Capitulo 30

A la mañana siguiente, el mecánico volvió a la base tras la llamada de Carlos, con desgana. Después de hallarse con tantos monstruos invertebrados de cuerpos blandos no tenía ninguna esperanza de aguantar en aquella selva, pese a que le comunicaron que su escolta tenía la solución definitiva.

El bajo joven de gafas ovaladas, con la frente dotada de unos pocos grasientos granos y de lacio pelo corto, vestido con un burdo traje de turquesa pastel que le cubría cuerpo entero no se esperaba nada en absoluto.

-Espero que no me estés engañando, Carlos...-Dijo nada más entrar. El jefe de Villaestío le mostró una amplia sonrisa.

-Por supuesto que no. Tenemos seis sprays de los mejores repelentes que hay en el mercado. ¡Y todo gracias a su madre!

El mecánico no entendía lo que el jefe de Villaestío estaba diciendo. La palabra le sonaba; sin embargo, su definición se esfumó para dejar espacio los conceptos esenciales de la ingeniería. No comprendía cómo eso le ayudaría a llegar al lago.

-¿Me estás tomando el pelo?

-¡No! ¡Mira, te muestro!- Entonces fue hacia el paquete y cogió dos de los cilindros que contenían el químico ahuyentador. -Con esto no se acercará ningún bicho.

-¡Ja ja, y yo me lo creo! Estas cosas suelen ser un timo. Mi madre compró una de esas cosas para los mosquitos, ¿y sabes qué? ¡Los mosquitos se les acercaba igualmente! Lo compró de teletienda, y apuesto a que la madre de él también pica en esas trampas mortales que te dicen el precio sin los gastos de envío. ¿Y cuando llegan a casa? ¡Oh, sorpresa, cuestan más! Y además, resulta que la cosa...

Se calló. Soel estaba haciendo una demostración en vivo con el politoed de Fernando, que esperaba a su compañero. Se aplicó el aerosol inodoro por el cuerpo y acto seguido se acercó al anfibio. Este salió brincando con pavor hacia la ventana, haciendo salir fuera a Fernando. Luego él giró su mirada de galán combinada con una sonrisa socarrona para decir una sola palabra con tono neutro.

-¿Decías?

Ya no tenía ninguna excusa para no volver a adentrarse a la espesura selvática. Ahora los insectos tendrían fobia de él. El mecánico, de nombre Héctor, se animó a volver a enfrentarse sus miedos cogiendo todos los repelentes de Soel. Luego este se acomodó en una butaca y reposó su cabeza entre sus brazos, a la vez que cruzaba sus piernas. Ahora era cuestión que volviera con la pieza él solo. Pero su superior desaprobó su actitud e intentó levantarle.

-Vamos, acompáñale, so vago.

-Pero si ya se las puede arreglar solo.

-... Muy bien. Vale. ¿Sabes qué? ¡Te anulo la misión! Puedes ir a patrullar por la playa tranquilo.

-¿De verdad?- Preguntó sin mucha emoción.

-Sí. Sal y ve a hacer tus tareas normales, anda.

Era raro. Carlos dejándole salir a patrullar sin acabar una misión. Tampoco es que hubiera hecho muchas. Hacía poco que entró en aquel rollo; un par de meses llevaba. Lo único que hizo fue acompañar a la entrenadora y al imbécil de Helio. El resto fue tumbarse a la bartola. Y eso era lo que iba a hacer una vez más. Salió todavía extrañado y se dirigió a la playa. Sin embargo, no pudo. Se encontró a alguien que no quería ver nunca.

-¡Soel! ¿Qué estás haciendo aquí, machote?

Era Ignacio. Parecía haberse curado de su gripe.

A buenas horas.

Era detestable. Le contaba como se cogía a todas las chicas cuando estaba en el colegio de rangers. Y por mucho que le dijera que tenía otros gustos, él seguía fardando de haber aprovechado bien sus cualidades físicas. Si no fuera tan pesado, quizá lo querría, pero era un incordió. Ni de coña quería soportar otra anécdota suya. Se despidió y se fue hacia la base algo apresurado, pero cuando quiso entrar, la puerta automática no se abrió. Golpeó la puerta, a punto de perder la calma. Luego Carlos, con el ukelele en la mano, se acercó con su sonrisa boba.

-¡Ábreme, maldita sea!

El jefe se negó, aún sonriente.

-Haz tu tarea.

-¡Ni hablar! ¡Huiré de esta estúpida isla antes!

