¡Siento el retraso! ¡Durante estas semanas se han juntado demasiadas ocupaciones y emociones! XD
Guardias en el trabajo, cenas de empresa y con los amigos, mi cumpleaños, la premiere del hobbit en Madrid en la que pude babear en vivo y en directo sobre Richard Armitage y Luke Evans (ayy oma! momento fan enloquecida xDDDD vaya locurón de viaje!) y por supuesto el deseado estreno de la Desolacion de Smaug! *o* awwwww todavía estoy en mi nube de fantasía, ¡ha sido un intenso cúmulo de emociones!
Asi que tras calmar a mis neuronas y mis ovarios XDD por fin he podido dedicarme a escribir el capítulo :D
Erinia Aelia: Esa frase tan mítica había que introducirla en algún sitio, a mí se me pone la piel de gallina cada vez que la escucho en los trailers. Muy perspicaz XD es verdad que averiguaste lo que tenía en mente jejejeje. A ver si también eres capaz de averiguar lo que se propone Jackson! pues después de ver DoS te juro que ya no sé qué esperarme en la 3º xDDD
De nuevo un millón de gracias por aquella jornada tan amena en tierras madrileñas ;)
HainesHouse: Sí, el guiño guiño iba dedicado XDDDD. Me alegro que te gustara y que mi personalización de la maldad del dragón te convenciera tanto xDDDD. Tranqui, aún no es el final, aún queda un poco de tralla por aquí (si Jackson hace 3 pelis xD yo voy a alargar mi fic hasta donde me salga del...)
daya20: *o* yujuuuu me alegro mucho de que te inmiscuyas en la relación de estos dos y sufras/disfrutes tanto como ellos. :) espero que este capítulo también puedas disfrutarlo.
Alva Midgardian girl: Otra que une al club anti-Smaug jajaja xDDD. Sí, intenté actualizar rápido, pero con este me he retrasado bastante. Jajaja, visualicé e Thorin entrando con rabia en la mansión poco menos que echando espuma por la boca xDDDD pero sin perder su majestuosidad, of course!
Nuan: Me alegro que te enganchara tanto la lectura :D En este capítulo se decidirá el destino del dragón, pues demasiados enemigosa se está ganando ya. Gracias por el apoyo!
Nara: Bienvenida! :D Me alegro muchísimo de que te guste la historia. Intentaré estirarla todo lo que pueda, después de tantos meses a mí también me da pena concluirla xD así que proseguiré narrando sus aventuras. Muchas gracias por tu apoyo!
Melie: Bienvenida! :D Me alegro de que te esté gustando tanto y me hace muchísima ilusión que empaticeis tanto ella ^^. Siento haberos hecho esperar con esta última actualización. Sí, estoy de maravilla, todavía en una nube desde que vi al natural los ojazos de Richard xD
¡No me enrollo más! ¡Disfrutadlo!
*~~~~ CAPÍTULO 33: EL LAGO EN LLAMAS ~~~~*
"Porque si esto va a terminar con fuego, entonces… arderemos juntos."
Aquella frase le robó el aliento. Para ella el tiempo se detuvo en aquel instante, absorbido por los ojos del enano y el grave sonido de su voz. Una presión se hinchó en su pecho.
Él aceptaba compartir su destino.
Iriel creyó que todas las decisiones que había tomado no podían haber sido más erróneas. Si el enano no se había rendido, lo justo era que ella tampoco.
Clavó con fuerza el tacón de sus botas en la espinilla de su captor. Aquel ataque por sorpresa aflojó el filo de su garganta lo suficiente para que la chica consiguiera evadirse de su control y enredara de nuevo su pie entre los tobillos de Smaug, desestabilizando su punto de apoyo y haciéndole tropezar. Salió disparada en dirección al enano, cuyos reflejos habían reaccionado más rápido que los de su oponente, tendiéndole la mano a su amada e iniciando la carrera junto a ella lejos de allí.
Corrieron escaleras abajo, sortearon las columnas y se adentraron en los recovecos de la mansión. Smaug se levantó para perseguirlos con el orgullo herido. Fue entonces cuando Bilbo, que había sido un testigo silencioso, decidió entrar en escena para ayudar a sus compañeros. Agarró la alfombra que cubría las escaleras, por la cual Smaug estaba bajando a toda velocidad, y la sacudió, haciendo que el dragón tropezara entre los peldaños. Nada más caer al suelo se irguió con los ojos relampagueando con despiadada inquina.
De modo que el enano no había acudido solo, aquel sucio ladrón invisible que se había atrevido a colarse entre sus tesoros por primera vez también estaba allí. Era la hora de su venganza. Cambió de dirección para perseguir a su nueva presa. Bilbo comenzó a correr en busca de un nuevo escondite.
Los amantes corrieron con las manos entrelazadas, tal y como lo habían hecho en el interior de los dominios del Rey Elfo cuando se convirtieron en invitados fugitivos. Thorin lideraba la huida, guiándola con su mano firme y protectora. Finalmente se detuvieron para colarse en una de las habitaciones. El enano atrancó el picaporte con un candelabro. Sólo necesitaba ganar un poco de tiempo para maquinar un plan y tenderle una emboscada a Smaug, y así acabar con él de una vez por todas.
En realidad aquello no comportaba gran protección, si Smaug se convertía en dragón arrasaría la mansión entera, con todo lo que hubiera dentro. Sin embargo Iriel tenía esperanza, aún confiaba en ser útil para el dragón de algún modo y que ello contuviera en parte su devastador ataque contra ellos, de lo contrario ya la habría matado hace tiempo.
Ambos se quedaron en silencio mirando la puerta atrancada, recuperando el aliento tras la carrera. El subidón de adrenalina de los minutos previos empezó a desaparecer de sus venas y sus efectos se desvanecieron sin que ningunos otros los renovaran.
Thorin pronunció su nombre con un susurro, rasgando el silencio que se había apoderado de la escena, devolviendo a su chica a la realidad. Fue el detonante para quebrantar la cordura que luchaba por controlar. El sereno y familiar sonido de su voz le hizo aflorar todo lo que llevaba días encerrando en su interior. Iriel se derrumbó sobre el enano. Todo el miedo y sufrimiento que había soportado durante días en soledad emergió sin ser llamado.
Hundió su cabeza en su pecho y las lágrimas fluyeron sin resistencia mientras temblaba.
- Perdóname.
