Mis intenciones eran publicar este capítulo el mes pasado para haber publicado el siguiente (que será el último) ahora, antes del estreno de la película. Pero el tiempo fluye demasiado deprisa y mis obligaciones se amontonan, así que no ha podido ser.

Aun así espero que lo disfrutéis, ya que el desenlace importante concluye aquí, el próximo capítulo será tan sólo un epílogo para atar cabos (que ya veréis que más de uno quedará suelto) y despedirme de nuestros personajes como se merecen.

Supongo que no soy la única que por estas fechas lucha contra sentimientos enfrentados y es que os confieso que temo profundamente ir a ver la tercera película (a pesar de que me he pasado los temores por el forro y ya tengo la entrada para el preestreno xD) pues tras dos años de enamorarme de nuevo de la Tierra Media voy a presenciar en primera persona aquello que más me dolió en su día. En fin, asumiremos el dramático final que Tolkien nos concedió y nos refugiaremos en nuestra imaginación para crear finales alternativos.

Erinia Aelia: Ya te digo lo de que actualizamos trimestralmente xD qué desastre. Lo del juicio no creo que vaya en serio xD pero si sucediera ten por seguro que te encargaría la defensa de nuestra chica.

Hace tiempo que le doy vueltas a este capítulo y sospecho que este final puede no ser de tu agrado, pues mientras tú disfrutas la realidad y su fría lógica, yo crecí con influencias niponas y cuentos de hadas y en ellos baso mis fantasías. Aun con este presentimiento, espero que puedas disfrutar del capítulo que ya roza el final de esta historia que ha durado casi dos años. :P espero tus comentarios como siempre.

Linnetask: Tenía que perdonarla, si no vaya dramón de historia... para eso me pego dos años escribiendo? xD para que encima no acaben juntos? No ha sido rápida la actualización, pero bueno, aquí la tienes, espero que la espera haya merecido la pena ^^

Nuan: Los enanos son cabezotas por naturaleza xD y el rey más que más. Aquí está el desenlace de la batalla!

Naramig: Si a veces está bien desconectarse después de un tiempo y leer los capítulos de golpe xDDD espero que te guste el capítulo. Ais... llorar... yo sí que voy a llorar como una magdalena pero en el cine.

Aquí lo tenéis. Espero que os guste :)


*~~~~~CAPITULO 38: POR AQUEL A QUIEN AMAS *~~~~

Aquel bramido feroz se abalanzó sobre los orcos, que poco pudieron hacer ante su ataque. Bilbo sólo vio su sombra proyectada frente a la jaula, mientras oía los estertores guturales que emitían sus captores y sus cuerpos desmembrados caían frente a él.

Tan sólo cuando el atacante hubo terminado su trabajo se posicionó frente a Bilbo, y la visión de su pardo pelaje y sus ojos feroces, aunque viejos conocidos, hicieron que la presión en su pecho se disipara.

- ¡Beorn!

El gran oso pardo rompió la cerradura de un zarpazo y el hobbit quedó libre.

Pero no fue el único encuentro aliado que el mediano recibió en aquel momento, pues entre los árboles emergió una figura poderosa a lomos de un corcel. Al mago se le empañaron los ojos al ver a su viejo compañero en su deplorable estado, pero vivo al fin y al cabo. Se apresuró a abrazarle y el mediano quedó envuelto por su túnica plateada.

- Los asuntos del Concilio me demoraron más de lo esperado. No dejé de pensar en vosotros ni un instante, pero debía mantener mi puesto. Se me permitió partir hace tres lunas, y desde entonces he cabalgado con el oscuro presentimiento de que algo andaba mal. ¡Y qué certeras fueron mis sospechas! Me topé con Beorn por el camino, él había advertido movimientos extraños por los alrededores del Bosque Negro.

El gran oso rugió al cielo, en señal de aprobación. Gandalf prosiguió.

- Y ahora, maese Bilbo, relatadme todo lo acontecido desde nuestra separación.

El mediano resumió lo mejor que pudo todo lo que había sucedido, mientras el mago arqueaba las cejas, fruncía el ceño o entrecerraba los ojos pesaroso.

- Hombres y elfos se apostan frente a las puertas de Érebor y la terquedad de Thorin no ha hecho más que empeorar la situación. Pero eso no es lo peor de todo. Escuché a los orcos jactarse de sus intenciones. Un ejército de los suyos se prepara para atacar la montaña.

El mago adoptó un gesto serio.

- Nuestras sospechas eran ciertas. – Dijo mirando al oso – Los indeseables a los que dimos muerte en el camino decían la verdad.

- ¿Qué hacemos? – Preguntó Bilbo desesperado.

- Lo único que podemos hacer, pequeño amigo – dijo oteando en lontananza - defender nuestro mundo.

El mago subió a lomos de su corcel y le tendió la mano al mediano para que le acompañara. Beorn irguió su cuerpo y emitió un potente bramido que pareció despertar al bosque entero. Su eco resonó entre los árboles y la brisa pareció hacerse más intensa.

Y con este severo preludio, los tres partieron hacia la montaña con la intención de enfrentarse a las fuerzas del mal.


Una nueva oleada de flechas inundó el valle que ya había sido tomado por el enemigo. Pero a pesar de las numerosas bajas que causaron, muchos otros les sustituyeron, pues aquel ejército maligno no parecía mermarse ante los ataques.

Thranduil ordenó a los suyos disparar por última vez y prepararse para desenvainar sus espadas y exhibir sus escudos. Bardo le contrarió.

- Todavía podemos aprovechar la ventaja que nos proporciona la distancia. Si pudiésemos reducir su número antes de iniciar el combate cuerpo a cuerpo, podríamos tener una oportunidad.

- Las flechas son insuficientes y no voy a exponer a los míos a defenderse cuando sea demasiado tarde.

En ese momento la potente voz del líder de los enanos interrumpió su discusión en la distancia, dando una orden en su lengua natal. De pronto, una lluvia de rocas y bolas de hierro cayó sobre el campo de batalla, aplastando los cuerpos de los enemigos. Pero aquello no fue todo, y es que poco después de contactar con el terreno, las bolas de hierro explotaron, causando un estrago mayor. Hombres y elfos se sobresaltaron ante aquella maniobra ofensiva y miraron sorprendidos hacia la montaña.

Algunos de los enanos se apostaban en lo alto de la fortaleza. Bombur y Ori se habían quedado al mando de las catapultas y Balin y Óin habían tomado el puesto de artificieros para preparar aquella ofensiva explosiva. Además de sus conocimientos en metales preciosos, también dominaban las artes de la química, ventaja que Thorin no pensaba desaprovechar. Defendería su fortaleza con todos los recursos de los que dispusiera.

- ¡Condenados enanos! – Exclamó Bardo jocoso – Son una caja de sorpresas.

Pronto el ruido de las explosiones se mezcló con el entrechocar metálico de las espadas y el clamor de una lucha sin cuartel. La primera arremetida entre los dos ejércitos fue extremadamente violenta y pronto el caos empezó a quebrar las posiciones. Orcos y elfos luchaban cuerpo a cuerpo, huargos y hombres se enfrentaban a muerte. Los enanos aprovecharon una brecha en el camino para unirse también a la contienda.