-¿Con el capturador dentro?

Entonces se dio cuenta que no llevaba el aparato en la cintura. No tenía escapatoria alguna. Tenía solo dos opciones: romper el cristal de la puerta o hacer lo que le manda. El problema es que la primera opción le conllevaría a conflictos con la ley. Ya solo le faltaría estar confinado en una cárcel; ahí sí que no podría salir. Era preferible ir a la estúpida selva por donde estaría el estúpido mecánico repeliendo a los estúpidos bichos antes que ser encerrado por allanamiento. Dejó de insistir para señalar a su jefe, decirle que esta vez había ganado y encaminarse hacia el hogar de los terroríficos insectos.

Pensó que el joven no habría pasado de las palmeras. Error. Parecía haber avanzado, y los wurlple aún temblaban de pavor. La alegría que le causaron los efectos de los repelentes sobre su cuerpo hizo que soltara varias risotadas, delatando su presencia en todo el complejo tropical y asustando a toda criatura viviente. Eso le hacía suponer que el muy cazurro había utilizado todos los potes del químico en cuestión. Fue corriendo hacia la procedencia de las risas. Cuatro cilindros de aluminio pintado de amarillo y plata se encontró en el camino. Los dos que le quedaban estaba en sus manos, escupiendo químicos en los ojos de un par de ariados.

-¿Pero qué estás haciendo, idiota?- Preguntó Soel. -¡Te lo tienes que aplicar en el cuerpo, no rociarlo por ahí!

-¡Eh, pero tendrías que haber visto sus caras! ¡Cómo corrían los muy hijos de su madre! ¡Jo, jo, jo, jo, jo!

Soel bufó. Resultó ser más idiota de lo imaginado. Demasiado confiado.

-Bueno, deja de maltratar a los pobres bichos. Si Carlos te viera... Además, ¿no tenías que ir a por una pieza?

-Sí, pero quería divertirme un poco. Los bichos me han hecho pasar muy malos ratos y-y-y quería ser esta vez el que-

-Ya, ya, sí, sí, los bichos te arruinaron la vida, ya lo sabemos. A por la pieza, venga, venga.

Soel fue empujando a Héctor para que continuara. En cuanto más pronto acabara, más tiempo podrá expulsar a Ignacio de su territorio. Caminaron llanamente sin que ningún ser viviente se les cruzara en el camino, treparon por una pequeña ladera ayudados de las zarzas hasta que, finalmente, llegaron a un pequeño lago. Cerca de la orilla reposaba aquella pieza que las golondrinas dejaron caer. La hélice que necesitaba el Acuamóvil para propulsarse. El cilindro que lo contenía estaba algo abollado, pero no era un daño muy grave.

-¡Al fin!- Exclamó Héctor. Tenía ganas de completar ya aquella máquina y admirar todo su trabajo de reconstrucción. Ver al fin aquel vehículo subacuático de la década de los cuarenta, diseñado para misiones de reconocimiento marino, era algo que esperaba con ansia. Y por fin, después de enfrentarse a su etnofobia, ahí estaba; la última pieza que le faltaba. Iba a cogerla de enseguida, llevarla en sus brazos, hasta que una desprevenida carpa saltó delante y recibió el puntapié del zapato de cuero del mecánico. Este fue regresado accidentalmente a su hogar, con un agudo dolor en la aleta derecha. El mecánico tragó saliva. Dañó a un pokémon sin querer.

-Bueno... no le culpo al magikarp por enfadarse... es culpa mía que se enfadara. Le di un puntapié.

-Coge-la-maldita-pieza.-Ordenaba Soel.

Este se agachaba para cogerlo, cuando de pronto, la misma carpa, enojada, junto a otros tres, emergieron del lago. El ranger se interrogaba a sí mismo qué pensaban hacer estos débiles peces que tan solo pueden saltar en el suelo demandando estar otra vez en el agua. Pero luego el terror de las aguas, tanto dulces como saladas, hizo una aparición magistral. Aquella serpiente azul draconiana estaba furiosa. Miraba con molestia al causante del daño de su hijo tras bramar. El mecánico estaba asustado.

-Eeeeh... vale, vale, no le culpo al gyarados por enfadarse conmigo... yo le di un puntapié al magikarp... -Héctor, asustado, se abrazó a Soel, pidiendo ayuda.

-Suelta, que no eres mi tipo.- Dijo en respuesta. Entonces este se limitó a permanecer a sus espaldas, por si el dragón marino se disponía a lanzar chorros con toda su furia.

