Capitulo 7

Corría presto hacia la entrada de la base, con Plusle entre sus brazos a punto de desvanecerse, al igual que el naranja del cielo. Google la seguía por el lado. Podía adelantarse, pero prefería no hacerlo, haría que se sintiera mal con ella misma. Finalmente, llegada a las puertas de cristal que se abrían solas, se paró. Ana, como siempre, exclamaba su llegada, y Julio se giraba.

-¿¡Y ahora qué pasa!? ¿¡Te falta el aire!?
-Sí...- Exhaló con la contestación. -Plusle está en muy mal estado... Estuvo demasiado tiempo respirando la polución de las alcantarillas...
-Oh... Madre...

Salió de su puesto y le quitó a Plusle. Posó la palma de su mano en su ardiente frente, lo que hizo que su preocupación fuera mayor.

-Madre mía, madre mía, ¡madre mía, que se va a morir, que se va a morir, ay, ay, ay, ay, ay, ay...!
-¡Calma, calma, calma!- Alzaba Gionna su voz con ímpetu, mostrándose también al borde del pánico. -Nervios es lo último que necesitamos, lo que necesitamos es una solución al problema.- Automáticamente, supo con qué remediar el envenenamiento de Plusle. -Conozco una baya que neutraliza la ruibarxina del cuerpo, lo único que no se si habrá algún árbol que de ese fruto o lo venderán por ahí...
-¡Hay una frutería abajo, a la segunda calle de la izquierda!-Indicaba tensa
-¡Vale, ahora vengo!

Ni siquiera esperó a Google, ni se quitó la máscara, pese a los escozores de la herida que le hizo Lol. Siguiendo las indicaciones que le dio la operadora, se encontró de enseguida con la tienda, ayudada se sus cansados pero potenciados pies.

En cuanto vio que el dueño estaba cerrando la tienda, se apresuró más, y gritaba que esperara. Al parar enfrente suyo, el señor mayor le comunicaba el cierre.

-Lo siento, la tienda ya está cerrada... Ugh. ¿Hay alguna fuga de gas por aquí?
-¿Eh? No...- Se olvidó de que tenía una máscara en la cara. -Eh... Qué iba a decir... ¡Ah, sí! No cierre aún... Necesito con urgencia una cosa...

El frutero le argumentaba que el horario era el horario, y que a esta hora a la tienda le tocaba cerrarse. Cansada de tanto pedir favores, dijo finalmente lo que le pasaba.

-Tengo un Plusle muy enfermo...
-Oh... Vaya. ¿Y no podías ir antes?
-¡No! Se enfermó mientras estaba limpiando la red de aguas de Koffings.
Miró las ropas de Gionna. Con eso se le aclaró las dudas.
-¿Tienes bayas meloc? Es una fruta con forma de corazón...

La fortuna le sonreía. El hombre tenía una caja entera de lo que buscaba.
Pidió cinco unidades de la baya, y el hombre se las dio sin hacerla pagar nada; tenía compasión por los pokémon enfermos, y pedirle dinero a cambio le parecía un atraco.

Echó otra vez a correr, de vuelta a la base. Todo y que pudo encontrar las bayas, alguien se entrometía en su camino.
-¡Eh, Gionna!- Era ella. Aquella devoradora de ofertas de moda, aquel extravagante personaje.
-¡Ahora no, tengo prisa!- No tenía tiempo para que le diera otra montaña de ropa y se la hiciera probar, por lo que hizo que la ignorara.

Miraba como corría, mientras, el pálido y sudoroso bandido llegaba a su lado.
-No me digas que tú intentas hacerte amiga de esta, por favor...
-Pues sí. ¿Algún problema?
-Que está como una chota. ¡Casi me mata esa tía!
-Oh, venga ya, si parece tranquila...

Su hermano no se lo creía. Ella le chantajeó, a muerte, para que cantara, indiferente a las consecuencias. -La pobre... No sabe qué hacer. La han engañado y metido en este lío...

-¿En serio? Mira que llegan a ser ratas esos rangers.- Esa noticia le dieron unas risas terapéuticas. Aina siguió explicando los planes que tiene para ella, simplemente para que lo supiera.

-Tengo que ganarme su confianza, para que pueda darle el valor de pirarse de Floresta. O de unirse a nosotros...
-Uy... Pues va a ser muy complicado... Se parece a esos dos tíos molestos...

Tenía razón. Recordó que dijo que le gustaba ayudar mientras fuera una buena causa. El cometido de su banda era sentarse encima de sus enemigos rangers, y eso ayudar no era.

No la convencería de nada, al no ser que la engañase y le dijera que es otra cosa, no obstante, parecía que, por lo que le contó Emilio, ya vio lo que realmente era. Solo podía hacer que dejara su trabajo.

