x_x joer... no hay manera de encontrar tiempo para escribir... mira que intento actualizar rápido XD pues nada oye, es imposible... ya desisto actualizaré cuando pueda y ya está -_-

:D Menos mal que mis lectoras son un encanto tienen bastante paciencia ^^ un besico a todas desde aquí!(y si hay algún chico que lea la historia también se lo mando eh XDDD)

HainesHouse: Thorin se merece una buena respuesta después de aquello XDD te aseguro que Iriel se la guarda, pero para el momento preciso jaja. Ufff que ganas de que salga la 2º peli U_U, aunque al paso que voy escribiendo últimamente xDD igual la estrenan y aun sigo con la historia sin terminar xDDD

Erinia Aelia: Ohh ^^ muchas gracias! Es que Thorin se me estaba volviendo un poco blandito en los últimos capítulos xD tenía que recuperar parte de su personalidad odiosa :P. A veces en los fics es difícil describir a Thorin para que sea un tipo duro y orgulloso pero sin pasarte de borde e imbécil. Es difícil coger ese punto medio XD afortunadamente Richard y Jackson lo plasman perfectamente en la película, así que es una buena referencia. En este capítulo verás que Bilbo tiene más protagonismo ;)
Me quedé con ganas de leer tu historia, espero que algún día te animes a que las aventuras de tu protagonista vean la luz ^^

nuan: me alegro de que no te haya parecido aburrido :), me rayaba un poco mientras lo escribía. Sí, Thorin vuelve a sus orígenes XD es un enano difícil de entender, pero a pesar de ello yo sigo perdidamente enamorada de él xDDD. Bilbo se ha metido en un buen lío, en este capítulo tendrá que apañarse para salir de él.

El anterior capítulo era un poco lento, espero haberle dado más ritmo a este :)

¡Espero que os guste y que comentéis mucho! :P


*~~~~* CAPÍTULO 27: SMAUG *~~~~*

- Tarda demasiado, ¿cuántas horas se necesitan para dar una vuelta de reconocimiento? – Anunció Bofur, que se estaba impacientando tras tanto tiempo sin noticias del mediano.

- A lo mejor se ha perdido, los pasillos de Érebor pueden ser un laberinto para quienes no los conocen. – Respondió Glóin.

- ¿Y si le ha pasado algo a nuestro saqueador? – Preguntó Kíli mirando a su tío.

- ¿No deberíamos ir a buscarle? – Añadió rápidamente su hermano.

El sol ya estaba saliendo, había trascurrido toda la noche desde que el mediano había sido obligado a atravesar aquel túnel secreto. No había dudas de que Bilbo tardaba demasiado en regresar. Mientras divagaban sobre el paradero del hobbit, la tierra comenzó a temblar, estremeciendo los cimientos de la montaña. Los enanos se sujetaron a las paredes para no caer por la pendiente. No era el primer temblor de la noche, pero sí el más intenso.

- ¿Qué es esto? – Preguntó Dwalin - ¿Un terremoto?

- Eso, mi amigo – respondió Balin, sintiendo un escalofrío al recordar la primera vez que había presenciado aquella fuerza inconmensurable - es un dragón.

Thorin también conocía aquella terrible sensación. Apretó los puños, rozó el filo de su nueva espada y dirigió su mirada hacia la entrada en la montaña.

- Vamos a por nuestro saqueador.

Con paso firme avanzó hacia allí, todos los demás le siguieron sin rechistar, rezando en silencio a su protector en el cielo, preparándose para el destino que les aguardaba en las entrañas de la Montaña Solitaria.

Recorrieron aquel túnel agachados, alumbrados a duras penas por los rayos de la mañana que se colaban desde el otro lado. Tuvieron la precaución de dejar un trozo de roca para que la puerta no se cerrara completamente atrapándoles en una ratonera sin escapatoria. Thorin lideraba la marcha, seguido por sus sobrinos, que avanzaban tanto temerosos como decididos, dispuestos a dar su vida por aquella aventura. El resto de los enanos marchaba detrás, siendo Bombur el último de la fila, pasando a duras penas por el estrecho corredor, teniendo que ser ayudado en ocasiones por los estirones de Bifur.

