Capitulo 12

Ya amanecía. El pequeño pueblo se levantaba para vivir un día más de su vida, todo y que más que movimiento aspiraba quietud. Dentro de la base, Alejandro se ponía tenso. Había enviado a Gionna el día anterior, y no volvía. Pensó que quizá se había pasado enviándola hacia allí.

Pidió a Helio que vaya a buscarla, que estaba preocupado, no obstante, parecía se levantó con el pie izquierdo, y este se negaba.

-¿No estaba castigado sin hacer misiones de medio y alto rango, eh?
-Helio, por favor... Me preocupa. Son las nueve de la mañana, y aún no ha vuelto... Los Weepinbell podrían haberla digerido...
-Pues si se la han zampado, no merece la pena ir.

Con esa actitud que mostraba, le era imposible hacerlo mandar dramatizando. Tenía que utilizar otra arma, una que no tenía que utilizar si no accionar; el ego de su discípulo.

-De acuerdo, mandaré a Eustaquio a que la busque.- Funcionó. Helio saltó y al ipso facto se ofreció voluntariamente, aunque a regañadientes, ir, no sin antes decir que Eustaquio era un patoso y que su sitio no era el bosque si no la casa de la madre de Alejandro, y sin cuidarse de sus palabras, ya que en ese momento estaba él, dándose un buen banquete junto con su Slowpoke. Menos mal que la gula mantenía su inocencia intacta.

Una jornada de búsqueda hacia la luz se reanudaba. Cada paso que daba Alberto parecía que iba a convertirse en un amorreo al suelo involuntario, causado por el sueño. Gionna no perdonaba, ni siquiera le esperaba mientras avanzaba el ritmo; lo de anoche fue... no encontraba la palabra idónea para describir ese acto. Y él fue el ejecutor de esa sensación de incomodidad en el cuerpo, por lo que ahora le castigaba con su indiferencia.

-Por favor, esperadme, que ando medio dormido...
-Quien le toca de forma descarada, paga, y tú lo hiciste, así que a callar.- Mosqueado decía Kyumbreon.

Al fin, hallaron un camino que no parara en sitios similares. Un camino rectilíneo sin direcciones alternativas, que solo invitaba a seguir adelante. Al fin parecían que ya encontraron el buen camino. Mas no precisamente era un camino que se abría entre las rosas, fácil de cruzar. Ahí no habían, y, para el gran colmo, habían centinelas de estatura humana de coloración amarilla y negra que con sus alas zumbaban un sonido desagradable a oídos ajenos a su especie.

Aquellos bichos con aguijones eran un horror que Kyumbreon y Gionna preferían evitar. Eran insectos agresivos, territoriales, no dudarían en atacar si pusieran la punta del pie en su terreno.

-Malditos insectos devoracombees productoras de miel...- Los maldecía. Les tenía fobia, y estar cerca de ellos le daba pánico.
-Que cuyas picaduras me arden en los torrentes de mi cuerpo...- Decía el otro. -Tendremos que acelerar en vano para poder salir de aquí, pues es lo único que puedo hacer con esos bichos. Maldito trauma creadora del terror...

Pero Gionna no dejaría que unas avispas que temía le impidieran avanzar. Todo y que se acordó de que no pudo cogerse la mochila. Tuvo que mirar a Lol y pedirle que entreteniera a los Beebrill, sin fijarse que tenía a su espalda su tropa. De todas formas, ella fue encantada, aunque en número y tipo, los Beedrill tenían ventaja.

Cuando se dirigía para allá, al fin se percató y la detuvo para quitarle su mochila. De las opciones que tenía, utilizó al que era inmune a su veneno, Google. Como siempre, este dudaba de qué es lo que quería su entrenadora.

-Hola, Google... ¿Podrías entretener a eso Beedrill para que podamos pasar? Solo entretener...- Google accedió a ayudar, y por poco no lo iba a hacer. Se lanzó a por los Beedrill, y estos revolotearon a su alrededor molestos por su intrusión, intentando picarle con sus aguijones. Este se defendía, tratando de no herir a nadie, cosa que al final le fue imposible; tuvo que clavar él sus garfios a las enormes avispas.

