Capitulo 34

No había duda. Aquella voz, cargada de deseo, delató su identidad. Era Alberto. El peor de los cuarto hermanos a los que se enfrentó.

-¿Sabes? He venido a capturar legendarios, pero ahora he encontrado algo mucho mejor.- Decía, mientras le acariciaba, sin dejarla marchar. Le fue aspirando el cuello, como si intentara sustraer su olor. -No entiendo por qué quieres que te mate, pero desde luego, fui tonto al querer cumplir tu deseo. Lo cierto es que prefiero hacerte mía antes que eso.

Otra vez. Tratando de obtener algo de ella. Pero esta vez podía escapar. No había ni puertas cerradas ni cuartos oscuros por donde pudiera ser clavada. Estaba en una cueva abierta que ofrecía varias posibilidades. Sin más demora, levantó el pie para dar una dolorosa coz en el talón de Aquiles y darse a la fuga. Ya el frío no importaba nada. La adrenalina era ahora su motor y calentador. Mas su intento de huida fue anulado. Un weavile y un kabuptops descendieron del tejado. Con pavor, ahora por su vida, retrocedió y, pretendió salir por donde había venido. Pero otros dos osos, uno pardo y uno ártico, ursaring y beartic, la volvieron a acorralar. Se quedó sin entrada ni salida, con tan solo Alberto detrás. No reprimió sus ansias de tocarla de nuevo, abrazándole por las caderas y acercándole a ella, siguiendo con esos susurros que le ponían la piel de gallina. Más que el frío, incluso.

-Estás helada... ¿qué tal si te ayudo a entrar en calor y a cambio me das... ese monstruo? ¿Qué te parece?

Gionna se estremeció con esta propuesta. Tanto que le paralizó mente y cuerpo. Sus músculos no respondían. Quería dar un golpe de codo en el estómago, pero no podía. Intentando ver la parte positiva, Gionna pensó que quizá, con suerte, el gozo de Alberto haga olvidar que tenía la caja de Pandora en su mochila. Y, además, podría protegerla de los otros tres hermanos si se dejara hacer. Pero era un precio demasiado caro para esos beneficios. No, no estaba dispuesta. Y sin embargo, aún con el anhelo de huir y teniendo un camino despejado a su izquierda, no podía. Aquella lapa estaba impidiendo su fuga tratando de contagiarle su obsesión por ella mediante toqueteos. Hasta que una orden vivaz que desencadenó luego en un aire caliente, acompañado por unas ascuas azuladas y un fino velo de vapor hicieron que Alberto tuviera que ponerse alerta. No había tanto hielo gasificado como para no ver que Chris, Soel y una mujer que no conocía habían venido a buscarla.

De repente Alberto sintió un punzante dolor de cabeza que fue aumentando de intensidad cada segundo. Tal era la cefalea, que lo obligó a parar y soltarla. Un intenso brillo rojo se reflejaba en la neblina, procedente de dos ojos diminutos. De enseguida, Gionna supo de quién se trataba. Una vez más, la princesa en apuros fue rescatada por su gato. Aunque el candelabro le ayudó a abrir paso quemando al weavile y al kabutops. El golpe no fue muy duro para el triops bípedo debido a la resistencia natural al fuego que le proporcionaba su exoesqueleto. Pero para el mustélido plumado, las llamas fueron mucho para él.

-Por dios... ¿No crees que le estás haciendo un daño innecesario?- Preguntó Soel al agresor del pretendiente enloquecido de la entrenadora.

-¡Es necesario dañarlo y matarlo, si me apura!- Le contestó Kyumbreon, acto seguido. No quería dejar vivo a Alberto después de ver lo que intentaba hacer a su señora ya un par de veces. Sin embargo, el weavile, aunque muy dolorido por las quemaduras, le atestó una cuchillada con sus zarpas en el lomo, provocando la interrupción del ataque psíquico que tanto torturaba a su amo. Después Hella no se pudo defender de un acua jet de parte del otro pokémon. Algunas gotas de agua provenientes del velo acuático salpicaron sus llamas, lo cual le causó un dolor no muy soportable. Hubiera podido mantenerse aún en el aire si no fuera por los daños del anterior pulso umbrío. Hella estaba debilitada.