Pronto un brillo diferente al de la luz natural les recibió al otro lado. Un brillo metálico. El gran tesoro de Érebor estaba allí, intacto, tal y como lo habían dejado seis décadas atrás. Thorin tuvo que cubrir la boca de sus sobrinos para evitar que su grito de asombro les delatara. Con una mirada severa les ordenó que guardaran silencio hasta saber lo que les aguardaba. El rey enano exploró la gran sala del tesoro con la vista desde la protección de aquel túnel. Nada se movía entre las monedas, ningún sonido en la distancia, el suelo había dejado de temblar.

Desenvainando la espada, saltó al suelo, haciendo que las monedas resonaran bajo su contacto.

De nuevo silencio. Ningún movimiento.

El resto de los enanos entraron en aquella gran sala, todos con sus armas en la mano, cubriéndose unos a otros a la espera de ser atacados por aquel monstruo terrible que era capaz de provocar terremotos. Pero nada se abalanzó sobre ellos, no todavía.


Bilbo consiguió atravesar aquella rendija con gran esfuerzo. A su alrededor todo estaba oscuro. Sentía que el terreno que pisaba no era especialmente estable, tenía miedo de moverse por si el suelo cedía a sus pies.

Tal y como pensaba, el suelo se resquebrajó y Bilbo estuvo a punto de caer a un profundo abismo, pero consiguió sujetarse a tiempo en un par de abruptos salientes de la pared. Observó entonces una veta de oro reluciendo en ella. Ya sabía dónde se encontraba, había llegado a una de las minas de los enanos. Vislumbró una polea con cadenas de hierro e intentó trepar hacia ella. El dolor en su hombro era intenso y ardía con cada movimiento, pero su vida pendía de un hilo y debía llegar hasta allí si quería un soporte seguro en aquellas minas abandonadas.

Con las fuerzas que le quedaban trepó por aquella pared escarpada, estando a punto de resbalar varias veces.

Una envolvente sensación de alivio se apoderó de él al agarrar el metal y subirse a aquella polea. Un sudor frío recorría su piel, su cuerpo estaba en su límite. Sintió cómo se le nublaba la vista, como su cuerpo se quedaba sin fuerzas y se rindió a aquella sensación que le hizo perder el sentido. Justo antes de desmayarse, su mente repasó los sucesos que le habían empujado hacia ese frío y solitario lugar. Todo había comenzado en aquella exorbitante sala del tesoro:

- ¿Quién se atreve a interrumpir mi descanso? – Habían sido las palabras de Smaug.

Lo que más había sorprendido a Bilbo no era que el dragón dominara la lengua común, si no que se hubiera dignado a usarla para dirigirse a su intruso. Sabía que los dragones eran orgullosos, que se creían muy superiores al resto de las razas de la Tierra Media, por ello no entendía por qué Smaug le había concedido la oportunidad de conversar como a un igual. ¿Acaso un humano le preguntaba algo a una hormiga antes de aplastarla con sus botas?

Así se sentía Bilbo, como una insignificante hormiga a punto de ser aplastada por un gigante. Pero a pesar de ello, aún contaba con una pequeña ventaja. El dragón no podía verle. Intentó inflarse de valor y respondió intentando que el dragón no se percatara del temblor en su voz.

- No pretendía incomodar vuestros sueños, oh Gran Smaug, tan sólo quería comprobar si las leyendas estaban a la altura de vuestra magnificencia.

Smaug detuvo su avance, halagado pero escéptico.

- ¿Tan grande era tu curiosidad como para poner tu vida en peligro para comprobarlo?

- Soy un mensajero de la verdad, un creador de historias, un dibujante de ilusiones y anhelos. – Bilbo intentaba ganar tiempo entreteniendo al dragón mientras ideaba alguna forma de salir de aquella peligrosa situación, pero pensar en dos cosas al mismo tiempo es complicado, y más cuando el miedo te congela la garganta.