Se dividieron en varios grupos, cada uno cubriendo un flanco para evitar que los enemigos se acercaran demasiado a la fortaleza. Kíli, Fíli y Nori se unieron a los elfos, combatiendo a diestro y siniestro con el coraje propio de su linaje. Dwalin, Glóin, Dori y Bifur hicieron lo mismo junto a los hombres y finalmente, Bofur, Thorin e Iriel se adentraron juntos en la zona central, con la intención de masacrar a los orcos.

Cada formación trabajaba con una coordinación asombrosa, cubriendo continuamente la retaguardia de sus compañeros, protegiendo sus puntos ciegos mientras otros cubrían los suyos. Hombres, enanos y elfos combatían por un interés común: la supervivencia.

Sin embargo, el derroche de energía utilizada, la impredecible y anárquica formación de los orcos y los montones de cadáveres apilados en el terreno, provocaron que los aliados poco a poco fueran perdiendo sus referencias y los grupos acabaran separándose y disolviéndose.

Y por si las titánicas proporciones de aquel ejército de hijos de Mordor no fuesen suficientes, la alianza que habían forjado con el Rey Trasgo otorgó sus beneficios. De pronto una horda de trasgos arrastrando estrafalarios artilugios de madera podrida y metales oxidados hizo su aparición en el campo de batalla. Los trasgos habían improvisado su particular colección de armas de asedio. Portaban catapultas y balistas y las cargaban con grandes rocas, antorchas en llamas, o incluso algunos de los suyos. Poco importaba que durante la carga asesinaran a su gente, se burlaban de los caídos y continuaban la avanzada.

Fue una de estas rocas utilizadas como proyectil, seguida de varios disparos con antorchas prendidas, las que hicieron que Thorin e Iriel se separaran para no perecer bajo su presencia. Diversas arremetidas de orcos y huargos seguidas de eficaces evasivas los fueron alejando cada vez más, hasta que finalmente los amantes se perdieron de vista.

La batalla continuó sin ofrecer tregua a ninguno de sus valientes, cada vez que parecía que la balanza se decantaba a su favor, nuevas avanzadillas emergían con fuerzas renovadas, mientras que los nobles guerreros veían las suyas agotarse.

Thorin seguía esgrimiendo estocadas con su espada predilecta, contrayendo cada uno de los músculos de su diestra, mientras frenaba embates con la zurda gracias a su escudo de hierro negro. Los orcos que se atrevían a enfrentarle con sus facciones desencajadas y sus gruñidos guturales poco duraban bajo la maestría el entrenado guerrero.

El príncipe del Bosque Negro también se encontraba cerca, degollando yugulares con su espada corta o disparando flecha tras flecha incluso a enemigos que se encontraban a escasa distancia. Sus gráciles movimientos le hacían parecer tan liviano como el viento y con sus golpes podía quebrar mandíbulas, fracturar muñecas o aplastar las costillas de sus oponentes. Los orcos comprendieron que enfrentarse cara a cara con Légolas no conllevaría ningún resultado a su favor. Pero estos rufianes siempre se han caracterizado por sus malas artes, y viendo que no podían derrotarle de igual a igual, decidieron emboscarle. Dieron una señal hacia las balistas para que dispararan hacia él y entre todos le acorralaron para que no pudiera escapar.

El elfo no lo vio venir y continuó peleando contra los orcos sin moverse de su posición, de espaldas a la balista, sin advertir que un enorme fragmento de roca iba directo a su cabeza. Pero el rey enano advirtió la emboscada y algo en su interior le hizo reaccionar por instinto. Se libró del huargo que le hacía frente clavando su filo a través de sus fauces y corrió hacia el elfo mientras el proyectil rocoso era disparado.

Cuando el último orco cayó, apenas había tiempo para escapar. El elfo, situado junto a un risco, apenas pudo ver la gran masa que le apuntaba como objetivo, tan sólo una sombra arrojarse sobre él.

Thorin se abalanzó sobre el elfo, dejando caer su espada, y juntos rodaron colina abajo, justo antes de que la roca impactara sobre ellos. La furia de la roca fracturó el terreno y sus fragmentos golpearon a los que luchaban por los alrededores.

Rodaron unos metros hasta que el terreno detuvo su movimiento y recobraron la guardia con rapidez. Apenas se habían levantado cuando escucharon los gritos de una horda de trasgos y orcos avanzar colina abajo hacia ellos. Thorin miró hacia los alrededores inquieto. Había perdido su espada y en aquella zona del valle, ajena hasta entonces al combate, no había nada que pudiera emplear salvo rocas. Maldijo en khuzdûl mientras Légolas empezaba a cargar flechas.

Tras asestar unas cuantas flechas en las gargantas de sus enemigos, el elfo se percató de la desventaja del enano y tras pensarlo en un instante, decidió recompensarle, pues al fin y al cabo le había salvado la vida. Desenvainó la espada que portaba en la espalda y se giró para ofrecérsela al enano. Los ojos del Rey Bajo la Montaña tintinearon incrédulos al reconocer la pieza que le había sido concedida.

Era Orcrist.

Y con un feroz grito de guerra, ambos volvieron a unirse a la batalla.


Dejando el sol a su espalda, Gandalf, Bilbo y Beorn avistaron por fin el campo de batalla. El mago sintió estremecerse su corazón al ver tamaña carnicería mientras el hobbit tuvo que cubrir su boca ahogando su desagrado. Aquella guerra era mucho peor de lo que habían imaginado.

Beorn rugió furioso, ansiaba el día en que pudiera vengarse de los orcos por su pasado cruel y sanguinario. Se apostó sobre sus patas traseras y sin esperar permiso alguno, salió disparado en dirección a la contienda.

Gandalf cerró los ojos y empezó a susurrar en una lengua desconocida. Tal vez estaba formulando un encantamiento protector, tal vez estuviera honrando a los caídos, tal vez estuviera pidiendo ayuda. Bilbo no se lo preguntó. En su lugar tragó saliva, cogió una espada corta del corcel del mago, y poniéndose el anillo se dirigió también al combate.


Iriel peleaba con el corazón palpitante, descargando su inquietud y su furia sobre los orcos, repartiendo estocadas a diestro y siniestro, esgrimiendo arcos mortales alrededor de su perímetro para no ser atacada en ninguna dirección. Sin embargo aquella maniobra empezaba a consumir sus energías.

Conforme aquella guerra avanzaba, sus luchadores veían sus cualidades apagarse. La joven guerrera pronto vio sus reflejos mermarse y sus golpes volverse errados. Ataques que con anterioridad esquivaba sin apenas esfuerzo y ahora apenas podía evadir. Vio a algunos de los elfos que la habían mantenido cautiva en el Bosque Negro, acudir en su auxilio para frenar un ataque por la espalda, y a continuación ser presas de otra emboscada, pereciendo a sus pies.

