¡Hola a todo el mundo! ¿Me echábais de menos? :D

Primero pedir disculpas por esta larga desaparición. El primer mes decidí tomármelo de descanso en la escritura, pero el segundo ha sido un cúmulo de trabajos y otros asuntos, por lo que me ha sido imposible escribir nada hasta esta semana. ^^U Ya siento haber interrumpido la historia justo cuando Smaug se presentaba ante los enanos.

Erinia Aelia: No sé por qué, pero a los dragones siempre me los he imaginado pudiendo transformarse en humanos XD.A esto se sumaba que estaba un poco cansada de tanto Smauglock ¬¬ (nunca he visto Sherlock xD tal vez si la siguiera yo también habría caído en esa tendencia, pero por el momento no tengo ninguna intención) así que pensé "Ya vale, ¿no? ¿Y si Smaug fuera mujer? :O ¿qué pasaría con los enanos?" Así que decidí explotar la idea.
Estrictamente no es que sea travelo, considero que los dragones no tienen género, por lo que no son ni machos ni hembras, así que pueden elegir lo que más les apetezca.

A Iriel aún le va a costar un poco llegar, como tú dices no es Flash, ni Superman, ni nadie así XD por lo que la cronología de todas las acciones debe de ser un poco lógica. Intento jugar con el estilo de Tolkien en EDSLA, haciendo que la acción se divida en grupos y las escenas vayan coincidiendo en el tiempo.

Ya he visto que durante estos meses le has dado buena marcha a tu fic :D espero seguir disfrutándolo pronto.

nuan: Los enanos se encuentran en una situación bastante delicada ahora mismo y Bilbo necesita un merecido descanso por sus aventuras en el capítulo anterior. Parece que la única que parece tener una oportunidad de hacer algo es la pobre Iriel.

daya20: más vale tarde que nunca ^^. La verdad es que dejé a los enanos desprotegidos contra la amenaza que más temían, veremos cómo se las apañan a lo largo de su aventura.

RoxanneMalfoy: Bienvenida a mi historia! Ya siento que la conocieras justo en mi periodo de desaparición. Me alegro mucho de que te guste y espero que sigas disfrutando de los próximos capítulos.

HainesHouse: qué te voy a decir a ti que no te haya dicho ya? estos mesecillos me has animado un montón mientras me agobiaba por todo lo demás xD y me lo he pasado genial con nuestras conversaciones. Siento haberte hecho esperar tanto con la continuación de la historia, espero que vuelvas a disfrutarla como antes ;)
Desde luego que Iriel le debe una venganza a Thorin, está apuntada en tareas pendientes :P no te preocupes, junto al lemon Iriel/Thorin que te prometí xD pero tendrás que tener más paciencia.

Nota: Para la apariencia de Smaug me he inspirado en Katarina, un personaje del juego League of Legends, por si tenéis curiosidad y queréis echarle un vistazo.

Bueno, pues tras la larga espera, aquí está la continuación de la aventura. Espero que os metáis en la piel de los enanos y lo sufráis en primera persona tanto como yo. ¡Espero vuestras opiniones! ^^


*~~~~* CAPÍTULO 28: UNA ALIANZA EQUIVOCADA *~~~~*

Una atmósfera siniestra envolvía el cuerpo de aquella mujer, pero sólo uno de ellos percibió la amenaza, el resto estaba demasiado sorprendido por el encuentro como para intentar analizar la situación con perspectiva. La mujer pelirroja permaneció en su posición. Había bajado las armas, pero los músculos que se adivinaban en su esbelta figura, bajo aquella armadura que se ceñía a su relieve potenciando sus encantos femeninos; permanecían tensos, dispuestos a responder ante cualquier estímulo peligroso que sus rasgados ojos amarillentos percibieran. Sólo el ruido de la respiración de los catorce individuos resonaba en el eco de aquellas paredes de piedra, como preludio de un acontecimiento incierto y peligroso.

El sonido metálico de una espada rasgó aquel silencio incómodo. Thorin empuñó su arma apuntando con su extremo a la mujer, haciendo que la luz realzara las letras enanas grabadas en la hoja. El nombre de Durin proclamando la propiedad de aquella espada no pasó desapercibido ante los ojos de Smaug, confirmando las sospechas que le habían impulsado a ejecutar aquel astuto y perverso plan. Una chispa ardiente recorrió su interior.

La profunda y pulcra voz de Thorin se fundió con el sonido de su espada desafiante.

- Revela tu identidad ahora mismo si no deseas poner fin a tu existencia. – Pronunció cada palabra con autoridad y desprecio, ningún usurpador de su reino era merecedor de su clemencia.

La mujer le miró con ojos asustados mientras su pelo escarlata ocultaba parte de su rostro y serpenteaba hasta alcanzar su cintura. Levantó sus brazos dejando caer sus armas y comenzó a retroceder.

El tañido de las dagas al golpear el suelo hizo salir a los demás de su aturdimiento, recordando que se encontraban explorando una fortaleza hostil. Aun inseguros de que aquella bella mujer pudiera resultar una amenaza, decidieron obedecer la voluntad de su líder y prepararse para un posible enfrentamiento.

Escucharon a la fémina hablar entre dientes. Su voz era potente y ardiente como el fuego de sus cabellos pero sin perder la musicalidad y elegancia propia de una dama.

- Magnífico… tanto esfuerzo para eludir a un dragón y al final acabo presa de unos bandidos…

- ¿Bandidos? – Respondió Kíli, ofendido por el comentario, mientras tensaba la cuerda del arco junto a su tío- ¡No somos ningunos bandidos, este sitio nos pertenece!

- ¿Cómo? – preguntó la mujer incrédula.

- Somos los herederos del linaje de Durin – proclamó Fíli desenvainando los cuchillos de su espalda y avanzó para colocarse en posición de ataque junto a Thorin y su hermano – el reino de Érebor nos pertenece y hemos venido a reclamarlo.

