Capítulo XX
La reconstrucción de Erebor tomaría algún tiempo, pero siendo nosotros sólo trece Enanos y yo y ya el lugar se veía más limpio y organizado, las cosas marcharían mucho más rápido cuando llegaran los Enanos de Las Colinas de Hierro.
Bofur me llevó a unas cámaras más profundas todavía y el tiempo parecía no haber pasado allí, el lugar conservaba toda la belleza de los tiempos de Thrór, hacía ciento cincuenta años atrás. La muleta que me habían hecho me funcionaba muy bien, casi podía andar al paso de Bofur que me ayudaba en algunas partes que estaban derrumbadas.
No sé que querría Thorin conmigo después de todo lo que me dijo, después de que se había vuelto un vaivén entre sí y no.
-Hola- cuando el rey Enano nos recibió a puertas de una habitación majestuosa me impactó su presencia: Estaba totalmente limpio y con ropas nuevas que no había visto antes, y olía a perfumes de jabón y telas finas que no sé de dónde salieron. Su cabello negro brillaba trenzado a la usanza Naugrim.
-Hola- saludé secamente pero mis ojos se fueron a recorrer la habitación que tenía atrás. Era hermosísima, y como si nunca hubiera estado abandonada; y Bofur tampoco disimulaba su admiración- ¡Este lugar es hermoso!- dije inevitablemente.
-Sí, lo he acomodado todo- explicaba Thorin.
-Entonces a esto te dedicabas todos estos días- adiviné al fin.
-Algo así. Yo… estuve muy ofuscado la última vez. Me disculpo- dijo ante nosotros dos con un semblante muy distinto a cuando nos dio la noticia de la guerra –Bella ¿Viste ese pasillo de paredes blancas que está allá después de las escaleras?-
Él me señaló hacia el lugar de donde veníamos y yo asentí.
-Eran los aposentos de mis padres, y en las puertas de enfrente dormíamos nosotros tres- contó Thorin con la mente en el pasado.
-Oh, tú, tu hermana y Frerin-
-Sí, así es- sonrió –Yo creo que Dís ha hablado mucho de eso en Ered Luin ¿Verdad Bofur?-
-Sí- Bofur sintió nostalgia por su casa. Aún no se acostumbraba del todo a Erebor –Ella siempre recuerda este lugar y a sus padres-
-Esto debía increíble cuando reinaba tu abuelo- dije con admiración- Pero volverá a ser igual-
Thorin suspiró ante eso y Bofur y yo intercambiamos miradas.
-Yo creo que…- iba a mencionarle el asunto que me traía pero mis ojos notaron una magnífica armadura de oro que tenía Thorin atrás de la puerta y que hizo que exclamara: –Por mi abuelo ¿Qué es eso? ¿Era de Thrór?-
-Sí –respondió él orgulloso y nos llevó a ver de cerca la obra de los Enanos –La usaré yo ahora- dijo rozando la gloriosa armadura con sus dedos.
-Sé que honrarás a tu abuelo y a tu padre con ella. Pero también debes saber que ya los has honrado, porque estamos aquí, estás aquí y el dragón ha muerto. Ya has saldado tu deuda, Thorin-
-Tal vez- reconoció, pero tenía algo más importante que decirme, la razón por la cual me mandó a llamar- Pero mira, Bella, mira. Las cosas aquí se han mantenido muy bien, hay muchas que están como las dejamos. Mira- y entonces quitó una sábana que tenía encima de otro perchero que estaba al lado de la armadura. Un vestido rojo de bordados de plata apareció ante nosotros, adornado con joyas y cintas blancas. Hermosísimo que incluso yo quedé prendada con el vestido –Era de mi abuela-
-Ohh- me acerqué a tocar aquella tela, con delicados acabados y costuras. Una obra sin duda de las Enanas de Erebor- Todo esto es… woww, es que todo es tan hermoso. Nunca había visto algo así. Ya había oído hablar de las habilidades de los Enanos, y mucho he visto, pero todo esto… es precioso. Y tú te recuerdas muy bien-
-Sí, apenas lo vi lo recordé- suspiró con emoción, con las imágenes del pasado cruzando ante sus ojos –Y ahora quiero que lo uses tú, lo mandé a limpiar con Ori para que estuviera como nuevo para ti ¿Ves que también eres de nuestra talla?- me mostró que al vestido lo ajustaron un poco pues yo era mucho más delgada pero de resto era una Enana completa - Porque yo he sido bastante descortés y malhumorado. Lo siento. Pero eso no significa que desde que te vi la primera noche no me gustaras y mucho. Yo, este Enano tosco y poco romántico, te ama-
Lo había dicho, muy a su estilo, pero asi contenía más sentimiento que de otra manera.
-Thorin…- se me encogió el corazón de conmoción y Bofur prefirió irse a ver las obras de arte de la habitación de Thrór para dejarnos un poco de privacidad.
-Es verdad. Y aprecio todo lo que has dicho y todo lo que hemos pasado en esta aventura. Y abrazarte aquella vez del Día de Durin… eso fue la sensación más maravillosa que pudiera experimentar en todos mis años de vida-
-Thorin, yo quiero decirte que tal vez, que tal vez hay otras salidas que aceptar las provocaciones de esos oportunistas de allá afuera- solté todo lo que tenía en mi pecho ante su declaración de amor. Estaba desesperada que no salían mis emociones con palabras.
