¡Hola de nuevo!
Aunque no ha sido mi ausencia más prolongada, he de confesar que he tardado más de lo que había pretendido por culpa de cierta frustración literaria. -_-
Cuando empecé a escribir la historia tenía muy reciente el descubrimiento de esta pequeña parte del mundo de Tolkien, tenía mucho tiempo libre y un gran afán literario que se incrementó al descubrir esta web.
Pero poco a poco ese afán se ha ido apagando, en parte por el desgaste de trabajo, que apenas me deja tiempo libre para dedicarme a escribir o a leer con calma. Además tengo la ligera sensación (y es todo es todo percepción mía, por lo cual es posible que me equivoque) que la gente ha empezado a abandonar este topic. Me da la impresión de que hay overbooking de historias y que la gente ha empezado a cansarse de ellas. Echo en falta a bastante gente que rondaba por los reviews de muchas historias, gente que me animó a continuar escribiendo cuando empecé y que no sé si ahora han dejado fanfiction o se han cansado/aburrido de esto.
Por ello he pasado las últimas semanas pensando si merecía la pena seguir escribiendo, teniendo en cuenta el tiempo y el esfuerzo que me consume, pensando si realmente la gente lo echaría en falta o no, siendo que existen muchas otras historias activas ahora mismo que merecen la pena.
Pero después de eso, he vuelto a leer los mensajes de apoyo que me vais dejando capítulo a capítulo y he pensado que tras tanto tiempo leyéndome, no era justo dejaros tirados con una historia sin acabar, así que he decidido que, me cueste lo que me cueste :) continuaré escribiendo, en parte por mí misma, como reto personal, pues empecé a escribir por mí y por mí debo terminarla, y por supuesto por todos/as que me seguís.
Asi que después de este rollo melodramático, continuemos con lo que nos ocupa (xD siento haberos aburrido, pero necesitaba desahogarme)
i-am-not-a-man: creo que las vacaciones nos han pillado a todos xD ha sido una mala época tanto para escribir como para leer historias por fanfiction, pero me alegro de que te hayas puesto al día rápido ^^. Tanto Smaug como Thorin se han quedado K.O con la aparición de nuestra chica, y es que a nuestra chica ya le tocaba lucirse un poco ;)
Alva Midgardian girl: :D me alegra mucho que me dejes un comentario ^^. Si, reconozco que en los últimos capítulos el climax se queda al final de cada uno xD, pensad que en el fondo lo hago para incrementar el hype de la 2º película jejeje.
Creo que a lo largo de la aventura Thorin ha reconocido la destreza de la guerrera y no le importaría reconocer que la chica le ha salvado la vida, por supuesto omitiendo bastantes detalles xD y sin ninguna duda, nunca delante de un elfo!
Erinia Aelia: ¡Por spuesto que me he quedado con ganas de doblegar al enano con otros métodos! xDDD jajajajaja pero no me parecía adecuado para el hilo de la historia, aunque confieso que en mi cabeza sí que ha ocurrido de diferentes formas xDDD. Me apunto lo de escribir un capítulo alternativo con otro rated xD si tengo tiempo puedo intentarlo más adelante.
El calentón de los hermanos les ha absorbido el riego cerebral. Hombres...
De momento el enano tiene que lidiar con algo más urgente que la fiebre del oro, y es escapar con vida de una bestia sanguinaria. El resto ya se verá.
nuan: bueno supongo que habrá que perdonar a estos hombres que se ha pasado la mayor parte del tiempo en el campo de batalla XD por lo que la simple presencia de una chica resultona les descoloca por completo. Afortunadamente Thorin se ha dejado guiar por su instinto y no ha caido presa de sus encantos.
Aunque acostumbro a hacer capítulos muy largos (siempre se me van de las manos... qué le voy a hacer...) he decidido partir este en dos y así subir la primera parte mientras termino de retocar la segunda.
Os aconsejo que prepareis vuestros corazoncitos para emociones fuertes, pues se acercan momentos difíciles para nuestra encantadora parejita.
