Madre mía... muchos ya pensaríais que nunca más aparecería por aquí, ¿no? -_-
Antes de presentaros el nuevo capítulo os debo una pequeña explicación y algún que otro apunte.
Primero, disculpad esta colosal demora...
Mi intención siempre fue finalizar la obra en febrero, cumpliendo exactamente dos años desde su inicio.
Lamentablemente a veces ocurren cosas que trastocan nuestra vida por completo, la vida te cambia en un segundo sin darte tiempo a reaccionar y adaptarte, y durante meses no me sentia anímica ni mentalmente capacitada para escribir nada, así que lo fui dejando pasar. Con el paso de los meses las aguas volvieron a su cauce y recuperé un poco la estabilidad, pero entonces me inundó el trabajo y de nuevo tuve que posponer esto.
Y aquí estamos, casi en julio, tras 8 meses de parón (madre mía... nunca pensé que se me fuera a alargar de estas maneras...)
Y el apunte más importante que quería haceros es que, aunque lo prometí y es lo que todos estábais esperando -_-U éste no es el capítulo final.
Tras la batalla de los Cinco Ejércitos quería dejar zanjados muchos asuntos, y como siempre se me ha ido alargando y ha sido imposible meterlo en un sólo capítulo. No sé si aparte de este habrá uno o dos más (depende de lo que me vuelva a liar conmigo misma), lo que sí os digo es que me voy a poner a ello en serio y no pretendo demorarlo mucho más (la idea es publicarlo todo el próximo mes... pero tampoco puedo prometerlo)
Y por último, sé que todos esperáis un capítulo feliz, que nuestros protagonistas vivan felices y coman perdices por siempre, pero si somos coherentes al canon, me daréis la razón es que la cosa no puede ser tan sencilla...
Ha pasado mucho tiempo y probablemente ni siquiera recordéis lo que ocurría en el capítulo anterior xDDD. El capítulo que os presento es principalmente de transición porque nos ubica en los días posteriores a la batalla, en plena reconstrucción y preparativos de la toma de posesión. Ya os aviso desde aquí, para evitar sorpresas y decepciones, que no es precisamente alegre, quedan problemas por resolver y algún otro que acaba de presentarse. Espero que entre eso y la demora no me odiéis en exceso -_- (mucho pedir será eso...)
Guest: pff... xD tras 8 meses no me atrevo ni a contestarte... lo siento...
Nuan: No sé si a ti te pasaría, pero yo te aseguró que sí que lloré como una loca durante la película, y que los días posteriores bien parecía un alma en pena pululante. Bueno aún te queda algún capítulo más antes de echarla de menos :P
Erinia: Uff... creo que la mayoría de las cosas ya las comentamos en privado en su día. Es difícil escribir sobre batallas cuando no se está muy acostumbrado, y como dices, quería mostrar esa visión real tan cruda, alejando la idealizada que se nos presenta en la gran pantalla.
Reconozco que lo del radar se me escapó completamente xDDD prometo corregirlo jajaja.
Bueno, para no terminar de cuadrar lo de mi flipadilla sobre la Piedra del Arca, has sido muy muy tolerante xD creía que te molestaría un poco esa parte. La seguiremos debatiendo y desarrollando en lo venidero, jejeje :P
linnetask: Sí, demasiadas emociones juntas xDDD como buena batalla final debía tener su tira y afloja del "me muero" "no me muero", me alegro de que al final te gustara, y no, no estabas alucinando, era esto lo que tenía pensado desde hace tiempo.
LoriKusadashi: Si en realidad llevo toda la obra anunciando que no me iba a cargar a nadie xD ¿de verdad conseguí inquietaros tanto durante el capítulo? Si son mi pareja favorita... no podía separarlos de esa forma (xD de otras sí, de esa tan irreversible no). Muchísimas gracias por tus palabras, me alegro de haberte trasmitido tantas emociones y espero que los capítulos finales tampoco te decepcionen.
Luna Asami: Mmm no sé si habrás llegado hasta aquí porque me dejaste el comentario en el capítulo 3 xD no obstante yo te contesto jejeje. Sí, llevar un casco todo el día debe resultar bastante asfixiante, la admiro por su resistencia.
AngelaGiadelli: jajajajaja no pasa nada, sé que te gustaba porque me recomendaste en el Poney :P así que no te des mal por dejarme el comentario tarde, bastantes frentes abiertos tienes ya xD ¡no sé como sacas tiempo para todo!
Bueno... presión de grupo... al final me habéis forzado a actualizar ya xD y eso que quería avanzar un poco de los siguientes... Un besito enorme ^^
Lunaykirin: Hola guapisima, pues menuda maratón debiste pegarte O_o. Realmente tu comentario me hizo muchísima ilusión, todas sus apreciaciones me sacaron los colores, no pensaba que fuera a impactarte tanto y que junto al de Erinia, ambos hicieran que te animaran a crear tu propia OC (tengo pendiente leerla, en serio, tengo el capítulo a mitad y me está gustando mucho!) A veces pienso que me enrollo demasiado en la parte de los sentimientos, pero es que cuando sale sola... me alegro de que tú también la compartas.
Bien! Otra más para el club de las románticas.
Han pasado muchas cosas a lo largo de la historia, muchas idas y venidas de Iriel y Thorin xD pero así son los auténticos culebrones. Espero que este capítulo te agrade, y desde luego si te gusta el angst xD aquí te regalo todo el que quieras.
Nanyuk: lo sé lo sé... U_U lo siento... pero ya ha llegado el momento :D (al menos un avance de la historia)
loki60: Tras encontrar la historia por wattpad cambiaste de plataforma para continuar leyendo (yo también habría hecho lo mismo jejeje). Muchísimas gracias por todos los halagos que me dedicas. Realmente me ha hecho muchísima ilusión que la historia te haya impactado tanto y seas capaz de denominarla entre tus favoritas. No hay mayor ilusión para un escritor que el saber que sus palabras calan hondo en la gente. Respecto a lo de publicarlo... xD bueno ya se sabe lo que pasa con los fanfics, no? derechos de autor bla bla... si al menos puedo compartirlo por aquí y la gente lo disfruta tanto como yo escribiendo, me dio por satisfecha. Aquí tienes la continuación. Espero que la disfrutes.
Y sin más demora, os dejo con el capítulo. Espero vuestros comentarios aunque sea para renegarme :P
*~~~~~~* CAPÍTULO 39: DEMONIOS EN LA OSCURIDAD *~~~~~~*
Azog combatía con la fiereza de un demonio salido del mismo infierno. Su coraza de acero se adhería a sus músculos de tal forma que parecía que la pieza se hallara incrustada en su piel, conformando una defensa impenetrable y mortífera. El pálido orco había cambiado su miembro amputado por una hoja de dos filos capaz de sesgar hasta la roca de la montaña y su maza sanguinaria se había visto sustituida por una gran bola de hierro. Había arrinconado al rey enano de tal modo que la lucha se había convertido en un combate personal, un enfrentamiento a muerte entre gladiadores.
Thorin mostraba numerosas heridas de batalla, mas su orgullo y su coraje permanecían intactos. Miró al pálido orco con todo el odio que le profesaba y empleó todas sus fuerzas en contener sus ataques. Sin embargo, el cansancio que arrastraba melló sus habilidades, y tras numerosas esquivas, placajes y contraataques, la pesada esfera metálica impactó en el hombro del enano, fracturando su miembro, privándole así de su experimentada diestra. El enano gritó de dolor mientras el orco se jactaba de su triunfo y observaba con desprecio su derrotada figura.
Le propinó una patada en el pecho que lo arrojó sobre el terreno escarpado y se posicionó sobre él acercando su miembro afilado inexorablemente hacia su corazón. Thorin agarró con la zurda el filo que intentaba atravesar el núcleo de su existencia, obviando el dolor que la hoja, inclemente y ambiciosa, provocaba sobre su piel; mas su brazo no dominante poco podía hacer contra el de su enemigo, que se encontraba en plenas facultades y sobre una posición de ventaja. Vio cómo su filo se acercaba cada vez más a su carne, mientras su sangre se deslizaba por su mano y los ojos del pálido orco relampagueaban de placer. Sintió el sudor resbalar por su garganta, el dolor de su hombro nublar su vista a causa de las esquirlas de hueso clavándose en su interior y la frustrante impotencia de no poder hacer nada para escapar de su suerte. El pálido orco se mofó de su resistencia y, aunque estaba disfrutando con su agonía, decidió concluir aquella rivalidad tan longeva con una última embestida que le perforó el pecho.
Thorin ahogó un grito y sintió que la herida le succionaba el aliento, pues ardía a la par que sangraba sin remedio. Creyéndolo todo perdido, sucumbió a la rabia de la venganza y así sujetó la hoja que le atravesaba. Con una fuerza nacida de su agonía derribó al gran orco, intercambiando sus posiciones. Soltó aquel filo para sujetar un puñal que aún conservaba en su cinturón y clavarlo directamente en la garganta de su rival.
Ambos permanecieron en silencio, luchando por respirar, mientras su sangre se derramaba gota a gota, sin soslayar la mirada, impacientes por descubrir cuál de los dos abandonaba este mundo más rápido.
El latido de sus corazones retumbaba en sus oídos. Un latido turbulento y errático, haciendo gemir a un corazón que cada vez bombeaba con menos fuerza, que cada vez movilizaba menor cantidad de sangre, hasta que finalmente, optó por detenerse, arrastrando en soledad al enano hacia un cruel e inmerecido descanso eterno.
Iriel despertó con un grito que salió de lo más profundo de su garganta. Su cuerpo tembló sin control a la par que sus lágrimas fluían violentas e incontenibles, mientras su juicio era incapaz de discernir la realidad de la intensa angustia que la poseía. Tan sólo cuando escuchó la serena voz de Bilbo comprendió que se trataba de una pesadilla. Una más.
El mediano la abrazó hasta que su cuerpo mitigó su descontrol, su miedo irracional se apaciguó y su respiración volvió a sosegarse. Fue entonces cuando le respondió el abrazo, envolviéndole con agradecimiento, sintiendo sus lágrimas caer silenciosas hasta detenerse con suavidad.
