero sí ante el corazón. Thorin cerró los ojos para librarse de aquella sensación. Todavía le parecía ver las chispas del fuego prendiendo en la lejanía, los árboles convertidos en polvo, el olor a cenizas y restos calcinados. Dejó escapar un gruñido y e intentó concentrarse en hallar algo de calma en su interior y una utilidad a la llave y al mapa.
Bilbo desvió la mirada hacia el horizonte, contemplando la puesta en escena que el sol desplegaba al atardecer. Divisó algo volando hacia ellos. Estaba vez el zorzal iba acompañado de un cuervo.
Se levantó emocionado para recibir el nuevo mensaje de su compañera. El ruido que provocó hizo que Thorin abriera los ojos de nuevo. El zorzal se posó junto al mediano, seguido del cuervo que observaba la escena en silencio. Bilbo desenrolló el pergamino y comenzó a leerlo en voz alta:
"¿Cómo avanza la búsqueda en la montaña? ¿Habéis hallado ya la puerta secreta? Por aquí los días transcurren tranquilos y aburridos, los sabios todavía no me permiten salir de la cama. Echo de menos la compañía de mis ruidosos compañeros…"
Thorin olvidó durante unos instantes su frustración y sus facciones se relajaron.
"Sin embargo hoy he recibido una visita inesperada. Dos personas han venido a ver cómo va mi recuperación. Sus nombres son Tauriel y Légolas, se trata de los elfos que me rescataron."
La calma que tanto le había costado encontrar pronto se borró del rostro de Thorin. Avanzó hacia Bilbo y le arrancó el pergamino de las manos para terminar de leerlo él mismo. Conforme sus ojos recorrían las palabras, su cólera iba creciendo.
"Son encantadores y han sido muy amables conmigo. Parecían preocupados por todos nosotros, por si los orcos volvían a seguir nuestro rastro. Han mandado rastreadores entre los suyos para intentar hallar su pista. También les preocupa vuestro cometido en la montaña, no ven con buenos ojos que intentéis despertar un demonio dormido. He intentado convencerles de que esta misión es crucial para el destino de vuestro pueblo y que actuamos con cautela"
Thorin arrugó el papel con el puño, el fuego de la ira centelleaba en sus ojos azules. Se acercó a las aves y comenzó a gritarles un mensaje. Bilbo retrocedió, cuando Thorin estaba enfadado era mejor no entrometerse. El cuervo graznó y asintió con la cabeza. Aquellas aves siempre habían tenido buena relación con su familia. El pájaro negro elevó sus alas y se dirigió hacia la ciudad de los hombres, seguido por el tímido vuelo del zorzal. Thorin se alejó de aquella puerta que le crispaba los nervios y dio un largo paseo hacia el campamento de los enanos, intentando recuperar la compostura. Bilbo se quedó allí, con la impotencia de no haberle podido transmitir ningún mensaje a su compañera, y temiendo su reacción ante el mensaje de vuelta.
Iriel se encontraba en una silla junto a la ventana. Aquel día había intentado levantarse por primera vez de la cama, pero tras tantos días sin moverse, se encontraba mareada y casi se había caído al suelo al intentar caminar. Los ancianos le habían aconsejado que permaneciera sentada algunos días más para que su cuerpo se acostumbrara a los cambios posturales, antes de intentar volver a moverse con normalidad. Su cuerpo había sufrido un grave envenenamiento y era un milagro que se hubiese recuperado sin ayuda. Sus heridas habían mejorado mucho, pero aún le dolían, no era sensato forzar tan rápido a su cuerpo. La chica se resignó a las órdenes de los que la habían estado cuidando durante días, a pesar de que aquella lentitud de recuperación la exasperaba.
La habían cambiado de habitación, ahora se encontraba en el tercer piso de aquel hospicio, donde las vistas eran más agradables. A través de la ventana podía ver parte del valle y la silueta de la montaña a lo lejos. Podía pegarse horas contemplando el paisaje, pensando en lo que había dejado marchar, deseando recuperarse para reunirse con ellos de nuevo.
Mientras observaba el final del atardecer fundirse con el principio de la noche, oteó en el horizonte un par de siluetas que volaban hacia su dirección. Se sobresaltó al ver de vuelta a las aves tan rápido y temió que pudiera haber pasado algo.
