Capitulo 27
Emily ya estaba dentro de la boca del lobo. No fue reconocida por ninguno de los centinelas de la guarida. Obvio; no la habían visto en la vida, pues trabajaba en otra región. En el interior seguía haciendo un frío pelador; era inevitable sentir cómo entraba el gélido aire del exterior para ventilar el subsuelo.
Ya que dijo que era una nueva integrante en el grupo, le dieron un plano por donde indicaba donde conducían los teletransportadores y las entradas secretas. Había una de las salas por donde se indicaba con rayas rojas la prohibición de entrar ahí al no ser que pertenezcas a los dos eslabones más altos de la jerarquía del grupo. Pero había más. Una sala rectangular y estrecha destacaba del resto. En vertical, y en negrita estaba puesto el nombre de aquel lugar.
"Calabozos".
Primero ve a uno de ellos patear a un snorlax y ahora se entera de la existencia de cárceles en su morada. No se esperaba que un grupo de malandrines tuviera una prisión en su base. Sintió curiosidad por saber lo que encerraban ahí. Echó una ojeada el plano y siguió el camino indicado para llegar a los calabozos. Tomando la entrada número dos de la sala dieciséis, llegó a entrar en los oscuros confines de la guarida.
Era un lugar apenas iluminado; solo unas bombillas colgantes de brillantez amarilla tenue le proporcionaban una visibilidad mínima. Era imposible tener alguna noción del tiempo en aquel lugar. Quien tuviera la desgracia de ser encerrado en estos lares, cada segundo sería el equivalente a cinco en el exterior desde su perspectiva. Algunas bombillas parpadeaban, otras estaban fundidas. Cambiarlas conllevaría el riesgo a electrocutarse. Llegando al fondo, pudo identificar una silueta acurrucada en la penumbra.
Ahí estaba. Intentando calentarse abrazándose ella sola, pasando hambre y deseando volver a ver los parajes de Floresta. Tendría envidia de Selena, pero odiaba la muerte. Y en este lugar era una presa fácil para la parca.
Pero las cosas las tuvo que enterrarlas en la nieve. No pudo hacer nada por ella, ni darle ánimos siquiera. No tenía valor. Lo único que podía hacer por ella era hacer que los líderes supieran de su localización después de que terminara con su misión.
Ahí estaba de nuevo. Estaba en ese pico estrecho, esperando de nuevo a ese monstruo, con los mismos vientos y los mismos rayos bramando cuales fieras. La bestia aún no había aparecido, pero estaba a punto de volver a hacerlo. Ya iba como unas cinco veces que oía, veía y sentía lo mismo. Las cuatro anteriores era como si la memoria a largo plazo se tomara un descanso, lo cual hacía que solo pensara en el presente. Pero algo era diferente. Esta vez podía predecir. Y pensaba cambiar el curso de aquella trágica historia.
Dio un salto para quedarse en el aire y luego movió los brazos cual pájaro. Pese a sus frenéticos aleteos, no lograba subir lo suficientemente alto para estar encima de la cabeza del dragón. En cuanto emergió, solo pudo quedarse a la altura de sus ojos. Intentó agarrarla con sus lenguas para que perteneciera a su festín, pero esta vez pudo esquivar aquellos tentáculos babosos. Rugió de furia al no poder llevársela a la boca. Ya que ascender le costaba mucho, la única posibilidad de escapar de ese mastodonte era descender en picado. Y estaba en buena posición. Se había distanciado del pico. Dejó de esforzarse para mantenerse en el aire y se precipitó al vacío. Atravesó las nubes tormentosas sin recibir chispa alguna hasta poder divisar un frondoso bosque desde las alturas. Pero cada vez que estaba más cerca de las copas del árbol, la vista se iba oscureciendo, hasta que, finalmente, no pudo ver nada. Tan solo oscuridad. Y una voz familiar. Una voz que no le gustaba oír.
Una voz que la llamaba.
-Eh. Eh. Despierta, vamos.
No. No quería. Estaba llegando a la mejor parte. Quería ver el sitio por donde estaba a punto de aterrizar. Intentaba acomodarse de nuevo en su cama...
No. No estaba en una cama. Ni estaba tumbada, siquiera. Estaba sentada, cabizbaja. Se preguntaba cómo demonios acabó dormida en una silla. Pero luego empezó a recordar. Los reclutas los rodearon. Luego la agarraron y finalmente... aquella bola de gas... Los próximos acontecimientos vividos ya eran producto de su subconsciente. Pensó que estaría en una silla eléctrica o algo por el estilo. Pero no podía ser. No parecía atada. Además, olía a pescado rociado con salsa. Un viejo olor familiar que le desagradaba.