Noche tras noche revivía los tormentos de la guerra. Había visto morir a todos y cada uno de sus compañeros. Había visto a Fíli ser atravesado sin clemencia por una espada orca mientras sus enemigos se resarcían orgullosos. Había gritado al ver a Kíli correr la misma suerte, al ver el brillo de sus ojos extinguirse mientras intentaba, en vano, alcanzar el cadáver de su hermano. Había visto a Bardo perecer junto a los elfos, con una flecha atravesando su corazón. Incluso había visto al mediano descuartizado por una horda de indeseables. Había perdido la cuenta de todas las muertes que había presenciado, pues había visto morir a sus seres queridos de todas las formas que su macabra imaginación era capaz de concebir, con desenlaces cada vez más cruentos mientras su dolor cada vez se sentía más auténtico.
Pero no sólo presenciaba escenas ficticias, rememoraba todas y cada una de las atrocidades que había presenciado ante sus ojos, todo cuanto quería olvidar. Recordaba los rostros de todos aquellos que habían muerto a su lado, y ahora sus imágenes volvían para hostigarla, creyendo ver sus almas atormentadas recriminándole su suerte, culpándola por no haber impedido su fatídico desenlace. Pero sin duda alguna, lo que la devastaba eran las noches en las que era obligada a presenciar la muerte del enano, aquel por el que lo había sacrificado todo. Esa visión le dejaba un sabor amargo junto a una sensación de vacío que todavía le costaba manejar.
Thorin tenía razón cuando le advirtió en la Armería. Las peores cicatrices de guerra no son las que tatúan tu cuerpo, sino aquellas que no pueden encontrarse a simple vista.
- Tienes que decírselo – la instó Bilbo sentado junto a su cama.
Iriel negó con la cabeza. Se negaba a confesar aquella dolencia irracional. No quería que nadie supiera de su trastorno. Aquel vergonzoso mal que la convertía en una chiquilla asustada en cuanto cerraba los ojos. Es por ello que en su descanso rehusaba otra compañía que no fuera la del mediano, pues su orgullo era incapaz de permitir que ningún otro supiera de su debilidad y la soportara en tan humillante estado.
- No es nada, se me pasará.
Eso pensó en un principio, que aquel tormentoso estado sería temporal, que conseguiría adaptarse a ello y las pesadillas tarde o temprano se esfumarían, pero habían pasado ya dos semanas, que en su dolencia bien se habían antojado largas e inacabables, como si en realidad hubiesen pasado meses; y aquella insana situación no hacía más que empeorar. Cada mañana en su despertar, Iriel había llorado hasta vomitar, asfixiada por aquellas imágenes nocturnas hasta el punto de temer conciliar el sueño. Recientemente había intentado combatir este mal evadiendo su descanso, pero el agotamiento acababa por dominarla y cuando la vigilia la abandonaba se sumergía de nuevo en aquel mar de pesadillas, sin saber qué nueva atrocidad la esperaría en la oscuridad. Aquellas noches le comportaban un descanso turbulento y fraccionado y ello repercutía en sus reacciones. Durante el día, sus nervios afloraban con cada estímulo y sus lágrimas reaccionaban casi en cada conversación. Ello le había obligado a aislarse en los últimos días, limitando sus coloquios, concentrada en tareas que requirieran de su atención para que su mente no divagara sin permiso. Pasaba la mayor parte del tiempo con la mente ocupada, perdida entre las viejas estanterías, imbuyéndose de las páginas que caían en sus manos. Incluso se había aventurado, muy temerariamente, al estudio de aquella lengua tan bien guardada, el khuzdul, pero había declinado rápidamente por su complejidad y por lo impronunciable de la mayoría de sus vocablos. Embotada tras tanta lectura que pretendía mantener alerta su entendimiento, hizo a bien aventurarse tras una puerta que guardaba un tesoro poco resplandeciente. Encontró refugio entre los viejos instrumentos reales y sus partituras tintadas sobre encuadernaciones de púrpura y dorado. Allí descargaba a menudo la necesidad de gritar, deshaciendo ese nudo en su garganta mediante acordes y arpegios, una práctica menos demente si era descubierta por azar por algún curioso que aullar de desespero rasgando el aire a su paso.
- No tienes que avergonzarte. Él lo entenderá. Él mejor que nadie – insistió de nuevo.
Iriel no respondió esta vez, para ella el asunto estaba zanjado y se encontraba demasiado cansada para seguir discutiendo, aquel estado de ansiedad siempre la dejaba exhausta. Tumbada sobre su lecho, con la estela de las lágrimas en sus mejillas, decidió perderse entre las caprichosas formas que las vetas de mármol verde habían formado junto a las lámparas, entre recuerdos obsoletos y canciones que no vienen a decir nada. Simplemente cerró los ojos, pero esta vez para soñar despierta. Suspiró despacio y recordó aquellos ojos que antaño alejaban sus pesadillas. Rememoró su voz y su serena respiración cuando dormía a su lado, aquellos días en los que nada importaba salvo ellos.
Perderse entre sus recuerdos no iba a aportar soluciones a sus problemas y quedarse allí, entre las sábanas, no alejaría a sus demonios. Iriel abrió los ojos dispuesta a comenzar un nuevo día. A pesar de que aquella alcoba carecía de ventanas, estaba segura de que fuera las luces ya habían rayado el alba.
Se encaminó hacia el aseo, donde se frotó los ojos con agua tibia borrando los rastros de su llanto. Miró las ojeras que surcaban su rostro en el espejo dorado que colgaba en la pared. Como cada día, cogió un pigmento amarillento para neutralizar el tinte violáceo bajo sus ojos, ocultando sus estragos, intentando que su aspecto pareciera algo más saludable. Salió de la habitación en dirección a la cocina acompañada de Bilbo. El mediano había preparado pastelitos rellenos de arándanos el día anterior.
- Vamos a probar tus delicias antes de que los enanos acaben con todas las existencias. – Le dijo sonriendo a su compañero, la expectativa de un sabroso desayuno hizo que su humor mejorara un poco.
De camino se cruzó con Thorin, que caminaba hacia los niveles inferiores acompañado de su primo Dáin y de otros enanos que no conocía. Ambos se dedicaron una mirada furtiva mientras continuaban su camino.
Suspiró tras dejar atrás al enano. Todo habría sido muy distinto días atrás, antes de tomar aquella decisión por voluntad propia. Pensó de nuevo en sus pesadillas. Era obvio por qué no podía decírselo al enano.
La misma noche que finalizó la batalla, los supervivientes se concentraron en ocuparse de los heridos, posponiendo sus celebraciones hasta el momento adecuado, pues en la lucha por la supervivencia el tiempo es un bien preciado.
Los enanos crearon un campamento en uno de los grandes salones de la fortaleza. Elfos y hombres ayudaron a acondicionar el lugar con todo lo que tuvieran a su alcance. Mantas, ropa y medicinas fueron llevadas inmediatamente de las reservas de Érebor y también del campamento élfico. Thorin entregó sin recelo el oro de sus arcas para comprar víveres y cualquier otro sustento necesario. Un puñado de elfos, liderados por Légolas, cabalgó en dirección al Bosque Negro para conseguir ayuda y provisiones.
Aquella noche pasó deprisa, o despacio, según el partícipe de su propia historia. Muchos de los que habían sobrevivido portaban heridas graves, o heridas menores que podían complicarse si no recibían el tratamiento adecuado. El problema era que los que podían socorrerles se hallaban extenuados por la contienda, y aunque lo intentaron, su esfuerzo no fue suficiente.
Por miedo a perder más vidas inocentes, los elfos que se habían quedado en la fortaleza decidieron trasladar a algunos de los soldados a las ruinas de Valle, donde el pueblo de Esgaroth se había asentado lo mejor que había podido dejando atrás las ruinas de su pasado. Mujeres y viejos facultativos se hallaban allí, al cobijo de la noche y el frío del invierno, dispuestos a socorrer a sus valientes. Bardo tuvo que quedarse, pues la batalla le había pasado factura y su movilidad se había visto reducida.
Los enanos de las Colinas de Hierro prefirieron quedarse en la fortaleza, y aunque con reticencias por parte de algunos, fueron atendidos por los elfos, pues sus bajas eran las menos cuantiosas y sus fuerzas y conocimientos los más idóneos para la situación.
Tauriel decidió encargarse de los que presentaban signos de infección o envenenamiento. Iriel, Bilbo y Óin se quedaron junto a ella, ayudándola a preparar sus ungüentos, sujetando a los guerreros que se agitaban por el delirio, por las noxas nocivas que recorrían el interior de su cuerpo. Iriel se atrevió a suturar algunas de las heridas, las que amenazan con comprometer la vida si la hemorragia no se cohibía.
Por su lado, el resto de los enanos se encargaron de estabilizar las fracturas, tarea ardua aun para los más fornidos, pues debían luchar contra la fuerza bruta de sus compañeros que se resistían al dolor que les comportaba recolocar los fragmentos desplazados.
Así pasó la noche tras la victoria, cada uno encargado en su tarea, limpiando las heridas de los menos afortunados, suturando los cortes, entablillando las fracturas e intentando controlar la fiebre de los que ya habían caído presas de la infección a causa de aquella violenta y séptica contienda.
Iriel y Bilbo se quedaron dormidos en aquel improvisado hospicio, recostados sobre la mesa que habían utilizado como dispensario. El resto les fue acompañando, hasta que al día siguiente el alba anunció una nueva jornada.
Los elfos del Bosque Negro aparecieron con las primeras luces, portando carromatos cargados de comida. Todos les recibieron con júbilo y aquel preciado sustento fue repartido sin demora entre todos, pues sus estómagos reclamaban su parte ante tan prolongado esfuerzo.
Una formación de elfos acompañaba a la comitiva, encargada de relevar a los suyos y hacerse cargo de los heridos. Todos agradecieron que se les delegara de su tarea, pues aunque con mayor fortuna, todos habían participado en aquella caótica contienda y sus cuerpos habían sido forzados hasta el extremo. Era hora de descansar y ser atendidos por quienes se encontraban ilesos.
