Capítulo XIV
-Bueno, ha llegado el momento de hacer el trabajo para el cual me contrataron- dije con un nudo en la garganta porque aquel pasadizo que se abría detrás de la puerta era un hueco oscuro y profundo y de allí provenía un lejano rumor que mi más íntimo ser me decía eran los ronquidos de la bestia.
La mirada de Thorin estaba clavada en mí haciendo que mis entrañas temblaran. Era una mirada impenetrable, desafiante.
Sé que durante la tarde después del altercado, él y otros Enanos estuvieron hablando, y estoy segura que no era precisamente de Smaug.
Pero estaba decidida y había hecho la promesa a los Enanos que haría lo que fuera por ayudarlos en su empresa, aunque ahora Thorin se hubiera olvidado de todo eso.
-¿No… tienes miedo?- me dijo Bofur conmocionado y todos estaban atentos a aquel momento. Su hermano Bifur acotaba un comentario a eso en su extraña lengua que nada más ellos entendían.
-Está demasiado oscuro, tal vez deberíamos esperar a que fuera de mañana- opinaba Nori indeciso, sin atreverse a acercar al agujero.
-Yo he sido feliz todos estos meses con ustedes- dije con sinceridad- He encontrado la vida que no tuve en La Comarca. Entendí lo que Gandalf quería de mí, porque he sufrido heridas y enfrentado peligros inimaginados y con eso aprendí cosas que antes no hubiera aprendido nunca. Me he descubierto a mí misma, amigos-
-Pero… pero…Tal vez debamos ir… - ahora era Kili quien titubeaba. Pero Thorin le hace una seña para que se callara.
-¿Sabes? Yo en realidad no tenía muchos amigos allá en la Montañas Azules- Bofur dejaba entrever un tono de melancolía que no era nada usal en él- Bella, tu eres mi mejor amiga-
Impulsada por la emoción por esas palabras que nunca nadie me había dicho antes abracé a Bofur, y rabiosa con Thorin por su indiferencia y mirada cruel.
Los Enanos aplaudieron y se despidieron de mí con abrazos, excepto Thorin que permanecía allí parado mirando aquello con muchos celos.
-Llévate esta antorcha, Bella, pero no olvides apagarla cuando llegues a los salones- me explicaba Oin –Si fuera de día podrías ver allá dentro pues los Enanos construimos de tal manera que haya claridad dentro de nuestras cavernas-
-No esperaré hasta mañana, entraré ahora- tomé la antorcha y dejando mi bulto en el suelo, tomé mi espada y me dispuse a meterme en el agujero sin ninguna otra contemplación.
-¡Espera!- una voz gruesa me detuvo en seco-¡No tienes que hacer esto!-
Thorin habló al fin y se acercó a mí con rostro desesperado. Ya no más indiferencia ni frialdad, el Enano ya no podía ocultar lo que sentía.
Me tomó del brazo negándose a aceptar el hecho de que me iba.
-Voy a ir, es mi misión y la voy a cumplir-
-No vayas abajo tú sola ¡Yo iré contigo!- insistió Thorin.
-Así Smaug nos olerá y nos pulverizará antes de que podamos siquiera llegar. No puedes ir, ninguno. Yo al menos podré rescatar la Piedra del Arca- aparté su mano de mi brazo.
-¡La Piedra del Arca de mi abuelo!- al oír otra vez el nombre de la valiosa joya los ojos de Thorin brillaron por el hechizo. Pero el amor pudo contra eso, y se sacudió la desmedida codicia que despertaba el oro en él –Olvida eso que te dije Bella, perdóname, estaba ciego e inventé eso por el calor del momento. No era algo que yo pensara en realidad- se disculpó ante todos los Enanos. Y ese oro no me importa más que tú- y toda su nobleza estaba allí impecable e incorruptible ante el hechizo del oro.
Fue una hermosa declaración digna de su verdadero ser, pero no me ablandaría.
-Gracias, eres digno de tu linaje- le dije pero me di la media vuelta para entrar en la montaña.