-Demonios...- Tuvo que mascullar el joven renegado mientras devolvía el pokémon de su madre en su caja. -Este kabutops da duro, ¿eh? ¡Ah, sí! ¡Casi se me olvida! ¡Mira que dejarte tocar por alguien tan feo como ese...! ¡Tienes mal gusto, querida!

-Esto... yo no...- Intentaba decir que no quería, que su musculatura no respondía. Sin embargo, balbuceaba. La voz de aquella que no reconocía al fin pronunció palabra.

-El caso es que no te ha llegado a hacer nada. Que humillante sería si hubiera llegado a... por Arceus, ni siquiera me atrevo a decirlo.- Veía que los dos pokémon de filosas extremidades aún les quedaba fuerzas para al menos agredir a la débil carne humana. -Como sea... hay que entretener a estas fieras. Soel, ¿tienes algún otro pokémon?

-Tengo, pero tendréis que garantizarme que el weavile no lo toque.

-Dalo por hecho.- La señora, con su mirada fría, sacó su capturador lila pálido y alargó la antena de este con un gesto. Chris ya tenía el suyo preparado.

-En cuanto a ti, ve al camino que tienes a la izquierda, ¡antes de que este pervertido te vuelva a meter mano!

Aquella orden le pareció extraña. ¿Estaba pidiendo que huyera de la batalla en vez de que haga algo por aquellos pobres pokémon? De todas formas, eso era lo que tenía pensado hacer; salvaguardar su estado psíquico alejándose de ese chico. El manoseador estaba tirado en la escarcha, abatido aún por aquel ataque, pero no inconsciente; aún intentaba recuperarse y erguirse de nuevo para conseguir su propósito. Kyumbreon se levantó sin muchas dificultades pese al zarpazo sangrante, a la vez que Soel sacó a Dressela para tener otro combate intenso.

-Kyu... ¿no te duele?- Preguntó Gionna preocupada por aquella herida leve.

-No se entretenga preocupándose por mi y apurémonos antes de que este energúmeno vuelva a levantarse.

-E-está bien...

Junto con Kyumbreon, fue rauda hacia el camino indicado. Los osos quisieron darles caza, mas Alberto, ya de pie, se lo impidió.

-¡NO! ¡Es solo mía! ¡Vayan a por esa molestia de rangers mientras le doy caza!

Sin rechistar, obedecieron y fueron a atacar a Dressela, mientras él la perseguía, más rápido que ella. Gionna intentaba apurar sus pasos como podía, pero no podía correr más rápido. De enseguida, notó que sus pies le volvían a dar guerra, además del costado. Así no había quién huya. Kyumbreon ya la adelantó. Pero no le faltó mucho para llegar a una caverna sin otra salida alguna. Le habían mandado a un callejón sin salida. No había nada salvo rocas congeladas y un agujero en el suelo. O quizá el agujero era la salida. Alberto no tardó en entrar.

-Ja... ja... ¿de verdad... te han mandado aquí? Parece que la jefa de Hiberna te considera alguien prescindible para la unión, ¿eh?

-¿Quiere volver a probar mi psíquico, engendro mundial?- Amenazó de nuevo, preparado para dar una sesión más de estrujamiento cerebral. Mas Gionna no se lo permitió. Cogió a Kyumbreon de los costados, sin cuidado de no hacerle daño. Soltó un quejido vocal, sin usar la telepatía. Ella se ensució con su sangre.

-¿Pero qué está haciendo, torpe corredora que no puede dejar atrás a un acosador sin tener ningún espasmo muscular?

No le contestó. En vez de eso, con una sonrisa retorcida, retrocedía lentamente hacia el agujero.

-Tu... Kyu... no matarás a nadie... Y en cuanto a ti... ¡Hasta la vista, caraculo!

Luego se giró hacia el agujero y de un salto se tiró. Gritaba, abrazando a Kyumbreon, para luego acabar sentada en un bloque de hielo rodeado de más agua sólida. Podía sentir todo el frío que tenía ese lugar. Trataba de levantarse, mas por cada intento, volvía de nuevo adherida al suelo. No tuvo otra que dejar que Kyumbreon campara a sus anchas. Él también tenía problemas para desplazarse. No podía levantar una pata sin tambalearse. Gionna tuvo que moverse arrastrándose por el hielo, como una foca en la arena, haciendo que volvieran los tirites. Al ver que su entrenadora avanzaba al menos un poco, dio un brinco hacia su espalda, haciéndola un poco de daño. A los pocos metros recorridos, Alberto también fue presa de aquel deslizante terreno.