El enano la rodeó entre sus brazos y la apretó con fuerza hacia él. Iriel dejó salir todo su tormento. Sabía que Smaug los estaba buscando, que no debían bajar la guardia, que no debía hacer ruido, pero se sentía incapaz de controlar su llanto. El enano acarició sus cabellos y la besó en la frente. En cuanto la chica se separó un poco para mirarle a los ojos, el enano bajó su cabeza y la besó en los labios. No era la primera que conseguía calmar sus lágrimas de esta forma.
Poco a poco, Iriel recuperó el control, recobrando el aliento a través de esos cálidos labios.
El enano terminó de secar las lágrimas que aún nacían en sus ojos cristalinos con la yema de sus dedos y la honró con una sonrisa capaz de interrumpir sus latidos, con ese toque majestuoso y seductor que sólo él poseía.
- No hay nada que deba perdonarte.
Iriel inspiró profundamente para intentar controlar la vorágine de sentimientos que el enano había despertado en su interior y para evitar que su corazón sufriera los efectos de aquella devastadora sonrisa. Se separó de su presencia e intentó dejar la mente en blanco para razonar con frialdad. Comenzó a deambular por la habitación, presionando sus sienes con los dedos.
- Tiene que haber algún modo de despistarle, de salir de aquí sin que él se entere.
- Sabe dónde encontrarnos, volverá a la Montaña Solitaria y la arrasará por completo.
- Entonces debemos encontrar otro lugar para ocultarnos. Tal vez si nos adentramos en…
- No. – Thorin agarró a Iriel por el hombro y la giró con suavidad para que le mirara a los ojos. – No vamos a huir. Vamos a acabar con su vida de una vez por todas.
El miedo volvió a adueñarse del corazón de la chica. Le había visto cometer atrocidades, torturar a sus víctimas, luchar con aplastante superioridad contra el enano entre los muros de Érebor. No había modo alguno de vencer a aquella bestia, era demasiado poderosa.
- Pero… no hay ninguna forma de que nosotros dos podamos…
- No voy a dejarlo estar. No después de lo que nos ha hecho.- Hizo una pausa y suspiró - No después de lo que te ha hecho.
Iriel se resignó. Aquella era la misión que había aceptado al firmar aquel contrato. Aquel era el destino que sabía que les esperaba al cruzarse con su enemigo. Thorin le acarició la mejilla y volvió a besarla en la frente. No había otra opción. Lucharía junto a su enano hasta el fin de sus fuerzas. No vencerían, pero al menos se lo pondrían difícil, al menos le dejarían alguna dolorosa cicatriz que no pudiera borrar, tanto en su cuerpo como en su orgullo.
Thorin se acercó a una de las estatuas que adornaban aquella sala. Era la estatua de un guerrero humano, representada con todo lujo de detalles. Le arrancó la lanza que llevaba entre las manos y se la arrojó a la chica. Volvió de nuevo a la puerta, era hora de dar caza al dragón. Antes de abrir la puerta, pronunció:
- Además no estamos solos. Nuestro saqueador fue quien ideó este rescate.
Iriel se cubrió la boca con la zurda, ahogando un suspiro de sorpresa y alivio. De modo que su pequeño compañero seguía con vida. Aquel mensaje escrito con sangre no había significado una despedida. De pronto la mente de Iriel se despejó y la chica puso los ojos en blanco.
- "Punto débil. Costado izquierdo" – recitó de forma autómata.
- ¿Qué? – Dijo Thorin con la mano sobre el picaporte.
- ¡Su punto débil es el costado izquierdo! – Rió de forma histérica. - ¡Bilbo es un genio! Descubrió su debilidad cuando entró en la montaña.
- Eso significa que… - el enano todavía estaba procesando la información.
- ¡Que tenemos que conseguir que vuelva a convertirse en dragón! ¡Entonces le atravesaremos el corazón! – Dijo Iriel sosteniendo la lanza con firmeza y sonriendo. - Tenemos una oportunidad para derrotarle.
Smaug recorría furioso los pasillos del piso superior. Bilbo había logrado esconderse en un arcón de mimbre de uno de los rincones de una habitación para invitados. Escuchaba los pasos de Smaug aproximarse, destrozar a golpes las puertas y los muebles del resto de dependencias. Bilbo temblaba en el interior del arcón, tapando su boca con ambas manos para mitigar su respiración, mientras vislumbraba por las rendijas de la paja trenzada. De pronto Smaug penetró en aquella estancia, golpeando con violencia la mesa y las sillas del centro de la sala, abalanzándose contra las cortinas, arrancándolas y arrojándolas al suelo furioso al haberlas encontrado vacías.
Sin embargo su aguda audición detectó un crujido proveniente de un arcón. Se giró triunfal hacia él. Hinchó el pecho y agachó su cuello fijando la posición de su víctima. Un rugido llameante emergió de sus fauces caldeando el ambiente mientras se dirigía sin resistencia hacia aquel rincón. En cuanto Bilbo le vio adoptar aquella posición la sangre se le heló en la garganta anteponiéndose a lo que podía significar. Levantó la tapadera del arcón y saltó fuera segundos antes de que la llamarada consumiera la paja. Rodó por el suelo cubierto de hollín y cenizas provenientes de los restos que quedaban de su escondite. Escuchó una risa cruel inundando la sala.
- Al fin revelas tu verdadero aspecto. En efecto, sólo eres una insignificante rata bajo mis pies. Una mugrienta, debo añadir. – Declaró mofándose de él. Los rescoldos y la ceniza le habían envuelto la ropa y la piel, revelando su cuerpo y haciendo inservible la invisibilidad del anillo. Se lo quitó del dedo y lo guardó en el bolsillo, pues al fin y al cabo ya no le comportaba refugio, y caminar entre aquel mundo de sombras y tinieblas al que su poder le arrastraba cuando lo llevaba puesto le resultaba agotador.
La locuacidad que le había protegido de su ira en su encuentro anterior poco podía servir ahora que Bilbo se había atrevido a desafiarle directamente. Smaug le sonreía con una tenebrosa sonrisa, el mismo gesto con el que le había perseguido en las entrañas de la montaña mientras se deleitaba haciéndole temblar. Bilbo comenzó a retroceder, invadido por el pánico, pues veía su final inminente y ninguna posibilidad de evitarlo. Las cenizas se deslizaban ante sus ojos, flotando con una danza silenciosa y los fragmentos incandescentes crepitaban a su lado.
- He asesinado por afrentas menores. – Sentenció Smaug y su voz dejó de sonar humana para distorsionarse y retumbar con la misma sonoridad que había sacudido los cimientos de la fortaleza de piedra.