Los ojos ambarinos de la mujer pelirroja centellearon y una sonrisa comenzó a dibujarse en su atractivo rostro. Osó dar un paso al frente a pesar de que la espada seguía apuntándola.

- ¿Pertenecéis a la familia del rey? ¿Formáis parte de los enanos que antaño construyeron estos muros y vivieron con prosperidad bajo esta colosal fortaleza?

- ¿Y qué si es así? – Thorin no cedió ante aquel acercamiento ni ante la diferencia de tamaño, al contrario, avanzó hacia ella y mantuvo con firmeza su arma, elevando la espada hacia el cuello de la desconocida, haciendo que la punta permaneciera a escasos milímetros de su cuello, casi rozando su sonrosada piel con su gélido acero. – Todavía no he escuchado la respuesta que demando.

La mujer hizo ademán de apartar con los dedos la afilada punta de aquella hoja resplandeciente que la acorralaba, pero enseguida comprendió que no era buena idea hacer ningún movimiento, la mirada del enano era severa y supo que no dudaría en seccionar su yugular si seguía obviando su posición de poder.

- Si ambos nos encontramos aquí para desterrar a un enemigo común – Thorin la fulminó con sus profundos ojos – eso debería convertirnos en aliados.

- Sigues sin ofrecerme la respuesta que te he ordenado.

- Eres tan obstinado como tu abuelo – la mujer perfiló una sonrisa burlona y el puño de Thorin se tensó al escuchar aquella afirmación. La mujer tuvo que dar un paso atrás para evitar que la hoja arañara su piel, encontrando la pared a su espalda cortándole el paso, sin embargo permaneció segura, la arrogancia y altivez del dragón eran incluso mayores que las del enano y Smaug estaba interpretando un papel elaborado con astucia, estaba seguro de que el guion estaba escrito a su favor. – Sí, he oído muchas historias sobre las cualidades del anterior soberano, mi abuelo y el tuyo fueron aliados una vez.

El resto de los enanos contuvieron la respiración. Balin observó con detalle aquel rostro, cuyas facciones intentaba recordar, pero su esfuerzo fue en vano, su mente no encontró ninguna coincidencia en su memoria. Antes de que Thorin apretara la espada contra su piel de nuevo, ella volvió a hablar, adivinando las dudas que debían cernirse sobre aquel enano al que ansiaba por doblegar.

- Mi nombre es Nögard, – Thorin frunció el ceño - no creo que lo conozcáis pues nací años después de que mi familia y la vuestra abandonaran estas tierras a la fuerza. Mi abuelo vivía en la pacífica ciudad de Valle cuando el rey Thrór gobernaba Érebor y ambos intercambiaron agradables conversaciones y valiosos favores durante sus días de prosperidad. – Hizo una pausa para observar la reacción del rey enano ante sus palabras. - Me crie en unas tierras lejanas escuchando estas historias de la boca de mis padres y mi odio hacia el dragón que destruyó todo lo que nos pertenecía creció a la misma velocidad que lo hizo mi cuerpo. Juré vengarme cuando llegara el momento – La mujer dirigió una penetrante mirada a su atacante, una mirada capaz de desnudar sus secretos y que provocó un escalofrío en el enano. – Me he entrenado durante años y he esperado a que llegara el momento oportuno para cumplir mi objetivo, y eso es lo que pretendo hacer aquí, si el soberano de Érebor me lo permite...

Thorin tragó saliva, algo en aquella mirada le había hecho estremecerse. A pesar de encontrarse en desventaja, la fuerza que aquella mujer desprendía a través de sus ojos juguetones le resultó intimidadora, intensa y, en cierto modo, lasciva. Una gota de sudor resbaló por el cuello de la guerrera hasta perderse entre las insinuantes prominencias que poseía, realzadas por el fulgor metálico de una armadura que reflejaba los incontables tesoros que descansaban en la sala. No pudo evitar que su mirada se desviara precisamente a esta zona, en parte por la diferencia de estatura entre razas, que provocaba que su línea de visión descansara justo allí, y en parte por las sutiles insinuaciones con las que la mujer le incitaba a través de su provocador y disimulado lenguaje corporal. El pecho de la mujer se expandía con respiración irregular, acorde a la tensión del momento, y sus labios carmesí, parcialmente entreabiertos, le hicieron sentirse realmente incómodo al rey enano, que instintivamente separó la espada con la que la amenazaba para incrementar la distancia entre ellos y desviar una mirada que estaba provocándole instintos que creía dormidos.

La mujer suspiró al sentirse liberada y sonrió de forma que hizo sonrojarse a algunos de los presentes. Se agachó de forma seductora para recoger sus armas del suelo y colocárselas de nuevo en el apretado cinturón que se ceñía a sus caderas. Retiró el mechón pelirrojo que le cubría el rostro e hizo ondear su larga melena ante los enanos. Smaug sabía bien cómo debía jugar sus cartas para encandilarlos.

Un molesto escalofrío seguía recorriendo el cuerpo de Thorin. Aquella mujer no le gustaba, aquella historia no terminaba de convencerle, sentía que algo no estaba en su sitio. ¿Cómo había podido aquella mujer infiltrarse en una fortaleza que llevaba años sellada, siendo que ellos, que tenían conocimiento de los pasadizos secretos, habían pasado mil calamidades para conseguirlo? Y aunque fuera cierto que ansiara venganza contra un dragón que había desterrado a su familia de la ciudad de Valle, ¿por qué había decidido enfrentarse ella sola a una pesadilla que había aniquilado sin ningún obstáculo a todos ejércitos de Érebor? No… definitivamente las piezas no encajaban. La mente de Balin debía de debatirse entre las mismas cuestiones porque decidió manifestar sus dudas en voz alta para interrogar a la chica.

- ¿Pero cómo habéis conseguido entrar en la fortaleza?

- Atravesando la Puerta Principal.