Un trasgo enredó sus cadenas herrumbrosas alrededor de su tobillo y le hizo perder el equilibrio. Una hoja mellada rasgó las vestiduras que cubrían su vientre, mas la cota de malla impidió que el corte se volviera más profundo. Cayó al suelo de espaldas y a duras penas consiguió detener con la vara de su arma el filo que se dirigía a su yugular. Uno de los escuderos del gobernador acudió en su ayuda, derribando al trasgo que sostenía las cadenas y atravesando el corazón del orco que intentaba degollarla. Iriel se levantó deprisa, pero no tuvo tiempo de agradecérselo, pues una flecha oscura procedente de algún remoto lugar atravesó las sienes del humano. La joven, ahogando un grito, agarró un trozo de armadura para que hiciera las veces de escudo y salió corriendo de aquel lugar para ponerse a cubierto.

Mientras corría una imagen se repetía en su retina: la estática mirada del guerrero al ser atravesado, sus pupilas fijas perdidas en la distancia, el sonido crujiente de la flecha atravesando su cráneo. Un recuerdo lacerante junto a la angustiosa sensación de ser culpable de la desgracia del muchacho. Pero mientras escapaba se prohibió pensar en ello, no podía permitirse ni un segundo de vacilación, pues tras cada enemigo caído, dos más acudían para continuar el asedio. Entendió a la perfección todo lo de Thorin había tratado de advertirle, así que prefirió dejar la mente en blanco, posponer el rezo por los caídos y arrinconar la lástima. Optó por no observar ningún rostro y olvidar los que conocía, pues sus sentimientos no harían más que entorpecerla en aquella batalla de supervivencia.

Pero controlar sus pensamientos no era el mayor de sus problemas y es que pronto sus músculos empezaron a exigir una tregua, provocando dolores punzantes por todo su cuerpo para conseguir su descanso. Las heridas, que apenas se habían hecho patentes debido a la anestesia endógena derivada del peligro, empezaban a despertar.

Y así continuó, hasta que finalmente un entrometido casco oxidado junto al cuerpo inerte de un trasgo decrépito se cruzó en su camino, haciendo que la chica tuviera que clavar su arma en el suelo para no caer. Tras recuperar el equilibrio descargó su fastidio con un puntapié, y este gesto fortuito le mostró un objeto que le heló la sangre.

La espada de Thorin estaba allí, junto a un mar de cadáveres y sangre derramada. Durante un instante su cuerpo se quedó rígido, sin atreverse a examinar los restos inertes que yacían junto a ella, pues si veía su rostro exánime entre ellos, su mundo se derrumbaría por completo.

De repente la extenuación causada por aquella lucha sin cuartel que había estado conteniendo, estalló sin remedio, haciendo que el agotamiento eclipsara al temor de su pérdida. Cayó de rodillas sin poder evitarlo, con la mirada perdida y el corazón tenebroso. Llevaba horas luchando y el enemigo les embestía como si el combate acabara de dar comienzo. Aquella legión de orcos y trasgos era infinita, era imposible resistir sus ataques, no importaba cuanto lo intentaran, ninguno de ellos saldría con vida de aquella masacre.

Notó el gélido tacto de la espada del rey, cubierta de sangre y restos polvorientos, sin la grandiosa presencia con la que brillaba en la Armería Real, pues solo quedaba una sombra de su esplendor. Comenzó a temblar mientras la cordura la abandonaba. ¿Para qué seguir luchando? ¿Qué más daba prolongar aquella agonía si la muerte iba a llevársela de todos modos? ¿Para qué continuar cuando ni siquiera sabía si la persona a la que amaba seguía formando parte de este mundo?

Su silueta derrotada fue un reclamo para los orcos, cuyo único divertimento era causar angustia y desesperación. Una horda de orcos la señalaron y comenzaron a correr hacia ella, blandiendo sus hojas ensangrentadas que clamaban por nuevas víctimas.

Iriel escuchó el feroz rugido de los orcos como un eco lejano e irreal, sabía que se encontraba en peligro pero su cuerpo no respondía y su mente se había perdido entre su tormento. No tenía fuerzas para defenderse ni espíritu para seguir viviendo. Se había rendido por completo.

Una presencia apareció en medio de la confusión, una silueta que se movía con asombrosa gracia y agilidad, como si el terreno obedeciera cada uno de sus pasos. Clavó un gran escudo en el suelo justo delante de la chica y se agachó para cubrirla. Iriel escuchó su voz en sindarin dando la orden a sus arqueros y una lluvia de flechas atravesó a los orcos, quedando ellos protegidos de los letales disparos gracias al escudo que hizo las veces de barricada.

De pronto, un sentimiento de paz la envolvió. Nunca supo qué lo provocó. El amparo de sus brazos, la templanza de su voz, su aroma a lavanda y hojas silvestres o la serena mirada que le dedicó, haciendo que sus ojos claros fueran un puerto para ella en aquel mar de desolación. Así pues, el Rey Elfo mostró la grandeza de su esencia, la que los suyos admiraban desde edades muy antiguas.

La cordura de la joven regresó poco a poco, haciéndole entender por qué seguía con vida.

- Gracias… - exhaló con apenas un hilo de voz.

- La mujer que conocí en mis dominios era incapaz de someterse. Su mirada ardía como la más arcaica de nuestras estrellas. ¿Qué le ha hecho rendirse?

Iriel sintió una enorme angustia en su pecho y la visión inerte del rey enano ahogó sus palabras. Con lágrimas surcando sus mejillas, contestó.

- Tal vez el motivo de su brillo la ha abandonado para siempre.

Thranduil arqueó sus cejas con hastío. Le molestaba sobremanera que el enano hubiera calado tan hondo en el corazón de la joven, mientras que su presencia había pasado casi inadvertida.

Una nueva lluvia de flechas cayó sobre ellos, apartando a los enemigos que seguían empeñados en destruirles.

- ¿Es lo único que os importa? ¿Valoráis más su vida que la propia?

- Lo que yo priorice es irrelevante – dijo con una mirada vacía - mirad a vuestro alrededor. Sólo hay muerte y desolación. Nunca nos alzaremos victoriosos. No hay esperanza.

Contra todo pronóstico, un eco metálico respondió a aquella expresión desalentadora. El sonido de un cuerno hecho de hueso y marfil retumbó entre las montañas, escuchándose en los rincones de todo el valle.

- Siempre hay esperanza. – Respondió el elfo con una voz serena y pura.

Iriel se puso en pie sin salir de su estupor. Montados sobre carneros, los centinelas resoplaban difundiendo el mensaje, portando un indicio de esperanza por la victoria. Dáin comandaba a los soldados portando el estandarte de su pueblo. El ejército de las Colinas de Hierro había llegado.

Thranduil se levantó, y su mirada gélida abarcó los estragos de la batalla. Debía continuar dirigiendo a su ejército.

- Ve a buscarle.

Iriel le miró sorprendida.

- Sigue con vida. Puedo sentir su molesta presencia en este valle.

Un huargo se apresuró hacia ellos, pero los reflejos de los elfos fueron audaces, una flecha acabó de inmediato con el animal, haciendo que su alarido agónico se mezclara con el clamor de los enanos que acababan de unirse a la batalla.