Antes de que Bilbo pudiera reaccionar Smaug ya se encontraba sobre él y no pudo evitar que su puño impactara implacablemente sobre su estómago, empotrándole contra la pared y haciendo que esta se resquebrajara ligeramente por la fuerza del golpe. Bilbo cayó al suelo doblándose por el vientre, sintiendo que al menos una de sus costillas se había roto y temiendo que lo hubiera hecho algo más. No pudo evitar toser a consecuencia del dolor y un rastro de sangre mezclado con su saliva salpicó el suelo.
- Así es, retuércete como un miserable gusano.
Smaug se acercó hacia los restos consumidos del arcón y cogió una pieza de hierro correspondiente a una de las bisagras, que resplandecía con el fulgor del metal ardiendo. La cogió entre sus dedos y se acercó a Bilbo. No dudó en depositarla en el interior de la mano de su pequeña víctima, apretándola con fuerza desde fuera para que la piel del mediano no pudiera liberarse de la quemadura, a la par que el sibilante chasquido del metal al carbonizar sus tejidos se mezclaba con los aullidos de dolor del pobre Bilbo. Cuando el olor a carne quemada impregnó el ambiente, Smaug liberó la mano de Bilbo y la pieza de metal cayó al suelo. El mediano se retorcía de dolor en el suelo, sujetándose las costillas con su brazo intacto e intentando mitigar el dolor de la quemadura apoyando su mano contra el suelo para que le contagiara su frescor, pero aquella maniobra sólo acrecentaba el dolor de la herida.
Smaug disfrutaba de la escena mientras divagaba sobre nuevas formas de prolongar su agonía sin acabar con su vida.
Sus ojos se toparon con una vara alargada de hierro, la agarró y retorció su extremo como si se tratara de una hoja de papel, moldeándolo como una "S". La miró con malicia e impregnó la punta con su ígneo aliento, haciendo que el metal refulgiera y clamara. Se giró de nuevo hacia el mediano, dispuesto a chamuscar su cuerpo con él, marcándole como a una vulgar res sólo por el placer de oírle gritar y sollozar. Decidió empezar quemándole la lengua.
- Muy bien, ladrón – pronunció con su voz reverberante – este castigo está reservado a los mentirosos.
Se abalanzó sobre él dispuesto a introducir el metal ardiente en su boca hasta socarrar su garganta pero el reluciente filo de una espada interceptó la trayectoria. Thorin había hecho su aparición justo a tiempo. Bilbo se arrastró hacia atrás malherido, con el corazón golpeándole con fuerza y un sudor frío empapándole por completo. El enano le había salvado.
Smaug le miró con rabia a lo que Thorin respondió con una maliciosa sonrisa.
- ¿Qué se siente cuando alguien frustra tus planes una y otra vez?
Smaug gruñó y ambos comenzaron a pelear con sus armas, blandiendo estocadas y duros golpes, pero aquello sólo era una distracción para ganar tiempo. Thorin le hizo retroceder unos pasos con un diestro revés y de este modo consiguió el margen que necesitaba. Se giró velozmente y agarró a Bilbo por la pechera de su vestimenta, desapareciendo de la habitación antes de que Smaug pudiera reaccionar. Sus ojos centellearon de rabia, y preparó una nueva bocanada de fuego para calcinar a quienes acababan de burlarle. Corrió hacia la puerta mientras exhalaba aquella ardiente ofensiva, mas cuando estaba a punto de atravesar el marco de la puerta, una inesperada artimaña frustró su ataque. Iriel se encontraba fuera de la estancia, apoyada en la pared junto a la puerta. Cuando el fuego apareció a su lado, y con él, su creador, la chica clavó la lanza sobre el rodapié del pasillo, justo en la zona donde transcurrían las tuberías. El agua salió a presión de ella, pues había dañado una de las cañerías principales de la vivienda. El agua helada no fue suficiente para contener la magnitud del fuego, pero su contacto con él hizo que se evaporara al instante conformando una densa niebla blanquecina que envolvió a Smaug privándole de la visión.
En el interior de aquella bruma protectora, ambos escaparon. Thorin cargó con el cuerpo del hobbit, bajando las escaleras a toda velocidad para dirigirse a la puerta principal de la mansión. Salió de allí con él y le buscó cobijo entre los árboles del pequeño jardín que nacía frente a la casa. Le ocultó allí para no inmiscuirle en aquella batalla que amenazaba con concluir con sus vidas y le hizo prometer que aguardaría allí unos minutos mientras entretenían al dragón para después desaparecer a lomos del caballo blanco y cabalgar hacia la Montaña Solitaria sin mirar atrás. Bilbo se encontraba demasiado herido y asustado para rebatir aquella orden de su líder, que implicaba abandonarlos a su suerte. Antes de que pudiera decir nada, Thorin volvió a penetrar en la mansión con la espada refulgiendo en su diestra.
La niebla blanquecina comenzaba a disiparse. En su camino Thorin no encontró los cuerpos de los guardias que había abatido, ni los de las doncellas, pero no le importó en absoluto desconocer su paradero.
Una sombra apareció a su lado. Iriel había conseguido despistar al dragón entre la niebla y se encontraba de nuevo junto al guerrero para iniciar un contraataque conjunto. La silueta de Smaug se perfiló sobre ellos, mirándoles desde el último peldaño de la escalinata.
- ¡Vamos! ¿A qué esperas para revelar tu verdadero aspecto? No nos insultes con tu patética apariencia, pretendiendo aparentar humanidad cuando no la tienes ¡monstruo! – Gritó Thorin desde el piso inferior mientras el vapor se disipaba.
Smaug se sentía insultado por sus insolentes palabras y burlado por sus astutas artimañas. Le estaban ganando terreno. Mantener su verdadera envergadura encerrada en aquel minúsculo cuerpo humano durante tantos días había minado su resistencia y su energía se había consumido considerablemente. Sin embargo Smaug era tremendamente orgulloso, había decidido derrotarles sin utilizar su verdadera forma, simplemente para demostrarles su aplastante superioridad. Liberaría su verdadero poder en el momento del golpe final para así reducirlos a polvo, pero hasta entonces les daría caza como humano. Ese fue el gran error que cometió. Sobrevalorar su resistencia y subestimar la determinación de quienes están dispuestos a dar su vida por un fin mayor.
