¡Hola de nuevo! ^^ Lo prometido es deuda, esta vez me he metido caña para actualizar rápido.
Guest: Gracias! aquí está la continuación.
Erinia Aelia: :D gracias por tus detallados análisis capítulo tras capítulo y por nominarme para los Fanfic Awards, aunque opino lo mismo que con Eurovisión xD los votos se rigen por favoritismos y poco más. Ya te confesé lo fan de tu comentario de los "oit points" xD. La verdad es que en el capítulo anterior Iriel se quedó demasiado feliz al desentenderse de los asuntos de gobiernos y dentro de poco se dará cuenta de que la decisión no era tan maravillosa como creía al principio. Intentaré que Thranduil vuelva a cobrar importancia en los próximos capítulos. Cuando termines el capítulo me cuentas si me he ganado ese café o no xD.
VeriTheJotun: Bienvenida a la historia! Siento haber sido la causa de que casi se te cayeran los ojos xD pero me hace muchísima ilusión saber que mi lectura te enganchó hasta ese punto. Espero que sigas disfrutando del resto de los capítulos ^^
linnetask: Sí, es un momento delicado para los enanos. Smaug ha desaparecido pero otros enemigos han surgido para complicarles las cosas.
Midgardian girl: Madre mía! Menudo análisis! Desde aquí te mandó un fuerte aplauso por todas tus deducciones, pues te aseguro que ambas hemos pensado lo mismo respecto a la situación de Iriel (xD de hecho te has aproximado tantísimo a lo que yo había planeado que casi me ha dado vértigo jajaja) y en este capítulo se dará cuenta.
Nara: Lo séeee U_U sé que tardé muchísimo tiempo en actualizar, lo siento mucho!. La situación de Thorin es delicada, en estos capítulos trato de mostrarlo más como villano que como héroe para su transformación sea gradual y comprensible.
Lynlia: eyy! :D Muchas gracias! Ya estoy aquí dando guerra como siempre. Thranduil es un personaje que volverá a cobrar importancia, espera y verás ^^.
HainesHouse: Excusas excusas xDDD Este capítulo se centra principalmente en la Piedra del Arca y su relación con todos los personajes. A Iriel le ha salido una dura competidora!
Bueno para no perder las buenas costumbres, os diré que de nuevo el capítulo me ha quedado muchísimo más largo de lo que pretendía (pero largo largo ehhh xDDDD esta vez no se me ha ido de las manos, sino del cuerpo entero!) xD pero quería aligerar un poco la acción e ir al grano de los acontecimientos, que al final esto va a tener más páginas que ESDLA O_o
Así que aquí me tenéis, a las tantas de la mañana la noche de antes de mi guardia en el hospital, intentando concluir este episodio de una manera que me convenza.
Comprobaréis que me detengo mucho en las reflexiones personales de cada personaje, pues como ya he dicho otras veces me parece la parte más importante de la narrativa. Cuando yo leí el Hobbit eché eso en falta y llegado a este punto me convencí de que Thorin era sencillamente gilipollas y se le había ido la pinza estratosféricamente. Sin embargo el Thorin de la película aparentaba tener mucho más transfondo y empecé a pensar que algo tuvo que haberle pasado para cambiar tan drasticamente. Y esto es lo que os he intentado transmitir, cómo en función de las circunstancias la gente puede llegar a cambiar, sin que eso les convierta en héroes ni villanos.
Demasiados secretos y confabulaciones esconde este capítulo, pues cada personaje carga con su tormento a su manera.
:) Espero que lo disfrutéis y me deis vuestra opinión! :D
*~~~~~ CAPÍTULO 35: UN NUEVO ENEMIGO: LA PIEDRA DEL ARCA ~~~~*
"Una joya blanca que brilla como la más pura estrella y la lava más ardiente. Una gema que ensombrece y minimiza todo cuanto se halla a su alrededor. La reconocerás en cuanto la veas"
Ésa era la descripción que Thorin le había confiado sobre su nueva tarea. Una descripción demasiado poética y abstracta como para serle útil. Sepultado hasta las rodillas entre aquellas montañas de oro, Bilbo caminaba con dificultad y se sentía sobrepasado cada vez que intentaba vislumbrar el final de aquella sala del tesoro, pues el oro se extendía hasta donde alcanzaba la vista y más allá, perdiéndose entre los límites del recinto. ¿Cómo iba a encontrarla en un lugar tan desmedido si ni siquiera sabía lo que estaba buscando?
Aquello era peor que buscar una aguja en un pajar.
Bardo volvió a Ciudad del Lago, o más bien a lo que quedaba de ella, envuelto en cólera y despotricando contra los enanos. Los elfos que le habían acompañado se adelantaron, pues sabían bien quién estaría impaciente por escuchar aquella información y confiaban en ser recompensados por ello. El Rey Elfo escuchó con interés todo lo que su corte había averiguado y vio la ocasión perfecta para materializar su venganza. Esperó a que sus huestes regresaran, pues parte de ellas se encontraban batallando contra los orcos que habían osado adentrarse en su territorio. Brindó en solitario con su cáliz medio lleno y degustó su licor ambarino deleitándose con su futura victoria.
Thorin caminaba por los magnánimos corredores de su fortaleza. Todavía le hervía la sangre al recordar las palabras de Bardo. En otra época su insolencia habría sido castigada con dureza, pero ahora tampoco se encontraba en condiciones de iniciar una guerra contra otro pueblo. Eran minoría y lo sabía. Sus leales compañeros sólo eran un puñado de guerreros. Habían demostrado ser capaces de superar desventajas inhumanas para alcanzar la victoria en aquella travesía, pero esto era completamente diferente. Iniciar un enfrentamiento con otro pueblo, cuando su llegada al poder aún era inestable, era egoísta y temerario, y ponía en peligro la reconquista de su añorado reino. No podía permitir que ninguno de sus errores le arrebatara a su pueblo lo que le pertenecía por derecho. Todavía no poseía un ejército. Todavía no poseía la Piedra del Arca.
Sus pasos le condujeron a la Forja. Allí, guardadas en el interior de vagonetas de hierro, se hallaban las últimas materias primas extraídas de la montaña. Los minerales más valiosos se hallaban en una sala antaño custodiada con esmero, para que sólo el soberano de Érebor pudiera hacer uso de ellos. Se paseó por todas ellas y acabó entrando en otra pequeña recámara donde se guardaban piezas ilustres, unas terminadas y otras pendientes de perfeccionar. Espadas, lanzas, mazas, hachas, escudos, cascos, cotas de malla… La Armería de Érebor poseía piezas exquisitas y tremendamente resistentes. Sopesó las piezas y eligió los materiales que creyó convenientes y tras ello se dirigió a Nori y a Bifur para encomendarles un encargo especial.
Iriel se encontraba sola en su habitación. Thorin le había contado lo sucedido con el arquero, y aunque era cierto que su viejo compañero se había dirigido con rudeza hacia el enano, creía muy injusta la inclemente respuesta que había recibido. En el fondo tenía razón. Smaug había atacado Esgaroth por su culpa, ellos eran los responsables de que hubiera ingerido aquel elixir envenenado que le había vuelto loco. Iriel se mordía las uñas preocupada, intentando que su mente no dilucidara acerca del número de inocentes que habían perecido bajo su causa, del número de cadáveres que habrían sido enterrados o calcinados tras el desastre. Tenía ganas de gritar y de llorar, de arrojarse a los brazos de Bardo a suplicarle que la perdonara, de responder ante las familias que habían perdido a los suyos intentando redimir su culpa. Pero Thorin le había prohibido todo eso. La había convencido de que no serviría de nada, que era peligroso presentarse en Ciudad del Lago, que aquel trágico suceso había sido obra de la crueldad del dragón y ellos sólo eran dos víctimas más de la larga lista de Smaug. Iriel sabía que el enano tenía razón, pero no podía deshacerse de ese desgarrador sentimiento de culpa.
Y para colmo se encontraba completamente sola, a merced de las incansables deliberaciones de su mente masoquista. Thorin andaba ocupado con asuntos sobre los que apenas hablaba y Bilbo se hallaba involucrado en una tarea abocada al fracaso desde el principio.
