Erinia Aelia: Ya tocaba que Bilbo tuviera un poco de protagonismo en la historia, además todos sabemos que de no ser por él xD los enanos no habrían llegado muy lejos.
Muy buena tu visualización masculina de Smaug XD la verdad es que no había pensado en él, pero ahora que lo dices si que se da un aire tenebroso vampírico (vampiros de los de antes, no de la mierda que nos enseñan ahora xD)
Juas xD no me imagino a la pelirroja retozando con Iriel. ¡A esta chica sólo la puede tocar Thorin! Grrr que no se le acerque nadie ¬¬
xDDDDDDDD se nota demasiado que la autora está loquita por los huesos de este enano, ¿verdad?. Claro que sí, el aire dramático de las sombras, la luna y todo lo demás es para que no se os olvide su esencia, y porque no me perdonaría que lo odiarias por culpa de lo que escribo sobre él xD ¡sino todo lo contrario!
Por cierto, espero impaciente tu actualización :P con ese momento de tensión que dejaste al acabar el capítulo.
Alva Midgardian girl: ¡Bieeen! ^^ Me alegro de haberte recuperado de nuevo ya que el capítulo anterior te sembró bastantes dudas. Bilbo es la chispa de la cordura en esta aventura, como bien dices, ahora que Gandalf está vete tu a saber dónde.
Bah, tienes razón, he dejado de preocuparme por los reviews, que escriba quien le apetece y ya está :) yo voy a seguir escribiendo el fic igualmente porque me divierto mucho haciéndolo ^^.
Espero que también disfrutes de este capítulo.
Tengo la impresión de que en este capítulo mi relato se ha oscurecido un poco xD (¿influencia de "En llamas"? xD quién sabe), aunque creo que la situación lo requería.
De nuevo, he tenido que partir este capítulo en dos para hacerlo más llevadero, así que espero no tardar mucho en actualizar también el siguiente. Habrá una sorpresa al final del próximo capítulo (guiño guiño)
¡Espero que os guste!
*~~~~ CAPÍTULO 31: EL RESCATE *~~~~
El sol se había ocultado ya varias veces en el horizonte desde que Iriel fue llevada a aquella lujosa mansión y se vio envuelta con los cuidados de las doncellas.
Siendo consciente a duras penas de lo que pasaba a su alrededor, de sus atormentados recuerdos y del dolor de sus heridas, la chica se sumió en un sueño profundo.
La longitud de aquel estado inconsciente estaba durando demasiado, pero no se debía al pésimo estado de su cuerpo, sino a un motivo mucho más importante: Iriel no quería despertar.
No había ningún rostro alegre que le diera la bienvenida en cuanto abriera los ojos al mundo, ningún motivo por el que continuar adelante, ningún sueño que cumplir, ninguna esperanza. Su futuro iba a ser oscuro y solitario, lleno de amargos recuerdos y sentimientos de culpa. Ya no tenía nada por lo que luchar.
Sin embargo, Smaug tenía diferentes planes para ella, por eso se paseaba cada día por su habitación, preguntando a los sirvientes acerca de los cambios en el estado de su prisionera. Al principio se resignó a la espera, pero en los últimos días estaba empezando a perder la paciencia y fueron precisamente las doncellas las que pagaron el precio.
En una de aquellas noches, en las que Iriel se encontraba a la deriva entre la vigilia y el estado inconsciente que perseguía, escuchó dialogar a las doncellas, compartiendo su preocupación por el inexistente despertar de la mujer a su cargo y del miedo que les producían los castigos del dragón si aquel estado se prolongaba demasiado.
Iriel sintió que su corazón la regañaba. Su decisión no la implicaba sólo a ella, sino que estaba afectando a personas inocentes. Comprendió que el dragón no la iba a dejar escapar así de su condena, así que decidió dejar de ser cobarde y afrontar la decisión que había tomado.
Aquella sería la última noche de aquella estrategia cobarde. Y, aunque sabía que aquello le pasaría factura, se permitió soñar con el enano, al menos por última vez.
El sol amaneció tímido aquel día. La chica sintió una pequeña brisa en sus mejillas. Alguien había dejado la ventana abierta. Recostada de medio lado hacia la cornisa, pestañeó un par de veces antes de abrir los ojos. La luz la cegó al principio, tras tantos días en penumbra. Se removió un poco entre las sábanas antes de despojarse de su abrigo. Entonces percibió una presencia a su espalda, sentada en el borde de la cama. No estaba sola.
- Al fin despiertas.
Una voz masculina que no conocía le recibió al despertar. Una voz humana. No contestó.
- Estábamos preocupados por tu estado. A pesar de que tus heridas habían mejorado, parecías muy lejos de este mundo, como si algo te estuviera robando las ganas de vivir.
Aquella frase sonó melancólica y hasta con un ápice de ternura y preocupación. Iriel decidió incorporarse.
Un joven de cabellos negros le sonreía, cubierto con elegantes vestimentas. Un acogedor despertar que se disipó de golpe cuando la chica se cruzó con su mirada y descubrió aquellos rasgados ojos ambarinos que le recordaban a una siniestra serpiente. Un escalofrío le recorrió la espalda y no pudo contener un grito ahogado emergiendo de su garganta. Su instinto le obligó a apartarse de él, tropezando con las sábanas, a punto estuvo de caer de la cama de no ser por la rápida intervención de Smaug, que le sujetó la muñeca.
Aquel contacto en su piel le hizo recuperar la cordura y apartó de un golpe la mano que la sujetaba. No quería que aquella bestia se atreviera a tocarla. Como consecuencia, Iriel resbaló por el borde de la cama, y cayó dándose un buen golpe en la espalda, cubierta por las sábanas que se habían enredado entre sus piernas. Bufó fastidiada, a lo que el dragón respondió con una sonora carcajada.
- No esperaba que mi aspecto humano te atemorizara más que mi devastadora presencia como dragón. – Se burló orgulloso. Iriel respondió cabreada, en parte consigo misma por no haber podido controlar aquella infantil reacción.
- Simplemente me has sorprendido. Creía que eras una mujer.
