Capitulo 13

Cielo azul, mar invisible de viento donde circular las aves y los aviones para hacer grandes travesías, y a veces animales anacrónicos también sobrevolaban la tierra. El Aerodactyl de Emilio volaba hacia el norte, a tierras frías de montaña.

Alberto contaba a su hermano esos sentimientos que había experimentado, y este no podía creerlo. Para él, ella era una demente que disfrutaba ver sufrir a la gente y que circulaba por ahí de justiciera.

-¡Jo, tío, si hubieras visto como su ranucha me amenazaba con su puño quizá sentirías más asco que no... eso!- Exclamaba Emilio.
-Ya sabes que soy un romántico.
-Ya, ya, ya lo veo...- Decía. Estaba pensando que se volvía también loco. Más pánico para cuando se vuelva a encontrar con Gionna, para que no le contagie su locura.

A medida, iban acercándose a su destino, a ayudar a la crem de la crem a avanzar con su proyecto. Y mientras por el cielo volaban los malos, los buenos caminaban por tierra, vuelta para lo que para Helio era, su casa. No hablaron, ni el uno, ni la otra ni el tercero, no hasta que llegaron a la base.

Entonces fue cuando la charla empezó, iniciada por Alejandro.

-Buf, ya puedo estar tranquilo. ¡Pensaba que os habían comido los dos!- Decía en broma, todo y que con Helio, andaba serio. -No, en serio Helio, ¿cómo es que has tardado tanto?
-Eh... Me detuvo tu madre. Quería que le ayudara a fregar los platos.- Era raro que, teniendo a Eustaquio de ayudante, le pidiera que haga un trabajo manual. Sospechó de fanfarronería, pero no era así. La madre de Alejandro solo quería que Eustaquio no cargara con tanto peso.

Aún así, fue a por lo prioritario; ver como le había ido la travesía por el Bosque Lila a Gionna. Kyumbreon y ella estuvieron discutiendo por quien le narraría los hechos, ya que ella no le apetecía rememorar aquellos molestos hechos, ni él. Al final, Kyumbreon tuvo que narrarle todo lo ocurrido.

Como venganza, Kyumbreon le añadió adjetivos apelativos para referirse a Gionna.

-¿Por dónde podría empezar? Desde un principio todo ha sido tan disparatado... La cría de mi entrenadora se encontró a un pajarraco azabache y ella fue a su persecución cual niño espantando a una paloma. Y resulta que después de una pausa molesta por donde se hacía la académica en mitología...

-Oh, ¿pero quieres parar de insultarme mientras cuentas lo sucedido?- Ofendida ordenó. Kyumbreon soltó una carcajada y prosiguió.

-Nos encontramos a un hombre muy enamoradizo. Con verle una mano ya se le enrojeció la cara. Iba a subirlo, salía más a cuenta y fácil hacer un retroceso, pero por lo que me contó su "madre", soltó ella a su "hija" por un toqueteo suave de risa procedente de plumas negras del mismo pájaro avistado a la entrada. Que remedio, tuvimos que bajar nosotros también en cuanto podríamos ir a Londres a tomar un té con su reina. Estuvimos caminando horas hasta el anochecer, yo y Lol fuimos a buscar por el espeso bosque la comida... A saber lo que habrán hecho estos dos en mi ausencia. Cuando terminamos de cenar, se durmieron esos dos sin saciarse. Yo me fui a cumplir el mandato que mandaba en este momento mi señor, y un llamada de mi desconsolada compañera me interrumpió. Hizo que huyera de un combate, ¿y para qué? Para que perdiera mi templanza. ¡El muy osado la abrazó fuerte mientras dormía y él también! Y para que Lunetah se mostrara ante los mortales para raptarlos, resulta que era una de las cabezas del ebrio hidra Go-Rock.

-¿Cómo que hidra?- Interrogó atónita Gionna. Sabía que el equipo Go-Rock no era un hidra, pero entendió por su dramatizado lenguaje que realmente había un dragón de varias cabezas que se llamara así.