Iriel sabía que la Piedra del Arca no se encontraba en Érebor. La Piedra del Arca ya no se encontraba en ningún sitio, la había visto convertirse en cenizas bajo las llamas de Smaug. Sólo ella conocía la verdad, pero había sido incapaz de confesarla. Demasiadas culpas pesaban ya sobre su conciencia, no se sentía con fuerzas de cargar con una más. Sabía que aquella gema era importante para Thorin, aunque no alcanzaba a comprender la verdadera magnitud. Había escuchado las historias que versaban sobre ella, sobre su descubrimiento y su presentación al mundo, su hipnótico brillo y su belleza, incluso la había contemplado con sus propios ojos. Mas se obligó a pensar que aquella joya no era tan especial como se narraba, a pesar de que había escuchado su voz cuando llegó arrastrándose a la montaña y había recibido su influjo. Decidió creer que aquel mágico fenómeno había sido producto del delirio a causa de su extenuante estado. Decidió creer que tan sólo era una gema de cuantiosa fortuna, a pesar de que Smaug había demostrado un sospechoso interés en ella nada más verla. Sí, se obligó a creer que, dada la ingente fortuna de los salones de Érebor, la presencia o ausencia de esta piedra preciosa no debería decantar tanto la balanza, pues de este modo se sentía menos responsable de su pérdida. A pesar de su espíritu de lucha, en este momento la pesada carga de las muertes de los ciudadanos de Esgaroth nubló su conciencia e hizo algo que no acostumbraba hacer, elegir el camino fácil, pues no podía soportar una culpa más. No de los ojos de Thorin.
Así especulaba Iriel, así se culpaba en silencio y se torturaba por guardar el secreto. Tarde o temprano tendría que confesarlo, pero no se sentía preparada. Ya le había hecho suficiente daño al guerrero enano al fugarse con el dragón, no podía confesarle que con aquella huida también había robado y destruido la piedra que veneraba. No podía demostrarle que le había traicionado también en eso.
Y los días transcurrieron así en la fortaleza, con Iriel ocultando su secreto, Thorin deambulando inmerso en sus asuntos, pensando más de lo necesario en aquella piedra que ostentaba el trono de su abuelo, creyendo ser incapaz de dar la talla si no la conseguía bajo su mando; mientras Bilbo iba y venía en una búsqueda infructuosa. Aquel triángulo cuyo epicentro se regía por la gema blanquecina, estaba abocado al desastre tarde o temprano.
Fue en uno de esos días cuando Bilbo, paseando cabizbajo y cansado por la inexistencia de resultados, escuchó a hurtadillas una conversación entre Óin y Balin.
- Por mi parte, preferiría que la dichosa joya no apareciera. Thorin será un digno monarca, no la necesita para hacerse respetar. – Dijo sujetándose la trompetilla.
- Pero la Piedra del Arca es el símbolo del rey. Le concede poder sobre los Siete Reinos Enanos.
- Pero es un arma de doble filo. Tú conviviste junto a Thrór, sabes lo que la fiebre del oro le hizo a su mente. Particularmente, nunca me ha gustado esa piedra, cosas de brujería mantienen su brillo, malas artes, te lo digo yo.
El anciano meció su larga barba pensativo.
- Nunca he creído esos rumores que especulaban sobre el delirio del linaje real. Las montañas de oro sobrepasaron la cordura de Thrór y la avaricia y el temor a perder la Piedra del Arca consumieron sus días, pero Thorin no es como su abuelo. La piedra no le consumirá, confío en su buen juicio.
- Espero que tengas razón. – Concluyó Óin con un suspiro.
Bilbo se alejó pensativo. No era la primera vez que espiaba una conversación centrada en aquella misteriosa piedra. Todo el mundo parecía coincidir en su peligrosa influencia. Elrond había opinado lo mismo, sin embargo su amigo Gandalf había acudido en defensa del enano, argumentando lo mismo que Balin, asegurándole que Thorin no cometería los errores de Thrór.
Bilbo opinaba igual. Thorin no era codicioso. Nunca le habían importado demasiado los tesoros, sino el derecho de su pueblo a recobrar su lugar.
Thranduil se acorazó con su liviana y elegante armadura de innegable belleza e incuestionable resistencia y ordenó a sus hombres cargar con todo lo necesario. Salieron del Bosque Negro sobre sus inmaculados corceles de casta pura y se dirigieron hacia las ruinas de Esgaroth. Su llegada fue advertida por los aldeanos, que avisaron a Bardo de inmediato, pues ahora hacía las veces de gobernador. Thranduil explicó con refinados modales y eruditas instrucciones lo que debían hacer para cobrarse la deuda de los enanos. Brindó su ejército a su disposición, argumentando no demandar nada a cambio, justificándolo con los largos años de amigables relaciones comerciales que habían mantenido ambos pueblos, pues en el fondo sus oscuras intenciones cobraban de sobra el precio. Bardo consolidó el acuerdo, conforme los días pasaban su resentimiento hacia los enanos crecía, y la incesante visión de los suyos arrastrados a la miseria contribuía a esta causa. Convocó a los mejores guerreros humanos y se prepararon para partir a la Montaña Solitaria con aquel ejército conformado por hombres y elfos.
Thranduil hizo gala de su paciencia, virtud de sobra conocida entre su gente, y le recomendó esperar a la noche para avanzar con sus huestes, de este modo pasarían desapercibidos y cuando los enanos advirtieran su presencia, ya sería demasiado tarde.
Tras reunirse con Balin y conversar largo y tendido sobre materia de gobierno, Thorin dio por concluida la conversación y decidió permanecer un rato más en aquella sala de comando. Aquel lugar había pertenecido a su abuelo, y la gran cantidad de documentos y anotaciones que poseía había quedado prácticamente intacta con el paso de los años. El rey enano se acercó a contemplar un antiquísimo mapa que su abuelo guardaba con aprecio. Se trataba de un manuscrito que retrataba los Siete Reinos Enanos de la Tierra Media. La tinta azabache que lo perfilaba no había perdido su intensidad y la cuidada caligrafía en su lengua madre era digna de ser contemplada.
Sus ojos se posaron sin quererlo en la antigua fortaleza de Moria. Sus recuerdos le transportaron hacia aquella batalla donde había nacido su sobrenombre. Días grises y marchitos fueron aquellos. Su abuelo, enajenado por la pérdida de su reino, se empeñó en recuperar Moria a pesar de que la magnitud del enemigo corría en su contra. Allí perdió la vida, sin completar la última tarea que daba sentido a su existencia.
Thorin pensó que debía recompensar aquel sacrificio de algún modo. Ahora que había recuperado Érebor, Moria había dejado de ser un objetivo inalcanzable. La reconquista honraría a su padre y su abuelo. Su corazón se llenó de gozo al imaginarlo.
Comenzó a reflexionar sobre lo que ocurriría si recuperaba también aquel reino. Hacerse cargo de dos tronos sería una tarea excesiva. Consideró acertada la idea de que sus sobrinos gobernaran aquel lugar, pues no había en aquel momento nadie con derecho de sangre para reclamarlo. Confiaba en ellos, ejercerían bien su papel y aquella posición privilegiada también beneficiaria a Érebor, haciendo que ambos reinos forjaran un vínculo inquebrantable. Sí, la reconquista de Moria sería su siguiente objetivo, aunque no ahora, no hasta dentro de unos años, primero debía centrarse en estabilizar de nuevo a su pueblo en la Montaña Solitaria y conseguir que sus filas fueran suficientes para conformar un magno ejército.
Sin embargo, aquella decisión a largo plazo portaba implícito un inconveniente. Si sus sobrinos se hacían cargo del nuevo reino, la línea de sucesión al trono de Érebor quedaba comprometida. El puesto estaría vacante hasta que engendrara un heredero. Empezó a sentir una molesta pesadez en el fondo de los ojos. Se restregó la frente con gesto cansado. Ser rey conllevaba demasiados compromisos tácitos, nunca hubiera creído que aquellos formalismos pudieran suponerle tantos quebraderos de cabeza y tanto pesar en su corazón.