El dragón la miró con desdén, como quien está cansado de explicarle a un niño que los caramelos no crecen en los árboles.
- "Hombre", "mujer" – suspiró - necios mortales… esas palabras carecen de significado para nosotros. Los dragones no nos dividimos por género, nuestra evolución es superior a esas distinciones. – La miró con soberbia - Yo puedo adoptar el aspecto que me plazca.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Una de las doncellas había acudido deprisa al oír aquel grito, temerosa de que algo le hubiese pasado a la mujer. Respiró aliviada al verla sana y salva, por fin despierta, aunque sintió un escalofrío al ver allí a su captor. Pidió disculpas por la intromisión. Smaug aplaudió.
- Buen trabajo, criada. – Dijo acercándose a ella con una mirada oscura. – Ven a mis aposentos cuando termines tus tareas para… pagarte por tus servicios. – Exclamó mientras le sujetaba la barbilla y acariciaba su cuello de forma provocadora. La doncella enrojeció sus mejillas.
- No… no es necesario… mi señor…
La mirada del dragón adquirió frialdad.
- Oh, no, pequeña. No era una invitación. – Entonces apretó los dedos en su garganta. – Era una orden.
La doncella palideció y un sudor frío empezó a recorrerle la espalda. Salió de la habitación intentando contener las lágrimas.
Iriel miró con odio y repulsión a quien se hacía pasar por humano.
- ¿Estás acostumbrado a conseguir siempre lo que quieres? ¿Nadie nunca ha decidido desobedecer tus caprichos?
- Oh sí, claro que lo han hecho, – Smaug se resarció orgulloso – pero ninguno ha vivido para contarlo.
Iriel apartó las sábanas y se levantó del suelo. Iba vestida con un camisón pardo que le llegaba hasta las rodillas. Se percató de que aún tenía algunas vendas en los brazos, pero las heridas apenas le dolían.
- Muéstramela.
- ¿El qué? – preguntó la chica sin saber a qué se refería.
- ¿Qué va a ser? – Rugió con rabia - ¡el único motivo por el que sigues viva! ¡La Piedra del Arca!
Aquella orden la estremeció por dentro. De modo que sus sospechas eran ciertas, el dragón codiciaba aquella gema más que a un reino entero, y por la alguna razón la necesitaba a ella. Recorrió con la mirada la habitación hasta que encontró su bolsa de cuero en un rincón. Se dirigió hace ella suponiendo que estaba dentro. Sus dedos contactaron con la frialdad de la roca. La tomó entre sus manos para enseñársela al dragón. Sin embargo, la gema no se mostraba con su habitual belleza. Aquel brillo que asemejaba a una veta de lava hirviendo lucía pálido, casi gris. Smaug gruñó al verlo.
- Supongo que aún no te has recuperado por completo. – Dio media vuelta dirigiéndose hacia la puerta. – Será mejor que te repongas rápido, no permaneceremos en esta mansión por mucho tiempo. Hasta entonces, disfruta de mi generosidad por haberte concedido estos privilegios. Puedes exigir lo que quieras, nadie se atreverá a negarte nada.
Y con aquella insolente afirmación, cerró la puerta y se dirigió al piso de abajo, en busca de algo que satisficiera sus caprichos.
Iriel sintió una sensación nauseosa en el estómago. Odiaba su prepotencia, su frialdad, pero sobre todo, su crueldad y su falta de escrúpulos. Inspeccionó la habitación en busca del resto de sus pertenencias. Encontró dentro del armario su ropa doblaba. La habían lavado y zurcido sus desgarros. A su lado descansaba un corpiño negro y un vestido rojo. Se cambió de ropa y se miró en el espejo. Su rostro estaba vacío, tal como se sentía por dentro. Se mojó la cara con el agua que contenía la tinaja, dispuesta a cambiar su determinación. Si iba a pasar el resto de su vida en aquel cautiverio, al menos lo haría sin perder el fuego de su mirada. Justo antes de salir por la puerta, se fijó en un pequeño adorno para el pelo que descansaba sobre su tocador. Era una estrella azul, cuya intensidad le recordó a los ojos de su enano. La tomó entre sus manos con cariño y decidió trenzar su cabello para colocársela. Era su homenaje.
Salió vacilante de la habitación, dispuesta a explorar el lugar donde se encontraba, pero con cierto temor ante lo que podía encontrar. Entendía que el dragón había tomado aquel lugar a la fuerza, pero no sabía dónde se encontraba, a quien pertenecía o qué había hecho para conseguirlo. Bajó las escaleras que conducían al nivel inferior y al fondo del pasillo vislumbró a un par de centinelas armados, pero cuando se acercó para hablar con ellos, ambos aceleraron su paso y desaparecieron por una de tantas puertas. Iriel desistió en su empeño de perseguirlos, estaba claro que no querían tratar con ella. Avanzó un poco más, abriendo el resto de las puertas, encontrando tras ellas tan sólo habitaciones vacías. En una de ellas encontró a la segunda doncella, una mujer de cabellos castaños y pecas en las mejillas. Parecía muy joven, no creyó que hubiera alcanzado siquiera la mayoría de edad. Se encontraba bordando unos tapetes de color blanco roto. Al escuchar la voz de Iriel la muchacha se asustó y se pinchó en el dedo.
- Perdona, no pretendía asustarte.
La chica la miró conteniendo un escalofrío. El miedo se reflejaba en sus ojos, aunque se empeñara en ocultarlo.
- No, no, ha sido culpa mía. – Guardó las cosas en una pequeña caja de costuras e hizo una reverencia. - ¿Puedo ayudaros en algo?
- Sólo buscaba un poco de compañía. Alguien con quien charlar.
La doncella agachó la cabeza y apartó la mirada a un lado.
- Lo siento… el señor no nos permite confraternizar con usted… si desea alguna otra cosa…
Iriel se sintió repudiada. No le bastaba con mantenerla cautiva, también le impedía cualquier contacto humano. Aunque tal vez fuera mejor así, cortar lazos con el mundo que conocía para que su privación no le doliera tanto. Dio media vuelta y volvió al pasillo para terminar de explorar aquel edificio. Percibió el aroma a estofado y a fruta fresca ascendiendo por unas pulidas escaleras de caracol. Bajó por ellas para entrar en la cocina, guiada por su voraz apetito. Hacía días que no probaba nada.