Como siempre, ójala os guste y esperare emocionada vuestros comentarios :)
*~~~~ CAPÍTULO 29: UNA CRUEL DECISIÓN (Parte 1) *~~~~
Thorin había cerrado los ojos para intentar mitigar el dolor del impacto que se aproximaba inexorablemente a su cuerpo, no quería ofrecerle al dragón la satisfacción de oírle gritar, por lo que aquella súbita intervención y el entrechocar metálico de ambas hojas al encontrarse, le pillaron desprevenido. Al abrir los ojos, sorprendido ante la falta de daño recibido, encontró una figura encapuchada de espaldas a él, haciendo frente al dragón, que le miraba con un gesto tan sorprendido como el suyo. El desconocido iba cubierto por una larga capa y sus rodillas se encontraban flexionadas, lo que le hizo deducir al enano que había caído desde los altos pasillos donde antaño los centinelas vigilaban bajo las estrictas órdenes de su abuelo, razón por la cual no habían advertido su presencia antes de tan heroica aparición.
El enano todavía se encontraba ligeramente aturdido a causa de los efectos residuales del humo con el que el dragón había corrompido sus pulmones, de las contusiones y heridas que recorrían su cuerpo y del miedo que inundaba su interior, a pesar de que se negaba a reconocer tan vulgar debilidad. Aun con todas estas perturbaciones inundando sus sentidos, había algo en la escena que le hizo recordar al enano una calidez conocida.
El olor de sus cabellos, tan puros como una mañana de verano, junto al recuerdo lejano de una época feliz, una en la que podía relajarse bajo la tenue sonrisa del sol y el baile de los pájaros silvestres, que guiaban el abrazo de una brisa capaz de despejar hasta los tormentos más oscuros del alma. Aquel aroma le recordó todo eso y calmó su espíritu durante un instante.
- Tu olor… - murmuró empujado por aquella ilusión.
- ¿Cómo? – Gruñó Iriel con desdén - ¿No te atreverás a insinuar que también apesto a tus queridos elfos? - La muchacha todavía permanecía enfadada por su anterior conversación. Su voz llegó hasta los oídos del rey mitigada por el pañuelo que cubría su rostro, pero fue suficiente para que el enano abandonara su pacífico recuerdo y sus sentidos se imbuyeran del dolor y el peligro que impregnaban aquel lugar. Su mente se despejó de pronto y una mezcla de confusión, ira, desconcierto, preocupación y alivio se agolparon en su interior, aunque la cólera parecía ser la que ganaría la batalla.
- ¡Iriel! ¿Pero qué? ¿Pero…? ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! – El alivio de haber sido rescatado de su nefasta suerte quedó rápidamente enterrado por el miedo a que la chica fuera a caer víctima de los perversos deseos de aquella bestia. No pudo alegrarse por verla, aunque en aquel momento se encontrara solo, derrotado y aterrado por una pesadilla que sentenciaba el final de su camino, pues aquel acontecimiento podía desencadenar un temor más profundo arraigado en sus entrañas.
- ¿No es obvio? Concluir la misión que has empezado, ya que parece que no eres capaz de culminarla solo. – Concluyó la frase orgullosa mientras se levantaba despacio. Sentía cómo una fuerza renovada bullía en su interior junto a una electrizante rabia, en parte provocada por el recuerdo de las frías palabras del enano a través del cuervo de la montaña. Quería darle una lección a Thorin por haberla subestimado y por haberse atrevido a darle órdenes como si fuera su dueño. Pero sobre todo, la rabia que ardía por sus venas tenía otro motivo y otro objetivo. Aquella mujer de cabellos rojos se había atrevido a dañar al enano. A su enano.
Iriel se irguió y fulminó con la mirada a la mujer, como si su odio contenido pudiera hacerle daño. Smaug sintió un cosquilleo helado al mirar a aquellos ojos claros, pues había algo en ellos que no comprendía.
Sin embargo era Smaug, la más increíble de todas las bestias, la pesadilla de todos cuanto le rodeaban, ningún mortal podía hacer sombra a su magnificencia. Recobró la postura y sonrió con soberbia para observar a su nuevo adversario.
- Qué interesante… parece que alguien más ha decidido unirse a este jueg…
Una ráfaga de aire se impulsó hacia la mujer, desencadenada por los rápidos movimientos de Iriel, que había iniciado el ataque sin preliminares. Smaug esquivó por los pelos la estocada que se dirigía a su cuello, haciendo que algunos de sus cabellos cobrizos se esparcieran por el aire, cortados por aquella espiral mortífera que Iriel manejaba con destreza. Sorprendida por aquel ataque que no había sido capaz de prever, consiguió evadir otro nuevo corte mortal apoyando su cuerpo a contrapié, quedando desprotegida para el siguiente movimiento de la chica, que se percató del error y golpeó su tobillo con el extremo de su arma. Consiguió desestabilizar su equilibrio y asestarle así un puñetazo en la mandíbula a aquella sucia impostora para después golpearle con fuerza entre los omoplatos.