- ¡¿Cómo?! – Los enanos se miraron malhumorados, aquella mujer se estaba burlando de ellos - ¡La Puerta Principal está cerrada! – replicó Ori con su voz pueril frunciendo el ceño.

- Hasta ahora así era, pero Smaug ha abierto el paso para salir al valle. – Los enanos retrocedieron y se miraron nerviosos - ¿No lo sabíais? ¿No habéis sentido ese gran terremoto hace un rato? Era el dragón emprendiendo el vuelo hacia la montaña.

Todos empezaron a murmurar, ninguno había visto a la bestia sobrevolar la montaña, pero aquella era una explicación bastante plausible para el intenso temblor que había sacudido el lugar minutos antes y dado que ellos habían entrado en las fauces de la montaña poco después, si ambos sucesos habían ocurrido a la vez, el vuelo del dragón podía haberles pasado desapercibido.

- Entonces… ¿vosotros habéis entrado en la fortaleza aun creyendo que el dragón estaba dentro? Por los dioses… no sé si sois los guerreros más valientes que he conocido o los más estúpidos… - los enanos la miraron ofendidos por lo que comenzó a reír a carcajadas – bueno, sea como fuere, lo primordial en este momento es aprovechar la ocasión para infiltrarnos antes de que la bestia regrese, llevo mucho tiempo en la ladera de la Montaña Solitaria esperando que abandone su refugio.

- Hemos inspeccionado cada rincón de la montaña durante los últimos días y ninguno de nosotros hemos localizado tu rastro ni advertido tu presencia por aquí – Puntualizó Dwalin con los brazos cruzados sobre el pecho y gesto severo. El fornido enano tampoco se fiaba de aquella mujer.

- Esa afirmación demuestra mi destreza para ocultarme, o hace patente vuestra torpeza en la exploración… podéis quedaros con la opción que prefiráis. – Otro de los enanos fue a hablar, enojado por aquel insulto gratuito, pero Smaug hizo ademán de interrumpir la conversación y se cruzó de brazos – No es momento para discutir y ya nos hemos entretenido bastante. Quién sabe cuándo decidirá volver el dragón, debemos aprovechar esta oportunidad porque dudo que vuelva a presentársenos ninguna otra.

No demasiado convencidos y ofendidos de que una mujer de otra raza se atreviera a darles órdenes con semejante tono de superioridad, se reunieron en círculo y articularon murmullos de desaprobación, gruñidos y alguna que otra maldición en khuzdul. Sin embargo estaban de acuerdo en una cosa, el tiempo no jugaba a su favor. Si de verdad la bestia había huido de la fortaleza en aquel momento, Aulë debía de haber bendecido su misión, pues tal golpe de suerte no podía ser sino un milagro obrado por algún dios, no obstante no era sensato confiarse, aún con la bestia fuera de su camino toda precaución era poca. Debían idear alguna forma de derrotar al dragón, o al menos impedirle la entrada de nuevo a su reino, y lo más importante, debían averiguar qué le había sucedido a su pequeño saqueador.

- ¿Cómo podemos confiar en ti? ¿Cómo sabemos que no intentarás traicionarnos para quedarte con los tesoros? – Bramó Glóin golpeando el mango de su arma contra el suelo.

- Si los cálculos no me fallan, sois trece guerreros contra uno. ¿Acaso no soy yo la que se encuentra en desventaja? ¿Me consideráis tan estúpida como para cavar mi propia tumba traicionándoos?

- Creo que la presencia de trece enanos no es el mayor de tus problemas. Has decidido venir sola a enfrentarte a la mayor calamidad de nuestra era, cuando sólo su recuerdo hace temblar a los ejércitos más diestros. Eso… parece bastante estúpido – Rió Bofur apoyando su hacha sobre el hombro y algunos otros se unieron a la burla.

- En realidad no estaba sola… - la mujer mostró una repentina tristeza y les dio la espalda. Las risas de los enanos se apagaron. – Mi hermano planeó esta empresa durante años. Contaba con su tenacidad, su fuerza y una formidable espada que ha pertenecido a mi familia durante generaciones. Su filo está hecho con un material que ya no existe en nuestros días y su empuñadura fue bendecida por seres que no pertenecen a este mundo. Esa espada es capaz de atravesar el obstáculo más duro, su filo puede cortarlo todo, incluso las escamas de un dragón. Él creyó que su ayuda bastaba para su propósito por lo que se marchó dejándome atrás, sin previo aviso, mas su imprudencia hizo que encontrara su final entre estos muros. – Tras unos segundos de silencio la mujer apretó el puño con rabia contenida – Pero donde él fracasó yo saldré victoriosa. Estoy segura de que su reciente cadáver se encuentra en algún rincón de este lugar, y junto a él, aquel formidable acero. Si no consigo derrotar al dragón, al menos recuperaré el objeto y lo enterraré honrando la memoria de mi hermano.

Los enanos se quedaron pensativos y por un momento, algunos se compadecieron de ella. Tal vez la habían juzgado mal. Si su información era cierta, podían beneficiarse de aquella espada para combatir a la bestia, toda la ayuda que pudieran obtener sería bien recibida.

Con el propósito de explorar hasta el último rincón de Érebor, la mujer abandonó la sala y los enanos avanzaron detrás de ella. Algunos recorrieron pasillos y corredores que llevaban décadas sin atravesar, lo que provocó algún nudo en sus gargantas y en su pecho, bien por la nostalgia, la emoción de regresar o el dolor por el exilio al que se vieron obligados. Otros, sin embargo, lo recorrían por primera vez en su, para su raza, corta vida. Cada peldaño, cada pedernal, cada escultura de piedra tallada en mármol, basalto, granito o caliza y ornamentada con metales preciosos hacía que toda la artesanía que conocían se volviera insignificante ante aquellas maravillas. Sintieron un gran orgullo por la majestuosa obra de sus antepasados y desearon con todas sus fuerzas formar parte de aquel lugar y envejecer bajo su presencia.

