*~~~CAPÍTULO 30: UNA CRUEL DECISIÓN (Parte 2) *~~~

Iriel percibió en la distancia los sonidos propios de la batalla. Ella sabía que su enano estaba allí, haciéndole frente a la bestia en tamaña desventaja, pero no podía hacer nada por intervenir, su deteriorado estado la encarcelaba, impidiéndole incluso abrir los ojos para ser testigo de la contienda.

Sabía que aquel desesperado intento del enano por contener a la bestia no podía durar demasiado, y si se prolongaba, se debía únicamente a los crueles deseos del dragón, que se divertía prolongando la agonía de sus víctimas.

En el fragor de la lucha, Thorin sentía que estaba llegando al límite de sus fuerzas. Le costaba respirar, pues un dolor opresivo y lancinante recorría su pecho. Sabía que se había fracturado alguna que otra costilla durante el enfrentamiento. Además su vista comenzaba a nublarse, y las contusiones que habían dejado huella en su cuerpo tras cada impacto recibido durante aquel desequilibrado combate, empezaban a restringir sus movimientos. Sin embargo no tenía intención de rendirse, no tenía intención de fracasar de nuevo y no tenía intención de abandonar a Iriel a su suerte.

Smaug tuvo que admitir que aquel enano tenía coraje, aunque siempre lo había considerado una cualidad estúpida e inútil. Batió sus alas y se mofó de sus esfuerzos para evitar salir despedido por aquel huracán que provocaba con ellas, esfuerzo que finalmente resultó en vano hasta que finalmente su trayectoria aérea fue detenida por los muros de su fortaleza. El resto de los despedazados fragmentos que habían sufrido los estragos de la lucha también sucumbieron al torbellino, y los vestigios de una lanza fragmentada de mithril salieron propulsados hacia él, con tan mala fortuna que la punta se incrustó en el hombro derecho del guerrero, perforando su carne y clavándose en la roca, aprisionándolo a ella a la par que la herida lo desgarraba.

El enano gritó y aquel alarido de dolor sacudió la atormentada alma de la chica.

Abrió los ojos. Estaba atrapada entre los escombros. Le dolía la cabeza, lo que secundaba que su mente fuera incapaz de encontrar una solución a tan desoladora y precaria situación. Oteó su alrededor a pesar de que su visión se encontraba velada. No tenía nada a su alcance para cambiar las tornas de la batalla.

¿Nada?

Un pequeño fragmento de roca pasaba desapercibido entre las ruinas, una roca redonda y pulida que ocultaba su verdadera identidad. Su única esperanza estaba en el Corazón de la Montaña. Debía suplicarle que le prestara su fuerza una vez más. Intentó arrastrarse con las insignificantes fuerzas que le quedaban para salir de entre las rocas. La risa del dragón y la agonía del enano marcaban la cuenta atrás de un reloj que se extinguiría junto con sus vidas.

Centímetro a centímetro, comenzó a ganar terreno, reptando como un animal, intentando alcanzar con su mano aquel objeto que ya casi podía rozar con sus dedos, mientras rezaba a todos los dioses que conocía.

La sangre del enano tiñó de escarlata los peldaños olvidados de aquella plaza medio derruida. El tintineo de las gotas que se deslizaban a través de la lanza junto a la respiración entrecortada del enano conformaban una sinfonía casi orgásmica para los oídos del dragón. Resultaba una agonía tan placentera que se resistía a dejar partir al enano a la llamada del averno, queriendo prolongar su sufrimiento hasta estar completamente satisfecho. En lugar de asestarle el golpe final, evocó a través de sus fauces una nube de humo negro, que adormeció al enano al intoxicar su organismo con aquella mezcla de gases nocivos, provocando un estado de semiinconsciencia que prolongaría su tortura. El enano quedó sumido en un sueño ficticio que le desconectó del medio que le rodeaba, aislándole de la insólita escena que iba a desencadenarse a su alrededor.

- ¡Detente! – con una simple palabra Iriel despertó los enrevesados mecanismos que cambiarían el destino que les aguardaba. El futuro del rey enano se reescribiría a consecuencia de esto, pero las malas artes del dragón le habían robado al guerrero el derecho a ser testigo del motivo.