-¡Aaagh, Ky-Kyu! ¿¡Qué haces!?

-Mis condolencias; ser un ser de cuatro patas es un incordio cuando estás en páramos congelados. ¡Deslízate, antes de que este aprenda cómo alcanzarnos!

No ignoró aquella orden. Era obvio que tenía que seguir. Mientras Alberto solo intentaba erguirse, ella se arrastraba con el peso de su umbreon. Poco a poco, pudo ver un poste de madera desde donde estaba. Intentó avanzar lo más rápido que pudo hacia allí; sin embargo, al fin el cazador descubrió que era mejor deslizarse, actuar como su presa. Su amor le daba fuerzas, más que el anhelo de no volver a verle de la entrenadora. Claro que él no tenía que llevar a uno de sus pokémon a sus espaldas. En tres minutos, ya estaba casi al alcance de su mano. Estaba nerviosa. Se sentía impotente.

-K-Kyuuuuuuuuu... por favor... ¡bájate de mí!- Imploraba, como si ella fuera la avasallada y él quien guardaba su celda. Mas el umbreon tenía un plan mejor. Pero antes de cometerlo, miró a cuánta distancia estaba su perseguidor. Luego volvió la vista al frente. Acto seguido volvió a encender sus ojos demoníacos. Gionna no pudo moverse más por aquel entonces. Su cuerpo se quedó clavado en el hielo.

-¡¿Pe-pero qué estás haciendo?!- Preguntó. Nada más quedarse parada ya supo que era obra suya.

-Conducirte.

Con esta contestación lo dijo todo. Sin que ella lo quisiera, empezó a deslizarse, sin mover ni un músculo. Gionna no pudo contener sus gritos de nerviosismo. Iba a mayor velocidad de la que podía controlar. Era como un trineo tripulado por un gato demente. No tardó en pasar al lado del poste y dirigirse peligrosamente hacia un hoyo más. Una vez que ese obstáculo fue divisado, el piloto abandonó su carro humano para tirarse. Liberada de su peso, trató de desviar su trayectoria, pero la inercia no le dio tiempo. Cerró los ojos para no ver cómo iba directa a romperse la nariz. Pero fue parada en el aire y luego girada unos ciento-ochenta grados a la izquierda para luego caer de pie. Tan solo sufrió el retorno de aquel molesto dolor en las plantas de los pies. Castañeando, se quejó de nuevo del martirio de cada día que parecía haberse marchado para siempre.

-¡Bienvenida de nuevo a tierra, mi señora!- Le dijo con desdén aquel descendiente de Anubis.

Ignorando su saludo, trató de caminar, sin pensar que el suelo todavía podía ser escurridizo. No pasó nada. Al fin estaba pisando roca escarchada. Después observó todo lo que le rodeaba. Podía ver toda la zona gélida que hace poco cruzó para luego encontrarse con su perseguidor.

-Ou... ¿Hemos... vuelto a la parte trasera?

-Eso parece.- Contestó a Kyumbreon. -Pero volver por donde hemos venido no servirá para avanzar y escapar...- Se giró para ver la puerta. -Creo que entrar en esa cámara sería mejor opción para que aquel acosador nos deje en paz.

-Me parece bien. Abre la puerta.

-No hacía falta que me diera esa orden.

Procedió con emplear sus poderes psíquicos una vez más para correr las losas. Poco a poco, fragmentos finos de hielo caían, y la puerta se abría. No la abrió por completo, pero dejó una entrada lo suficientemente ancha como para que los dos pudieran entrar en fila india. La longitud de la abertura era suficiente para ellos. Además, las losas estaban demasiado heladas como para poder abrirlas del todo. Nada más dejarlas así, Alberto también bajó, pero este tomó otro modo de aterrizar, cayendo de pie. No podían quedarse expuestos de este modo por mucho más. Entraron raudos en la cámara, pisando fuerte, con el enamorado persiguiéndoles. Una vez dentro, el siniestro felino psíquico movió de nuevo aquellas pesadas placas para cerrar el acceso a cal y canto. Alberto pudo frenar a tiempo para no estamparse contra la roca. Intentó separarlas con su fuerza; mas acabó golpeándolas con sus puños, frustrado.