Con Google como bufón, gran parte del grupo cruzó medio camino
tranquilamente, hasta que Gionna hizo volver a Google a su pokéball, para no dejarlo atrás. Los Beedrill quedaron asombrados, preguntándose qué clase de brujería era esa.

Empezaron a correr para pasar desapercibidos, y, cuando cruzaron el camino, Alberto ya pisó. Para su desgracia, los Beedrill dejaron pasar ese misterio, lo cual hizo que ellos se percataran de esa molesta presencia. Alberto se espabiló, y corrió para no ser atacado, todo y que ellos eran más veloces, y por poco le clavan el aguijón, de no ser de un aliado suyo que le seguía oculto entre los arbustos. Eso fue suficiente para que se desvelara al fin, y pudiera seguir el ritmo de todos ellos, aunque los perdió.

Cruzando el camino, había un claro florado, donde las mariposas revoloteaban y seres rosados con un par de hojas de diente de león en la cabeza se elevaban en el aire. Una brisa agradable se notaba, un azote de viento frío que no le helaba como otras, quizá, por la fuerte presencia de la luz solar que hacía del tiempo más primaveral.

Sus pasos se ralentizaron, para contemplar ese precioso paisaje, y, si no fuera porque ahí pasaba hambre, se pararía, pero tenía que disfrutar de ese glorioso lugar caminando al ralentí. Kyumbreon, por el contrario, detestaba que el sol le calentara. Avanzaba el paso, y se paró. Le molestaba su lentitud, y la hizo apresurar.

-Más lenta que un Squirtle... ¡Venga, a salir de aquí, antes de que volvamos a tener a esa mala compañía!
-Pero, Kyu, no hay prisa...
-Da igual. Tantas flores por ahí, tantas sonrisas... ¡Puaj! Y esa luz que me ciega, soy criatura de la penumbra, todo ese panorama atenta contra mi salud.- A ella no le encajaba que se quejara tanto. Anteriormente salió a la luz y no protestaba de tal manera. Estaba claro que solo quería presionarla.

Tuvo que ir a ritmo normal, no paraba de quejarse. Otra vez, la luz se desvaneció, tapado por las hojas de las grandes plantas robustas. El lugar daba dos opciones; o la derecha o la izquierda, uno de los dos. En frente, estaba el Murkrow del día anterior. Viendo que llegaba, se reía de ellos, extendiendo las alas y alzando la cabeza al cielo. Los pokémon se molestaron, pero la humana no. Le gustaba tanto su aspecto y su risa que no le hacía ver que se reía de su pérdida.

-Oh, esa pose es encantadora... ¡Quiero hacerle una foto!- Descargó a su espalda el poco peso de la mochila para sacar su cámara digital, con el que fotografiaba la fauna y los paisajes que le parecía dignos de plasmarlo. Cuando se dio cuenta de que el objetivo apuntaba hacia él, se quedó quieto, como si quisiera salir bien en la imagen.

-Me eres incomprensible. ¿Cómo puedes fotografiar a un pájaro cretino que se ríe de nuestra desgracia?
-Sé que en ese aspecto es muy vil... ¡Pero, por otra parte, es tan tierno...!- Murkrow se ruborizó. Nadie le dijo aquellas palabras de él, si no que le llamaron hasta vil demonio del averno.
-Algún día esta afición será tu perdición... Ahora que lo recuerdo, el día anterior lo fue. Todo por culpa de un cuervo con sombrero. Maldita sea...

Estaba por cargárselo. Fue la causa por la que conoció a ese desgraciado de traje blanco, no obstante se contuvo. El cuervo graznaba, para llamarle la atención y que le hiciera más fotos. Pero antes de que volviera a apuntar con el ojo de la máquina, al fin Alberto los alcanzó. La primera que fue en darse cuenta fue Plusle, que desde un principio estaba incómoda con su compañía. Se giró, gruñendo, avisando de su llegada. Todos se giraron.