Iniciaron la carrera hacia la gran escalinata para atacarle directamente. La altura le daba ventaja a su enemigo. Ambos atacaron a la vez, cada uno por un lado, pero Smaug esquivó ambos ataques moviéndose como una escurridiza serpiente y les golpeó con sus puños desnudos. La fuerza contenida en aquel cuerpo humano fue demasiado contundente para la resistencia de la chica, que trastabilló y chocó contra la barandilla. Smaug aprovechó que se había deshecho de uno de sus oponentes para concentrarse en el enano. A pesar de su apariencia, el cuerpo que poseía no era el de un simple humano. Su piel era casi tan dura como sus escamas, así que agarró el filo de la espada del enano, sin que su mano sangrara, deteniendo la estocada que el guerrero había direccionado hacia su yugular, bloqueando cualquier nuevo ataque. Le propinó una abrupta patada en el estómago que le empujó escaleras abajo y con la fuerza de su mano hizo añicos el filo que sujetaba. Se giró de nuevo hacia la chica, todavía aturdida por el impacto que acababa de recibir, la agarró por el cuello y la levantó dos palmos, empujándola hacia el borde de la barandilla, amenazándola con dejarla caer al piso inferior. Thorin se levantó tambaleante al borde de las escaleras y vio a su compañera amenazada. Sus ojos localizaron una gran lámpara de araña pendiendo del techo justo encima de Smaug. Sacó un puñal de su cinturón y no dudó en lanzarlo hacia la cuerda que sostenía aquella araña de cristal. El dragón escuchó el tintineo del cristal, lanzó a la chica con fuerza contra la pared y saltó hacia atrás para esquivar la caída de la pesada pieza. Los cristales se esparcieron por el suelo y las velas prendieron la alfombra aterciopelada. Smaug cogió el cuerpo semiinconsciente de Iriel y lo arrastró hacia la habitación en la que ella se alojaba. Una vez allí, la empotró contra la pared, haciendo que el dolor le devolviera la consciencia. Iriel se había guardado un fragmento de cristal de la lámpara, por lo que cuando el dragón arrimó su cuerpo junto al suyo intentó clavárselo en el corazón. Sin embargo el cristal sólo arañó la tela, sin hacerle ni un rasguño a su víctima, mientras la sangre de la chica resbalaba por el otro extremo, fluyendo de la mano que sujetaba el fragmento. Smaug rió.
- Si fuera tan sencillo no habría usurpado la montaña durante décadas.
Sin embargo la mirada de desafío de la chica no se amedrentó por su fracaso. Smaug se percató de ello.
- Tu mirada ha cambiado.
- Ahora tengo un motivo para sobrevivir.
- Tu motivo tiene sus días contados.
En ese momento Thorin irrumpió en la habitación. Smaug empujó a Iriel hacia el fondo y esquivó el impulsivo ataque del enano. Se colocó justo detrás de él y rodeó su cuello con el brazo, oprimiéndole la garganta y la respiración, levantándolo del suelo, pues casi le doblaba en altura. El enano intentó retorcerse para escapar y con sus manos trató de apartar el vigoroso brazo de Smaug que le cortaba la respiración, pero el dragón era demasiado fuerte. Sintió hincharse las venas de sus sienes y su visión obnubilarse. Cuando estaba a punto de perder el sentido el dragón le golpeó en la espalda y lo arrojó también al fondo, junto al cuerpo de Iriel. Ambos habían sido derrotados con insultante facilidad.
Los observó exultante mientras intentaban incorporarse del suelo con dificultad. Les sonrió con crueldad dejando entrever un par de peligrosos colmillos, reflejando su falta de escrúpulos con aquellos ojos serpentinos carentes de sentimientos.
Se resarció al verles vulnerables, sin ninguna oportunidad de detenerle ni rebatirle sus caprichos. Sintió un placer electrizante recorriendo su espalda y se pavoneó aún más con aquella distinguida estirpe de la que hacía gala, y por ello decidió burlarse de ellos con refinados modales.
Se acercó con elegancia a la cómoda y asió con los dedos la copa rebosante de aquel elixir púrpura, que se mostraba inofensiva cual suculento manjar procedente de las mieles de la naturaleza, mas el letal veneno que contenía se hallaba dormido y silencioso, esperando una víctima sobre la que descargar sus mortales efectos.
- Brindo por vuestra muerte señor enano, que no será lenta ni gloriosa, sino más bien humillante y agónica, pues desearéis ser convertido en cenizas antes de soportar la tortura que os tengo preparada. Y vos, mi compañera, mi esclava, prometo convertir cada día de vuestra existencia en un infierno eterno y apagar para siempre el brillo de vuestra mirada. Os haré gemir junto a mis oídos, de dolor o cualquier otro divertimento, según me plazca, hasta que me considere satisfecho o hasta que os sangre la garganta.
- ¡Maldito bastardo! – Explotó el enano envuelto en cólera tras escuchar aquellas envenenadas amenazas, dispuesto a saltar sobre él y cortarle la lengua movido por su desprecio infinito, sin embargo Iriel le sujetó por el hombro, clavando sus uñas en la prenda a fin de que el enano no avanzara de su lado ni interrumpiera la escena. Thorin observó algo en los ojos de la chica que no supo interpretar. Una mezcla de ansiedad y esperanza. En silencio, le ordenó con ellos que no interviniera.
Smaug volvió a reír tras haberles encolerizado y tras ver que a pesar de sus sádicas palabras, sus insignificantes oponentes ya habían desistido de su intención de hacerle frente tras reconocer su evidente e irremediable derrota. Alzó la copa y vertió su edulcorado contenido en sus labios, que penetró sin obstáculos y bajó por su garganta dispuesto a cumplir su función. Tras saborear la última gota, el dragón dejó caer el brazo que sostenía el vidrio junto a su cuerpo y avanzó triunfal hacia ellos mientras sus ojos relampagueaban invictos.
Iriel vio evaporarse ante sus ojos la única oportunidad de cambiar las tornas de su condena y por un momento, perdió toda esperanza. El impasible caballero de cabellos oscuros y reflejos rojizos caminó hacia ellos dispuesto a hacer realidad sus infames amenazas. Sin embargo cuando ya se encontraba muy cerca, un paso brusco detuvo su andanza, una pisada seca que se clavó en el suelo.
Thorin inmediatamente se posicionó ante la chica, cubriéndola de cualquier amenaza, con la única protección de su cuerpo y sus manos desnudas, enfrentándose a esa mirada desalmada. Pero Smaug no les miraba a ellos en aquel momento. La copa de cristal resbaló de su mano y se quebró en mil pedazos al contactar con el suelo. Percibieron un par de espasmos en el cuerpo del dragón, una sacudida en su pecho y un leve temblor en sus extremidades. Vieron sus ojos tornarse rojizos y humedecerse parcialmente. Escucharon un quejido proveniente de su garganta y acto seguido vieron como Smaug se la aferraba con la mano mientras se tambaleaba hacia los lados.