Thorin no permitió que nadie se encargara de sus heridas hasta que todos sus compañeros hubiesen sido atendidos. Tras aprovisionarlos de los vendajes necesarios, volvieron a reunirse de nuevo, formando corrillos con los que tuvieran mayor afinidad. Poca duda cabe que los elfos se reunieron entre los suyos y los enanos, aunque agradecidos, se mantuvieron a distancia con su propia celebración. Dáin se quedó junto a su primo, bromeando acerca de lo sencillo que le había resultado rebanar las cabezas de los orcos y lo que había disfrutado con ello. Thorin agradeció su preciada intervención brindándole una pipa con un puñado de hierbas de las mejores reservas de su abuelo, acompañada de una refrescante jarra de cerveza. Allí fumaron y dialogaron largo y tendido, recordando hazañas compartidas e historias cotidianas de sus anteriores encuentros.
Mientras tanto, al otro lado de la fortaleza, Iriel y Bilbo despertaban con el ruidoso ambiente que se había formado a su alrededor. Sus compañeros les habían dejado una taza caliente preparada y un agradable desayuno. Bilbo se despertó deprisa, pero cuando Iriel fue a imitarle, una electrizante sacudida la traspasó de arriba abajo. Tuvo que contener un gemido. Le dolía cada músculo, tanto que apenas podía moverse. Tauriel se percató de su rostro contraído y se ofreció a examinar sus lesiones. La elfa la llevó a una estancia aislada y la desvistió por completo para examinar los daños provocados. Aparte de moratones, laceraciones y algún corte limpio, no demasiado profundo, no había mucho más que lamentar. Iriel examinó las heridas que el miembro amputado de Azog había provocado sobre su pecho, pero en su piel no había rastro alguno de su pernicioso ataque, ni siquiera una pequeña cicatriz, algo que no supo si debía interpretar con motivo de alegría o inquietud.
- Los Valar han sido benevolentes contigo. No tienes nada que debas lamentar.
- ¿Y por qué me duele todo el cuerpo? Apenas puedo moverme.
La elfa palpó sus muslos y al apretarlos bajo su tacto Iriel sintió cómo aquel dolor se desencadenaba. Aquello confirmó el diagnóstico.
- Tu cuerpo fue forzado hasta el extremo en la lucha, tus músculos siguieron moviéndose para conseguir tu supervivencia a pesar de haber alcanzado su límite, agotando todas sus reservas. Sus contracciones forzosas desgarraron algunos de sus elementos y ahora debes esperar que su interior los regenere y sus reservas se repongan.
Iriel resopló con fastidio y volvió a vestirse. No le quedaba más remedio que aguantarse hasta que su organismo decidiera volver a la normalidad. Con cierto esfuerzo se acercó de nuevo al bullicio, dispuesta a disfrutar al menos de una comida caliente junto al mediano. Se percataron de una figura solitaria al otro lado de la habitación. Su vigoroso tamaño destacaba en la estancia, a pesar de estar adoptando forma humana y portar ropas corrientes. Iriel y Bilbo decidieron acercarse a Beorn para brindarle un poco de compañía amiga. Sabían que al cambia-pieles no le agradaban demasiado las grandes aglomeraciones, por ello decidieron alejarse a una zona menos concurrida, aunque para ello tuvieran que recorrer la gran escalinata que comunicaba con el nivel principal.
Nada más descender el primer escalón la joven sintió la dolorosa contracción de su cuádriceps, que se extendió por todo el muslo, haciéndole contener el quejido a duras penas con la contracción de su mandíbula. Beorn se giró al ver que la mujer se retrasaba y observó su rostro contraído y el temblor en su pierna.
- ¿Qué secuelas os ha dejado esta guerra?
- Al parecer ninguna grave – masculló la guerrera mientras intentaba descender el siguiente peldaño.
El medio oso la miró escéptico.
- Quién lo diría a juzgar por cómo os desplazáis.
Iriel entornó los ojos y confesó la decepcionante verdad mientras se agarraba a la barandilla, intentando, sin éxito, hacer la maniobra menos dolorosa.
- Son agujetas…
Beorn la miró unos instantes mientras la guerrera evadía el contacto visual concentrándose en su descenso. Acto seguido el fornido varón emitió una sonora carcajada que retumbó en el eco de las canteras.
- ¡No tiene gracia! – Dijo temblando, mezcla del dolor y la rabia. Beorn se acercó, y sin permiso alguno, la levantó como si apenas pesara y cargó con ella en brazos. Iriel optó por no resistirse, pues aquel movimiento sólo le otorgaría dolor innecesariamente y el sujeto no la soltaría hasta el final de la escalera. Bilbo les seguía intentando contener la risa.
- Habéis salido prácticamente ilesa de una contienda letal, deberíais estar contenta.
- ¡Precisamente! Es decepcionante y sumamente vergonzoso haber sobrevivido a la batalla y encontrarse limitada por una dolencia tan nimia. – Resopló desviando la cabeza a un lado. – No soy una principiante.
- ¿Habéis combatido en batalla antes? Me cuesta creer que con vuestra corta edad hayáis sido partícipe de muchas guerras.
- No, guerras no… - confesó - Emboscadas, contiendas entre patrullas, trifulcas entre rufianes, guardas apostados en sus fortalezas…
- Entonces sí sois una principiante.
Iriel hizo ademán de replicarle, pero comprendió que el medio oso tenía razón. Nunca había combatido durante tantas horas ni ante tal cantidad de aliados y enemigos, así que probablemente tenía bien merecido el límite que le había marcado su cuerpo. No replicó nada más y asintió agradecida cuando Beorn volvió a dejarla en el suelo.
Acompañaron a Beorn hacia las cuadras, donde descansaba el caballo blanco, que no había participado en la lucha, y los corceles que habían sobrevivido. Iriel acarició las crines de su fiel compañero mientras Beorn se dedicaba a examinar las lesiones del resto. Algunos llevaban vendajes y entablillados en las patas, señal de que los elfos no los habían olvidado entre los heridos. Se quedaron allí largo rato, el cambia-pieles parecía preferir la compañía de los animales que la del resto de la fortaleza.
No fue hasta bien entrada la tarde cuando todos decidieron reunirse en uno de los salones principales.
El principal foco de algarabía lo constituían los miembros de la Compañía de Escudo de Roble. Óin dialogaba a gritos con su hermano, que reía mientras le golpeaba la espalda. Ori y Dori escuchaban con atención los pintorescos parloteos de Bofur, en los que no perdía ocasión de burlarse, siempre desde la fraternidad y lejos del mal gusto, del sobrepeso y el insaciable apetito de Bombur y la excéntrica personalidad de su primo. Kíli y Fíli mantenían su propio coloquio con Nori, lamentándose de que, tras haber salido vivos de tan dispar contienda, no hubiera féminas por los alrededores para admirar sus heroicidades y con las que compartir una celebración algo más… personal. Sin embargo aquella carencia no melló su entusiasmo. Las reservas etílicas de la montaña corrieron de mano en mano en aquella mesa apartada, a pesar de no ser demasiado numerosas, pues los elfos, con buen juicio, habían decidido transportar a la montaña comida y otros fluidos más necesarios y menos nocivos para su organismo.
En una mesa algo más ornamentada, situada en el centro de aquel majestuoso salón, se hallaban el resto de los miembros más ilustres del linaje de Durin. Dwalin, Balin, Thorin, Dáin y algunos de sus generales más destacados conversaban amigablemente mientras se servían algunas pintas de cerveza de la montaña, con más moderación que sus compañeros de andaduras, pues tras tantos años reposando en las bodegas aquel elixir se había convertido en una bebida añeja, posiblemente fermentada en demasía, con un embriagador efecto aun en cantidades limitadas; y a juzgar por las risas, las triviales conversaciones y la tonalidad distendida, sus compañeros ya habían sobrepasado aquel límite. Gandalf no tardó en unirse a aquella congregación de sangre real, compartiendo la faltriquera de hierbas en la que guardaba su mejor tabaco.
El resto de los enanos que se apostaban en la fortaleza, pertenecientes a las Colinas de Hierro, se agruparon en otros rincones, aunque muchos de ellos decidieron hacer compañía a los heridos. Bardo se encontraba entre la escasa multitud de hombres que no se habían trasladado a las ruinas de Valle. Cansado y dolorido por las lesiones, decidió acomodarse junto a los elfos, pues sus costumbres tranquilas y prudentes mitigaban el dolor de cabeza creciente que le taladraba las sienes cada vez que se acercaba a los enanos.
Tras haber disfrutado de la agradable compañía de Beorn, que decidió retirarse a las afueras de la montaña para disfrutar de la suave brisa invernal y el efímero fenómeno del ocaso, Bilbo e Iriel entraron con discreción en el gran salón, pero sus compañeros, con varias copas de más, les recibieron con vítores exagerados, brindando con sus jarras vacías. Kíli y Fíli se incorporaron presurosos hacia ellos, pues apenas se habían visto durante las labores de socorro a los heridos. Les abrazaron y les elevaron unos palmos del suelo, provocando que todo el salón desviara su atención hacia ellos. Bilbo e Iriel se deshicieron de aquel abrazo como pudieron. La joven no pudo evitar exhalar un grito, pues su cuerpo se resentía cada vez que se movía, y aquel abrupto encuentro no había sido precisamente indoloro.
Tras haber captado la atención de los allí congregados y provocar cuchicheos entre la masa, Bofur decidió robarles protagonismo a los medianos y distraer la atención del salón subiéndose a la mesa. Allí comenzó a canturrear una tonadilla pegadiza mientras el resto le seguían marcando el ritmo con las palmas y golpeando sincrónicamente el suelo con sus botas. Bifur acercó un par de sillas a la mesa para los nuevos invitados y la Compañía se amontonó para hacerles hueco.
Pronto el salón volvió a centrarse en sus conversaciones, mientras de fondo seguían escuchándose las disparatadas canciones del enano jubiloso. Pero aquella intrusión no pasó desapercibida para el líder de las Colinas de Hierro.
- ¿Quién es esa mujer a la que tan efusivamente saludan tus sobrinos? – preguntó Dáin extrañado ante aquellas confianzas.
Balin fue el primero en contestar.
- Se llama Iriel. Es miembro de la Compañía de Escudo de Roble. Se unió a nosotros cuando partimos a conquistar la montaña.
- Cuando ninguno de los nuestros apostó una moneda por esta expedición. – Recalcó Dwalin un tanto malhumorado. Todavía tenía grabado a fuego el rechazo de los suyos en la reunión de Ered Luin en la que Thorin formó parte. Dáin prefirió hacer caso omiso a su comentario.
- Su complexión es menuda y su rostro lampiño. ¿De quién desciende esta extraña enana?