Sin saber por qué, Iriel sintió disiparse la angustia que la envolvía. Se preguntó por qué el elfo se mostraba tan compasivo con ella, dados sus anteriores encuentros. Tal vez fuera cierto que la providencia de la muerte disipa todas las diferencias. La guerrera miró hacia el campo de batalla, dispuesta a recorrer todos sus rincones para encontrar al enano. Clavó su pie en el terreno para iniciar la carrera, pero antes de hacerlo creyó oportuno despedirse del elfo. Le resultaba demasiado incómodo una nueva retahíla de agradecimientos, así que decidió ser ella misma. Esperaba que el elfo supiera leer entre líneas.

- No he olvidado todos los agravios que he padecido bajo tu causa. Tu habladuría me puso entre rejas y casi me cuesta el exilio. No creas que voy a perdonarte sólo por salvarme la vida.

Thranduil sonrió, pues la altiva guerrera que conoció en sus dominios había regresado al combate. Le dio la espalda sin responder, dispuesto a continuar aquella gesta, pero de pronto un susurro silencioso le provocó un escalofrío, uno que no alcanzaba a comprender. Su mano se deslizó sin permiso entre sus bolsillos hasta encontrar al culpable de su malestar. Su tacto le hizo sentir extraño y aquella molesta sensación le hizo tomar una decisión que jamás habría tomado en su sano juicio. Se acercó tan rápida y silenciosamente que Iriel ni siquiera pudo advertirlo, por ello dio un respingo cuando sintió a su espalda el tacto del elfo depositándole algo en el interior de su mano, a la par que le susurraba en su oído con un tono sátiro y lascivo.

- Confío en que esto ayude a arreglar nuestras diferencias.

Cuando Iriel se dio la vuelta, el elfo ya había desaparecido. Un torbellino de luchas con espada se desataba entre los centinelas del Bosque Negro, cuyos movimientos eran difíciles de seguir para su vista cansada. Abrió la mano para descubrir cuál había sido el misterioso obsequio y su mano se tornó temblorosa al descubrir el brillo que emanaba de su interior.

Un nuevo cuerno, esta vez más grave y prolongado, resonó desde la montaña. Los enanos de Érebor daban la bienvenida a sus parientes del Este. No había tiempo que perder. Iriel guardó la Piedra del Arca como un talismán protector, un augurio de esperanza y, arma en mano, salió de allí a toda velocidad, con los ojos bien abiertos, buscando a su objetivo en cada rincón de la contienda, su único motivo para salir con vida de aquel infierno. Sólo una cosa tenía sentido en aquella demente realidad, y era luchar a su lado.


Thorin continuó el combate mientras dolorosos recuerdos azotaban su mente, recuerdos de una batalla pasada contra los orcos. Recordó la magnificencia de las puertas de Moria, ensombrecida por la cantidad de cadáveres de los suyos que se apostaban sobre las rocas. Recordó todo lo que allí había perdido, y también lo que había ganado. Su nombre nació en aquel asalto y también su más sanguinario enemigo. Era hora de rendir cuentas, era hora de vengar la muerte de su familia.

Mientras continuaba batallando contra meros soldados rasos, un general orco se erigió entre todos los demás. Sus allegados parecieron apartarse para dejarle paso. Bolgo, el vástago del pálido orco, hizo su entrada en el combate, sosteniendo entre sus garras una maza con numerosas angulaciones rematadas con puntas afiladas, un feroz artilugio que había apodado Machaca-cráneos.

Se acercó imponente, burlándose desde su gran altura. Él había comandado el asalto a Fíli e Iriel en las inmediaciones de Esgaroth, y así se lo hizo saber. Adoraba enfurecer a sus víctimas para después verlas retorcerse de dolor. Aquel comandante había llegado a ser incluso más despiadado que su padre, pues mientras éste carecía de paciencia y acababa rápidamente con la vida de sus víctimas, Bolgo disfrutaba prolongando los asesinatos. Se atrevió a provocar al enano en la lengua común, idioma que dominaba con menor torpeza que sus compañeros, aunque con rudos modales y escasa pronunciación, pues mordía cada palabra como si fuera la última.

- Mis hombres fracasaron en la tarea que ordené, pero esta vez me encargaré yo mismo.

- No te resultará tan fácil vencerme.

- No hablaba de tu muerte, estúpido, de eso me ocuparé más tarde. Hablaba de tus dos protegidos.

El enano se tensó al oírle.

- Parece que ya entiendes de lo que hablo. Esos dos tuvieron suerte de salir con vida, todavía recuerdo sus gritos de dolor cuando las flechas o las espadas les alcanzaban, disfruté viéndoles sufrir en la distancia.

Thorin presionó sus mandíbulas.

- Hubiera dado mi brazo por ver tu gesto al encontrarles, moribundos y agonizantes. – Rió enajenado.

- No te atrevas a decir ni una palabra más.

El orco disfrutó de su tormento.

- Encontraré a ese rubito engreído y le cortaré la cabeza frente a tus ojos. Después le arrancaré el corazón a esa furcia y lo arrojaré a tus pies. Dejaré que el dolor te destroce por dentro antes de matarte.

Thorin no pudo aguantar más y arremetió contra él con su espada élfica. Sabía que los movimientos que emergían de la cólera eran caóticos y desprotegían sus defensas, pero no podía soportar que aquel orco continuara con vida ni un segundo más. El orco frenó las estocadas con la maza y le golpeó con fuerza. El enano esquivó aquellos golpes contundentes que agrietaron el terreno agachándose y ladeándose a su diestra. Continuaron así largo tiempo, mas a cada embate, Thorin derrochaba más energía de la deseada, pues los ataques de su rival, como correspondía a su gran envergadura, eran potentes y violentos. Finalmente, en una de las ocasiones en las que tuvo que agacharse para esquivar el impacto de la maza, realizó un corte limpio a los pies del orco, amputando el pie izquierdo sobre el tobillo y seccionando el tendón del otro. Bolgo cayó hacia atrás con un alarido de dolor y Thorin le desarmó de una patada.

Rápidamente se colocó de rodillas sobre él y comenzó a descargar su rabia. Golpeó su mandíbula con sus puños enguantados haciendo que algunos de sus retorcidos colmillos salieran disparados. Cuando se hubo desahogado se posicionó frente a él, sentado a horcajadas sobre su abdomen y sujetó la empuñadura de su arma con ambas manos, con la punta sobre su torso, dispuesta a clavarla en su corazón con un golpe seco.


Iriel dejó atrás a la mayoría de sus compañeros, cortando el gaznate del orco que acorralaba a Bardo y lanzando una daga a los ojos del huargo que perseguía a Fíli. Mas el rey enano no se encontraba en su escrutinio y sus nervios ardían a flor de piel, pues cada segundo en la batalla podía acabar siendo el último. Frenó su carrera para defenderse de una panda de trasgos y entonces lo vio.

El pálido orco emergió en la contienda a lomos de su huargo blanco. El feroz animal causaba numerosas bajas con sus dentelladas y el orco se encargaba de liquidar los alrededores. Dwalin salió a la carga. El pálido orco iba a fijarlo como objetivo cuando algo llamó su atención. Sus ojos brillaron maliciosos ante tan ansiado escenario. Desmontó su huargo y le ordenó atacar al enano de puños de hierro. Iriel iba a correr en su ayuda cuando lo que había llamado la atención del orco se cruzó en su mirada.