-Venga...
Y esa maldita voz... la tenía enfrente. Podía fingir que aún no se había despertado, pero le fue imposible. Quería saber dónde estaba. En cuanto entreabrió los ojos, pudo ver un par de destellos anaranjados entre la penumbra. Después no pudo resistirse a abrirlos del todo. Enfrente había un plato de porcelana con medio lenguado mojado en salsa amarilla-blanquecina con trazas verdes de perejil sobre un mantel cuadriculado. También había una copa de vino y velas. Parecía que era la protagonista de una escena de romance en un escenario poco sugerente; la mesa estaba bien decorada, pero el espacio era más propio de una película de acción o terror.
-Al fin te despertaste, cariño.
Y, delante suyo, estaba el hombre ansioso de un amor correspondido. Ese maldito baboso que la abrazó mientras dormía en aquel bosque de la perdición.
-¿Có-cómo que cariño?
-Sí, cariño. Te he preparado la cena.
-Querrás decir comida.
-Bueno, sí, pero estamos casi a oscuras, ¿qué importa?
Bajó la mirada para ver lo que tenía. Tal como su nariz le decía. Pescado. Probablemente, Stunkfish al vapor rociado con vino, aunque el pokémon era más grande que su primo no eléctrico. Pero de todas formas, no le gustaba. Ni el pescado ni a él.
-Em... soy vegetariana...
-No lo sabía... pero seguro que nadie te hizo este detalle.
-¿D-detalle? ¡¿Llamar a tus sicarios a hip-hip-notizaaarme para traerme aquí en contra de mi voluntad para comer conmigo es un detalle!? ¡Es psicopatía pura, procedente del Trastorno Obsesivo Compulsivo! ¡Si me quisieras me habrías preguntado al menos!- Se levantó de la silla con brusquedad para partir. Pero se notaba más ligera de lo usual. -¿Dónde está mi mochila?
Alberto no la respondió. Aquellas palabras de rechazo le vino cual salva de punzantes flechas en el corazón. Era consciente de que se iba a ir. Y no podía permitirlo. Intentar ganarse su correspondencia para su propia satisfacción y poder sonsacarle cómo Era hora de anteponer el trabajo a sus sentimientos.
-¡Siczor!
Fugazmente, Gionna fue arrastrada por una figura carmesí, esbelta y lustrosa, todo y que con aquella penumbra escasamente iluminada no se podía apreciar ningún reflejo metálico. Ella solo sentía el frío de sus tenazas sujetándola contra la pared cual cristo y su espalda, dolorida por el golpe que recibió cuando el siczor la cogió. No podía librarse de aquellas ataduras de ninguna forma. Entonces fue cuando Alberto se acercó con su mochila en la mano derecha y una bola de hierro con varios botones en la izquierda. Al estar justo al lado, dejó su equipaje y puso la bola enfrente de su mirada, interponiéndose en el contacto visual entre el pokémon y ella. En cuanto se lo mostró, Gionna se estremeció.
-Este objeto... contiene una bestia de poder abrumador, ¿verdad?
No contestó. Aquel objeto tenía que estar dentro de su mochila, no en su mano. Se lo retiró de la vista y pasó por debajo de los brazos del crustáceo del bosque para ponerse enfrente suyo.
-¿Sabes que mi jefe está buscando esto? Por eso te forcé. Tenía que conseguirlo cueste lo que cueste, y sabía que no me lo darías si te lo pidiera. También tengo que saber como se libera su contenido. Y tú me lo dirás, ¿verdad?
Gionna temblaba como una hoja. Ambas caras estaban muy cerca una de la otra. Pese al miedo que la invadía, osó negarle:
-No... no te lo diré...
-No me obligues a ser malo, por favor...
Estaba dispuesto a emplear cualquier medio para conseguir el propósito de su superior. Aunque no le gustaba, tenía que hacerlo. Gionna sintió su mano en la cadera, no; las dos manos, pues dejó la bola para sujetarla bien. Y luego su rostro estaba acercándose para rozarse. Tenía que escapar de alguna forma, y rápido. Forcejaba y pataleaba para evitar que lo hiciera, y lo iba consiguiendo. Su mala puntería la prevenía de dar justamente en el blanco, pero al menos conseguía retrasar la llegada del trauma.