-¡¿Pero por qué me dejáis atrás?! Casi me pican esos Beedrill...- A parte de las caras de pocos amigos del grupo, miró colérico al elegante dueño de chistera, con esa mirada neutra. Se lanzó de nuevo a por él, y como Alicia persiguiendo al conejo blanco, fue tras el pájaro burlesco.

-Ah, adorado seas, pecado capital... Has alejado a un energúmeno de nuestra vista. Ahora podremos escoger tranquilamente... ¿Derecha o izquierda?- Ella escogió el camino derecho, para no encontrarse a Alberto.

Caminaron y se encontraron con el mismo sitio. Se quedaron iguales, como lo que han encontrado. Lol se fijó en el cartel puesto, y como le pareció útil, llamó al grupo para que lo leyera.

-¡Oh, genial, un cartel, eso no lo hemos visto antes! Quizá nos ponga alguna indicación para salir...- Y entonces, Gionna leyó en voz alta lo que ponía. -"Cuidado. Los caminos aquí son idénticos. También hay carteles como este"... ¡Menuda ayuda!
-Hum... Aquí ha cambiado algo...

Kyumbreon notó una pequeña anomalía en el supuesto mismo lugar. Formaba lo mismo, dos caminos verdes, y en el izquierdo, dos hoyos cavados por dos insectos fotofóbicos lo diferenciaba del anterior. Estuvieron pensando en qué camino coger, cuando Alberto, aún a la caza del demonio, metió la pata en uno de esos vacíos, sin poder salir.

Murkrow, paró, y burlesco, echó unas carcajadas aviares de las que no pudo contener. Peor era que, al introducir su pie, pisó las huevas de las cigarras ciegas, y aquellas, vengativas, mordisqueaban el zapato y parte del principio de la pierna con sus pequeños dientes de insecto.

Gritaba socorro, ellos se acercaban. Pensó que le habían perdonado, que empezaban a ser solidarios, y solo pasaron de largo para seguir con su búsqueda.

De nuevo, todos ellos se encontraron con un lugar igual, esta vez, con golondrinas gigante y cría de la espesura volando. Esta vez no tardaron, fueron otra vez a la izquierda, y a la primera bifurcación volvieron.

Estuvieron confusos un rato, y cogieron el camino zurdo, dando una tonta vuelta. Entonces, volvieron con la ruta anteriormente tomada.

En cuanto volvieron al lugar de los hoyos, Alberto no estaba, se esfumó, y los agujeros estaban tapados, para evitar que otra vez que mataran sus crías en formación. Tras llegar a la bifurcación del Swellow, cogieron el camino correcto, que les llevaron a un lugar con un árbol central, punto de mira de Alberto, a la copa. Murkrow desde ahí sonriente mantenía su pico abierto.
-Muy bien, maldito pajarraco, has estado burlándote de mí todo el rato, pero ahora me toca a mí reírme de ti.

Descargó la funda pesada de su espalda, y desnudó al instrumento que cubría; un bajo, primo de la guitarra de cuatro cuerdas, con voz grave que sin alimentación eléctrica, sordo se volvía su sonido. Mas una batería lo alimentaba, haciendo que sonara para que su esclavo acuda a su llamada.

Después de tocar las graves notas del bajo, una sombra pasó veloz, creando una corriente de aire que hizo que las copas de los árboles soltaran unas cuantas hojas. La mantis bípeda, con sus guadañas, zarandeaba con golpes secos en el tronco, haciendo que Murkrow se cayera en el tronco.

-¡Oh, no, Murkrowcito!- Veía que intentaba levantarse, y el señor verde de las cuchillas se lo impedía poniendo una de las suyas en el cuerpo. Miraba esa escena de venganza cruel, que lo delató de enseguida sin que él se percatara de ella.

-¡Ja, ja, ja, ja, eso es Scyther! Ahora, ¡córtale la cabeza!- Dijo el rey de corazones, y la guadaña del insecto se preparaba para hacer de guillotina. Desde que vio que se caía, iba preparando a uno de sus cinco pokémon disponibles. Uno que tenía un parecido al señor de los cuervos, uno bastante repugnado por algunas personas, cuya reputación se la debe a traer algunas enfermedades y de papada grande.