El cuervo surcaba el aire a gran velocidad, dejando caer algunas plumas negras en el trayecto. Antes de haberse posado siquiera en el alféizar de la ventana, su voz penetró en el interior de la chica gritando.
"¿Qué crees que estás haciendo?"
Iriel se quedó muda unos instantes, intentando entender aquella acusación. Entonces se percató de que no era el cuervo quien estaba hablando, sino que se trataba del mensaje que debía transmitir. No tuvo ninguna duda respecto al emisor del mismo. El cuervo siguió hablando a través de su mente.
"¿Cómo te atreves a confraternizar con esa clase de gente? ¿Ya has olvidado cómo nos trataron?"
Iriel no pudo evitar contestar como si estuviera hablando directamente con el enano.
"No puedes generalizar a toda una raza por una mala experiencia. Cada persona es diferente. Ellos me han salvado, no son como los elfos que nos apresaron en el Bosque Negro"
Thorin imaginaba cómo respondería la chica ante sus palabras, así que se había anticipado a ellas, otorgando varias respuestas al cuervo como si aquel mensaje se tratara en realidad de una conversación.
"¿Crees que son diferentes a nuestros captores? ¿Tienes idea de quién es el elfo con el que has hablado? ¡Es el hijo de Thranduil!"
Iriel desconocía aquella información y se quedó petrificada al escucharla. ¿Su hijo? De pronto tuvo miedo. ¿Le habría enviado el mismo Rey de los Elfos para vengarse por haberle encerrado en sus mazmorras? No, aquello no tenía sentido, de ser así no la hubieran salvado, o habrían intentado llevarla de vuelta cuando se encontraba más vulnerable, y ninguno lo había hecho. No había oscuras intenciones en ellos, Thorin no iba a llenarle el cerebro con sus prejuicios.
"¡No necesitamos su ayuda con los orcos ni con ningún otro enemigo! No nos prestaron ayuda en su momento, cuando de verdad la necesitábamos, así que más les vale dejar de fingir una alianza que ya no existe"
Iriel quiso contradecirle, responderle que de no ser por ellos ni ella ni su sobrino estarían vivos en aquel momento, pero se contuvo.
"No existiría un demonio dormido si no nos hubieran dado la espalda. Si vuelven a acercarse diles que dejen de entrometerse en los asuntos de mi pueblo."
Iriel creyó que aquel mensaje acusador ya había terminado, pero entonces el cuervo elevó sus alas y partió dejándole una última advertencia.
"Y ni se te ocurra volver a mencionar a los elfos nada sobre los asuntos de mi Compañía. Te prohíbo que vuelvas a relacionarte con ellos"
Las plumas negras cayeron lentamente sobre la habitación mientras la chica apretaba los nudillos sintiendo la rabia bullendo en su interior.
¿Su Compañía? ¿Prohibirle?
No se había dignado a enviarle mensaje alguno en los días previos y el primero que le enviaba era una reprimenda. ¿Pero quién se creía que era para hablarle así? ¿Su dueño? Ella hablaría con quien creyera conveniente, nadie iba a prohibirle manifestar sus ideas. Golpeó el alféizar de la ventana, haciendo que el pobre zorzal, que había permanecido inmóvil durante toda la escena, se apartara asustado y emprendiera el vuelo. Iriel se levantó para regresar a la cama. Se arropó con unas mantas y cerró los ojos, intentando imaginarse a sí misma dándole un puñetazo a Thorin.
La luna empezaba a asomar en el cielo. Bilbo se había quedado solo junto a la entrada secreta, el resto se encontraba en el campamento. Le habían dejado allí para que pensara en una forma de entrar, una nueva tarea como saqueador. Bilbo mordisqueaba un trozo de pastel de carne de las provisiones que tenía a su alcance, mientras seguía dándole vueltas al enigma de los enanos. Escuchó un aleteo conocido. Divisó al zorzal que solía traerle los mensajes de su compañera, aunque esta vez no transportaba nada.
El pájaro se posó a unos pasos de Bilbo, sobre una piedra gris, mientras golpeaba contra ella el caparazón de un caracol.
Una acción cotidiana que despertó la mente de Bilbo.
