Capitulo 16
El envolvente techo del mundo se coloreaba de naranja, junto con el reflejo del agua salada del mar. La temperatura subió considerablemente durante el viaje. Pasó de ser de un frío pelador a un agradable calor que no llegaba a ser sofocante. Llegaban al muelle del pueblo entablado, que estaba sustentado por debajo del agua. El relajado de Carlos ya los esperaba, con un par de collares hechos con orquídeas de plástico, para darles la bienvenida, igual que en las islas de Hawaii.
-¡Aloha! ¡Bienvenidos a Villaestío!- Exclamaba mientras colocaba los collares a los recién llegados. Ese alegre saludo le molestó a Gionna, que se asustó a la primera palabra. Miró el collar, una vez puesto, y fue jugueteando con él, alzándolo con la palma.
-¡Os he reservado una casa de vacaciones para que descanséis de este viaje! ¿No os parece fantástico?
-Oh. Gracias... Pero... ¡Hay que encontrar a esa Serena, venga!- Andaba un poco mareada del viaje, pero no fue impedimento para que se apresure en iniciar la búsqueda. Helio la agarró del brazo para detenerla.
-Cheeeeeee, tu tranquila. Estás en Villaestío, forastera. Relájate.
-¡No, no puedo relajarme! ¡Tengo cosas que hacer! ¡Mi libertad me espera en esta selva!- Hizo un gesto brusco que le liberó de las ataduras de Helio, pero nada más dar un par de pasos, el mareo le hizo estragos en su trayecto. Las tripas volvieron a la carga, y ya estaban al final del esófago. Pudo retenerlo y regresarlo a su lugar, por suerte.
-Mejor pensado, creo que iré mañana. Blergh. Asco de bilis...- Carlos se reía. Y en broma, dijo que del relax en aquellos paradisíacos lares no se podía escapar. Les indicó la casa que tenían que hospedar en su estancia a Villaestío, y una vez dentro, les enseñó donde estaban los cuartos esenciales de una casa. Todo mueble cómodo estaba hecho de mimbre, conjuntado con los tablones de madera que decoraban el interior.
Nada más entrar, Gionna sacó a los heridos para tratar sus dolores. La de Lol se curaba con mero reposo, por lo que la sacó y la dejó en un lugar cómodo, aunque el descanso no aliviaba el mal de tripa externo. Las heridas de Akirosoku, al contrario que a Lol, no le dolía nada, pero se tenía que prevenir las infecciones. Una herida se podía tratar con agua salada, pero la otra era profunda, por lo que era mejor no recurrir al mar. En cuanto a los golpes de Kyumbreon, se les podían aliviar con algo refrescante, pero no le haría falta intervenir.
La herida del Slowpoke veloz se tenía que tratar de inmediato. Pidió ayuda a Helio para que la presionara, mientras ella iba a por gasas. No podía relajarse viendo el estado de su hipopótamo. Encontró un botiquín en el cuarto de baño, y trajo las vendas. Quería vendarle ella, pero no estaba acostumbraba a ver tanta sangre. Flaqueaba, se le bajaba la tensión, y se mareaba. En cuanto a Helio, no parecía afectarle para nada el sangrado. Tuvo que dejarle las vendas y sentarse en la butaca, a coger la libreta y su estuche para dibujar hasta el anochecer. Cuando salió la luna, quiso salir fuera con su Umbreon, pero irrumpió Carlos con unas fiambreras calientes de delicioso olor a pollo con salsa y pasta a la carbonada.
-¡Holaaaa! ¡Os traigo la cena, chicos!
-Buf. No hacía falta, teníamos sobras.
-¿Qué sobras?- Mentía el nombre de gas noble, para que no se retirara el jefe cocinitas del pueblo costero. Cogió las fiambreras y agradeció que hiciera la cena.
-Em... ¿No es un poco descarado que nos haga la cena y nosotros no hagamos nada?- Cuestionó tanta comodidad.
-A mi no me hace nada. Además, vosotros iréis a la selva mañana. ¡Ya es bastante trabajo! Yo en cambio solo tengo que mangonear. Y como me duele... Si queréis bebidas, hay en la nevera. ¡Adiós!
Les dejó para que llenaran sus vacíos buches. Helio ya tenía ganas de probar bocado, y fue a por platos de enseguida. No tenía más hambre que su compañera; ella no pudo comer nada por culpa de la nostalgia. Pero fue más paciente, pues ella quería comer las croquetas que hizo madre de Alejandro calientes.
Quedaron bien alimentados, y, al fin acabada la cena, dejando por segunda vez toda la tarea a Helio. Salió a tomar el aire. No para ella. Del bolsillo que tenía en la torera, sacó la pokéball de Kyumbreon, que ansiaba de salir pese a su estado. Nada más salir, el chacal cogió la luz de la luna con los mismos aros que le hacían resaltar entre la oscuridad. Gracias a la luz lunar, todos dolores y contusiones desaparecieron y pudo volver a levantarse.