- Ella no es enana. – Contestó Thorin mientras perdía su mirada en su silueta distante, contemplando cómo su risa fluía lejana y liviana junto a las celebraciones de los suyos.
- ¿Cómo? – Preguntó Dáin sin comprender - ¿Y por qué decidió acompañaros?
Gandalf intervino en la conversación.
- Debo confesarme culpable de tal circunstancia. Yo convencí a Thorin de que aceptara a los dos en su empresa. – Dijo señalando también a Bilbo - Los medianos son gente humilde y cotidiana, que no acostumbra a meterse en problemas, pero cuando la situación lo requiere, se convierten en aliados incuestionables, siempre leales a su palabra.
- ¿Medianos? – Rió Dáin – ¿Esos hombrecillos de la Comarca son los que decidieron acompañaros?
A Gandalf le pareció cuanto menos curioso que aquel enano, de apenas cuatro pies de altura, se dirigiera a sus compañeros con tal apelativo, fingió toser a causa del humo para disimular una pequeña risotada y continuó.
- El señor Bolsón aceptó a regañadientes el compromiso, pues su espíritu temerario y aventurero estaba muy enterrado en sus costumbres, aunque finalmente su incorporación resultó de gran acierto y sus intervenciones salvaron a estos enanos de más de un lío. – Dijo sonriendo hacia sus compañeros. – La señorita Tarvelian fue más fácil de convencer. Siempre le han atraído las aventuras.
- ¿Habéis dicho Tarvelian? ¿No es un apellido del pueblo de Rohan?
- Vuestras referencias no os engañan, mi querido Dáin. Efectivamente, Iriel porta el apellido de su madre, una mujer perteneciente a una familia destacada, asentada en una de las aldeas de los límites de poniente de Rohan. – Dáin le miró con desconcierto – Oh, ¿no lo habéis notado? Ella es mestiza.
Dáin arrugó el ceño instintivamente, pues aquello le horrorizó. La idea de mezclar razas siempre le había parecido antinatural, disparatada y, dependiendo de la mezcla, hasta abominable. Cada pueblo debía confraternizar con los suyos, preservar su sangre y su nobleza.
- Menudo disparate. Una mujer con un mediano, ¿a quién se le ocurrió semejante majadería? – Y mirando a sus soldados se aventuró a proseguir aquella mofa con sus habituales y toscos modales - Me pregunto cómo habrá sido capaz de montar a su esposa y engendrar un hijo, cuando ese infeliz apenas es capaz de alcanzar sus faldas. – Dijo riendo con las fauces de par en par, emitiendo un sonoro eructo como colofón final. Sólo sus hombres se unieron a sus carcajadas.
Al ver que el resto no acompañaba sus risotadas, especialmente su primo, cuyo semblante parecía extrañamente serio y molesto en aquel momento, prosiguió.
- Vamos, seguro que todos os lo habéis preguntado. Eso es lo que pasa cuando se decide ir contra la propia naturaleza. Las razas no deberían mezclarse.
- Mi querido Dáin, debo discrepar – respondió resueltamente Gandalf mientras exhalaba el humo de su pipa – yo creo que todas las razas existen en nuestro mundo por un motivo, y que cada criatura tiene algo especial que ofrecer al resto. A veces el amor aflora en los encuentros más insospechados. Si ésa fue la voluntad de esos sujetos no veo error alguno en su enlace y nadie salvo ellos tiene derecho a juzgar esa decisión. El amor ignora barreras que la razón no entiende. – Y haciendo una breve pausa prosiguió antes de que el enano pudiera replicarle - Y si me disculpáis, me retiro a descansar. Este viejo mago todavía no se ha recuperado de todas las leguas que ha recorrido en las últimas jornadas – Y acto seguido consumió el último sustento de su pipa y se despidió con una leve inclinación de cabeza.
Cuando se hubo marchado, Dáin agarró la jarra de cerveza y se aproximó a Thorin bajando la voz, por si el mago todavía pudiera oírle.
- Paparruchas… estos magos tienen por oficio hablar más de la cuenta, llenando de pájaros la mollera de quienes les escuchan hasta que consiguen enredarlos. Mala idea es relacionarse con asuntos de magos, mi querido primo. Mala idea.
Thorin hizo ademán de replicarle, pues aunque estaba de acuerdo en que el mago hacía a menudo lo que se le antojaba, bien sabía que su empresa nunca hubiese tenido éxito sin su ayuda. Sin embargo, Dwalin intercedió, desviando la conversación a cuestiones triviales y aprovechó la afamada reputación de Pie de Hierro sobre la fuerza de su brazo para retarle a un pulso bajo la atenta mirada de sus soldados.
Thorin aprovechó para ausentarse. La reciente conversación había agriado su humor. Sabía de los modales de su primo y sus múltiples comentarios burlescos, a los que a menudo restaba importancia, pero aquella apreciación le había ofendido en lo personal. Desechó la idea de discutir con él, pues sabía de su terquedad y puesto que aquella conversación probablemente desencadenaría una acalorada disputa, no creyó conveniente forzar aquella situación en aquel momento de celebración, tras haber sido ayudado por su ejército, en el que había perdido a muchos de sus hombres por su causa.
Thorin se acercó con semblante serio a aquella mesa apartada, dispuesto a diluir aquella sensación agridulce por medio de su sonrisa y su voz jovial, pero vio su plan fracasar al encontrarse a ambos medianos dormidos sobre la mesa, habiendo sucumbido al cansancio y a los efectos soporíferos del alcohol. Les miró con ternura y mandó que se les llevara a sus aposentos sin despertarles. Bifur y Nori se ofrecieron a la tarea, cargando en brazos a ambos sujetos. El Rey Bajo la Montaña decidió quedarse allí hasta bien entrada la noche, dialogando con sus sobrinos, con los que se sentía más cómodo y cercano, y cuando las palabras se apagaron y estos se fueron a dormir, el guerrero aún postergó su descanso, fumando en soledad mientras contemplaba el fragmento vacío de quien había sido el causante de su delirio.
La Piedra del Arca yacía en su mano, silente, diáfana, cual vulgar gema antes de ser tallada. Era extraño cómo su enfermiza obsesión se había disipado simplemente con su fractura. Aquella sensación que anudaba su pecho y su garganta se había desvanecido sin rastro, como si nunca hubiese existido. Misterioso e incomprensible poder el de aquel objeto nacido de la montaña. Rememoró la extraña presencia que habitaba en su interior pero su mero recuerdo le provocó un punzante dolor de cabeza y desistió de la tarea. Meditó un tiempo más sobre otros asuntos mientras las cenizas de su pipa se consumían, y con estas y otras preguntas que no se atrevió a formular, marchó finalmente hacia su descanso.
Thorin se despertó a media mañana sobre su lecho, lamentándose por haber dormido más de la cuenta, pero no se apresuró en salir de sus aposentos, sino que se permitió disfrutar durante un buen rato del tacto frío del agua de la montaña, dejando caer su refrescante contacto sobre su piel malherida y sus cabellos enredados. Hacía tiempo que no disponía de una jornada en la que el tiempo y la adversidad no corrieran en su contra. Trenzó sus cabellos humedecidos mientras elegía las prendas con las que cubrirse. Sonriente, con un aspecto impecable y regio, salió de su habitación en dirección a la alcoba de su doncella, con la que aún no había podido encontrarse a solas desde la batalla.
Lamentablemente nadie respondió al otro lado de la puerta, pues la habitación llevaba horas vacía. Thorin se encaminó hacia el resto de su fortaleza con la intención de encontrarla, pero un longevo enano de encanecidos cabellos se cruzó en su camino. Aprovechó que el soberano se encontraba a solas para pedirle una audiencia en privado. El anciano caminó en silencio hacia los aposentos de Thrór, en cuya mesa todavía permanecían, desordenados, los pergaminos con los mapas del valle y las estrategias que habían sopesado para luchar contra los ejércitos comandados por Thranduil y Bardo.
Entrelazando las manos a su espalda y con gesto preocupado, manifestó.
- Tenemos un asunto por resolver.
Thorin suspiró con hastío. Algo le hacía sospechar por qué derroteros iba a llevarlo el anciano, y por qué se había apresurado en hablar a solas.
- Déjame adivinar…
- Iriel – sentenció conciso.
Thorin se cruzó de brazos y a continuación se pellizcó el puente de la nariz, sin establecer contacto visual con su interlocutor.
- No voy a juzgarla por lo que hizo. El conflicto terminó y la gema ha sido destruida. Sin objeto no hay delito, sin crimen no hay castigo – concluyó.
- Exigua es la premisa en la que te basas, pues lo acontecido en el pasado transgredió la ley a pesar que el objeto ya no exista en el presente, pero… ya pensaremos en ese asunto más adelante – dispuso mesándose la barba – no era ése el problema al que me refería.
- ¿Entonces?
El enano le miró arqueando las cejas, pues sabía que el guerrero no era estúpido. Thorin desvió la mirada. Finalmente replicó.
- No me importa lo que opine mi pueblo.
- Pues debería. No eres un pastor entre ovejas descarriadas, nuestro pueblo tiene un carácter rudo y difícil de manejar. No acostumbramos a desposarnos con mujeres fuera de nuestra raza y los que así lo hacen son marginados y tachados de desertores. ¿Cómo le sentaría al pueblo que su propio rey actuara de un modo que ellos consideran blasfemo?
- Las mujeres enanas son cada vez más escasas y nuestro pueblo decrece en número en cada generación por culpa de nuestro sectarismo. Tal vez sea hora de que cambiemos nuestras costumbres, de reescribir nuestra historia, de forjar un futuro próspero aquí, en Érebor. Tal vez sea su propio rey el primero que deba dar ejemplo de sus directrices.
- ¿Quieres hacerles creer que haces todo esto en favor de la perpetuación de nuestra especie? No me hagas reír, hijo. – Preguntó Balin con sarcasmo y preocupación.
Thorin guardó silencio. Por supuesto que no lo hacía por nada de eso.
- Lo que siento por ella va más allá de tu entendimiento. – Dijo finalmente. - No pienso renunciar a una vida a su lado.
- Sabes que no es eso lo que te pido.
Lo que Balin proponía le molestaba en lo más profundo, sólo imaginarlo enervó su humor y contestó con voz severa. Descruzó los brazos con actitud desafiante y le miró con rudeza.
