Ante todo quería disculparme un poco por mi rayada mental de la anterior actualización. La verdad es que llevaba un tiempo agobiada y desanimada con esto, pero en cuanto escribí todo ese rollo, creo que me liberé un poco y empecé a sentirme mejor. Quería daros las gracias a todas por los mensajes de ánimo :) la verdad es que me sirvieron un montón, ¡sois geniales! ^^
daya20: me alegra que hayas vuelto :D. Ya os advertí que prepararais vuestro corazoncito para ese par de capítulos (risa malvada XD). Bueno, siempre surgen dificultades en las parejas, eso es lo que hace que las finales felices sean tan mágicos.
i-am-not-a-man: muchísimas gracias por tus ánimos ^^. Siento haber destrozado tu corazón leyendo el segundo capítulo, como bien dices, no es el final, aun quedan muchas cosas por resolver, especialmente entre los dos tortolitos. ¿Quién dijo que el amor era fácil?
HainesHouse: con el lío que tienes encima xD no me extraña que de vez en cuando se te pase lo de los comentarios, tranqui que no me enfado ni mucho menos ;). No te lo conté por no rayarte xDDDD además ya se me ha pasado ;). Hombre sin acabar (como Nana) no la habría dejado xDDD lo que pasa es que a lo mejor habría suprimido cosas que quería contar, pero bueno tranqui xD que vuelvo al plan inicial. Jajaja la ostia de Iriel a Thorin iba expresamente dedicada a ti XD sabía que te gustaría jajaja.
Pobre Thorin, la verdad es que lo he dejado hecho polvo ^^U me siento un poco mal...
Me alegro que te gustara la canción :)
Ánimo con el final de la tesis ^^ espero que te guste este nuevo capítulo y te sirva para distraerte un poco.
Erinia Aelia: Thorin estaba flipándolo demasiado con la pelea de las féminas como para decirle nada a Iriel xD. Juas, sobre lo de empezar la pelea interrumpiendo a Smaug lo hice porque es verdad que sería lo lógico en la vida real y en el cine nunca se hace. Recuerdo varias clases con el profesor de mi grupo de teatro en las que teníamos escenas similares y siempre nos decía "¿pero no veis que no tiene sentido que el malo se quede quieto mientras los demás están hablando?"
Me alegro de que te gustara la pelea :D no soy muy buena imaginando coreografías xD y me costó un poquillo porque quería darle a Iriel la lucha que se merecía.
xD Me parece genial que tu música sincronizara tan bien con el capítulo, me imagino tu cara leyéndolo con la música de fondo y viendo los cambios de ritmo. xD Mi teoría se reafirma eh? la vida viene con BSO incluida :P
Cierto, Smaug ha conseguido con creces lo que el elfo no pudo. Te aseguro que ha disfrutado viendo como la chica destrozaba al enano más de lo que lo habría hecho Thranduil. La verdad es que Smaug como personaje oscuro da bastante juego ehh, lo que pasa es que creo que ya está muy explotado en la mayoría de los fics, así que tampoco quería repetirme mucho.
Muchas gracias por tu apoyo :) aquí seguiremos capítulo a capítulo, aunque a veces os haga sufrir con estos dos, yo tampoco deseo que acaben separados (aunque a veces os lo parezca ^^U)
Alva Midgardian girl: Al final decidí alargar un poco ciertas cosas, así que a esta historia aún le quedan ciertas aventuras. Sé que fui bastante cruel, pero era necesario. No pierdas la esperanza de que los dos tengan su final feliz ^^ nunca se sabe lo enredados que pueden llegar a ser los caprichos del amor.
Lynlia: muchísimas gracias por tu mensaje de apoyo. La verdad es que tienes toda la razón. Empiezas escribiendo por ti misma y cuando recibes un poco de reconocimiento, desvias el propósito inicial y te alimentas de esto, y eso es un gran error. Es cierto que el número de visitas o comentarios no miden la calidad de una obra, y además el propósito de esta web es precisamente compartir la afición por la escritura y la lectura, no? asi que es mejor intentar desvincularse de eso y seguir escribiendo porque el simple hecho de que te apetece hacerlo ^^
Nuan: jejeje los publiqué juntos para que los pudierais leer a la vez :)
Sí, a veces hay que tomar decisiones muy difíciles, con en convencimiento de que a la larga será lo correcto. Bueno, mi consejo es que no pierdas la esperanza y nunca dejes de creer en los finales felices (momento "Once Upon a Time" on xDD)
** Por cierto, hace tiempo alguien me pidió si podía mostraros alguna imagen de Iriel, así que como me emociono enseguida con estas pijadillas, se me ha ocurrido hacer un vídeo con imágenes de ella. Las tres primeras imágenes las creé yo con una de estas webs para hacer avatares cuando empecé a escribir la historia, así que es bastante fiel a como yo la imagino. El resto son imágenes googleadas de chicas que me recuerdan a ella. También he metido alguna imagen sobre la referencia que usé para inventar la vara con la que lucha.
Y para completar el video (ya que al resto de personajes de la historia los conocéis de sobra) he decidido poner imágenes de la forma humana de Smaug, para mostraros con exactitud cómo me la imagino.
Os aconsejo que esperéis al final del capítulo para ver el vídeo, ya que hay cierto spoiler que no querría chafaros :P
vimeo . com 79335491
Y ya por fin, os dejo la continuación de la historia, me he retrasado un poquito porque he estado varios días de viaje.
^^U Como siempre he vuelto a explayarme demasiado... xD definitivamente soy incapaz de hacer capítulos cortos...
¡Espero que os guste! :)
PD: Por cierto xD ¿qué ha pasado que nos ha dado a casi todos por actualizar las historias a la vez? ¿Hay luna llena o algo? xDDDDD
CAPÍTULO 31: EL CORAJE DE UN HOBBIT
Elrond se encontraba inmerso en la lectura de un libro de poemas de diversa índole que versaba desde elegías por héroes caídos a romances idílicos entre mortales, una de sus reliquias favoritas de la Segunda Edad, cuando un sonido estremecedor perturbó la paz del valle de Imladris. Un relincho agónico procedente de las cuadras. El animal se encontraba inquieto y por ello gritaba al cielo en el único idioma que conocía. Tras revolucionar al resto de los animales que descansaban en aquel lugar, decidió apartarse de ellos y desapareció a galope dejando una estela blanca a su paso, antes de que los elfos encargados del cuidado de los caballos pudieran intervenir. Elrond cerró el libro mientras un escalofrío le recorría la espalda. Él también había tenido un mal presentimiento, como si un demonio dormido hubiera despertado de su letargo. Ciertamente, el elfo no andaba muy desencaminado.