No fue el deje de desesperación desgarrando aquel grito suplicante lo que conmocionó a la bestia, sino el repentino resplandor que emanó entre las manos de la chica.

La Piedra del Arca.

Smaug la contempló absorto por su naturaleza, hipnotizado por el poder que poseía, un poder ancestral que había provocado que un dragón del Norte abandonara su hogar y secuestrara una montaña.

El dragón sabía que aquella gema escondía un gran poder, uno que el mundo todavía no había presenciado. Había escuchado historias, descifrado manuscritos antiguos, investigado leyendas que parecían cuentos de viejas ante los ojos de los más ignorantes. Después de conocer todo eso se obsesionó por conseguirla. Aquel inusual fragmento de la montaña era el principal motivo que le había impulsado a usurpar aquel reino, aunque era cierto que el atractivo tesoro del que alardeaba el reino de Érebor también había contribuido a su interés por ocupar la morada de los enanos.

Se había pasado décadas entre los laberintos de aquella ciudad de piedra buscando aquella ancestral gema que había ocultado su presencia escondiéndose de él, pues la Piedra del Arca poseía voluntad propia y la oscura alma del dragón era incapaz de invocar su llamada ni de obligarla a obedecer sus deseos.

Tras años de infructuosa búsqueda Smaug se había rendido y había olvidado el verdadero objetivo por el que se encontraba bajo aquellos muros. Pero ahora la situación había cambiado radicalmente.

Ahora no sólo el Corazón de la Montaña se encontraba a su alcance, sino que había encontrado al portador adecuado, una persona capaz de canalizar su fuerza e invocar su poder, aunque por supuesto esa persona no tenía ni idea de lo que ello conllevaba.

Todos sus oscuros deseos de tormento y muerte pasaron a un segundo plano. La piedra ocupó por completo sus pensamientos. Con ella en su poder, nada en este mundo ni en otro se resistiría a su voluntad, pues había llegado hasta sus oídos el rumor de que con ella podría evadir las puertas de la muerte, el único enemigo que ni siquiera él podía vencer.

Todo su plan cambió por completo. Ya no necesitaba permanecer en aquel reino olvidado, había encontrado algo mucho más valioso que los océanos de oro en los que solía sumergirse.

Miró a la chica, la pobre infeliz que desconocía el poder que portaba, y que por supuesto nunca descubriría, pues no sería él quien se lo confesara. Pudo ver en sus ojos la desesperación del que está a punto de perderlo todo y decide jugar todas sus cartas para evitarlo, aunque entre ellas se encuentre su propia vida.

No obstante, la desesperación es un arma de doble filo, por lo que él también debía jugar sus cartas con ingenio. Sólo tenía que manipularla con destreza y todo aquel poder sería suyo, para siempre. Sólo tenía que jugar con sus sentimientos y enredar su juicio. Una tarea harto sencilla para una mente retorcida como la suya. Al fin y al cabo, solo era una patética e insignificante chiquilla enamorada, el alma más fácil de manipular.

La muchacha sólo quería salvar al enano, podía verlo en esos ojos cristalinos empañados por las lágrimas. De acuerdo, estaba dispuesto a renunciar al enano a cambio de una recompensa mayor.

- Reconozco que ambos tenéis coraje al no rendiros, aun cuando todas vuestras opciones son nulas. Hacía tiempo que nadie llegaba tan lejos en mi presencia, así que por esta vez, he decidido daros una oportunidad como retribución por vuestro empeño.

Smaug se alejó del enano para avanzar lentamente hacia la chica y hacia el brillo de sus deseos. Iriel quedó paralizada por aquel cambio de actitud. Aquello no tenía sentido.

- Te ofrezco un trato justo – dijo con una voz carente de emociones, realizando las pausas pertinentes para enfatizar sus palabras - el reino de Érebor y la vida de sus habitantes a cambio de la piedra y tu lealtad.

Aquellas palabras la atravesaron como una espada helada. No supo si alegrarse o sentirse desdichada.

¿Por qué esta benevolencia tras tanto sufrimiento? ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere un dragón de un misterioso y venerado fragmento de piedra? ¿Cuál es el truco? ¿Por qué renunciar a todo por una roca cuando es evidente que tiene la batalla ganada? ¿Dónde está en el engaño? ¿Qué oculta?