-Cuán agradezco que me saques de noche. Empezaba a estar harto de esta agonía...- El dolor y daño físico estaba ya liquidado. Pero había más a parte. Le rabiaba que perdiera contra un pokémon de tipo psíquico. Estaba en plena ventaja, sus más fuertes ataques no le afectarían en absoluto. Sin embargo, le azotó repetidamente sin dejarlo caer hasta decir basta. Juraba venganza, muerte a Deoxys. Lo iba comentando, y de parte de su entrenadora, se enteró que ella tampoco pudo hacerle nada. Ni capturarlo siquiera.
-Ese monstruo... Sí... Debe de ser todos los males juntos. El demonio mismo.
-Y lo tiene el chico del Tyranitar.
-Merece morir. Los dos merecen morir.- Concluía el supuesto enviado del supuesto dios.
-Nadie se merece morir.- Se atrevió a ir en contra de sus ideas. Ofendió a su más inteligente protector con lo que ella pensaba.
-Me han golpeado. Me han humillado. Y ya te dije miles de veces que eso también enfurece a Lunetah.
Ya se estaba cansando de esas erróneas ideas que constantemente le guiaban a sus acciones. Al final, robó uno de los rayos de su lógica y lo arrojó.
-Kyu... Ese Lunetah tuyo no existe. Solo existe en tus sueños.
-Mentira. ¿Por qué evolucioné tan repentinamente, estando en una jaula, sin estar feliz?
Se quedó en blanco. Era cierto, su evolución se dio en extrañas circunstancias. Eevee evoluciona a Umbreon en condiciones favorables. Tenía que estar saludable, sin padecer enfermedad alguna, y además, tenía que derrotar a varios pokémon por la noche. Kyumbreon fue usado anteriormente como conejillo de indias. Le metían de todo en el cuerpo, especialmente productos de belleza, aditivos alimentarios y psicóticos. En un momento dado, le llegó a privarle de movilidad, hasta los párpados no podían cumplir sus funciones. Siempre estaba en un cuchitril con barrotes. Y, de repente, en una noche de luna menguante, pasó de ser de un pequeño zorro maltrecho a un colérico, poderoso y negro chacal de rostro inmóvil capaz de emplear su mente para librarse de la jaula que lo custodiaba y destruir el laboratorio.
-Vale, tú ganas, Lunetah existe. No le encuentro razón científica a tu evolución.
-Por lo que admites que tienen que morir...
-No. Sigo pensando que no tienen por qué.
-Pues mañana no cuentes conmigo para protegerte.
Su testaruda idea lo obligaba a chantajear sutilmente para que le dejara hacer lo que quería. Gionna, subestimando la amenaza, sonrió.
-No serás capaz. Igualmente, tengo a Lol, Google y Honchpato.
-Lol no recuperará su salud de la noche a la mañana. Google no atacará a la primera. En cuanto a Honchpato, probablemente no tenga ganas de luchar. Admítelo, mañana me necesitarás.
-Sí, sí... Lo que tu digas.
Estaba cansada. Quería acostarse ya a su lecho y soñar hasta pasado el amanecer. Todo y que tuvo que esperar; la cama que había en la casa era de matrimonio, y no quería compartirla con Helio. Después de una disputa, pudo disfrutar del espacioso colchón para ella sola. Helio tuvo que dormir en el suelo, al lado del sofá por donde reposaba el kappa herido. Unas horas después, a la salida del sol, Carlos entró sin permiso alguno de los inquilinos.
-¡Muy buenos días, gente! ¡Os he traído el desayuno!- Gritaba alegremente mientras dejaba la bolsa con la caja de cereales, un bote de polvos de cacao, leche vacuna, rebanadas de pan de molde para tostar, mantequilla y fruta dentro. No respondía nadie. Todos dormían como lirones, profundamente, sea ya en el suelo, en el sofá, o en una cama. Como era de esperar para el jefe.
Indicó a su trabajador más vago y altivo, junto a su elegante compañera de vestido floral, que pasara, no para que desayunara al instante, si no para que despertara a todos con una ruidosa melodía. El chico de pelo rubio y puntiagudo, de uniforme caqui, ojos azules a la lejanía y con aire seductor sacó el móvil del momento y puso música al máximo que se podía poner, justo para fastidiar un poco.
-¡Maldita sea! ¿¡Quién está poniendo música!?- Vociferaba la chica soñadora desde la habitación.