- No estaría aquí de no ser por ella. Iriel me salvó la vida.
- Lo sé, a todos nosotros, ¿crees que no siento por ella un cariño como el que dispensaría a mi propia hija? Ya mantuvimos esta conversación una vez y tú estuviste de acuerdo.
- Las cosas han cambiado desde entonces. Me niego a ocultar esta relación, a vivir una mentira en el interior de mi propia fortaleza.
Balin resopló con los brazos cruzados. Cuando Thorin tomaba una decisión era inútil discutir con él. Tan inútil como pedirle frutos a una cantera.
- Thorin, la gente hablará…
- Que hablen lo que les plazca.
- ¿Y cómo crees que se sentirá ella? Siendo el punto de mira, escuchando los murmullos de desaprobación, las habladurías, las quejas. Cada una de sus palabras, de sus acciones, serán meticulosamente observadas, criticadas sólo por el hecho de no proceder de una enana.
- Si alguien se atreve a repudiarla yo mismo lo expulsaré de mis tierras. Jurarán fidelidad tanto a su rey como a su reina.
- Thorin, no hablamos sólo de simples jornaleros, sino de gente importante. No puedes poner a ciertos enanos en tu contra. No serán pocos los que se opongan. Tu propio primo dejó bien claro anoche lo que opina sobre este tipo de enlaces.
- Dáin nunca se ha caracterizado precisamente por su cerebro. Su lenguaje es vulgar y sus palabras emergen de su boca sin ni siquiera pensarlas. No deberías conceder tanta importancia a un simple coloquio pronunciado con más cervezas de la cuenta.
- Sí cuando creo que tal vez sea el mejor escenario para escuchar una opinión sincera. Dáin está anclado a las viejas costumbres, nos guste o no, y lamentablemente necesitamos tenerle entre nuestros aliados, sus hombres constituyen el único ejército del que disponemos.
- ¿Crees que ignorará nuestros lazos de sangre y me dará la espalda sólo por desposarme con alguien que no reconoce?
- Yo no correría el riesgo. Dáin es terco y orgulloso de su linaje. Si considera tu enlace como una traición a vuestra sangre y al mismísimo Durin no dudes en que se apartará de tu lado. Puede alegar que el mal del dragón te ha corrompido y que no eres digno sucesor del trono de Érebor.
Thorin dudaba que su pariente pudiera llegar tan lejos, pero cierto era que le había visto enfrentarse a otros por afrentas menores a su apellido. El viejo Forjapieles había perdido la mano por insinuar que la descendencia de Durin no era digna del trono y su capataz fue expulsado de sus dominios por insinuar que sus hazañas eran a menudo enaltecidas debido al apellido que portaba.
Balin prosiguió.
- No eres el único en la línea de sucesión y, aunque me duela admitirlo, las riquezas de Érebor ya causaron recelo en algunos de nuestros hermanos en otro tiempo, temo que vuelvan a provocar discordia. Tu trono es un suculento trofeo y algunas facciones podrían aprovechar cualquier excusa para despojarte de él. No nos convendría que los insurgentes aprovecharan esa brecha en vuestras diferencias para ganarse el favor de Dáin y ponerle en tu contra. Él posee un ejército del que nosotros carecemos.
- Pero eso no será así por mucho tiempo. Cuando la gente de las Montañas Azules llegue hasta aquí tendré todo el apoyo que necesito. Mi pueblo aceptará mi mandato sin reticencias.
- Sabes que pasaran meses antes de que esto suceda, meses en los que seremos vulnerables sin la ayuda de Pie de Hierro. Sé que la noticia de tu regreso volará como el viento en todas las direcciones, pero no podemos ignorar la distancia que nos separa de todos los pueblos de nuestra raza. Érebor ocupó un lugar privilegiado por su posición, pero implica un largo viaje hasta sus puertas.
Thorin mantenía el ceño fruncido, conteniendo la cólera que desataba en él aquella proposición.
- No seas terco, Thorin. Sabes que esta decisión egoísta interfiere en tu posición.
Aquello encendió por completo la llama.
- ¿Egoísta? ¿Me acusas de ser egoísta? He entregado cada día de mi existencia al compromiso con mi pueblo, he trabajado duro por lo que se consideraba mi deber, y ahora, después de todo lo que he sacrificado, ¿me instas a renunciar a la única dicha de la que dispongo? ¿A lo único que ha conseguido aportarme algo de felicidad? ¿Qué derecho tienes tú a exigirme esto, a discutir mis decisiones con esa actitud paternalista, a rebatir los deseos de tu soberano? Balin, no puedes imponerme tus pensamientos, ¡tú no eres mi padre!
Aquella acusación hirió en lo más profundo al enano. Sabía bien que no tenía derecho a ocupar ese puesto, pero aun así se sentía en el deber de actuar como tal. También sabía que era injusto lo que le estaba pidiendo, pero precisamente por ello temía, que tras tanto sacrificio, fuera a perderlo todo por actuar por instinto, sin pensar con frialdad lo que suponían sus decisiones. Esperó unos instantes para volver a hablar, sintiendo su voz algo quebrada a causa de la distancia que acababa de formarse entre ambos, tanto que cambió su modo de dirigirse a él, utilizando los formalismos con los que debía dirigirse a un rey.
- No, por supuesto que no ostento tal privilegio. Pero os he visto crecer desde que erais un infante, os he seguido a todas vuestras batallas, he compartido vuestras penurias y vuestras victorias durante toda mi vida. Os he seguido por el ideal en el que creo y porque además de mi rey, sois parte de mi familia.
Thorin relajó un poco su actitud. Bien sabía que si el anciano trataba de advertirle era por su propio bien, a pesar de que discrepara en su opinión. Se arrepintió de haberle dedicado esas duras palabras e inclinó la mirada al suelo en señal de disculpa.
- Sólo intento protegeros. A los dos. – Repitió el anciano.
Thorin cerró los ojos y suspiró. Su mente entendía el propósito de todo aquello pero su corazón se negaba a traicionar lo que sentía. Aun con las ideas claras, le concedió a Balin parte de lo que deseaba escuchar. Y alejándose hacia la puerta, sentenció.
- No tomaré ninguna decisión de forma unilateral. Debo hablar con Iriel sobre todo esto. – Dijo mientras giraba el picaporte de la puerta, dispuesto a abandonar aquella estancia.
- ¿Hablar sobre qué? – contestó una voz inocente al otro lado de la puerta entreabierta.
- I-Iriel – silabeó Thorin desconcertado - ¿Qué haces aquí?
- Estaba buscándote. Al no encontrarte por los corredores principales pensé en probar suerte aquí – respondió mientras intentaba sondear aquellos ojos que la miraban con una mezcla de cariño y preocupación.
- Pasa, jovencita – invitó Balin con gesto paternal.
La estancia fue inundada por un silencio incómodo. Aquel encuentro casual había propiciado la conversación que el enano pretendía posponer. Thorin dejó que fuera su consejero el que iniciara el dilema. Con sutileza, el enano resumió la conversación que acababa de tener lugar minutos atrás, las implicaciones de su enlace, las costumbres de su gente, la polémica que desataría la noticia, la frágil e inestable situación en la que se situaba el regente en su recién llegada al poder.
Iriel escuchó por segunda vez aquel tedioso dilema que tanto preocupaba a las gentes de esa tierra, permaneciendo en silencio hasta que hubo terminado, comprendiendo perfectamente lo que el anciano quería exponerle. No hacía falta que prosiguiera con sus argumentaciones, pues ya había mantenido con Thorin la misma conversación hacía semanas, cuando el mal del dragón apenas había empezado a corromper su mente.
La muchacha sabía bien lo que era amar a alguien diferente y las consecuencias que implicaban las relaciones que a simple vista no resultaban políticamente correctas, pues lo había presenciado en primera persona. Al fin y al cabo era mestiza. Ello le hizo rememorar hechos que creía olvidados, escenas injustas que no había comprendido hasta que tuvo edad para hacerlo.
Su familia nunca aceptó que su madre eligiera a un mediano como compañero, pues tenían otros planes para ella. Habían apalabrado desposarla con un noble acaudalado de la capital, por lo que la decisión de su hija había deshonrado su palabra, y con ella, la promesa de un futuro confortable.
Pero su madre, fiel a su corazón, no se dejó influenciar por las amenazas ni las comodidades de su pactado enlace, carente de sentimientos, y se marchó de su hogar antes de que su familia decidiera expulsarla y repudiarla para siempre. Se casaron en el bosque, rodeados de los pocos amigos que les quedaban, y a base de esfuerzo y mucho trabajo, consiguieron ahorrar lo suficiente para trasladarse a una amigable aldea donde nadie les conociera. Sin embargo, la gente acostumbra a entrometerse en asuntos que no le incumben, por lo que Iriel tuvo que soportar durante su infancia los rumores, los comentarios hirientes y las miradas de desprecio de algunos de sus convecinos. Mas a sus padres no parecía importarles, vivían felices, se amaban de corazón y nunca se arrepintieron de ninguna de sus decisiones.
Tal vez ello le había hecho a Iriel ser quien era, una mujer tolerante y de ideas abiertas, que actuaba por instinto y no acostumbraba a meterse en la vida de los demás, pues cada cual tenía sus propias razones para hacer las cosas. No había leyes para los sentimientos, no había normas para el corazón. Cualquiera podía ganarse el derecho a convertirse en su compañero en este inesperado, fugaz y extraño viaje que resultaba ser la vida.
Balin concluyó nervioso, apelando a la cordura de la chica. Iriel sopesó la respuesta unos segundos.
- De modo que crees que, en general, no deberíamos desvelar nuestra relación, y menos mientras Dáin sea nuestro único apoyo militar, porque teméis que además de no respaldarnos pueda alzarse en nuestra contra. – El enano asintió e Iriel añadió la premisa que la inquietaba - ¿Cómo nos aconsejáis actuar entonces?
Thorin la miró sorprendido. Balin se apresuró en contestar.
- Creo que todos deberíamos actuar con cautela. Ocultar este compromiso hasta que Thorin vea afianzado su puesto como soberano y el pueblo de las Montañas Azules quede asentado en nuestros muros.
- Podrían pasar meses – meditó la chica pensativa.