La maciza piedra no les permitía oír su éxito de su fuga. Habían conseguido refugiarse en aquella cámara umbría. Las marcas de Kyumbreon proporcionaron la iluminación mínima; lo suficiente para ver la neblina circundante, lo insuficiente para saber dónde acababa la sala. Gionna buscó entre la oscuridad alguna pared para apoyar la espalda y sentarse para recuperarse. Encontró algo resbaladizo y frío, pero liso. Parecía un sitio cómodo, idóneo para reposar. Sin embargo, no era una pared sin relieve donde descansaba. Témpano era, y no era. Los pequeños ojos de su acompañante podía verlo con claridad a través de la neblina.

-Burda humana, álcese de nuevo y retorne a mi costado.- Ordenó su vasallo al ver qué era.

-¿Pero por qué? Necesito recuperarme...

-¡Le digo si no quiere tener problemas!

-Si me lo pides así no voy ni de coña.

-¡Necia, no sabe por dónde se apoya!

-¡Y tú menos, que no lo estás tocando!

-Y sin embargo lo veo, pese la niebla...

-¡Anda ya! ¿¡Cómo puedes-!?

Una cruz latina horizontal hecha por siete puntos se iluminó en la penumbra. Luego un ruido extraño se hizo audible. La entrenadora se sobresaltó, y se levantó con brusquedad para luego retroceder. Ahora sabía por qué Kyumbreon quería que volviera a donde estaba.

-H-h-hola c-c-c-c-cosa amorrr-digo Rr-re-re-regi-ice... ¿T-t-t-te im-impooorta qu-qu-qu-que nos escondamos en tu...? Em... ¿caaasa por un mo-mo-mento, porfaaaaaaaa?- Emitió un chillido cuando pedía el favor. El bloque gélido, en respuesta, hizo un sonido, agudo con el tono decreciente, como si le denegara su estancia. Y también como si le amenazara. Parecía que tenían que enfrentarse a Alberto, de todas formas. Le echó coraje para dar la orden de retirada.

-Kyu... prepárate para abrir la puerta otra vez.

-¿Sueñas? No volveré a mover el portón con la mente.

-Anda y que te zur-

Su maldición fue cortada. Un viento fuerte y gélido la azotó directa al lado izquierdo. Si antes tenía frío, ahora estaba tiesa como un carámbano. El regi había usado viento gélido. Al ver que la reina había sucumbido a los efectos del ataque del témpano con brazos, corrió directo a ponerse en frente de ella, defensivo. El legendario volvió a usar usar el mismo movimiento, para helarle a él también. Mas se refugió en una barrera recién creada, evitando que reciba todo el viento en la cara. Cuando aquel vendaval cesó, aquella protección se desvaneció. Sus marcas se iluminaban con más intensidad junto a sus ojos. Empezaba a enfadarse. Atacar así a su señora... era imperdonable.

-Aparte, señora mía. Esto ha pasado de asunto nuestro a personal.

-No, K-K-K-K-Kyu... e-e-e-e-e-es un legendario...

-Leyenda será, pero recuerda que yo soy el elegido.

Ya empezaba otra vez. Aquel complejo de mesías de nuevo. En ese momento donde Kyumbreon sacaba su parte más asesina... y sin embargo, convenía dejar que actuara para no sufrir. Su paloma no tendría nada que hacer, al igual que Akirosoku y Lol. Google podría hacerle frente, pero aquella rana pacifista no accedería a atacar a Regice en su propio territorio. No tenía más opción que dejar que él luchara contra el muñeco de Regigigas. Antes de que Regice volviera a atacar, el umbreon expulsó sus sombras para que este retrocediera; mas el golpe apenas le hizo algo de daño. Luego el legendario cargó una bola de electricidad que la dirigió hacia el asaltante. Una que le resultó fácil de esquivar; hasta la torpe de su entrenadora pudo evitarla con tan solo agacharse.

Luego probó con psíquico. Lo retuvo un momento, pero por mucho que forzara su cerebro para potenciar el estrujamiento, no resquebrajaba. Le estaba tomando mucho esfuerzo. Al final desistió e iba a proceder con su combinación de oscuridad con su manejo psíquico. Las serpientes, invisibles en la penumbra, se dirigieron hacia el inamovible bloque de hielo puntiagudo. Los golpes fieros de aquellos látigos con fauces hicieron que el pokémon regio se arrastrara un poco con el suelo. El pokémon luz lunar estaba atizándole con todas sus fuerzas. Justo cuando parecía lo suficientemente dañado para no moverse, se detuvo y cayó. Tal fue la golpiza repartida que agotó todas sus fuerzas.