Bilbo se despertó con un dolor punzante en el hombro. Despertó sobresaltándose, sin recordar que se hallaba en un terreno inestable y pequeño, agarrado a la polea que pendía de aquel abismo, por lo habría caído en él si sus pies no se hubieran enredado en la sirga de metal. Con la sensación de estar al borde de la muerte, Bilbo espabiló por completo y con sorprendente agilidad se las apañó para recuperar una posición segura. De golpe recordó cómo había llegado allí. Su entrada en la sala del tesoro, su desafortunada conversación con el dragón y su huida desesperada. ¿Seguiría Smaug buscándole o habría ido a descargar su furia con los enanos?
Se puso en pie y agarró la cuerda con ambas manos. No confiaba en que su mensaje hubiera llegado a su destino, así que tenía que asegurarse de que sus compañeros estuvieran bien y alejarse todo lo que pudiera de aquella bestia. Comenzó a trepar por la cuerda pues le pareció vislumbrar una entrada unos metros más arriba. Tal y como había predicho, allí se encontraba una pequeña abertura por la que podía pasar. Parecía más bien un túnel de carga donde probablemente los enanos depositaban los minerales y joyas que extraían de las minas en cada jornada. Se arrastró por él hasta que llegó al final del camino. Parecía un almacén aunque ahora sólo quedarán restos amontonados y polvorientos de herramientas y carros de madera. Salió de la habitación hasta llegar a una gran sala circular. En el centro de ella unas escaleras comunicaban la estancia con un nivel inferior. Bilbo caminó de puntillas por la sala, inspeccionando cada rincón con nerviosismo para asegurarse de que el dragón no emergía de ellos, aunque dado su colosal tamaño era altamente improbable que se acercara a él sin que sus pasos le delataran primero. Aun con este razonamiento, Bilbo no quería correr riesgos, así que volvió a introducirse el anillo para ocultar su presencia.
Cuando estaba a punto de abandonar la sala, escuchó un murmullo proveniente del interior de las escaleras. Parecían quejidos. Se acercó un poco más para intentar identificar el sonido. Entre gruñidos identificó algunas voces.
- ¡Bombur! ¡Quita tu enorme culo de mi pierna! ¡No puedo moverme!
- ¿Quién está clavando su codo en mi espalda?
Bilbo suspiró aliviado al escuchar la voz de los enanos, se quitó el anillo y bajó a toda prisa por las escaleras para encontrarse con ellos.
El hobbit atravesó el corredor dejando a los lados las jaulas vacías y corrió hacia el extremo final donde parecía que se encontraban sus compañeros. Vislumbró la insólita escena.
Los enanos se encontraban atrapados en una prisión enorme con intrincados barrotes recubiertos con cadenas y espinas. Parte del techo de la mazmorra se había desprendido y enormes fragmentos de piedra habían caído sobre ellos. Algunos se encontraban ilesos, otros habían sufrido contusiones y alguna fractura a causa de ellos y otros todavía se encontraban atrapados con fragmentos de roca que inmovilizaban sus movimientos. Fíli y Dwalin intentaban mover las rocas para liberar a sus compañeros, y Kíli, a falta de arco, había improvisado un lazo con los cinturones de varios y lo arrojaba entre los barrotes, sin mucho éxito, para intentar alcanzar la palanca que controlaba la puerta de la celda.
El alivio y una inmensa alegría se dibujaron en sus rostros al ver al mediano, tanto que la emoción y la urgencia del momento les hicieron balbucear las órdenes que pretendían darle. Sin embargo sus gestos y la situación le hicieron comprender inmediatamente a Bilbo su cometido, debía alcanzar la palanca para liberarles.
No fue una tarea tan sencilla para alguien de su tamaño, ya que tuvo que saltar varias veces hasta alcanzar el artilugio y hacer fuerza con todo su peso para que el mecanismo cediera. Los engranajes empezaron a moverse y aquellas puertas diseñadas para encarcelar asesinos se elevaron de nuevo, dejándolos en libertad. Kíli y Fíli salieron propulsados de allí, tenían que encontrar a su tío antes de que fuera demasiado tarde. Dwalin también salió para acompañarles y el resto se quedaron para liberar a los que todavía seguían atrapados entre los escombros y para atender a los que habían tenido peor suerte con los desprendimientos.
Recorrieron los grandes pasillos de la fortaleza de Erebor y gritaron su nombre en las profundidades de la montaña. Dwalin exploraba el terreno con los cinco sentidos mientras corría con toda la velocidad que les permitían sus piernas. No había rastro de su compañero, pero tampoco del dragón, aquello no podía augurar nada bueno.
Bilbo reconoció algunos de los lugares que había atravesado para esconderse de la bestia. También encontró los restos que había dejado su sangre tras huir herido y calmó los ánimos de sus compañeros al revelarles que la sangre era suya y no del guerrero que estaban buscando.
Decidieron dividirse para encontrarlo, concretando una señal para avisar al resto si hallaban su paradero. El ulular de una lechuza de campo sería el sonido que les reuniría. Dwalin, maza en mano, se adentró en los corredores que conducían a la sala del tesoro por la que habían entrado. Fíli y Kíli se dirigieron hacia los aposentos reales, y Bilbo, ocultando su presencia gracias al anillo de poder, prosiguió su búsqueda por los pasillos que conducían a la plaza principal.
Bilbo temblaba por dentro ante la perspectiva de volver a encontrarse con el dragón, pero sabía que se había unido a esa empresa precisamente para actuar como señuelo y distraer a la bestia, y por suerte aquel anillo le proporcionaba una notable ventaja. Mientras recorría aquellos muros sentía que el corazón se le encogía en el pecho, pues había una imagen que temía mucho más que la del dragón: la visión del cuerpo inerte del rey enano, el líder de la Compañía al que admiraba con fervor y al que debía gran lealtad, pues le había salvado la vida en varias ocasiones. Por ello aceleró la marcha y sacudió su cabeza, para borrar esa idea pesimista de su mente, tenía que llegar antes de que Thorin encontrara su final entre los muros de su añorado y arrebatado reino.
Sus pasos le condujeron a los elevados pasillos que cruzaban la plaza principal. Se detuvo a mitad de camino de uno de ellos. A sus pies, en el piso de abajo, se esparcían los restos de una batalla. Columnas rotas, estatuas y estandartes quebrados, grietas en el suelo, montones de rocas, cadenas y armas partidas… y en medio de toda aquella desolación, se alzaba la figura inmóvil de un guerrero.