- Ganar la confianza del pueblo lleva su tiempo, pero Thorin era querido entre los suyos. Los enanos de las Montañas Azules le aceptarán en cuanto se establezcan bajo estas tierras, sólo debemos esperar que recorran las leguas que nos separan. Una vez conseguido esto, ya lidiaremos con la noticia de vuestro romance.
Iriel permaneció en silencio unos instantes.
- Si creéis que ha de actuarse de este modo, acataré lo que pedís – respondió con resignación.
El rey enano la miró con desconcierto.
- ¿Estás de acuerdo con esto?
Iriel se encogió de hombros y le dedicó una breve sonrisa que disfrazaba sus verdaderos pensamientos. Como si tuviera otra opción…
Balin se mostró satisfecho, como si se hubiera librado de una gran carga.
- Pero esperar no será lo único que haremos – El anciano comenzó a deambular por la habitación manifestando sus pensamientos en voz alta. – Si queremos evitar un enfrentamiento con Pie de Hierro cuando todo salga a la luz, debemos hacerle cambiar de opinión durante este tiempo. – El anciano se giró súbitamente hacia la chica señalándola con el dedo. - ¡Tú te ganarás su confianza!
- ¿Yo?
- Sí, te nombraremos miembro del Consejo Real. Así él y sus hombres se familiarizarán contigo y podrás ganarte su simpatía. Tal vez si te conociera mejor no repudiaría vuestro enlace. Sí, podríamos utilizar eso en nuestro beneficio.
Balin siguió sopesando los detalles que se le venían a la mente e Iriel intentó aportar lo que se le ocurría. Pronto se dieron cuenta de que no sería tarea sencilla, demasiados cabos sueltos y posibles problemas a aparecer. Muchos eran los elementos que debían considerar, pues si los dejaban en manos del azar probablemente todo el plan y su esfuerzo se irían al traste.
Mientras, Thorin se había abstraído de la conversación, taciturno, sin terminar de creer lo rápido que había accedido su amada a aquella injusta artimaña, lo poco que le había importado esconder su relación. Sabía que lo había hecho por él, por preservar su soberanía, pero le resultaba inverosímil, y hasta un poco doloroso, que lo hubiera aceptado sin rechistar. ¿Era él el único al que le molestaba tener que ocultarle al mundo lo que sentía?
La voz de Iriel le sacó de su ensimismamiento.
- Trasladaré mis cosas a la habitación que se encuentra junto a la de Bilbo. Levantaría sospechas si mis dependencias estuvieran tan cerca de las tuyas.
Al enano le dolió desprenderse de esa cercanía, pero no replicó. Aceptó la decisión tomada por su amada aunque distara tanto de la suya. Prolongó el cruce entre sus miradas mientras se lamentaba por todo lo que tendría que renunciar en lo venidero. El anciano creyó conveniente concederles un poco de intimidad tras aquella ardua decisión, por lo que se despidió silenciosamente con una leve inclinación de cabeza.
Una vez a solas, el Rey Bajo la Montaña se limitó a acariciar sus mejillas y a perderse entre sus labios, pues sabía que su decisión conllevaba separarse de ellos durante una buena temporada. La abrazó con ternura y firmeza, aspirando el olor de sus cabellos, intentando recordar un aroma que amenazaba con volverse lejano y nostálgico. Sin embargo, cuando se separó de ella, en lugar de encontrarse una mirada perdida en la tristeza, encontró unos ojos radiantes de vitalidad y una sonrisa que disipó sus temores. Confundido le preguntó.
- ¿No estás triste?
- ¿Por qué iba a estarlo? Voy a pasar el resto de mi vida con la persona que amo. – Thorin hizo ademán de replicarle pero ella silenció sus labios posando su índice sobre ellos. - ¿Qué importa esperar un tiempo? Nuestros sentimientos no cambiarán.
El enano sonrió. Tenía razón. Sus sentimientos no cambiarían aunque no pudieran mostrárselos al mundo. Sus corazones los guardarían en silencio, esperando al momento adecuado.
Demoraron un poco más el abandono de aquel lugar, aferrándose a algo a lo que les costaba renunciar, pero que las circunstancias les habían obligado. Finalmente se alejaron de aquella estancia y caminaron cada uno por su lado, dispuestos a iniciar aquella farsa.
Balin se encargó de silenciar al resto de sus compañeros e Iriel acordó hablar con Bardo acerca del tema mientras Kíli ayudaba a trasladar sus pertenencias a su nueva habitación. Fue tarea del rey enano tratar el asunto con el rey del Bosque, y aunque no le agradaba el hecho de pedirle un favor al elfo, se presentó ante Thranduil junto a su sobrino mayor con la intención de comprar su silencio con el objeto de su debilidad. Había decidido devolverle las gemas de Lasgalen de todas formas, simplemente estaba utilizando el intercambio a su favor.
- Te las otorgo a cambio de tu silencio. Debes jurar que nunca mencionarás a nadie ni una palabra acerca del intercambio de la Piedra del Arca. Iriel no os entregó nada, aquel pacto nocturno nunca sucedió. Y también… - dijo con cierta incomodidad - que aplacaras los rumores que versen sobre nuestra relación entre cualquiera de tu gente.
Thranduil dejó entrever una sonrisa ladina e inclinó levemente la cabeza mientras aceptaba el cofre en sus manos y se deleitaba con el incesante tintineo de sus cristales.
- Tienes mi palabra.
Thorin prefirió guardarse para sus adentros la opinión que tenía sobre el valor de la palabra del elfo. Abandonó las dependencias donde se había alojado el elfo, que ansiaba volver a su palacio anidado en el corazón del bosque.
Mientras tanto, Iriel mantenía una conversación a solas con el arquero. Bardo la miró perplejo. Iriel se sorprendió de la actitud de su mejor amigo.
- ¿Nuestra relación no era algo obvio?
- Era obvio que andabas prendada de ese presuntuoso y orgulloso enano, pero nunca creí que fueses correspondida.
Iriel, ofendida y sarcástica, le propinó un amistoso empujón en el brazo opuesto a su cabestrillo.
- ¿Dudabas de mis encantos? Puedo ser muy persuasiva con lo que realmente me propongo.
Ambos rieron juntos, dialogando sobre un tema que nunca habían abordado, pues durante el tiempo que se habían conocido ambos eran demasiado jóvenes como para que despertase su interés. Sin embargo la conversación se tornó gris cuando Iriel le confesó su preocupación por que los habitantes de Esgaroth hablaran sobre su relación.
- Thorin pasó horas junto a mi cuerpo inconsciente esperando que despertara de mis dolencias. Los curanderos tuvieron que darse cuenta de lo que pasaba entre nosotros, temo que difundan el rumor.
- No deberías preocuparte por eso – replicó desviando la mirada. – Los muertos no hablan.
Iriel ahogó un grito llevándose las manos al rostro horrorizada. Bardo reveló el trágico final de quienes le habían salvado la vida. Smaug derribó el hospicio con el impacto de su larga cola y quemó los cimientos con sus llamas. Los que no murieron aplastados lo hicieron pasto de las llamas.
La joven había presenciado la muerte de gente inocente durante la batalla y sabía de sobras lo ocurrido en la masacre de Smaug, pero aquella noticia, junto al recuerdo de los rostros cansados y amables de quienes la habían cuidado sin conocerla, tornados ahora en cadáveres demacrados; fue demasiado en aquel momento.
Iriel se levantó mientras un frío sobrecogedor la cubría por completo, y sin que el arquero pudiera decir nada más, escapó de allí sin mediar palabra, obviando el dolor de sus músculos al iniciar la carrera.
Tal vez fue porque había perdido el refugio que apaciguaba sus penas, porque no podía correr a sus brazos esperando un consuelo que diluyera la culpa. Tal vez fue porque no había visto morir a suficientes amigos como para acostumbrarse a la pérdida, porque no sabía formar una coraza en su corazón que sepultara su duelo. Tal fue porque la culpa comenzó a asfixiarla desde dentro, sabiéndose responsable de un envenenamiento que obligó a un dragón enajenado a volar sin rumbo para librarse de su agonía, arrojando su furia sobre inocentes aldeanos que nada tenían que ver con aquella pugna.
Con su mente divagando sobre dicho desconsuelo corrió hasta encontrar refugio junto a un viejo compañero. Sus pasos la llevaron hasta las cuadras, donde su montura albina la esperaba.
Quiso soltar sus ataduras y montar sobre su lomo, pero sus piernas comenzaron a temblar, bloqueando al jinete por completo. Y allí, abrazada al cuello del animal, perdiéndose entre sus crines sedosas, comenzó su llanto silencioso.
El corcel apenas se movió, tan sólo cuando ella hizo ademán de separarse giró su cuello para lamer su rostro. Iriel acarició el hocico del animal y terminó de distraer sus penares cepillando toda su superficie, dejando su mente en blanco mientras se perdía en aquella práctica metódica que la relajaba.
No socializó mucho más aquella jornada, permaneció en los salones lo estrictamente necesario y alegó la necesidad de descanso para desaparecer tras las puertas de su nueva habitación sin demasiada plática con sus compañeros ni con su nuevo convecino.
El onírico y prolongado descanso remendó la mayor parte de sus preocupaciones, haciendo que la chica despertara despejada y sin aquella amarga sensación con la que se había acostado, consiguiendo que aquel amargo descubrimiento quedase olvidado por el momento.
Todo transcurrió con normalidad durante los primeros días. Iriel paseaba a su antojo por la fortaleza, en soledad o en compañía del mediano, perdiéndose entre las polvorientas estanterías de la Biblioteca Real o manteniendo conversaciones con sus camaradas. Tampoco perdía ocasión de asistir a las reuniones de los enanos. Como habían acordado, Balin le otorgó un cargo en el Consejo, por lo que a nadie le sorprendió su presencia en cada una de las reuniones. Bien era cierto que Dáin la miraba con cierto recelo, a pesar de saber que habían luchado en el mismo bando todavía le costaba aceptarla como aliada. Le costaba creer que la muchacha le hubiese ofrecido su ayuda a su primo sin ningún motivo oculto, sin pretender sacar algo en su beneficio. Sin compartir con nadie sus sospechas, decidió no perderla de vista, y ante la mínima sospecha de fraude o traición, la delataría ante el Rey Bajo la Montaña.