Todo parecía que el enfrentamiento había acabado mal para ambos. Las marcas de Kyumbreon se desvanecieron en la oscuridad. Los puntos del morador no se habían apagado. Gionna estaba asustada. Que las luces amarillas y elípticas desaparecieran en la penumbra antes que las otras no era buena señal. Después la cruz pasó de ser un color cálido a un azul cian. No. Aún no fue derrotado. Aún tenía fuerzas para seguir. Y estaba cargando un ataque. Un fino rayo salió de esta iluminación. Un hilo que helaba a su gato y lo sometía bajo una tortura térmica. Su grito se pudo escuchar. Él no pudo reaccionar para evitar que el rayo hielo le golpeara.

-¡NO!

Su señora fue corriendo hacia la dirección del rayo, lo más rápido que podía para poder apartarle de la ira de Regice. En el intento se heló un poco los dedos con ese chorro gélido. Tanto que no los sentía. Y más cuando tomó a su umbreon. Estaba más pesado de lo normal. Quedó parcialmente congelado. Aún pudo mancharse con su sangre cuando lo cogió.

Estaba casi en el mismo estado que cuando lo encontró por primera vez. Malherido, débil, aturdido... se podía ver en la misma calle de aquella ciudad de su región en una mañana de marzo. La gente colérica con escopetas y pistolas acompañados de las fuerzas armadas, reclamaban la muerte de Kyumbreon como si de una bruja se tratase. Y ella, con sus inocentes doce años, plantada frente a la multitud tiñéndose las manos de rojo suplicando que no le hagan más daño. Pero su compasión ante el demonio herido la convertía en una incomprendida. Mas no podían matar a una niña que inició su propio camino hacia el exilio. Solo querían al gato.

-Deje de lloriquear y corra a hacer algo por mí.

Esas palabras, las mismas que él dijo en aquellos tiempos, la sacaron de su trance nostálgico. Había vuelto a la cámara oscura. Regice estaba esperando un movimiento por su parte, con las mismas ganas de exterminar a sus intrusos que aquellos pueblerinos a Kyumbreon. Iría a repetir la historia, si no fuera porque estaba encerrada en una cueva y no habían centros pokémon en Floresta.

Tuvo que hacer un análisis mental de la situación. No había opción de huída. El enemigo estaba seriamente herido, pero aún era capaz de matarlos de hipotermia. Kyumbreon tenía una herida en el lomo; pero ahora la mayor preocupación era su temperatura corporal. Los recursos que tenía para tratar el congelamiento brillaban por su ausencia. El resto de su equipo estaba saludable, pero estimaba no arriesgarlos. Por sus vidas.

Lo prioritario, entonces, era mantener a Kyumbreon estable. Y lo mejor que podía hacer era meterlo otra vez en su pokéball.

-Sé lo que estás pensando hacer. Y es una locura.

-Más loco sería si te dejara luchar en estas condiciones, bobito.- Le contestó con una leve sonrisa fingida.

-¿Y el resto?

-No se arriesgarán. No pienso matarlos.

-Si vos morís congelada y aquellos desdichados lograran abrir las puertas se quedará con nosotros. ¡Y tendrían en su poder a la bestia! ¿¡A caso no eres consciente de las consecuencias que tendrá este acto!?

No lo había pensado. Si ella no sobreviviera, el resto de sus pokémon estarían a su merced. Era peor destino que quedar sepultados en témpano. Era un todo o nada; o ella salía viva o ella moría y todos se quedaban a su servicio. Pero al menos ellos eran hábiles. Había una posibilidad de evadir tal desdicha. Y en cuanto a la bestia...

Se llevaría a la bestia consigo.

-¿Tengo que repetirte que vas a cometer un error garrafal? ¡Ni se te ocurra!- Contestó a su planteamientos.

-Peor sería si perdiera a uno de vosotros. No podría aguantarme a mí misma.- Decía mientras sacaba de su mochila aquella bola pesada de titanio, el capturador y su pokéball para meterlo contra su voluntad. Iba acariciando la celda de Kyumbreon con los dedos que lo sujetaban mientras temía por lo que vendría después. Por si iba a tomar la decisión correcta.