-¡Quédate quieta!
-¡Jamás!
-Vamos, que lo pasarás bien...
-¡Déjame, déjame, déjame!
-¡No! Dime cómo se abre y te dejo en paz.
No estaba dispuesta ni sufrir físicamente y luego psicológicamente ni moralmente. Al final, pudo dar un puntapié en el Talón de Aquiles de todo hombre. Todo y que no le ayudó a librarse del insecto que la oprimía, pudo provocar un insufrible dolor a su carcelero y hacerle retorcerse en el suelo tratando de aguantar. Verle así en posición fetal le resultó algo doloroso por causarle daño, pero a la vez satisfactorio.
-¿P-por qué me haces esto? Si yo te quiero...
-¡Un carajo!
-¿Por qué no podemos ser novios, por qué...? Ayyyyy...
-Cómo si no lo hubiera dejado lo bastante claro... ¡Yo no te quiero! ¡Lo dije en el bosque y te lo vuelvo a decir ahora! Además, yo voy en un bando y tú en otro. ¡Es imposible ajuntemos, maldita sea!
-Así que... quieres que te mate...
-No, no, jopé, no...
Alberto se levantó con resentimiento para cumplir su deseo de confrontarse. Ya le daba igual su objetivo, la bestia, todo. Sus deseos eran órdenes para él, aunque fuera una mera interpretación suya. Si ella pensaba que rangers y reclutas solo pueden humillarse y matarse entre ellos, así será.
En cuanto veía su alzamiento, Gionna tragó saliva. Iba en serio. Luego Alberto le estrujó el cuello para ahogarla, mientras ella soltaba lacrimosa por el dolor. No podía ser su fin. Muerta, en un cuarto iluminado por un par de cilindros de cera encendidos, a manos del único que se atrevió a acercarse con pretensiones románticas. No podía ser así. No, no le gustaba este fin, le era una muerte horrenda, tétrica y trágica, sobretodo tétrica si sus especulaciones sobre lo que haría con su cuerpo inerte resultaran cobrar vida después.
Pero no podía salir de esta. No le llegaba oxígeno. Estaba perdiendo la consciencia. Mas un golpe metálico se escuchó. Luego hubo otro, del cual hizo que el pretendiente frustrado aflojara las manos. Alberto y Scizor dejó en paz su cuello y sus brazos, haciendo que tosiera con violencia. El tercero vino con el derribo de la puerta metálica. La placa de hierro fue lanzada con abolladuras cerca de los dos agresores. Gionna pudo disuadir un brillo amarillo intenso desde la distancia. Era Kyumbreon, sin duda alguna, aunque no podía creerlo. Ella lo había metido en su pokéball.
Entonces metió su mano en el bolsillo. No estaba. No era ninguna alucinación, ni una pesadilla. Gobios y Lol también estaban. Nada más pisar los pies dentro de la sala, Kyumbreon empezó a bramar:
-¿¡Qué le estuviste haciendo, sucio engendro de Bazahán!?
-¿C-cómo me habéis encontrado...? ¡Es imposible!- Preguntaba y exclamaba con voz trémula Alberto.
-¡Ja! ¡Eres demasiado ansioso para pasar desapercibido por mi sexto sentido! Pero eso no incumbe ahora...
Entonces Lol vio a su hija, sentada, con la cara enrojecida e híperventilando para cumplir las exigencias de su cuerpo. Gobios también la avistó.
-Eres... eres... ¡Un vil y cruel desalmado maltrata-pokémon, asesino, homicida, mata-personas, bastardo, usurpador y un vil y asqueroso canalla! ¿¡Qué le has hecho a mi guardaespaldas!?
-No me culpes, ella quería morir...- Se excusó Alberto.
-Mientes. Jamás querría acabar su vida temprano. Tantas veces me contó sus planes de vida que me parece inverosímil que quisiera acabar ahora mismo.
-¡No me importa! ¡Ella me dijo que no podíamos estar juntos! ¡Scizor, acaba con ellos!
-Y encima un animal posesivo e infame...- Finalizó su oleada de insultos el anciano.
Siczor les atacó con su tenaza, intentando dar un martillazo, pero es bloqueado por la protección de Kyumbreon. Él notó la preocupación de la lombre por su protegida, y le encomendó el encargo de evitar que Alberto la tocara más. Esta fue de enseguida, y le dio un zarpazo en su espalda, lo cual hizo que aullara de dolor y previniera otro estrangulamiento. No iba a permitir que le volviera a hacer daño. De ningún modo. Se le echó encima para que no pudiera agredir a nadie más, dejando a Gionna recoger la esfera metálica y volver a ponerla en su sitio.