Thorin se encontraba luchando contra un imponente rival, cuya facción le recordaba a la del pálido orco. La batalla parecía decantarse a favor del general orco cuando el enano cambió su suerte derribando a su oponente con un movimiento inteligente. El orco cayó el suelo y la victoria del enano pareció inevitable.

Azog comenzó a correr hacia el enano aprovechando que se encontraba ocupado. Rugió con furia mientras se preparaba. Iriel gritó para advertir al enano del peligro que le acechaba, pero el caos de la contienda se tragó sus palabras. No tenía más remedio que impedir ella misma aquel fatídico desenlace. Corrió hacia él mientras Azog avanzaba a grandes zancadas con su hacha sobre su único miembro, rugiendo con odio a la par que saboreaba las mieles de la venganza. Los ojos del pálido orco sólo se centraban en el epicentro de su rencor. Con la fuerza de la carrera y la furia desmedida de su brazo lanzó hacia abajo el golpe de su hacha, directo al cráneo del enano, que se encontraba de rodillas sobre el cuerpo vencido de su hijo.

Mas aquel golpe letal no llegó a producirse. Iriel se interpuso entre el cuerpo del enano y el pálido orco, elevando su arma todo lo que sus brazos le permitieron, sujetando la vara horizontalmente por los extremos romos, creando resistencia al golpe al incrustarse en una de las caprichosas curvaturas de la hoja, consiguiendo frenar de este modo aquel impacto letal. La colisión la hizo hundirse algunos centímetros en el suelo y de no ser porque la chica tenía las rodillas y los codos flexionados en aquel momento, estaba segura de que ambas articulaciones se habrían roto a causa de la desmedida fuerza de su enemigo.

Aquella intromisión le hizo fruncir el ceño con una furia indescriptible. Azog la penetró con una mirada sanguinaria. De nuevo aquella mujer se atrevía a interferir en sus infames intenciones. Con ambas armas bloqueadas, su hacha de acero y la reluciente vara de su oponente, la atacó con lo único que tenía a su alcance.

Abalanzó su miembro amputado contra ella, incrustando sus mortíferos hierros en el pecho de la chica. La cota de malla poco pudo hacer ante tan pernicioso embate y aquel metal ennegrecido penetró con crueldad en su carne hasta traspasarla por completo.

El grito ahogado de la guerrera quedó ensombrecido por el estridor agónico de Bolgo, pues Thorin acababa de atravesar su corazón con el filo de Orcrist, cumpliendo así su venganza por aquella emboscada que estuvo a punto de arrebatarle lo que más quería, mas la ironía del destino hizo que el guerrero, sin saberlo, acabara de perderlo en ese mismo instante.

Thorin sintió un escalofrío. El viento arrastró el suave olor de sus femeninos cabellos mezclado con el inclemente aroma de la sangre que acababa de ser derramada. Su cuerpo se quedó rígido, incapaz de mirar lo que ocurría a su espalda, pues el miedo irracional de que su temible sospecha se confirmara era más fuerte que su coraje.

Ella sintió el dolor agolparse en su costado como una quemadura ardiente, cortándole la respiración. Ni siquiera tenía voz para expresar su sufrimiento.

Te mueres.

Una vocecita susurró en su cabeza. El mundo a su alrededor comenzó a apagarse, así como sus sueños y sus esperanzas, pues aquella herida acababa de robárselos sin piedad.

Me muero.

Repitió ella con una voz inerte que no reconoció como suya. Y aquella afirmación le heló las entrañas, pues sabía que aquella vez era cierto.

Había aceptado permanecer a su lado pasara lo que pasara, sabía desde el principio que el devenir de los acontecimientos la arrastraría a aquel doloroso final, que la muerte estaba implícita desde el comienzo. Nadie la había obligado a elegir ese camino, nadie le había pedido interponerse entre el enano y el pálido orco. ¿Qué derecho tenía a quejarse entonces?

Tú lo elegiste.

Sí, había sido su decisión, una decisión guiada por un corazón enamorado. Sin embargo ahora, mientras la sangre gorgoteaba por su costado derecho, perdiéndose como un reloj quebrado que ve escapar su arena grano a grano, sintiendo su existencia desvanecerse cual efímero suspiro, se sentía incapaz de afrontar las consecuencias. No quería morir.

No porque tuviera miedo de dejar este mundo y cruzar al otro lado, a sus campos verdes y a sus playas de arena blanca, sino porque lo que verdaderamente la aterraba era despedirse para siempre de aquellos profundos ojos que podían combatir todas sus pesadillas. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que renunciar a ellos? ¿Por qué ahora que había conseguido ser feliz?

La risa pérfida del pálido orco resonó en sus oídos. Se había perdido en el laberinto de sus pensamientos, pero allí fuera la batalla continuaba. El hierro clavado en su carne todavía ardía, urente, mordaz, sacándola de la confusión, haciéndole recordar que todavía pertenecía a este mundo.

- Arderás en el infierno, escoria – Pronunció el pálido orco en lengua negra, a la par que extraía del pecho de la chica el metal de su amputado miembro y apartaba el hacha con el que había intentado herir al enano. La salida de aquel metal dolió aún más que su letal intromisión. Iriel no pudo ahogar un grito de dolor que esta vez fue perfectamente escuchado por el rey enano, quien ahora estaba completamente seguro de que su guerrera se hallaba a su espalda.

Sus parcos conocimientos de la lengua de Mordor le hicieron comprender sus palabras. Aquel insulto le devolvió su coraje y decidió aunar las fuerzas que le quedaban antes de que fuera demasiado tarde. Acababa de robarle su existencia y un porvenir de dicha y felicidad. Su crimen debía pagar su precio.

- Entonces tú vendrás conmigo.

Sus brazos extendidos recuperaron su movilidad y la diestra se hizo con el control de su arma, sosteniendo con fuerza aquella vara que había sido forjada por sus compañeros y por aquel al que amaba. No se le ocurrió mejor modo de honrarles que acabar con el pálido orco.

Sólo necesitó un giro certero con su muñeca para esgrimir una estocada mortal. Seccionó su yugular con el filo cortante de su arma. Lamentó no haber alcanzado también su carótida para ver su sangre roja escapar violentamente con cada latido, pero la tosca piel del orco era gruesa y el corte que le produjo perdió profundidad.

Azog no estaba preparado para aquel ataque fortuito, pues había subestimado a su rival. Arrojó el hacha de su mano para intentar comprimir con los dedos la sangre que fluía babeante por su cuello y escapaba a una velocidad alarmante. Sin embargo la cercanía de la muerte avivó su locura y con un grito desesperado decidió abalanzarse sobre ella para destrozarla hueso a hueso.

Mas sus intenciones quedaron detenidas por un viejo conocido. La punta de una espada afloró en el pecho del orco. Una punta azulada. Glamdring acabó con lo que quedaba de aquel sanguinario adalid.

Iriel cayó hacia atrás justo a tiempo para ser sujetada por el rey enano, viendo extinguirse sus fuerzas con este último ataque desesperado. Su costado fue teñido con el tinte escarlata de la sangre brotando sin resistencia. Empezó a sentir que un manto frío se apoderaba de su cuerpo y su respiración se volvió entrecortada, pues probablemente sus pulmones también se estuvieran llenando de sangre.