Le ardía. Aquel fluido que se había abierto paso inofensivamente a través de su esófago ahora estaba desgarrando su mucosa cual corrosivo ácido, quemándole, provocándole un escozor tan intenso que tuvo que gritar para controlarlo. Lancinante como una estaca al rojo vivo, cáustico como el ácido, abrasador como la lava de un volcán. Su cuerpo comenzó a temblar mientras su juicio se emborronaba. Sintió incontrolables espasmos en su interior que le hacían perder el control de lo que le estaba sucediendo. De pronto sintió como una inmensa llamarada se abría paso en su garganta, y sin conseguir controlarla escupió fuego hacia ellos. Thorin fue lo suficientemente rápido para esquivarla y cayó al suelo junto a Iriel mientras las cortinas se prendían a su espalda. Vieron los ojos del dragón relampaguear y una nueva bocanada escapó sin control, esta vez calcinando el pequeño cofre que se encontraba en el tocador, aquel en el que Iriel había ocultado la Piedra del Arca, desintegrándolo al contacto. Iriel sintió una punzada en el pecho al ver reducirse a cenizas aquel tesoro tan codiciado por los enanos y tan importante para su rey, sin saber que el mediano lo había sustraído silenciosamente y lo había guardado en el interior de sus bolsillos. Ahora tenía otra preocupación más importante que lamentar la pérdida de una gema: sobrevivir a las llamas y esquivar los derrumbamientos que estaban provocando los alaridos del dragón. Pronto el fuego dejó de ser el principal problema, la apariencia humana de Smaug comenzó a deformarse, su falta de control estaba acabando con el hechizo y le estaba devolviendo a su verdadera forma. La inmensa magnitud del dragón no podía contenerse entre aquellas estrechas paredes, si recuperaba su verdadero aspecto derrumbaría la mansión por completo.
Por ello Thorin, mientras las llamas devoraban todo a su alrededor, localizó una silla y la arrojó con fuerza contra el cristal de la única ventana de la sala, la que se encontraba tras ellos envuelta en llamas a causa de las cortinas. Thorin cubrió a la chica para que los fragmentos de los cristales no la dañaran. Una bocanada de aire fresco penetró en la habitación pero no consiguió disipar el incendio que se concentraba a su alrededor. Smaug seguía tambaleándose y escupiendo fuego mientras su verdadero aspecto continuaba abriéndose paso hacia la superficie. Su piel comenzó a cubrirse de escamas y sus manos se convirtieron en garras. Demasiado afectado por aquella desgarradora sensación que continuaba torturándole desde dentro, Smaug no advirtió la huida de sus presas a través de la ventana. Ambos saltaron por ella, la única escapatoria a aquel incendio al que se sumaba un inminente derrumbamiento. Las dos plantas de altura supusieron una notable distancia, por lo que el aterrizaje comportó ciertas magulladuras y unos instantes de aturdimiento, pero ninguna lesión grave. Se levantaron de allí tan rápido como pudieron, varias tejas y cristales cayeron junto a ellos, la edificación seguía sufriendo los estragos de aquel inquilino cuya envergadura difería tanto de sus dimensiones. Rodearon la casa a toda velocidad mientras veían crecer las llamas por las ventanas y comenzaron la huida antes de que la casa les aplastara como no lo había hecho el dragón.
Bajaron por el camino situado en la ladera de la montaña y se cruzaron con el trote de un caballo plateado. Bilbo se había negado a obedecer las órdenes del enano. Se acercó a ellos mientras observaba una gran llamarada atravesando el cielo cubierta de vigas rotas que salían despedidas junto a trozos de rocas. La aparición de un par de enormes alas rojizas silenció el estruendo del derrumbamiento y la monstruosa figura del dragón estremeció los cielos. Los cuatro se ocultaron rápidamente entre los riscos y las grandes rocas de las faldas de la montaña, intentando escapar de la minuciosa vista del dragón. Pero habían dejado de ser el obsesivo objetivo de Smaug.
Incapaz de controlar su transformación y aquella implacable sed corrosiva, una sola necesidad se consolidó en la mente de Smaug.
Agua.
Su única alternativa para aliviar aquel tormento era beberse un lago entero. Y conocía uno justo a su alcance.
Su verdadero cuerpo salió al exterior y movido por la desesperación y la locura, batió sus alas y emprendió el vuelo hacia la ciudad de los hombres, olvidando por completo su venganza con sus prisioneros. Así cruzó el cielo, al principio tambaleándose y chocando contra las montañas, para luego afianzar su trayectoria mientras ardía por dentro.
Bilbo, Iriel y Thorin observaron al dragón alejarse con aquel vuelo inestable y vacilante, conteniendo la respiración y sin moverse de su escondite, rezando porque aquel veneno fuera suficiente para acabar con su vida. Pero tal y como le habían visto gritar, perder la cordura, transformarse y alejarse en tan malas condiciones, vieron muy plausible el final de su existencia con aquel envenenamiento. Sin embargo Bilbo desconocía todo lo acontecido en la mansión y Thorin tampoco conocía la verdadera razón por la cual las tornas de su destino habían dado semejante giro.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Bilbo agazapado en las rocas junto al caballo.
- Smaug se ha envenenado por culpa de su fanfarronería. Todavía no puedo creer que todo haya acabado de esta manera… ha sido… demasiado fácil. – Respondió Iriel manifestando sus pensamientos en voz alta. Pensar que había tenido la herramienta para acabar con el dragón todo el tiempo, tan cerca, sin percatarse. Cuánto sufrimiento habría ahorrado y cuántas vidas habría salvado si su mente hubiera sido más audaz. Antes de que pudiera culparse o lamentarse por su estupidez, el enano volvió a preguntar, pues no comprendía cómo había llegado aquel tóxico a las manos de Smaug ni cómo la chica conocía su contenido.
- ¿Pero cómo sabías que esa copa…?
De nuevo aquella mirada imponente se proponía vulnerar sus secretos. Iriel no estaba orgullosa de la cobarde decisión que había estado a punto de ejecutar ante la funesta perspectiva de su futuro, y habría preferido no revelársela a nadie, pero no se veía capaz de ocultarle nada a Thorin. Ya había tenido que fingir demasiado. No más mentiras entre ellos.
