Pasaron varias semanas antes de que Armin perdiera la esperanza de recibir una llamada de la mujer del bar, varias semanas desde la noche en que había descubierto la devastadora nota de Michelle, y aunque al principio le había costado comportarse con entereza, al fin parecía que empezaba a recuperarse de la ruptura y del recuerdo de sus otros fracasos amorosos. Prueba de aquello era el hecho de que ya no se flagelase por su amor a los videojuegos, ni por ser incapaz de encontrar diversión en las costumbres de los otros jóvenes de su edad, como por ejemplo: salir a bailar a una discoteca, ir al cine, y otras actividades en las que se veía obligado a rodearse de un número incómodo de personas. Había llegado a la conclusión de que no importaba si sus gustos diferían de los del resto, el problema no era suyo, era de una sociedad que pretendía hacer que todo el mundo se comportase del mismo modo. ¿Acaso ser diferente era un crimen? ¿Acaso no tenía derecho a divertirse a su manera, a buscar momentos de felicidad donde supiera que iba a encontrarlos?
El timbre de casa interrumpió sus pensamientos, gracias al cielo pues empezaba a enfadarse, y el joven se apresuró a pausar su videojuego y a coger el dinero que había dejado sobre la mesa, sin preocuparse por su aspecto o por el estado de desorden caótico dentro del apartamento, total, ya había anochecido, no tenía que ir a trabajar al día siguiente y no esperaba más visita que la del repartidor de pizza, así que era inútil actuar de otro modo, lo más óptimo era abrir la puerta, pagarle al repartidor y volver a sumergirse en el universo de Metal Gear, una saga que había decidido volver a jugar ahora que habían anunciado la futura entrega: 'The phantom pain'.
Armin abrió la puerta con brusquedad, resuelto a acortar aquel encuentro tanto como le fuera posible, extendió la mano para darle el dinero al repartidor y entonces, en un momento de delicioso aturdimiento mental, dejó caer las monedas al suelo, por supuesto de forma involuntaria, y exclamó: —¡Eres tú! —al tiempo que sus labios se deformaban en una sonrisa totalmente sincera.
Punto de vista del repartidor
Noté como la piel se me congelaba al ver a Armin delante de mí y como mi corazón dejaba de latir por un breve instante. ¿Qué probabilidades había de que volviera a verle en una ciudad tan grande? «Siendo repartidora de comida basura, el porcentaje es bastante elevado, la verdad…». —No es elevado en absoluto —murmuré entre dientes, respondiendo en voz alta a mis propios pensamientos. —Hay un montón de pizzerías y un montón de gente repartiendo… esto es una broma enfermiza —. Apreté los labios al ver que la sonrisa del joven permanecía intacta en sus labios, un escalofrío me recorrió el cuerpo, ¿qué le pasaba a aquel tío? ¿Acaso era un psicópata o algo por el estilo? ¿Había averiguado dónde trabajaba? «Calma, te estás volviendo paranoica».
Miré a Armin, como si esperara que su rostro se convirtiera en el de otra persona, y al ver que el milagro no sucedía, me desesperé. —Mierda… —extendí los brazos, le apreté la caja de pizza contra el pecho, le di un suave empujón para alejarle de mí y sin pensármelo dos veces, agarré el pomo y tiré de la puerta hasta cerrarla, todo aquello mientras de mis labios no dejaba de escapar la horrible palabreja: 'mierda'.
Durante un segundo, uno de los más largos de mi vida, me quedé inmóvil y sin saber qué hacer. La parte racional de mi cerebro sabía que necesitaba recoger el dinero y marcharme de allí antes de que el chico reaccionara, pero mi parte más emocional estaba tan conmocionada que no era capaz de dejarse dominar por la lógica.
Finalmente, sumergida en un estado de pánico probablemente infundado, me agaché, cogí las monedas del suelo y eché a correr por los pasillos, dando gracias a todas las deidades inventadas por haberme concedido aquellos generosos minutos para escapar. Después me subí a la endeble moto que nos prestaban en la pizzería y me fui a la siguiente casa antes de que se me agotara el tiempo de reparto; unos ridículos treinta minutos durante los cuales, la empresa prometía al cliente recibir su mercancía, asegurando que, si no recibía el producto en ese lapso de tiempo, el pedido salía gratis. «Gratis para el cliente y caro para mí, que me lo descuentan del sueldo »pensé presa del estrés, mientras conducía a toda velocidad por las calles de aquella cruel ciudad a la que yo me había atrevido a llamar hogar.
Punto de vista de Armin
Tardé más tiempo del que quisiera reconocer en reaccionar, en darme cuenta de la maravillosa coincidencia con la que el destino me había premiado y todavía más tiempo en ser consciente de lo estúpido que había sido al dejar que el momento se me escapara de las manos. ¿Es que no iba a aprender nunca?
Todavía esperanzado, abrí la puerta y salí al rellano para ver si la chica todavía andaba por allí pero, por supuesto, ya se había marchado, y ¿acaso podía culparla por huir de mí? Seguramente le había causado tan mala impresión en aquella ocasión como en el bar.
Algo decaído, entré de nuevo en mi pequeño apartamento, tiré la caja de pizza sobre la mesa del comedor y me tiré en el incómodo sofá de cojines demasiado delgados y reposabrazos de dura madera. La imagen de Meryl agonizando en el suelo a causa del disparo de Sniper Wolf [1] continuaba fija en el televisor, pero mis ganas de continuar avanzando en el juego habían desaparecido, pues ahora mi cerebro solo era capaz de concentrarse en la repartidora que acababa de huir de mí. Incluso vestida de trabajo, con aquella amplia chaqueta azul, los pantalones de algodón tan anchos que casi parecían una falda y con el pelo recogido en una cola alta, seguía pareciendo tan femenina y delicada como me lo había parecido en el bar. ¿Cómo podía no pensar en ella?
El teléfono de casa interrumpió mis pensamientos con su habitual tono agudo y molesto, y yo, en mi estúpida inocencia, contesté sin perder ni un solo segundo, pensando que quizá, la chica todavía conservara mi número y estuviera intentando ponerse en contacto conmigo, una hipótesis que, dada la situación que acabábamos de vivir, ya debería haber descartado, pero que mi estúpida alma soñadora no me dejaba obviar.
Como ya debéis imaginar, no fue la voz de la repartidora la que sonó al otro lado de la línea, eso habría sido poco realista, en lugar de la chica, me llamaba mi hermano, que acababa de llegar de su viaje de luna de miel, después de pasar por un desagradable vuelo de casi doce horas, que por supuesto, tuvo la innecesaria amabilidad de describir con demasiada intensidad y lujo de detalles.
El relato de Alexy se alargó durante al menos treinta minutos y eso que solo habló del vuelo, sin embargo, tuve la sensación de que se guardaba ciertos comentarios para sí mismo, quizá notaba mi inquietud o tal vez quería guardarse algunas 'sorpresas' para otra ocasión, fuera como fuese, nada más acabar, no dudó un instante en preguntarme si tenía novedades que compartir. ¡Y vaya si las tenía!
[1] Referencia a una escena del Metal Gear Solid 1.