Sintió el temblor del guerrero sujetando su cuerpo, intentando presionar la herida para detener la hemorragia, una maniobra abocada al fracaso. La mente del enano se había bloqueado y su cuerpo apenas reaccionaba por instinto. El Rey Bajo la Montaña miró a Gandalf, sin entender cómo aquella tragedia había sucedido tan deprisa, sintiendo una presión en el pecho que le asfixiaba por dentro, pues había visto demasiadas heridas de guerra y conocía de sobras el funesto desenlace. El mago le devolvió una mirada fúnebre, conteniendo las lágrimas en sus ojos.

- ¡Tienes que hacer algo! – Gritó desesperado. El mago negó con la cabeza, nada había que pudiera hacer ante aquella mortífera herida.

Iriel, sintiendo su mirada nublarse, concentró sus últimas fuerzas en acariciar la mejilla del enano y eximirle de su arraigado sentimiento de culpabilidad.

- Fue mi decisión. Parto con la conciencia tranquila sabiendo que he acabado con el más sanguinario de tus demonios.

La avaricia sanguinaria de los ejércitos de Mordor fluía enajenada, haciéndoles disfrutar de la masacre, tanto que la mayoría ni siquiera fue consciente de que tanto su líder como su sucesor habían caído. La silueta de los amantes fue demasiado tentadora como para desaprovecharla, reclamaban una muerte insultantemente fácil, así que un grupo de orcos se apresuró hacia ellos. Afortunadamente el mago tenía ojos en todos los rincones, y antes de que pudieran acercarse golpeó el suelo con su bastón, provocando una onda de luz expansiva que derribó a quienes osaran acercarse. Repitió la maniobra las veces que fueron necesarias, mientras sus desafortunados protegidos proseguían su dolorosa despedida.

El enano acercó su expirante cuerpo para abrazarla, pero entonces algo cayó de sus bolsillos. Una presencia cristalina rodó a sus pies.

La Piedra del Arca.

Fue en medio de esta confusión luminosa cuando Thorin escuchó un susurro proveniente de la gema. Un siseo, como un arroyo que circula a gran profundidad. La escena se congeló para él.

¿Qué estarías dispuesto a ofrecer?

El enano ni siquiera tuvo que pensarlo.

Todo.

El enano sintió la gema centelleando ante él y sellando un pacto silencioso, prometió el oscuro precio. Tomó entre sus manos al culpable de sus delirios, y sin perder ni un instante se inclinó sobre el cuerpo de la joven. La miró con dulzura y retiró los cabellos que cubrían su rostro. Se agachó hasta que sus labios contactaron, primero con una suave caricia y luego con un beso cálido. Iriel cerró los ojos para recibir este tierno beso de despedida, mientras sentía una lágrima deslizarse por uno de ellos. Sin embargo algo sobresaltó aquella sensación tan suave y serena. El enano colocó la gema sobre la herida y la apretó con fuerza mientras prolongaba el ósculo. Iriel abrió los ojos con intensidad, una ráfaga helada estaba penetrando por su herida. No pudo controlar los espasmos de su cuerpo ante aquella intromisión desconocida, pero el guerrero la abrazó con mayor intensidad, sellando un grito en el interior de su boca. Sintió su herida arder como una llama helada y de pronto pudo volver a respirar.

El enano se apartó y la chica exhaló una bocanada desesperada, como quien emerge de un lago tras la asfixia y absorbe con desasosiego el aire que la rodea. Fue entonces cuando, tras haberse deshecho de los enemigos, el mago volvió a prestar atención a la escena y un mal presentimiento asoló su interior.

- ¿Qué has hecho insensato?

Iriel miró al enano, que todavía sujetaba la gema manchada con su sangre, sin entender lo que había sucedido. Pudo ver la alegría dibujarse en el profundo mar de sus ojos. El rey enano acarició su mejilla. El mago rugió nervioso.

- ¿Cómo osas jugar con fuerzas que no comprendes?

- No había elección. – Respondió sin apartar la mirada de sus ojos cristalinos. Iriel, que apenas había tenido tiempo de asimilar la felicidad que suponía haber dejado atrás a la muerte, empezó a temer que aquel milagro hubiera exigido un precio mayor.

- ¿Qué le has ofrecido? – Preguntó el mago con temor a conocer la respuesta.

El viento sopló en el valle y el cabello trenzado del guerrero ensombreció su rostro, dejando entrever únicamente una mueca de satisfacción.

- Mi alma.

El mundo se apagó alrededor de la guerrera, un frío silencio la envolvió. Sintió una espada helada atravesándola por completo, con mayor inclemencia que el filo de cualquier arma terrenal. Su cuerpo se quedó rígido y su mente se inundó de pesadillas.

Le miró sin apenas aliento y antes de que sus labios pronunciaran una sílaba, el enano la silenció apoyando el índice sobre ellos, mimetizando su justificación.

- Fue mi decisión.

- No tenías derecho a hacerlo – dijo con rabia mientras las lágrimas fluían bravas.

- No me odies por intentar salvarte la vida. No era tu guerra. Nunca lo fue.

La gema comenzó a refulgir, exigiendo su coste. El enano la miró con pesar.

- Joya maldita, demasiado rápido reclamas tu precio.

Iriel le agarró con desespero, clavando su mirada.

- No me abandones. – Suplicó implorante.

- Siempre estaré contigo. – Respondió acariciando la herida de su costado.

- ¡No, no! Eso sólo es un patético espejismo. Eso no cubrirá el vacío de tu ausencia. ¿Qué pasará con tu reino? ¿Con tus sobrinos?

El enano acalló de nuevo sus preguntas acariciando sus labios y se acercó para susurrarle al oído.

- Te confiero a ti la misión de cuidar de todos ellos. Tú serás capaz de conseguirlo, mi Reina… - concluyó con un tierno beso en la mejilla.

La gema relampagueo de nuevo y esta vez nada se pudo hacer por detenerla. Los ojos del enano brillaron durante unos instantes con aquel hipnótico fulgor que caracterizaba al Corazón de la Montaña, para después apagarse por completo, absorbidos en el interior de la gema. El cuerpo del guerrero quedó vacío y se desplomó mientras la piedra rodaba por el terreno, orgullosa de haber reclamado su recompensa.

La caída de su cuerpo retumbó en sus oídos como un trueno salvaje y durante un instante sus lágrimas fluyeron en silencio. Mas cuando por fin reaccionó y se giró para mirarle, su cuerpo comenzó a temblar sin control y su lamento emergió de su garganta. Un alarido desgarrador que heló el corazón del mago y se extinguió por el valle. Era un sonido que ya había escuchado antes. El doloroso sonido de un alma que acababa de partirse en dos.

A pesar de que los enfrentamientos continuaron, nadie quedó ajeno a la tragedia. El ambiente se enrareció y todos presintieron que el mayor de los desastres había ocurrido. Sólo algunos reconocieron la identidad de aquella voz rota y los que lo hicieron, supieron al instante lo que había sucedido.