Smaug cayó de bruces al suelo y su larga melena cubrió su figura. El enano contuvo la respiración ante la escena que acababa de presenciar y a la que no daba crédito. ¿Cuándo había aprendido su compañera a luchar así? ¿Desde cuándo era capaz de moverse con tal ligereza, casi como si volara?
Iriel miró el cuerpo caído de su rival y no se lo pensó dos veces para culminar su ataque. Arremetió de nuevo, sosteniendo el centro de su arma con ambas manos, para que la estocada fuera más firme y contundente, pero esta vez el filo de Menfis fue detenido por el de una daga. Con un movimiento sorprendentemente ágil, Smaug había desenvainado una de las dagas retorcidas de su cinturón y había detenido el impacto sin aparente esfuerzo. Iriel observó uno de los ojos ambarinos de la mujer a través de sus cabellos pelirrojos. Dio un paso atrás para separar el metálico contacto de ambas armas.
La mujer se levantó despacio, sin muestra alguna de debilidad o dolor. Se apartó la melena que cubría su rostro con la mano que tenía libre y un hilo de sangre se hizo patente saliendo de su boca. La mujer escupió y se limpió la comisura de sus labios provocadores con el dorso de la mano que sostenía la daga.
Miró con orgullo al desconocido que le había atacado por sorpresa vulnerando momentáneamente sus defensas. Lejos de sentirse humillada, aquella pelea excitó su cuerpo, incitándole a ponerse a prueba en aquel cuerpo que no era el suyo.
- Te felicito, pocos tienen el privilegio de proclamar que han conseguido hacerme un sólo rasguño. – Dijo observando su sangre en el suelo. – Pero para tu desgracia, eso es algo que no volverá a ocurrir. No volverás a pillarme desprevenida.
Smaug relamió los restos de sangre de su comisura y aprovechó para asir su otra daga con la mano que le quedaba libre. Ahora la guerrera sostenía un par de dagas retorcidas, con empuñaduras de plata y siniestros grabados en sus hojas. Aquellos filos brillaban con la misma malicia que sus ojos, pues habían sido testigos de innumerables asesinatos, atroces y sanguinarias torturas que ni las leyendas se atrevían a narrar. Y es que, Smaug no sólo había causado la destrucción con sus llamas, sino que en ocasiones había tomado forma humana sólo por la satisfacción de ver a sus víctimas perecer de cerca, con la agonía de ser aniquilados por alguien a quien creían de los suyos.
El rostro de Smaug se tornó serio y, en un abrir y cerrar de ojos, salió impulsada hacia Iriel, surcando el aire con su dagas en una danza mortal. La muchacha fue capaz de reaccionar ante aquel contraataque, pues sus músculos y sus sentidos se encontraban más despiertos que nunca. El Corazón de la Montaña le había devuelto sus energías e incluso le brindaba la habilidad de sentirse más liviana que nunca. Esquivó los ataques, interceptó algunos de ellos con el mango de su arma y desvió otros con las hojas de sus cuchillas. Desde fuera sólo se percibían un par de sombras moviéndose a gran velocidad, el entrechocar de las hojas, el chasquido de las pisadas, el ruido del cuero desgastado moviéndose al son de sus dueñas, esquivando con precisión cada movimiento, los gritos guturales que sus gargantas emitían por el esfuerzo y el crujido de una lucha sin cuartel. Los minutos pasaron en aquella lucha cuyos movimientos se antojaban milimétricamente calculados. Ninguna conseguía dañar a su oponente, y como consecuencia, el fervor de la batalla iba creciendo en ambas.
Smaug se percató de que si quería ganar terreno, tenía que utilizar todo su cuerpo en la lucha, por ello empezó a golpear con los codos, aprovechándose de las púas que recubrían su armadura y su tosco tacto, intentando así quebrar alguna de sus defensas. Iriel bloqueó su brazo interponiendo horizontalmente su arma y respondió agachándose y perfilando una contundente patada circular para golpear los gemelos de su adversaria. Smaug consiguió mantener el equilibrio y contratacar con la daga de su mano derecha, causando un corte superficial en el brazo de Iriel.