Mil preguntas se agolpaban en su cabeza, preguntas a las que no podía dar respuesta. Sabía que aquel trato no tenía sentido, que Smaug ocultaba alguna maliciosa intención.

Le perdonará la vida. Él cumplirá su sueño. Recuperará lo que perdió, todo aquello por lo que ha sacrificado su vida. Vivirá y gobernará estos muros con paz y prosperidad. Todo su pueblo tendrá un hogar de nuevo.

Otra parte de su mente la atosigaba con la convicción de que la persona que le importaba más que su propia vida iba a cumplir su sueño si aceptaba ese trato.

Sintió un remolino vertiginoso de ideas en su cabeza, fluyendo a tanta velocidad que creyó que iba a volverse loca.

En ese momento otra voz se coló en sus pensamientos. Un suceso al que no le había dado importancia en su momento.

La extraña profecía de la vieja adivina con la que se topó durante sus paseos por Ciudad del Lago.

Creyó que aquella siniestra mujer le estaba tomando el pelo para conseguir un donativo por sus falsas previsiones, pero ahora sus palabras empezaban a cobrar sentido. La melodía de su funesto mensaje emergió con claridad.

¿Qué estás dispuesta a sacrificar?
¿Qué vida pesará más?
¿Cuál será el precio a pagar?
No puedes escapar de tu destino
Soledad, traición y abandono
Muerte, sangre y olvido
¿Qué decidirás?
Una oscura estrella guía tu camino
No tendrás un final feliz.

No tenía opción. Sabía desde el momento en el que puso un pie en la montaña que su destino no era acabar junto al enano ni vivir felices para siempre como en los cuentos de hadas. Sabía que lo más probable era que el desenlace de la aventura se escribiera con la sangre de ambos. Si rechazaba el trato, ambos perecerían, y si lo aceptaba, no volverían a estar juntos. ¿Qué más daba cuál elegir, si ninguna opción le conducía a los brazos de su enamorado?

Iriel se irguió despacio, ocultando su rostro entre sus cabellos. Sostener la Piedra del Arca no le había conferido energías para iniciar una batalla, pero sí las suficientes para moverse con dignidad.

El dragón esperó paciente la respuesta de la chica pues sabía que debía esperar un tiempo considerable para que su manipulación surtiera efecto. Iriel abrió sus labios para hablar.

- ¿Cómo puedo estar segura de que cumplirás tu palabra si te entrego lo que pides?

- Un dragón nunca rompe un juramento. Me marcharé de este lugar con la promesa de no regresar, sólo si prometes acompañarme durante el resto de tus días.

Iriel se resignó a su suerte, con la convicción de que era lo mejor para todos, que era la única salida, el único final posible para aquella misión suicida que había comenzado entre vinos y cervezas en la morada de un mediano. Guardó la piedra en su bolsa y comenzó a caminar hacia el dragón en silencio. Cuando se hubo acercado lo suficiente, el dragón volvió a hablar para dejar clara una advertencia.

- Sólo una cosa más. No causare daño a ninguna de las criaturas que se encuentran en el interior de esta montaña, pero sólo por esta vez. Si alguno de ellos osa cruzarse en mi camino y enfrentarse a mí, no me contendré, los aplastaré y reduciré sus cuerpos a cenizas.

Sabía que aquella amenaza se cumpliría, el dragón era orgulloso y ya era suficientemente inverosímil que les estuviera perdonando la vida en ese momento, sin duda existía algún motivo que a la chica se le escapaba, pero no era momento para investigarlo, su mente era una jauría de pensamientos cruzados que se negaban a permanecer callados.

Iriel hubiera preferido desaparecer de la escena sin tener que vérselas con el enano, quien no iba a permitirle tomar una decisión como aquella, desaparecer sin dejar huella y sin ofrecer explicaciones.

Como si aquel temor se hubiera manifestado en voz alta, el enano comenzó a despertar de su sueño envenenado. El dragón percibió los incipientes movimientos de su cuerpo, fruto de su lento despertar, aunque sabía que su consciencia tardaría unos minutos en adaptarse de nuevo a la realidad. Agachó la cabeza hacia la chica, y mostrando sus colmillos susurró una última advertencia a fin de que el enano no la escuchara.