Él me miró con tristeza y dio unas vueltas sin perturbarse.
-Ojalá las hubiera, lo he pensado… pero la guerra… la guerra no se acaba nunca, mi Belladonna Bolsón- decía él.
-Tal vez- esta vez Bofur debía intervenir- Tal vez nos conviene sacrificarnos nosotros-
-¿El reino dices tú, Bofur?- lo estudió el rey Enano con las cejas alzadas.
-Sacrificar el reino para vivir nosotros. Piénsalo, por favor- le dije y me aferré a él sin miramientos. Con un abrazo Thorin me acogió deseando sentirme como aquella vez ante la puerta secreta y no dejarme ir nunca.
No todos los Enanos estarían de acuerdo con eso, ellos habían venido para luchar hasta morir. Eso lo sabía Thorin, y en su rostro se reflejaba el fin.
Fue un honor para mí probarme el vestido escarlata de legendario pasado, y Fili se encargó de trenzarme todo el cabello y mi apariencia cambió. Esperaba con ansias curarme totalmente pero eso tomaría algún tiempo.
Afuera de la Puerta Principal se montaba guardia constante, dos o tres Enanos, el resto trabajábamos adentro, e espera de la llegada de Dáin que decidiría nuestro destino.
Por las noches Bombur hacía grandes banquetes gracias a que algunos Hombres de Bardo nos daban comida y agua, además de que los conductos y desagües de agua internos de Erebor ya comenzaban a funcionar como antes.
Estar allí adentro nos hacía olvidar un poco de la situación que esperaba afuera, al menos por esos días. El día que me estrené el vestido para la cena, Thorin se presentó a comer con nosotros, y era otra persona, con esas ropas y ese porte. Era todo un rey, y ya no más el Enano en el exilio.
Orgulloso no dejó de admirarme con mi nuevo atuendo y mi cabellera trenzada, le brillaban los ojos tan sólo de verme.
-Eres hermosísima, ratoncito- me dijo con picardía –Esos hobbits estaban bastante mal de la cabeza al no verlo y dejarte ir, pero bueno, tanto mejor porque así los Enanos nos ganamos esto. Y aunque fueras un ratón yo igual te quería, porque eres hermosa tal como eres-
Yo me sentía muy halagada, y casi era feliz, de no ser porque sabía que pronto él iría a una guerra devastadora, tal vez más pronto que lo que deseaba, y que aquella cena podría ser una cena de despedida. Y era cruel, era cruel tener eso ahora cuando no podría disfrutarlo.
Quería llorar pero no dejé que ninguno de los Enanos lo notara.
-¿Sabías que toco el arpa, Bella?- comentó Thorin alegre en medio del banquete –Voy a tocar para ti esta noche ¡Bifur!- ordenó con un gesto y Bifur trajo el instrumento, muy bien lustrado y afinado. Debió ser muy antiguo, nunca había visto un arpa así.
Tomó el arpa y se sentó en otra butaca y los Enanos comenzaron a recoger todos los platos y limpiar la mesa, y preparar todo para la música. Y luego de aquel caos hicieron silencio.
Thorin se concentró y con ligeros movimientos de sus dedos empezó a acariciar las cuerdas de su instrumento. Las notas que salieron del arpa me encantaron como un hechizo de los Istari.
-Es una vieja tonada- me dijo Balin melancólico- Eso está saliendo de su corazón, Bella. Sin duda ¿Eh?-
Luego de la canción de Thorin, los Enanos tomaron flautas y tambores y comenzaron a tocar alegremente y otros a bailar. El rey quiso tomarme de la mano y bailar, pero ni yo podía bailar ni él bailaba mucho, pero accedí, y me acercó a su cuerpo y me abracé a él con las melodías alrededor de nosotros hechizando el ambiente.
-Cuando Dáin venga nos casará- me susurró al oído, sus labios rozaban mi oreja con deseo, con sus barba muy suave cosquilleando mi mejilla- Ojalá hubiera un Enano aquí con la potestad pero no lo tenemos entre nosotros. Espero a Dáin y su gente-
-Yo también- le dije de corazón con voz quebrada. Él me apretó fuerte para hacerme sentir su cuerpo y él sentir el mío. No bailábamos en realidad, era un abrazo melódico.
Thorin también tenía el peso de la muerte en su alma, cuando quería vivir nada más que para estar con ella.
Me miró a los ojos y sentí su aliento fresco y tentador, y él el mío, y no quiso que me alejara, me atrajo hacia él y poco a poco sus labios húmedos como imanes atraían los míos.
Una caricia, un roce y sus labios se posaron sobre los míos, al más puro estilo Naugrim. El beso con las caricias de su lengua me hizo debilitar las piernas y ya la cocina dejó de existir para nosotros, y mi mano acariciaba aquella barba negra suave y recién cortada.
El beso Naugrim salía del alma de Thorin por primera vez y hechizó a la hobbit con un ardor que quemaba cada fibra de su ser.
Casi desmayados los dos, nos abrazamos después de aquel beso y yo entre lágrimas le dije lo mismo que me había dicho él cuando entré a la puerta secreta:
-Regresa con vida a mí, mi Enano amado-