La chica cerró un ojo en señal de dolor y la risa de Smaug retumbó en la sala. Había logrado alcanzar a su rival. Los siguientes impactos colisionaron con más fuerza e Iriel tuvo que retroceder ante ellos, concentrándose en movimientos defensivos, pues Smaug empezaba a acorralarla quitándole terreno. La cazarrecompensas sufrió algún que otro rasguño en su piel, ninguno demasiado profundo, pero lo suficientemente molesto como para plantearse un cambio de estrategia.
Creyéndose con ventaja, Smaug atacó concentrando toda su fuerza, pero al precio de descuidar sus defensas. Iriel esquivó el ataque ladeándose a la izquierda, e hizo cambiar de mano su arma intercambiándola a su espalda, logrando con la siniestra un ataque por sorpresa que Smaug no había previsto, esquivado a duras penas, provocando un corte limpio en su hombro.
El dragón gruñó ante su error, pero antes de que pudiera remediarlo, Iriel desanudó la cuerda alrededor de su cuello y se despojó de su capa, envolviendo a la mujer con ella en un ataque sorpresa, enredando así sus dagas, que aunque rasgaron la tela, quedaron enganchadas en las vueltas de sus jirones, y con ellos, los brazos y las manos de la mujer. Iriel aprovechó la inmovilidad de su rival para golpear su mandíbula con una potente patada vertical, propinarle un buen puñetazo en el estómago y alguna otra contusión con el extremo de su arma en varios de sus puntos vitales.
La guerrera cayó al suelo, aparentemente inconsciente.
Iriel se quedó de pie junto a ella, apuntándola con el filo de Menfis por si percibía algún movimiento por su parte, mientras recuperaba el aliento. Había sido una batalla intensa, hacía tiempo que no tenía que ponerse a prueba tan enérgicamente. Iriel se quitó el pañuelo de la boca y lo dejó caer junto a su víctima. Entonces suspiró y se dio la vuelta, y sujetando a Menfis con vigor en su mano izquierda, comenzó a caminar hacia donde el enano se encontraba cautivo.
Thorin había presenciado la escena sin pestañear. Todo había sucedido demasiado deprisa. Ni siquiera había sido capaz de intervenir advirtiéndole a la chica quién era realmente su enemigo. Todavía no era consciente de que el dragón se hallara en ese momento tendido en el suelo, derrotado por una guerrera que se había unido a la acción en el último momento. Todo parecía demasiado… fácil.
Iriel llegó a su altura y le mantuvo la mirada durante unos instantes sin decir palabra. Ambos iniciaron su habitual batalla de miradas, un choque entre la inmensidad del cielo y la profundidad del mar, entre el férreo espíritu de una montaña y la grácil y entusiasta esencia de un amanecer. Fue Iriel la primera en romper aquella escena congelada y lo hizo propinándole una sonora bofetada al enano.
- Esto por hablarme de forma tan prepotente e injustificada. – Iriel había jurado que le devolvería aquella afrenta y el rey enano no se iba a librar por encontrarse prisionero o herido.
- Y esto… - la voz de Iriel se quebró en su garganta, mezcla de la rabia y preocupación que sentía. – por haber desaparecido sin ninguna explicación, haciéndome creer por un instante que te había perdido.
Thorin creyó que iba a recibir otro golpe, pero en su lugar sus labios se reencontraron con unos viejos conocidos. Iriel tomó el rostro del enano con ambas manos, dejando caer el arma, y lo acarició mientras sus labios volvían a reunirse. La chica se permitió prolongar aquel beso con el que había soñado cada noche desde que se separaron, con el incesante temor de que tal vez no tendría oportunidad de repetirlo. Acarició los cabellos del enano, entrelazando los oscuros mechones con sus dedos, perdiéndose en aquella sensación que la transportaba, como tantas veces, a un lugar lejano y seguro. El enano también le trasmitió su calidez, acariciando con su lengua el interior de sus sentidos. Iriel sintió una lágrima derramándose por su mejilla, tan ardiente como la presión que se había despertado en su pecho.
Pero el enano no era el único motivo que la había impulsado hacia la montaña, hacia las profundidades del reino olvidado de Érebor. También había acudido allí por Bilbo tras aquel desolador mensaje, por lo que, con pesar, Iriel se forzó a deshacer aquel beso que anhelaba, secando previamente sus lágrimas para que el enano no pudiera verlas.
Se separó un poco de él y se agachó para recoger su vara afilada. Con un tajo limpio y fugaz, cortó las cadenas que aprisionaban sus tobillos.