Helio y Alejandro estuvieron sorprendidos. Ya era la tercera vez que se encontraba con un jefe de su enemigo, el último, caído en los brazos del amor. Sin importarle la sorpresa, Kyumbreon siguió, desde que se volvieron a encontrar al Murkrow hasta la ida hacia la salvaje lejanía.

La sorpresa fue aún mayor, dos veces salió victoriosa del enfrentamiento, más aún, cuando tienen la noticia de que ha podido capturar, pese a su poco tiempo en la organización, a un pokémon del cual le debería de ser imposible debido a las circunstancias.

-Hum... Hay algo más. Me confesó que mejoró sus aparatos...
-Ya lo sabemos.- Dijo Alejandro. -Helio dijo lo mismo.
-Y tú lo oíste también. Oh, cierto, tu ignorancia no te dejó saberlo.- Refrescó la memoria su chacal carbónico. Gionna se avergonzó de decir algo que ya se sabía, dejándola como una lerda que no se enteraba de nada.

-Aquí hay algo que no encaja... David dijo que había más mejoras puestas (sin que él lo quisiera), y a los reclutas que nos hemos enfrentado a la cueva unión los pudimos capturar dificultosamente, por lo que las mejoras deberían de estar puestas en los capturadores de los hermanos Go-Rock... Pero ella capturó al pokémon de Alberto, que es uno de ellos. ¿¡Cómo puñetas lo ha capturado!?- Argumentaba Helio.

-Pues... Capturando, ¿cómo si no? No hice nada que no hicierais vosotros salvo utilizar a un pokémon para debilitarlo un poco.- Alejandro tuvo de nuevo la sensación de que tenía un poder especial del que permitía capturar a todo pokémon a cualquier circunstancia, un pensamiento un tanto erróneo.

Irrumpió un anciano de sombrero granate, bata blanca, cabello y bigotes canosos y bastón basto. Pocas arrugas tenía, y en una de sus manos, tenía algo que alguien de aquella sala le pertenecía. Algo que se tuvo que dejar.

Dio los buenos días a todos y preguntó por la persona dueña de la bolsa. De enseguida, Gionna cogió la bolsa y agradeció que se lo devolviera, aunque no era la verdadera causa por la que había venido. Como creador de los capturadores y también un sediento insaciable de conocimiento sobre la fauna mágica era prioridad suya ver los datos registrados .

Antes de que pudiera hacer su trabajo, Gionna preguntó:

-Eh... ¿Quién eres tú? No pareces ser ranger ni nada de eso...
-A ti tampoco te conozco. ¿Eres nueva, a caso?- No obtuvo respuesta. No se enteró de lo que le había dicho, tenía sueño. Irremediablemente, Kyumbreon contestó por ella.

-No, no, está de incógnito... Vale, no, es nueva, para desgracia nuestra. ¿Puede decirme su nombre?- El señor estaba impresionado con el espécimen de habla extraña que se le acababa de presentar. Nunca vio un pokémon que hablara con sus mismas palabras. Como si nada, dijo su nombre; Gobios, Profesor Gobios.

-Encantado de conocerle, señor Agobios.- Soltaba pequeñas carcajadas, antes de que acabara de decirle lo mismo. Se dio cuenta de que le puso un mote, y este, enojado, le gritó con ímpetu.

-¿¡Cómo que Agobios!? ¿¡A caso insinúas que soy un agobio!?- No tenía paciencia. Ni para el tiempo ni para bromas. Su enfado era la risa de Kyumbreon.

Mientras, Gionna se escapaba para arriba, a darse un descanso blando, pero Alejandro la detuvo. Ella reprochó, tenía que dormir, y él no la dejaba hasta después de comer. El profesor pidió que le dieran sus capturadores para mirar aquellos datos.

Ella por segunda vez intentó huir, para no tener que aguantar otra riña como la de Helio, y por segunda vez, Alejandro no la dejó, lo que hizo que, irremediablemente, cediera su aparato, después del verdadero ranger.