-Lo siento, chico...

Minimizó la bola y la metió con los demás, después de mucho tiempo. Luego dejó con cuidado la su amada mochila detrás suyo y metía la bola en el bolsillo. Luego miró las luces desafiante. Dio botones al azar hasta darle al encendido. La luz de la pantalla le ayudó a ver dónde estaba el botón verde. Apuntó hacia el Regice. No importaba que no pudiera capturar antes a un dragonite. Ahora no tenía miedo. O al menos tenía demasiado coraje para caer presa del pavor.

-Muy bien, Regice... ¡Ahora yo soy tu contrincante! … O... ¿la peonza es tu contrincante? Vale, me da lo mismo.

Respiró hondo. Luego emitió un grito de guerra que podía ser perfectamente audible tras las puertas.

-¡ADELANTE, PEONZAAAAA!

Luego apretó el botón sin cuidado de no hundirlo demasiado. El disco capturador salió disparado dejando su característico rastro. Giraba y giraba sobre su propio eje, y lo dirigía dispuesto a rodear al legendario. Él era lento, así que evitar tocarle le costaba muy poco. Mientras movía el aparato como un florete, iba esquivando todo lo que el pokémon iceberg le lanzara. El problema era cuando este creaba carámbanos para dificultar las maniobras. Sumado con la ausencia de iluminación decente, se hacía difícil capturarlo, por no decir imposible. El disco chocaba constantemente con aquellas formaciones, dejando que la energía rebotara al aparato y electrocutara a Gionna. Pero eso no le importaba. Quería capturar al Regice para poder estar a salvo. Estaba lejos de conseguirlo. Los circuitos desprendían su olor a quemado mientras pitaba el artilugio. Pero aún no estaba perdido. Ya supo situar dónde estaban los obstáculos y aprendió cómo esquivarlos.

Hizo un último intento. Manejó el disco con el patrón memorizado y logró llegar al regio señor de las nieves. Lo pudo rodear, evitó con habilidad las bolas que lanzaba, pero justo cuando estaba a punto de conseguirlo, una infortunada sacudida de tierra hizo que su mano hiciera un movimiento involuntario que hizo que chocara contra los picos que lo sustentaban y el disco cayera en consecuencia. Regice aprovechó para alzar uno de sus brazos y estamparlo contra el trompo. La peonza se hizo trizas con el impacto.

Se escuchó cómo había golpeado el suelo, pero no se dio cuenta lo que pasó hasta que mandó al ya inexistente objeto levantarse. Agitaba en vano hasta que se fijó en el mensaje que ponía en la pantalla.

"Conexión con el disco capturador perdida".

Ya está. Era el fin. Sus pokémon acabarían dentro de ese cuchitril, y ella pasaría a ser un trofeo del legendario. Regice se acercaba peligrosamente a ella. Aquellos temblores se sentían más intensos, como si fuera el contador que marcaba sus últimos minutos de vida. Jamás volvería a ver de nuevo a su familia, jamás volvería a casa. La única esperanza que tenía antes de su muerte era que, algún día, otro encuentre el modo de adentrarse en ese lugar y que aquellos que fueron sus hijos, sus padres y sus hermanos sean traídos de vuelta al exterior. Por un rato los temblores cesaron, y Regice estaba cargando otro potente rayo hielo para sepultarla en su tumba helada.

Mas cuando ya no podía estar más resignada, la luz se hizo paso a sus espaldas, revelando la entera figura de Regice gradualmente. Este detenía su ataque, alerta por la costosa e inesperada apertura. ¿Habían venido a por ella, se libraron de las criaturas que le impidieron la huida? Al recobrar una plena visión de su entorno, y sin pensar en quiénes más podrían entrar, recobró sus ganas de vivir y se giró para coger de nuevo su mochila para salir corriendo de aquel lugar.

La puerta se abrió al completo. Ella se llevó una enorme decepción. En vez de encontrarse con Soel y el resto, halló aquel fiero e impetuoso dinosaurio verde que se encontró en la Cueva Unión. Y junto a ese tyranitar, estaban el hermano ansioso y el hermano ambicioso. Alberto y David.

Han podido encontrarla. A ella y al mito de la caverna.