Decidió perderse entre los corredores, tal y como había hecho en su juventud cuando algún asunto inquietaba su espíritu. Casi sin darse cuenta, sus pies le llevaron hasta la entrada secreta de la montaña, donde se hallaba la inscripción de alabastro que daba la bienvenida a su hogar. Bajo las letras, en medio de la roca tallada, se hallaba la gema que había provocado la envidia y el respeto de muchos, la que le carcomía sus pensamientos. Su inmaculado brillo se hallaba representado mediante un abanico de líneas, pero aquella ilustración distaba mucho de su verdadera belleza. Thorin recordó cómo su brillo parecía empequeñecer todo cuanto la rodeaba. Recordaba perfectamente su imagen sobre el trono de su abuelo. A pesar de que admiraba aquella obra de la naturaleza, durante su juventud nunca entendió por qué su abuelo la veneraba casi religiosamente. Sin embargo ahora sí lo entendía, aquella gema era un regalo que la montaña había concedido a su linaje como reconocimiento por su virtud.
Tal había sido el impacto del descubrimiento que todos los reinos enanos habían jurado obedecer a aquel que ostentara la Piedra del Arca.
Era por ello que su abuelo la veneraba, porque su pertenencia le dotaba de un vasto poder. Porque si la perdía, perdería mucho más que un cuantioso tesoro. La Piedra del Arca era un símbolo de poder, un símbolo de alianza entre sus hermanos, un pacto no escrito de unión ante la adversidad.
Miró hipnotizado aquella placa. Necesitaba el Corazón de la Montaña. La necesitaba tanto como la luna necesita a la noche, como las alas necesitan al viento, como las flores a la primavera. Sí, Thorin necesitaba la piedra tanto como respirar.
Empezó a sentirse mareado. Su enfermiza obsesión comenzaba a pasar factura a su cuerpo. Sintió que nada tendría sentido si no la tenía a su alcance, que ningún enano le respetaría ni obedecería sus órdenes, que nunca podría ser el Rey Bajo la Montaña ni reconocer a la persona que amaba.
Decidió marcharse directamente a sus aposentos para descansar un poco. La luna ya había iniciado su ascenso en el cielo, pero Thorin ni siquiera tenía hambre. Sólo quería cerrar los ojos y dejar descansar sus pensamientos.
La mesa estaba ya preparada en el Gran Comedor. Todos los enanos habían ocupado sus puestos y engullían la cena tan ruidosamente como de costumbre. Iriel degustaba unas cucharadas de caldo mientras sus ojos espiaban las puertas de entrada al comedor. Thorin se estaba retrasando más que de costumbre. Empezaba a estar preocupada. Apenas se veían ya, el enano andaba demasiado ocupado, y a decir verdad, ella también le había rehuido más de lo que pretendía, pues el sentimiento de culpa por la Piedra del Arca todavía la mortificaba. Pero aquello no mitigaba los deseos que sentía de verle, de perderse entre sus brazos, de brindarle un beso de buenas noches y quedarse dormida a su lado.
Así que decidió dar por concluida su cena, pues apenas tenía apetito, y marchar en su busca. Nadie advirtió su ausencia, pues se hallaban inmersos en animadas conversaciones. Caminó guiada por sus pasos, pues tenía la corazonada de dónde encontrarlo. Se topó con el enano a punto de entrar en los aposentos reales. Thorin se detuvo al verla.
- La cena ya está lista. – Ofertó ella con suavidad.
- Gracias, pero no tengo hambre. Preferiría descansar.
Los ojos de Iriel se apagaron un instante. La responsabilidad del trono le estaba pasando factura. Le veía pálido y cansado. Sintió deseos de compartir su carga.
- ¿Puedo acompañarte?
El enano suspiró un instante y perfiló una sonrisa sincera. Asintió con la cabeza y abrió las puertas de su dormitorio para que su dama entrara.
Thorin aprovechó para ponerse cómodo. Se quitó las botas y la túnica de piel que le cubría los hombros, quedándose sólo con los pantalones de lino y su camisa azulada. Se dirigió hacia el lavabo para mojarse la cara y así liberarse de sus molestos pensamientos. Iriel permaneció en silencio sentada en el borde de la cama. El enano secó su rostro y parte de sus cabellos con una toalla y se acercó a ella sentándose a su vera. Sujetó con ternura una de sus manos que se hallaba apoyada en su regazo y con la otra le acarició la mejilla, dirigiendo su rostro hacia sus labios, fundiéndolos en un tierno beso.
- Últimamente apenas hemos tenido tiempo para dedicarnos. Siento haberte desatendido.
Las mejillas de la chica enrojecieron. Daba igual el tiempo que pasara, su voz y su mirada siempre conseguían su hipnótico efecto, era incapaz de sobreponerse a su embrujo.
Iriel negó con la cabeza y le devolvió la sonrisa. Conversaron durante rato sobre temas sin importancia y finalmente decidieron recostarse bajo las sábanas para descansar. Rodeada por su brazo izquierdo y recostada sobre su pecho, Iriel cometió el error de iniciar un tema tabú.
- ¿Cuándo le darás tregua al pobre Bilbo? Apenas descansa, tiene agujetas por todo el cuerpo de rebuscar entre los montones de oro.
La voz de Thorin se tornó fría.
- Hasta que no encuentre lo que le he pedido deberá seguir buscando con esmero.
Iriel resopló un tanto molesta.
- Pero es una tarea demasiado dura para una sola persona.
- El aceptó su papel como saqueador, esa tarea le pertenece.
- ¿Pero es necesaria tanta urgencia? No te faltan riquezas, posees incontables montañas de oro para hacer lo que te plazca, reconstruir Érebor o erigir una nueva fortaleza, contratar jornaleros para el oficio que desees y aun así vivir lujosamente durante décadas. ¿Para qué necesitas la riqueza de esa gema?
Thorin se incorporó para mirarla a los ojos. Aquel cambio brusco pilló desprevenida a Iriel, que creyó que hubiera sido más sensato morderse la lengua.
- ¿Crees que es su valor material lo que anhelo? ¿En serio me consideras tan avaricioso? Es cierto que su valor se me antoja incalculable, tanto como un río plagado de oro, pero no es esa la razón por la que la necesito en mis manos.
Iriel le miró preocupada, pues el rostro de Thorin se había tornado demasiado serio. El enano prosiguió.
- ¿No has oído las historias? ¿No has leído lo que simboliza? El Corazón de la Montaña es una insignia de poder. Es el legado de mi familia, lo que le concedió a mi abuelo su privilegiada posición de monarca sobre el resto de territorios. Esa piedra es la que me otorga el derecho a reinar.
Iriel intentó suavizar aquella conversación con una tímida sonrisa.
- No necesitas una joya para reinar. Te has ganado ese derecho tú solo, no ha sido la sangre de Durin lo que te ha concedido este puesto, sino tus propios méritos. Nadie puede negarte eso. Tu pueblo te aceptará, tengas o no la piedra.
A pesar de las palabras de la chica, a Thorin le costaba creerlo. La obsesión por poseer la Piedra del Arca había ido creciendo en su mente día a día y nada conseguía aplacar aquella necesidad. No confiaba en su valía y se sentía más inseguro que nunca.
- Los ejércitos no seguirán mis órdenes. Tal vez la gente de las Montañas Azules me jurará lealtad sin vacilar, pero pasarán meses hasta que consigan llegar hasta aquí, durante ese tiempo estaremos desprotegidos. Necesito reforzar mis defensas, no puedo permitir que me arrebaten Érebor, otra vez no.
- Conseguirás alianzas cercanas, sólo tienes que confiar en ti mismo. Has conseguido llegar hasta aquí atravesando la mitad de la Tierra Media y sus peligros con tan sólo un puñado de guerreros. Les convenciste para acompañarte a una misión sin ninguna garantía de éxito. ¿De verdad crees que tu poder de convicción es escaso? – Dijo riendo.
- Pero ellos me acompañaron porque anhelaban un sueño, un derecho arrebatado durante décadas. Me habrían seguido a mí o a cualquier otro que hubiese liderado la empresa.
Iriel empezaba a desesperarse. La terquedad de Thorin era superlativa.
- Siempre igual de obstinado. ¿Cómo voy a convencerte de que cualquier soldado te seguiría hasta la muerte?
Thorin desvió la mirada, cansado de que su amada rebatiera una y otra vez su necesidad de conseguir la gema, cuando era ella uno de los principales motivos que le impulsaban a ello.
- No es sólo obediencia militar lo que necesito. La Piedra del Arca me permitiría tomar cualquier decisión sin que nadie se atreviera a rebatirla.