Gobios reconocía aquel característico llavero que llevaba ese distintivo instrumento para hacer que las criaturas mágicas cedieran sus servicios.

Sabía de quién era, y de enseguida dirigió preguntas a Alejandro. Contó lo sucedido, lo que a Selena le pasó y el hallazgo de un combate sin piedad para proteger al Plusle de la perdida. Mas a parte del hecho de que la falsa ranger llevara el capturador de otra, había algo que comentar sobre el rojo móvil de antena larga. Algo que Gobios ocultó para que no se desilusionara nadie de la unión, para que siguieran pensando que realmente era cuestión de buena voluntad y fe.

Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, afuera, una bola de fuego de belleza engañosa y de apariencia apocalíptica chocó contra la tierra cercana al pueblo, acordando con ella que cantara un estruendo que, desde la lejanía, también se haría notar.

Toda gente de las cuatro casas primaverales se asustaron, teniendo un mal presagio. Era algo que sonó fuerte cual explosión, y que por fortuna no cayó en el minúsculo poblado. La duda se apoderaba ahora de la base, inundando toda mente, llenando de preocupación a todos los presentes, sea por el medio ambiente, sea por su mismo destino.

Después de preocuparse por el medio ambiente, Helio rememoró un anteriormente trivial suceso que adquirió ahora prioridad, para ser comentado.

-Ahora que lo recuerdo... Antes vi un punto brillante en el cielo mientras iba para el bosque. Pensaba que era un avión en llamas, pero ahora que lo pienso...

-Que pensamiento más necio el tuyo. Si fuere un avión, no sería un mero punto. Tu descripción concuerda más con un meteorito. Y no creo que haya caído lejos...- Dicha la conclusión de Kyumbreon, Gionna se alarmó, pensando que se iniciaría una catástrofe en cadena que exterminaría a todos. Pero se calmó.
-Bueno... Supongo que habrá caído un pedrusco pequeño. Si no hubiéramos muerto a causa de una onda expansiva.

-Habló la experta.- Con ironía dijo Kyumbreon. Estaba bastante irritado con lo del anochecer como para oír la repetición de conocimientos proporcionados por una caja luminosa. Helio le remordía la curiosidad, y quería ver el objeto extraño procedente del espacio, pero Alejandro imponía autoridad y la necesidad de alimentarse.

-Helio, no te preocupes por el meteorito, ya habrá tiempo para verlo. Ahora tenemos que ir a comer.
-¿Pero y los pokémon, los arboles que se podrían haber incendiado, los los...?
-¡Tranquilo, seguro que no le habrán pasado nada!- Se reía su jefe. -¿Quieres venir tú también, Profesor?
-No, gracias, ya me sirvo yo mismo.- Decía mostrando la fiambrera de aluminio que conservaba la comida dejada en la mesilla para ser ingerida después. Gionna se preguntaba para dónde irían a comer, sin haber restaurante cerca y Plusle ya se imaginaba su paladar rozando las delicias que entrarían en su boca. Sabía para donde irían, y el plato, no, pero todo lo de aquella casa le era delicioso.

En cuanto se marcharon, Gobios empezó a comer sus espinacas y su pollo a la plancha, y terminado la comida, se fue a lo que Helio iba a hacer; buscar la roca caída. Buscó en el pueblo, y en el camino, a las afueras lo encontró.

Un cráter profundo y caliente es por donde el cuerpo celeste reposaba de un viaje de milenios en el vacío exterior, con un tenue resplandor incandescente. Algo inusual presentaba; tenía como un tumor cristalino morado incrustado. Parecía una joya, tanto para la vista como para la ciencia.

Gobios trató de cogerla con sus manos, pero aún albergaba calor del roce con la atmósfera, o eso se creía. Pasado un minuto, la roca brilló aún más de ese calorífico color, y también la esfera, de otro color. El científico técnico retrocedió. El brillo se intensificaba junto a la temperatura que emitía. Iluminó hasta tal punto que obligó al anciano proteger su vista con sus manos, pues girar la cabeza hacia atrás no le bastaba.