Un anciano con cara afable la recibió junto a los fogones. Tenía el pelo blanco recogido en una coleta y unos enormes bigotes rizados en las puntas. Las arrugas surcaban su rostro y una rugosa nariz resaltaba su sonriente gesto. Aquel hombre era Marcus, el ilustre cocinero de la familia. El anciano había vivido demasiado para tenerle miedo a las amenazas, así que le tendió un puchero a la chica y comenzó a dialogar con ella alegremente. Fue el refugio que encontró a sus penas durante los días siguientes.
Las nubes jugueteaban ocultando al astro solar. Habían pasado varias horas cabalgando a lomos de aquel corcel plateado. Thorin había decidido dejar libres las riendas del animal y dejar que fuera su instinto quien los guiara, pues tampoco tenía ninguna pista sobre el paradero del dragón. Bilbo cabalgaba detrás, agarrado a la cota de malla del enano para no perder el equilibrio en aquel trote sin descanso, luchando por controlar sus picores y estornudos, que parecían haber vuelto, aunque con menos intensidad que cuando se encontraba a lomos de los ponis. Fastidiado por escuchar únicamente el sonido de su alergia irrumpiendo aquel silencio arrastrado por el viento, decidió iniciar una conversación.
- ¿Y qué te ha hecho cambiar de idea sobre rescatarla?
- No te equivoques, ella no es el motivo de esta partida.
Bilbo frunció el ceño, sin entender muy bien la respuesta del enano. Thorin mantuvo su mirada al frente.
- No puedo edificar un reino y gobernar a mi pueblo sin estar seguro de que esa bestia no volverá a masacrarles con sus llamas y a usurpar de nuevo nuestros tesoros. No puedo descansar sabiendo que sigue viva, esperando para repetir sus atroces asesinatos. – Hizo una pausa y concluyó con arrojo - Para devolverle a mi pueblo lo que le pertenece, tengo que matar a ese dragón.
Bilbo suspiró para sus adentros.
La testarudez del enano no había menguado ni un ápice. Bilbo lo conocía demasiado bien para dejarse engañar por aquel papel que estaba acostumbrado a interpretar.
"Encontrar al dragón para proteger a su pueblo"
Aquello sólo era una patética excusa. La excusa que necesitaba para llevar a cabo lo que sus sentimientos nunca reconocerían. Necesitaba rescatarla, pero sin exponer ante el mundo que ella era su debilidad. Justificar que se movía por la lealtad a su pueblo y no por su corazón.
Bilbo apoyó su cabeza en la espalda del enano. Daba igual cual fuera el motivo que proclamara, lo importante es que había dado el paso para ir en su búsqueda, y estaba seguro de que todos aquellos malentendidos se aclararían cuando volvieran a encontrarse, desvaneciéndose como si nunca hubiesen existido.
Siguieron cabalgando bajo la brisa del valle, guiados por el animal que parecía saber a dónde debía dirigirles sin titubeos.
Aquel día Iriel se encontraba inquieta. Sabía que su partida era inminente, a pesar de que estaba intentando retrasarla lo máximo posible. Había intentado convencer a Smaug de que todavía se encontraba débil, que era un riesgo emprender el viaje. A pesar de que Smaug le había concedido este deseo, notaba que aquel retraso tarde o temprano implicaría un alto precio por su parte, lo percibía en su mirada siniestra.
Aquellos días habían pasado insípidamente, sin dejar huella. Iriel intentaba evadir su jauría de pensamientos siempre que podía, acallándolos por medio de una conversación amiga. La mayoría de los que habitaban aquella mansión la evitaban, fruto del miedo y la desconfianza. Los centinelas la evadían fingiendo estar de guardia, y las doncellas se disculpaban alegando estar muy ocupadas. De vez en cuando las escuchaba sollozar en los rincones, relatándose la una a la otra lo que Smaug había hecho con ellas. Iriel se cubría los oídos intentando ignorar estos testimonios, bastante culpable se sentía ya por todo lo que sucedía a su alrededor, incapaz de añadir más peso a su carga.
Pero eran las noches lo que más le costaba afrontar. La brisa nocturna y el brillo de las estrellas en el cielo eran lo que más le recordaban cuanto había perdido. Tristeza y abandono la acompañaban en la vigilia, dolor y pesadillas durante sus sueños. Era difícil decidir qué le resultaba más insoportable, pero si alguien se lo hubiera preguntado a Iriel, sin duda habría respondido que lo más duro eran los recuerdos. Observar el reflejo de su enano en cada espejo, en cada gota resbalando entre las flores que las doncellas le enviaban cada mañana. Ver el azul de sus ojos en la estrella que trenzaba su cabello. Recordar el eco de su voz en sus pesadillas, cuando desgarró su nombre por última vez mientras ella volaba lejos de la montaña. Revivir el calor que la envolvía cuando temblaba, algo que hacía a menudo en aquella lujosa prisión. Iriel había comenzado a sentir un frío constante, tan lúgubre y permanente que ya se había acostumbrado a él.
Sin embargo, tras cada amanecer, cuando el sol la recibía con una sonrisa, había una idea que disipaba todos aquellos terrores nocturnos. Cada amanecer comportaba una nueva jornada que le había concedido a su enano, un día más de vida. Eso era todo cuanto necesitaba.
Por eso aquel día, como todos los anteriores, decidió olvidar sus pesadillas y bajar a la cocina, a disfrutar de la única compañía que le ayudaba a olvidar su desoladora realidad. Marcus se había convertido en la pieza esencial que mantenía vivo su entusiasmo, como una rosa que crece en un desierto de espinas. Sin embargo cuando abrió la puerta esa mañana se encontró con la doncella de cabellos castaños al otro lado, sujetando una bandeja que casi dejó caer tras el brusco encuentro.
- El señor cree conveniente que se quede en sus aposentos para que recupere sus fuerzas por completo, por ello nos ha pedido que le trajéramos el desayuno hasta aquí.
