U_U mil perdones por desaparecer durante taaantos meses! Me arrepiento y me flagelo. El hospital me ha absorbido demasiado.
En fin, vamos a lo que importa :) aquí os traigo la continuación de la historia, y es que después de esa noche de pasión, los problemas invaden de nuevo a nuestros compañeros.
Voy a responder a vuestros reviews como tengo costumbre xD pero de algunos hace tantísimo tiempo que probablemente carezca de sentido ya...
Guest: ¿También estuviste en la premiere? ^^ jo momentazo inolvidable ehh. Me alegro de que te guste la historia y te hayas animado a comentar. Thorin se hace querer cuando se le conoce a fondo :P
Erinia Aelia: Tocaba que Bardo se cargara a Smaug xD mérito que casi casi le quitaron en la película, porque aún estoy flipando con la macro lucha que tienen contra el dragón. Yo la veía y pensaba "chico... aun lo mataran y todo O_o"
Creo que Bilbo tiene que lidiar más con su obsesión con el anillo que con la piedra. De hecho creo que esta obsesión le tiene tan absorbido que la singular gema blanquecina sólo será un bulto más en sus bolsillos.
HainesHouse: Se supone que muere por la flecha xD y que el veneno sólo sirve para debilitarle y volverse loco. Tocaba escena conyugal xD ya sé que me la llevas pidiendo casi desde el principio.
xD y a nivel personal, nunca te agradeceré lo suficiente que me convencieras para ese viaje improvisado frente a los ojazos de Richard *o*, necesitaba ese empujoncillo para cometer una locura sana.
Nara: Sí, lo del veneno llevaba guardándomelo casi desde el inicio de la historia. La verdad es que lo del viaje a Madrid fue totalmente improvisado, y casi por intervención divina, porque debido a un error administrativo resulta que me quedaba un día de vacaciones que por error no nos habían dado al empezar a trabajar, y gracias a eso pude escaparme a Madrid en plan viaje fugaz.
Me alegro de causar esa impresión en mis lectoras ^^ y siento haber tardado tanto en escribir la continuación...
Lynlia: Comprendo tu odio perfectamente xD seguramente era el mismo que yo sentía días antes mientras veía la premiere de Berlín con todos los actores desfilando por la alfombra roja. Ese fue uno de los principales motivos que me llevó a cometer la locura del viaje. Te devuelto las felicitaciones de Navidad y Año nuevo con 5 meses de retraso xD sorry.
^^U Ais... y me disculpo también que he perdido la cuenta de los capítulos de retraso que llevo con tu historia. Te prometo que en cuanto pueda me los leo U_U
daya20: :D muchas gracias! me alegro de que te gustara el capítulo del rescate ^^ la parejita merecía su final feliz y su correspondiente revolcón xDDD.
nuan: hubiera sido muy cruel que el veneno se lo hubieran bebido alguno de ellos xD demasiadas desgracias les habían pasado ya, no soy tan cruel.
Maripili2390: bienvenida de nuevo Ennana23! espero que tus meses de estudios/trabajos/agobio se hayan relajado (aunque está época también es de evaluciones finales...). A la historia le queda poco ya, pero todavía no termina :)
elphine86: me alegro de que te animaras a leerla ^^. Yo también he leído el principio de tu historia y te felicito porque me ha encantado! Cuando pueda la retomaré y te comentaré cada capítulo.
NenucaV: :D me alegro mucho! espero que este capítulo también te guste ^^
Guest: XDDD sí, momento de tensión sexual entre los principes y una botella de alta graduación, una mezcla peligrosa. Sí, en ese capítulo la relación entre los protagonistas empezaba a perfilarse.
linnetask: bienvenida! :D me alegro de que te hayas decidido a leer mi historia y te haya gustado. Tu también estudias medicina? Yo soy residente de Medicina Interna de 1º año.. mierda... desde este mes ya soy de 2º año (U_U nooooooo)
Anonimo de Tumblr: Al no tener cuenta en tumblr no sé si llegaste a leer mi respuesta (además los mensajes privados funcionan muy raros en esa plataforma, muchas veces la respuesta se publica en el muro y encima el mensaje desaparece de la bandeja de entrada...) Te quería agradecer que te pusieras en contacto conmigo de esa forma ^^ me hizo mucha ilusión, y no pensé que fuera acoso ni nada xD pues yo muchas veces hago lo mismo jajaja.
En fin, ya he terminado la tarea de responder a los reviews :D ahora el capítulo!
Puede que no abunde la acción en este capítulo porque he querido centrarme en la psicología de los personajes, pues me parece importante para comprender lo que les lleva a tomar ciertas decisiones. Será el preludio de ciertas transformaciones de personalidad, llamémoslas "oscuras y desafortunadas" que a dos de nuestros queridos personajes les toca experimentar durante esta historia.
Espero vuestras opiniones ^^
*~~~~* CAPÍTULO 34: VOLVER A EMPEZAR *~~~~*
Esgaroth amaneció en medio de la desolación, con sabor a sangre y ceniza. Había mimetizado la misma desgracia que su predecesora, la próspera y alegre Ciudad de Valle. La niebla que había provocado el cuerpo del dragón al sumergirse en el lago y emponzoñarlo con su esencia, todavía se mantenía vigente, dificultando las labores de rescate y viciando el aire. Algunos supervivientes huyeron a los bosques, a buscar refugio bajo sus ramas, a pedir ayuda a los elfos o simplemente a escapar de aquella visión y aquel olor a calcinado que se empeñaban en recordarles cuánto habían perdido.