- Porque ese veneno lo preparé yo misma con el objeto de acabar con mi vida. – Confesó con pesar fijando la vista a sus pies. – No podía soportar… - No se atrevió a concluir la frase pues un nudo se formó en su garganta. El pánico se dibujó en los ojos del guerrero al escuchar su confesión, pues nunca creyó que alguien como ella fuera capaz de rendirse pasara lo que pasara. Esa era una de las razones que lo habían enamorado. Su inagotable vitalidad, su entereza, su determinación. Y él había sido precisamente la causa que había marchitado aquel inocente espíritu luchador hasta el punto de plantearse la cobarde alternativa del suicidio. El inmenso sacrificio que debía soportar para salvarle la vida le había empujado a hacerlo. Había estado tan cerca de perderla…
Iriel percibió el dolor y la culpa del enano contenidos en su apretado puño por lo que le tendió la mano para deshacer la tensión de su gesto. A pesar de que sintió sus ojos humedecerse se atrevió a mirarle directamente. Se merecía concederle su consuelo, sobre todo tras haber destrozado su corazón con crueles acusaciones en el interior de la montaña.
- Si tan sólo hubieras aparecido unos minutos más tarde… yo… ya no estaría aquí. Me has rescatado tanto del dragón como de mí misma.
El enano sintió una fuerte sacudida en el pecho. Demasiados fracasos y culpabilidad cargaba a sus espaldas ya, si la muerte de la chica hubiera sido un nuevo pecado a añadir a su lista de infortunios con toda seguridad no habría sido capaz de recuperar su cordura nunca más. Agradeció a Aulë que le hubiera conferido fuerzas para llegar justo a tiempo y a Bilbo por haberse enfrentado a su testarudez para obligarle a hacer lo correcto. Abrazó a la chica intentando contener unas lágrimas que llevaba demasiado tiempo reprimiendo, pues a pesar de todo lo que había cambiado durante el viaje, aún seguía poniendo restricciones para mostrar al mundo sus verdaderos sentimientos, su principal debilidad. Bilbo, creyendo sobrar en aquella entrañable y personal escena, esperó a que se deshiciera el abrazo y tras varios cruces de miradas entre los amantes y un silencio prolongado, decidió retomar el interrogatorio.
- ¿Pero de dónde sacaste ese veneno? Uno tan potente como para lastimar a un dragón.
Iriel sonrió con orgullo.
- Lo llevo conmigo casi desde el principio de nuestra aventura. Extraje esta singular sustancia de los colmillos de los gaurhoth que nos atacaron cuando nos dirigíamos a las Montañas Nubladas.
- Eres una inagotable caja de sorpresas. – Rió Bilbo. Iriel le devolvió la sonrisa.
Era agradable escuchar una carcajada que dejara atrás los dolorosos recuerdos y la tensión que habían soportado poniendo al límite todos sus sentidos. Se quedaron un tiempo más allí conversando, disfrutando de su inesperada supervivencia, recuperándose del esfuerzo del enfrentamiento y la huida, mientras el dragón se alejaba de ellos hasta conformar una insignificante mancha en el cielo, tan lejana como el recuerdo de las amargas palabras que habían soportado emanadas de su ponzoñosa voz.
El cielo acogía entre sus brazos a un enemigo atroz. El dragón, fuera de sí, penetró abruptamente en las corrientes que soplaban en la proximidad del invierno y rasgó el aire con su agonía. Su interior relampagueaba y ardía por los efectos de aquel letal elixir que había consumido por error. El fluido arañaba sin clemencia las paredes de su estómago mientras le quemaba con una fogosidad extrema como nunca lo habían hecho las llamas que nacían de él. Necesitaba calmar aquella sensación como fuera, por ello la idea de sumergirse en el lago y engullir su contenido era la única obsesión que le empujaba a moverse. Por ello su objetivo era aquella ciudad de hombres que ninguna culpa tenía de su dolencia, pero que desafortunadamente iba a convertirse en la víctima de su inagotable cólera.
Aulló dementemente al cielo mientras se acercaba cual mortífera bala de cañón. Aquel rugido no pasó desapercibido entre los habitantes de Esgaroth, acompañado de una funesta sensación de desgracia que asoló el ambiente. A pesar de que la silueta del dragón aún se dibujaba lejana, los habitantes cayeron presas del pánico y la desesperación tras percibir la oscura amenaza que se aproximaba. Comenzaron a correr de un lado a otro, dejando atrás la cordura, buscando a sus familias y encerrándose con ellas en los pocos lugares que consideraban refugios. Las viejas, acobardadas en los rincones, aferrándose a sus amuletos, relataron entre quejidos y lamentos las palabras de la profecía que antaño se había escrito.
El señor de fuentes de plata,
El rey de piedra tallada,
el Rey Bajo la Montaña
sus tierras verá recuperadas.
Los tañidos serán de regocijo
al regresar el Rey de la Montaña
mas todo será ensombrecido
y el lago arderá en llamas.
Discutían entre ellas con angustia y resentimiento.
- ¡Os dije que nos traería la desgracia! ¡Ninguno quisisteis escucharme! – Gritaba una anciana de cabellos grises y nariz aguileña que poseía la mitad del rostro cubierta por cicatrices.
Pero entre la desolación y la cobardía a veces puede emerger una chispa de arrojo y esperanza. Bardo se dirigía a grandes zancadas hacia la ostentosa casa del gobernador, dispuesto a dirigir a la guardia de la ciudad para proteger a los suyos. Sus noches se habían visto inundadas de pesadillas desde que su camino se cruzó con los enanos, y junto a ellos, con su compañera de la infancia. Había tenido un mal presentimiento desde que ella marchó hacia la montaña sin su permiso y le dejó inconsciente para conseguir su libertad. Al menos aquel incidente le había proporcionado algo más que unos moratones y un terrible dolor de cabeza. Le había otorgado la pista necesaria para acabar con la bestia.
Recorrió las calles a toda velocidad, sorteando a los ciudadanos que huían de ellas sin saber dónde esconderse. Ayudó a un par de niños que habían sido pisoteados por la enajenación de sus congéneres durante la intempestiva huida. Finalmente, cuando por fin alcanzó aquella mansión que le producía náuseas siempre que se acercaba a su fachada, vio una escena que aplastó todos sus esperanzados planes. El gobernador huía cual rata de cloaca acompañado de toda la guardia. Bardo le cortó el paso y le fulminó con una mirada de odio y desprecio.
- ¿Abandonáis al pueblo a su suerte? ¿Tan poco os importa vuestra gente que la despojáis de la protección de su guardia y su única esperanza de sobrevivir?