-Bueno, bueno, bueno... parece que te hemos encontrado, conejo. ¡Jojojooo!

Terrible. El peor mote que le podrían poner. Le traían amargos recuerdos de la infancia. David siguió con su discurso.

-Tendría que agradecerte por meterte en esta nevera. ¡Nos acabas de conducir a un legendario más para la armada, chica! ¡Oh, joder! ¿¡De qué lado estás, tú!? ¡Mi hermanito ha cogido una tía con suerte!- Luego de decir eso, le dio un codazo al brazo de Alberto.

-Au, David... me has hecho daño.

-Ya, ya, no era mi intención... ¡Bueno, el caso! Pensaba pulverizarte con Tyranitar, perooooo... ya que nos hiciste ese favorcillo y mi hermanito estaría llorando como una nena, ¿por qué no casarte con él? ¡Así nos beneficiamos todos! ¡Nosotros con tu contribución y ese monstruo, tú con novio, él feliz, todos felices! ¿Qué me dices, eh?

Ni hablar. No pensaba darles esta satisfacción. Guardó el capturador y buscó entre las cinco bolas rojas y blancas la de Google. Ahora era uno de los momentos por donde actuaría.

-Antes muerta que estar junto a ese patán. ¡Google!

Lanzó la pelota para que se abriera y liberara a su toxicroac. Dio su característico croar para salir. De enseguida reconoció que el tyranitar no era de la zona ni era salvaje. Se puso en posición de ataque. Regice se puso todavía más alerta. Dos pokémon con tipos que podían contrarrestarle. Apuntó a Tyranitar como el primero en liquidar.

-Vale. Tú lo has querido. Luego no me llores si quieres seguir viviendo.

-¿¡Pero qué-!? ¡Hermano! ¡No la mates!

-¡Lo haré! ¡Siempre me ha caído pedo esa chica! ¡Y me importa un rábano que la quieras o no, y que haya encontrado dos legendarios y que-que-que-! ¡ARGH! ¡A por ella, Tyranitar!

El godzilla se dirigió hacia ella con garra umbría; sin embargo, antes de que pudiera atestarle el zarpazo, recibió un aluvión de golpes en la panza de parte de la rana. Este quedó aturdido, y aprovechando el momento de debilidad, Google saltó para darle otro puñetazo en la mejilla para clavarle el garfio cargado de ponzoña. Una cantidad pequeña de ruibarxina entró por su torrente sanguíneo. Pronto el pokémon coraza empezaba a notar sus efectos nocivos. El iceberg legendario se movió lo más rápido que podía hacia la batalla y lanzó otro centelleante rayo creador de hielo para atizar a Google. Este, hábil, dio un salto para esquivarlo. Gionna se echó atrás para estar más lejos del regi y de la batalla; así podría comandar sin riesgo de herirse.

La batalla por defenderse se había transformado en un todos contra todos. Cada uno trataba de golpear al otro con todo lo que tenía. Ella fue clara desde un principio: ordenó a Google que atacara más duramente a Tyranitar para que así mantenerlo ocupado. Si podía evitar debilitar a Regice para que fuera menos posible su captura, era mejor que mejor. Los dos se intercambiaron instrumentos para que uno pueda capturar Regice y el otro comandar a Tyranitar. Con el bajo de Alberto, David sacó su propio artilugio para rodear al regi. Este preparó otra machada para liquidar de nuevo al juguete. Pero por mucho que quisiera, no acertaba. Iba demasiado rápido. Mas Alberto no era capaz de tocar la guitarra como lo hacía con el bajo. Seis cuerdas eran más complicadas de tocar que cuatro. Además, no sabía los acordes de la guitarra indicados para comandar a aquel devorador de montañas. Optó por dejarlo a libre albedrío. Pero igual no duró mucho; el veneno y el rapapolvo proporcionado por el toxicroack han podido agotarlo del todo. Sin embargo no se pudo hacer nada por Regice. Este irremediablemente tuvo que desistir y estar a su servicio cuando les plazca. David estaba contento. Tenía otra máquina de matar.

-¡Ooooooh, sí! ¡SÍ! ¡Te tengo, Regice!- Decía victorioso.

-Bah... yo no pude mantener sano a Tyranitar...

David le puso una mano en su hombro y le revolvió el pelo para animarle.