En medio de aquel caos y desesperación, de aquella anarquía provocada por la destrucción y la cobarde desaparición del gobernador, alguien debía tomar el control. La sangre de Girion bullía en el interior de Bardo, empujándole a liderar a los suyos, como antaño había hecho su padre. Así pues, decidió tomar el control de la situación y poner un poco de orden en aquel caos en el que se había convertido su pueblo. Reunió a los supervivientes en la Plaza Principal, frente a la casa del gobernador y empezó a dividirles en grupos, cada uno encargado de una tarea. Organizó un grupo con los que habían salido mejor parados y les encomendó la ardua tarea de remover los escombros en busca de supervivientes y cargar con los heridos. Por otro lado, abrió las puertas de la casa del gobernador para instalar allí un improvisado hospicio donde atender a los heridos y dar cobijo a quienes habían perdido su techo. La casa del gobernador era una de las edificaciones más grandes de la ciudad, y en este momento, una de las pocas que quedaban en pie. Por último envió a dos jóvenes pescadores a solicitar ayuda a los elfos. Y bajo el peso de esta responsabilidad, dejando a un lado la locura y la rabia que sentía por dentro, el tiempo transcurrió teñido de negro para Bardo, mientras la lluvia caía límpida e incesante, intentando limpiar su agonía.
La lluvia golpeaba los ventanales. Los truenos retumbaban en el valle perpetuados por el eco entre las montañas. Thorin se encontraba intranquilo esa noche, con mil pensamientos enredándose en su mente. Había pasado los dos últimos días en una celebración continua, pues los enanos eran propensos a alargar la fiesta más de lo necesario y la reconquista de su reino era un motivo que lo merecía. Pero al llegar la noche, cuando sus compañeros descansaban en sus habitaciones y el clamor de la euforia se apagaba, Thorin volvía al mundo real para sumirse en sus pensamientos y reflexionar acerca de sus responsabilidades y su destino.
En lo más profundo de su ser él siempre había creído que encontraría la muerte en aquella misión, bien bajo las garras o las llamas del dragón, o bien sacrificándose de algún modo para salvar a sus compañeros. Estaba dispuesto a luchar hasta el final y no aceptaría un resultado que no acabara con la reconquista de su reino, el sacrificio por ende estaba implícito en aquella tarea. Pero los hechos no habían transcurrido como había imaginado. El dragón estaba muerto, su reino libre de nuevo y su Compañía no había sufrido ninguna baja.
Toda había salido bien, demasiado bien. La misión por la que ninguno de los suyos apostó había llegado a su fin con un éxito rotundo. Sin embargo, ¿por qué no se sentía extasiado y dichoso, embriagado por la felicidad más absoluta? ¿Por qué esa sensación de vacío en su pecho amargándole la celebración? ¿Por qué todavía sentía que le faltaba algo?
Un rayo iluminó el cielo durante un instante con su pálido resplandor.
Sintió un pinchazo en el pecho, un doloroso recuerdo. Sabía qué era exactamente lo que anhelaba, lo único que no había sido capaz de recuperar. La Piedra del Arca, el Corazón de la Montaña. Aquella gema blanca que simbolizaba la grandeza de su linaje todavía permanecía fuera de su alcance.
Suspiró. Seguiría buscándola. La gema debía de estar escondida en alguna parte, enterrada entre las montañas de oro. Sólo era cuestión de tiempo…
Sin embargo aquella reliquia de su pasado no era el único motivo por el que se sentía intranquilo aquella noche. Un reino olvidado estaba a punto de emerger, un reino castigado durante décadas por una bestia, un reino que había mantenido intacta su belleza y pureza, pero que debía ser pulido de nuevo para recuperar su esplendor, un reino que esperaba el regreso de los suyos. Y él debía encargarse de todo eso. Él debía ocupar el trono que siempre había venerado.
Mentiría si dijera que no sintió vértigo al imaginarlo. El Rey Bajo la Montaña era un título que siempre le había perseguido, que siempre había anhelado. Pero ahora, en la oscuridad de la noche, bajo un mar de lluvia, por primera vez, tuvo miedo de no poder hacerle frente, de que aquel título que le correspondía por derecho de sangre le viniera grande.
La cálida mano que se apoyaba en su pecho acarició su piel. Una suave voz le preguntó.
- ¿Qué te preocupa?
Iriel también estaba despierta, consciente de la preocupación de su rey delatada a través de su turbada respiración. Thorin envolvió su mano con la suya.
- Los truenos interrumpen mi descanso. Me molesta su sonido.
No podía contárselo. Ni siquiera a ella.
No podía confesar su miedo y su debilidad. Así le habían educado su padre y su abuelo. Así era como debía ser.
Se giró hacia un lado buscando su aliento y allí encontró sus labios. Decidió perderse en ellos. En ese húmedo rincón la preocupación de su pecho se aligeraba hasta casi desaparecer. Y es que allí, rodeado por sus caricias y su ternura, el peso de la corona no estaba. Entre sus brazos no era rey, sino sólo un enano, su enano.
Envidió al resto de su raza y durante un instante deseó ser sólo eso, un simple enano. Rió por dentro ante aquel pensamiento cobarde. Finalmente Iriel se quedó dormida sobre su pecho. Thorin acarició sus cabellos mientras observaba su rostro sereno. Aquella mujer había sido su vigor y su cobijo. De no ser por ella, probablemente se habría perdido a sí mismo durante el viaje.
Sin embargo, también sabía que aquel enlace complicaba todavía más su situación. Suspiró y finalmente el cansancio hizo mella en su cuerpo, transportándole hacia su onírico refugio.