Iriel iba a rechazar la oferta cuando se fijó en la súplica silenciosa de los ojos de la muchacha. Smaug había dado órdenes de que no saliera de la habitación, de algún modo, parecía que sus charlas en las cocinas le molestaban. Iriel tuvo miedo de que alguno de los sirvientes fuera castigado por su rebeldía, así que asintió con la cabeza y tomó la bandeja.
Desayunó en silencio, resignada. La tostada con mermelada de arándanos le resultó insípida a costa del nudo que le revolvía el estómago. Tomó un par de piezas de fruta e intentó apagar su sed con el zumo de mora que le habían llevado, pero le resultó demasiado empalagoso. Se acercó a la ventana y dejó la copa medio llena en la cornisa. Entonces tuvo un extraño presentimiento. Se acercó a su bolsa de cuero y sacó la Piedra del Arca.
Su fulgor nacarado la cegó durante un instante. La piedra brillaba, brillaba como nunca antes lo había hecho. Iriel sintió que se le paraba el corazón. Su tiempo se había acabado.
Nerviosa, recorrió la habitación en busca de un escondite para el Corazón de la Montaña. Decidió ocultarla en un pequeño cofre tallado en madera de roble que descansaba sobre su cómoda. Al menos por el momento.
Sintió un sudor frío recorriéndole la espalda, una sensación de angustia en su pecho. Decidió darse un baño para calmar sus ánimos. Permaneció bajo el agua durante horas, acurrucada, abrazada a sus rodillas en aquella bañera de porcelana. Pero aquella sensación no desaparecía, así que tragó saliva y decidió arriesgarse. Se vistió y salió a hurtadillas de la habitación, para buscar consuelo en el único amigo que tenía a su alcance.
Cabalgaron adentrándose en las montañas. Bilbo insistió en tomar un pequeño descanso para comer, alegando que el animal llevaba demasiadas horas a galope. Thorin refunfuñó, pero accedió porque le preocupaba el estado físico del caballo. Había cabalgado hasta allí desde Rivendell, quién sabe desde hacía cuanto, y le necesitaban para continuar la búsqueda, que no sabían cuánto podía durar. Compartió una hogaza de pan con el hobbit, pero sin entablar ninguna conversación. Todavía tenía herido el orgullo por los reproches que el mediano se había atrevido a echarle en cara.
El descanso fue breve, pero cuando iban a emprender el viaje de nuevo, el viento sopló en dirección a ellos, arrastrando olor a calcinado. Thorin se tensó al recordar aquel hedor que le perseguía en sus pesadillas. Bilbo arrugó la nariz ante aquel desagradable olor.
El enano vislumbró un bulto ennegrecido enganchado entre los arbustos del pie de las cordilleras. Se acercó a él corriendo y en cuanto lo examinó, el objeto se deshizo en cenizas entre sus dedos. Era una bota de cuero.
- El fuego la ha calcinado. – Exclamó el hobbit con un hilo de voz.
Thorin apretó los puños aplastando los restos polvorientos.
- Sólo uno ha podido hacerlo.
Ambos comenzaron a inspeccionar los alrededores, en busca de más restos quemados que les indicaran el camino tomado por el dragón. Penetraron por un camino que se adentraba en los recovecos de las montañas. Hallaron más restos de cenizas mezcladas con la árida tierra de aquel terreno, jirones de ropa convertidos en carbón. El animal les seguía despacio. De pronto, oculto entre los riscos nevados, vieron erigirse un edificio. Aquel lugar estaba intacto, sin rastro de destrucción ni derrumbamientos, no como las ruinas de ciudad de Valle. No podía ser casualidad que aquel lugar hubiera permanecido indemne, aquel tenía que ser su escondite.
Dejaron al caballo plateado en la ladera de la montaña, lo suficientemente lejos para que no levantara sospechas, pero lo suficientemente cerca para una huida desesperada. Avanzaron hacia la casa escondiéndose en cada montículo, con los ojos bien abiertos y los oídos dispuestos a captar cualquier signo de vida. De pronto un par de centinelas salieron por la puerta, armados con lanzas. Se acercaron a una pila de leña y rellenaron con ella los sacos que portaban a la espalda. Desaparecieron tal y como habían llegado.
- No podemos entrar ahí por las buenas, no sabemos cuántos hay.
- Hemos peleado contra hordas de trasgos y orcos, ¿de verdad crees que no podemos hacer frente a unos cuantos soldados? – Le rebatió Thorin acariciando la empuñadura de su espada, dispuesto a saltar a la entrada y seccionar la puerta con una estocada. Bilbo le sujetó por los hombros para contenerle.
- No me refiero sólo a eso. No sabemos qué hay al otro lado. No sabemos si esos guardias son amigos o enemigos de Smaug, no sabemos si tiene rehenes allí, no sabemos cómo matar a un dragón que ya nos ha derrotado antes sin ningún esfuerzo. – La mirada del enano le traspasó con furia, pero Bilbo permaneció firme. – Déjame entrar ahí dentro, confía en mí como cuando me hiciste atravesar la entrada secreta. Inspeccionaré el interior y cuando regrese, ambos trazaremos un plan que no termine con nuestras muertes. Permíteme ser el saqueador que querías para tu Compañía.
Thorin escuchó las sensatas palabras el mediano y le concedió su petición con una leve inclinación de cabeza.
Bilbo tragó saliva y se introdujo el anillo con manos temblorosas. Su silueta se desdibujó al instante. Caminó hacia la entrada tembloroso, con pasos titubeantes, sólo que nadie pudo verlo.
Thorin esbozó una pequeña sonrisa. ¿En qué momento del viaje aquel hobbit había dejado de ser una carga para convertirse en uno de sus aliados más valientes y sensatos?
Balin golpeó suavemente las puertas de piedra que guardaban los aposentos de su rey. Llevaba en sus manos varios de los documentos que le había pedido y tenía buenas noticias acerca de las tareas de reconocimiento de la zona y las reparaciones de los desperfectos. Sin embargo nadie contestó al otro lado. Balin volvió a insistir.