-¡Tranqui, hermanito! Ya aprenderás a manejarlo mejor. Pero mira, ¡tenemos a otro legendario "badass"! ¿qué tal si lo estrenamos, eh, eh?

-Como te atrevas a congelarla...

No. Otra vez no. No iba a permitirlo. No iba a volver a rendirse. ¡Ahora que podía abrirse paso! Él aún estaba resquebrajado por los ataques de antes. ¡Podía ser debilitado! Comandó a Google que volviera a hacer uso de sus puños para que lo debilitara. Este sin más demora procedió con ello. Nada más ver que aquel sapo esbelto iba a lanzarse a él con un salto, ordenó con notas graves que preparara un ataque. Mientras estaba en el aire, cargó una gran bola eléctrica para luego dispararla contra Google. El impacto interrumpió su ofensiva he hizo que soltara un grito de dolor. Cayó al suelo sin remedio, tembloroso. Aún podía luchar, pero el electrocañón le dejó secuelas. No podía moverse bien.

Al ver que Google padecía parálisis, lo volvió a meter. Pero justo cuando lo iba a guardar, Regice estaba apuntándole a ella con el brazo izquierdo bajo el comando de David. Aún no interesaba que muriera.

-Muy bien, muy bien, te daré una última oportunidad. Dame esa enorme criatura que destrozó Ciudad Costazur y te perdonaré la vida. De lo contrario, congelaré tu cuerpo para luego descongelarte y quitarte la maldita bola de los cojones, ¿¡queda claro!?

Ahora ya no tenía opción. Si moría, sería en vano. Si vivía, sería señalada con el dedo por darles el arma que podría arrasar toda Floresta. Volver a vivir las oleadas de noticias que le llegaban de un enorme dragón negro andaba suelto y que dejaba paso a la destrucción con su presencia... y la devastación de más lugares... ¿qué pasaría si llegara a pasar por su pueblo y lo redujera a escombros? No. Nunca se lo perdonaría. Prefería no vivir eso.

-Nunca... te lo daré...

-Oh... qué pena... ¡Regice! Haz lo que tengas que hacer.

Ella se preparaba mentalmente para desaparecer de la existencia presente. Cerraba los ojos para no ver cómo su visión quedaba distorsionada por la formación de agua sólida que la cubriría. Los había fallado. A todos. A sus pokémon, a su familia, a los rangers... era mejor que se fuera. No pensó en los llantos que produciría con su desaparición, ni volvió a dejar la mochila en el suelo. Tanta tristeza le hacía olvidar los otros y la dejaba solo con su ego...

No obstante, algo recibió ese rayo hielo antes que ella. Ese algo también le dolió ese impacto. Era invisible, hasta que el hilo la golpeó. Gionna abrió su visión para ver aquella figura blanca acorazada de rojo en la parte inferior. Pudo reconocer pronto qué era ese místico ser el que resentía por el frío que acabó de tocar su piel.

Latias.

Acababa de volver a salvarle el pellejo, una vez más. Ambos hermanos se quedaron atónitos cuando la vieron aparecer de repente. El dragón eon giró su mirada hacia Gionna. Le guiñó un ojo. ¿A caso pensaba encargarse de ellos ella sola?

-¡OH! ¡Pero qué tenemos aquí! ¿¡Tenías un pokémon legendario sorpresa, eh!? ¡Pues ya no vas a tenerlo, porque la voy a capturar!

Gionna no pudo decir nada. Estaba atónita. Realmente, no la había abandonado. Latias echó unas traviesas risas. Se dirigió a David para darle su desafío.

-¿De verdad crees que podrás atrapar a una dragoncita tan esquiva como yo? ¡Inténtalo!

Luego empezó a desvanecerse de su vista, otra vez. El mayor mandaba a Regice que usara el mismo movimiento de siempre a boleo, sin dar en el blanco. Después de varios segundos sin dar signos de su presencia, apartó de improvisto a los dos energúmenos para abrirse paso. Luego se volvió a mostrar, en el exterior de la cámara, tentando a que la persiguieran. David no demoró en olvidarse de la entrenadora y perseguir a la dragona eon, cogiendo a Alberto de la mano para que no pudiera dedicarle unas cuantas palabras de enamorado decepcionado. Regice también fue con ellos, impulsado por el control que ejercía el súper-capturador.

Al fin libre.