El cielo amaneció nublado y silencioso. Las aves seguían agazapadas en la montaña, evitando acercarse a la ciudad de los hombres. Los enanos se encontraban demasiado preocupados con sus propios asuntos como para otear el horizonte y hallar allí la verdadera desgracia. Thorin dio por concluidas las celebraciones. La regencia de Érebor ya había esperado demasiado. El tiempo que había pasado encerrado en su habitación con su corazón hecho pedazos y su mente fragmentada entre tormentos, sumado al viaje para rescatar a su doncella y dar muerte al fin a su ancestral enemigo, seguido de su ulterior celebración, obligada y merecida; habían retrasado la labor de poner orden a su, ahora, caótico reino. Reunió a la mayoría de sus compañeros en la Asamblea, la lacónica sala de hierro donde su abuelo trataba los asuntos de Estado en sus días de gobierno.
Mientras, Iriel se encontraba descansando junto a Bilbo en la ilustre y ubérrima Biblioteca de Érebor. La prominente sala se encontraba en uno de los rincones más alejados de la montaña, comunicada a través de una puerta de mármol con la Sala Estelar, donde los enanos investigaban el cielo y sus señales a través de astrolabios y mapas celestes. Ambas salas habían sobrevivido a la furia de Smaug y se encontraban prácticamente intactas. Iriel descansaba sobre un mullido sillón leyendo sobre la vida y prodigios de Durin, el mayor de los Siete Padres de los enanos, mientras Bilbo jugueteaba con los sextantes.
Las heridas del mediano habían cicatrizado sin contratiempos, mas aquella que yacía en su mano le acompañaría por siempre, como recuerdo de la heroica y demente andanza en la que se había aventurado. Nadie en la Comarca le creería aunque enseñara la marca, se burlarían diciendo que había sido una simple quemadura junto a los fogones. Pero a Bilbo no le importaba lo que opinaran de él, pues lo que había vivido no estaba al alcance de sus congéneres y eso le hacía sentirse verdaderamente especial.
Mientras admiraba los minuciosos labrados de los astrolabios, Bilbo se preguntaba por qué ninguno de los dos había sido invitado a la reunión que Thorin había convocado.
- ¿De qué crees que estarán hablando? – preguntó intrigado.
- De asuntos tremendamente tediosos y aburridos – contestó la chica pasando las páginas del libro – tienen demasiadas cosas de las que ocuparse si quieren resucitar Érebor.
Bilbo asintió.
- Sí, queda mucho trabajo por hacer, Smaug ha causado muchos desperfectos, habrá que reconstruir muchas de las estructuras.
- Bueno, esa es la parte material de las tareas. No me refería a eso cuando hablaba de las cosas aburridas.
Bilbo la miró arqueando una ceja. Iriel cerró el libro y empezó a enumerar con los dedos.
- Hablaba de toda la parte diplomática. Érebor debe reestablecer su posición y sus alianzas: convocar a los monarcas de otras regiones para reivindicar su lugar, recibir a las figuras políticas de cada región para recuperar sus antiguas alianzas o establecer otras nuevas, dictar normas y cargos, reclutar un ejército… - suspiró y volvió a abrir el libro – En mi opinión, seremos afortunados si deciden mantenernos al margen de sus asuntos.
Bilbo asintió y sacó una pipa de brezo que Bofur le había regalado. Sus conocimientos sobre la administración de la hacienda y las relaciones sociales no iban más allá de las pertinentes a su pequeño agujero-hobbit y a las gentes de la Comarca. No creía que contaran con él para tales fines, pero tenía sus dudas sobre Iriel. Al fin y al cabo, se había emparejado con el monarca de la ciudad de piedra, por lo que, quisiera o no, sus asuntos acabarían salpicándole. Pensó en compartir sus sospechas con su compañera, pero dada la aversión que mostraba por el tema, creyó conveniente morderse los labios y siguió fumando.
Lo primero que hizo el rey enano en aquella reunión fue escuchar el estado en el que se encontraban sus edificaciones. Smaug había causado más daños durante la última batalla que durante las décadas que había permanecido agazapado junto a sus tesoros. Sus compañeros habían intentado retirar los escombros de los lugares más afectados, pero aún quedaba mucho por hacer. Decidió que lo primero sería destinar una parte del tesoro para reconstruir Érebor, empezando por las zonas habitables para que su pueblo pudiera reestablecerse lo antes posible y ayudar también con las reconstrucciones.
En cuanto a sus compañeros, Thorin decidió recompensarles, además de con la cuantiosa recompensa estipulada en sus contratos, con un cargo en su nuevo reino, pues todos poseían cualidades que admiraba y no creía conocer candidatos mejores para salvaguardar sus muros y sus prodigios.
Como era de esperar, nombró a Balin Consejero Real de Érebor, para que su sabiduría y sus consejos siguieran amparando sus decisiones. Dwalin recibió el peso de la milicia bajo el título de Capitán de la Guardia. El enano de puños de hierro había sido adiestrado en batalla desde su infancia y a pesar de su temperamento y su rudo aspecto, era de sobra conocido que, a la par que soldado, era un gran estratega militar.
Glóin recibió el cargo de Tesorero de las Arcas, encargado de la contabilidad del reino. El enano pelirrojo recibió con orgullo el puesto, pero un desagradable dolor de cabeza comenzó a manifestarse en su cuerpo al pensar en las innumerables montañas de oro que se extendían por doquier, imaginando la ardua y laboriosa tarea que supondría enumerar aquellos tesoros sin equivocarse.