- ¿Y para qué quieres dictar normas incuestionables? Te creía un rey justo y sensato. ¿Acaso planeas convertirte en un déspota? – Rebatió Iriel malhumorada cruzando los brazos. Thorin la fulminó con la mirada y su voz sonó más agresiva de lo que pretendía.
- ¿Tan ilusa eres que eres incapaz de leer entre líneas? ¡Necesito la Piedra del Arca para que mi pueblo te acepte!
Aquella confesión la pilló por sorpresa. En ningún momento creyó que ella fuera uno de los motivos que le empujaran a buscar esa gema con desespero. Entonces su rostro se relajó y le miró con ternura.
- No me importa que tu pueblo me acepte... sólo necesito que lo hagas tú.
Thorin le hizo reflexionar sobre la verdadera magnitud del problema que la chica estaba pasando por alto.
- No eres consciente del sacrificio que implica, ¿verdad? Puede que ahora puedas sobrellevarlo, pero ¿serás capaz de permanecer en la sombra y vivir esta mentira durante años?
Iriel apretó los puños, lo haría si era la única forma de seguir a su lado.
- ¿Podrás soportar que enanas de diferente alcurnia se pavoneen frente a mí para intentar seducirme?
- Confío en ti, sé que no me serías infiel.
- ¿Y si tengo que serlo? – El rostro de Iriel se tensó al escucharle, sus ojos claros le sondearon con tristeza y preocupación - ¿Qué pasará si tengo que desposarme y engendrar un heredero? ¿Podrás soportarlo entonces?
Una daga helada le traspasó el pecho. No había contemplado esa posibilidad. Había olvidado que como rey se vería obligado a perpetuar su sangre con el nacimiento de un primogénito. Siempre había dado por hecho que serían sus sobrinos los que continuarían la línea de sucesión.
- Yo creía que Fíli y Kíli…
- ¿No has pensado que mis sobrinos pueden tener otros planes u obligaciones al margen de nuestros egoístas deseos?
Iriel sintió que su corazón le golpeaba el pecho y el calor de sus mejillas la abandonaba. De pronto comprendió todos los problemas que conllevaban su enlace secreto, toda la preocupación que soportaba su rey en silencio. De pronto fue consciente de que nunca podrían estar juntos. Su voz se volvió gris.
- En ese caso nuestro destino es estar separados porque nunca encontrarás lo que estás buscando. – Y las lágrimas brotaron sin que pudiera detenerlas. – La Piedra del Arca ya no existe…
- ¿Qué? – Preguntó Thorin con escepticismo.
- Smaug reclamó la gema para sí cuando nos marchamos. La Piedra del Arca fue destruida durante el caos del incendio.
- ¿Qué estás diciendo? – Thorin puso los ojos en blanco.
- Yo misma vi reducirse a polvo el cofre que la contenía.
- ¿Por qué no me lo dijiste?
Su llanto cobró más fuerza, liberando toda la culpa que había retenido durante días.
- Lo siento… tenía demasiado miedo de contártelo… me sentía demasiado miserable… todo ha sido culpa mía, la masacre de Esgaroth, la destrucción de la piedra... perdóname, te lo ruego. – Y se derrumbó entre sus brazos temblando.
Thorin permaneció unos segundos inmóvil, asimilando la valiosa información que acababa de recibir. Le costó un poco reaccionar, pero cuando lo hizo abrazó con ternura el cuerpo tembloroso de la chica, apretándola contra su pecho y acariciando sus cabellos para tranquilizar su llanto. Sintió que la angustia que le perseguía se aligeraba, al contrario de lo que su amada había pensado, aquello era una buena noticia, ahora sabía dónde se encontraba lo que estaba buscando.
- Esa gema no puede ser destruida por el fuego, ni siquiera por las llamas de un dragón. Fue forjada por las entrañas de la montaña, nada puede dañarla.
- Pero yo vi las cenizas…
- La Piedra del Arca tiene medios para protegerse que escapan a nuestro entendimiento. Gracias por contármelo Iriel, sé que ha debido de ser muy duro para ti guardar esa carga.
Sus lágrimas aminoraron su turbulenta salida y poco a poco fueron desapareciendo, dejando sólo su húmeda estela sobre sus mejillas. Iriel se apartó del pecho del guerrero para mirarle a los ojos. Thorin hizo ademán de levantarse.
- Ahora ya sé su paradero. No puedo perder más el tiempo.
Iriel le agarró el brazo antes de que se levantara.
- ¿Estás loco? ¿Pretendes ir ahora a buscarla? ¡Es medianoche!
Thorin no respondió.
- Hay varios días de viaje hasta aquella mansión en ruinas. Ni siquiera has dormido. No puedes emprender ese viaje sin previo aviso, tan imprudentemente. Espera al menos a mañana, cabalgaremos juntos en mi montura.
Thorin tuvo que dar su brazo a torcer. Era cierto que las fuerzas no le acompañaban. Decidió compartir aquella noche con su doncella, acababa de descubrir el paradero del demonio que le atormentaba, era una buena noticia y merecía concederse un descanso.
Volvió a recostarse en su lecho junto a su fémina, dejándose llevar por sus caprichos. Dejó que Iriel acariciara todos los rincones de su cuerpo, invadido por la pasión latente y el placer que les consumía. Aquella noche su mente le liberó de aquella obsesión que le había acompañado cada segundo, arrastrándole lenta y silenciosamente hacia la locura. Sólo ella importaba en aquel momento. Permitió que la chica le devorara con los labios mientras sus gemidos se perdían en la noche, mientras sus palpitantes corazones se dedicaban promesas de amor. Y finalmente, con las manos entrelazadas y la respiración entrecortada, rozando su piel al descubierto, culminaron su cortejo con aquel acto libidinoso que les permitía fundirse en un solo ser.
Iriel despertó temprano. Las luces del alba apenas se filtraban por los ventanales, sin embargo el cuerpo del guerrero no se encontraba a su lado, sólo su hueco marcado por las sábanas. La chica refunfuñó en voz baja, sí que se había dado prisa en preparar la partida. Decidió darse una ducha rápida y prepararse lo antes posible ella también, pues si se descuidaba demasiado, el rey enano era capaz de partir sin ella. No tuvo tiempo de tomárselo con demasiada calma pues una algarabía de gritos dio la voz de alarma. Iriel salió deprisa y se topó con algunos de los enanos.
- ¡Nos han rodeado! – Gritaban mientras corrían buscando al resto de sus compañeros.
- ¡Tenemos que actuar deprisa!
Iriel intentó preguntar lo que sucedía, pero todos andaban demasiado nerviosos de aquí para allá. La chica vislumbró la figura de los jóvenes príncipes en la lejanía y corrió hacia ellos.
- Hay un ejército de hombres y elfos frente a la Puerta Principal. – Explicó el rubio preocupado.
- Hay al menos un centenar de elfos y una treintena de hombres. No entiendo cómo ha sucedido, ¿cómo han llegado hasta aquí sin que nos diéramos cuenta?
Avanzaron por el pasillo principal hasta llegar a las puertas de la fortaleza. Dwalin, Balin y Thorin se encontraban allí. Iriel podía ver los músculos de Thorin tensarse a través de las prendas, estaba claro que aquella noticia había conseguido sacarle de sus casillas.
- ¡Sitiado en mi propia fortaleza! ¿Cómo se atreven a deshonrarme de esta manera?
Los tres dieron un paso al frente, dispuestos a salir al valle y demandar una explicación, Iriel corrió hacia Thorin antes de que lo hiciera.
- ¿Qué sucede?
Thorin la miró con desprecio.
- Ese maldito arquero ha decidido aliarse con los elfos. Ese niñato no sabe dónde se está metiendo, si tanto desea jugar con fuego le ayudaremos a que se queme.
- Espera – le dijo con una mirada suplicante – déjame hablar con él.
- ¿Has perdido el juicio? Hay un ejército ahí enfrente, no voy a dejar que salgas.
- Pero le conozco desde siempre, no me hará daño.
Thorin la agarró por el brazo y dictó una orden fulminante.
- Iriel he dicho que no. Esto es un asunto de estado y me concierne a mí. No te entrometas.