-No… ¿Qué quieres probar?- me reprochó furioso y lo enfrenté otra vez.
-Dudas de mi capacidad. No estoy hecha de cristal ya les dije. Cuando empecé este viaje me miraban como si fuera una muñequita de porcelana que no sería capaz de sobrevivir ¿No es así, Thorin? ¿Delgada y frágil que un orco mataría en un abrir y cerrar de ojos? Cuatro arañas gigantes no pudieron matarme, así que ya les he demostrado que así delgada y frágil y todo soy igual que ustedes y tengo muchas habilidades. Ahora visto sus ropas, uso mi espada "Aguijón" y sé luchar con el hacha también como un Enano-
Los Enanos miraron a Thorin con una sonrisa y muy poco les faltó para celebrar mis palabras con un "Si fuera Enana ojalá y le crecieran más las barbas"
El rey Enano estaba perplejo.
-No quiero probar nada. Ya te lo dije muy bien, y se lo prometí a Glóin, quiero hacerlo por ustedes que son mis amigos y así sentirme satisfecha de que lo hice. Iré-
Thorin se controló y no volvería a cometer ese error que nunca se perdonaría de llamarla "descendiente de ratas". La observó y aceptó al fin su decisión con un gesto. Aceptó y la dejaría ir.
Entonces sucedió algo inesperado para todos los allí presentes, Thorin se acercó y me abrazó de tal manera que mis piernas se aflojaron. No era un abrazo como el de los otros Enanos, no, él llegó y me tomó por la cintura con firmeza y me atrajo hacia él apretándome fuerte, pero sin hacerme daño, contra su fornido cuerpo. Ése era su estilo, impetuoso, que en cualquier momento llegaba y te sorprendía.
Y me estremecí de pies a cabeza, a propósito me hizo sentir todo su cuerpo cruzando sus brazos sobre mi cintura, muy apretada a la suya. Y era asombroso que a pesar de toda la ropa que teníamos encima pude sentir su corazón latiendo rápida y fuertemente allí sobre mi pecho. Un corazón vivo y enamorado.
Los Enanos soltaron todos una exclamación y Balin sonrió satisfecho, porque finalmente el rey había escuchado las cosas que tanto le había sugerido, siendo esa tarde la última conversación seria que tuvo él, Oin, Glóin y Bofur con Thorin: Que ya tenía cerca de doscientos años de edad y no se comportaba como un hombre, sino que se dejaba cegar por los demonios del pasado y las maldiciones de Melkor. Thorin atormentado todavía seguía desvariando, pero despejó las sospechas y sacó de su pecho el dolor que le embargaba. Cómo podía un rey Enano desposar a una hobbit y qué pensarían todos en Ered Luin y en las Montañas de Hierro si supieran que él se había enamorado de una hobbit. Entonces Balin le dijo que un rey podía cambiar una ley, y que los demás se fueran al diablo.
Así fue como la locura de Thorin se apaciguó antes de que se abriera la puerta secreta.
Demasiado atontada lo abracé yo también y no quería soltarme nunca, no era un abrazo de amigos sino de amantes. Un abrazo que decía las palabras "Te amo", pero esas palabras no fluían de ninguno de los dos, en cambio él se acercó a mi oído y sentí sus húmedos labios rozar mi oreja con aliento cálido para susurrar en voz baja y grave:
-Por favor, regresa con vida, Belladonna-
Fue lo que dijo. Nos separamos al fin y sus brazos me dejaron ir.
Con más ánimo que nunca emprendí mi camino a lo profundo del agujero negro y silencioso.
No sé qué horas eran cuando la oscuridad de la montaña me tragó por completo, que ni la luz de la antorcha era suficiente. Caminé hacia abajo casi arrastrándome por el estrecho túnel, muchos metros, no sé cuántos, y no veía ningún fin.
Aquel camino llegaba hasta las profundidades.
Pero tenía un nuevo incentivo para concluir la misión, tenía esperanzas así que no me detuve, bajé hasta el final.