El rey enano confió a Óin el título de Sanador y Predictor de los Astros. Acertó en otorgar a Dori el nombramiento de Herborista y le instó a trabajar junto a Óin, dejando a disposición de ambos todos los escritos disponibles en sus archivos que pudieran servirles para tales fines. A pesar de no ser tan versados en botánica como los elfos, los conocimientos curativos de los enanos también eran dignos de elogios.
Thorin tenía pensado poner en funcionamiento las minas y la Gran Forja tan pronto como fuera posible. El principal privilegio de Érebor siempre fueron los exquisitos minerales que aquella inveterada montaña albergaba en sus entrañas. Su extracción y procesamiento para su posterior exportación serían la mejor prueba para demostrar al mundo que Érebor y sus habitantes habían vuelto a ocupar su glorioso puesto. Por ello nombró a Nori Tasador Oficial de Gemas y Metales, ya que sus andanzas como ladrón le habían otorgado amplios conocimientos para discernir una buena pieza de una imitación, y a Bifur Maestro Herrero, para que ambos trabajaran mano a mano reviviendo su profesión más antigua.
A su miembro más joven, Ori, cuya destreza recaía más en la pluma que en la espada, le atribuyó la tarea de escriba, encargado de transcribir documentos bajo la tutela de Balin, quien había sido el anterior transcriptor, convirtiéndose así en Escribano Real.
Thorin pensó que su pueblo también necesitaría distracciones, sobre todo después de haber llevado una vida marchita en el peregrinaje. Quería volver a llenar sus salones de risas, música y colores. Nadie en el mundo sabía más de fiestas y divertimentos que Bofur, por lo que le nombró Organizador Oficial de Festejos y Tradiciones. El risueño enano se levantó haciendo una reverencia a su rey, prometiéndole que pondría todo su empeño en honrar aquel cargo.
Y como no podía ser de otro modo, nombró a Bombur Maestro Gastronómico con la promesa de dotar a su pueblo con las más ilustres delicias que pudieran degustar. El nombramiento fue recibido entre aplausos y risas de los presentes, mientras Bombur asentía y se restregaba la panza con la mano.
Tan sólo quedaban los jóvenes príncipes. Thorin hizo una pausa antes de dirigirse a ellos.
- Kíli, Fíli – en sus ojos se dibujó una sonrisa paternal, aunque sus labios no se curvaron – vosotros sois mis herederos y algún día, espero todavía lejano, ocuparéis mi puesto. Poseéis sangre de reyes pero se os crio privados de vuestros derechos. Fuimos intrusos en las Montañas Azules y durante años trabajamos duro para forjar allí nuestro sitio. Crecisteis sin lujos ni privilegios, como el resto de nuestro pueblo, por lo que nunca se os instruyó como soberanos. Sois jóvenes y ávidos de aprendizaje. No os otorgo ningún título aquí, pero os encomiendo una tarea más valiosa, y por ello también más compleja. Acompañaréis a todos y cada uno de vuestros compañeros, miembros ahora de este renacido reino, y aprenderéis de ellos cada disciplina, pues un gobernante debe ser conocedor de todos estos oficios, aunque delegue su peso en otros.
Aunque al principio ambos se sintieron decepcionados de que su tío no les otorgara una tarea concreta para ayudarle a sustentar el peso del reino, pronto comprendieron que lo que acababa de encomendarles era algo más que un voto de confianza. Les acababa de dar la oportunidad de instruirse para llegar a ser alguien como él, y eso era lo que ambos habían perseguido toda su vida. Asintieron con la cabeza, con el corazón encogido en su pecho de la emoción, y juraron que no le decepcionarían.
Thorin iba a dar por concluida la reunión cuando Fíli preguntó por los ausentes.
- ¿Y nuestro saqueador?
Thorin sonrió y cruzó las manos sobre la mesa.
- El Señor Bolsón ha cumplido con creces su cometido y nos ha ayudado más de lo que se esperaba de él. No dudaría en recompensar sus esfuerzos y gustosamente le ofrecería un lugar confortable aquí. – Hizo una pausa y su sonrisa se apagó. – Desconozco sus intenciones para el futuro, pero mucho me temo que Érebor no esté entre sus planes. Se crio en las verdes colinas de la Comarca y en sus días cálidos, por lo que probablemente ansíe volver a su hogar. Si accede a quedarse pondré a su disposición todo lo que necesite. Si decide volver con los suyos, será bienvenido siempre que lo desee, y me encargaré personalmente de que nuestro pueblo conozca su historia y su valía.
Todos asintieron satisfechos.
- ¿Y nuestra fémina? – Preguntó curioso Kíli - ¿Qué cargo recibirá?
- ¿Qué cargo quieres que reciba, zoquete? – Se burló Bofur propinándole una sonora palmada en la espalda - ¿No es evidente? ¡Es nuestra nueva Reina Bajo la Montaña! – y concluyó la frase imitando una reverencia formal.
Thorin palideció de golpe. Había esquivado todo lo relacionado con Iriel confiando en que ninguno de sus compañeros sacara el tema a relucir. Demasiadas vueltas le había dado ya al asunto durante los últimos días, y por mucho que le pesara, siempre llegaba a la misma amarga conclusión. Odiaba tener que tratar sus asuntos personales en público, pero al fin y al cabo su enlace les afectaba a todos.
- Iriel no puede ser reina. – Objetó Balin con la mirada perdida en algún rincón de la sala.
- ¿Cómo? ¿Por qué no? – Preguntaron al unísono Fíli y Kíli.
- Ella no es enana – Respondió Dwalin con los brazos cruzados y la misma mirada severa que su hermano.