En su camino también encontraron zonas derruidas, señales inequívocas de la destrucción del dragón y la envergadura de su cruel existencia. Había cascos y lanzas partidas, restos fragmentados de esqueletos que en su día murieron combatiendo. La mujer los ignoró por completo y el resto intentó desviar la mirada para no pensar en ello. Balin y Thorin, que habían presenciado aquella batalla, los miraron con pesar e inclinaron la cabeza en señal de respeto, haciendo un gesto de bendición sobre ellos.

Smaug avanzaba con astucia, desviándolos del camino que conducía a la Puerta Principal y a los restos de sangre del mediano, pues no quería que su coartada se viniera abajo. Llegaron a una gran sala circular que se abría en varios caminos. Los enanos decidieron separarse en grupos para abarcarlos más rápidamente. Balin, Glóin, Óin y Bofur entraron en el camino de la derecha, Dori y sus hermanos Nori y Ori en la contigua; Bifur, Dwalin y Bombur avanzaron hacia la de la izquierda. Los jóvenes príncipes se adentraron juntos en una estancia medio derruida y mal iluminada y Thorin penetró en la sala que se encontraba al lado, echando un último vistazo desconfiado a la mujer, que exploraba con detenimiento cada rincón de la sala circular.

Kíli y Fíli avanzaron por la sala sin poder vislumbrar mucho a causa de la mala iluminación del lugar, y los fragmentos de roca, junto a los muebles despedazados y astillados, no ayudaban mucho a la búsqueda. Llegaron hasta el fondo de la habitación y con los restos de madera de una mesa rota intentaron improvisar una antorcha. Envolvieron el extremo con un trozo de tela que arrancaron de sus propias vestiduras y lo impregnaron con el alcohol que llevaban para curar heridas. Fíli utilizó el filo de sus cuchillos sobre la roca para rayar su superficie y provocar que un par de chispas prendieran fuego al invento. Nada más encender la antorcha una sombra se proyectó tras ellos y al girarse bruscamente hacia ella tropezaron con el irregular terreno y cayeron sobre sus traseros, arrojando la antorcha a su lado. Una risa picaresca se extendió por la sala. Smaug se encontraba ante ellos.

- Disculpadme, no era mi intención asustar a los enanos más apuestos del grupo.

Se agachó provocativamente hacia el enano rubio y le tendió la mano con suavidad para ayudarlo a levantarse. Cuando Fíli estuvo de pie, el dragón pelirrojo agachó la cabeza y tiró de sus manos entrelazadas, empujándolo bruscamente hacia su cuerpo. Sus labios quedaron a escasos milímetros el uno del otro.

- Sois incluso más atractivos a la luz de las llamas. – Los labios de ambos estaban tan cerca que amenazaban con rozarse a medida que Smaug hablaba, lo que provocó un cosquilleo en los labios del enano que llevaba demasiado tiempo viajando entre burdos varones. Smaug se apartó para repetir la escena con el moreno, que se había quedado petrificado por la osadía de la mujer. En esa ocasión decidió acariciar la sedosa melena del enano, colocándosela detrás de la oreja mientras sus labios jugueteaban con ella susurrándole al oído.

- No me importaría abandonar momentáneamente la búsqueda para perderme entre los cuerpos de ambos.

Los dos enanos se miraron inquietos y tragaron saliva. Sus corazones aceleraron su marcha y un intenso rubor subió a sus mejillas. Su aliento les delataba, era difícil ocultar la excitación que ambos sentían en aquel momento por aquella descarada y misteriosa mujer que les provocaba como el mismo fuego.

Smaug los empujó lentamente hacia la pared mientras se mordisqueaba el labio inferior. La tensión y la temperatura de la sala subió inesperadamente y la mujer acarició el rostro de cada uno con sus manos. Jugueteó con las elegantes trenzas rubias de Fíli con su mano izquierda mientras recorría la mejilla de Kíli y su discreta y suave barba con la derecha.

A pesar de sus innumerables conquistas, los hermanos nunca habían compartido a una de ellas, y aunque rechazaban la idea de cortejarla juntos, una fuerza extraña les succionaba hacia aquellos cabellos de cobre y sus serpenteantes ojos ambarinos.

Antes de que la situación llegara más lejos y apenas un minuto después de que los labios del dragón se entregaran a sus oscuros deseos, un rudo gruñido interrumpió la lujuriosa escena. Fíli y Kíli sintieron un desagradable escalofrío recorriéndoles la espalda.

- ¿Qué está pasando aquí? – La silueta de Thorin se proyectaba a través de las llamas de la antorcha que permanecía en el suelo y su voz severa denotaba un intenso reproche. Fíli y Kíli dieron un paso para alejarse de la mujer instantáneamente. La nuez de sus gargantas se contrajo a la vez, envuelta en una leve capa de sudor.

La mujer se giró lentamente esbozando su habitual sonrisa perversa. Se agachó de forma sugerente y recogió la antorcha lentamente exhibiendo su prominente escote hacia el soberano de la montaña, desfiló hacia él moviendo sus caderas y se la entregó rozando su mano.

- No hemos hallado nada en esta sala, los muchachos y yo la hemos examinado a fondo.

Y salió de allí disfrutando de la ira contenida que Thorin luchaba por ocultar. Desconocía que aquellos fueran sus sobrinos, pero el parentesco entre ellos era innegable, por lo que le pareció oportuno molestarlo de aquella forma. Todo formaba parte de su perverso juego.

Thorin fulminó con la mirada a sus sobrinos, que pasaron a su lado deprisa con la cabeza lo más agachada que pudieron, rojos hasta las orejas, deseando ser engullidos por la tierra en aquel momento y rezando para que su tío no les pidiera explicaciones.

El resto de los enanos se encontraba de nuevo en la sala circular, todos con las manos vacías. La mujer se colocó en el centro con gesto pensativo.

- Me temo que sólo nos queda una zona por explorar en estos rincones. – Declaró el más longevo de la Compañía.