El túnel desembocó en un pasadizo y allí apagué la antorcha tal como me dijo Oin. Ese pasadizo daba hasta los salones de Erebor, ya estaba a un paso. Seguramente ya se acercaba el amanecer y eso me ayudaría a ver.
Entonces oí con más claridad el rumor, ése que había sentido cuando abrimos la puerta, y un frío gélido me corrió por la venas… Eran los ronquidos de Smaug.
No tenía idea de dónde sacaba el valor, pero ya estaba allí y el miedo no me detendría. Temblaba de pies a cabeza ante la presencia del dragón en algún lugar de aquel salón de más adelante.
Me aferré a mi pequeña espada como si eso fuera a salvarme y entré a Erebor lo más silenciosamente posible, paso por paso, abriendo mucho los ojos y agudizando mis sentidos.
Al rato de andar así y no ver nada, mis pies tantearon algo extraordinario en el piso de la sala inmensa que se abría ante mí. Estaba todo oscuro sin embargo tal como dijo Oin, un resplandor daba una extraña claridad a las paredes y pensé que era el sol que entraba por alguna parte pero me equivoqué, era oro. Mis pies estaban pisando monedas de oro puro.
Casi suelto una exclamación de admiración, nunca había visto algo tan majestuoso, que el reino de Thranduil se quedaba pequeño. Erebor estaba en ruinas pero aún quedaban obras de los Enanos en pie por allí, enormes salones finamente decorados, muchas reliquias. Había armaduras, espadas, lanzas, escudos y miles de piezas de oro y joyas por todas partes. Tenían décadas y décadas abandonadas, pero el polvo y la tierra no cubrían su belleza.
No vi rastros de nada vivo allí dentro, todo era muerte, y un olor me agobiaba. Tal vez era el olor de los miles de cadáveres calcinados que aún permanecía allí.
Sin embrago la ventilación no era mala, esos mundo subterráneos estaban muy bien diseñados, había aire fresco siempre debajo de la montañas de los Enanos.
Entonces empecé a buscar, y me llené los bolsillos de oro y joyas, pero debía encontrar la Piedra del Arca. Me habían dicho que era una joya que brillaba como la luz del sol, que se vería desde cualquier distancia, así que recorrí todos los salones.
Tal vez me tardaría días allí dentro, no encontraba nada, ni la joya ni mucho menos al monstruo. Recurrí a mi oído y debía encontrar el rumor que había escuchado antes, esa ligera respiración siniestra que me guiaría hasta el enemigo.
Pero quería ese oro, entendía las razones de Thorin, yo también quería ese oro, y me regocijé entre tanta maravilla sin importarme que eso le había costado la vida a miles de Enanos y Hombres de Valle.
Fue cuando lo oí otra vez, encontré el rumor y me dirigí hacia donde me guiaba, más adentro a una sala aún más grande que las anteriores. Era el corazón de Erebor, poblado de inmensas columnas de piedra lisa bien talladas y ornamentadas. Totalmente cubierto de oro, como un lago de oro.
Y allí se oía la respiración de algo sobrenatural. Pero no veía nada, solamente veía una montaña de oro puro, dorado y brillante.
Salté a buscar entre las monedas, en mi tarea interminable, rogando tener la suerte de encontrar la Piedra. Un temblor. Me detuve asustada, creí que se había movido el piso, pero no hice caso, solamente me importaba el oro y la Piedra del Arca. El temblor se repitió aún más fuerte y empecé a sudar frío, las monedas se movían a causa del movimiento de la tierra y encontraba montones de joyas que creía podrían ser la Piedra. Pero no eran.
Empecé a enloquecer, me parecía que veía Enanos caminando por los salones aledaños, pero esos fantasmas no me quitarían mi oro ni mi Piedra del Arca. Estuve un día entero, o tal vez más, no sé cuánto tiempo, metiéndome por recovecos en aquel gigantesco lugar.