- Debería darte vergüenza… - se burló mientras terminaba de cortar las ataduras de sus muñecas – mira que dejarte vencer por una mujer que no sea yo…
Con el clic metálico de las cadenas rotas y las últimas palabras de Iriel, Thorin reaccionó, como activado por una chispa. La preocupación se apoderó de sus ojos, y una vez liberado de sus ataduras, agarró a Iriel por los hombros, tan fuerte que casi le hizo daño.
- ¡No era una mujer!
Un interrogante se dibujó en las facciones de la chica, que no entendía lo que el enano quería transmitirle, ni tampoco el motivo por el que el miedo se había dibujado en sus pupilas, que por costumbre se mostraban imperturbables. Pero no hubo tiempo para pedir explicaciones, pues una risa perversa despertó al otro lado de la sala.
La melodiosa voz de la mujer se tornó agridulce y malvada, hasta que se fue distorsionando mientras se elevaba junto al eco de aquel lugar. El suelo comenzó a temblar, despertado por aquella risa tenebrosa. Un gran huracán envolvió la estancia junto al estridente sonido de un estallido que sonaba como si una envoltura de huesos y rocas se estuviera resquebrajando. Thorin agarró a Iriel contra su pecho mientras aquel torbellino se hacía dueño de la sala. La chica pudo oír los latidos del corazón del guerrero, mientras los suyos decidían unirse a su compás. Un escalofrío recorrió su cuerpo, bajando rápidamente por su espina dorsal. Una sensación terriblemente incómoda, un repentino mal que no podía juzgar ni entender.
Con un rugido ensordecedor, la sala dejó de temblar. Iriel empujó al enano para librarse de su protección y contemplar la escena con sus propios ojos. Se arrepintió de haber dado media vuelta.
Allí estaba Smaug, en todo su esplendor. Su tamaño colosal empequeñecía la grandiosidad de la estancia. Sus siniestras y amenazadoras garras se clavaban en el suelo hundiendo las rocas. Sus escamas relucían como las estrellas, con su gélida e impenetrable protección. Su rostro resultaba una visión amenazadora, sobre todo ahora que aquellos ojos rasgados clamaban venganza.
- ¿Era… el dragón? – Acertó a decir Iriel con voz temblorosa mientras todo su cuerpo se estremecía. El valor la había abandonado. La visión de aquella bestia era incluso más siniestra que la que recordaba de los pasadizos de Dol Guldur. Estaban perdidos.
Un rugido ensordecedor los envolvió. Los cristales que cubrían las puntas de las lanzas de las estatuas y parte de sus intrincadas armaduras de marfil, estallaron a la par que las rocas de las paredes crujieron, desprendiendo polvo y diminutos fragmentos que volaron en todas las direcciones. Iriel se cubrió los oídos en un vano intento de impedir que las membranas de sus tímpanos se desgarraran a causa de aquel atroz alarido, mientras el enano la envolvió con su cuerpo para protegerla de los cristales rotos que iniciaban su afilada trayectoria hacia ellos.
Los fragmentos arañaron su piel, incluso alguno se incrustó más de la cuenta en su carne, pero el enano no se quejó ni rompió su posición, pues su cuerpo era la única protección que podía ofrecerle a la joven guerrera.
El rugido desapareció un instante para dar paso a una bocanada intensa. El enano percibió al instante el sonido del viento succionado por las fauces del dragón y arrastró a Iriel tras los restos de las estatuas que le habían mantenido cautivo, pues era el refugio más cercano que poseían. Tal y como el enano sospechaba, Smaug caldeó la estancia con una salvaje llamarada que carbonizó lo que encontró a su paso. Las estatuas apenas resistieron aquel fuego antinatural, por lo que el metal con el que habían sido forjadas comenzó a derretirse, dejando caer un material viscoso e incandescente que habría ulcerado la piel de ambos si Thorin no los hubiera alejado justo a tiempo. Antes de que Smaug volviera a repetir el asalto, el enano ya había aferrado la mano de la chica y había iniciado la carrera para escapar de aquel elemento que no podían combatir y buscar refugio para, intentar, organizar un contraataque.