Mientras pensaba como lograr ese objetivo, Gionna ya entró en la base con la medicina para Plusle, no sin antes quitarse la máscara. Al ver la mejoría reflejada en su rostro tras comerse la baya Meloc, supuso que por la mañana ya estaría recuperada del todo.

Después de atenderla, se dirigió hacia Julio, que la había preguntado anteriormente por la misión. Le explicó todo lo sucedido ahí dentro. Los verdaderos causantes, quién iba al mando, los fallecidos que habían, el estado de los pokémon que habitaban ahí... Cuando dijo que se enfrentó al chico del bombo, Julio la detuvo.

-¿¡Te has enfrentado a uno que controlaba a los pokémon con el bombo!?
-Exacto. Por la ropa que llevaba diría que es alguien que ocupa un puesto muy alto en el equipo. Oh, pero espera, hay más. Resulta que le hice soltar algo muy relevante... Me dijo que todo ese envenenamiento masivo era solo una maniobra de distracción, para poder capturar a un pokémon legendario.

Julio se quedó pensando, buscando en su memoria la leyenda más cercana a Otonia por donde aparecieran pokémon legendarios. Dio con una, por dónde hablaba sobre un pokémon de estatura humana cubierto por una armadura de duro metal desconocido para la tabla periódica. Su localización era en las profundidades de la Cueva Unión según decían. Temía que el gran pokémon cayera en manos de aquellos bellacos, por lo que se puso instantáneamente a la acción.

Preguntó a Ariadna, de la cual, accedió sin discrepancias. Cuando se trataba de esa panda de bellacos ella iba con mucho gusto. En cuanto a Gionna, le tocaba descansar. Le estaba permitido estirar sus piernas y hacerse un masaje en los pies, pero no volver a Villavera, debido a la actividad que se estaba llevando a cabo en el único camino de vuelta.

Empezaba a notar que las tripas le demandaban comer. Intentó acallar su hambre con el silencio, pero sonaba a oídos de Ana y Julio. Se compadecieron de ella y le dieron un ticket que le permitía cenar gratis en un restaurante, en compensación por su duro trabajo. Fue al restaurante indicado, a darse un banquete digno de una heroína. Al llegar al restaurante, sacó de nuevo a Kyumbreon, que se estaba aburriendo dentro.

-¡Ah, aire nocturno! Ya era hora de que demandaras mi consejo. ¿Qué te urge?
-Súbete en la silla de delante, tenemos que hablar.

No tuvo reparos en dar un brinco y asentarse en el asiento. Habló sobre los planes que tenía en mente. Sobre unirse a ellos, ayudarlos en cuanto consideraría necesario, aunque para ella aún era pronto para decidir. El felino, como de costumbre, estaba en contra. Implicaría no tener su vicio. Después de que ambos pidieran lo que le apetecían ahora, apareció de nuevo la plasta, por su espalda, dándole un susto que escandalizó a la gente de su alrededor. Gionna se giró a ver la cara de Aina, con el entrecejo arrugado.

-Y pensar que pasaba de largo... ¡Nooooo, la chica esa tenía que asustarla por la espalda! Menos mal que no hemos empezado a cenar...
-Uy... ¿Puedo sentarme?
Ambos a unisono respondieron con una respuesta diferente, y empezaron a discutir.
-Te he dicho antes que esa humana del inframundo transmite muy malas vibraciones.
-¡Pero por una vez que se me acerca alguien...!
-Recuerda que te tiró al vestuario... Te hizo comprar más ropa de lo planeado... ¡Que te quiere volver consumista!
-... Los rencores son malos. Fin de la historia.

Kyumbreon bajó la cabeza, y las orejas, para pensar en voz baja que va a acabar mal. Mientras, Aina se iba asentando. Aina intentaba congeniar con ella, hablando de sus temas favoritos, mientras ella mostraba cada vez más desinterés.

No le interesaba lo que hiciera Alexander Strigas, ni lo que hicieran en televisión, ni las modas que se contagiaran por ahí... Rezaba por que la cena llegara pronto, mientras abría su boca aspirando aire como una leona y apoyaba la cabeza en su mano.

-¡Jo! ¿Pero qué te gusta a ti?- La preguntaba irritada por su actitud. Había cerrado sus ojos, por el aburrimiento. Dicho los temas que le gustaba tratar, como la situación del mundo y los defectos que tiene esa sociedad la etiquetó con el adjetivo de aburrida.

-Pues anda que tú... Solo sabes hablar de cosas banales.- Decía mientras bostezaba. Tan pronto como pronunció estas palabras, Aina se levantó y con violencia, la violinista empezó a gritarle. La gente la miraba con extrañeza y miedo ante la adolescente de catorce años.

Notadas las miradas indiscretas, se sonrojó de la vergüenza que le proporcionaron, y se volvió a sentar, riéndose falsamente para asimilar su atacada autoestima. Gionna empezaba ya a mirarla con hostilidad, como si quisiera que ya se marche.