- Eso significa que si, fruto del delirio o de una falsa heroicidad, el enano decidiera venir a liberarte, nuestra tregua se rompería, y ya sabes el funesto desenlace que le aguardaría a él y cualquiera que osara acompañarle.

Thorin abrió los ojos y el dolor de todas las fracturas y heridas que su castigado cuerpo soportaba despertaron a la vez que él. Contuvo un gemido de dolor. Intentó arrancarse la lanza del hombro, pero se había clavado en la roca a tanta profundidad que no consiguió que cediera, sólo incrementó su dolor por hurgar en la herida. Desestimó volver a intentarlo por el momento, y entonces su visión borrosa comenzó a adquirir nitidez, mostrándole una escena que le congeló la sangre. Iriel estaba de pie, a escasos centímetros del dragón.

Gritó su nombre en las entrañas de la montaña. Iriel se estremeció. Ella aceptaba la decisión y el precio que conllevaba, pero no podía pretender que el enano hiciera lo mismo. ¿Cómo convencerle de que la dejara marchar sin remordimientos, cuando sabía que la razón de la decisión era precisamente el amor que le profesaba? Era consciente de que el enano no iba a abandonar la idea de intentar rescatarla y eso provocaría que su sacrificio no tuviera ningún sentido.

A menos que….

A menos que le hiciera creer que no quería ser rescatada.

De nuevo las palabras de aquella anciana esclarecieron sus dudas dándole una solución al problema. Una dolorosa solución.

Soledad, traición y abandono
Muerte, sangre y olvido

Esa era la clave: traición y abandono.

Debía alejarse por completo de él haciéndole creer que le traicionaba a su suerte, de este modo no habría motivo alguno para que el enano se aferrara a ella.

Tenía que hacerle daño, mucho daño. Tenía que hacer trizas ese corazón de guerrero que tanto deseaba sentir junto a su pecho. Ella tenía que destrozar su corazón para evitar que el dragón destrozara su cuerpo. No sabía si sería capaz de engañarlo pero debía intentarlo para que su sacrificio tuviera sentido.

Dio media vuelta para mirar por última vez al enano. Admiró esos ojos azules que tanto dolor, preocupaciones, deseo, serenidad y seguridad le habían proporcionado cuando se perdía en ellos. Recordó todas las veces que el enano le había desnudado el alma con ellos, creyendo no ser capaz de ocultarle nada bajo aquella profunda mirada. Miró sus labios, ahora cubiertos de sangre por los numerosos golpes que había sufrido peleando. Recordó su calidez, su incomparable sabor, su suavidad y una parte de su alma se rompió cuando se dio cuenta de que no iba volver a probarlos nunca más. Observó sus encanecidos cabellos, aquella melena que había soportado el azote del tiempo y de las tormentas, pero que seguía conservando su atractivo encanto. Se vio a sí misma acariciando esos cabellos cuando el enano se recostaba sobre su regazo o cuando la abrazaba con la calidez de sus brazos. Pensó en su cuerpo, en sus robustos pero acogedores músculos, en todas las veces que sus brazos la habían rodeado o sus manos la habían guiado, en todas las caricias que había disfrutado su piel y se recordó a sí misma que ya nunca más volverían. Con cada detalle que recordaba junto al enano sentía que su cuerpo se debilitaba, que el dolor se hacía tan fuerte que le impedía respirar, que la fuerza la abandonaba amenazando con hacerle perder el sentido. Aun a pesar de este inmenso dolor quería absorber cada detalle, cada recuerdo que poseía, como el más preciado tesoro de la Tierra Media. Los dolorosos y dulces recuerdos del enano serían lo único que la acompañaría el resto de su vida.

Cuando empezó a arrepentirse de su decisión a causa del insoportable dolor que latía en su pecho, su mente tomó el control de la situación y una simple idea le infundió toda la fuerza que necesitaba para seguir adelante. Una verdad inexorable.

Esta es la única forma de mantenerle con vida.

Eso fue todo lo que necesitó para volver a mirar a Smaug el Terrible, aquel espectacular y temible dragón que la juzgaba con sus ojos rasgados. Tragó saliva y comenzó a hablar de espaldas al enano, recuperando una fuerza desconocida conforme sus envenenadas palabras salían de sus labios.