- Las mazmorras… - Reveló el rey enano. Colocó su anillo azulado, el sello que contenía el símbolo de su familia, en una grieta disimulada en la pared junto a unas runas enanas y unas escaleras se abrieron mecánicamente en el centro de la sala, haciendo que algunos tuvieran que apartarse. Smaug conocía cada rincón de aquel reino que llevaba décadas usurpando, incluidos algunos de sus pasadizos secretos, pues su longeva existencia le había permitido dominar infinidad de lenguas y escrituras, incluidas las runas enanas. Contuvo la excitación que sentía en su interior. Su plan estaba saliendo tal y como había planeado, aquellos enanos se estaban dirigiendo por su propio pie a la boca del lobo, justo como él quería.

Descendieron por las escaleras adentrándose aún más en la Montaña Solitaria. Aquel lugar era la prisión más segura que todos los reinos enanos habían poseído alguna vez, su seguridad e impenetrabilidad eran el orgullo de Thrór. Sus calabozos estaban hechos con acero forjado por los mejores herreros de Érebor y escapar era prácticamente imposible. En su día, los calabozos estaban custodiados por numerosos guerreros entrenados con precisión en letales artes de combate, pero ahora aquellas celdas parecían un cementerio de cadáveres. Los prisioneros que allí se encontraban cuando Smaug atacó no pudieron escapar y sus cuerpos perecieron aplastados, quemados o abandonados a su suerte.

- ¿Cuándo creéis que volverá Smaug? – Preguntó inquieto Bombur entre aquellas húmedas paredes.

- Quién sabe. Ni siquiera sabemos por qué se marchó. – Contestó Nori.

- Daba la impresión de que estaba persiguiendo algo… o a alguien. – Manifestó Smaug sin inmutarse.

- ¿A alguien? – Preguntó Ori deteniéndose asustado - ¡Bilbo! ¿Dónde está nuestro saqueador?

- ¡Me había olvidado de él! ¿Dónde estará nuestro hobbit? – Preguntó Dori muy preocupado. Bifur asintió añadiendo otro comentario nervioso.

Smaug arqueó una ceja. Aquella información le interesaba. Acababa de descubrir el nombre del molesto intruso que le había despertado y cuyo paradero desconocía, aunque no importaba demasiado, estaba herido y tarde o temprano le daría caza.

- ¿Hobbit? ¿Qué es un hobbit? ¿Viajabais con alguien más? – Preguntó Smaug hurgando entre los restos de armaduras y huesos, intentando quitar importancia a sus palabras para que nadie notara que ansiaba conocer aquella información.

- Son gente hogareña que suele pasar desapercibida. Pequeña estatura, pies peludos, caras redondeadas y buen apetito. Son una compañía agradable. – Declaró Bofur con una sonrisa. Balin y Thorin se giraron hacia él y la seriedad de sus rostros le hizo captar el mensaje. Era mejor que mantuviera su boca cerrada.

- Entiendo… - Smaug se resistió a preguntar por el tema de la invisibilidad por no ponerse a descubierto, si nadie se lo había mencionado era un detalle que su personaje no debería conocer.

Tras atravesar las celdas más pequeñas llegaron a la última estancia. La gran prisión que recluía a los bandidos más peligrosos, a los que tuvieran una condena mayor; se encontraba al fondo, custodiada por dos estatuas, una representaba al rey Thrór y otra a su hijo Thráin. Su interior estaba lleno de artilugios, espadas resquebrajadas, ropas deshilachadas, grilletes, cadenas, látigos y mazas oxidadas. Instrumentos de tortura para hacer hablar a los prisioneros. Las puertas estaban abiertas. Smaug fingió que se estremecía.

- Creo que esos jirones de cuero pertenecían a mi hermano. – Y se llevó la mano a la boca – La espada no puede andar lejos.

Uno a uno, los enanos se adentraron en la prisión y empezaron a revolver cada objeto amontonado, escarbando entre la montaña de restos, intentando encontrar aquella hoja cuya descripción era tan espectacular. Smaug se quedó fuera, temblando, haciendo ver lo incómoda que se sentía por la posibilidad de encontrar el cuerpo putrefacto de su desaparecido hermano. Thorin también se quedó fuera, vigilando los alrededores y, sobretodo, a la mujer, pero a una distancia considerable de ella, pues su presencia le ponía nervioso.

Poco a poco, mientras cada uno seguía concentrado en su tarea de búsqueda, Smaug fue acercándose hacia la pared para accionar el artefacto que culminaría su astuto plan. Justo cuando iba a hacerlo, la voz de Ori resonó entre el chirrido de los objetos que amontonaban.

- Llevo un buen rato pensándolo y creo que Nögard tiene un nombre muy curioso. – Dijo riendo inocentemente. El resto siguió inmerso en su trabajo sin prestarle atención.

- ¿Qué tiene de curioso? – preguntó la mujer mostrando indiferencia.

- Pues me he dado cuenta de que si se lee al revés, se forma la palabra "dragón", ¿verdad que es muy curioso? – Dijo orgulloso por su ocurrencia.

Un silencioso eco sentenció aquella afirmación.

- No es posible… - el rostro de Balin se volvió tan blanco como su barba. No fue el único que reaccionó ante el accidental descubriendo del más joven del grupo, pero ya era demasiado tarde.

Smaug respondió con una risa perversa y antes de que ninguno pudiera reaccionar, accionó la palanca de la pared que controlaba las puertas de la prisión. El portón cayó a la velocidad del rayo desde lo más alto y sus pinchos se incrustaron en las aberturas del suelo con un engranaje perfecto. La puerta estaba compuesta por densas cadenas atravesadas, gruesos travesaños de acero y espinas tan afiladas como cuchillas para lastimar a todo aquel que osara acercarse. No había ninguna abertura para escapar.