En cuanto ya caía su guadaña al cuello del ave, un golpe seco en el pecho proveniente de otra criatura voladora hizo que interrumpiera la ejecución del Murkrow. Un golpe veloz hizo tumbarse y dar libertad al cuervo para que desplegara sus alas. Alberto miró a la gris paloma que interrumpió su condena. Un Pidove que lucía muy serio, cuya cabeza la cubría un sombrero parecido al que tenían los Honchkrow, y su barriga, inusual; en vez de un corazón, tenía la forma de un trébol de tres hojas.

-Jopé, primero me abrazas en sueños que ya es el colmo, y ahora... Intentas matar al pajarito más encantador que me encuentro en este puñetero bosque, ¡además de que...!
-Eres uno de esos cretinos asesinos que dependen de pokémon salvajes para hacer sus salvajadas.
-¡Exacto!- Finalizaba la riña. Y antes de que pudiera decir lo que va a hacer, Alberto, argumentaba.

-¡Este pájaro nos ha llevado a la perdición, querida mía, hay que acabar con él para que no haga perder a más gente!- Justificaba, así, sus actos.
-¿Que-querida mía? ¿Cómo que querida mía?- Eso es lo que a ella le llamó más la atención. Que la llamaran querida, sin conocerse y sin ser Kyumbreon, le era más raro que un perro multicolor con hocico porcino.

-Es que yo... te... quiero...

Esas palabras, venidas a la boca de un hombre verdaderamente cruel con los pokémon, dio paso al silencio, permitiendo que el soplo del viento sea el único que cante. Kyumbreon rompió el silencio, colérico y apartado de la razón.

-Lo sabía... Sabía que tú, engendro blanco, osaste de enamorarte de ella, contemplando embobado su mano torpe. Soñando perversamente con ella, ¡abrazándola como si ya fuera tuya! ¿¡No te da vergüenza, tener esos deseos tan indeseados por ella!? ¡Matémosle! ¡Castiguémosle con la muerte y la tortura eterna que le dará el todopoderoso Lunetah!- Gritaba, o más bien, ordenaba colérico. Pero ella no era tan macabra como él.

-De matar nada, sabes que va en contra de mis principios.
-¿Entonces aprecias mi amor?- Preguntaba, ilusionado, Alberto.
-Pues... A ver, por una parte me hace sentir... Bueno, apreciada, pero por otra, me da repelús. Esas cosas que hacen los novios... Puaj, me dan muchísima grima. Y como estarás deseando esas cosas, pues eso hace que te deteste. Supongo que no te gustará que capture a tu pokémon...

Al no dejar claro que era una pregunta, supuso que le fastidiaría, y procedió. Puso su guante protector a la derecha, y con la mano ya protegida, sacó el capturador y lo encendió. Antes de que iniciara, ordenó a su paloma que le entretenga. Siguió golpeándole velozmente a la mantis, y esta esquivaba con saltos que también interferían en su captura, con cada salto tocando la frágil línea. Murkrow, observando desde ese árbol, miraba como el que entendía ser un Honchkrow gris peleaba contra él.

El Scyther, desprevenido, le pilló al Pidove mientras intentaba atacar. Fue un golpe eficaz en el ala del pájaro, no muy grave, pero inhabilitó la habilidad de volar.

-Oye, que te quiera no quiere decir que te deje capturar a mi Scyther. Ni tampoco tumbarlo.- Tenía que cambiar de táctica. Tenía que aquietar al verde insecto de grandes guadañas.
-... Plusle, prepárate, vas a tener que paralizar a ese bicharraco. ¡Ahora!

Plusle fue a por Scyther para que con su electricidad paralizara al veloz de Scyther, pero este evitó el ataque, desvaneciéndose a la vista de todos. El Scyther atacó a Plusle detrás suyo, lanzándolo contra el suelo. Mandó que volviera a descargar, sin embargo, no podía; tenía que descansar un rato para volver a intentar a atrociar sus músculos.
Lol, visto que el golpe fue demasiado para el pokémon poco acostumbrada a la lucha, fue a socorrerla.