Soel suspiró y sacó la pokéball que contenía a Dressela para empezar a atacar a los moradores del lago y alejarles de la pieza. Su compañera salió con elegancia de la bola, lista para cualquier confrontación. Subestimando a su enemigo, Soel ordenó directamente que use danza pétalo contra ellos. Los magikarp fueron lentos en reaccionar y recibieron el golpe de lleno. Sin embargo la serpiente repelió el ataque con una tromba acuática que los golpeó a los tres más la pieza.

El agua estaba helada. Héctor tiritaba de frío. A Dressela no le sentaba del todo mal el agua; ni siquiera la fuerza del impacto le afectó mucho. Pero Soel recibió una contusión de parte de la pieza en la pierna. Una bastante fuerte como para resentirse, insuficiente para que le rompa el fémur. Otra razón para arrepentirse de coger este trabajo. Al menos la pieza ya la tenía a su alcance, mas apenas podía erguirse con facilidad. Para colmo no parecía que el gyarados quisiera dejarlos en paz.

Héctor estaba a punto de soltar una trémula orden de usar el capturador, pero tan pronto como iba a decirle vio que no lo tenía. Entonces el dragón dispuso a usar hidrobomba contra ellos. Por suerte Dressela se interpuso en la trayectoria del chorro, recibiendo todo el impacto. La potencia del ataque hizo que sus pies se arrastraran hasta quedar cerca de los dos humanos padeciendo las consecuencias de la ola. El golpe aún le dolió, y sin esperar las órdenes de su amigo, creó otra ráfaga floral llevada por el frenético ritmo que conllevaba ejecutarlo. El dragón no se esperaba otro tornado de pétalos y recibió los cortes que le proporcionaban. Estaba muy dolido, pero para nada rendido.

Sacó gran parte de su cuerpo del agua para lanzarse a por la dama floral, dispuesto a dar un mordisco con sus fauces. Dressela esquivó el ataque aumentando con danza aleteo su velocidad y esquivó los que seguían; sin embargo un paso en falso permitió a su contrincante clavarle los colmillos. Le cogió por una de las hojas que funcionaban como brazos; una parte flexible, pero vulnerable. Donde el bocado fue dado, se fueron formando cristales de hielo que le cubrían el brazo con rapidez. Siendo un pokémon tipo planta no podía soportar tanto frío. Tan solo podía tiritar a la espera de que el sólido vuelva a ser líquido mientras quedaba tiesa debido a las bajas temperaturas.

Otro colmillo hielo y no podría defenderlos.

Visto el estado de Dressela, Soel se dispuso a darle la pieza a Héctor, ignorar la contusión, devolver a Dressela a su pokéball y sacar a su otro pokémon. Era débil frente a sus ataques tipo agua, pero qué más daba; al menos podía acabar con él. Con lo poco que le faltaba para agotarlo...

Una lámpara de araña llameante y flotante salió de la pokéball que lanzó Soel. Con la ira en sus ojos exánimes veía a la serpiente, la cual estaba a punto de abusar de la debilidad de la mejor amiga del hijo de su original entrenadora. Era el momento de dar la orden de ataque.

-¡Hella! ¡Usa Bola Sombra!

La chandelure reunió a las fuerzas de las sombras cerca de sus brazos bifurcados para condensarla en una bola negra de energía opaca. Sin que el gyarados se percatara, Hella lanzó la bola hacia él. El orgulloso dragón marino recibió el golpe de lleno y no lo aguantó. Se desplomó en el suelo sin consciencia, malherido. Su trabajo había terminado. El gyarados no molestaría más.

La lámpara fantasmal, después de cumplir con su cometido, fue absorbida por el rayo rojo de su celda.

-Y tú decías que dejara a los bichos en paz... pobre gyarados.

-Eh, que tienes la pieza, ¿no es lo que querías?- Contestó a Héctor, aún con una mueca de dolor en la cara.

-Sí, sí, pero... ahora me das miedo...

-¿Por qué? ¿Porque podría haber matado a este gyarados? Pues será mejor que andemos hacia la base antes de que te mate por impertinente y lento, ¡venga, vamos! ¡Hop, hop!

Irritado y un poco asustado por la batalla que se acabó de dar, Héctor dio la vuelta para al fin acabar aquella reliquia. Soel lo siguió por detrás, cojeando un poco. Ya por aquel día se quedaría sin playa.