Dejó de emitir calor, y ahora una forma biológica de mayor parte naranja, con el torso negro y la cara, parte del cuello y de los brazos azules surgió de la nada. El meteorito ya no tenía la lustrosa piedra preciosa, ahora la poseía ese ser amenazante en el pecho. Abrió los ojos, mostrando las cuencas blancas de pupilas pequeñas que miraban ante el primer desconocido que se encontró desde su nacimiento.

No dudó ni un segundo; atacó, separando la parte azul de sus brazos con la naranja, transformándose en un par de tentáculos que luego ganaron grosor a la vez que los rectángulos que asimilaban un par de oídos se afilaban y otro pico le crecía en la cabeza y en las rayas lapislázuli de las piernas.

Colocando sus extremidades cartilaginosas apuntando la amatista de su pecho, acumulaba energía mental que se materializó en una bola eléctrica. Gobios no estaba para dar trotes de huida, pero el hostil hijo de la automutación genética no permitía aquietarse ahí a observarlo. Escapó a tiempo de aquella bola energética que dejó marca en el suelo y a unos Chikoritas atemorizados.

Espantada a la rata del ajeno lugar, fue a explorar la zona, ampliar sus horizontes, donde no parecía que el vacío existiera. Mientras, los protectores del bosque esperaban el primer plato mientras picoteaban las patatas que había dejado para soportar un rato más. Al fin, la comida venía en manos arrugadas de una anciana de pelo verde pálido. Croquetas. Una delicia rústica.

-Aquí tenéis, majos. Sus croquetas de espinacas.- Gionna se llevó una decepción. Las espinacas no era algo que le gustaba, pero no podía rechazarlo al instante por su interior. Y además, no era nada que fuera procedente de un ser que sintiera el dolor, o al menos de uno que haya tenido una adelantada muerte. Dieron las gracias todos por la comida menos los nuevos y se acercó una de las croquetas hacia la nariz para ver si olía algo de pollo y comprobada su ausencia, mordió con sus dientes al comestible preparado.

Le era raro, las espinacas era un vegetal cuya textura le provocaba arcadas, pero parecía que, mezcladas con bechamel y cubierto de pan rallado, le era comestible. Todo y que no era lo mismo que le ponían a ella de pequeña, la textura le puso tristemente nostálgica. Le recordaban a las deliciosas croquetas que hacía su abuela, a la abuela que la cuidaba y que decía que era un tesoro, la más grande perla del cofre que es el mundo. No es que le hiciera platos que le agradaran, pero era cariñosa, y sus croquetas, buenísimas eran.

¿Por qué tenía que sucederle aquel infortunio que le hizo emprender un viaje a la temprana edad de los doce? ¿Por qué esos bellacos de vestimenta pirata no le dejaron quedarse, a comer más de las croquetas de la abuela?

La frustración se notó por la pérdida de aquella ansia que partía las patatas con sus dientes, y más se notó por aquel suspiro profundo venido de sus pulmones. Kyumbreon instantáneamente lo supo, y no le gustó. Detestaba que se pusiera así, a recordar a su familia. Las emociones de otros le repugnaba.

-Eh, ¿qué te pasa? Pareces triste.- Preguntó Eustaquio ante el rostro entristecido de la joven. Ella contestó diciendo que no le pasaba nada, algo que era ciertamente mentira. -¿Será que no te gustan las croquetas?
-No, no, si están muy ricas... Buf, lo único que...- Se interrumpió a sí misma. No le convenía para su turbio interior explicar su pasado a una persona que apenas conocía, pero que le recordara a su abuela no era nada relevante.

Acabó la inacabada frase con la verdad.

-Vaya... ¿Se te ha muerto, a caso?
-Qué tonterías dices, Pelozuli, aún sigue viva.
-¡Perdona, perdona, no lo sabía!- Se disculpó con tal tono que resultaba desagradable, de un borde.
-¿Sus croquetas eran también de espinacas, encanto?- Preguntaba curiosa la madre de Alejandro.
-No, no, de pollo.
-¿Y no visitas a tu abuela alguna vez?- Aquella pregunta venida de Alejandro le hirió. Estuvo quieta, sin mover los cubiertos, ni pronunciar palabra, y su dolor psicológico fue mayor acentuado, expresándolo aún más con la cabeza mirando al suelo y la mandíbula apretada. El hombre quedó extrañado ante aquella reacción.