Nada más descubrir la verdadera identidad de la mujer y tras presenciar cómo la suerte cambiaba drásticamente de bando, Thorin se abalanzó gritando de rabia contra ella, espada en mano. Los reflejos de Smaug eran rápidos, extendió su brazo esgrimiendo un arco en dirección hacia la embestida del enano y la espada se hizo añicos, lo que provocó que los fragmentos salieran despedidos y el enano cayera hacia atrás por el impacto. Smaug comenzó a reír con una voz distorsionada. La mano de la mujer, de apariencia humana segundos atrás, ahora se asemejaba a una garra, con largas y afiladas uñas y densas escamas en la yema y en la mitad superior de sus dedos. Eran las garras de un dragón.

Los gritos de los enanos al otro lado de la sala incrementaron la tensión de la escena. Comenzaron a golpear la puerta y las paredes con sus armas y a pronunciar el nombre de su líder, que se encontraba solo para enfrentarse cara a cara con aquella bestia.

Thorin se levantó con furia y agarró por la empuñadura el fragmento resquebrajado de su espada. No era la primera vez que peleaba contra un enemigo en notable desventaja.

- ¡Asquerosa rata que te has atrevido a burlarte de nosotros, no tendremos ninguna clemencia contra ti! ¿Qué le has hecho a Bilbo? – Gritó el rey enano.

Smaug rió aún más por las amenazas del enano y su molesto sonido reverberado arañó los tímpanos de los presentes. Seguía preservando su apariencia humana a excepción de su garra y sus ojos, que se habían rasgado por completo y lucían igual que los de una venenosa serpiente.

- No estás en situación para amenazarme ni para preocuparte por otros, Thorin, nieto de Thrór, el desterrado soberano de mis dominios.

Aquello encolerizó más aún al enano y volvió a intentar un nuevo ataque contra él. Sin embargo esta vez Smaug esquivó la estocada con facilidad, inspiró profundamente y de su boca salió un denso humo negro que intoxicó los pulmones del enano. Tosiendo por aspirar aquel vapor contaminado que también nubló su visión, el enano recibió un enérgico puñetazo en el vientre que le hizo doblarse y salir despedido a metros de distancia a su espalda, chocando con las paredes de las mazmorras y cayendo al suelo inconsciente. A pesar de su apariencia humana, el dragón conservaba la fuerza correspondiente a su tamaño.

Todos los enanos gritaron al ver a su líder caído, sollozaron y maldijeron al dragón, impotentes mientras veían a su líder enfrentarse a un enemigo que le sobrepasaba.

- Sois demasiado ruidosos. – La mujer les miró con desprecio y golpeó una de las paredes que contactaban con la celda. Una grieta se extendió en el interior de la pared, propagándose por el techo. Parte de la celda comenzó a derrumbarse y los enanos corrieron como pudieron para no morir aplastados en aquella ratonera. Ninguna roca cayó directamente sobre ninguno, pero quedaron atrapados entre los escombros y separados en grupos.

Smaug observó la escena orgulloso de su obra, acompañado del sonido del polvo provocado por los escombros y los lejanos quejidos de los enanos. Contempló de nuevo el cuerpo inconsciente del rey enano. Sonrió mostrando un par de afilados colmillos. Se apartó la melena del rostro con altivez y se dirigió hacia él con paso seguro. Agarró al enano por el cuello de sus vestiduras y lo arrastró para alejarlo de aquel lugar. Ahora podría deleitarse con él a su antojo, la parte favorita de su pérfida maquinación iba a dar comienzo. Era hora de doblegar al enano.


Iriel cabalgaba a contrarreloj. Le dolía cada parte de su cuerpo, e incluso le parecía que alguna de sus heridas acabaría abriéndose de nuevo por el esfuerzo. Su cuerpo había decidido no darle tregua en aquella ocasión, pero no le importaba. Incluso con el cuerpo destrozado, la sensación de angustia por abandonar a su suerte a sus compañeros era infinitamente más dolorosa.

La falda de la montaña se mostraba cada vez más cerca. Aquel caballo adiestrado por los elfos parecía volar sobre el terreno, incluso al pequeño zorzal le costaba seguirles el paso. Cerró los ojos y apretó con fuerzas las riendas del caballo para no caerse.

Tras un par de horas a frenético galope el corcel alcanzó su destino. Iriel tardó más de lo que pretendía en bajar de su lomo, pues sus extremidades temblaban sin control. Con esfuerzo, aferrada al animal, consiguió estabilizarse y comenzó a caminar sin derrumbarse. Ante sus ojos se extendía la abrupta ladera de la montaña. El zorzal le susurró el camino a seguir. Afianzándose en las rocas que parecían más seguras fue avanzando. Su falta de aliento le quemaba los pulmones, en una ocasión tuvo que sujetarse a una roca para no caer por la pendiente. Descansó sobre ella varios minutos pues su cuerpo dejó de responderle por completo.

Con esfuerzo, culminó su camino hacia la entrada secreta que se había abierto señalada por los rayos del Día de Durin. Distinguió la pequeña piedra que los enanos habían dejado allí para evitar que la entrada se cerrara.

Iba a apartar la losa de la entrada cuando su cuerpo volvió a derrumbarse de nuevo y entonces comenzó a sollozar. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo había sido tan estúpida de confiar en sus posibilidades? ¿De verdad pretendía salvar a sus compañeros cuando no era capaz ni de mantenerse en pie? Se sintió impotente y miserable. Se odió a sí misma por haber caído en la emboscada de los orcos y los trasgos, por no haber sido capaz de recuperarse más rápidamente. Y sobre todo comenzó a odiar al enano, por haber roto su promesa de regresar a su lado, por haber provocado que las últimas palabras entre ambos fueran una injusta y estúpida discusión sobre elfos.

No. El enano no podía abandonarla sin haberse disculpado. No podía desaparecer sin haber admitido cuan estúpidamente se había comportado con ella, sin haber reconocido su terquedad. No iba a permitirle marcharse al otro mundo sin escuchar su reprimenda.