- Magnánimos títulos para un simple escritor. ¿Y qué opinas ahora sobre mis leyendas?

- Los relatos y las canciones de vuestra historia no hacen honor a la realidad, aunque verdaderamente dudo que existan palabras para describir tan poderosa presencia, ¡oh Smaug, la Más Importante, la Más Grande de las Calamidades!

- Me gustan tus modales, mas desconfío de tus verdaderas intenciones. No conozco tu olor, ¿qué clase de criatura eres que te escondes en las sombras?

Bilbo sonrió para sus adentros. Su estrategia daba resultado. El dragón no sabía a lo que se estaba enfrentando y no conocía su posición. Sólo tenía que ser más listo que él, aunque debería emplearse a fondo, esta vez no estaba conversando con un trío de estúpidos trolls.

- Soy el que Camina sin ser Visto, el Corta-Telarañas, el Jinete de los Barriles, el Ganador de la Sortija, el Protector de Secretos.

Smaug escuchaba atento aquellos acertijos inconexos, le divertía poner a prueba su ingenio. Bilbo siguió relatando su aventura con aquellos apodos astutos, pero debía cuidar las palabras frente a un dragón, pues el más mínimo detalle puede revelar un secreto protegido.

- Soy el Guía de las Runas de la Noche. El que descubre caminos secretos.

- No hay guía sin seguidores. De modo que no has viajado hasta aquí solo, sin embargo te presentas ante mí sin protección. Debes de ser el más valiente de tus compañeros, o tal vez, el que ha sufrido peor suerte.

Bilbo tragó saliva, se había pasado de listo con la información. No quería que Smaug descubriera la presencia de los enanos, pues su cólera afloraría y los aplastaría sin ningún esfuerzo. Tenía que haber alguna forma de desviar la conversación. El dragón dio un par de pasos, acercándose peligrosamente al lugar donde se ocultaba el hobbit, derribando algunas pilas de monedas amontonadas.

Al verle tan cerca, Bilbo reparó en un pequeño detalle. Todo el cuerpo de Smaug resplandecía, todo excepto un pequeño rincón. Al verlo recordó un detalle que había leído en los libros. Los dragones poseen escamas tan duras como el diamante, que difícilmente pueden ser penetradas por el filo de una espada o la punta de una flecha, pero no todo el cuerpo de la bestia está recubierto con ellas.

- Oh gran Smaug, no hay protección alguna que pudiera traer conmigo para detener tu furia. Gran dragón escupe fuego del norte, que incineras ejércitos con tu aliento y aplastas ciudades con tus garras.

Smaug sonrió, era muy vanidoso y no podía evitar sentirse orgulloso por la fama que le precedía, por el temor que causaba su nombre. Adoraba ser cubierto de elogios, aunque se debieran a acciones terribles.

- Dicen las historias que no hay nada que pueda atravesar la escamas de un dragón, pero también he oído que los dragones son más blandos por debajo, cerca del pecho, donde una espada podría atravesarles el corazón.

El dragón rió con crueldad, su risa rebotó en las paredes de piedra y su eco sonó aún más terrorífico. Bilbo temió haber cometido un error.

- Tu información es harto obsoleta. Estoy acorazado con una armadura que nada ha de envidiar a mis escamas.

Smaug se elevó para mostrar su coraza. Efectivamente, la pieza brillaba tanto como el oro, y reflejaba el fulgor de los tesoros del gran salón, pero había una pequeña zona que carecía de reflejo, una que mostraba parte de la piel del dragón. Se trataba de un pequeño agujero en la zona izquierda de su pecho, no más grande que un palmo, que parecía un insignificante punto perdido en la grandiosidad de su tamaño, pero era un punto débil al fin y al cabo, suficiente para que una daga o el filo de una flecha lo atravesara. Bilbo se sintió tremendamente satisfecho de sí mismo. No sólo había llegado a la sala del tesoro y estaba sobreviviendo a su encuentro con Smaug, sino que había sido capaz de encontrar un punto débil en la bestia, una pequeña oportunidad para concluir con éxito aquella demente aventura.