Creyó que tal vez había decidido dar una vuelta por los amplios corredores de Érebor, así que decidió volver al cabo de un rato.
Se encontró con Fíli y Kíli, quienes reconocieron que tampoco habían visto a Bilbo en todo el día. Balin tuvo un mal presentimiento, así que regresó a aquella habitación. Empujó las puertas y entró.
Había un pergamino escrito a mano sobre la cama, bajo la llave de Érebor. Era la letra de Thorin.
"No espero que lo entendáis, sólo que respetéis mi decisión. Tenía que enfrentarme a este fantasma del pasado solo, pues sólo me concierne a mí la tarea de acabar con ese engendro. No intentéis seguir mi pista, volveré cuando haya cumplido mi cometido. Por Durin, por mi padre y mi abuelo, por mi pueblo, por vosotros."
Balin sintió que los ojos se le empañaban en lágrimas. Sin duda alguna, aquel era el hombre al que había decidido seguir hasta el fin de los tiempos. Pero entonces, algo captó la atención de su visión borrosa. Un fragmento de un arma partida en dos. La reconoció al instante. Aquello hizo que el extraño comportamiento del enano durante los días previos adquiriera su significado. Una pequeña corriente de aire le arrancó la nota de la mano y la llevó flotando junto a la vara quebrada, quedando expuesta por el reverso. Entonces Balin vio que había un segundo mensaje escrito.
"Si encuentro el fin de mis días bajo las llamas, te confío mi puesto. Sé que sabrás guiar al resto durante mi ausencia, tal y como me has guiado a mí durante toda mi vida. Dejo en tus manos la labor de cuidar y enseñar a mis sobrinos, para que ocupen mi lugar en el trono cuando lo consideres oportuno"
Iriel se escabulló sigilosa por las escaleras. Inspeccionó con cuidado el recorrido antes de doblar cada pasillo, asegurándose de que nadie la veía. Bajó las escaleras sin hacer ruido. El anciano la recibió con los brazos abiertos. Iriel se derrumbó entre sus brazos y decidió contárselo todo, las razones que la habían llevado a aquella desdichada situación.
Marcus le limpió las lágrimas con sus dedos encallecidos por el aceite y los fogones.
- No mereces un destino como ese. No alguien como tú. Debes tener fe en que encontrarás el modo de regresar a su lado.
Iriel negó con la cabeza. No quería escuchar eso. Esperanzas, fantasías sin sentido tomando el control de sus pensamientos. No podía permitírselo. Sin embargo, el dolor de su decisión se aligeró un poco al compartirlo. El peso que la aplastaba ya no era tan intenso.
De pronto, irrumpiendo en aquella feliz escena, una sombra se personificó en la cocina.
- Te estaba buscando.
Iriel aprovechó que se encontraba de espaldas para acabar de borrar los rastros de sus lágrimas. Cerró los ojos y respiró hondo.
- Pues ya me has encontrado. – Respondió girándose hacia él, manteniendo una mirada firme.
Smaug miró al anciano de reojo, con la frialdad y total ausencia de sentimientos que le caracterizaba.
- He venido para otorgarte tu primera orden. Creo que ya has descansado lo suficiente.
Iriel le miró sin pestañear y asintió con la cabeza, preparada para responder sobre la Piedra del Arca. Intentó pensar en alguna excusa para evadir la tarea, pero el dragón no estaba pensando precisamente en el Corazón de la Montaña. Con una absoluta inexpresividad decretó:
- Mátalo.
El plan que estaba trazando en su cabeza se hizo pedazos.
- ¿Disculpa?
- ¿No me has oído? He dicho que mates a este decrépito cocinero.
El cuerpo de Iriel comenzó a tensarse. Sus músculos se contrajeron en un espasmo doloroso.
- No… - susurró.
- ¿Qué has dicho? – Smaug se cruzó de brazos, enfadado.
- ¡He dicho que no! – Gritó la chica desafiante, poniéndose delante del anciano, que no había pronunciado palabra.
- ¿Te atreves a desobedecer una de mis órdenes? ¿Has olvidado el pacto que me juraste?
Por supuesto que no lo había olvidado, pero aquello no le daba a derecho a… no podía obligarla a… era demasiado, cruel.
Smaug permaneció en su sitio, perforándola con aquellos ojos rasgados carentes de piedad.
- ¿Prefieres que lo haga yo? Te aseguro que mi método no será agradable, ni tampoco rápido.
Algo le oprimió la garganta. Iriel sintió una sensación nauseosa, tuvo que sujetarse la boca para no vomitar. Se sintió mareada.
"Piensa, piensa algo ¡rápido!"
Se giró hacia el anciano, que la miraba sin juzgarla. Vio la aceptación en sus ojos. Recordó un pequeño truco que había visto hacer a unos bandidos para engañar a los guardias hacia años. Miró al cocinero y movió sus labios esperando que entendiera el mensaje.
"Sígueme el juego"
Posó sus manos a ambos lados del cuello del anciano. Lo sujetó con firmeza. Con astucia, modificó el ángulo muerto colocándose delante de él, limitando la visión del dragón. Giró con rapidez sus manos, haciendo parecer que le retorcía el cuello. Iriel imitó con los dientes el chasquido de los huesos de su cuello al partirse. Lo soltó y el anciano cayó al suelo. Había entendido el plan a la perfección. Fingir su muerte para salvar a ambos. El anciano cayó boca abajo, de este modo se ocultaban los leves movimientos de su respiración.
Iriel contempló al anciano unos instantes, respirando entrecortadamente, para convencer al dragón de que había seguido sus órdenes luchando contra sus principios. Tras unos segundos de rigor, se giró hacia Smaug, dejando escapar una lágrima falsa por sus mejillas.
Smaug dio un paso hacia ella, mirando el cadáver con recelo. Iriel le cortó el paso.
- He cumplido mi parte. Déjame al menos que le entierre como se merece.