-Necio de ti tener que preguntarle eso.
-¿Necio por?- La voz de enfado de Kyumbreon le ponía la piel de gallina.
Parecía que había tocado una fibra muy fina, de la que partió con el toque. "Si pudiera, la visitaría, imbécil", murmuraba ella mientras soltaba una pequeña lágrima que goteó como rocío en su barbilla. Se hizo un nudo en su garganta que le provocaba el goteo y le quitaba el hambre.

Se levantó, abandonando aquella delicia de verdura, diciendo aún ocultada entre su largo flequillo que se marchaba.

-¡Oh, no, por favor! Si después te voy a dar una tarea.- La detuvo, y como reacción, ella gruñó cual perro. Estaba al límite de su paciencia, y ya tenía que soltar todas sus quejas.

-¿Qué va a ser ahora? ¿Ir a por dragones a la Antártida? ¿Conquistar a un ogro con mis atributos? ¿Eh? ¿A caso no te cansas de mandarme, después de engañarme para que te ayudara?

-Eh... No... ¿Pero qué estás diciendo?- No entendía nada, o hacía parecer que no entendía.
-¡Me he cansado, tío! Todos estos días que han pasado no han sido nada más que peligro, peligro y más peligro. Peligro de todo tipo; de morirme de hambre, de morir aplastada, de morir trinchada, de morir envenenada... Y-y... de que me hagan "cosas". ¿¡A caso no tienes suficiente ya!?

Su voz potente preocupaba a todo el mundo. La madre de Alejandro miró a su hijo con desprecio. Si lo que ella decía era cierto, entonces su hijo pecó moralmente. Él se alarmó, e intentaba negociar para que hiciera el encargo que quería que hiciera.

-Mira... Te juro que será lo último que te pediré.
-Lo último que hice ya hartó. No estoy para más pelotas en vinagre. Y ahora, si me disculpan, me marcho de este lugar.
-¡No!- Gritó Eustaquio, quien también la quería como compañera de trabajo.
-Será lo mejor...- Dijo más calmado Helio. Alejandro tenía que impedir de cualquier manera que eso sucediera. Gionna tenía que quedarse... No, Selena segunda tenía que quedarse.

-¿Marcharte? No me hagas reír... No conoces Floresta. ¿Cómo vas a irte sin perderte por ahí?
-Me compraré un mapa, pedazo de burro.- Contestó sin respeto alguno. Ofendido, Alejandro se levantó de la mesa, impotente.

-¡No se falta el respeto a tu superior!
-No eres mi superior, y jamás nadie será mi superior.- "No quiero estar como ahora están mis desgraciados compañeros de clase", fue el pensamiento que fortaleció su actitud rebelde. -Vámonos, chicos.

Se encaminó al exterior junto con Lol, Honchpato y Kyumbreon, para irse de nuevo sin rumbo alguno.
-¡Vuelve aquí!- Ordenaba cual sargento. Se detuvo, y desde la puerta ya abierta lo miró sombriamente. Plusle se entristeció, a punto de llorar, y después de gritarle él, su madre también ordenó.

-¡Déjala!
-¡Mamá!
-Si ella no quiere, no le obligues a que lo haga. La pobre, parece que ha sufrido bastante, ya tiene suficiete. Puedes marcharte, cielo.- Le decía a Gionna al ver que se detuvo paralizada por la intimidante voz de Alejandro.

-Gracias, señora.- Sonrió. Le recordó a su antigua y cariñosa protectora, de la que le quitaba aquellas ataduras que le impedía ir por libre. Se fue a coger el equipaje en la base y se marchó, no muy lejos, para reflexionar sobre lo que haría ahora...