- Qué tonto soy, estaba claro que alguien tan sabio ya habría suplido con éxito su vulnerabilidad. No quisiera molestaros por más tiempo, me marcho para contarle al mundo lo que he visto aquí.

Como si el dragón hubiera adivinado sus pensamientos, saltó hacia la columna donde se ocultaba el mediano, haciendo tambalear los alrededores, Bilbo cayó al suelo. Tras tanto rato de conversación, había captado perfectamente su olor, y aunque no pudiera verle, tenía cierta idea de dónde se encontraba su interlocutor.

- No tan deprisa, ¿quién ha dicho que puedes marcharte? A pesar de que tu olor me es desconocido, portas un aroma que me resulta familiar. Confiesa, ¿quiénes son tus compañeros de andanzas?

A Bilbo se le congeló la sangre en el pecho, tenía al dragón demasiado cerca, sus garras le cortaban el paso. Parecía que el tiempo de negociaciones se había acabado, su única salida era huir de allí cuanto antes.

Vislumbró unos escalones en el extremo meridional de la sala, al final de ellos se encontraba una puerta abierta. Sólo tenía que correr hacia allí. Cerró los ojos para rezar sus oraciones e inculcarse valor a sí mismo. Justo cuando el dragón dio un paso más hacia su posición, salió de aquel montón de monedas y empezó a correr hacia allí, zigzagueando entre los tesoros para no dejar huella de sus pasos, evitando avanzar en línea recta para no ser un blanco fácil.

Smaug tardó unos segundos en percatarse de la huida de su compañero. Golpeó las pilas de monedas con la intención de que alguna impactara en el cuerpo de su presa, pero afortunadamente Bilbo consiguió esquivarlas. Cuando estaba subiendo los escalones, Smaug comenzó a batir sus alas y el huracán que formó con ellas lanzó a Bilbo por los aires, haciéndole atravesar la puerta, pero el aterrizaje le hizo golpearse en las costillas con los férreos muros del gran corredor. Aunque aturdido por el golpe, Bilbo se levantó deprisa, debía encontrar un escondite para que el dragón no le encontrara. Pasó buena parte de la noche de esta manera, jugando al ratón y al gato con Smaug, escondiéndose por todos los rincones que conseguía a su alcance, mientras el dragón se paseaba por sus dominios, confiado de su superioridad en aquel juego.

A Bilbo se le ocurrió una treta para despistar al dragón. Érebor tenía un olor impecable, al metal fundido y a la roca de la montaña. Se llenó los bolsillos con fragmentos de roca que Smaug había destrozado a su paso, para intentar fundir su aroma con el del entorno. Parece que la idea funcionó, pues Smaug comenzó a perderle el rastro.

Bilbo se ocultó a los pies de un par de estatuas, revestidas por armaduras de plata, que se encontraban a lo largo del ostentoso pasillo elevado que comunicaba los aposentos reales con las dependencias de la guardia real. El pasillo se encontraba a gran altura, sobre lo que había sido la plaza de la ciudad. Allí esperó a que el dragón pasara de largo, para intentar dejarlo atrás, volver a la sala del tesoro y avisar a los enanos. Smaug apareció en aquel corredor, con porte enfadado, pues aquel juego empezaba a incomodarle.

- Eres muy astuto, has conseguido despistar mi infalible olfato, pero percibo tu rastro en alguna parte de este lugar. No te servirá de nada huir, pues tarde o temprano daré contigo y entonces desearás estar muerto. - Bilbo tragó saliva- Sin embargo, ya que hace décadas que no recibo visitas, estoy dispuesto a ser generoso y darte una última oportunidad. – Dejó que su voz resonara entre las rocas – Revélame tus verdaderas intenciones en este lugar y la identidad de quienes te acompañan.

Bilbo comenzó a temblar, preparado para desenfundar a Dardo, aunque no creía que sirviera para nada.