-Diantre... Ese maldito Scyther no para de azotar a mis pokémon.
-Tendrá que enviarme a mí, si quiere detener a esa bestia. Concédeme el honor de parar su ciclo vital.
-Ni de coña, no quiero que mates a nadie.

Kyumbreon gruñía, sus anillos reaccionaban ante al creciente antojo de desobedencia. Lol cargó con Plusle, pero la agresiva mantis furiosa no permitía que cuidara del conejo.

Gionna, aún en difíciles circunstancias, se le ocurrió una cosa. Llamó a Honchpato, para que prestara su ayuda. Pidió que con sus alas, creara un viento para que la ranura de la peonza capturadora lo encerrara y entonces, surgiera algo de la peonza que lo inmovilizara. Pudo darle lo que quería aunque le costara, y encerrado el viento, adquirió otro color, esta vez, de un azul verdoso y naranja.

-Bien, veamos lo que hace esto...- Alberto se estremeció. Sabía que la ayuda que iba a utilizar le dejaba en desventaja, aunque confiaba en que la captura no resultara por la mejora.

Hizo un círculo, del cual Scyther salió de un salto sin que la pudiera completar, y unos tornados surgieron de la luz verde. Sonrió. Siguió haciendo círculos en balde, para que un ejército de tornados detuvieran a la verde parca. De tantos tornados, no pudo esquivar uno, y quedó atrapado.

A Honchpato dijo que le diera unos cuantos golpes para debilitarlo, y él, para que apreciara su esfuerzo, lo hizo con las alas. Mientras, ella seguía haciendo círculos, aprovechando que estaba atrapado. Cuando el tornado no pudo más, cayó al suelo, ya muy azotado por los continuos golpes de la elegante y siniestra paloma.

Finalizó la captura, exitosa, pese a los efectos de avanzada máquina. Atónito se quedó su pretendiente al ver que Scyther se marchaba.

-No puede ser... A pesar de las mejoras, tú... Lo has conseguido.- Gionna se preguntó sobre esa mención. No sabía a qué se refería.
-¿Mejoras? ¿Cómo?
-Los instrumentos nuestros... El mío y el de mis hermanos, son prototipos de la mejora que vamos a poner a todos los supercapturadores del equipo Go-Rock. Dice David que le funcionó perfectamente, pero, a mí y a Emilio...
-Emilio, el del pelo caído del bombo... Ah, menudo imbécil.- Kyumbreon recordaba perfectamente al raro personaje.

Al vulgar y engreído Emilio.

-¿Qué? ¿Has visto a Emilio? ¡¿No serás tú quién ha traumado a mi hermano?!- Exclamó. No podía creer que se enamoró a la persona a quién se enfrentó su hermano. Pero no la tenía rencor. Quedó unos cuantos segundos en silencio.
-Bueno... No sé que tendrás tú que puedas capturar a nuestros pokémon, pero...
-Eh, eh, eh, espera, ¿por qué me desvelas tantas cosas?- Le extrañaba que le contara a su enemiga toda esa información, que le podría perjudicar. Sospechó que era por el amor, y él mismo lo confirmó. Una sombra proveniente de una criatura de la altura oscureció el cielo. Un pterodáctilo se detuvo entre de ellos. Descendió, y vieron al rey de roma, el hermano que buscaba a su hermano.

Este, atemorizado al ver a la amenazante chica de rana del pantano, apresuró a Alberto para que subiera al Aerodactyl, al igual que hizo después con su montura.

Pasado el peligro, Murkrow bajó del árbol e indicó el camino de salida a Gionna y sus amigos. Un agujero había entre la maleza, que dejaba paso a la luz solar del claro y al lado del santuario regresaron cuando lo cruzaron. En cuanto vio que se acercaba una persona, el Murkrow se despidió de ella, de Lol, de Kyumbreon, de Honchpato, que permanecía en el hombro de Gionna desde que acabó con Scyther y Plusle. Helio llegó, y fue él quien acabó de sacarlos de aquella cuna del indeseado romance...