Una sensación hirvió en su interior. Lo suficientemente fuerte como para conseguir que volviera a levantarse. Cogió aire, cerró los ojos y decidida, se introdujo por la entrada secreta.

Atravesar aquel túnel estrecho le costó más de lo que había previsto, pero la espectacular visión de la sala del tesoro al otro lado la absorbió durante unos minutos que transcurrieron sin apenas ser consciente de ellos. Intentando protegerse del intenso brillo del oro avanzó por la inconmensurable sala hasta vislumbrar las escaleras que comunicaban con el exterior. Cuando iba a atravesar el último peldaño una extraña sensación la envolvió.

Una voz.

Una voz lejana susurraba su nombre.

Durante un instante se quedó inmóvil, sin saber si debía buscar su origen o ignorarlo. Pero aquella voz era cálida y amable y no dejaba de reclamarla.

Dio media vuelta, intentando localizar su procedencia. Se encontraba en alguna parte de aquella sala, pero ¿dónde?

Siguió avanzando. Por un lado su mente la instaba a abandonar el lugar, estaba perdiendo el tiempo y con él las esperanzas de salvar a alguien. Pero por otro lado, su cordura le recordaba que no estaba en condiciones de pelear y que si quería tener alguna oportunidad, debía responder a aquella llamada.

Finalmente llegó a unos de los rincones, donde la voz resonaba con más potencia, ahora mezclada con los latidos de un corazón durmiente. Apartó un cofre lleno de rubíes y diamantes y escarbó entre los montones de monedas que cubrían el suelo. Allí debajo encontró lo que buscaba, con un brillo que rivalizaba con el de las estrellas.

El Corazón de la Montaña. La Piedra del Arca.

Los enanos no habían exagerado al describir las cualidades de la piedra que el rey había proclamado para sí. El brillo de su interior asemejaba al magma en movimiento, al fulgor de una estrella fugaz. Aquella gema estaba verdaderamente viva.

Nada más tocarla, su tacto le transmitió una ráfaga de energía. La agarró para contener aquella vertiginosa sensación. Bajo aquel influjo, el dolor de su cuerpo comenzó a evaporarse y sus energías volvieron a acompañarla. Un hechizo misterioso envolvía aquel fragmento de roca, pero decidió no detenerse mucho en pensarlo.

Era la propia montaña la que la había guiado hasta allí para transmitirle su poder. No debía desperdiciarlo, la montaña había decidido confiar en ella para liberarse de su forzoso propietario. Introdujo la Piedra del Arca en el interior de su bolso y con fuerzas renovadas, abandonó aquella sala llena de esperanza.


Thorin se despertó en un lugar familiar. Era la plaza central de Érebor, donde la gente se reunía a diario e intercambiaba palabras y gestos. Sobre ella, a varios metros de altura, discurrían los pasillos donde los centinelas vigilaban. Antes de que la visión de Thorin se volviera completamente nítida otros de sus sentidos comenzaron a despertar. Descubrió que sus muñecas y sus tobillos estaban encadenados, aferrados por frías cadenas a las estatuas de mármol que daban la bienvenida a la plaza. Sintió un rastro de sangre seca en la comisura de sus labios y un dolor punzante le atravesó el abdomen, haciendo que su visión volviera a nublarse.

Una risa perversa le hizo despejarse completamente.

Smaug se encontraba frente a él, con elegancia, todavía con apariencia de mujer. Le observaba con curiosidad y perversión. Thorin apretó los dientes y escupió los restos de sangre de su boca, sin apartar su intensa mirada de su enemigo.

- Parece que años después volvemos a encontrarnos cara a cara, aunque tu monstruoso recuerdo nunca ha abandonado mis pesadillas. – Confesó el enano con un odio infinito.

- Tu recuerdo tampoco pasó desapercibido en mi memoria. No he olvidado tu mirada en décadas. – El rostro del dragón se volvió serio. - En todos mis decenios, nunca nadie había osado mirarme con un sentimiento diferente al miedo. Tú te atreviste a mirarme con soberbia, aun a pesar de presenciar la destrucción que mi paso causaba en tu hogar sin apenas esfuerzo. Tú te atreviste a hacerme frente para proteger a otros. Todavía no he alcanzado a comprender el por qué. – Confesó Smaug intrigado.

- Miserable… ¿cómo va a comprenderlo un monstruo de tu calibre, una bestia despiadada que sólo ha conocido la destrucción? Tu sola presencia me repugna.

Smaug se acercó a él y le agarró por la barbilla apretando su mandíbula con violencia, obligándole a mirarle a los ojos.

- Tu lengua envenenada acabará costándote la vida. Muéstrale más respeto al dragón que posee el dominio de tu vida y de los infelices que te rodean.

- ¿Respeto? ¿Como el que demostraste tú por nuestras vidas? Tú me arrebataste todo lo que mi esfuerzo y dedicación habían forjado durante toda mi vida. Masacraste a innumerables inocentes sólo por tu codicia. Nos arrojaste a una vida vacía en el exilio. ¿Qué sabrás tú de respeto? – La dureza de la mirada del enano no cedía ni un ápice ante su enemigo. Aquello confirmó las sospechas de Smaug, se encontraba ante un adversario digno de su orgullo, tal vez el único que conocería en su vida. Acabar con su voluntad sería la sensación más placentera que habría experimentado en siglos.

- Que atesoraras estas riquezas entre tus lindes no te hace propietario de ellas. Este lugar pasó a formar parte de mis dominios y tarde o temprano tendrás que admitirlo.

Soltó la barbilla del enano y volvió a retroceder para mirarle de arriba abajo. Era una criatura tan insignificante a su lado, y sin embargo le despertaba tanta curiosidad…

- Cuanto antes admitas la derrota será más fácil para ti. Llevo demasiado tiempo aquí, sin otra compañía que la de mis espléndidas riquezas. Imagina cuántas horas podría prolongar tu agonía sólo para mi divertimento. – Sus ojos brillaron con malicia y su voz perdió su reverberación distorsionada para convertirse de nuevo en aquella melodiosa e hipnótica voz de la guerrera que les había manipulado y repitió enfatizando cada palabra – Una lenta e insoportable agonía.