- Es muy loable que arriesgues tu vida por protegerles, pero es una opción estúpida e inútil. ¿Crees que están a salvo en su escondite, sea cual sea? En cualquier momento puedo salir de aquí y recorrer toda la superficie de la montaña desde el cielo. Puedo aplastarles en cuanto lo desee.

Bilbo sintió que el corazón en su pecho daba un vuelco. Los enanos estaban ahí fuera, esperándole indefensos, tenía que hacer algo para avisarles o para evitar que el dragón saliera a por ellos, pero si hablaba delataría la posición que tanto le había costado encontrar.

Smaug avanzó por el pasillo y al no percibir respuesta, su paciencia comenzó a agotarse. Con su larga cola arremetió contra las paredes e hizo temblar los alrededores. La mala fortuna hizo que las estatuas donde Bilbo se ocultaba se tambalearan, haciendo que del guerrero de plata se desprendiera la lanza, hiriendo el hombro de Bilbo.

El mediano gimió de dolor y su sangre tiñó el suelo, delatando su posición. Antes de que Smaug se dirigiera hacia allí, Bilbo saltó por aquel puente, dejándose caer en el piso inferior, donde cayó sobre una montaña de huesos y armaduras quebradas, seguramente pertenecientes a los infelices que intentaron detener el avance del dragón cuando aún servían a Thrór. Se levantó rápidamente y siguió corriendo, consciente de que su huida terminaría pronto y no de la forma que le gustaría.

Se recostó al cobijo de un arco de obsidiana, con la respiración entrecortada. Había dejado gotas de sangre a su paso, el dragón no tardaría en aparecer.

Iba a morir, estaba seguro de aquello. Maldecía al cielo por haberse inmiscuido en aquel viaje, por haber atravesado la entrada secreta y haberse revolcado en el tesoro tan despreocupadamente, despertando al dragón. Pero lo que más le angustiaba no era el hecho de morir, sino el hecho de hacerlo solo. No iba a morir en una batalla gloriosa, combatiendo junto a sus seres queridos, defendiendo a sus compañeros. No. Iba a morir allí, en un rincón, como una rata, sin haber podido siquiera advertir a los que confiaban en él. Conocía el punto débil del dragón, pero iba a llevárselo a la tumba con él. También se lamentaba por haberle fallado a Iriel, no iba a poder cumplir la promesa que le había hecho.

En ese momento un pequeño aleteo se acercó hacia a sus oídos. Un piante sonido.

Bilbo reconoció a un antiguo compañero. El zorzal estaba allí. En ese momento supo qué hacer.

Se arrancó un trozo de su chaleco y comenzó a escribir un mensaje con la única tinta de la que disponía. Se lo entregó al pájaro, esperando que al menos su vida hubiera servido para darles una oportunidad a los enanos.

El pájaro se elevó y de pronto el dragón se percató de su presencia. El zorzal batió sus alas tan rápido como pudo, intentando esquivar a la bestia. Smaug comenzó a seguir a aquella insignificante criatura. Un humo negro salió de los orificios de su nariz, contaminando la sala. Bilbo se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo, intentando no toser. El zorzal era una presa demasiado pequeña para un monstruo de tal calibre, por lo que le resultaba fácil esquivarlo. Bilbo aprovechó que el dragón se encontraba entretenido para arrastrarse por aquel lugar y volver a huir. Moriría con su último aliento. Le pareció ver a una brecha que se había abierto en la pared a causa de los golpes del dragón, creyó que podría ocultarse allí durante un tiempo, así que intentó arrastrarse hasta allí.

El zorzal voló recorriendo todos los rincones de aquella ciudad excavada en la montaña. Por fin llegó al pequeño orificio de la pared por el que había entrado. Sin embargo, Smaug ya no le seguía, otra cosa había captado su atención.

Durante su huida, Bilbo había perdido algo importante. Se trataba de la llave de Érebor, que había cogido al atravesar la puerta secreta, creyendo que así podría volver a abrirla si por alguna razón se cerraba durante su estancia. El dragón se acercó y la cogió con uno de los largos dedos de sus terribles garras.