Lol también se quejaba. Se quejaba del dolor, se quejaba del ruido provocado por el aparato electrónico de última tecnología, se quejaba de todo. Helio también fue presa de La oreja de Van Gogh, aunque su despertar fue menos ruidoso que el resto. Kyumbreon juraba un futuro roto desde la lejanía al pinchadiscos sin disco. Akirosoku no oía el cantar de la cantante. En cuanto a los dos conejos, ya correteaban por la casa antes de que el gallo telefónico cantara.
-Soel, baja la música, por favor... ¡Tenéis el desayuno en la mesa, vengan a hacérselo!
-Argh... Diez minutos más... Solo diez minutos más...- Suplicaba a gritos, pedía horas de sueño, quería seguir cómoda en la esquina de la cama de dos.
-Si por mí fuera te dejaría, pero hoy tienes que ir a la selva, ¿no?- Recordó por qué estaba en esta casa y en esta isla volcánica. Estaba aquí para encontrar a la chica y librarse de toda la carga impuesta.
Se levantó, se vistió, y a desayunar fue, cogiéndose unos míseros cereales secos sin la leche, también el escolta desayunó mientras intentaba hablar con la que tenía delante. Helio aún quedaba en el suelo. A ojos suyos Soel era un ser desagradable, un incomprensible. No quería verlo ni al óleo. A causa de esto, no desayunó nada.
Iba a ser el escolta del grupo a la selva, no obstante, con su Lilligant, decidió no ir, escaquearse, y hacer lo que él hacía siempre; intentar ligar discretamente y tomar el sol. Mejor para su eterno enemigo. Mas Carlos no iría a permitir que se saliera de nuevo con la suya. Era adinerado y buscaba algún romance para vivir, ¿y qué? También estaba el trabajo. Tenía que recordar un consejo que le dio su amigo Alejandro en una ocasión. Piensa, Carlos, piensa...
"-Cuando uno de mis rangers quiere rascarse la barriga, mando a Fearow para que lo mande ahí. ¡Y así nadie se escaquea! En serio, Carlos, tienes que probarlo algún día." Y él asentía sin prestar mucha atención, ocupado con llevarse un pastel al pozo ácido. Al menos lo pudo recordar, para desfortuna de Helio.
Se fue corriendo a la base, subió al ascensor que le llevaba al segundo piso donde estaba reposando su pelícano. Pelipper se despertó cuando oyó los pasos de su cuidador. Abrió la cúpula de la base y mandó a su pelícano que cogiera a Soel y lo llevara a Helio. Pelipper ya sabía a quién se refería. Carlos obligaba a todo conocido que conozca a Pelipper.
Alzó vuelo calmado hacia dominios del viento, y a las alturas, avistando al objetivo, tumbado en una silla untándose los brazos de leche química solar para asegurarse el moreno sin tener rojez. La sombra de Pelipper le tapó el sol que le bronceaba, y en cuanto aterrizó, graznó para asustar y hacer levantarse. Soel lo miraba con indiferencia, sin pensar en lo que podría hacer. Pelipper abrió el gran pico, el gran bosillo por donde engulle y recolecta el pescado de su dieta, para provocarlo. Le tiró un débil chorro de agua fresca que disolvió la crema preventiva de la piel y lo derramó por la arena.
Maldiciendo al pájaro, se levantó y mandó a Dressela, su compañera Lilligant, a que esparciera polvos soporíferos al pájaro mientras danzaba con elegancia. Este erguió vuelo evitando que la droga floral lo durmiera y se lanzó en picado hacia el ranger playero. La Lilligant se llevó un susto. Mientras se lanzaba, abría el pico y junto con tierra y conchas fragmentadas, a Soel engulló y se lo llevaba a las alturas, hacia la espesura selvática. Dressela lo perseguía desde tierra enfadada.
Volaba por encima de las palmeras, y el pobre ranger, con el torso desnudo, estaba atónito y asustado. ¿Qué hizo para que Pelipper se lo llevara? La vista aviar del ave avistó a los dos rastreadores y se preparó para perder altura. Ahora tendría que intentar detenerse en un lugar alto para poder soltar al chico. Localizó una roca no muy lejos de su camino para dejarlo. Descendió con dificultades por el lastre del cuerpo que transportaba.
La pareja y sus fieles compañeros buscaba entre los matorrales a Selena. En cualquier lugar podría estar, y, mientras buscaban, el pelícano se posó en la piedra. Abrió el pico para expulsar a Soel, rebozado de arena. Pelipper graznó para llamar la atención de ambos buscadores y volvió a la base. Todos giraron sus testas a él.
-¿De dónde sales tú?- Miraba Gionna perpleja. Jamás se avistó a alguien en la selva con bañador.
-Me parió el cielo, ¿qué te crees?