Bilbo sintió que se le paraba el corazón. Recorrió los alrededores fugazmente con la mirada y agudizó el oído en espera del rugido del dragón o el crujido aplastante de sus pasos, pero el silencio reinaba a su alrededor. Sin pensárselo dos veces saltó de aquel pasillo, aterrizando, con más pena que gloria, sobre montones de chatarra.
El dolor en el hombro ardió con aquel salto imprudente, pero haciendo caso omiso de él se quitó el anillo y comenzó a correr hacia Thorin.
El guerrero se encontraba de rodillas, con gesto derrotado mientras sus cabellos cubrían su rostro con elegancia. Sus brazos caían a los lados sin fuerzas, uno de ellos cubierto de sangre, formando un charco rojo a su alrededor. La punta de una lanza ensangrentada yacía a su lado.
Bilbo lo llamó, pero el enano no reaccionó ante su nombre. Quiso acercarse a él y zarandearlo, pero una extraña sensación le advirtió que era mejor no tocarle en aquel momento, pues temía que no fuera bien recibido. Observó las numerosas cicatrices que recorrían su cuerpo y los desgarros y roturas de su atuendo e imaginó la batalla a la que debía haberse sometido en soledad.
Afortunada, e inexplicablemente, seguía vivo, y no había señales de que el dragón se encontrara cerca. ¿Thorin había conseguido matarlo? ¿O acaso el dragón habría desaparecido a fin de reunir fuerzas y rematar a su víctima? El mediano se alejó unos pasos y emitió, de la forma más parecida que pudo, el canto nocturno de una lechuza. Sus compañeros no tardaron mucho en responder a su llamada, entrando en aquel lugar desde diferentes direcciones. Dwalin dibujó una gran circunferencia alrededor del enano, preparado para proteger a su líder de un ataque proveniente de cualquier ángulo.
Sus sobrinos olvidaron las precauciones y se abalanzaron sobre él, abrazando su cuerpo con fuerza, pero al ver sus heridas se apartaron a fin de no hacerle daño. Sin embargo el rey enano seguía sin reaccionar, no parecía haberse percatado de la presencia de ninguno de ellos. Kíli y Fíli se miraron preocupados y volvieron a llamarle, sin obtener respuesta.
Su cuerpo estaba allí, pero su mente y su espíritu parecían encontrarse en otro sitio. Tenía la mirada perdida y sus ojos celestes habían perdido su brillo por completo, como las turbias aguas del océano perdidas entre la inmensidad de una tormenta.
- Se ha ido – Le escucharon al fin susurrar con una voz inerte y vacía. – Se ha ido - Repetía sin cesar. Su mente era incapaz de eliminar ese pensamiento parásito que le taladraba una y otra vez, destruyendo lo poco que quedaba de su autoestima.
Los enanos creyeron que se refería a Smaug, pero Thorin no hacía alusión al dragón, sino a quien acababa de romperle el corazón.
- Está delirando, debemos curar sus heridas y dejarle descansar.
Cuando intentaron levantarlo, Thorin se desplomó sin sentido, fue el mecanismo de protección de su conciencia para evitar que su mente se escindiera en mil pedazos, pues parecía inminente que el dolor que le había causado el abandono le condujera a la locura si permanecía consciente mucho más tiempo. El rey enano era incapaz de asumir los crueles acontecimientos que había presenciado y su mente sólo estaba prolongando su tormento.
El bravo guerrero de puños de hierro cargó con él seguido de sus sobrinos. Dwalin conocía cada rincón del reino, así que decidió llevarlo a los aposentos reales, los que le correspondían por derecho. Allí Óin y Balin podrían encargarse de sus heridas y tendría un hogar digno de su ascendencia para recuperarse de todo lo sufrido. Mientras tanto montarían guardia a su alrededor por si el dragón volvía a aparecer para culminar la tarea. Más adelante, cuando el enano se hubiera recuperado, le interrogarían acerca de lo ocurrido, pero por el momento debían permanecer en vigilia.
Bilbo tenía una extraña e inquietante sensación. En lugar de sentirse feliz por haber hallado a su compañero con vida se encontraba intranquilo, envuelto por una funesta sensación de la que no conseguía deshacerse, sospechaba que algo peor que una batalla a muerte había acontecido entre aquellos muros.
El dolor de su hombro volvió a quemarle la piel y el hobbit ahogó un grito. No se encontraba en condiciones de pensar demasiado. Deambuló como pudo detrás de los enanos pues él también necesitaba ocuparse de sus heridas.
Y así se perdieron en las profundidades de la montaña, a merced de los cuidados de los sanadores del grupo, intentando aliviar el daño sufrido y preguntándose si habrían alcanzado la victoria o si aquella aventura distaba mucho de su final.
Smaug surcaba el cielo orgulloso, con una pérfida sonrisa como muestra de su victoria. Los vientos que azotaban la Montaña Solitaria no eran comparables con las gélidas tempestades del Norte donde se había criado, pero de algún modo aquel viento le reconfortaba y le traía recuerdos.
Mientras sobrevolaba las montañas sintió que el cuerpo de la chica se separaba del suyo.
En algún momento del viaje, fruto del dolor y la agonía de aquella decisión que se había visto obligada a tomar y también del deteriorado estado de su cuerpo, sus fuerzas la abandonaron por completo y de este modo perdió el sentido.
Smaug se vio obligado a frenar su avance y a descender en picado para alcanzarla antes de que el impacto contra el terreno la hiciera pedazos. La tomó entre sus garras y frenó el aterrizaje batiendo sus alas hacia el suelo, posándose entre los peligrosos desniveles que dibujaba el terreno, y una vez allí observó su cuerpo inconsciente.
El cuerpo de la chica arrastraba estragos de una batalla anterior. El dragón se preguntó cómo había podido enfrentarse a él en aquel lamentable estado. Aquella mujer no aguantaría el largo viaje que les separaba de su territorio en el Norte. Smaug maldijo al cielo. No podía arriesgarse a perder a la portadora del tesoro que tanto le había costado adquirir. Tendría que buscar refugio en algún lugar cercano. Volvió a emprender el vuelo entre las montañas, buscando algún lugar que pudiera servirle para tal propósito.