- Pequeño, no tienes ni idea… ¿me juzgas por no quedarme para morir junto a los demás como gusanos? ¡Mi vida es mucho más importante que la de esta escoria! ¡Soy el gobernador de estas tierras y tengo derecho a actuar como me plazca!
Aquella insolente soberbia fue la gota que colmó el vaso para todo el rencor que el arquero guardaba contra el gobernante de su ciudad. La sangre de Girion, Señor de Valle, corría por sus venas clamando recuperar su lugar. Había ocultado su ascendencia durante toda su vida como promesa a su difunta madre, que tras la masacre en ciudad de Valle había optado por olvidar aquel tormento y renegar de su verdadera alcurnia a fin de no recordar aquellos días que le habían robado la felicidad. Pero no estaba dispuesto a permitir que la muerte y la devastación volvieran a robarle el curso de su existencia, por ello decidió revelarse.
- ¡No sois digno del título que ostentáis! ¡Nuestra gente no os preocupa lo más mínimo, sólo salvar vuestro pellejo y atesorar riquezas mientras engrosáis vuestro seboso trasero!
El gobernador enrojeció de ira ante tan vulgares palabras, pero cuando iba a ordenar a sus guardias apalear al arquero, el rugido del dragón se escuchó cercano y la idea de sobrevivir reemplazó a cualquier otra, por lo al sentir que la tierra temblaba y los cimientos de la ciudad se resentían, inició la huida sin que nadie pudiera impedírselo.
Bardo tuvo que dejarlo estar, pues si nadie iba a hacer frente a la bestia, él era la única oportunidad que tenía su pueblo de resistir a la masacre. Corrió hasta el campanario más alto, el que ofrecía mejor perspectiva de la ciudad y el que protegía entre sus barrotes una reliquia que había viajado desde la misma ciudad de Valle. Se trataba de una gran ballesta negra capaz de disparar a gran distancia y con mayor potencia que cualquier arco.
Desgraciadamente, durante su camino pudo observar horrorizado cómo las llamas del dragón devastaban los edificios y calcinaban los cuerpos de quienes habían vivido a su lado. El dragón escupía con fiereza sus llamas del infierno, arremetía con sus garras contra torres y edificios y los que sobrevivían a la embestida se derrumbaban por la furia del torbellino originado por sus colosales alas. Esquivó las llamas y los escombros y al fin alcanzó el campanario donde iniciaría el contraataque. Cargó en la ballesta negra las flechas que portaba en su carcaj, pero sus tiros erraron su objetivo pues el dragón sobrevolaba la ciudad deprisa y los restos de piedra se interponían entre su figura, además su vuelo era raso y apenas exponía la zona que Bilbo había aventurado como su talón de Aquiles. Tras haber devastado la ciudad, Smaug se lanzó directamente al centro del lago y su brutal intromisión provocó fuertes oleadas que arrasaron las pocas estructuras que quedaban en pie. Sin embargo las heladas aguas no comportaron alivio suficiente para su dolor y Smaug se retorció en el lago, provocando nuevas inundaciones y escupiendo nuevamente fuego hacia la ciudad.
Bardo había gastado ya todas las flechas de las que disponía sin conseguir su objetivo. Los gritos de pánico, los aullidos de dolor, el desgarrador llanto de las familias sobre los cadáveres de sus seres amados taladraban los sentidos del arquero. A su alrededor sólo veía muerte y llamas. El lago envuelto en un mar de fuego, tal y como las canciones predecían augurando el final de Esgaroth.
De pronto vio al dragón elevarse de nuevo y apreció su coraza de diamantes resplandeciendo entre las llamas. Sin embargo había una zona que no brillaba, un pequeño agujero situado en su pecho. Ése era el punto exacto donde debía disparar sus tiros. Mas las flechas se habían consumido en disparos infructuosos y ya no le quedaban más armas. Observó la balaustrada de hierro que ornamentaba el campanario donde se encontraba y una idea nació en su cabeza. Arrancó con esfuerzo uno de sus barrotes. El fragmento de hierro era rectilíneo y acababa en punta en ambos extremos. No muy seguro de que su aerodinámica actuara como una flecha, era lo único que poseía a su alcance. Colocó la pieza de hierro en la ballesta y tensó su mecanismo. Posicionó la trayectoria hacia el punto exacto de su objetivo y sintiendo el sudor resbalar por sus mejillas por la tensión y el calor de las llamas, rezó al cielo y a sus ancestros y disparó.
La pieza serpenteó el aire y avanzó presuntuosa mientras Smaug iniciaba el vuelo de nuevo. El destino y la fortuna hicieron que el metal se desviara ligeramente a causa de las resistencias aéreas, alcanzando su estrecho objetivo sin que Smaug fuera consciente del letal disparo. La punta metálica se clavó en su carne aprovechando aquella abertura desprovista de protección. La potencia de la carga hizo que se abriera paso hasta el interior de su organismo, alcanzando su corazón y perforándolo. La sangre comenzó a brotar por el orificio haciendo que su órgano vital perdiera la función para la que estaba destinado.
Smaug ni siquiera fue capaz de averiguar lo que le había sucedido. Aquel pinchazo le traspasó de forma súbita e intensa, apagando el dolor que el veneno había provocado. Sintió que la vida le abandonaba de forma vertiginosa y exhaló su último aliento maldiciendo al enano y a su joven compañera.
Su cuerpo cayó al lago y su sangre contaminó las aguas. Su agónico estertor se fundió con el estruendo de su caída y el crepitar insaciable de las llamas que destruían cada rincón de la ciudad, esparciéndose sin control.
El contacto con la sangre del dragón reaccionó en el ambiente, confeccionando una densa humareda que cubrió los alrededores, mezclándose con el hollín y el humo de aquel imparable incendio.
Las horas que siguieron fueron vividas con intensa angustia y desesperación. Los escasos supervivientes intentaron contener las llamas, buscar a sus parientes, curar a los heridos, rescatar a los que habían sido atrapados entre los escombros y desenterrar e identificar a los caídos. No hubo ni rastro del gobernador, ni ese día ni los siguientes. Y este fue el final de la modesta Ciudad del Lago. Esgaroth perdió todo cuanto poseía.
Al otro lado de las montañas, totalmente ajenos a la desgracia acontecida, los tres supervivientes de la aventura avanzaban de regreso a casa. Sin embargo, tres jinetes eran demasiado para el pequeño animal, así que Thorin aupó al hobbit y a la chica sobre su lomo y comenzó a caminar a su lado, guiando su paso al sujetar las riendas que envolvían su hocico. No dejó que ninguno le replicara acerca de rotar sus puestos, así que se resignaron a su buena suerte y dejaron que el guerrero hiciera su voluntad, pues iba a hacerla de todos modos.