Iriel dio un paso atrás, asustada por la severa mirada que acababa de dedicarle. Justo en ese momento un alarmado Bilbo aparecía corriendo por allí. También había sido despertado por el caótico descontrol de los enanos. Los medianos y los jóvenes príncipes se apartaron hacia uno de los recodos del gran pasillo, donde había un pequeño recinto semicircular. Ninguno había sido invitado a acompañar al rey, así que esperaron inquietos, sin atreverse a romper el silencio que les envolvía. Les pareció que la espera duró una eternidad, aunque apenas transcurrió media hora. Finalmente las puertas volvieron a abrirse y los enanos reaparecieron. Thorin parecía incluso más enfadado, si es que eso era posible. Sus sobrinos se levantaron de inmediato y corrieron hacia él.
- ¿Quieren ponerme a prueba? Pues lamentarán el haberse atrevido a hacerlo. Si creían que iba a ceder ante su ultraje se han equivocado de enano. ¡Balin! – El anciano dio un respingo – Redacta ahora mismo una carta urgente para mi primo Dáin y envíala con uno de nuestros cuervos. Infórmale de nuestra situación para que envíe de inmediato a su ejército de las Colinas de Hierro. Si quieren una guerra, la tendrán.
- ¿Pero tío qué es lo que pasa? – Preguntó Fíli preocupado.
- Los hombres del lago reclaman, perdón, - rió maliciosamente – ordenan que les entreguemos buena parte de nuestros tesoros para paliar los daños de nuestra catástrofe y exigen cobijo bajo nuestros muros. Además, sus amigos los elfos han jurado protegerles hasta que su deuda sea saldada y también aseguran que nuestro paso por su palacio causó estragos que quieren ver reparados.
Dwalin entrechocó sus puños.
- No saben dónde se están metiendo esos patilargos. Si siguen exigiendo estupideces van a probar en primera persona el acero de los enanos.
Iriel y Bilbo no compartían el exceso de confianza que los enanos tenían en su victoria. Aquel cambio en los acontecimientos era un problema considerable para todos ellos. Se miraron de reojo, compartiendo en secreto su preocupación. Antes de que pudieran decir nada, Thorin se acercó al mediano con un renovado brillo en los ojos.
- Bilbo, tengo nuevas instrucciones para tu tarea. Ya he descubierto el paradero de la Piedra del Arca, no se encuentra en Érebor.
Bilbo le miró confundido, Iriel agachó la cabeza.
- Prepara tus bártulos de viaje ahora mismo, hay varios días de camino a pie hasta donde debes dirigirte. Debes salir inmediatamente.
- ¿Cómo? ¿Salir a dónde? ¿A la luz de ese ejército apostado en nuestra entrada?
Thorin le miró con gesto contrariado, como si aquel insignificante hecho supusiera algún impedimento. Bilbo no podía creer lo que estaba viendo.
- ¿Estás hablando en serio? No, ¡no y no! No pienso salir ahí a fuera con esos… esos salvajes esperando para acuchillarnos. No, me niego.
La mirada de Thorin se volvió gélida.
- ¿Estás desobedeciendo mi orden?
- Thorin… - el miedo envolvió al mediano. En aquel momento sintió que su vida no importaba lo más mínimo para el enano. Vio la locura en el fondo de sus ojos. Una locura fría y ausente de piedad.
En ese momento el resto de los enanos aparecieron interrumpiendo aquella tensa discusión. Thorin se apartó del mediano y se puso a hablar con ellos mientras se alejaban. Bilbo e Iriel se quedaron solos. El mediano todavía sentía una gota de sudor frío recorriéndole la espalda al recordar la mirada de Thorin.
- No se lo tengas en cuenta, tiene demasiadas preocupaciones sobre sus hombros y esta nueva disputa con hombres y elfos no se lo está poniendo nada fácil. – Dijo Iriel con pesar.
Bilbo no quiso discutir con su compañera, pero no creía que los problemas a los que tenía que hacer frente fueran suficientes para justificar su comportamiento.
- ¿Y a dónde pensaba enviarme a buscar la piedra?
- A las montañas, a las ruinas de la mansión donde escapamos de Smaug.
Bilbo enmudeció.
- Estoy segura de que la gema quedó destruida durante el incendio, vi cómo aquel cofre se prendía sin remedio – suspiró – pero Thorin no abandona sus esperanzas, está convencido de que la Piedra del Arca sigue allí, intacta, entre los escombros.
Y Bilbo sabía que era cierto, pero no porque la gema hubiera sobrevivido al fuego, sino porque él mismo la había tomado en sus bolsillos antes de que el incendio se produjera, sin conocer la verdadera naturaleza del ancestral tesoro que estaba rescatando.
Sin confesar la verdad, Bilbo se marchó a su habitación. Una vez allí, abrió el arcón donde guardaba la pieza de mithril y la gema blanca, que ahora sabía que se trataba de la Piedra del Arca.
La admiró con detenimiento. ¡Cuán necio había sido! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Aquella gema brillaba como una estrella y ardía como el fuego, Thorin no podía haberla descrito mejor.
La gélida y abrumadora mirada del enano volvió a sus pensamientos. No pudo evitar sentir un escalofrío. Le hizo sentirse igual de insignificante que en el momento en el que Thorin le acusó de ser un lastre a los pocos días de unirse a su Compañía. No, le hizo sentirse incluso peor, porque en aquella ocasión apenas habían forjado vínculos, pero ahora, después de todo lo que habían pasado juntos era tremendamente injusto que el enano antepusiera la Piedra del Arca a su propia vida.
La conversación entre el Señor Elfo y el Mago Gris volvió a materializarse en su mente. Elrond tenía razón. Aquella extraña enfermedad de la mente que perseguía a la familia real de Érebor había afectado también a Thorin. No podía decirle que poseía la piedra, si se la entregaba ahora sólo empeoraría la situación. Aquel delirio crecería bajo su influjo y el rey enano tomaría decisiones enajenadas por la sobredosis de poder. Era muy peligroso que Thorin tuviera la piedra en aquellos momentos.
Bilbo suspiró en voz alta.
"Gandalf… qué perdido me siento… si estuvieras aquí seguro que sabrías qué es lo correcto… Gandalf, viejo amigo, ¿cuándo volverás a nuestro lado?"
Y los días volvieron a pasar, esta vez lentos y tediosos. Pronto se dieron cuenta de que las provisiones de comida escaseaban, pues sólo portaban los fardos que los hombres del lago les habían ofrecido y en Érebor no había reservas comestibles, tan sólo algunas especias. La situación era complicada, no podían salir a cazar con sus enemigos a las puertas y tampoco podían pactar comercio con nadie más para aprovisionarse. Ése era uno de los puntos débiles que Thranduil había previsto, sabía que tarde o temprano los enanos se quedarían sin víveres y tendrían que pactar.
La respuesta desde las Colinas de Hierro no tardó en llegar. Dáin les felicitaba por el éxito de su empresa y ponía a su disposición a sus hombres para librarles de aquel encarcelamiento, mas se disculpaba por su tardanza, sus tropas habían sido enviadas a otra misión y tardarían un tiempo en volver a reunirse. Les instó a aguantar todo lo que pudieran, prometiendo que acudiría en su ayuda tan pronto como pudiese. Thorin recibió la noticia con recelo. Se les estaba acabando el tiempo, no podía esperar eternamente, tendría que replantearse la estrategia.
Si en las últimas semanas Iriel y Thorin apenas se veían durante el día, ahora ni siquiera compartían sus noches. Los enanos hacían guardia vigilando constantemente los movimientos de sus rivales y Thorin se encontraba casi siempre encerrado con unos u otros. Apenas descansaba, lo que contribuía a empeorar cada vez más sus vulnerables pensamientos.
Aquella situación era insostenible, por eso Iriel se dirigió a la habitación de Bilbo, para compartir con él sus cavilaciones. A diferencia de los enanos, ellos se sentían relativamente neutrales en aquel conflicto, tal vez esa fuera la perspectiva que necesitaban para encontrar una solución sin que aquella contienda pasara a mayores. Bilbo se mostró incómodo y preocupado al ver aparecer allí a su amiga sin previo aviso, pero intentó disimularlo alejándose lo máximo posible del baúl donde guardaba la Piedra del Arca.