El sol había empezado a ocultar su presencia en el horizonte cuando el dragón halló lo que estaba buscando. Entre recovecos, al pie de una de las montañas, se alzaba un asentamiento humano. Una mansión perteneciente a un linaje no demasiado conocido entre las familias más adineradas de la raza de los hombres, lo suficientemente pudiente para permitirse edificar y preservar una lujosa residencia de descanso en aquellas tierras inhóspitas. A su alrededor crecía lo que podía denominarse un jardín de invierno. Robustas rosas capaces de soportar las gélidas temperaturas del invierno, hiedras envueltas por un manto de escarcha y pequeños matorrales con frutos carmesí entre sus hojas que resaltaban ante el helado tono grisáceo de los alrededores. Un joven jardinero se encontraba cuidando de la vegetación cuando el dragón decidió revelar su presencia entre la niebla. El jovenzuelo gritó y cayó al suelo al percibir a la bestia y en ese momento un par de doncellas salieron de la casa, ahogando también un grito y quedando petrificadas sin saber cómo huir de aquel monstruo.
Smaug bramó al cielo y su voz hizo temblar los alrededores. Los presentes cubrieron sus oídos con las manos mientras sus rostros palidecían y sus cuerpos temblaban sin control. Satisfecho por la reacción provocada, rectificó su cuello y miró a los tres infelices que iban a servirle para sus propósitos y con su voz insondable y sibilante cual venenosa serpiente, se dirigió a ellos.
- Tenéis ante vosotros a Smaug el Terrible, el dragón que controla estas tierras y todo lo que contienen. Reclamo para mí esta fortaleza y a quienes la sirven, y pobre de aquel que se atreva a cuestionar esta orden porque encontrará aquí un destino peor que la muerte.
Con los ojos en blanco y una aplastante presión en el pecho y la garganta, los tres desviaron su mirada al suelo sin atreverse a mirar al dragón. Demasiado conmocionados por el pánico como para entender las palabras de su nuevo dueño. Los acomodados propietarios de aquella mansión sólo visitaban el lugar cuando el verano se posaba sobre aquellas tierras y la temperatura se volvía soportable. El resto del año eran los sirvientes los únicos inquilinos, obligados a resistir las implacables tormentas cuidando del lugar y de todas sus reliquias a fin de que los nobles pudieran disfrutar de estas comodidades cuando lo creyeran oportuno. Ocho personas se hospedaban ahora en aquel lugar. La guardia, conformada por cuatro soldados entrenados en las huestes de Gondor, pero exiliados de sus filas por utilizar métodos poco ortodoxos con sus adversarios. Las dos doncellas que se encontraban acobardadas por la presencia de Smaug, las cuales se encargaban de las labores de limpieza y el cuidado de los huéspedes. El cocinero, un reconocido anciano que había servido grandes banquetes durante toda su vida, y por último, el joven jardinero, uno de los bastardos del hombre que había demandado la construcción del recinto.
Al oír los gritos de las doncellas, los cuatro soldados se presentaron en la entrada principal empuñando sus espadas, pero empequeñecieron ante la aplastadora presencia de su adversario. Uno de ellos dejó caer su espada y se arrodilló tembloroso, los otros retrocedieron.
- Así me gusta, que comprendáis dónde está vuestro lugar. – Rió malévolamente como estaba acostumbrado a hacer.
En ese momento, el joven jardinero, en un alarde de valentía o delirio, recuperó el control de su cuerpo y se levantó de allí a toda velocidad esquivando las garras y la cola del dragón. Sin aliento empezó a correr ladera abajo, con la idea de escapar de allí y pedir auxilio. Smaug le miró con desdén y superioridad, pero creyó conveniente aquella patética huida para darle una lección al resto. Le dejó unos minutos de ventaja para que siguiera corriendo y cuando hubo esperado suficiente, se levantó con asombrosa velocidad para alguien de su tamaño y persiguió a su víctima, desplegando su aliento de fuego y carbonizando su cuerpo en un instante. Las doncellas se abrazaron mientras gritaban de desesperación y se cubrían el rostro la una a la otra. Smaug regresó y arrojó ante ellos los restos carbonizados de las tijeras de podar que el chiquillo portaba en el cinturón. Una de las mujeres se desmayó y la otra la sujetó entre sus brazos mientras su cuerpo temblaba y se estremecía ante la idea de compartir el destino de su compañero.
- ¿Alguien más desea cometer alguna otra estupidez para seguir los pasos de vuestro semejante?
Los guardias arrojaron las espadas al suelo y se arrodillaron ante él.
- Veo que la cordura y la sensatez rigen vuestras decisiones. E aquí vuestra primera tarea. – Entreabrió una de sus garras, aquella en la que ocultaba a su prisionera, y la depositó frente a ellos. – Os encomiendo los cuidados de esta mujer. Sanad sus heridas y aliviad sus males. Proporcionarle comida, bebida y unos ropajes dignos de su presencia. Tratadla mejor que a cualquiera de vuestros petulantes y mediocres amos, pues vuestra vida depende de que la suya recupere su esplendor lo más rápidamente posible.
Los sirvientes asintieron muertos de miedo, dos guardias se levantaron para portar a las mujeres en brazos, la doncella que había perdido el sentido y la compañera del dragón. La otra doncella se apresuró a seguirles y los tres se perdieron en el interior.
- Se… será cómo ordenéis… excelencia – pronunció con voz temblorosa otro de los guardias. – Acudiremos a informarle de los progresos de la dama en cuanto nos sea posible. ¿Dónde se encuentra su guarida, señor?
- ¿Mi guarida? – Se mofó el dragón. – La tienes ante tus ojos – Dijo señalando la mansión en la que se encontraban.
- Pero… excelencia… - dijo el aterrado soldado mirando el tamaño de la mansión y el de su nuevo propietario – no quisiera ofenderle, pero la mansión es demasiado… pequeña… no creo que pueda encontrarse cómodo en ella.
El dragón ya se había dado cuenta de ese detalle, aquella patética mansión no alcanzaba ni una milésima parte de la envergadura de la montaña en la que había permanecido durante décadas, pero había dado su palabra de no regresar a la Montaña Solitaria, y a pesar de que el miedo era el mejor método para obtener lealtad, no confiaba en los hombres, por lo que no tenía intención de separarse de la chica que portaba el tesoro que anhelaba con desesperación.
No le quedaba más remedio que volver a hacer uso de aquella mágica habilidad.