- ¿Qué tontería es esa? ¿Qué importará eso? – Preguntó Bofur enfadado. Balin respondió con voz serena.
- Ya es extraño que un enano se relacione sentimentalmente con alguien ajeno a nuestra raza, imagínate el escándalo que supondría esa relación en un miembro de la realeza. Mucha gente no lo aprobaría.
- ¿Y qué nos importa lo que opine la gente? ¡No es asunto suyo! – Replicó Fíli.
- Enfriad vuestras emociones y reflexionad un momento con sensatez. Ya no se trata de lo que nos parezca bien o mal, es la estabilidad de nuestro reinado lo que está en juego. Un rey no debe poner a su pueblo en contra, y menos al principio de su llegada al poder, pueden aflorar revueltas y rebeliones.
- ¿Y por qué das por hecho que no lo aceptarían?
- Jovencitos, he vivido bastantes más lustros que vosotros y sé de lo que hablo. He visto enanos y enanas repudiados por sus familias o vecinos por comprometerse con extraños. El pueblo de los enanos es solidario entre los suyos, pero a menudo huraño con el resto de razas. No es algo de lo que enorgullecerse, pero no podemos ignorarlo.
Los ánimos entre los presentes empezaban a caldearse demasiado, por lo que Thorin decidió intervenir en la conversación en la que estaba siendo protagonista. Otorgó una mirada fugaz a su viejo consejero, en parte aliviado de que hubiera llegado a la misma conclusión que le torturaba, pero también apenado, pues la única opción que le permitiría lo contrario se encontraba en estos momentos fuera de su alcance.
- El pueblo de los enanos ha sufrido demasiados infortunios en esta Edad y su confianza se ha ido minando con los años. Los cambios generan miedo y desconfianza. Algunos de nuestros hermanos son ya ancianos, anclados en las viejas costumbres. Debo construir mi reino sobre los férreos cimientos de la tradición y la rectitud para evitar que nuestros enemigos los tambaleen. Somos pocos ahora, no hemos consolidado nuestra posición aquí, no quiero otorgarles ningún motivo para sembrar disputas entre los nuestros.
- Pero eres el heredero de Durin, el trono te corresponde por derecho, suceda lo que suceda. – Declaró Fíli.
- Hay quienes consideran a Thrór responsable de la tragedia, y por ello podrían ser reticentes a que la línea de Durin vuelva a gobernar el Séptimo Reino de los enanos. – Sentenció Balin afligido –Thorin tiene razón, todavía no tenemos alianzas suficientes para afianzar nuestro puesto. No podemos permitir que haya dudas sobre la soberanía y las decisiones de Thorin. El trono y los tesoros de Érebor son un jugoso botín, algunos indeseables aprovecharían cualquier excusa para crear disputas entre los nuestros y desencadenar un golpe de Estado en su beneficio.
- ¡Que se atrevan a enfrentarse a nosotros! ¡No dejaré con vida ni un sólo enano que dude de la legitimidad de nuestro rey! – Gruñó el enano pelirrojo.
- Glóin – dijo el rey posando su mano sobre su hombro – no permitiré que la sangre de nuestro pueblo sea derramada por el filo de nuestras armas y menos si la disputa es por causa mía.
El resto guardó silencio. Kíli preguntó apenado.
- Entonces… ¿vas a abandonarla por el bien del reino?
Thorin negó con la cabeza.
- No malinterpretéis mis intenciones, yo no he dicho eso en ningún momento. Lo que Balin intenta explicaros es que no puedo hacer público el compromiso ni presentar a Iriel en sociedad, pero lo que suceda en mi vida privada es asunto mío. Mantendré mi relación en secreto y solicito la colaboración de todos vosotros para guardar esta confidencia.
Los enanos comprendieron las verdaderas intenciones de Thorin y le prometieron que así lo harían.
La reunión que había durado toda la mañana había llegado a su fin y los exigentes estómagos de los enanos reclamaban su ración. Se levantaron rumbo al salón que habían habilitado como comedor. Allí se toparon con los medianos. Ninguno pudo disimular su expresión de tristeza al mirar a Iriel, pues se compadecían de su situación. Iriel no entendió la razón por la que todos la miraran con pesar y temió lo peor cuando Thorin le pidió que se retiraran para dialogar a solas. Tragó saliva y le acompañó hasta sus aposentos con un nudo en la garganta. Sabía que algo no iba bien.
Thorin le pidió que se sentara a su lado y que no le interrumpiera hasta que hubiera terminado. Con dificultad comenzó a explicarle la situación tal y como había hecho minutos atrás con sus compañeros. No era tarea fácil explicarle lo que pretendía hacer, al fin y al cabo era egoísta obligarla a vivir una mentira sólo por conservar su soberanía. Intentó hacerle ver que no estaba de acuerdo con esa decisión pero que se había visto obligado a tomarla. Intentó convencerla de que esa situación también sería una forma de protegerla contra sus enemigos, ya que si nadie conocía su relación, no la utilizarían para hacerle daño. Intentó buscar mil argumentos para convencerla de que era una buena decisión, pero no los encontró, pues en el fondo ni siquiera él lo creía así. Preocupado, esperó la reacción de la chica. Iriel permaneció unos segundos en silencio observando su rostro tenso. Finalmente no pudo contener una carcajada.
- ¿Eso era todo? Me habíais asustado, pensaba que ocurría algo grave.
Thorin puso los ojos en blanco.
- ¿Cómo? ¿Acaso esto no te parece un problema grave?
