Capítulo XIII

Siguiendo el mapa, la compañía de Thorin viajó por toda la montaña y sus alrededores sin descanso. Había pasado el primer día desde su llegada y el Día de Durin se acercaba, y lo único que habían encontrado eran las ruinas de la ciudad de Valle y... la Puerta Principal de Erebor que humeaba caliente como un infierno.

Ni de cerca se podía pasar por allí.

Los Enanos entraron en desesperación y discutían todo el tiempo, siendo Thorin Escudo de Roble el más apesumbrado de todos: Se decía que el tesoro de Erebor tenía una maldición y esa maldición caía directamente sobre el heredero de Durin.

A cada paso se oían los murmullos de los muertos de hacía casi doscientos años atrás.


-¡Cometimos un grave error al salir tan tarde de Esgaroth. Thorin no pensaste bien!- reprochó Oin al jefe de los Enanos que ya bastante nervioso estaba como para aguantar los reproches de sus compañeros. Ya era la noche del segundo día, por lo tanto el Día de Durin estaba encima de nosotros.

-¿Qué hubieran hecho en mi lugar?- bramó Thorin con el rostro a medio iluminar por la luz de la fogata- Necesitábamos recuperarnos unos días para tener las fuerzas para subir esta montaña y enfrentar a Smaug-

-Un zorzal- yo que venía más atrás repetía esas palabras en voz baja sin quitarle la vista al mapa, como si con eso lograra que el mapa me hablara. Me había apartado del grupo pues nada iba bien con ellos, lo que hacían allí era discutir.

Thorin estaba distinto y eso me desconcertaba. Cuando nos dejaron los Hombres del Lago su alma estaba tranquila, pero a medida que nos alejábamos del lago y la sombra de la Montaña nos cubría también se ensombrecía el alma de Thorin.

-Por aquí hay orcos, lo presiento- Bofur vigilaba los alrededores con temor, ya bastante había practicado en Esgaroth el uso del hacha –No creo que debamos permanecer en un sólo lugar-

-¿Y qué haremos con Smaug?- preguntaba Ori a todas ésas.

-Ya Belladonna nos planteó su plan. Hay que sacar a la bestia de su guarida- gruñía Thorin –Y matarla-

-¿Nosotros trece?- seguía Ori incrédulo.

-¡Los Enanos hemos matado olifantes, mi querido Ori!- Dwalin se alzó imponente con su enorme hacha lista para la batalla-¿No podríamos hacerlo con un dragón? Miren todas las armas que nos dieron los Hombres: Flechas, lanzas ¡Mataremos a Smaug cuando Belladonna lo saque de esta montaña!-

-¡Yo no haré eso!- rugió Thorin con toda su bravura, ésa que hacía que los Enanos se callaran- ¡No dejaré que mi hobbit sea una carnada!-

Volteé enseguida a ver aquello desde mi rincón. No sé qué me pasaba ahora con él, me daba miedo. Era tan fiero cuando estaba en esas situaciones, que me hacía dudar de las veces que lo sentí emocional y cercano a mí. Ahora se mostraba posesivo, y yo soñaba con que me diera amor y tal vez lo que haría Thorin conmigo sería adueñarse de mí y poseerme como si fuera yo su objeto.

¿Dónde estaba el romance que había notado en él? Tal vez fue todo una fantasía mía. ¿O era la influencia de ese lugar? Del oro de Erebor que decían estaba maldito.

¿Estaba obrando la maldición de Smaug sobre Thorin?

En aquel lugar yo dejé de creer en el amor, así de fácil, de la noche a la mañana.

No había dudas de que había cambiado desde que desembarcamos en la Montaña Solitaria, el lugar lo intimidaba muchísimo, pues era el lugar donde hace casi doscientos años creció con toda su familia y ahora estaba en ruinas y en vez de un reino, era una tumba tenebrosa.

Tal vez sobre mí también estaba obrando la Montaña, pues estaba cargada de miedos y dudaba de todo lo que creí que era maravilloso.

-¿Y cómo sabemos el tamaño de Smaug?- preguntaba Bofur que también se había mostrado muy preocupado cuando conté mi plan –Nadie lo sabe, ni siquiera tú que lo viste, Thorin-

El aludido lo miró ceñudo.

-Dicen que es del tamaño de una montaña- Bombur tuvo un escalofrío.

-Pamplinas- espetó Dori- Eso dicen las leyendas, pero no creo que sea verdad-

-Sólo Belladonna sabrá si podremos con ese monstruo cuando lo vea- dijo Nori y sus ojos se desviaron hacia mí que estaba sentada aparte. De hecho, las miradas de todos se posaron sobre mí, y tuve la sensación de que había lástima en ellas.

Seguiríamos caminando y caminado por toda la montaña sin descansar ni un minuto, buscando esa puerta secreta.

Mis esperanzas estaban puestas sobre un zorzal, porque tal como le dije a los Enanos, un zorzal nos indicaría el lugar donde estaba la puerta pero ellos no me creían.

Toda la noche me quedé vigilando, acompañada por Bombur, Dori y por Bofur, toda la noche busqué en los cielos la señal, el zorzal, antes de que llegara el momento. No descansé, no me detuve, refunfuñando los Enanos detrás de mí insistían en que era inútil todo eso.

Fue a primeras horas de la mañana, antes de despuntar el sol que vi en los cielos un ave, venía de las ruinas de Valle allá en la lejanía. Un ave pequeña que mis ojos de hobbit distinguió.