La inspeccionó con detalle. De modo que había otra forma de entrar en la montaña además de la Puerta Principal que él mismo había bloqueado. Pero no fue este descubrimiento lo que más le llamó la atención. Aspiró el aroma que desprendía la llave y su mente reconoció rápidamente su procedencia. Una sensación de satisfacción le inundó.

Recordaba perfectamente a aquel enano de ojos azules. Aquel príncipe que se había atrevido a hacerle frente cuando irrumpió en su morada. Recordaba aquella mirada arrogante y sin miedo que había osado dirigirle. Recordaba su voz gritando a la guardia para comandar sus ataques. Recordaba cómo había arrastrado a su abuelo de la sala del tesoro para salvarle la vida mientras él se quedaba con todo el oro. Recordaba lo inútiles que habían sido todos los esfuerzos de aquel bravo enano y su frustración al dar aquella batalla por perdida.

Le resultaba deleitante volver a encontrarse con él. Volver a demostrarle su superioridad, volver a recordarle que no había nada que pudiera hacer para recuperar su reino, que ya nunca más volvería a existir un Rey Bajo la Montaña.

La crueldad de Smaug no tenía límites y su mente ideó una nueva forma de jugar con el enano, para después doblegarlo. Tras tantos años en letargo junto a su preciado tesoro, olvidado por el mundo, necesitaba volver a hacerle recordar quién regentaba el lugar.

Invocó una antigua magia que pocos dragones poseían, una habilidad para mezclarse con el entorno y pasar desapercibido si la situación lo requería. Aquel don hizo temblar el lugar con intensidad, estremeciendo los cimientos de la montaña, haciendo que los enanos percibieran esta fuerza al otro lado de aquellos muros. El dragón se envolvió con sus alas y sus escamas crujieron. Su silueta comenzó a desdibujarse. Su plan había dado comienzo.


Iriel se despertó a primera hora de la mañana. Tras una noche de sueños utópicos, en los que Thorin le pedía perdón una y otra vez y reconocía delante de todos que se había equivocado, se sentía de mejor humor. Incluso su cuerpo parecía haber recobrado parte de sus fuerzas. Se levantó, se vistió con un vestido ocre de algodón, y cogiendo una tostada con mermelada de la cocina de la enfermería, decidió subir a la azotea para disfrutar de aquella mañana. La brisa de la mañana acariciaba sus cabellos, hasta sus oídos llegaba el sonido de una ciudad que despertaba, ahora comprendía esos pequeños detalles de los que tanto disfrutaba su familia viviendo su aburrida vida cotidiana.

Pensó en que tal vez no le costaría tanto acostumbrarse a algo así, con la compañía adecuada. Tal vez fuera precisamente la compañía lo que era capaz de llenar aquel hueco en su corazón que siempre había permanecido vacío, aquel hueco que la había impulsado a llevar una vida de incesantes aventuras y peligros. Si conseguía llenar ese vacío, podría renunciar a esa vida y dejar todo aquello atrás, sin remordimientos.

Un ave apareció en la lejanía, describiendo curvas inseguras, sin saber muy bien a dónde ir, pero en cuanto los ojos del zorzal encontraron la silueta de la chica, la fijó como su objetivo y su rumbo se centró en su posición.

El zorzal llevaba algo entre sus patas. ¿Un mensaje? ¿De quién? ¿Sus sueños habrían sido una premonición y el enano realmente iba a brindarle una disculpa? Poco probable, el mensaje debía proceder de otro destinatario. Uno más amable y cariñoso. Seguramente pertenecía a Bilbo.

Dejó caer el objeto que sujetaba. Se trataba de un trozo de tela, manchado de sangre.
Iriel reconoció la tela, se trataba del chaleco de Bilbo. Sintió una punzada en el pecho y una sensación de ansiedad aprisionándole la garganta. Agarró la tela con manos temblorosas, en ella había un mensaje de Bilbo, uno escrito con una tinta muy valiosa, con su propia sangre.