Un nuevo ejército decidió unirse a la batalla. Las águilas aparecieron surcando el aire desde las Montañas Nubladas. Gwaihir, Señor de las Águilas, comandaba aquel ejército aéreo, decantando finalmente la victoria a favor de las nobles razas de la Tierra Media. Orcos y trasgos vieron esfumarse sus malévolas intenciones, y huyendo como sucias ratas, se arrastraron por todos los rincones, intentando evadirse de la justicia celeste. Algunos lo consiguieron, arrastrándose moribundos hacia los agujeros de los que habían emergido, pero la mayoría perecieron allí bajo aquella sin par alianza de enanos, hombres, medianos, elfos, magos, aves y cambia-pieles.

El llanto agónico por la pérdida se vio interrumpido por los gritos de júbilo de los supervivientes, el huracán desplegado por las aves y la marcha desesperada de sus enemigos. Sólo algunos evadieron aquella sensación de triunfo, pues sospechaban lo que había sucedido dentro de sus fronteras.

Ajena a todos estos acontecimientos bélicos, la atención de Iriel fue captada por la gema, que refulgía junto al cadáver vanagloriándose de aquel despiadado acuerdo. Un odio incontrolable se apoderó de la chica.

- ¡Devuélvemelo! – Gritó en vano sosteniendo el Corazón de la Montaña y comenzó a golpearlo contra el terreno, lacerándose los nudillos. - ¡Devuélvemelo!

- Iriel… - dijo el Istari con apenas un hilo de voz al ver a su compañera presa de la locura.

Mas nada respondió a su exigencia. El cuerpo del guerrero permanecía vacío y su esencia se había perdido para siempre. Su dolorosa pérdida centelleó en los ojos de la joven y, puesto que ya no tenía nada que perder, agarró un puñal afilado que descansaba en el terreno. El mago vio la desesperación en los ojos de la guerrera pero no tuvo tiempo de interferir para impedir el desastre.

- ¡He dicho que me lo devuelvas!

Pero aquel filo cortante no iba dirigido a su corazón, sino al culpable de su infortunio. Clavó el puñal en la Piedra del Arca con una furia casi sobrehumana y aquel gesto desesperado provocó una brecha en su coraza. Una explosión de luz emanó de la gema, un torbellino nacarado que envolvió los cuerpos de ambos y ascendió a los cielos. Iriel se arrojó sobre el cuerpo del guerrero, intentando protegerlo de lo que fuera que hubiera provocado. Cuando la luz se disipó y volvió a abrir los ojos, el escenario había cambiado.

Se encontraba sola, en medio de la nada, un vacío con un resplandor áureo. Miró en todas las direcciones, intentando encontrar algo que reconociera. Pronto el cuerpo del guerrero apareció ante sus ojos, pálido y transparente. Corrió hacia él para no perderle de nuevo, pero sólo consiguió atravesarle como una ráfaga de aire.

Fue entonces cuando se percató de que ella también había perdido su realidad, era tan sólo una sombra intangible, abstracta, etérea y pura. Era su alma la que había sido llevaba a ese lugar.

Una llama blanca se materializó en el epicentro de aquel lugar empíreo y con una voz sin sonido comenzó a comunicarse con ella.

- Pocos han sido los que han visitado este mágico lugar. Tu voluntad debe ser asombrosa para habérsete concedido la entrada.

Miró con odio aquella llama resplandeciente, aquel demonio que le había apartado de su felicidad. Contuvo su resentimiento y pronunció su mandato con rectitud, remarcando cada palabra.

- He venido para que me lo devuelvas.

La llama sonrió.

- ¿Y qué ofrecerás a cambio? ¿Tal vez tu alma?

- No. – Respondió de inmediato. La llama quedó confusa.

- ¿Qué será entonces?

- Nada. – Respondió serena. La llama enmudeció y después respondió con voz severa.

- Toda magia conlleva su precio. Toda acción debe responder por otra. Toda fuerza existe por otra que se le opone. El mundo se rige por este intercambio equivalente.

- Yo no pedí ser salvada, no tengo por qué pagar el precio.

- Pero lo que está hecho no puede deshacerse.

- ¿Por qué? ¿Quién dicta las reglas?

- ¡Iriel basta! - El enano había despertado en aquel lugar. Una cadena cristalina emergía desde el interior de su pecho llegando hasta el corazón de aquella llama misteriosa. – Sabía lo que estaba haciendo, no puedes arrebatarme mi última voluntad. Tú te sacrificaste por mí, no puedes privarme también de ese derecho.

Iriel sintió su voluntad quebrarse al oír las palabras del enano. ¿Qué sentido tenían ambos sacrificios si les privaban de permanecer juntos?

El enano se acercó y la miró a los ojos.

- Iriel, vete de aquí antes de que sea demasiado tarde. Regresa a nuestro mundo y disfruta de cada instante. Vive la vida que no pude concederte.

La llama coreó burlona tan romántica confesión. Iriel contuvo las lágrimas envuelta por la rabia.

- ¿Quién eres tú realmente? ¿Y qué es lo que ganas con todo esto?

La llama quedó pensativa. Iriel agarró la cadena que los unía y tiró del extremo de la llama. Aquello pareció molestarle pues respondió con palabras parcas.

- Tan sólo una estrella que escapó de la creación.

Iriel quedó insatisfecha con la respuesta y volvió a tirar de ella. Una fuerza electrizante recorrió a ambos.

- No toques el vínculo o tu alma se fundirá con él.

- Responde. – Dijo en esta ocasión el enano con una mirada desafiante.

- Una estrella no puede perdurar por siempre, su brillo se consume en cada anochecer. He pervivido durante decenios, tantos como alcanza mi memoria. Pero mi esencia no puede luchar contra las arenas del tiempo y desde el fin de la Primera Edad mis fuerzas comenzaron a apagarse. Muchas son las almas que me han alimentado con su vitalidad, haciendo que esta estrella encerrada en un cristal refulgiera sin descanso. Mi último siervo fue alguien a quien conocéis, aunque sea a través de las leyendas. Su nombre era Durin.

El enano enmudeció.

- ¿Durin? El Padre de los Enanos. – Exclamó la guerrera atónita.

- Hasta el fin de sus días intentó advertiros, - rió aquel espíritu - mas pobres necios, ninguno entendisteis su mensaje, por el contrario su presencia os atraía hacia mí cada vez más.

Todo cobró sentido. Iriel se detuvo unos instantes para entenderlo, y entonces miró al enano arrepentida.

- No era que te hubieras vuelto loco... simplemente no podías evitarlo.

- La sangre llama a la sangre. – Sentenció la llama.

El enano sintió aliviarse una carga en su interior. Ahora entendía por qué aquella fiebre del oro había vencido sus defensas y le había afectado sólo a él. No era que hubiera fracasado, era que no podía evitarse. Si lo hubiera sabido desde el principio, habrían cambiado tantas cosas... tal vez aquella guerra hubiera podido evitarse, tal vez ambos hubieran sobrevivido a aquella jornada. Suspiró desalentado, aquella insólita revelación de poco le servía ahora.

Iriel volvió a tomar el control de la conversación.

- ¿Y de qué os sirve prolongar esta existencia sin sentido? ¿Para qué perdurar hasta el fin de los tiempos aquí, atrapada en una prisión cristalina? Una estrella debe regresar al cielo.