Helio murmuraba que la vida era un asco, todo era un asco, con Soel cerca suyo es un asco todo. Para Gionna era todo lo contrario, era maravilloso que estuviera con ellos, así sería libre antes. Dressela consiguió reunirse con su amo. Le costó tardar menos de lo que solía retasarse, más con el vuelo de Pelipper. En la parte menos profunda estaba claro que no estaba, por lo que tuvieron que adentrarse.
Mientras se alejaban más del poblado, Soel y Helio empezaban a discutir.
-¿Por qué tenías que venir?
-A mí no me mires, lerdo. Voy en bañador, por si no te has fijado.
-¡Ja! ¿No habrás venido en bañador para hacerme la vida imposible, eh?- Habló el malpensado de Helio.
-Para tu información, querido, ni siquiera pensaba venir.
-Chicos, chicos, miren más y hablen menos, podría estar por cualquier parte.
-¡Cállate!- Ordenaban enfuriados ambos rangers.
-Oh, muy bien, ya me iré de paso. Hombres...- Continuó en solitario fisgando los arbustos mientras ellos discutían.
-¡Es que siempre tienes que fastidiarme el día, tío! Con tan solo verte ya me enfermas, sabiendo tus gustos.
-Eres mono, lástima que se pueda aplicar todos los sentidos de la palabra.
-¿Me estás llamando tonto?
Minun, al oír el insulto, se sintió ofendido como si fuera el mismo Helio. La Lilligant de Soel imitaba sus intimidantes gestos al momento que se hacían.
-Y también antes. ¿A caso también estás sordo?- Se reía de él, de sus pequeños errores. Minun ya estaba harto de que humillaran así a su amigo. Se lanzó a por Soel, pero Dressela se interpuso en su ataque rápido, tirando a su amigo y recibiendo el impacto. No fue nada para la dama vestida de flor.
-Oh, parece que el conejillo quiere pelea... Bien, pues le daremos lo que quiere, ¿sí?- Se levantó, decidido, preparando para propinarle una elegante paliza a Minun. Primero, ordenó a que soltara de nuevo a los polvos para dormir. Antes de que pudiera hacer nada, Minun paralizó a Dressela con onda trueno. Se quedó inmóvil, y pudo aprovechar de nuevo para golpear con otro de sus veloces placajes.
El golpe dado despertó a los músculos de Dresella y la volvió a habilitar para esparcir las esporas. Minun no pudo evitar la nube de polen verde y cayó somnoliento. Helio se desesperó al ver dormir a su pequeño ayudante. No tenía ni idea de combates, y no sabía como detener a la figura danzante venida de la madre tierra. Su velocidad había subido considerablemente, junto con su fuerza. Bailaba mientras las hojas traseras batían como alas de mariposa. En cuanto Minun se despertó, ya era tarde. Dressela estaba preparada para ejecutar su más fuerte y delicado ataque.
Pétalos de rosa afilados se arremolinaron alrededor suyo. Normalmente el ataque tardaría en cargar, pero previamente la danza aleteo redució el tiempo de carga hasta unos meros milisegundos. El tornado de pétalos no tardó en convertirse en un vendaval rosa que azotaba a Minun sin piedad. No pudo soportar la tormenta y cayó sin ánimos de luchar, con cortes en todo el cuerpo. Mientras caía se cargó las culpas de no poder proteger el honor de su amigo. Helio cogió apenado a su más fiel amigo y, enfadado y con odio, miró a Soel. ¿Cómo una persona tan orgullosa de sus capacidades de batallar, poco compasiva hacia otros pokémon y poco laboriosa llegó a ser ranger?
Aislada de la disputa que acababa de finalizar, Gionna buscaba por los alrededores, sin meterse en ningún seto. Estaba ansiosa por encontrarla, deseaba acabar ya con esta farsa. Ella no valía por sus emociones, si ni siquiera tenía constancia de ellas. No quería sujetar más ese maldito artilugio, no quería usarlo más.
Detrás suyo, aterrizaba su supuesta amiga. A aquella falsa aficionada a la moda y a la fama. Se bajo del Aerodactyl y la ráfaga provocada por el despegue llamó su atención. Ver aquella arpía la incordió bastante.
-Se supone que la gente de ciudad odiáis estar en la naturaleza. Preferís estar comprando en vano que respirar aire puro.
-A veces también me gusta explorar la selva. ¿Y tú qué haces aquí?
-Em... No te incumbe.- Intentó irse sin despedirse, mas Aina no permitiría que se fuera libre como pájaro que es.
-Ah, no. Tú no te vas.
-Buf... No hay cafeterías ni tiendas por comprar. Y además, estoy muy ocupada, así que...
-No quería ir de compras esta vez. Ranger de Villavera...- Su voz y sus palabras sonaron más siniestras que nunca. Aina estaba a punto de ordenar a Aerodactyl que descendiera y rugiera para llenarla de temor...