Desplegó sus alas y pronunció susurros en una lengua desconocida. La tierra crujió a sus pies y un torbellino empezó a envolver al dragón. Ambos guardias retrocedieron y se protegieron de aquella ráfaga antinatural con sus escudos. La silueta del dragón se desdibujó y su cuerpo cambió de forma. Cuando el viento y la niebla se disiparon ante ellos apareció una presencia absolutamente diferente, pero igual de imponente y sobrecogedora.
Se trataba de un hombre de largos cabellos como el ébano. Un par de mechones rojos caían a ambos lados de su rostro, relampagueando como las llamas del infierno. Sus facciones eran suaves a la par que severas y autoritarias, y sus amarillentos ojos rasgados conferían a su rostro una absoluta ausencia de piedad o clemencia.
Sus alas se habían convertido en una larga túnica de color escarlata, teñida por una oscura sombra que le confería el mismo aspecto metálico y siniestro de sus escamas. Su cuerpo estaba protegido por la misma armadura que le cubría el torso cuando era una bestia. Sus impenetrables escamas dragontinas habían dado forma al uniforme que se adhería a su cuerpo, haciéndole parecer un distinguido caballero, pero con un tono perverso que hacía erizar la piel de quienes le observaban. Bordados de bronce ribeteaban el cuello de su prenda y los puños de sus mangas. Unos pantalones negros y unas botas de cuero recubiertas por el mismo material rígido que daba vida a sus garras, concluían su nuevo aspecto humano.
Fulminó con la mirada a los guardias que no daban crédito a lo que acababan de presenciar y empezó a caminar con elegancia hasta que desapareció tras las puertas de mármol de aquella fastuosa residencia.
La doncella y el soldado condujeron a Iriel hasta uno de los aposentos de sus amos y la depositaron con delicadeza sobre la sedosa cama de plumas. El soldado abandonó la estancia y la doncella comenzó a desvestirla para ocuparse de sus heridas.
Pasaron varios días hasta que el rey enano fue capaz de despertar de su letargo. Sus compañeros se habían encargado de transportar a los heridos a una gran sala que hacía las veces de enfermería y allí gracias a los cuidados de Óin y Balin, habían empezado a recuperarse. Balin recordaba dónde se encontraban los remedios medicinales de los que disponía la fortaleza, y afortunadamente aquella sala no habría sufrido los daños de la usurpación, por lo que pudo disponer de gran cantidad de materiales. Fíli, Kíli, Dwalin y Bifur se turnaban para mantener una guardia continua, desconocían el paradero de Smaug y nada les aseguraba que la bestia no pensara regresar para vengarse. Por eso cuando Thorin despertó, todos ellos corrieron a sus aposentos para interrogarle acerca de todo lo que había sucedido mientras se encontraban prisioneros. Sin embargo el rey enano no quería hablar. Su mirada seguía mostrándose vacía y lejana, así que Balin intervino para que no lo atosigaran y le dejaran descansar más tiempo. El rey hablaría cuando lo considerara oportuno, hasta entonces era mejor esperar sin presionarle. A los que más les costó desistir de la tarea de interrogarle fue precisamente a sus sobrinos, que no entendían por qué su tío se encontraba de ese modo, tan derrotado y perdido, siendo que nunca le habían visto rendirse ante nada, por muy insignificantes y remotas que fueran sus posibilidades.
Los días pasaban y aunque el cuerpo de Thorin se recuperaba sin contratiempos, su espíritu seguía sin recobrar su esencia ni su fortaleza. Se pasaba horas en silencio, sumido en sus pensamientos, oteando el horizonte a través de los amplios ventanales de su habitación que ofrecían una extraordinaria vista de todo el valle, mas aquella tranquilidad que años atrás le había reconfortado, ahora era incapaz de apaciguar su alma. No sabía qué le dolía más, si su ausencia o su traición, así que se prohibió pensar en ella, intentando con todas sus fuerzas borrar su recuerdo o, al menos, enterrarlo en lo más profundo de sus entrañas para que nunca más volviera a hacerle daño.
Todos los días, Balin se acercaba para cambiar sus vendas, brindarle comida y ofrecerle un poco de conversación a su soberano. Le hablaba sobre el estado de sus compañeros, ninguno había sufrido daños graves y prácticamente todos se habían recuperado ya por completo. También habían empezado a idear grupos de expedición para comprobar en qué estado se encontraba el reino y empezar poco a poco con las reconstrucciones. La idea de recuperar el esplendor de Erebor ahondó en el interior de Thorin y le hizo reaccionar un poco. Todavía perturbado por el dolor y el abandono, creyó que si se centraba en la reconstrucción de su reino disiparía aquella agonía que no cesaba en su pecho. La responsabilidad de devolverle a su pueblo lo que era suyo ocuparía sus pensamientos y le sacaría de aquel pozo de desesperación.
Asintió con la cabeza y pronunció un par de indicaciones a Balin para autorizar aquellas expediciones. El corazón del anciano se llenó de júbilo ante este cambio de actitud y agradeció a Aulë que le devolviera por fin al soberano al que había jurado seguir hasta la muerte.
Al día siguiente, tras escuchar los progresos que Balin relataba a sus compañeros con entusiasmo, Bilbo decidió que había llegado el momento de visitar al rey enano. Llamó con timidez a las puertas que guardaban su habitación y cuando escuchó su voz concediéndole permiso, entró en ella.
Allí se encontraba Thorin, sentado junto a la ventana, vestido con una túnica verde esmeralda que caía con holgura y cuya pieza se encontraba remataba con adornos plateados, botones de marfil y bordados rúnicos. A pesar de portar las vestimentas dignas de un noble acomodado, Bilbo vio al guerrero que se encontraba debajo, pues pudo apreciar indicios del vendaje que todavía envolvía la herida de su hombro y pequeñas cicatrices que no habían cerrado por completo. Tenía mucho mejor aspecto que cuando lo encontró entre las ruinas, pero todavía le faltaba algo para ser completamente él. Su penetrante mirada aún no había conseguido recuperar su brillo, y su porte majestuosa seguía pareciendo cansada y derrotada. El mediano intentó convencerse a sí mismo de que era cuestión de tiempo que el enano recuperar su ser, que toda aquella aventura les había desgastado demasiado, tanto física como mentalmente.
Bilbo comenzó a conversar, intentando no mencionar al dragón, pues sabía que era un tema delicado que todavía no habían conseguido que el rey abordara. Sin embargo, ya que el hobbit veía cercano el final de su aventura, osó dar por finalizada su tarea en la Compañía.