- Parece que ha llegado el momento de ser sinceros. Esta farsa ya ha durado demasiado. Tenías razón en cuanto a los cazarrecompensas. Nuestras acciones siempre son movidas por la recompensa que podemos conseguir a nuestro alcance. Me embarqué en la misión que me propuso Gandalf con la esperanza de conseguir una parte de este tesoro. Sin embargo conforme avanzó esta aventura descubrí la forma en la que me mirabas y supe que podía obtener algo más si jugaba las cartas adecuadas. No me conformaría con una parte del botín, pues podía hacerme con el control de todo este lugar. Podía convertirme en la mismísima Reina Bajo la Montaña. Para ello, sólo tenía que seducirte, tarea que ha resultado bastante sencilla.

Thorin, que al descubrir a su amada en peligro, había retomado sus intentos de arrancar la lanza que le mantenía prisionero en las paredes de su fortaleza, detuvo sus esfuerzos para mirar a la joven. Su gesto se tornó serio.

- ¿Pero qué dices? ¿Las heridas de tu cuerpo han demenciado tu juicio? ¿A qué viene esta sarta de estupideces?

Iriel rió con la risa más cruel que fue capaz de emitir. La risa más cruel y dolorosa que había pronunciado nunca. Sin embargo la convicción de estar haciendo lo correcto para protegerle incrementó sus fuerzas aún más, tanto que se atrevió a darse la vuelta para mirar al enano.

- Pobre rey enano, engañado por las palabras de una mujer aventurera. Los sentimientos resultan fáciles de fingir y más cuando se manipula lo suficiente un corazón atormentado. Creí que podría acabar enamorándome de ti poco a poco, pero no he sido capaz de amar a alguien como .

Thorin la miraba sin dar crédito a sus palabras. No creía que todos los momentos compartidos junto a ella hubieran sido una mentira. No quería creerlo. Aquellos gestos, aquellas miradas, aquellas palabras, no habían podido ser todas falsas, nadie era capaz de fingir tan profundamente un sentimiento. Algo le pasaba a su amada, alguien la había hechizado u obligado a decir esto. Aquello tenía que ser sólo una pesadilla, una horrible y despiadada pesadilla.

Iriel se dio cuenta de que su farsa no estaba dando resultado, tenía que ser mucho más contundente, tenía que ser mucho más cruel. Sabía perfectamente qué es lo que más le dolería al enano, pero se negaba a caer tan bajo. Thorin la miró con ojos suplicantes, llenos de un amor tan profundo como nunca habían visto esas paredes de roca.

- Iriel por favor, recupera el juicio.

- ¿Por qué te cuesta tanto creer lo que te estoy diciendo? – dijo Iriel con una mirada enfadada, estaba intentando engañarlo con todas sus fuerzas, a costa de partirse ella misma el corazón y no parecía ser suficiente.

- ¡Porque me niego a creer que no me quieras ni una ínfima parte de lo que yo te amo!

Lo había dicho.

Por fin lo había dicho.

Sus labios acababan de pronunciar por primera vez que la amaba.

Aquel grito estuvo a punto de derrumbarla por completo, de hacer añicos por completo la coraza con la que estaba intentando protegerse. Pero entonces sacó coraje de donde no lo tenía y decidió caer tan bajo como fuera necesario.

- ¿Y cómo podría amar a un exiliado? ¿A un rey tan patético que ni siquiera ha logrado hacer frente al dragón que se lo arrebató todo a su pueblo y le obligó a sucumbir a una vida de peregrinaje? ¿Cómo podría a amar a alguien como ?

Aquellas acusaciones le destruyeron por completo. Toda la culpa que le había perseguido durante toda su vida le consumió más profundamente que nunca. Todo el peso que había cargado sobre sus espaldas tanto tiempo lo aplastó más fuerte que ninguna vez. Todo lo que se había reprochado a sí mismo durante tantos años estaba atormentándolo de nuevo. Era cierto, por más que se había esforzado durante su vida no había conseguido nada más que decepciones. Le había fallado a su abuelo, a su padre, a su hermana, a sus sobrinos, a sus antepasados, a Durin, a su pueblo. Y tampoco había sido capaz de ser suficiente para la mujer a la que amaba con tal intensidad cuya su ausencia le dolería más que las llamas de cualquier dragón. El dolor comenzó a nublarle la vista.