Mas, a pesar de todo, de no poder compartir ese afecto ardiente alojado en su corazón, Iriel era feliz bajo aquellos muros. Al igual que con el resto de sus compañeros, dialogaba con Thorin a menudo, pues hubiese sido raro evitar al líder de la expedición en la que había participado durante meses. Era cierto que a menudo su mirada le provocaba un ligero cosquilleo en el estómago o que el sonido de su risa despertaba una cálida sensación en su pecho, pero aquellos detalles eran manejables por el momento.
Todo marchaba sin incidencias hasta que aquel esperado evento despertó, sin pretenderlo, demonios latentes que debieron seguir durmiendo.
El funeral por los caídos en combate debía celebrarse aquel día, pues aquella póstuma celebración ya se había demorado en exceso. Los elfos habían quemado los cadáveres de los orcos y sus alimañas en cuanto arribaron a la fortaleza, y habían apilado con respeto y delicadeza los cuerpos inertes de sus valientes. Junto a los enanos, habían excavado una fosa común para todos ellos, pues realizar ataúdes y sepulcros para cada uno de ellos habría sido una tarea ardua y prolongada, incontables eran las bajas entre los tres ejércitos. Por ello se decidió que si sus guerreros habían luchado y expirado juntos, juntos debían también descansar sus restos. Se esculpieron tres estatuas con el material de la cantera de la montaña, una por cada raza. Figuras severas en actitud de combate y protección, cuyos rasgos pretendían emular las virtudes de sus caídos. Enanos, elfos y hombres inmortalizaron así aquella implacable batalla que se recordaría en lo venidero como La Batalla de los Cinco Ejércitos. Todo estaba preparado para oficiar aquella ceremonia junto a las faldas de la montaña, mirando a poniente, al ocaso donde descansarían las almas. Thorin, Dáin, Bardo y Légolas se aproximaron a aquel rincón situado en el lateral de la montaña, dispuestos a oficiar aquella ceremonia funesta portando los estandartes y emblemas de cada Casa.
Una gran multitud se emplazó alrededor de los grandes señores, con rostros sombríos, algunos intentando ocultar las lágrimas que todavía bañaban sus rostros arrastradas por el recuerdo y la pérdida. Los supervivientes de Esgaroth se habían congregado allí. Los miembros de la Compañía se mezclaron entre la multitud, presentando sus respetos. Iriel se posicionó tras ellos, junto a los hombres y mujeres de Ciudad del Lago y allí escuchó en silencio los solemnes discursos.
Pocos minutos hacía que Légolas había tomado la palabra, pronunciando un conocido poema en sindarin, cuando Iriel sintió que la atmósfera se enrarecía y que de pronto le costaba respirar. Un molesto olor despertó a su alrededor, un olor que reconocía bien. Era el hedor de la sangre. De pronto sintió el graznido de un cuervo y a continuación el entrechocar metálico de dos espadas. Se giró bruscamente a su alrededor pero no alcanzó a identificar su procedencia.
Nadie más parecía percatarse, todos miraban en silencio hacia sus líderes, rezaban en susurros con las manos entrelazadas y presentaban sus respetos con rectitud. Iriel volvió a dirigir su mirada hacia la ceremonia, mientras Thorin y Bardo alzaban los escudos de Érebor y Esgaroth, a su alrededor.
Pero aquellos discursos protocolarios se perdieron en la distancia, y el eco de sus voces se apagó en sus oídos. Ahí estaba de nuevo, el ruido metálico de la batalla, el crujido de los escudos rotos y las lanzas truncadas, las pisadas contra el terreno, la respiración entrecortada. Iriel rotó de nuevo a su alrededor sin encontrar nada, mientras los que la rodeaban la miraban con el ceño fruncido por su brusquedad.
Asustada por aquellas percepciones que nadie más presentía, comenzó a marearse, y la necesidad de escapar de aquella multitud agrupada y asfixiante se volvió imperiosa, imponiéndose sobre el deber de permanecer en aquel acto ceremonioso. Comenzó a retroceder entre la gente, despacio, hasta que, tras sentir el suelo inestable, optó por descender la mirada a sus pies, encontrando sobre ellos la sombra de un miembro amputado. La muchacha ahogó un grito y tropezó con los pies de un elfo. El larguirucho le devolvió una mirada hostil y por ello decidió que era el momento de abandonar aquel lugar sin causar más estragos que la avergonzaran. Se arrastró por el suelo entre la gente hasta que alcanzó la pared rocosa de la montaña, y apoyada en sus salientes afilados desapareció de allí.
Tan pronto como bordeó la montaña y su silueta dejó de verse desde donde se oficiaba el funeral, comenzó a correr ladera arriba, trastabillando en el terreno, sintiéndose perseguida por demonios invisibles mientras su respiración se volvía tórpida y anormalmente rápida. Los sonidos se volvieron cada vez más audibles y el olor a sangre se volvió denso. El sudor perlaba su cuello y una opresión incesante estrangulaba su pecho.
Tropezó con una roca y cayó al suelo. Una silueta apareció junto a ella.
- ¡Ayúdame! – Escuchó una voz pueril segundos antes de que sus cuerdas vocales fueran diseccionadas por un tajo orco que atravesó su garganta, antes de que desapareciera, volviendo a convertirse de nuevo en un montón de rocas.
Presa de la histeria, Iriel se levantó a duras penas, intentando encontrar la entrada secreta para dejar atrás aquel infierno rocoso que la arrastraba de nuevo a una batalla en la que nunca debió participar.
Justo cuando alcanzó aquel recoveco descubrió, para su desgracia, que la losa de piedra se hallaba de nuevo cerrada, y la llave de Érebor no se encontraba en su poder. Se sentó extenuada, acurrucándose junto a ella, mientras cubría sus oídos con fuerza y su visión desenfocada se perdía en algún lugar del suelo, rezando para que aquellos sonidos y visiones irreales desaparecieran de su mente, mas aquello no surtió efecto.
Se escuchó un estridor proveniente de su garganta, provocado por aquella respiración histérica que la dominaba. La rapidez con la que respiraba pronto comenzó a marearla y sus brazos se adormecieron con dolorosos espasmos, provocando una contracción involuntaria en sus manos por la alteración iónica de su medio interno.
Cuando creyó que iba a explotar desde dentro, alguien levantó su rostro. Sintió algo acercándose a su boca, instándole a respirar a través de dicho objeto. Tardó unos segundos en enfocar su visión y encontrarse el rostro preocupado de Gandalf frente a ella.
El mago gris fue el único en percatarse de la extraña huida de la muchacha, y temiendo que algo estuviera sucediéndole a su compañera, la siguió montaña arriba. Como siempre, las sospechas del mago habían sido acertadas.
Junto a su presencia comenzó a tranquilizarse, y su respiración a través de aquel objeto cerrado comenzó a mejorar sus mareos y la alteración de sus miembros, hasta que finalmente recobró la cordura.
- ¿Qué demonios me ha sucedido?
- Has sufrido un ataque de pánico.
- ¿Un ataque de pánico? ¿Yo? ¿Por qué? – Se sentía confundida y estúpida, intentando encontrar un motivo racional para una reacción que no la tenía.
- ¿Qué has visto?
Iriel se cubrió la frente mientras intentaba olvidar aquella pesada y amarga sensación que había agotado sus fuerzas.
- Sangre, espadas, cadáveres… - Respiró nuevamente con pesadez. – La batalla, la batalla estaba aquí de nuevo.
Gandalf sacó de su bolsillo su pipa desgastada y con premura la encendió con la yema de su dedo.
- "El mal del soldado" lo llaman algunos, aunque no siempre se desencadena por una batalla. – Hizo una pausa, la chica le miró escéptica. – No es infrecuente tras presenciar situaciones intensas. Se trata de…
- Sé lo que es. – Le cortó con cierta brusquedad, no quería mostrarse más estúpida de lo que ya se sentía. – He leído sobre ello. Es una reacción provocada por una vivencia extrema que pone en riesgo la vida. El sujeto rememora dicha situación caótica fuera de su contexto, una y otra vez, hasta el punto de percibirla como si estuviese ocurriendo ante sus ojos.
El mago asintió con la cabeza. Iriel seguía sin comprender su irracional y vergonzosa reacción.
- Gandalf, no es la primera vez que arriesgo mi vida y jamás me había sucedido nada similar. ¿Por qué ahora?
- Nuestra mente es misteriosa e impredecible. ¿Quién sabe? Cada uno reacciona de forma distinta contra sus vivencias, renegándolas, aceptándolas, enfrentándolas o aprendiendo de ellas. Las situaciones que vivimos, las personas que conocemos, todo nos cambia. – Dibujó una figura caprichosa con el humo de su pipa y con una mirada perspicaz se dirigió de nuevo a la chica. - Tal vez algo sucediera en el campo de batalla, algo diferente…
Iriel sintió un escalofrío. Por supuesto que había sucedido algo diferente. Esta vez no había estado a punto de perder la vida, Azog había atravesado su pecho arrebatándole su derecho a seguir respirando. De no ser por…
Otro nuevo escalofrío, cerró los ojos y evitó pensarlo, no quería tratar con el mago aquel hecho insólito que, sospechaba, traería consecuencias en su presente y su futuro. Escapar de aquella realidad debió de tener un precio que nunca llegó a ser revelado y algún día averiguarían qué es lo que habían pagado por su libertad. Su corazón arremetió de nuevo contra su pecho, intranquilo, dejando atrás aquel rompecabezas y devolviéndola a su problema actual.
- O sea… que me estoy volviendo loca…
El mago comenzó a reír.
- La diferencia entre la cordura y la locura es a menudo difícil de delimitar. Ambos aceptamos guiar a unos desconocidos a una montaña sobre la que dormitaba una bestia. No creo que la cordura reinara en nuestras cabezas cuando tomamos semejante decisión, y henos aquí, disfrutando de la recompensa de tan dispar aventura. - Continuó bromeando con la intención de tranquilizar a la muchacha sobre un asunto que él mismo consideraba de gravedad.
- ¿Me ocurrirá en más ocasiones? – Preguntó preocupada.
- Es difícil de saber. Puede presentarse como un hecho aislado o puede conformar un verdadero trastorno. Mi consejo, querida, es que evites cualquier asunto que te recuerde a dicho evento. No te pasees sola por el campo de batalla, no examines las tumbas, no intervengas en coloquios que rememoren la gesta.