Hablaron durante un buen rato sin llegar a ninguna conclusión que les satisficiera. Thorin no había vuelto a obligar al mediano a salir de la montaña en busca de la piedra, pero tampoco había vuelto a dirigirle la palabra. Bilbo todavía esperaba una disculpa por su parte, pero sabía que era una utopía aspirar a aquello. Iriel decidió cambiar de tema.
- Por cierto, Kíli me habló de la valiosa cota de malla que Thorin te regaló. Me encantaría verla.
Bilbo sintió un escalofrío.
- No es para tanto. – Dijo rascándose la cabeza mientras una gota fría le recorría la espalda.
- ¿Bromeas? ¡Me reveló que estaba hecha de mithril! Nunca he podido admirar de cerca ese valioso metal, dicen que es tan resistente que ninguna espada puede atravesarlo.
Bilbo asintió pesaroso, decidió dirigirse hacia el arcón y sacar la pieza el mismo con cuidado, procurando que el brillo de la Piedra del Arca no delatara su secreto. Con delicadeza sacó la pieza de su resguardo, abriendo apenas la tapa del arcón y se la enseñó a su compañera. Iriel admiró la delicadeza de sus engarces y el frío tacto de su roce. Y sin sospechar lo que su compañero ocultaba, se levantó sin malicia dispuesta a guardar la pieza en su sitio. Bilbo se interpuso al instante.
- ¿Qué haces? – preguntó ella extrañada.
- Nada, nada, deja que lo guarde yo.
- Bilbo, te comportas de forma extraña, ¿estás bien?
- Sí sí, perfectamente.
- Conozco esa mirada culpable y esa voz temblorosa. Es como si ocultaras algo.
- ¿Yo? – dijo Bilbo riendo nervioso. – Nada en absoluto.
Aquella risa nerviosa confirmó las sospechas de la chica, le apartó y antes de que el mediano reaccionara abrió la tapa del arcón. Lo que encontró allí le robó el aliento.
- La Piedra del Arca… - vocalizó con apenas un hilo de voz mientras ponía los ojos en blanco y su cuerpo se quedaba completamente rígido. Bilbo sintió un nudo en el estómago. Se giró hacia él con extrema lentitud, como si su cuerpo no le perteneciera. – ¿Por qué tú…? ¿Desde cuándo…?
Bilbo no respondió, pues no sabía bien cómo hacerlo. Iriel sintió que se abría una brecha entre ambos, que las confidencias que habían ido compartiendo durante el viaje se habían desvanecido al llegar a la montaña. Aún sin recobrar el aliento, Iriel agarró la gema del interior del baúl y se dirigió a la puerta. Bilbo la sujetó por la muñeca.
- ¿Qué vas a hacer?
- ¿Tú qué crees? Devolvérsela a su verdadero dueño y resolver todos nuestros problemas.
- ¿Resolver nuestros problemas o empeorarlos todavía más?
- No te entiendo. – Dijo girándose hacia él. Bilbo la miró preocupado.
- Tú no escuchaste la conversación entre el Señor Elrond y Gandalf. No creían que fuera buena idea que Thorin tuviera la piedra en su poder.
Bilbo mimetizó la conversación acontecida en Rivendel, explicando con detalle todo acerca de la fiebre del oro y la demente obsesión que acompañaba a la gema nacarada.
- Te equivocas, él no es como Thrór, él está por encima de esa enfermedad.
- El Thorin que conocimos durante el camino no es el mismo que el malhumorado estratega que pasa los días encerrado en sus salones. Este lugar le ha cambiado, es por el oro, por el afán de poder, por esta resplandeciente gema. ¡Si se la entregamos el delirio crecerá!
- Al contrario, si se la entregamos su sufrimiento y su obsesión por ella cesarán.
- Iriel estás equivocada, no se la entregues.
- Lo siento Bilbo, esta vez no comparto tu opinión.
Y diciendo eso guardó la gema en el bolsillo de su chaleco y salió de allí en busca del rey enano. Su corazón palpitaba emocionado, ardía en deseos de ver el rostro de su rey cuando le mostrara su hallazgo, se moría por verle sonreír de nuevo.
Recorrió buena parte de Érebor sin encontrar su paradero hasta que al final escuchó voces procedentes de la Sala de Reuniones, la puerta estaba entornada.
- Podemos utilizar las balconadas del piso superior, entre las almenas podemos atacar sin recibir daño. – Señaló Dwalin.
- También podemos aprovechar esta otra parte de la montaña – señaló Balin – en la Forja hay material suficiente para fabricar unos cuantos explosivos. Eso los despistará y el factor sorpresa jugará a nuestro favor.
- No debemos malgastar nuestros recursos, pues son limitados. Si nuestras advertencias no les ahuyentan proseguiremos con el ataque y esta vez lo haremos el serio. Si queremos dividir sus defensas debemos atacar a su líder en primer lugar. El arquero debe ser el primero en morir.
Escuchar aquello de la boca de Thorin fue un duro golpe para ella, no pudo evitar irrumpir en aquella reunión.
- ¿Planeas a matar a Bardo?
Su interrupción sobresaltó a los enanos, que apartaron la mirada cabizbajos. Algunos de ellos no estaban conformes con aquella decisión, pero seguían las órdenes de Thorin.
- Iriel… no deberías estar aquí. – Sentenció Thorin.
- No lo has negado. – Thorin no respondió - ¿Hasta ese extremo quieres llegar con esto? ¿Es que no hay un modo de llegar a un acuerdo?
- Ellos nos están forzando a esto, no hay acuerdo posible, no hay diálogo con esos bárbaros.
- Si me dejases hablar con él… estoy segura de que podríamos arreglar algunos malentendidos…
- Iriel, ya hemos tenido esta conversación, no vas a involucrarte en nada de esto.
- Pero no puedo mirar hacia otro lado cuando la gente que me importa está poniendo en peligro su vida por una decisión ruda y precipitada. En mi opinión, deberíamos…
- Si no me equivoco yo soy aquí el Rey Bajo la Montaña, es mi opinión la única que debería ser tomaba en consideración.
- Sí, pero… yo creo que…
- ¡Lo que tú creas es irrelevante! ¡No tienes voz ni voto en este Consejo!
La voz de Thorin resonó entre las paredes de piedra, su eco sonó como una bestia. Iriel dio un paso atrás, asustada. La mirada del enano carecía de sentimientos, en ese momento le creyó capaz de cometer cualquier asesinato a sangre fría. El Thorin que conocía no se hallaba tras esos ojos, Bilbo tenía razón. Abandonó temblorosa aquella habitación y echó a correr antes de que nadie pudiera detenerla, con la gema golpeando su bolsillo.
Antes de percatarse, estaba de nuevo en la habitación de Bilbo.
- Tenías razón – reconoció Iriel abatida – Ya no es el Thorin que conocemos...
Iriel se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda en la puerta y agachando la cabeza de modo que su melena ocultaba su rostro. Sintió el peso de la gema en su bolsillo. La raíz de la mayoría de sus desgracias. Sintió deseos de arrojarla y hacerla pedazos. Pero contrariamente a sus deseos, su mente le hizo cambiar de parecer. Sacó la gema del bolsillo y la miró en silencio. Tenía en sus manos la pieza clave para resolver el conflicto, para cambiar las tornas y encontrar una solución razonable para todos. Sabía que aquello sería lo único por lo que Thorin negociaría, lo único que le haría ceder.
Era el único modo de llegar a un acuerdo y evitar el consecuente derramamiento de sangre. No quería que ninguno de los dos bandos resultara herido, les debía mucho a ambos, los hombres de Ciudad del Lago habían cuidado de ella tras el ataque de los orcos y los trasgos, y Bardo la había protegido siempre que había podido.
Sin embargo aquella decisión no podía tomarse a la ligera, lo que pretendía hacer implicaba un alto precio. Una traición abierta.
Iriel sopesó la decisión, intentó lidiar con su conflicto interno. Sí, entregarle la gema al enemigo era traicionar a los enanos, pero en aquel momento era necesario, así que se obligó a creer que debía hacerlo.
Se acercó a Bilbo con la mirada seria y comprobando que por los alrededores no había ojos ni oídos indiscretos, le contó lo que había escuchado a hurtadillas y le confesó su plan.