- Bueno, a ver… - dijo rascándose la cabeza – sí y no… - Thorin la miró frunciendo el ceño. – Quiero decir, sí, claro que es un inconveniente, pero tampoco es una tragedia. Si te soy sincera, en el fondo me siento algo aliviada por librarme de esa carga.
- ¿Carga?
- Bueno, para ti no lo es, tú eres descendiente de Durin y tienes sangre de reyes, estabas destinado a grandes proezas. Pero, ¿yo? Sólo soy una chica temeraria que decidió que valía la pena salir a ver el mundo con sus propios ojos. ¿Tengo aspecto de querer sentarme junto a un trono y soportar innumerables reuniones donde reina la frivolidad disfrazada de pleitesía? No quiero encarcelar mi libertad bajo la llave de una corona. No nací para ser reina.
Thorin tomó su mano entre las suyas y la acarició con suavidad sin dejar de mirarla con aquellos intensos ojos azules.
- Nunca te obligaría a ser quien no eres, pues por ello me enamoré de ti. Si el deber que conlleva la corona fuera demasiado, yo asumiría toda la carga.
El corazón de Iriel latió agitado tras escuchar aquellas benevolentes palabras. Ni siquiera fue consciente de que su cuerpo se movió por voluntad propia hasta que sintió el roce de sus labios.
Tras distanciarse, los ojos de Thorin seguían mostrando un atisbo de preocupación. Iriel decidió quitarle hierro al asunto.
- Bueno, fingí ser un hombre durante semanas para poder acompañaros, creo que podré con esta farsa. Además, - la chica mostró una sonrisa pícara junto a su malicioso comentario – tampoco será tan diferente, llevamos tiempo ocultando nuestra relación.
Las mejillas del enano enrojecieron con aquel comentario y desvió la mirada algo avergonzado. No pudo rebatirle esa afirmación, Iriel tenía razón, él era el primero que había ocultado sus sentimientos al mundo y a sí mismo, pues tras haberlos aceptado prefirió seguir manteniéndolos en confidencia, haciéndose creer que era por el bien de la misión.
Finalizada la charla, decidieron regresar al comedor.
Lejos de la montaña, en las profundidades del Bosque Negro, un altivo soberano recibía las trágicas noticias sentado sobre su singular trono. Uno de sus mensajeros le informaba de la situación de los hombres de Ciudad del Lago, pues habían encontrado a varios de ellos en su territorio suplicando ayuda. Thranduil mantenía buenas relaciones de comercio con aquella población, por lo que se vio obligado a atender la llamada de auxilio. Envió a algunos de sus soldados con provisiones y a sus sanadores con todo lo necesario para hacerse cargo de los heridos. También envió a algunos de sus mejores exploradores, pues a la par que hábiles eran sigilosos, y ardía en deseos de conocer todo lo acontecido en Érebor y en relación al dragón que yacía muerto bajo las aguas. Se retorcía de cólera cada vez que recordaba cómo el enano había burlado su vigilancia y le había humillado encerrándole en su propia celda. Sólo necesitaba una oportunidad para devolver con creces aquella afrenta, y esta nueva situación se mostraba sumamente propicia para sus fines.
Mientras tanto Ciudad del Lago continuaba sumida en el caos. Tras varios días, las labores de rescate se habían dado por concluidas al perder la esperanza de encontrar más supervivientes. Los cadáveres habían sido enterrados lo más dignamente posible, improvisando un cementerio junto a los límites del bosque. Los heridos ocupaban ahora el centro de atención. Los niños y los ancianos tenían hambre. Intentaron reunir todas las provisiones posibles, pero las llamas habían estropeado la mayoría de los alimentos y ninguno se atrevía a pescar en el lago por miedo a ingerir algún veneno liberado por el cadáver del dragón. Bardo se encontraba cansado, por las noches apenas podía descansar. El crepitar de las llamas, el rugido del dragón y el llanto de los suyos protagonizaban sus pesadillas.
Sus esperanzas despertaron al ver aparecer al grupo de elfos con provisiones y medicinas. Les recibió con su pálido rostro surcado por profundas ojeras, pero con una sonrisa de bienvenida. Los elfos pronto ayudaron con las labores y los desdichados habitantes lloraron de alegría ante la amabilidad recibida.
La densa niebla que lo cubría todo pronto fue disipada por las mágicas artes de los elfos. Conjuraron los vientos de Poniente para limpiar tan ponzoñoso ambiente y Esgaroth fue bañada por un viento fresco y su desgracia se hizo visible al mundo.
Uno de los centinelas del Bosque Negro se presentó ante Bardo para que le relatara todo lo sucedido. Bardo explicó el repentino ataque y la huida del gobernador. Relató cómo habían transcurrido los días posteriores, aprovisionándose lo mejor posible con los escasos medios de los que disponían. El elfo escuchó en silencio, y cuando Bardo hubo terminado vio su oportunidad de interrogar acerca de los asuntos que de verdad intrigaban a su monarca.
- Me pregunto qué habrá provocado la ira de una bestia que yacía dormida durante décadas en el interior de la montaña. ¿Qué le habrá impulsado a salir de su refugio descargando su furia y su demencia sobre esta desdichada ciudad?
- ¡Han sido esos condenados enanos!
- ¿Enanos? – Entonó el centinela haciéndose el sorprendido.