Thorin sintió un escalofrío por las palabras de Smaug, sobre todo al ver el innegable brillo de diversión en sus ojos, pero utilizó todo su autocontrol para que sus dudas y miedos no afloraran. Sabía que estaba perdido, que nadie podía rescatarlo de aquella situación, pero se consoló pensando que quizás pudiera ganar tiempo entreteniendo al dragón mientras sus compañeros escapaban de la prisión y huían lejos de aquella tumba a la que él mismo les había conducido.

Smaug apartó su flequillo tras su oreja, mordió su labio y le miró con superioridad.

- Veamos… ¿por dónde debería empezar?

Se aproximó de nuevo a él, acercó su garra a su propio rostro y la impregnó con su candente aliento. Una vez que sus garras alcanzaron la temperatura deseada arañó con ellas el torso del enano. Bajo las ropas, Thorin se hallaba protegido por una resistente cota de malla, pero las garras de Smaug consiguieron derretir el metal con su temperatura, hicieron sangrar su piel y quemar sus heridas por el contacto con el metal derretido. El rostro del enano se contrajo por el dolor pero contuvo cualquier gemido.

Smaug estaba satisfecho por la resistencia de su prisionero, así que aproximó sus labios al oído del enano.

- Te felicito por conseguir controlar tus reacciones con tanta precisión. Pero me pregunto si serás capaz de controlarlas todas.

Smaug mordisqueó el lóbulo de su oreja mientras su lengua jugueteaba con ella. Sintió el cuerpo del enano temblar bajo su contacto y su piel erizarse, y aprovechando que sus defensas se encontraban más vulnerables, clavó de nuevo sus uñas en su pecho, esta vez con más profundidad.

Thorin gruñó dejando escapar un leve gemido y las cadenas de sus muñecas se tensaron a causa del espasmo que le provocó el dolor.

- Maldito desgraciado. – Maldijo entre dientes intentando en vano liberarse de las ataduras. Smaug rió de nuevo, complacido al ver sufrir al enano. Se apartó de su oído para quedarse a escasa distancia de su rostro. Agarró al enano por el cuello, y deslizó por él las uñas lo suficiente como para que un leve hilo rojo de sangre emergiera de su piel y acto seguido lo lamió, acariciando el cuello con sus colmillos. Thorin contuvo un quejido en la superficie de su garganta.

- Vamos… estoy seguro de que puedes hacerlo mucho mejor… quiero oírte gemir igual que a esos jóvenes enanos.

Las venas del cuello y las sienes de Thorin se ingurgitaron. La cólera le recorría con intensidad. El enano escupió en el engreído cuerpo de aquella mujer.

- Entonces puedes esperar hasta que tu cuerpo se pudra como el gusano que eres.

Smaug le propinó una bofetada por su insolencia que le arrancó otra salpicadura de sangre. Sus ojos rasgados centellearon. Si aquel enano quería sufrir de verdad, lo conseguiría, no sabía con quién estaba tratando. Se irguió por completo y dio una docena de pasos atrás para prepararse para un ataque más fiero.

- Te arrepentirás de haberme provocado.


Llevaba una eternidad recorriendo salas y pasillos, aquella ciudad de piedra era un auténtico laberinto. Subió por unas escaleras de basalto y un estrecho corredor la condujo a un paso elevado. Frente a ella se extendían varios pasajes a nivel, que comunicaban diferentes alas del palacio a diferentes alturas. Decidió probar suerte por uno de los pasadizos más elevados. Se asomó por uno de sus extremos para intentar entender la arquitectura del lugar, debajo se extendía una plaza que no parecía tener fin.

De pronto llegó hasta sus oídos una voz femenina que reía en la distancia. El eco provocado por las rocas de aquella gran sala no le permitía entender la conversación ni reconocer las voces, pero allí dentro no debería haber nadie que no fueran sus compañeros. Avanzó agachada, espiando por los arcos de la arquitectura para reconocer el origen de las voces y vislumbrar la escena que estaba sucediendo abajo. Su corazón dio un vuelco en su pecho al reconocer a su enano capturado y retenido por cuatro cadenas. Estudió su situación antes de lanzarse a la acción. Existía otro pasillo justo encima de donde se encontraban Thorin y aquella guerrera desconocida. Era el lugar perfecto para hacer su aparición aprovechando el factor sorpresa. Se arrastró a toda velocidad para alcanzar aquel pasillo sin que su sombra o sus pisadas la delataran. Con el corazón latiendo atropelladamente y la adrenalina recorriendo sus venas, alcanzó el lugar perfecto. Desde allí podía entender la conversación.

"Te arrepentirás de haberme provocado"

La mujer inició la carrera hacia el enano, empuñando algo afilado en su mano que Iriel no alcanzó a reconocer.

Iriel no se lo pensó dos veces. Se tapó con la capucha de su capa y se colocó el pañuelo que cubría la mitad interior de su rostro y cogiendo a Menfis de su cintura saltó dispuesta a interponerse en la pelea. Desplegó su arma en el aire y cayó esgrimiendo un gran arco cortante, justo delante del enano, ayudada por el impulso de la caída para detener con su arma el filo que relucía en la mano de la mujer, hiriendo superficialmente la piel de su muñeca. Aquella abrupta interrupción cortó la carrera de Smaug y su huracanado arco le hizo retroceder dando un salto atrás.

Iriel amortiguó la caída flexionando sus rodillas, quedando casi en contacto con el suelo y permaneció unos segundos en esa posición.

Cuando elevó la vista sus iracundos ojos cristalinos se toparon con unos dorados llenos de desconcierto.

La batalla había sufrido un giro inesperado.