-¡Dori, Bombur, Bofur! Lo encontré ¡Vamos! ¡Llamen a los otros!- grité saltando como una loca.

-¿Queee?- gruñó el gordo Bombur malhumorado de tanto caminar.

-¿Estás segura de esto, Bella? ¿Qué el mapa dice eso del zorzal?- Bofur no estaba convencido y mucho menos Dori.

-¡Me voy tras él, ustedes síganme rápido!- corrí para no perder de vista el ave. La luz era escasa pues las tierras tapaban todavía el tenue sol invernal.

Bufando de agotamiento Bofur y Dori me siguieron y el último ordenó a Bombur que buscara a los demás.

Con pies ligeros y frescos como recién levantada de la cama escalé montaña arriba, entre rocas y árboles, persiguiendo el pequeño zorzal que revoloteaba por allí.

Bombur llegó con la noticia al campamento donde el resto de la compañía cargaba sus fardos y armas para un nuevo día. Muy gruñones todos emprendieron el camino siguiendo a Bombur, montaña arriba y muy lejos de la Puerta Principal.


Caía el mediodía del Día de Durin cuando encontré un camino de escalones olvidados y ocultos por la hierba que seguí hasta que al fin hallé la piedra gris, un muro liso, muy particular y allí estaba el zorzal. Emocionada esperé y esperé ver algo en aquella pared pero nada más sucedió, entonces oí los gritos de los Enanos a lo lejos y los fui a buscar.

-¡Aquí estoy! ¡Es aquí, la piedra gris! ¡Rápido!-

Era mucho más ágil y resistente que ellos, los pobre Enanos llegaron con la lengua afuera en especial Bombur que había corrido y escalado montañas esos dos días más que lo que haría en toda su vida.

-Es ésta, sí- se acercó Thorin a mí, observando fascinado la pared- Lo encontraste, y allí está el zorzal-

-¿Entonces?- pregunté.

-Entonces cuando el sol y la última luna de otoño estén juntos en el cielo…- susurró el rey Enano con voz profunda con los ojos azules perdidos en el cielo.

-Thorin- lo llamé y él me miró en silencio.

-Y bien, ahora vas a hacer lo que viniste a hacer ¿No?- me dijo con una repentina y sorpresiva frialdad.

-Sí- yo le respondí igual.

-Muy bien, si eso es lo que quieres. Nadie te obliga, hobbit terca- soltó.

Quería tanto hablar con él, y no tuvimos ninguna oportunidad. Pero ya me molesté por ese malhumor repentino que no paraba de mostrar durante esos dos días.

Era otra persona.

-Buscaré tu preciosa Piedra, eso es lo único que te interesa, tu Piedra del Arca y tu oro, Thorin Escudo de Roble- le dije herida por su actitud y su apatía. Era más que obvio que el interés por el oro era lo que lo estaba dominado. Yo no estaba allí en ninguna parte dentro de ese corazón.

No había sido más que una ilusa que se enamoró de un rey Enano que no era para mí.

-Tú no eres capaz de amar a una mujer, Naugrim codicioso y gruñón- dije impulsada por mis emociones.

-Y tú no eres más que una descendiente de ratas ¿Qué sabes de nosotros los Enanos?¿De mí? ¿De lo que me pasa? ¿De mi responsabilidad?- mis palabras lo hirieron horriblemente- ¿De lo que tengo que hacer aunque no quiera?¿De todos mis sacrificios?- gruñó él cruelmente que todos los Enanos bufaron y menearon las barbas en descuerdo con aquellas palabras. Era un Enano duro, de piedra.

Enseguida apartó la vista de mí, impertérrito como siempre, y se fue, nos dejó a todos allí solos.

Enfurecidos por aquel insulto con la hobbit, Bofur y Bifur se alzaron contra Thorin repentinamente pero Balin los detuvo, tratando de calmarlos pues en esos momentos oscuros se decían cosas que no se tenía intensión de decir.

-Oh, yo no quise decirle nada de eso ¿Qué le pasa a Thorin, Balin?- le pregunté afligida al Enano con apenas un susurro de voz y con el corazón dolido.

-Nadie quiso decir nada de eso ¡Ay, Bella!- éste suspiró –No lo oigas, no tomes a mal eso que te dijo. Nada de eso lo dijo de corazón- trataba de defenderlo -No tiene esperanzas para lo que siente, eso es lo que le pasa. ¡Pero yo no puedo hacer las cosas por él! – gruñó y me dejó con la incógnita.

Horas malditas aquellas, y nada sucedía con aquella puerta secreta.

Yo ya quería que todo terminara de una buena vez.


Al llegar el crepúsculo un rayo rojizo de los últimos del sol muriente cruzó por entre los árboles y llegó hasta nosotros y se posó sobre la roca lisa y gris. El viejo zorzal cantó con sus pequeños ojos brillando, y donde el rayo de luz se posaba la roca empezó a desmoronarse y cayó en pedazos sobre la hierba.

Una apertura se mostraba ahora en aquel hueco en la pared, era una apertura donde cabía una llave.

-¡La llave, Thorin, la llave!- exclamaba Dwalin y Thorin se apresuró a sacar la llave e introducirla por la apertura y girar.

Un crujido retumbó en el silencio y una puerta de unos tres pies de ancho y cinco de alto empezó a abrirse.