- Parece que al final no han sido necesarias mis habilidades para hacerme con el botín, habéis recuperado todo lo que teníais, así que había pensado… ya que los hobbits no estamos acostumbrados a aislarnos en el interior de una montaña, que mientras nos recuperamos podría dar una vuelta hasta Ciudad del…
Thorin sintió que su cuerpo se tensaba al escuchar la referencia a esa ciudad de hombres y entonces se giró hacia el mediano y cortó su petición con duras palabras.
- Tu tarea como saqueador todavía no ha terminado.
De repente la voz de Thorin sonó profunda y autoritaria, tanto que durante ese instante, el mediano tuvo miedo de ella. No sólo su voz, sus ojos también le miraban de forma acusadora.
Bilbo titubeó ante aquel cambio de actitud.
- ¿Ah… no? Bueno… en ese caso culminaré mi tarea tan pronto como pueda, pero antes creo que debería dirigirme a Ciudad del Lago. Llevamos días sin tener noticias de ella, debemos contarle a Iriel todo lo que ha pasado.
Aquella referencia hurgó en su llaga como unas tenazas ardiendo. Puso los ojos en blanco mientras todos los músculos de su cuerpo se tensaban de dolor. El enano se levantó violentamente haciendo que la silla se desplomara al suelo. Thorin apretó los puños y concentró toda su ira en su mirada.
- ¡No menciones a esa mujer en mi presencia!
Bilbo retrocedió asustado hasta chocar con la pared de la estancia. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. ¿A qué venía ese odio? Recordaba que la última conversación que había tenido con ella había sido una discusión sobre los elfos, pero había sido una de las múltiples terquedades con las que el enano estallaba siempre que se le nombraba a aquella milenaria raza, no había ocurrido ninguna otra cosa que justificara aquella prohibición.
- Pero… ¿Por qué?, ¿qué ocurre? – preguntó con voz temblorosa.
Thorin se abalanzó hacia él y le levantó un palmo del suelo al cogerle por el cuello de su camisa.
- Nunca vuelvas a pronunciar su nombre, ¿entendido? – amenazó el enano mordiendo cada palabra.
Bilbo se enfrentó a la severa mirada del enano con la suya suplicante. No había hecho nada malo para merecer aquel trato. Tras sostenerle la mirada el enano aflojó el puño y liberó al mediano que salió de allí corriendo en cuando se vio libre, por miedo a que la situación empeorara aún más sin motivo.
Bilbo cerró la puerta de las dependencias tras de sí y se quedó apoyado en ella, resbalando despacio hasta quedarse sentado en el suelo. Su respiración sonaba entrecortada a consecuencia del miedo que había pasado al otro lado. Nunca había visto a Thorin así, tan enfadado, como si la locura se hubiera apoderado de él por completo. Se quedó allí mientras recobraba el aliento, mientras su cuerpo dejaba de temblar y entonces su oído percibió algo proveniente del interior de la habitación.
Un puñetazo y después… lágrimas.
El enano había golpeado la puerta y se había derrumbado frente a ella. Pudo oír su sufrimiento a través de la superficie de piedra. Bilbo sintió un escalofrío helado. Nunca había visto a Thorin derrumbarse por nada ni derramar una lágrima. Algo terrible había sucedido días atrás, estaba seguro. De pronto el corazón le dio un vuelco y una terrible sospecha se encendió en su interior. Se levantó y empezó a correr hacia el lugar donde había encontrado al enano, al lugar donde había tenido lugar el enfrentamiento con Smaug.
Sin aliento llegó hasta aquella plaza donde las ruinas de la batalla permanecían tal y como las había encontrado. Comenzó a caminar entre los restos de aquel escenario bélico, intentando encontrar una pista que confirmara sus funestas sospechas. De pronto su pie se encontró con una de las armas hechas añicos durante la pelea.
Sintió un escalofrío al ver el filo brillante de aquella vara fragmentada a la que había visto hacer frente a tantos enemigos. No existía otra arma que igualara sus singulares características. Aquellos fragmentos pertenecían a Memphis. Eso sólo podía significar una cosa.
Iriel había estado allí.
El mediano comenzó a esparcir los montones de roca y chatarra, levantando cada fragmento en busca de algo más. Pasó dos horas removiendo aquellos restos, pateando los fragmentos y clavando sus uñas entre las grietas, pero no encontró nada más. Impotente y sintiendo una úlcera ardiente abriéndose paso en su pecho desistió de su tarea y se quedó allí mirando la hoja mellada. Entonces otro sentimiento comenzó a desplazar al dolor. La rabia se fue abriendo paso en su pequeño cuerpo hasta que estalló al llegar a la superficie. Sólo había un lugar donde podía obtener respuestas. Cogió el fragmento roto y se levantó de allí con la mirada más oscura que ningún hobbit había expresado nunca. Caminó conteniendo la cólera que le electrizaba por dentro y finalmente llegó a la habitación del enano. El miedo había desaparecido por completo. Apretó los puños y entró allí sin permiso, dando un sonoro portazo.
A Thorin le pilló tan desprevenido esta abrupta y grosera entrada por parte del pequeño saqueador que no supo decir nada. Además el mediano tampoco le ofreció la oportunidad de hacerlo pues comenzó su discurso acusador nada más verle, aunque no le pasó desapercibido el hecho de que el guerrero tuviera los ojos ligeramente enrojecidos.
- ¿Cuánto tiempo más pretendías mantenerlo en secreto?
Thorin le miró sin entender nada, sentado junto a su pequeño escritorio donde Balin le había llevado algunos documentos. Sintió un escalofrío al apreciar la oscura mirada que el hobbit le dedicaba. Aquel no era su saqueador, Bilbo nunca se había comportado de aquel modo.
Al ver que no respondía se encolerizó aún más, así que arrojó a sus pies los restos de la vara, que brillaron al reflejar los rayos del atardecer que se colaban por la ventana.
- ¿Cuándo pensabas decirnos que ella participó en el combate?
Thorin puso los ojos en blanco al reconocer aquel filo y la llaga de su pecho despertó con un dolor transfixivo y lancinante. Sintió que le costaba respirar.
- ¿Por qué lo has estado ocultando durante todos estos días? ¿Por qué nos has privado del derecho a saberlo? ¡No tenías ningún derecho a mentirnos!
El enano se vio vulnerado por aquella lluvia de reproches. Su mente comenzó a bullir como un torbellino mientras se estremecía por dentro. El dolor que había intentado enterrar estaba abriéndose paso hasta la superficie y por mucho que se esforzara se veía incapaz de retenerlo. Sintió que la cabeza le iba a estallar, sintió deseos de gritar al cielo y al infierno y perder el control cayendo en manos de la locura. Pero no hizo nada de eso. Clavando su mirada en el filo reluciente, aguantó estoicamente mientras sentía que se despedazaba por dentro.