- Este es el único modo de detener la batalla. Es lo único que le hará ceder. – Bilbo asintió con la cabeza. - Esta noche me adentraré en el campamento y negociaré una tregua con la Piedra del Arca. –Iriel no quería poner al mediano en peligro, así que se ofreció voluntaria para realizar dicha empresa. – Me colaré entre los guardias y hablaré personalmente con Bardo, estoy segura de que me escuchará.
Bilbo iba a rebatir esa decisión, pero Iriel se adelantó pidiéndole un favor.
- Necesitaré tu ayuda para ello. Por favor Bilbo, préstame tu anillo.
Aquella inocente petición no fue tan bien recibida como la chica había pensado. Bilbo se resistía a deshacerse de aquella reliquia, pues se sentía intranquilo y vulnerable sin ella.
- No… – Tras guardar silencio unos segundos el mediano denegó la petición.
- ¿Cómo? – Preguntó Iriel contrariada.
- Será mejor que sea yo quien se cuele entre las huestes de los hombres. Yo atravesaré el lugar en las sombras y negociaré el pacto. – Dijo Bilbo desviando la mirada. Su mano se había deslizado involuntariamente hasta su bolsillo, acariciando el pulimentado metal de su sortija.
- Bilbo, es peligroso, los hombres serán reticentes a confiar en ti.
- ¿Crees que no me tomarán en serio? ¿No me consideras capaz de hacerlo? – Replicó Bilbo ofendido. Su voz se había vuelto más agresiva. Se había percatado de que últimamente su contacto con el anillo enturbiaba su temperamento, le volvía irascible.
- No es eso, serán desconfiados a negociar con cualquiera. Por eso, si consigo razonar con Bardo…
- Siempre igual, siempre pretendes llevarte el mérito.
Aquella acusación crispó los nervios de Iriel.
- ¿En serio me consideras tan hipócrita y superficial? ¡No hay ningún mérito en lo que vamos a hacer! ¡Sólo trato de protegerte y de librarte de esta culpa!
- ¡Nadie te lo ha pedido!
Iriel resopló indignada. La situación se estaba volviendo demasiado tensa. Bastante tenía que lidiar ya con la testarudez de los enanos, lo último que quería era pelearse también con su mejor amigo. Intentó enfriar los ánimos y sosegó su voz.
- Viajar tanto tiempo con enanos te ha contagiado su terquedad. Dejemos de discutir por nimiedades, el tiempo apremia. – Iriel se acercó al mediano y extendió su mano frente a él. – Bilbo, dame el anillo.
"Intentan separarnos"
Una voz siseante y rasgada usurpó la mente de Bilbo. El poder del anillo manipuló sus pensamientos. La ansiedad comenzó a aprisionarle la garganta y perdió el control.
- ¡No! – Gritó golpeando la mano de Iriel. La repentina y brusca reacción del hobbit hizo tambalearse a la joven, que tuvo que afianzar el pie derecho tras ella para no desestabilizarse. No fue el golpe lo que le dolió a Iriel, sino aquel contundente rechazo. Todas las personas que consideraba importantes le habían dado la espalda ese día.
El silencio envolvió el ambiente, interrumpido sólo por la entrecortada respiración de Bilbo. La tensión podría cortarse con el filo de una daga. Un gélido distanciamiento les envolvía a los dos. Iriel sintió que en aquel momento se encontraba muy lejos del mediano.
Con el corazón lastimado, Iriel decidió retirarse.
- Me colaré en el asentamiento a medianoche. El cobijo de la noche será suficiente para pasar desapercibida.
Bilbo tardó un rato en volver en sí y recuperar la calma. La ansiedad que le acongojaba desapareció tras retirar la mano de su bolsillo y apartarse de aquella joya encantada. Su juicio tomó el control y golpeó su conciencia mostrándole la imagen de los ojos vacíos y taciturnos de su compañera. Se sintió abrumadoramente culpable por su mal comportamiento.
- Iriel… - dijo con voz lastimera, mas su compañera ya había desaparecido de la habitación.
Se sintió confundido y perdido. ¿Era ético culpar a Thorin por su enfermiza obsesión por el Corazón de la Montaña cuando él mismo se sentía prisionero del anillo que había llegado por azar a sus manos?
Iriel volvió a sus dependencias intentando concentrarse en su tarea. Se despojó del vestido y se acomodó con su ropa de viaje. Ocultó de nuevo la Piedra del Arca envuelta en su pañuelo para mitigar su brillo y la escondió en su macuto. Cerró los ojos para inculcarse la determinación que necesitaba y suspiró hondo para aplacar su inquieto corazón. Había confeccionado una cuerda con el cordel que envolvía las cortinas y la había amarrado a la ventana. Pensaba deslizarse por la fachada de la fortaleza, salir por la Puerta Principal o la entrada secreta que comunicaba con la cámara del tesoro era demasiado arriesgado, alguno de los enanos podía verla. Por último se colocó una capa negra para ocultar todavía más su presencia. Se cubrió la cabeza con la capucha y también ocultó su rostro bajo la tela, dejando al descubierto únicamente sus ojos. Cuando iba a encaramarse a la ventana oyó que alguien llamaba a la puerta.
- Iriel, ¿estás ahí?
Aquella voz hizo que se le parara el corazón. Thorin había ido a buscarla. Por fortuna había cerrado la puerta con llave, el enano lo comprobó al forcejear el manillar.
- ¿Puedo entrar?
No podía verla con aquellas vestiduras, sospecharía de sus malas intenciones y todo se echaría a perder. Iriel intentó calmar su nerviosismo respondiéndole con voz fría y cortante. Al fin y al cabo se habían despedido con una lacerante discusión.
- Eres el Rey Bajo la Montaña, puedes hacer lo que te plazca sin que nadie lo cuestione.
En lugar de rebatirle, Thorin suspiró resignado.
- No era mi intención decir esa clase de tonterías. Toda esta situación está mellando mi resistencia y mi comportamiento no es el que debiera. Entenderé que no quieras verme en este momento, pero necesitaba disculparme por haberte gritado. – Esperó una respuesta por parte de la chica, pero al no recibirla decidió dar media vuelta. – Descansa, hablaremos por la mañana.
Le pareció que depositaba algo en el suelo y se alejaba con paso pesaroso. Iriel sintió un nudo aprisionándole la garganta y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por no salir a buscarle.
Se sentía como una miserable sabandija, estaba a punto de traicionar a la persona que amaba, iba a entregarle al enemigo aquello que Thorin más ansiaba y necesitaba. A pesar de todos estos sentimientos de culpabilidad liderados por su corazón, su mente le repetía una y otra vez que estaba haciendo lo correcto, que aquella repentina muestra de arrepentimiento de Thorin no cambiaba nada, utilizar la piedra como moneda de cambio era la mejor solución para ambos bandos. Se encaramó a la ventana y descendió por la piedra con sigilo. Cuando alcanzó el extremo final de la cuerda, descendió aferrándose a los salientes que la labrada artesanía de los enanos le habían conferido a la fachada. Finalmente tocó tierra.
Echó un vistazo a su alrededor. La vegetación del valle había sido generosa para su propósito, a su alrededor se extendían matorrales y rocas en las que podía ocultarse mientras se acercaba al campamento. Los centinelas hacían guardia frente a la Puerta Principal, pero los flancos estaban bastante desprotegidos.
Se ocultó tras un montón de rocas y allí espero a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Había una veintena de tiendas de campaña, algunas con sutiles rasgos que delataban su procedencia élfica. El ejército que los había sitiado estaba compuesto por hombres y elfos bien entrenados, aquel asedio iba en serio. Vislumbró las siluetas que la noche y las antorchas le permitían. La fortuna hizo que su vista localizara a su viejo amigo, quien, antorcha en mano, acababa de ocultarse en el interior de uno de los acampamientos. Era su oportunidad.
Se acercó hasta el lugar con paso silencioso, ocultándose en las sombras tal y como había hecho durante su época de cazarrecompensas. Aprovechando una repentina y sibilante corriente del Norte, encubrió sus pisadas y se agazapó al lateral de la tienda más cercana, noqueando al guardia que la custodiaba. Sostuvo su cuerpo desmayado y lo depositó en el suelo sin hacer ruido, arrojando sobre él una manta que se encontraba junto a las cajas de provisiones y armas. En ese momento escuchó un golpe seco tras ella y otro guardia cayó desmayado a su lado. Iriel se giró velozmente justo a tiempo de ver cómo un palo de madera levitaba en el aire. La silueta de Bilbo se dibujó a continuación.
