Capítulo XV

-¡Enanos!- rugió Smaug con una furia que retumbó en toda la montaña. Algo había ocurrido que era más importante para Smaug que la Piedra del Arca que me había robado-¡Enanos vivos en mi reino!-

Estaba consciente todavía, herida entre los escombros y asfixiada por el humo, y con un pie fracturado, pero podía escapar con la Piedra del Arca en mi mano. El dragón enloquecido empezó a buscar algo que percibía y en ese descuido vi mi oportunidad de moverme hacia otro lugar, moverme con un sólo pie, y así lo hice.

Erebor se había convertido en un infierno de llamas y en llamas tenía que huir, aunque el humo abrasara mi piel y mis pulmones.

-¡Aquí estoy, maldito, es a mí a quien buscas!- en medio de ese infierno se alzaba una voz que me negaba a reconocer. Estaba alucinando, pues así como había visto fantasmas de Enanos por los salones abandonados, ahora oía a Thorin allí adentro.

-Te huelo, maldito Enano- gruñía Smaug y el sonido de su horrible voz llegaba a todos los rincones del mundo- ¡Los olí apenas cruzaron esa puerta! Los mataré como maté a toda su raza-

No creía que iba a aguantar mucho más pues con un sólo pie no iba a poder subir por el túnel de la puerta secreta para escapar de Erebor, un Erebor que la furia de Smaug destruía por completo. El monstruo había desplegado sus alas y todas las paredes se derrumbaban a su paso. Quedé atrapada en el salón que daba al pasadizo secreto, no llegaría nunca."¡Bella, Bella!" Oía voces en mi delirio, voces que gritaban mi nombre.

En medio del humo y del polvo me pareció ver otro fantasma Khazûd y aterrorizada grité pues ya no lo soportaba más y perdí la razón, el fantasma me saltó encima y me sujetó por la cintura. Como ya no podía sostenerme en pie caí desfallecida y el fantasma me sostuvo, de hecho era muy fuerte y ya no era un fantasma sino un Enano muy vivo.

-¡Bella, Bella, no te mueras!- gritó desesperado el Enano que me había cargado en sus brazos, y no sé si ya estaba muerta pues con mi vista nublada veía un rostro amado que no creía que fuera real.

-¿Quién eres, fantasma?- balbuceé con lo último que me quedaba de aire.

-Soy yo, mi amor, Thorin-

En sus brazos me llevó a un recoveco para huir de la ira del dragón que esparcía fuego por todos los rincones del lugar, y el calor quemaba nuestros rostros. Pude ver a Thorin allí, sangrante y lleno de hollín, pero era Thorin que había venido a rescatarme. En mi mano el resplandor de la Piedra del Arca iluminaba su presencia.

Al ver la impresionante joya Thorin se sorprendió profundamente:

-Bella ¡Robaste la joya al dragón!- exclamó. Yo le entregué la joya pues había cumplido mi misión, y luego me desmayé.


El rey Enano tenía la joya y a la hobbit en sus brazos y la tierra se sacudió con violencia haciendo caer más rocas alrededor de ellos. Pero con su cuerpo él la protegió, mientras los otros Enanos que habían entrado por el pasadizo distraían a la bestia tratando de sacarla de las profundidades donde hacía tanto daño.

Kili y Fili lucharon contra la furia de Smaug a puertas del reino, Dwalin, Balin, Bofur y Bifur también enfrentaban al monstruo mientras los demás buscaban a Belladonna y a Thorin.

Smaug estaba ciego de ira e humillación, había perdido su más valioso tesoro y su reino fue invadido por Enanos. Los destruiría a todos así fuera lo último que hiciera.

Era una bestia demasiado gigantesca que los Enanos nunca podrían matar, pero gracias a lo pequeños que eran se le perdían de la vista muy fácilmente, y su fuego no les llegaba. La raza Khazâd era demasiado fuerte para gusto de Smaug, resistían todo, por eso él los odiaba tanto.


Sentía que un terremoto nos sacudía y desperté asustada, pero yo estaba refugiada en los brazos de Thorin y nada me hacía daño allí, él y yo permanecimos escondidos entre las rocas y el fuego. El pie me dolía horriblemente y sangraba, y él estaba igual de herido que yo, pero aún tenía sus huesos intactos.

La Piedra del Arca había quedado olvidada a un lado.

No supimos qué pasó con Smaug, el dragón había pasado a ser problema de los otros Enanos.

El primero en encontrarnos fue Dori, y ayudó a quitarnos rocas y escombros.

-¿Qué pasó con Smaug?- rugió Thorin.

-Creo que Smaug escapó- dijo Dori sin mucha seguridad.

-Hay que poner a Belladonna a salvo y curarla- exigía el rey Enano -¡Rápido! ¡Que venga Oin que es el que sabe!- le gritaba a Dori.

Los dos me llevaron a un espacio más abierto, aunque todo estaba completamente cubierto de humo asfixiante, y me acostaron sobre la tierra.


La Montaña Solitaria explotó como un volcán y el dragón salió. Desde Esgaroth pudieron ver todo eso y los Hombres alarmados empezaron a prepararse para el ataque, estaban seguros de que los Enanos habían llegado a Erebor y habían despertado a la bestia. Y ya estaban todos muertos.

Ninguno de los Hombres creyó que los Enanos o la hobbit estuvieran ya vivos.

El terror de Smaug llegó hasta el Bosque Negro y Thranduil ordenó al ejército élfico ponerse en pie de guerra para defender el reino.


El destino de esos pueblos no se podía saber. En Erebor quedó la ruina dejada por el dragón pero todos los Enanos estaban vivos y encerrados allí podrían estar a salvo de Smaug; poco a poco fueron encontrando la estancia donde estaban Belladonna y Thorin, excepto Kili. Kili había desaparecido.

Oin llegó apresurado a atender a Belladonna, el pie lo tenía fracturado, y no tenía nada allí para atender heridos.

-Hay que buscar nuestros fardos, así no podré curarla- dijo el Enano desesperado.

Todos necesitaban atención, estaban heridos más que todo por quemaduras. Pero los Enanos resistirían, había que antender a la hobbit.

-¿Dónde está Kili?- se preocupó Thorin. Nadie le dio una respuesta, pero Fili enseguida salió en busca de su hermano.

La angustia quedó en todo el recinto pues el rey Enano no toleraba ver a Belladonna herida y ahora estaba preocupado por Kili y temía por la vida de los dos.

Unas lágrimas afloraron de los azules ojos de Thorin tal vez por primera vez en su vida.