- Esos desgraciados vinieron hasta aquí vanagloriándose de su destreza y proclamando sus derechos. Les concedimos todo cuanto pidieron: ropajes, provisiones y armas. Curamos a sus heridos y brindamos sus escandalosos festejos con nuestro mejor vino. ¿Y cómo nos lo han pagado? ¡Arrojando a su bestia contra nosotros sólo para conseguir un miserable puñado de oro!– Pronunció el arquero invadido por la rabia, reprimiendo las lágrimas que humedecían sus ojos y oprimían su garganta. - ¿Cuántas vidas inocentes necesitaban cobrarse para satisfacer su encaprichamiento? - Los rostros de sus amigos y conocidos le invadieron, algunos de los cuales ya no volvería a ver, y los que sí, se verían privados de su sonrisa durante mucho tiempo. La imagen de su amiga de la infancia torturó sus pensamientos, haciéndole sentirse culpable por no haber podido detenerla, pues su juventud y su buen corazón la habían conducido a las fauces de un peligro que no le correspondía.
- Si lo que dices es cierto, esos enanos deberán ser juzgados por su crimen. Mi Señor pondrá a vuestra disposición sus huestes para que reclaméis lo que os corresponde.
- No necesito que traiga a sus soldados para iniciar un enfrentamiento, lo que mi pueblo necesita ahora es protección y cuidado. Os ruego que se lo comuniquéis a vuestro soberano y le informéis de que tiene toda nuestra gratitud por su rápido gesto. – Bardo se despidió con una reverencia y miró con desprecio hacia la montaña. La rabia contenida le hizo tomar una decisión que llevaba días reprimiendo. Se acercó a las cuadras, donde su corcel negro había sobrevivido al desastre. Recolocó las riendas sobre su hocico y montó sobre su lomo, rumbo a la montaña, dejando una estela de tierra tras él, mientras el odio y la venganza latían con fuerza en su corazón. Necesitaba tener una conversación cara a cara con el Rey Bajo la Montaña.
El centinela adivinó sus intenciones y rápidamente hizo señas a dos de los suyos para que le acompañaran con la excusa de escoltarle. Los tres jinetes emprendieron su camino hacia la Montaña Solitaria.
Tras la comida Bilbo decidió ausentarse y sus peludos pies le condujeron a la acogedora habitación que le habían concedido los enanos. Se trataba de una pequeña estancia situada en uno de los pisos superiores orientados hacia la ladera de la montaña, cuyos rectilíneos ventanales brindaban una esplendorosa vista de todo el valle. Sobre la cama descansaba el generoso regalo que Thorin le había concedido. Se trataba de una preciosa cota de malla confeccionada con mithril, un material muy preciado en la Tierra Media debido a sus magníficas cualidades y muy difícil de conseguir. Sus plateados engarces habían sido confeccionados con mimo, dando a la pieza una belleza difícil de describir. Bilbo guardó el presente en uno de los arcones y se tumbó entre las sábanas para perderse entre sus pensamientos.
Una oscura obsesión había ido creciendo en su interior a lo largo de la aventura. Un hábito secreto que no compartía con nadie. Y es que a menudo necesitaba sentir el gélido tacto de aquel anillo entre sus dedos para sentirse protegido. El problema era que esa necesidad cada vez era más constante. Al principio creyó que se había aferrado a ese singular objeto porque, dada su nula destreza en batalla, era lo único que podría mantenerle con vida durante el viaje. Sin embargo cuanto más hacía uso de sus poderes, más deseaba permanecer en ese mundo de sombras y susurros a salvo del mundo real. En ocasiones era consciente de lo estúpida que era la idea, y entonces guardaba el anillo en su bolsillo y hacía ver que nada malo ocurría, que su poder no le corrompía como una droga, pero durante la noche, cuando el dragón, los trasgos o cualquier otro enemigo irrumpían su descanso, despertaba empapado en sudor y con manos temblorosas aferraba aquel objeto que le hacía sentirse invencible.
Parte de su juicio era consciente de lo insano de esta práctica, pero era incapaz de sobreponerse a ella y se sentía demasiado avergonzado para confesarla, ni siquiera a Iriel, su confidente, pues no quería mostrarle lo cobarde que era realmente.
Enterró su cabeza bajo la almohada, pero al no conseguir evadirse de la incómoda sensación que le envolvía, decidió abrir los ventanales y despejarse con un poco de aire fresco. Sintió la suave brisa del valle y la calidez del astro solar, mas cuando sus ojos se acostumbraron a la intensidad de la luz, una aterradora visión le sobrecogió. La niebla que cubría el valle días atrás se había desvanecido, mostrando una ciudad en ruinas. Bilbo no tuvo que atar demasiados cabos para comprender lo que había sucedido. Ellos habían provocado aquella tragedia. Se levantó inmediatamente y corrió escaleras abajo para informar a todos de lo que acababa de descubrir, trastabillando en los escalones debido al ímpetu y al desasosiego. Impactado por la desoladora visión de Esgaroth, no advirtió la silueta de tres jinetes que se dirigían en dirección a ellos.
Bilbo llegó al comedor sin aliento y le costó recuperarlo para articular las palabras con coherencia. Dwalin, Balin, Fíli, Kíli, Glóin y Thorin se encontraban allí, el resto habían ido a la Forja para analizar el estado en el que se encontraba e iniciar su restauración. Por su parte Iriel había vuelto a enclaustrarse en la lectura. Los presentes recibieron la noticia con horror y se dirigieron rápidamente hacia la Puerta Principal para comprobar lo que el mediano les relataba.
Al mismo tiempo, Bardo llegaba a las puertas de la imponente edificación, dispuesto a conseguir lo que había ido a buscar.