La llama titubeó con aquella última afirmación. Algo se removió en su interior.

El firmamento.

La libertad.

Había olvidado aquel anhelante deseo. Encerrada en la roca de la Montaña Solitaria durante tanto tiempo, había arrinconado sus fracasados intentos por alcanzar su verdadera meta y había concentrado sus fuerzas en seguir existiendo, como una obsesión enfermiza.

Iriel intentó dirigirse a ella con una voz dulce y acogedora, pues al parecer, ellos no eran las únicas almas que sufrían bajo aquella cúpula.

- Tu existencia aquí será vacía y vana. Debes salir de esta burbuja.

- Yo no puedo salir de este lugar.

- Tiene que haber un modo de romper tus ataduras. No puedes resignarte, pues ya lo has hecho durante demasiado tiempo. El mundo está ahí fuera. Los dioses no te crearon para ser prisionera.

Aquella afirmación ahondó en su punto débil, aquella herida que perduraba en el tiempo.

- ¡Los dioses me abandonaron!

La llama estalló en cólera. Extendió su luz como el fuego y el alma del guerrero comenzó a relampaguear, gritando de dolor.

Iriel intentó protegerse de aquella ráfaga resplandeciente y se acercó hacia su origen para intentar calmar a aquella singular estrella. Conforme se aproximaba sintió su naturaleza resentirse pero los quejidos lejanos del guerrero le hicieron continuar. Avanzó con esfuerzo hacia ella mientras sentía su esencia evaporarse conforme se aproximaba. Cuando al fin la alcanzó envolvió con su cuerpo aquel fuego nacarado que había perdido el control, aun cuando el dolor comenzaba a hacerse insoportable, rezando por controlar aquella vorágine que los estaba desintegrando.

Fue en la proximidad del contacto cuando la Piedra del Arca se fijó en un detalle que había pasado por alto, una luz tan pequeña que aún no se había hecho patente. Su cólera se calmó y exclamó con una voz temblorosa y emocionada.

- Tú serás la llave de mis cadenas, mi puerta al otro lado.

Iriel la soltó sin entender a qué se refería. La llama brilló con mayor pureza mientras inundaba el lugar con una voz alienada.

- Al fin podré ver el mundo desde mis ojos. ¡Al fin seré libre!

Sin previo aviso, la llama atravesó a la chica en una explosión de luz, haciendo que la joven pusiera los ojos en blanco mientras toda su esencia relampagueaba sin control. Las cadenas que aprisionaban al enano se deshicieron, crujiendo como miles de cristales rotos y la escena comenzó a desdibujarse. El eco del enano llamando a su compañera se perdió en aquella sala mientras desaparecía.


Junto a los pies de la montaña, los minutos pasaron con lentitud. Un torbellino se formó alrededor de la torreta de luz y a continuación una explosión inundó el campo de batalla, derribando a quienes se habían acercado al extraño fenómeno. Gandalf protegió al mediano de la onda expansiva, mientras a su lado caían los cuerpos de Dwalin, Bofur y los jóvenes príncipes. Bardo y Thranduil se habían protegido del huracán clavando sus espadas en la tierra y arrodillándose junto a ellas. Beorn contrarrestó aquella fuerza desmedida clavando sus garras en el terreno.

Tras la explosión aquella luz cegadora comenzó a aminorar su intensidad dibujando una silueta en pie. Aquella sombra pronto tomó forma y la brisa de la montaña ondeó su abrigo y sus trenzados cabellos, mostrando con orgullo la majestuosa apariencia del Rey Bajo la Montaña.

El enano apenas tuvo tiempo de abrir los ojos y exhalar de nuevo el aliento de la vida, pues sus sobrinos se abalanzaron sobre él llorando como infantes al ver a quien consideraban un padre de nuevo frente a ellos.

El resto de los enanos, incluidos los de las Colinas de Hierro, vitorearon al ver a su líder en pie. Tan sólo el mediano se percató de que la luz había traído a otro individuo. Corrió al ver el cuerpo de su compañera en el suelo y se apresuró a comprobar su pulso. Iriel despertó en cuanto sintió la presencia de Bilbo, que se abalanzó sobre su cuello antes siquiera de que pudiese incorporarse. Se masajeó las sienes con la palma de la mano mientras su mente seguía aturdida, sin comprender dónde se encontraba ni lo que había sucedido.

Los enanos rodearon a Thorin, y Bilbo, Bardo y Beorn hicieron lo propio con la guerrera. En aquel momento las miradas de los amantes se cruzaron. Ninguno cambió su gesto. Ninguno pronunció palabra. Sólo el silencio perpetuando aquel enlace entre ambos. Y es que nada restaba por decir, pues en aquel instante comprendieron que ningún obstáculo podría interponerse entre sus sentimientos, pues ni la muerte había conseguido separarles.

El mago se percató de un detalle que los demás habían pasado por alto. Se agachó para recoger los pedazos de la Piedra del Arca, que ahora se mostraba vacía, quebrada y sin brillo, y se la entregó al rey enano.

Thorin la miró durante unos instantes y supo exactamente lo que debía hacer. Al ver su gesto decidido todos guardaron silencio a su alrededor. El enano dio un paso al frente, observando a los valientes que habían combatido a su lado, líderes de cada reino.

Partió la gema que había provocado aquella batalla sin sentido en cuatro pedazos, entregando el primero a Bardo, para forjar una alianza con la raza de los hombres. Un segundo fragmento fue a manos de Bilbo, pues su gratitud hacia él y la admiración que le había hecho despertar hacia los hobbits no desaparecerían aunque pasaran los años. Por último, dejando atrás el rencor y el orgullo, extendió su mano para ofrecer el tercer fragmento a quien había odiado durante décadas, al soberbio Rey del Bosque Negro, que en aquella ocasión había luchado heroicamente a su lado y había protegido a los suyos. Thorin le dedicó una mirada de agradecimiento e inclinó su cabeza hacia él sin pronunciar palabra. Thranduil aceptó el obsequio y le devolvió la reverencia con una sonrisa sincera. Atrás quedaban sus disputas y sus diferencias.

El Rey Bajo la Montaña guardó el último fragmento para él. De esta forma, aquellos fragmentos inertes forjaban una alianza entre cuatro nobles razas de la Tierra Media. Hombres, elfos, enanos y medianos recordarían aquel día en el que se habían separado a causa de la codicia y se habían unido para pelear contra la oscuridad. Aquel día sería recordado entre los habitantes de todos los reinos, evocando lo sucedido para que en lo venidero no volvieran a cometer los mismos errores, dejándose guiar por deseos egoístas.

El sufrimiento de la batalla quedó ahogado por el clamor de la victoria. Hombres y elfos se abrazaron, lloraron y sonrieron. Los enanos gritaron y cantaron hasta que perdieron la voz, envueltos en la euforia y la alegría de aquel momento que parecía irreal.

Juntos se dirigieron hacia la montaña, muchos de ellos portando a los heridos. Levantarían un campamento en su interior para tratar a los supervivientes, para que las bajas no aumentaran en demasía. Hombres y elfos portarían sus provisiones.

Era la hora del renacer de un reino. Aún quedaba mucho por hacer.