El dolor de Bilbo se había convertido en cólera. No perdonaba al enano por ocultar la información, aunque fuera quien se había ganado el corazón de la chica no tenía derecho a guardarse el secreto para sí. Iriel significaba mucho para Bilbo, era la única persona que había confiado en él nada más entrar en la Compañía, o al menos la única que se lo había demostrado, escuchando sus aflicciones e inculcándole valor y esperanza cuando más lo necesitaba. Bilbo sentía un profundo cariño hacia ella, por ello creyó que tenía derecho a saber cómo había perdido la vida. Las lágrimas comenzaron a brotar en su rostro y gritó al enano la única respuesta que necesitaba saber, la que lo había llevado a registrar durante horas aquella plaza destruida.
- ¿Dónde demonios has escondido su cadáver? ¿O lo que sea que quede de ella?
Thorin rugió desde el otro lado de la habitación.
- ¡Ella no está muerta!
No pudo reprimir más el secreto. Las palabras se atropellaron en su garganta luchando por salir al exterior, por ello las escupió con tanta fuerza. Lo que no se esperaba el enano era que al dejarlas salir, la presión de su pecho se aligerara un poco.
Aquella respuesta no era la que el hobbit esperaba. Aquella negación le descolocó por completo, haciendo que la cólera se desvaneciera tan rápido como había venido y haciéndole empequeñecer hasta ser de nuevo un simple hobbit. Las lágrimas que emergían de sus ojos se detuvieron y entonces se percató de que el enano también había dejado escapar algunas, pero éstas parecían producto de la ira.
- Entonces… ¿dónde…? – preguntó el hobbit con una voz débil. El enano agachó su rostro y sus facciones quedaron ocultas por sus cabellos.
- Nos ha traicionado. – Confesó con rabia y dolor.
- ¿Qué?
El enano se dio la vuelta y continuó hablando sin mirarle a los ojos.
- Nos ha estado engañando desde el principio. Nada de esto le importaba en realidad. Sólo era una farsa para obtener el premio que quería.
- ¿Qué dices? Ella no… ella no es así. – Bilbo dejó escapar una risa de incredulidad. Él conocía a su compañera, la conocía muy bien y Thorin debía hacerlo como ningún otro. ¿Por qué esa desconfianza después de haber llegado hasta dónde estaban?
Thorin reaccionó ante esa mofa mirando al mediano con odio. Antes de que dijera nada, Bilbo le replicó con cierto temor.
- Tú deberías conocerla mejor que nadie, ha arriesgado su vida por nosotros varias veces. Sabes que en el fondo lo que proclamas no es cierto, ¿quién te ha manipulado con esas mentiras?
- ¡Lo confesó ella misma! – Su voz retumbó con una mirada sombría.
Aquello cada vez tenía menos sentido. ¿Por qué iba a hacer Iriel algo así? De repente Bilbo recordó los espejismos y embrujos que había vivido en Dol Guldur. Tal vez había sido algún tipo de engaño.
- ¿Estás seguro de que era ella? ¿De que no era una trampa o un espejismo para despistarte?
- ¡Pues claro que estoy seguro, necio ignorante! – La furia volvió a salir al exterior del enano - ¿Me crees tan estúpido como para no reconocerla? Aquel encuentro fue tan real como el que tenemos ahora mismo. En nombre de Durin, ¡te juro que fue ella la que me abandonó a mi suerte y desapareció de aquí a lomos de ese maldito dragón!
- ¿Qué? – Bilbo cada vez se encontraba más perdido - ¿Se fue con Smaug? ¿Por qué motivo?
- Dijo que él podía ofrecerle todo lo que quisiera, que ese era el único motivo por el que nos había acompañado. – El enano cruzó los brazos sobre su pecho mientras apretaba los puños y los dientes y se alejó caminando hacia la ventana.
- Pero eso no tiene ningún sentido.
El enano no respondió a aquella afirmación. Abrió la ventana para respirar un poco de aire fresco, aquella conversación le había acalorado demasiado y se sentía mareado. Bilbo siguió con el discurso basado en su lógico razonamiento.
- Creo que el dolor te está cegando. Analiza por un momento la situación. Smaug se encontraba aquí, invulnerable, invencible, dominando todos estos tesoros inconmensurables, sin que nadie pudiera ponerle resistencia. Y de repente… teniendo la batalla a su favor, decide renunciar a sus posesiones, perdonarnos la vida y abandonar estas tierras en la compañía de la chica. Vamos Thorin, tú no eres estúpido, no puedes negarme que no tiene ningún sentido.
El viento le rodeó y empezó a jugar con sus cabellos. Thorin pensó durante un momento en los razonamientos del mediano. Demasiadas piezas no encajaban. Sin embargo, dada la perversa naturaleza del dragón, sospechaba que aquella marcha encerraba un deseo oculto. Tal vez Smaug ya se había cansado de aquellos muros de piedra, o tal vez sólo pretendía ausentarse durante un tiempo para volver a devastar a su pueblo una vez que se hubieran asentado y confiado bajo el cobijo de la montaña, repitiendo aquella cruel masacre con la que seguramente el dragón había disfrutado tanto.
- La mente de un dragón es más retorcida de lo que podemos imaginar. Tal vez tenía algo planeado que le obligaba a ausentarse de aquí.
- Pero Smaug es tremendamente orgulloso, ¿por qué dejarte vivo tras osar desafiarle?
- Hay castigos peores que la muerte. – Le recordó el enano. En aquel momento era cierto, la agonía por la que le estaba haciendo pasar era mucho más cruel y prolongada que haberle asestado el golpe final.
Refutando la coherencia del mediano, el enano no daba su brazo a torcer. Bilbo estaba comenzando a perder la paciencia. Estaba seguro de que Iriel habría actuado de ese modo por algún motivo. Era injusto que el enano la juzgara tan inflexivamente, ella se había jugado la vida por él muchas veces, había pasado noches enteras llorando por los desaires y testarudeces del enano. Bilbo sabía muy bien que todo aquello no había sido fingido. De pronto volvió a sacar valor para enfrentarse al enano con todo lo que pensaba.
- Ya entiendo lo que pasa. ¡Para ti es más fácil lamentarte pensando que te ha abandonado porque eres incapaz de soportar la idea de que ese miserable dragón te haya robado el tesoro que más aprecias por segunda vez!