Smaug la miró impasible. Se aguantaron la mirada durante unos segundos que parecieron interminables. Iriel sentía el corazón golpeándole el pecho, aterrada por cometer un error que destapara el engaño. De pronto Smaug apartó la vista de ella. Avanzó un poco más y se agachó junto a la víctima. En ese momento la mano de Smaug se convirtió en una garra afilada cubierta por escamas de dragón, y antes de que la chica pudiera reaccionar, atravesó el corazón del anciano por la espalda. Su cuerpo tembló con los espasmos del dolor y un grito salió de sus entrañas. Iriel se cubrió la boca ante tan atroz asesinato. El anciano murió mirándola. Pudo ver cómo se apagaba el brillo de sus ojos en el mismo instante en el que su alma abandonaba este mundo.
Iriel retrocedió horrorizada. Smaug se levantó con la sangre goteando de su garra. Se giró hacia la chica y con su mano humana le propinó una bofetada en el rostro. Iriel chocó contra la mesa del fondo. La fuerza del impacto hizo que la estrella que adornaba su pelo cayera al suelo, deshaciendo la trenza de sus cabellos.
- ¿Crees que soy idiota? – Rugió Smaug, que se abalanzó hacia ella y la sujetó del cuello, empujándola contra la pared y levantándola al menos dos palmos del suelo, para tener sus ojos a su altura.
Bilbo penetró en aquella mansión inseguro. Los guardias que acababa de ver fuera se encontraban charlando junto a una gran escalinata. El hobbit caminó de puntillas para que no se percataran de su presencia y subió las escaleras utilizando la alfombra roja que la cubría en el centro, para amortiguar así sus pisadas. Se coló en un montón de habitaciones vacías, sin encontrarse con nadie. Al final llegó a la última habitación del pasillo. Sintió el calor del vapor al abrir la puerta. Alguien había estado dándose un baño caliente hacía poco. No le hizo falta concentrarse demasiado para percibir el olor de su compañera en la habitación. Aquel era el lugar donde Iriel permanecía cautiva. Sin embargo, cuando se acercó a la cama percibió un murmullo que le llamaba. Un sonido que no sabía definir, como si alguna estructura viva, no humana, le estuviera hablando. Sus ojos se clavaron en un pequeño cobre de roble. Un brillo pálido se escapaba de sus rendijas. Se acercó y abrió la caja con manos temblorosas. El fulgor nacarado lo cegó unos instantes. El hobbit quedó absorto por el ondulante resplandor de aquella gema, que parecía latir en su interior. Quién sabe por qué, el mediano la tomó entre sus manos y la metió en el interior de su bolsillo. Su invisibilidad también ocultó el brillo. Salió de la habitación para seguir inspeccionando, para recabar toda la información posible y trazar un plan.
Cuando estaba dando media vuelta escuchó un sollozo proveniente del techo. Miró a su alrededor buscando su origen y encontró un pequeño cordel en medio de unas tablas de madera. Debía de ser la buhardilla. Saltó varias veces intentando agarrar el cordel, pero estaba demasiado alto para él. Esta vez escuchó un aullido de dolor. Era una mujer. Temiendo que fuera Iriel, trepó por una estatua de mármol que había junto a la pared y se impulsó desde ella para agarrar el cordel. La compuerta que sostenía se abrió al colgarse con su peso. Unos peldaños se deslizaron hacia él. Bilbo subió deprisa dispuesto a convertirse en el héroe de su compañera.
Pero no era Iriel la que estaba siendo atacada.
Una doncella de cabellos castaños estaba siendo azotada con un cinturón de metal a manos de un joven fornido de cabello moreno. A sus pies otra chica le suplicaba que parara. El joven le dio una patada en la cara.
- ¡Todo esto es culpa vuestra! ¿Por qué habéis dejado que saliera de la habitación?
Las doncellas suplicaron a sus pies, pero el guerrero no cedió ante su llanto. De pronto sacó una daga de su cinturón y sujetó la muñeca de la chica dispuesto a seccionársela con un corte brusco y poderoso. El pánico se adueñó de sus ojos e intentó con todas sus fuerzas resistirse.
- Smaug me ha obligado a castigarte. Si no lo hago, todos moriremos. Tú te lo has buscado. – Dijo con una voz carente de clemencia.
Bilbo no aguantó más. Desenvainó a Dardo y atravesó con ella el cuerpo del guerrero, haciendo que ambas mujeres gritaran al ver aparecer la punta de la espada cubierta de sangre en su pecho. El guerrero miró su herida sin entender nada y entonces se desplomó en el suelo.
- ¡Rápido! ¡Huid de aquí las dos! ¡Antes de que os encuentre!
Pero aquella voz invisible fue demasiado para ellas. La locura se adueñó de una de ellas y la otra se desmayó. Bilbo se quitó el anillo y maldijo su suerte. Su plan de inspeccionar sin levantar sospechas acababa de irse al traste. Thorin iba a matarlo.
En las afueras de la mansión Thorin esperaba impaciente. Hacía rato que el mediano se había ido. Mientras esperaba, decidió inspeccionar más de cerca aquel lugar. Rodeó la casa para comprobar la magnitud de sus límites. Encontró una puerta de madera en el subsuelo. Dada la predisposición de la construcción, debía tratarse de una bodega. De pronto escuchó ruido de pasos a su alrededor. Volteó rápidamente su cuerpo en busca de un escondite. No había nada, ni una roca, ni un arbusto. Se regañó a sí mismo por haber sido tan imprudente. Se agachó para abrir el pestillo de aquella entrada y penetró en aquel agujero sin pensárselo dos veces.
Escuchó los pasos de dos guardias caminar a escasos metros de donde se encontraba y se quedó allí sin moverse, mirando a través de la rendija.
- Creo que deberíamos coger un poco de vino, se nos está acabando.
Thorin maldijo su mala suerte. Se alejó de la entrada y se adentró en aquella bodega, escondiéndose entre los barriles más alejados que guardaban las provisiones para el invierno.
Los centinelas abrieron la puerta, pero apenas penetraron en el lugar. Los barriles de vino se encontraban justo en la entrada. Cargaron con uno de ellos y dieron media vuelta.