Tardaron un par de días en llegar a la montaña. El caballo habituó su trote al paso del guerrero y a menudo descansaban para recuperar fuerzas, curar las heridas del mediano, comer o dormitar un poco, cansados por todo lo vivido en los días previos, por el exceso de emociones sufridas y por el final de una misión cuya meta habían alcanzado finalmente, aunque de forma inesperada. Cuando estaban cerca de su destino, una misteriosa niebla envolvió el ambiente. Este fenómeno les impidió ver los restos humeantes de la arrasada Ciudad del Lago, sin ser conscientes de que ésta era precisamente la fuente de aquella penetrante e incómoda neblina que lo cubría todo. Les preocupó el hecho de no toparse con el cadáver del dragón por el camino, pero creyeron que habría volado alto buscando su final entre las montañas y que sus restos se encontrarían en alguna cima, por lo que Thorin ideó en silencio una expedición con sus hombres para encontrarlo en cuanto hubiera recuperado su posición, pues no descansaría tranquilo hasta ver sus ojos inertes y apagados, y por supuesto, su cadáver era un tesoro al que no pensaba renunciar, pues ya sabía en qué lugar de su reino iba a exhibir su cabeza.
Tras la larga andanza, hacia el inicio del mediodía, las impresionantes puertas que protegían el próspero reino les recibieron. Una sensación de calidez les envolvió al observarlas, retornando satisfechos de su empresa. Thorin sintió una inmensa presión en su pecho al contemplarlas, pues esta vez le recibían victorioso y ya no había motivo para renunciar a ellas. Incluso Iriel sintió una extraña sensación de añoranza al encontrarse frente a su dominio, como si realmente regresara a un hogar que le perteneciera. Se rió de sí misma por dentro y se reprochó tal sensación. Eran los enanos los que habían soportado el destierro y el dolor por la pérdida, ella en el fondo era intrusa entre aquellas paredes, aunque deseaba con todas sus fuerzas convertirlas en su nuevo hogar. Recordó su morada tras la cascada, el lugar que había elegido para el trascurrir de sus días. Sin embargo, aunque adoraba aquel lugar, siempre había sentido un hueco vacío cuando se encontraba allí. No había nadie esperándola al final de cada jornada.
Sin embargo, ahora había encontrado una calidez que rellenaba aquel hueco vacío.
Un verdadero hogar. Un lugar al que regresar.
Atravesaron la Puerta Principal con decisión y nada más poner un pie en la fortaleza de piedra, todos sus compañeros les recibieron aplastándolos con efusivos abrazos, derramando lágrimas de alegría y entusiasmo al ver a todos con vida. Vitorearon a los tres y les mantearon antes de que ninguno pudiera negarse a tal recibimiento.
Intentaron descansar y ponerse cómodos, pero no fue tarea sencilla, todos sus compañeros querían saber lo sucedido, les atosigaban con incesantes preguntas y no perdían ocasión de felicitarles ni de manifestar muestras afectuosas que denotaban lo preocupados que habían estado durante los días previos. Finalmente Thorin tuvo que ponerse serio y les ordenó un poco de espacio para descansar, al menos hasta la hora de la cena.
Iriel fue conducida hasta las salas donde las doncellas podían descansar y acicalarse cuando Érebor vivía días tranquilos. Tomó un baño caliente en las amplias y lujosas tinas de aquellos aposentos, pues Balin le había obsequiado con esencias aromáticas y relajantes. Después inspeccionó las lujosas prendas que habían dejado a su alcance. Vestidos de honor pertenecientes a enanas de la nobleza. Eligió un vestido rojo escarlata, uno de los más recatados. No acostumbraba a vestir tan lujosas prendas, y aunque se trataba de una ocasión que merecía celebración, creyó que si elegía algún otro desentonaría con la cotidiana apariencia de los enanos. Ya aprovecharía algún evento importante para lucir prendas de mayor alcurnia. La talla de las enanas se adecuaba bastante a la suya, sin embargo su complexión era más robusta, por lo que le costó un poco de trabajo apretar los cordones de su espalda para que el talle se acabara ciñendo a su estrecha silueta.
Los enanos habían preparado una gran cena en los impresionantes salones de la fortaleza. Durante la mayor parte de la velada, los tres se convirtieron en el centro de atención de toda la compañía, pero conforme avanzaba la noche, el alcohol iba haciendo efecto en sus cuerpos, distendiendo el ambiente y acentuando el jolgorio.
Finalmente, la cena de bienvenida se convirtió en una excusa más para una noche de juerga y desenfreno. Comenzaron a bailar sobre las mesas, a lanzarse comida y platos a modo de proyectiles y a cantar canciones de sus parientes.
Entre aquel ruidoso alboroto y al ver que se iniciaba una guerra de comida, el rey enano decidió abandonar la sala.
Iriel, que no perdía de vista ninguno de sus movimientos, vio la oportunidad perfecta para ausentarse, y despidiéndose de Bilbo con una sonrisa, se levantó sigilosamente, sin que el resto de los enanos repararan en su presencia.
Cerró la puerta con suavidad a fin de no hacer ruido y se adentró en los pasillos de la fortaleza.
Un cálido abrazo la sorprendió por la espalda. El enano la había envuelto entre sus brazos desde atrás. Acarició la oreja de la chica con sus labios y le susurró de forma seductora.
- Te prometí una noche especial bajo la protección de mi reino. Creo que ha llegado la hora de cumplir mi palabra.
Las mejillas de Iriel enrojecieron y su corazón comenzó a palpitar desbocado. El enano notó el cambio de ritmo bajo sus brazos, así que volvió a susurrarle.
- Siempre que mi dama lo desee…
Iriel tragó saliva y se escapó del abrazo girándose hacia él y dejando que sus labios respondieran por ella.
Aquel beso fue breve, pues muchos otros les esperaban aquella noche. La cogió de la mano y la guio por los recodos de su reino, hasta la habitación que había preparado especialmente para ella.
Esa noche aquel reino olvidado iba a ser testigo de cómo la promesa de los amantes cobraba vida, dejándose llevar libremente por sus deseos, hasta que sus cuerpos se fusionaran en uno.
NT:
Bueno, ya os había hecho esperar demasiado :) por fin ha llegado la hora de que nuestros chicos disfruten de su momento de intimidad.
Para no cambiar el rated de esta historia publicaré el capítulo aparte como one-shot, titulándolo "Al fin solos"
:) espero que os guste!