El mediano hizo ademán de hablar, pero Iriel se colocó el índice sobre la boca indicándole que debía guardar silencio. Bilbo la miró arrepentido y con el suplicante brillo que reflejaban sus ojos pardos, Iriel comprendió que su amigo se estaba disculpando de corazón.
Iriel aguardó hasta escuchar cómo las pisadas del resto de vigilantes se alejaban y con una agilidad impropia de un ser humano se coló en el interior de la tienda seguida del mediano.
Bardo se encontraba junto a la mesa conversando con uno de sus compañeros cuando el intruso apareció frente a él. Bardo puso los ojos en blanco.
- Y la liebre se coló en la guarida del lobo feroz.
Bardo reconoció al instante aquella fórmula de sus juegos infantiles. Sus reflejos le hicieron detener el brazo de su compañero, cuya daga estaba a punto de ser lanzada hacia el corazón de su amiga de la infancia.
- Espera, no es un enemigo.
Iriel descubrió su rostro y sonrió. El hombre bajó su daga confundido tanto por la insólita interrupción como por la brillante sonrisa de aquella mujer que había burlado a sus compañeros.
Bardo corrió a abrazarla y la levantó medio metro del suelo al hacerlo.
- Creía que habías muerto. – Confesó mientras la abrazaba con todas sus fuerzas.
- Siento haberte preocupado.
- ¿Qué haces aquí? ¿Os envían los enanos para averiguar nuestros puntos débiles?
- En realidad hemos venido por voluntad propia.
- ¿"Hemos"? – Preguntó incrédulo el arquero. Bilbo aprovechó para dejarse ver quitándose el anillo. Tanto Bardo como su compañero se sobresaltaron al ver aparecer su silueta.
- Como puedes ver ninguno de los dos somos enanos. Hemos creído que nuestra posición de imparcialidad podría ser de ayuda en este conflicto. Hemos venido para ofreceros una forma de pactar con los enanos y evitar el enfrentamiento.
Iriel miró de reojo a Bardo y a su compañero, indicándole que deseaba proseguir la conversación a solas. Bardo lo entendió a la perfección y acompañó afuera a su compañero, indicando a los medianos que esperaran en el interior de la tienda un momento. Ambos tomaron asiento y esperaron, impacientes y preocupados por la forma en que podían desarrollarse los acontecimientos.
- Bardo tarda mucho – cuchicheó Bilbo - ¿crees que habrá ido a llamar a los soldados?
- No digas tonterías, él nunca caería tan bajo.
Justo en ese momento la sombra de dos siluetas se dibujaron a la entrada de la tienda. Bardo entró delante de su acompañante.
- ¡Tú! – Gritó Iriel incapaz de controlar su reacción, tal fue su resentimiento al verle que lanzó el puñal que escondía en su muñeca directamente hacia su yugular. El elfo detuvo el arma que se dirigía a su cuello atrapando el filo con el borde de sus dedos con un movimiento elegantemente ágil.
- No esperaba un recibimiento tan efusivo por vuestra parte. – Se mofó el Rey Elfo con su habitual tono altivo y melodramático.
Bardo apenas pudo reaccionar ante la rapidez de los hechos y miró a ambos aturdido. El cruce de miradas de ambos era intenso, estaba claro que había una turbia relación entre ellos, una en la que prefirió no indagar. Iriel resopló malhumorada. No había contado con la presencia del elfo en aquella reunión. Fuera como fuere, su actitud no debía cambiar, el plan seguía su curso. Sacó el paquete de su macuto y lo depositó sobre la mesa. Nada más desenvolverlo los presentes quedaron hipnotizados por su presencia.
- ¿Acaso me engañan mis sentidos con tamaño espejismo, pues no es sino la Piedra del Arca lo que me brindan mis ojos? – Dictó el elfo en voz alta anonadado.
Bardo había oído sus historias, pero nunca había tenido ocasión de contemplarla con sus propios ojos. El Rey Elfo extendió la mano para tocar aquella joya que parecía absorberle con su brillo, pero Iriel cortó el gesto ocultándola bajo su mano.
- No os engaña vuestra vista, esta es la Piedra del Arca que perteneció al Rey Thrór, aquella que los enanos veneraban religiosamente.
- ¿Qué pedís a cambio de ella? – Preguntó Bardo.
- Nada, hemos venido a ofrecerla como moneda de cambio.
Los dos varones se miraron extrañados, Thranduil echó a reír.
- Pequeña, no creemos que semejante obsequio se nos conceda sin ninguna condición. ¿Dónde está el truco?
- Hacemos esto para que nadie resulte herido. Sólo queremos llegar a un acuerdo sin recurrir a la violencia. – Contestó el hobbit, que había permanecido en silencio hasta entonces.
Iriel se levantó y depositó la gema en la mano de Bardo.
"Para evitar que Thorin o tú salgáis heridos en la contienda" pensó para sus adentros.
- Esto es lo único que hará que el Rey Bajo la Montaña os escuche, lo único por lo que esté dispuesto a ceder. – La chica miró al arquero a los ojos - Pactad vuestras vidas con ella. Haced que Thorin Escudo de Roble os prometa que no os causará daño alguno, ni ninguno de vosotros a él ni a cualquiera de los suyos, firmad una tregua de paz entre razas. Thorin comprará la gema con el oro que solicitéis. No seáis mezquinos ni avariciosos, demandad sólo el oro necesario para reconstruir la ciudad y ayudar a que vuestros semejantes puedan recuperar la vida digna que poseían.
Bardo asintió, agradecido por el valioso obsequio que acababa de recibir. Le juró hacerlo tal y como ella le había pedido. Iriel y Bilbo se dirigieron a la puerta, dando por concluida su misión. Antes de volver a camuflarse bajo la capa, Iriel hizo una última petición.
- Decidle a Thorin que la encontrasteis en las montañas, en los escombros de una mansión en ruinas. Nunca habléis de esto con nadie, esta reunión jamás ha tenido lugar. – Y desapareció tan sigilosamente como había venido.
Se alejó del campamento y volvió de nuevo a la fortaleza enana, acompañada por un invisible Bilbo. Cuando llegó a los muros que debía escalar sintió que sus piernas flaqueaban y durante un segundo se desvaneció. Bilbo la sujetó antes de que se golpeara contra el suelo.
- ¿Estás bien?
Iriel se sentía mareada, pero lo atribuyó al estrés psíquico que había tenido que soportar minutos atrás. Su visión nublada tardó un poco en volverse nítida de nuevo, pero cuando lo hubo hecho decidió trepar por la fachada rumbo a la ventana de su habitación, a pesar de las reticencias de Bilbo a encaramarse a las alturas en aquel deplorable estado. Iriel trepó sin contratiempos y entró de nuevo en sus aposentos. Se despojó de la ropa y se acomodó con su ropa de noche dispuesta a caer rendida sobre su lecho. Justo antes de hacerlo recordó la visita del enano y la posibilidad de que le hubiera dejado algo en otro lado de la puerta. La abrió con cuidado y encontró el paquete.
Encendió la vela del tocador y se acercó a la cama para abrirlo. La exquisita pieza que se encontraba en su interior le arrancó una lágrima.
Thorin había estudiado el mecanismo de su singular vara afilada, quebrada en batalla, y había fabricado una especialmente para ella. El mango de la vara había sido forjado con mithril para que nada pudiera volver a partirlo y había engarzado en él pequeñas gemas de un azul tan profundo como los ojos de los que se había enamorado. La pieza era tan liviana que parecía antinatural. Iriel accionó el mecanismo para comprobar su verdadera envergadura. La vara se alargó adaptándose perfectamente a su altura y los filos emergieron por los extremos. Entonces se percató de que en el centro del mango había una pequeña inscripción tallada.
"Para que su filo te proteja cuando yo no pueda hacerlo"
Y el nombre de Thorin representado con runas enanas justo debajo.
Las lágrimas se adueñaron de ella sin remedio. La culpa la consumió.
¿Cómo había sido capaz de traicionarle de ese modo?