El enano permaneció en silencio unos minutos más, hasta asegurarse de que se habían ido lejos. Agachado tras los barriles del fondo, percibió el aroma de los fogones. Se giró extrañado y entonces descubrió al fondo una pequeña tubería que hacía las veces de chimenea. Se acercó a ella y entonces descubrió otro olor mezclado con la comida. Era el olor de la sangre. Se agachó para intentar ver algo, pero la trayectoria del tubo tenía demasiados giros y le impedían ver su desembocadura. Sin embargo, percibió una voz a través de ella. Contuvo la respiración para concentrarse en ella. La escena de la que fue testigo le heló la sangre.
- Creo que no me has entendido – dijo Smaug con una voz más calmada y carente de sentimientos, empotrando a la chica contra la pared al sujetarla por la garganta. Iriel dejó escapar un quejido ahogado provocado por la asfixia – Si te digo que camines entre un mar de fuego, debes hacerlo. Si te digo que te sumerjas en un río helado desnuda para traerme una simple roca, debes hacerlo. Si te digo que te subyugues en mi lecho hasta que me haya divertido lo suficiente, debes hacerlo. Si te digo que masacres un pueblo entero rebanando las gargantas de los niños ante los ojos de sus padres, debes hacerlo. – Smaug rió con una maquiavélica voz - Todo eso es lo que implica tu lealtad hacia mí. ¿Creíste que sería bajo el precio a pagar a cambio de la vida de ese enano? Pobre ilusa, no tienes ni idea de lo caro que pagarás tu sacrificio.
Iriel se estremeció ante aquella confesión. Un miedo irracional se apoderó de su juicio. Por un momento se vio envuelta en un mar de sangre, entre cientos de cadáveres ardiendo. Smaug vio el pánico reflejado en el fondo de sus ojos y se sintió tremendamente satisfecho.
- Aunque he de reconocer que me sorprendió tu actuación. Traicionar a aquel enano para eliminar de su mente cualquier mínima intención de rescatarte y así protegerle de mi ira, fue un astuto plan… aunque a cambio le destrozaras por dentro. – Rió de forma cruel. – Me pregunto si lograste que te odiara incluso más que a mí.
Aflojó la mano de su garganta y la arrojó al suelo. Iriel cayó de bruces, temblorosa, en parte por el pánico que sentía, en parte por el dolor y en parte por la rabia contenida. Pero no se permitió llorar allí, no para disfrute de su verdugo.
Smaug la observó desde su gran altura, disfrutando de su sufrimiento.
- Será mejor que lo asumas ya, esto es lo que te espera a mi lado. Obedecerás mis deseos hasta el fin de tus días.
El enano se sentía incapaz de respirar, como si una estaca se le hubiera clavado en el pecho. Sintió la agonía y el miedo de la chica aplastarle la garganta, como una tortura que no parecía de este mundo. Mil sentimientos se despertaron en su interior.
Esperanza, felicidad, amor.
Todo lo que habían vivido juntos había existido realmente, aquel romance terrenal que le apartaba de su sufrimiento había florecido entre las espinas de aquella aventura sin retorno. Todo había sido real.
Culpabilidad, martirio, pena, sufrimiento.
Aquellas crueles palabras habían sido un truco para salvarle, ella no le había abandonado. Y él la había juzgado sin pensar en alguna alternativa que explicara aquel extraño comportamiento. Bilbo no había dudado de ella ni un instante, sin embargo él había la había repudiado y apartado de su mente, olvidando todas las veces que en el pasado ella había intentado protegerle.
Se había sacrificado por él. Había pagado demasiado a cambio de mantenerle con vida. Una deuda que jamás podría devolverle en todos los días de su vida. Thorin se vio abrumado por aquel acto altruista. Tras una vida de desprecio, traiciones y abandono por parte de tantas personas que había considerado importantes, nunca creyó volver a ser lo suficientemente importante para alguien como para merecer ese trato. Nunca creyó que nadie sacrificara tanto por él. Sintió que su alma lloraba por dentro.
Ira, rencor, cólera, odio.
Odio, el odio era el sentimiento que le estaba quemando por dentro. Odió a Smaug más de lo que un enano ha odiado nunca a un enemigo. Le maldijo más cruelmente de lo que su idioma lo permitía. Lo odió mucho más en aquel momento que tras ser arrojado junto a su pueblo hacia una vida en el exilio. Thorin apretó los puños con furia e hizo rechinar su mandíbula. Heló el infierno en el interior de su mirada. Ahora sí. Ahora sí que estaba obligado a acabar con su vida.
Iriel se marchó de allí corriendo. Dejó atrás el calor de los hornos y el olor a sangre derramada y escapó hacia su habitación, intentando contener las lágrimas. En cuanto llegó se desplomó sobre la cama, vertiendo su llanto sobre ella.
Había sido una ilusa al pensar que su infelicidad estaría provocada por la ausencia del enano. Su vida iba a ser un infierno, Smaug iba a encargarse personalmente de ello.
De repente, en un arrebato de rabia, abrió las puertas del armario y empezó a sacar sus cosas de él. Tenía que huir de aquel infierno. Desgarró el vestido que llevaba puesto y comenzó a ponerse sus vestimentas. Dio una patada a la pared y uno de los cuadros de porcelana que había en ella cayó al suelo haciéndose pedazos. Uno de los cristales salió disparado hacia ella, provocándole un pequeño corte en el pómulo, el que ya le dolía por el golpe de Smaug. Iriel se llevó las manos a la cabeza y dejó escapar un grito gutural.
¿Qué estaba haciendo? ¿Huir? Ella no tenía permitido eso. No podía dar marcha atrás.
Cayó al suelo de nuevo. ¿Qué podía hacer? ¿Qué salida le quedaba?
Se levantó hacia su bolsa de cuero, con movimientos pesados y autómatas, sumida en aquel pozo de desesperación que había vuelto a robarle el brillo a sus ojos, en busca de un pañuelo para limpiarse la sangre del rostro. En ese momento sus dedos rozaron el vidrio frío de un elemento que portaba desde el inicio de la aventura y que ya había olvidado.
El vial de veneno que había extraído de los colmillos de los gaurhoth.
La voz del dragón resonó en su cabeza.
"Obedecerás mis deseos hasta el fin de tus días."