"Estad cerca de la piedra gris cuando llame el zorzal y el sol poniente brillará sobre el ojo de la cerradura con las últimas luces del Día de Durin"
Era la señal que estaban buscando, lo sabía. Gritó con todas sus fuerzas hacia el campamento para que los enanos acudieran, sabía que algo extraordinario iba a ocurrir. Los enanos dejaron sus cenas a mitad y subieron corriendo creyendo que el hobbit se encontraba en peligro. Justo cuando llegaron hasta él, un destello rojo cruzó el cielo, un destello que provenía del sol que acababa de ocultarse.
- ¡El sol y la luna están juntos en el cielo! ¡Es el Día de Durin! – Anunció Balin.
El destello atravesó las rocas hasta señalar un punto concreto de aquella antesala misteriosa. Escucharon un crujido, un pequeño trozo de roca acababa de desprenderse, un agujero se había formado en la pared. Thorin sacó la llave y la introdujo en aquella insólita cerradura. La estructura cedió. Unas grietas largas y rectas aparecieron y se ensancharon. Una puerta de tres pies de ancho y cinco de alto.
Todos se abrazaron victoriosos, al fin habían descubierto el misterio, al fin tenían una forma de acceder al interior de la ciudad de Érebor.
Sin embargo, pronto Thorin acalló los vítores, por precaución. Miró a Bilbo con severidad, otorgándole una gran responsabilidad.
- Saqueador, ahora ha llegado tu momento. Ve a inspeccionar el lugar.
Bilbo sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. La puerta acababa de abrirse y ya tenía que adentrarse en sus fauces. Maldijo a los enanos, a Gandalf y a aquella noche en su casa donde aquella aventura había dado comienzo y se arrastró por el túnel.
Aquel túnel no era una simple cueva, sino un sofisticado pasadizo rectilíneo que bajaba adentrándose en la montaña. Sintió que la temperatura aumentaba conforme se adentraba en la montaña y el miedo comenzó a abrirse paso en su corazón. Se puso el anillo para seguir avanzando y así comenzó a sentirse más seguro. Por fin llegó al final del recorrido.
Asomó la cabeza y ahogó un grito. Montañas de oro le recibieron. Oro, rubís, diamantes, plata, mithril, esmeraldas... Monedas, joyas, armaduras, coronas, vajillas, copas, espadas…
Todos los tesoros del mundo parecían estar concentrados en aquella sala. El resplandor áureo iluminaba el lugar, casi cegador, ensombreciendo el tenue brillo de las antorchas que adornaban las paredes. Volvió a echar otro vistazo. Tal vez el calor procedía de aquel fuego, que se intensificaba con el calor absorbido por el metal, ya que no parecía haber nada más alrededor.
Bilbo saltó desde su posición hasta llegar al suelo. La montaña de monedas atenuó la caída. Empezó a recorrerla maravillado, hundiendo los pies en aquellas riquezas, cogiendo puñados de ellas y elevándolos al aire. La euforia del tesoro le hizo olvidarse de toda la prudencia que los años le habían concedido.
Un error que lamentaría.
En ese momento la montaña de monedas tembló. A lo lejos, en la otra esquina de aquella enorme sala de tesoros, una figura emergió del interior de los montones. El ruido de las monedas la había despertado de su descanso.
Un resplandor rojizo se sumó al brillo del oro. Una enorme bestia, cubierta con gruesas escamas que reflejaban el brillo metálico de la instancia. Unas poderosas alas membranosas que podrían fácilmente desencadenar un huracán. Los colmillos, blancos como el marfil, afilados y terribles, asomaban de sus grandes fauces. Un vapor negruzco se escapaba de su nariz, viciando el ambiente y aumentando la temperatura. Pero lo más terrible de todo, lo que sobrecogió el corazón del hobbit, fueron sus centelleantes y rasgados ojos amarillos, que transmitían una vileza como nunca antes había conocido.
Bilbo comenzó a temblar y antes de que el dragón se irguiera por completo, se apartó de las pilas de monedas para desaparecer de allí lo más rápido posible. Corrió, intentando no tropezar con los miles de tesoros que poblaban el suelo, hasta ocultarse tras una gran columna de piedra y se maldijo por su estupidez.
Smaug se sacudió las monedas que habían quedado pegadas a su cuerpo, todavía despertando de su largo letargo. Avanzó por la sala apoyándose en sus enormes garras, haciendo que la estancia temblara como si fuera víctima de un terremoto. Una voz profunda y ancestral inundó el lugar.
- ¿Quién se atreve a interrumpir mi descanso?