Los enanos abrieron las puertas y observaron las tres figuran que cabalgaban hacia su posición. Mientras se acercaban, Thorin echó un vistazo a la silueta semiderruida que podía apreciarse desde la distancia de lo que quedaba de la ciudad que les había acogido días atrás. Sobrecogido por la tragedia, su intención fue recibir a Bardo como a uno de los suyos, dispuesto a escuchar con preocupación todo lo que había sucedido ajeno a su conocimiento y hacer cuanto estuviera en su mano por ayudarle, mas la mirada severa del arquero sumada a la presencia de los elfos a su lado frenó las buenas intenciones del enano, y la aversión que despertaba en él esta raza con la que había tenido tantas disputas le hizo cambiar de opinión y adoptar una postura tosca e inflexible. La conversación entre ellos tampoco comenzó amigablemente.
- Esgaroth ha caído a causa de vuestra codicia. Acudo en nombre de mi pueblo para que respondáis por vuestros crímenes.
- ¿De qué crímenes inmerecidos nos acusáis? Nosotros no hemos atacado vuestra ciudad. - Respondió Thorin malhumorado.
- No han sido vuestras armas las que han derramado la sangre de los míos, pero sí vuestras acciones. ¡Habéis despertado a un demonio que llevaba décadas dormido y lo habéis arrojado contra nosotros!
Dwalin tomó la palabra dando un paso al frente para situarse junto a Thorin. El tono acusador del humano le había ofendido y la paciencia no era una virtud que le caracterizara.
- ¡Al menos nosotros nos atrevimos a hacerle frente! En lugar de vivir en silencio al cobijo del lago, agachando la cabeza entre los peces e ignorando que el problema se hallaba frente a vuestros ojos.
Thorin intentó poner un poco de orden a aquella conversación que se tensaba a medida que las palabras fluían. Intentó buscar un atisbo de calma en su interior y con voz neutral le respondió.
- Smaug era la gran calamidad de nuestra era, vosotros tal vez habíais olvidado de lo que era capaz, pero nosotros no. Tarde o temprano provocaría una u otra desgracia, por eso nuestra misión era abatirlo y dar muerte a esa bestia.
- ¡Mientes! No ennoblezcas tu avaricia, vosotros no vinisteis aquí con la intención de liberar al mundo de un monstruo, sino para apropiaros de vuestras baratijas.
- ¿Me acusáis de mentiroso? ¿Cómo os atrevéis a hablarme de ese modo? ¿Habéis olvidado con quién estáis tratando?
La calma que Thorin había intentado aflorar se desvaneció tal y como había venido. Aquel humano le estaba faltando al respeto y eso era algo que su orgullo no iba a pasar por alto. Ambos mantuvieron sus encolerizadas miradas provocando un tenso silencio que se hizo eterno.
Balin intentó intervenir para poner un poco de paz.
- El dolor de la pérdida ha afectado vuestros modales. Entendemos la difícil situación por la que estáis pasando, pues nosotros también la sufrimos hace décadas. Estoy seguro de que habrá alguna forma de ayudaros y acabar con esta disputa.
Bardo se irguió aún más sobre la montura y de forma altiva proclamó.
- Exijo vuestro tesoro para reconstruir la ciudad y para que sus habitantes recuperen todo lo que han perdido.
- ¿Qué? ¿Y por qué debería responsabilizarme de un desastre ajeno a mi pueblo? – Aquello encolerizó aún más al rey enano.
- ¿Ajeno a tu pueblo? Toda esta sucesión de desgracias fue provocada por los tuyos. ¡Si los enanos no hubierais atesorado vuestras vomitivas y desproporcionadas montañas de oro durante años el dragón no habría venido hasta aquí y Ciudad de Valle no se habría convertido en una montaña de escombros y cadáveres putrefactos!
- ¡Si vuestro raquítico pulso hubiese sido certero en aquella ocasión y esas ratas cobardes que os acompañan, cual estatuas gélidas y presuntuosas, hubieran cumplido su alianza, mi pueblo no habría sido diezmado, humillado y arrojado al exilio! ¡No te atrevas a responsabilizarme de vuestros errores! ¡No voy tolerar tus falacias contra mi pueblo!
El arquero sentía la sangre hirviendo bajo su piel. Sintió deseos de tomar el arco entre sus manos y apuntar hacia su adversario, pero aquello habría un impulso irracional y estúpido, y él no era ningún estúpido. Thorin volvió a hablar, esta vez moderando el volumen de su voz.
- Si hubierais venido a pedirme ayuda en lugar de arrastraros hacia esos trepa-árboles que sólo saben contemplar las desgracias ajenas sin mover ni un músculo, por supuesto que habría acogido a tu pueblo bajo mis salones y os habría proporcionado la ayuda que necesitarais. Pero habéis venido hasta las puertas de mi palacio exigiendo mis bienes e insultando mi nombre, por lo que no compartiré con vosotros ni sola una moneda de oro. Volved de nuevo a arrastraros con vuestros amigos los elfos, tal vez si os doblegáis lo suficiente consigáis alguno de sus favores.
- ¿Es esa vuestra última palabra, Majestad? – dijo mordiendo la última palabra.
El enano mantuvo firme su gélida mirada. Bardo espoleó los estribos de su corcel e inició el galope de vuelta a su hogar, seguido por los dos elfos.
Thorin penetró de nuevo en los muros de su fortaleza de piedra, ardiendo en deseos de gritar y golpear algo. Se sintió impotente ante las acusaciones que acababa de presenciar y deseó tener un ejército a su disposición para acallar aquellos inmerecidos insultos.
Un pensamiento se perpetuó en su cabeza. Una obsesión creciente.
Necesitaba la Piedra.
- Señor saqueador – reclamó a un aturdido Bilbo que había presenciado la disputa en segunda fila – tengo una tarea para ti.