¡Qué cerca estaba de ser asesinada! Si no fuera porque su umbreon estuviera fuera por accidente... Pese a haberlo encerrado sin que él lo quisiera... Él sí que era un amigo. Oyó un débil golpe seco contra la pared. Kyumbreon fue golpeado por la tenaza de Scizor. Sus ataques oscuros y psíquicos apenas le hacían algo, a parte, la velocidad de su contrincante no le permitía esquivar. Y no siempre podía bloquear. Necesitaba ayuda.
-¡Plusle, paraliza al scizor!- Ordenó al aire, pues Plusle no estaba presente. El pokémon que ayudaría a Kyumbreon no aparecía. -¿Plusle?
-Mi señora... el conejo abandonó el grupo antes de entrar en el recinto... ¡Argh!- Informaba su Umbreon entre quejidos.
-Oh, mier...- ¡Será despistada, que no se dio cuenta de su ausencia...! Tenía que pensar en otra cosa.
Una de sus ocurrencias fue romper el bajo de Alberto, situado en el fondo junto a varia chatarra. Era una solución lógica; la máquina ejerce influencia sobre el pokémon, así que si el instrumento es destrozado, Scizor se calmaría y dejaría de luchar, además de que tendría una dulce venganza debido a todo lo que le intentó hacer. ¿Pero con qué? Solo habían piezas muy ligeras y finas, y además, no se sentía capaz de levantar el bajo sobre la cabeza y luego chocarlo contra el suelo. Además, ¿no quería su escolta ver cómo capturaba? Ya era hora.
Pero antes de poder domar aquel insecto, tenía que pararle las alas. O al menos, agotarlas. Se dispuso rápido a sacar a Akirosoku. Como una usual tarde, él estaba dando su siesta del mediodía, sin percatarse de que le habían sacado a las afueras de la pokéball. Iba llamándolo, pero el holgazán hacía oídos sordos, continuando con su letargo. De todas formas, ella sabía cómo sacarle las castañas del fuego:
-Akiro, este scizor se cree mejor que tú.
Sus orejas se movieron. No soportaba que nadie se creyera mejor que él, porque él era el mejor en lo suyo. Nadie ni nada tenía derecho a ponerse en un listón más que ese slowpoke. Absolutamente nadie. ¡Nadie!
Fue velozmente a golpear la espalda del insecto envuelto en un velo acuático mientras este se disponía a dar el martillazo que iba a dejar inconsciente a Kyumbreon. El impacto dio en el blanco, y causó que el scizor volteara su vista hacia atrás. Akirosoku lo desafió y este aceptó intentando golpearle con sus tenazas de acero rojo. Vacilante, el raudo mamífero esquivó aquel ataque, igual que los siguientes. Poco a poco, el aparentemente lento iba retrocediendo, mientras el metálico bicho iba agotándose cada vez más. Alberto intentaba ordenarle, evitar que se entretenga con el insensible hipopótamo de cola larga y vaya a por su amor, pero Lol prevenía que dijera nada, amordazándole con su brazo.
En cuanto no podía levantar sus propias tenazas, el cuerpo rosado aprovechó para atestarle a bocajarro otro acua jet, tumbándolo al suelo y a la rendición. Orgulloso, puso la pezuña en el cuerpo cansado del crustáceo forestal como muestra de victoria.
-¡Muy bien, Akiro, muy bien!- Felicitaba su entrenadora para motivarle que siguiera así. -Venga, te has ganado una siesta hasta el mediodía siguiente.- Akirosoku se dispuso a reanudar su sueño, esperando a volver a su pokéball. Después de ser apartado del exhausto hijo de mantis y cangrejo, Gionna sacó su capturador para liberar a aquel scizor de la influencia del bajo. No tuvo ningún percance mientras hacía círculos en el aire con la antena del cachivache. Scizor se recuperó después de la expulsión de aquella energía roja y volvió al lugar de donde procedía.
Gobios mostró curiosidad en su cara cuando empezó a trabajar la captura con su propio método. Nunca pensó que demandar una ayuda directa a los pokémon fuera un modo muy efectivo. Después de Gionna comprobara que Kyumbreon podía andar, se dispuso a salir de la sala de enseguida. Tenía que alejarse pronto de aquel lugar y olvidar lo ocurrido.
-Venga, Lol, salgamos de aquí.