El camarero ya venía con los platos pedidos. Para Gionna, una ensalada de queso de cabra, y para Kyumbreon, un gran filete de lenguado. Aina asomó la vista al plato de la enrabiada chica.

-¿Sólo te vas a comer eso? ¿No podrías haber pedido un buen filete de ternera?
-Soy vegetariana...- Iba pinchando la rúcula y mojándola en la salsa de arándanos para llevársela a la boca.
-¿Y aún vives?- Le era incomprensible que una que se niegue a comer carne y pescado tenga un aspecto tan saludable. Era un poco delgada, pero plana no era. Todo parecía normal menos la mano derecha, quemada por la electricidad del aparato.
-Se cuida mucho con la alimentación. Oh, por cierto, los filetes de ternera no son de ternera, son de Tauros. Y dicho esto espero que nos tengas repugnancia y nos dejes en paz de una vez por todas.- Dijo ya harto de ella, e hincó el diente al lenguado.

Aina falló en su segunda oportunidad de hacerse amiga suya, y abandonó su objetivo para otro momento, dejando que cenaran tranquilos. A parte, lo que le dijo ese maldito felino le dejó un poco perpleja, aunque le era igual, no le importaba de qué estaba hecho.

Finalizada la exquisita cena, y enseñado el ticket, se fueron al puerto. El sonido de las olas no descansaban ni por la noche. Gionna se agachó para que el agua salada pudiera mojar la mano roja.

Escocía, pero creía que avanzaría la cura. Mientras, Kyumbreon miraba la gorda luna que resaltaba en el cielo. "Luna llena... Seguro que mi dios estará torturando a los espíritus de aquellos científicos que me utilizaron como cobaya.", pensaba. Después de sumergir la mano, agarró un poco de agua para echársela en la raspada.

-Agh... Escuece...- Se quejaba ella. Mientras Kyumbreon miraba la luna, él reflexionaba sobre los sucesos del mediodía a la tarde. Al final, decidió que, por el bien de su estabilidad emocional, tenía que comunicar su opinión por segunda vez.

-En serio... Hay que dejar a estas personas llamadas rangers de lado. De lo contrario, abriremos la caja de Pandora de los recuerdos. Y no quieres que pase eso, ¿verdad que no?

Gionna volvió a mirar el agua negra. Reconsideraba de nuevo sus planes. Estaba entre coger las maletas y buscar por otro destino, o quedarse y estorbar a aquellos bandidos. Pero antes tenía que comunicarle una cosa...

-Kyu... Estoy harta de haceros luchar.
-No discutamos más... Sabes que si no fuera por el hecho de aprender la facultad de utilizar a los pokémon para tu propia defensa y ofensiva no habrías aplacado la ira de la gran bestia.

Al fin, los argumentos que no encontró para mantener su postura ante los pensamientos de su entrenadora, los halló en ese momento. El recuerdo que mencionó su Umbreon le hizo revivir desagradables imágenes del pasado. Logró apartarlas y seguir su discurso.

-Ya te dije que me dieron una alternativa a la violencia.
-Ya... Un arma de doble filo... No es mejor que utilizarnos. Al menos tú sales ilesa.
-Pero el que está fuera de sí también. Y si lo daño antes, ya se cura. Mejor para el pokémon...

El chacal no toleraba que estuviera cambiando de pensar. Probablemente soltaría a todos sus compañeros, después de haber estado juntos en toda su pre-adolescencia, ya que no los necesitaría.

Si su manejo de la máquina era mejor no requeriría ayuda alguna, y, según lo que le explicó durante la cena, todos los pokémon que ella interactuaba con el capturador los seguía y la obedecían, y podía liberarlos cuando quisiera. Ya no tendría que limitarse a lo que tenía. Con ello podía obtener más cosas, y mejor.

-Pero, sí, el aparato tiene sus pegas. Pegas muy grandes. Como me haga una quemadura de tercer grado tendrán que cortarme la mano, o hacerme un trasplante de piel.
-Por eso mismo. Si empiezas a ser como ellos, no podrás dibujar. Sacrificarás tu mayor virtud, ¿y para qué? ¿Para sacar la corrupción a un solo ser? Es un precio muy alto para poca cosa.

Logró sacarle la idea de unirse definitivamente a los rangers, dejándola otra vez sin saber qué hacer por esta región. Se quedaron un rato a escuchar el azote de las olas y contemplar a la hija de su propio planeta.

Volvieron al hotel provisional que les ofreció Julio. Las luces aún estaban encendidas, a la espera de algún apurado ciudadano, pero la única que atendía se había quedado sobando en la barra, y la enferma también decidió empezar sus horas de sueño. Hasta Google, que le esperaba, se durmió en el suelo. Con pasos sigilosos, por no estorbar el sueño del resto, se fue a la habitación que le tocaba para cerrar otro exhaustivo día más.