Aquella era su salida. Su única salida. Se levantó despacio y se acercó al alfeizar de la ventana. La copa con el zumo de moras seguía allí, tal y como la había dejado. El sol impactaba en el borde del vidrio, haciendo que el color púrpura brillara de forma casi hipnótica. Iriel abrió el vial de veneno y lo vertió en su interior. El líquido verdoso se mezcló con el zumo, sin que el color violeta se alterara ni un ápice. Tomó la copa entre sus manos y se desplazó con ella al otro lado de la habitación, frente a la puerta. Se quedó un rato mirándola sin moverse. Dicen que cuando uno está a punto de morir toda su vida se manifiesta ante tus ojos, pero en el caso de Iriel no fue así. La única imagen que ocupó su mente fueron aquellos ojos azules, aquella mirada que perdió su brillo cuando ella le rompió el corazón. Sintió el frío contacto del vidrio en sus labios y empezó a inclinarlo hacia ella, para que aquel elixir maldito acabara con su sufrimiento.
Un terrible estruendo llegó hasta sus oídos interrumpiendo aquel suicidio. Gritos. Golpes. Objetos haciéndose pedazos.
Confundida, dejó la copa sobre el tocador y se vio empujada fuera para descubrir lo que estaba ocurriendo.
Thorin había abierto las puertas de la mansión con una patada. Su furia emanaba de cada poro de su piel. Su mirada era más severa y peligrosa de lo que lo había sido nunca. Los tres centinelas que quedaban vivos acudieron enseguida hacia allí para hacer frente al intruso, sin embargo no contaron con encontrarse con un guerrero tan experimentado. El enano los doblegó con tan sólo un par de estocadas. Empujó a uno de ellos contra la pared y aproximó el filo de su espada a la nuez de su garganta.
- ¿Dónde está? – Mordió cada palabra.
- ¿Quién? – Preguntó el soldado tembloroso, aunque ya sabía de sobra a quien estaba buscando. El enano le sostuvo la mirada sin contestar. Percibió con el rabillo del ojo que uno de los soldados abatidos se levantaba para atacarle por la espalda.
Iluso. Cuántas veces había abatido a enemigos que se guiaban por estrategias tan rastreras. El enano se giró a gran velocidad y cortó su vientre con aquella estocada semicircular. La sangre brotó sin control.
El soldado que seguía aprisionado junto a la pared se percató de que seguiría la misma suerte si no colaboraba.
- En… en el pi-piso de arriba… - tartamudeó nervioso.
Thorin se dirigió a las escaleras.
Iriel salió de su habitación y lo primero que encontró fue a las doncellas en el suelo, una de ellas gritando como si se hubiera vuelto loca. Bilbo, se encontraba junto a ellas, oculto por su anillo mágico. Iba a llamar a Iriel cuando vio a un hombre de ojos rasgados aparecer detrás de ella.
- ¿Qué significa todo esto? – Preguntó encolerizado. Iriel no supo qué responder. En ese momento el dragón se percató de su cambio de vestuario. - ¿Qué haces con esa ropa? ¿Es que piensas ir a alguna parte?
De nuevo la agarró por el cuello y la empotró contra la pared.
- ¿Intentas traicionarme? ¿No has aprendido ya la lección? ¿A cuántos más necesitas que mate para que lo entiendas? – Dijo mirando con rencor hacia las doncellas.
- ¡Aléjate de ella!
Aquella voz…
Smaug la soltó al reconocer su procedencia. Iriel cayó al suelo cubriendo su rostro con los antebrazos.
Aquella voz profunda, aquella presencia orgullosa, aquella sensación de protección. Iriel se resistió a levantar la cabeza por miedo a que todo aquello fuera un espejismo, una broma cruel de su mente, pues tras los últimos acontecimientos empezaba a sospechar que se estaba volviendo loca. Sintió su corazón detenerse para después sacudir su pecho de forma casi dolorosa. Finalmente se atrevió a mirar.
Thorin blandía la espada con ambas manos, desafiando al dragón con aquella mirada gélida carente de dudas. Un nudo oprimió su garganta. Él estaba allí, estaba allí de verdad, tan noble y perfecto como lo recordaba.
Segundos después, sus instintos de supervivencia echaron a un lado su enamoramiento. Un escalofrío helado la traspasó. Aquello iba mal, muy mal. Su plan acababa de echarse a perder por completo, a pesar del daño que se había provocado para protegerle, su sacrificio no había servido de nada. El miedo y la rabia despertaron a la vez. Después de todo, había fracasado.
- ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¡Maldita sea! ¿Es que no recuerdas lo que te dije? – le gritó recriminándole su presencia, aunque en el fondo su alma lloraba de alegría al verle de nuevo.
Smaug miró al guerrero sorprendido. Aquella intrusión no entraba en sus planes. Aquel enano era más problemático de lo que había sospechado. Como fuera, ya se había cansado, acabaría de una vez por todas con el problema, aquel enano sólo estaba dictando su sentencia de muerte.
Thorin no contestó a las preguntas de Iriel, en lugar de ello mantuvo una batalla de miradas con el dragón, obligándole con ella a retroceder y apartarse de su prisionera.
Smaug agarró a la chica por los hombros y la obligó a levantarse. Sacó un puñal de entre sus mangas y aprisionó su cuello con ella. La mirada de Thorin relampagueó de rabia. Smaug estaba jugando sucio.
- ¿Eres tan cobarde que necesitas rehenes?
- No, pero de esta forma me resulta más divertido. – Apretó aún más el filo contra su piel, la chica gimió y un fino hilo de sangre comenzó a fluir. Thorin apretó los dientes y bajó un poco la punta de la espada con la que le apuntaba.
- ¿Qué quieres?
- Yo también tengo curiosidad. Responde a la pregunta de tu ramera. ¿Por qué has venido?
Iriel le miró con ojos suplicantes, rogándole que diera media vuelta y se marchara tan rápido como pudiera. El enano ablandó su mirada fijando sus ojos claros como objetivo y la miró con ternura y decisión. Las palabras que dictaba su corazón emergieron de sus labios.
- Porque si esto va a terminar con fuego, entonces… arderemos juntos.