"Punto débil. Costado izquierdo"

Iriel miró al zorzal asustada, esperando una explicación.

"Bilbo me entregó este mensaje para los enanos, pero no había nadie en la ladera de la montaña, así que he venido a entregártelo a ti"

"¿Pero qué ha pasado? ¿Qué les ha ocurrido a Bilbo y a los demás?"

"Encontraron la entrada secreta a la montaña y la atravesaron. Ahora toda la montaña tiembla, el dragón ha despertado."

No consiguió obtener más información del pájaro. No sabía si su pequeño compañero estaba vivo o muerto. No sabía dónde se encontraban Thorin ni el resto de los enanos. Su corazón le exigió una respuesta mientras su mente trabajaba a gran velocidad intentando encontrar alguna solución tranquilizadora en su interior, pero no la encontró, sino que repasó a la vez todos los peligros que aguardaban en la montaña. Había demasiadas formas de morir allí dentro.

Finalmente, su corazón ganó la batalla en aquel torbellino de dudas, su mente se rindió y dejó que su cuerpo actuara por instinto hacia un destino temerario y estúpido.

Necesitaba recuperar sus armas y partir hacia la montaña cuanto antes. Por poco que pudiera hacer en su estado, era más que nada, no podía quedarse esperando a que aquella bestia redujera a cenizas a sus amigos. Entró en su habitación, esquivando a todos los encargados del lugar, para no levantar sospechas. Todas sus cosas estaban guardadas en un pequeño arcón. Tras recuperar sus armas, su bolsa de cuero y sus botas, todavía necesitaba una cosa para partir. Una vestimenta adecuada para una batalla sin tregua. La suya había quedado hecha añicos tras la emboscada de los orcos y la rápida actuación de los curanderos. Debía encontrar otra, pero no tenía tiempo. Antes que robarle a un extraño pensó en colarse en la morada de Bardo, quien vivía por allí cerca y poseía indumentaria de cazador. Se cubrió con una capa desgastada y salió de allí ocultando su rostro.

Atravesó las calles sin que nadie se percatara de su presencia y entró en la casa de Bardo rompiendo el cristal de la ventana. Dejó el trozo de tela con el mensaje de Bilbo y empezó a revolver entre los ropajes de su amigo. Consiguió unos pantalones regios que se ajustaron a su cintura con ayuda del cinturón, una camisa negra y un chaleco de cuero gastado. También tomó prestado unas muñequeras de cuero curtido en las que escondió un pequeño puñal y un pañuelo gris con el que se cubrió la boca y la nariz para escapar de allí sin que nadie la reconociera. Cuando estaba a punto de salir de la casa, una sombra apareció tras ella. Se giró justo a tiempo sacando una daga de su cinturón. Ambos se quedaron paralizados unos segundos en posición de ataque mientras se inspeccionaban con la mirada.

- ¿Iriel? ¿Pero qué…? ¿Qué estás haciendo en mi casa? ¿Por qué llevas puesta mi ropa?

Iriel guardó el puñal, quitándose la capucha y el pañuelo que le cubría la boca.

- Lo siento Bardo, ahora no tengo tiempo para explicaciones. - Le dio la espalda, dispuesta a salir por la ventana que había roto.

Sin querer, los ojos de Bardo se deslizaron hacia el trozo de tela que había caído al suelo, mostrando su mensaje, entonces todo cobró sentido.

- No me digas que… no… ni se te ocurra, ¡no puedes ir allí! ¡Ni siquiera en tu mejor estado!

- Bardo… por favor…

-Esos enanos pueden hacer lo que quieran, suicidarse es cosa suya, pero tú no tienes nada que ver con esto. Tu cuerpo todavía no se ha limpiado del veneno, no te permite pensar con lucidez. – Bardo la agarró del brazo antes de que se escapara – No voy a dejar que tomes la decisión equivocada.

Iriel se giró hacia él y le miró a los ojos. Se acercó despacio y cuando estuvo a la distancia adecuada, confesó sus intenciones.