Bilbo había dado de lleno en la debilidad del enano. Por un momento sus defensas se vieron vulneradas al escuchar a pleno volumen esa afirmación que se esforzaba por acallar en su interior. Pero de nuevo su terquedad salió a la luz y volvió a edificar a su alrededor las barreras con las que impedía abrir sus sentimientos al mundo.
- ¿Y por qué estás tan seguro de que me la ha robado? ¿Por qué no ha podido ser esa sucia traidora la que se haya ido por voluntad propia?
- No es la primera vez que Iriel intenta sacrificarse por ti. En las mazmorras del Bosque Negro, Thranduil…
- ¿Qué? – la referencia al elfo le erizó la piel con rencor y un escalofrío le sacudió por dentro. Aquello lo desconocía por completo.
De repente Bilbo se llevó las manos a la boca. Recordó las palabras de Iriel resonando en su cabeza.
"Nunca le hables a nadie de este incidente"
Bueno, ya no había vuelta atrás.
- El Rey Elfo le propuso liberarte a cambio de que se quedara con él. Si yo no hubiera llegado justo a tiempo, ese pervertido…
Thorin dio un enérgico puñetazo a la mesa. Las insinuaciones del elfo sobre sus lujuriosas intenciones no habían sido sólo fachada. Le odió aún más, sin eso era posible. Sin embargo, esa revelación no cambiaba su percepción sobre la traición de la chica. En demasiadas ocasiones había creído en promesas y alianzas que habían resultado vacías. Demasiadas veces había sido herido por confiar en alguien. El dolor que habían despertado en su pecho las palabras de Iriel era demasiado intenso como para ignorarlo.
Bilbo comprendió que por mucho que se esforzara, el enano no iba a cambiar de opinión.
Estaba solo en esto.
Solo, como cuando se había enfrentado a los trolls, solo como cuando había corrido por los túneles de los trasgos huyendo de una criatura demente y huesuda, solo como cuando se había enfrentado a las arañas y recorrido los elegantes corredores del palacio del Rey Elfo. Solo como cuando había atravesado la angosta entrada secreta a la montaña y se las había visto cara a cara con el dragón. Si ya había sobrevivido a su encuentro con el dragón una vez, no había razón por la cual no poder conseguirlo de nuevo. O al menos eso fue lo que se obligó a pensar. Estaba decidido. No huiría.
- Después de todo lo que has vivido, de todo lo que has soportado, no esperaba que esta vez te rindieras para tomar el camino fácil. – Dijo el hobbit mirándole decepcionado mientras se dirigía a la puerta. - Tú puedes quedarte aquí si quieres, firmando extensos documentos o contando monedas de oro, pero yo sé lo que debo hacer en este momento. Voy a rescatar a nuestra compañera y a revelar la verdad de todo este misterio.
La noche había llegado silenciosa mientras discutían. Bilbo echó un último vistazo al enano. La luna se filtraba a su espalda, remarcando sus facciones con delicadeza y ensombreciendo su expresión. Un viento suave mecía los visillos de la ventana.
- No voy a contárselo a nadie. Partiré a alba para buscar su paradero. Si decides acompañarme o no, es cosa tuya.
Bilbo se marchó despidiéndose con esta última advertencia. No la pronunció como un reproche, sino más bien con pena y decepción.
Deambuló por aquellas paredes de piedra cabizbajo, pero decidido en su determinación. Optó por no decírselo a ninguno de los enanos, pues creyó que a Thorin no le sentaría bien que intentara suplantar su posición liderando aquella misión, así que asumió la tarea de rescatarla solo. Se escabulló a unas dependencias vacías y allí empezó a acumular lo que creía que necesitaría. Principalmente provisiones, pues aunque portara armas, no se creía capaz de manejarlas, lo único que usaría para defenderse serían el élfico filo de Dardo y la protección de su anillo encantado.
Se acurrucó entre las mullidas mantas de la habitación e intentó conciliar el sueño, necesitaba acumular fuerzas para aquella tarea. Rezó porque el valor que le infundía el recuerdo de su amiga no se apagara a medida que se acercara al dragón. Aquella noche pasó más rápida que ninguna otra.
Despertó al día siguiente con cierta presión en el pecho. El miedo empezaba a hacerle mella, pero aun así pensaba seguir adelante.
"La valentía no es no sentir miedo, sino ser capaz de enfrentarse a él"
Eso se lo había enseñado Iriel en una de sus múltiples conversaciones a solas, cuando el desaliento minaba su espíritu.
Atravesó los pasillos con pasos sigilosos, esquivando cualquier posible encuentro con sus compañeros. Echó un último vistazo a la habitación donde dormían, despidiéndose en silencio, sin saber si volvería a verlos. Tragó saliva y se dirigió hacia la titánica construcción que constituía la Puerta Principal. Mentiría si dijera que no tuvo tentaciones de dar media vuelta.
Frente a él se abría vastamente el valle, cuyos elementos acababan de despertar con la luz del día. Avanzó hasta el mismo límite de las puertas, y allí permaneció un instante con los ojos cerrados, aspirando aquel aroma puro.
- Llegas tarde.
Una voz profunda le arrancó de aquel momento de respiro. Abrió los ojos con intensidad, conmocionado por aquel inesperado encuentro.
Fuera de la fortaleza, apoyando la espalda en la fría superficie de aquella arquitectura que daba la bienvenida a los visitantes, se encontraba la figura del enano.
Thorin Escudo de Roble se encontraba allí, vestido de nuevo como un guerrero, con los brazos cruzados sobre el pecho y aquella porte majestuosa que lo caracterizaba. Aquel brillo penetrante había vuelto a sus ojos azules.
En ese momento otro sonido perturbó la paz del valle. El relinchar de un caballo plateado. Bilbo se giró sorprendido tras reconocer al animal. El caballo albino con el que Iriel había iniciado la aventura se había escapado del refugio de los elfos y había recorrido leguas y leguas guiado por su instinto, hasta acabar frente a ellos.
Thorin sintió un rayo de esperanza naciendo en su corazón. Lo consideraría una señal, un buen augurio para su enmienda.
Se impulsó para subir a la montura y tendió la mano al mediano para colocarlo detrás de él.
Tomó las riendas que los elfos habían colocado sobre su pelaje y espoleó al animal para que iniciara la marcha, dejando que fuera el instinto quien los guiara, rumbo hacia las montañas.