Sin embargo, Smaug se había cansado de juegos y no tenía intención de dejar escapar a sus víctimas de nuevo. Comenzó a correr hacia ellos, abarcando a cada paso un terreno que ningún mortal podía igualar. A pesar de la solidez de los cimientos de la montaña, la envergadura y fiereza de sus pasos no dejaban indemne el lugar, por lo que, para dificultar todavía más la huida de los amantes, el terreno se resintió y una columna cayó de pronto ante ellos, cortando abruptamente su carrera y haciendo que sus manos separaran su unión a la fuerza.
Smaug los alcanzó a la vez, y aprovechó la abertura entre ellos para golpear con su enorme cola a la chica. Iriel interpuso su arma para mitigar el impacto, pero aquella formidable vara afilada encontró allí el final de sus días, pues el impacto de las duras escamas del dragón partió el arma en dos. El Anillo de las Bestias, que se encontraba en la mano que sostenía la vara, también sufrió los estragos de la arremetida, fracturándose en pedazos, desvaneciéndose así aquella habilidad tan inusual que le había convertido en una de las joyas favoritas de la Dama de Lórien. Su portadora salió disparada hacia el otro extremo de la sala, chocando violentamente contra lo que encontró a su paso, quedando tendida entre los escombros, cuya estrepitosa destrucción no consiguió mitigar los gritos de dolor de la chica.
La fuerte sacudida provocó que el Corazón de la Montaña se precipitara fuera de la bolsa de cuero que portaba la chica, mezclándose con los fragmentos de piedra entre los que Iriel permanecía atrapada, pasando desapercibida como una vulgar roca, pues su brillo parecía haberse extinguido tras fortalecer las energías de la muchacha. En el momento en el que la Piedra del Arca escapó de su control, toda la fuerza que había imbuido el cuerpo de la chica desapareció como si nunca hubiese existido. Iriel no tenía fuerzas para moverse y el dolor era demasiado intenso, pues el mal que había dejado atrás al entrar en la montaña había vuelto para recordarle su lamentable estado.
El sonido de Menfis al quebrarse horadó los oídos del enano y los fragmentos rotos de aquel arma quedaron grabados en su retina. Durante un segundo que pareció eterno, Thorin permaneció inmóvil, incapaz de girarse para contemplar a la chica, pues temía que su cuerpo se hubiera partido al igual que su arma, sabiendo que de este modo, su cordura no sería capaz de soportar esta desgracia. Sin embargo venció aquel pánico que le envolvía como una gélida manta, y aunque la situación era desesperada, suspiró al comprobar que la chica se encontraba de una pieza y todavía respiraba.
Durante un segundo, tan sólo durante un breve instante, el dragón percibió en los ojos del enano algo que llevaba décadas anhelando presenciar. Aquellos gélidos zafiros que le conferían su imperturbable presencia se encontraban en ese momento subyugados, como si hubieran cambiado de dueño sin ninguna resistencia. En aquel momento, los ojos del enano y con ellos, su alma, sólo le pertenecían a ella.
Aquella desconocida, aquella simple muchacha sin título ni ascendencia, aquella simple mortal sin más cualidades que su, innegable, destreza en la lucha, su imprudente coraje y una arrogancia que rivalizaba con la del enano, había conseguido lo que su astuto plan no había logrado con torturas y amenazas.
Temor, admiración, dolor, veneración, tristeza, preocupación, culpa, expiación, fidelidad y por encima de todo un sentimiento más profundo y poderoso que los anteriores. ¿Amor? Todo eso expresaba el enano con el simple reflejo de su mirada. Ni el más extraordinario de los tesoros había sido objeto de una admiración tan ferviente, y es que para el rey enano, ella era algo más que un tesoro. Ella era su razón para seguir viviendo.
En ese momento Smaug sintió envidia y la odió, la odió con todas sus fuerzas.
Humillado por una mujer que había conseguido, sin proponérselo, doblegar al único hombre que había osado hacerle frente en todos los días de su vida.
Sus ojos rasgados centellearon y se dirigió hacia ella, dispuesto a acabar con su vida. Pero antes de acercarse siquiera, sintió que algo había impactado contra una de sus garras, un insignificante roce incapaz de causarle ningún daño. Se giró para comprobar lo que le había provocado.
Thorin había arrojado uno de los fragmentos rotos de Menfis y sostenía el otro en su mano. Sus ojos ardían de rabia, sus dientes rechinaban de ira y su rostro reflejaba un odio que no se podía describir con palabras.
- No te atrevas a tocarla.
La orden fue pronunciada con semejante convicción que Smaug sintió un escalofrío por primera vez en mucho tiempo.