Iriel vio cómo sus palabras habían tenido el efecto deseado. Su corazón comenzó a sangrar atravesado por cientos de espinas que ella misma se había clavado. A pesar de ello mantuvo su frío gesto y concluyó las últimas palabras que pensaba decirle.

- Me marcho, por fin he encontrado a alguien que puede ofrecerme todo lo que yo deseo. Smaug cuidará de mí.

Volvió a dirigirse hacia el dragón. Smaug, satisfecho, estiró sus alas y comenzó a batirlas provocando ráfagas huracanadas. Comenzó a respirar profundamente, desprendiendo un humo negro por su nariz. Hacía tiempo que no volaba fuera de esa fortaleza. Smaug extendió una de sus poderosas garras, invitando a la muchacha a subir en ella para el viaje. Iriel caminó hacia ella pero la silueta derrotada de Thorin a su espalda la taladraba. Se rindió para dedicarle unas últimas palabras de alivio, se merecía al menos eso.

- Te deseo una vida tranquila, sin grandes proezas, lejos de mí. Agradécele a Smaug que puedas recuperar tu antigua ciudad. Al menos reinarás en Érebor hasta tus últimos días, como siempre habías deseado. Adiós… Thorin.

A pesar de que había sido la empresa que le había llevado toda la vida, no creyó que en aquel momento la recuperación del reino de Érebor fuera consuelo suficiente para él. Al menos con el tiempo el dolor se iría desvaneciendo. Esperaba que al menos pudiera disfrutar del abrigo de su antiguo reino, que la Montaña Solitaria volviera a ocupar todos sus pensamientos como había hecho antaño, esta vez para gobernarla con nobleza, como estaba segura que haría, aunque ella no podría verlo.

Intentó aliviar su sufrimiento de la única forma que sabía. La música siempre había sido un alivio para el alma. Cerró los ojos por un momento y elevó su voz, confiando en que sus palabras ayudaran a cubrir poco a poco las cicatrices de ambos. Sería su amarga despedida, pero era lo único que le podía ofrecer.

Un futuro que no existe
llego la hora de decirte que
nada de esto es real
por eso nada se puede hacer
solo espero que cuando te diga lo que siento
puedas perdonar

Volvió a abrir los ojos y se aproximó hacia la garra del dragón. Puso su pierna derecha sobre sus duras escamas.

Hace tiempo ya
se esfumó la magia entre los dos
y se acabó
Y cada noche al ponerse el sol
soy más consciente de nuestro error
hay que poner fin a esta función

El dragón hizo caso omiso de esta triste melodía y empezó a batir sus alas con más fuerza. Iriel se subió encima de su garra y volvió a mirar a Thorin, elevando su mensaje entre el poderoso huracán que el dragón estaba generando.

Tan falsos los momentos que compartimos
queriendo huir de la soledad
son los besos y las caricias que ya
no volverán

Tal falsa por decirte que lo eras todo
y no podía vivir sin ti
sin querer admitir el miedo
que tengo a la soledad

Smaug comenzó a correr y se elevó con majestuosidad hacia la entrada de la fortaleza. Iriel le dedicó sus últimas palabras surcando el aire, más bien como un susurro que como una melodía.

Tan falsos los abrazos que compartimos
haciendo ver que todo iba bien
son los besos y las caricias que ya
no volverán

Mientras traspasaba la gigantesca y abrumadora Puerta Principal le pareció escuchar un grito procedente de la fortaleza.

Era su nombre.

Thorin estaba gritando su nombre desgarradoramente por última vez.

No pudo soportarlo más y se abrazó a las duras escamas del dragón, derramando lágrimas de sangre sobre ellas.


Comentario:

La canción final corresponde a una adaptación de la canción Nanchatte Renai de Morning Musume.

Esta es la versión entera en español que hicieron un grupo de amigas ^^, espero que os guste, porque a mi me parece preciosa.

https vimeo com /77882331 (el video no es una gran maravilla XD pero es lo más que soy capaz de hacer con el movie maker nuevo)