- No espero que lo entiendas. – Con un movimiento brusco impactó su rodilla con el estómago del joven, cortándole la respiración. Tras este ataque a traición golpeó su nuca con el borde de la mano, haciendo que el arquero cayera al suelo, inconsciente. – Perdóname por esto, viejo amigo.

Con pesar volvió a cubrir su rostro y salió a toda velocidad de allí. Sus rodillas flaquearon una vez y estuvo a punto de caer al suelo. Era cierto que su cuerpo no se había recuperado, pero su mente estaba en plenas facultades, tendría que conformarse con aquello. A las afueras de la ciudad se encontraba el establo donde descansaban las monturas de los viajeros. Cogió las riendas de un corcel negro. Sabía que pertenecía a Tauriel, la elfa pelirroja. Robarlo era un acto ruin después de haber sido salvada por ellos, pero sabía que los caballos adiestrados por los elfos eran los más rápidos del lugar, y necesitaba llegar a la montaña tan rápido como le fuera posible.

Saltó para subirse a su lomo, espoleó su costado con las botas y tiró de las riendas para abandonar la ciudad de los hombres a toda velocidad. Se sujetó con fuerza a las cuerdas, su cuerpo estaba tenso a causa del esfuerzo y la preocupación. Le dolían los músculos, sentía que las piernas le pesaban y el pecho le ardía con cada respiración. Pero nada importaba, el dolor puede ser un buen aliado cuando las fuerzas te abandonan y tu mente amenaza con perder el sentido. Concentrarse en el dolor era una forma de mantenerse firme. Su corazón latía junto al trote del caballo, imaginándose lo que debía estar ocurriendo al otro lado del valle, bajo la montaña.

El corcel relinchó y aumentó todavía más aquella vertiginosa carrera, dejando a un lado el río y atrás la protección que ya no volvería a tener.

Sintió una brisa piante a su derecha. Unas pequeñas alas batían el aire con todas sus fuerzas. El zorzal estaba a su lado, indicándole el camino más rápido, dispuesto a revelarle la ubicación de la entrada secreta de los enanos.

Los tres atravesaron el valle forzando el límite de sus cuerpos.


Los enanos inspeccionaron la sala del tesoro. El oro se extendía por doquier, cegándoles la vista, pues era difícil inspeccionar nada más cuando semejante regalo para la vista se encontraba a su alcance. Tuvieron tentaciones de abalanzarse sobre él y empezar a nadar entre las monedas, pero Thorin acalló aquellas intenciones con una simple mirada.

- No estaremos seguros hasta que encontremos el cadáver de ese monstruo. - Anunció para recordarles lo que les había expulsado de su hogar tantos años atrás.

Toda aquella situación era terriblemente sospechosa. No había ni rastro de Smaug ni de Bilbo.

De pronto escucharon unos pasos en la distancia. No se trataba de la embestida de una criatura de gran tamaño sino de pisadas humanas. Creyeron que se trataba de Bilbo, que regresaba para reunirse con ellos, pero entonces una silueta de mayor tamaño apareció ante ellos.

Al comprobar que la sombra era de mayor tamaño que Bilbo, todos los enanos empuñaron sus armas, pero cuando el brillo metálico reveló su figura, los enanos las bajaron, sorprendidos por el nuevo visitante y sin entender la situación que acontecía ante ellos.

Frente a los enanos se encontraba una mujer.

Sus cabellos rojos, como el fuego, caían hasta su cintura. Su esbelto cuerpo estaba protegido por una armadura brillante, tan dura como los diamantes. Su cintura estaba rodeada por un cinturón lleno de calaveras y por lo que parecían ser colmillos de alguna bestia salvaje. Unos pantalones negros se ceñían a sus piernas y unas botas oscuras le cubrían hasta las rodillas. Empuñaba un par de dagas retorcidas, que bajó al encontrarse con los enanos.

El silencio se apoderó de la sala.

Ninguno se percató de que aquellos ojos de color miel que les inspeccionaban tenían algo sospechoso. Sus pupilas se mostraban ligeramente rasgadas.