- ¿Me pides que evite el tema alojada frente al escenario de mis demonios, en una fortaleza rodeada de guerreros envalentonados que aprovechan cualquier ocasión para jactarse de sus logros bélicos? – Rió con sarcasmo, sabiéndose abocada al fracaso desde el inicio.
- Si temes que suceda de seguro tus recuerdos te atacarán con fuerza. Distráete con otras labores. Eres fuerte, pero sobre todo eres inteligente. No te expongas a situaciones que puedan desencadenar tu debilidad.
El mago continuó conversando sobre otros menesteres, con la intención de que la chica despejara su mente de aquel episodio desagradable. Estuvieron allí hasta que el sol descendió hasta el horizonte, y con las luces de la noche, que ocultaban las recientes homenajeadas tumbas, entraron de nuevo en Érebor.
El Istar convenció a la muchacha para que compartiera su dolencia con Bilbo, ya que él no estaría allí si padecía un nuevo brote de locura, pues como siempre tenían otros asuntos por atender que ya había demorado bastante y pensaba abandonar la montaña de inmediato.
Iriel, a regañadientes, aceptó contárselo a su fiel amigo, aunque hubiera preferido que aquello quedase como un evento aislado entre ella y el mago, pues se avergonzaba profundamente de este hecho, pero bien era cierto que necesitaría ayuda si volvía a ocurrirle de nuevo.
E hizo bien en hacerlo, pues aquella misma noche se retorció entre gritos, y si Bilbo no la hubiera llamado insistentemente al otro lado de la puerta quién sabe cuánto habría tardado en despertar de aquella agónica pesadilla. Y tras una segunda y tercera noche de similares características, Iriel tuvo que resignarse a su dependencia y entregarle al saqueador la llave de su habitación.
Y así fue cómo el postergar su ansiedad durante el día dio comienzo a sus pesadillas.
Haciendo caso a los sabios consejos de Gandalf evitó cualquier mención que le recordara a aquel escenario atroz. Mantenía la mente ocupada, una premisa metódica que la mantenía cuerda y funcional durante la vigilia, pero perdía por completo el control durante la noche. Tal vez fuera precisamente ése el motivo. Se empeñaba en alejar dichos pensamientos con tanta fuerza, que acudían a ella por la noche, cuando bajaba la guardia.
Pero aquella práctica que requería de la mayor parte de su concentración no la volvía precisamente locuaz, por lo que la tarea de simpatizar con el líder de las Colinas de Hierro cada vez le resultaba más complicada. Además los continuos comentarios burlescos de Dáin acerca de cualquier tema crispaban a la muchacha y tenía que hacer verdaderos esfuerzos por morderse la lengua. A punto estuvo de clavar su barba en el tablón de la mesa con un tenedor de cuatro puntas, de no ser porque Bilbo le sujetó el brazo bajo la mesa al adivinar sus intenciones.
Y así había pasado el tiempo, un día tras otro, evadiendo la insistencia de Bilbo sobre contarle el problema a Thorin. No podía hacerlo, la noticia haría que el enano mostrara en público su preocupación y eso levantaría sospechas echando a perder el plan. Eso era lo que pensaba cada mañana, lo que se repitió por dentro cuando se cruzó con su atrayente mirada aquella mañana, mientras se dirigía a la cocina, dispuesta a probar los pastelitos de arándanos de Bilbo.
Al menos aquel desayuno reconfortó un poco su ánimo y se atrevió a confraternizar un poco con sus compañeros, pues Fíli y Kíli parecían especialmente parlanchines aquel día, y sus conversaciones joviales parecían una buena terapia para distraer sus pensamientos.
Después se aventuró a cabalgar por el valle a lomos de su caballo blanco. Apenas había salido de la fortaleza de roca en las últimas semanas y creyó que el aire del invierno despejaría su mente. Se alejó sin comentarlo con nadie.
Thorin vislumbraba el valle a través de su ventanal. Entre la distancia identificó la silueta de un jinete sobre un caballo blanco. Las preocupaciones que rondaban en su mente aquellos días volvieron a invadirle y, decidiendo que aquel era un buen momento, salió de la habitación.
No tardó mucho en encontrarse con Bilbo, que tarareaba una canción junto al fuego de una de sus muchas chimeneas. Abordó al mediano y le instó a acompañarle a un lugar apartado.
- ¿Qué es lo que está pasando?
- ¿A qué te refieres? – preguntó Bilbo bastante perdido.
- Iriel se muestra esquiva y taciturna. Apenas se deja ver en los últimos días. No creas que no me he dado cuenta de que algo la preocupa.
Bilbo suspiró y acabó por confesarlo todo. Él era el primero que opinaba que el enano debía saberlo, en contra de lo que su compañera se empeñaba en ocultar. Estaba seguro de que una simple charla con él ayudaría, que mostrarse vulnerable no era lo mismo que ser débil, y que era sensato pedir ayuda cuando se necesitaba.
A pesar de haberse abrigado con pieles el viento frío había entumecido sus músculos. Tras volver de aquel paseo decidió que la mejor forma de calentarse sería con un buen baño. Dejó sobre una silla las prendas impregnadas con la bruma que colmaba el valle y abrió el grifo sobre la tina mientras terminaba de desvestirse. Cuando entró en el lujoso cuarto de baño del que disponía su habitación, la bañera ya se había llenado con el agua caliente de la caldera, y se introdujo despacio en su interior. Junto a la bañera de mármol verde descansaba una pequeña caja de música. La había encontrado en aquella sala donde a menudo se perdía, y dado que Thorin le había dado permiso para quedársela, la había trasladado a su habitación. Su música cristalina conformaba una melodía relajante y serena, un acompañamiento perfecto para dejar la mente en blanco, al menos durante un rato. Soltó sus cabellos, que ya traspasaban su hombro y se sumergió por completo unos segundos. Al emerger de nuevo perdió su mirada en la distancia, mientras el agua acariciaba su piel y el calor vaporizaba la sala. Su rostro se tornó alicaído, preguntándose cuánto duraría aquel tormento y si alguna vez volvería a ser la misma.
Tras escuchar la melodía de la caja de música al menos una docena de veces y sentir que el agua comenzaba a tornarse fría, decidió dar por concluido el baño. Salió del agua, envolviendo su cuerpo con una toalla, y comenzó a secar su pelo con otra de menor tamaño. Las gotas que la cubrían ya habían empapado la tela cuando escuchó abrirse la puerta de su habitación. Resopló. Haberle entregado la llave a Bilbo para que pudiera abordarla cuando gritaba en sueños también había anulado por completo su intimidad. Suerte que el mediano acostumbraba a preguntar antes de aventurarse en el interior, pero parecía que aquella vez se le había olvidado. Retiró la toalla de sus cabellos humedecidos y se aseguró de que la que cubría su cuerpo seguía bien sujeta.
Fastidiada por la intromisión, abrió la puerta del baño.
- Bilbo, te agradecería que la próxima vez llamases primero a mi puer… - No fue capaz de terminar la frase, pues no fue el rostro del mediano el que encontró junto a la puerta.
- Si acostumbras a mostrarte tan atrevidamente delante del señor Bolsón voy a tener que empezar a preocuparme.
Iriel sintió un calor encenderse en su pecho y sus mejillas y su piel se erizó tras observar aquella sonrisa que vulneraba sus defensas. Tardó unos segundos en sobreponerse, pero después agarró con fuerza la toalla que la cubría e ignoró aquel comentario burlesco, contestándole al enano con actitud defensiva.
- No deberías estar aquí. – Dijo desviando la cabeza para perder aquel contacto visual que todavía la ponía nerviosa.
- Pero aquí es donde quiero estar. – El enano se giró de nuevo hacia la puerta y giró la llave un par de vueltas sobre la cerradura. Ahora nadie podría interrumpirles.
Se acercó hacia ella y sujetó su barbilla con delicadeza, estableciendo contacto entre sus miradas. Observó entonces las ojeras que surcaban el rostro de su compañera y las acarició con la yema de sus dedos.
– Bilbo me lo ha contado.
Su mandíbula se contrajo al tragar saliva y sintió el rubor ocupando sus mejillas. Como la mano del enano todavía sujetaba su barbilla, su única opción para escapar de aquella mirada que la sobrepasaba fue desviar sus ojos hacia su hombro.
- No es nada. Se me pasará.
- Por supuesto que se te pasará – dijo acercándose a su oído - No volverás a dormir sola.
Un cosquilleo le recorrió la espalda en respuesta a aquel sugerente susurro que le ofrecía una prometedora velada. Y antes de que pudiera intentar replicarle de nuevo, el enano la envolvió entre sus brazos, y la voluntad de resistirse a sus deseos se derrumbó por completo. El peso que soportaba también cayó sobre sus hombros, pero esta vez sintió compartir la carga. Temblorosa le devolvió el abrazo y enterró su rostro en su pecho mientras intentaba controlar una respiración que ya había empezado a agitarse. Cuánto había añorado combatir sus pesadillas bajo su tacto, cuánto perderse en su sonrisa o en sus palabras amables. Todo parecía más sencillo en aquel momento, rodeada por la calidez de un corazón enamorado.
Quién sabe cuánto tiempo estuvieron así, en aquel cálido y sólido abrazo que le hizo olvidarse poco a poco de cada uno de sus miedos. Cuando sintió su cuerpo sosegarse, el enano aprovechó para besarla. Primero despacio, y luego no tanto, reencontrando una sensación que creían perdida y que les transportaba muy lejos de aquel lugar. Pronto el enano se alejó de su aliento para empezar a recorrer, suave y seguro, su cuello y la unión de sus clavículas. Después, retiró con ternura sus cabellos para continuar por el lateral, mordisqueando apasionado cada rincón. En algún momento la toalla se desprendió de su cuerpo y sus muñecas fueron aferradas por la pasión que les poseía, ardiente y contenida durante días.
La cama la recibió sedosa y las sábanas de franela acariciaron su piel desnuda. Los besos se perdieron en el embrujo de la noche, entre el aroma del romanticismo y el sonido edulcorado de una promesa de amor eterno. Sus manos recorrieron sin restricción el cuerpo de su enamorado, despertando con cada estímulo al deseo, hasta que la pasión les doblegó por completo. Entre miradas y suspiros concluyeron aquella unión perfecta, y entre las sábanas mantuvieron de nuevo, después de tanto tiempo, una conversación sobre sus verdaderos pensamientos.