Parecía que todo estaba bañado de rojo, porque debía ser de día, y la luz se hacía rojiza allí en esa profundidad. Y el rumor de la respiración… con horror al fin me di cuenta que la montaña que creía de oro era lo que estaba respirando y lo que emitía ese resplandor rojizo.
Caí de espaldas porque las piernas me fallaron, me faltó el aire y empecé a llorar de terror, porque allí estaba yo ante Smaug: el humo salía de la nariz del monstruo y ése era el humo que salía por la Puerta Principal, el humo de la respiración del dragón.
Me quedé paralizada esperando que sus fauces salieran al fin para matarme. Era una serpiente gigantesca que reposaba sobre un lecho de oro y las monedas la cubrían toda, que sólo su cabeza se podía entrever. No supe qué hacer por un rato, luego reaccioné gracias al hecho de que la serpiente no se movió más.
Eran rojas sus escamas por lo que podía ver, y una luz muy brillante iluminaba todo el perfil derecho de la enorme cabeza. Una luz increíblemente brillante. Mi cerebro reaccionó al fin: ¡La luz provenía de la Piedra del Arca!
Sin pensar nada más me moví como un espíritu sin cuerpo, acercándome hacia Smaug temblando de terror, tenía la Piedra del Arca al lado derecho del cuerpo que era como una montaña que tenía que rodear. Corrí cerca hasta que di con la joya más hermosa que alguien pudiera ver, algo que reflejaba todos los colores, y la tomé en mis manos sin pensar.
Ya me veía fuera de Erebor con la Piedra, todo fue fácil excepto por el hecho de que el tocar la Piedra me causaba un profundo malestar y pesaba mucho en mis manos. Pero no me importaba, era mía y sería mi recompensa por aquel trabajo, y tampoco tenía que despertar al dragón, al ver su tamaño supe que ninguno tendría chance ante él. Bardo siempre tuvo razón, esa empresa era una locura.
Debíamos todos escapar de la Montaña Solitaria.
-¿Dónde estás ladrón?- una voz retumbó por todo Erebor y tembló tan fuerte que caí de donde estaba, rodando abajo otra vez al sótano -¡¿Dónde estás?! Ladrón, te puedo sentir. No escaparás con mi tesoro-
Desesperada traté de trepar hacia arriba y escapar pero no pude. Tembló la tierra una segunda vez en ese momento y la montaña de oro se movió toda, y poco a poco fue saliendo de allí el monstruo que había despertado y que me había descubierto.
Otra vez me puse de pie y salté con todas mis fuerzas para trepar el muro y meterme por un pasillo que me salvara, pero Smaug lanzó su enorme cola contra la pared cerca de donde estaba y la derribó por completo. Con fuerzas salidas de la nada pude saltar otra vez abajo para escapar de los escombros que caían, pero el ataque de la bestia no me dio respiro, y a pesar de mi rapidez que me ayudarían a esquivar las embestidas del dragón, no tomé en cuenta una cosa: su aliento de fuego.
No escaparía, era imposible, las paredes y escombros me protegían momentáneamente de las llamaradas pero tampoco tomamos en cuenta el pequeño detalle de que allí encerrados con aquel fuego moriría asfixiada por el humo.
Mis fuerzas se agotaron cuando me refugié entre unos escombros, porque tenía los pulmones llenos de humo y me iba a desmayar. El fuego de Smaug me calcinaría apenas estuviera sobre mí.
Otro golpe destructor de la cola del monstruo y unas rocas del techo cayeron sobre mí, y herida quedé atrapada a merced del fuego de Smaug.
Había llegado mi fin, estaba ahogada y herida que el dolor y la sangre nublaron todos mis sentidos. Pero moriría feliz.
El recuerdo de los Enanos celebrando por mí en la taberna, de Bofur diciéndome que era su mejor amiga, de Kili y Fili soñando con que viviera con ellos en Erebor, y sobre todo el saber que yo era más importante para Thorin que la Piedra del Arca, eso era algo que llenaba mi vida de satisfacción.
